
Espacio de reflexión sobre temas sociales, políticos y culturales. Exploración de ideas y experiencias.
sábado, 27 de junio de 2020

viernes, 19 de junio de 2020
Comparto la entrevista que me hizo Mariano castagneto para la revista digital española FronteraD:
https://www.fronterad.com/sergio-sinay-no-concibo-la-felicidad-como-una-meta-a-alcanzar-sino-como-la-huella-de-una-manera-de-vivir/

domingo, 14 de junio de 2020

domingo, 7 de junio de 2020

viernes, 29 de mayo de 2020
Crónicas de la peste 12
La posibilidad de la esperanza
Por Sergio Sinay

En estos días me puse a revisar algunos
antiguos textos míos y fui a parar a un prólogo que había escrito, allá por
2013, para un bello e iluminador libro del sociólogo y pensador italiano
Francesco Alberoni. El título del libro es La
esperanza. Probablemente nunca como en estos días la palabra esperanza haya
sido tan dicha, pensada y repetida, despertada de un largo sueño, reivindicada luego
de haber sido reducida a sinónimo menor de ilusión, de ingenuidad, de
inocencia.
Pero, como dice Alberoni, no se puede entender
la esperanza si no se transita su opuesto, la desesperación. En un mundo que se
fue deslizando hacia la desesperación (ausencia de esperanza) a fuerza de
adorar nuevos becerros, ya no de oro sino de plástico o de siliconas, después
de haberse remitido solo a lo inmediato, a lo fugaz, a lo perecedero, en un
mundo que de pronto, sorprendido por un virus, terminó de caer, ahora sin
disimulo, en aquella desesperación que procuraba ocultar (la desesperación del
corazón que extravío el sentido existencial), se desempolva la esperanza. La
ley del momento, del primero yo, la ley del fin que justifica los medios, la
ley del poder por el poder, la ley del éxito económico, de la especulación
financiera y del vacío espiritual, la ley, en fin, de los valores de la bolsa
por sobre los valores morales, está suspendida por un tiempo (no sabemos qué
vendrá). Esa era la ley imperante en un mundo de puro presente sin raíz, donde
no se vive el momento (algo en sí recomendable), sino el instante. Y si todo
nace y muere en el instante, no hay memoria, no hay noción de haber recibido
algo que debe cuidarse y legarse, no hay proyecto que vaya más allá del propio
ombligo. No hay esperanza.
La esperanza se tiende en el tiempo. Es
bastante más que el deseo de que a mí me vaya bien, de que yo me salve aunque
otros perezcan. Es más que esperar el cumplimiento de un deseo. Es la voluntad
de ser parte de un todo, de cuidar ese todo, de trascender a través del
encuentro con el semejante y de la huella, así sea pequeña y anónima, que se
deja en el mundo, como agradecimiento por haber estado en él. Somos los únicos
seres que tenemos noción del tiempo, que nos sabemos hechos de él y, por lo
tanto, finitos. Por eso la esperanza. Ella apunta a la búsqueda del sentido que
nos permite trascender la finitud. Esa finitud que ahora se nos presenta como
innegable.
Confrontados a la incertidumbre, a la
vulnerabilidad, a nuestra mortalidad, despertamos de una peligrosa y oscura
modorra en la que habíamos llegado a creer que la intolerancia, la discordia,
el abandono, el egocentrismo, el individualismo, el materialismo constituyen la
naturaleza de la vida. Una naturaleza sin opción. En esa modorra fermenta fácilmente
la desesperación Para todos los seres humanos hay un límite en común. La
muerte. Y la esperanza no es ajena a este límite insuperable. Ignoramos en qué
punto del camino de la vida nos aguarda. Eso nos rebela tanto como su misma
existencia. Nada se puede hacer ante este límite. O sí. Elegir de qué modo
hemos de vivir. Es mejor no saber cuándo será nuestro final, dice Alberoni en
su libro, porque en ese caso viviríamos obsesionados con él. Mientras lo
ignoramos, el futuro nos aguarda. Y ante eso, escribe: “La vida se construye
sobre la posibilidad de actuar en el futuro y, por lo tanto, sobre la
esperanza”. Frente a eso, nada puede
atentar con mayor alevosía contra la esperanza que ser condenados a una espera
sin fin, una espera sin promesa, sin visión, a esperar sin saber qué, sin saber
cuánto, sin saber para qué. La libertad última del condenado, es en ese caso,
la de apropiarse de su destino, y recuperar la esperanza a través de la actitud
y de la acción.
viernes, 15 de mayo de 2020
Simplemente, gracias
Por Sergio Sinay
Un antiguo proverbio chino recomienda: “Cuando
bebas agua, recuerda la fuente”. Así como damos por hecho que el agua existe y
que siempre contaremos con ella, también solemos considerar como naturales
muchas cosas que hacen a nuestra vida. El alimento que nos nutre, el techo bajo
el cual dormimos, el lecho en el que lo hacemos, la familia que integramos, los
amigos que nos rodean, la salud de la que gozamos. Nos hacemos a la idea de que
aquello con lo que contamos, tanto en el plano material como en el emocional y
afectivo, es algo que nos corresponde, que debemos tenerlo, que es nuestro
derecho. Y que cuando no es así, o cuando algo falta, eso se nos debe. Tendemos
a pensarnos como acreedores antes que como deudores. Olvidamos que el agua no
es lo menos que se nos debe sino un don que recibimos.
Si vivimos aferrados al papel de acreedores
siempre veremos en los otros a deudores y no consideraremos aquello que nos dan
o que hacen por nosotros. Pensaremos que eso es “lo menos” que aquellas personas
“deben” hacer. La psicoterapeuta existencial y escritora austriaca Elisabeth
Lukas da cuenta en su bello libro El
sentido del momento de algo muy significativo: “Resulta curioso, dice, que
apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento. Las
universidades no han caído en el hecho de que se trata de un fenómeno
irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de
la existencia”. Es verdad. El hecho de que cada noche reposemos en el mismo
lecho del cual nos hemos levantado en la mañana es un milagro. Podría
perfectamente no ocurrir, nadie nos garantiza que estaremos aquí al final del
día. La existencia es frágil, no lo olvidemos. Agradecer es una hermosa manera
de recordarlo.
No
preguntes, agradece
¿Qué nos impide decir gracias con mayor
simpleza, mayor naturalidad y mayor frecuencia? Lukas lo expresa así: “Lo
impide, por macabro que parezca, el horror que no se ha vivido (…) No haber
clamado desde la penuria”. Sin embargo, no debería ser necesario pasar por el
horror y el dolor para ser agradecidos. Sobran motivos para la gratitud, cada
día, a cada minuto, a partir de que estamos vivos. El gran pensador y médico
Víctor Frankl recomendaba agradecer siempre: “Si no sabes por qué agradeces,
decía, quien recibe tu agradecimiento lo sabe”.
Gratia se denominaba en latín al reconocimiento u honra que se hacía a otro
por un favor recibido. De allí, la palabra gracias. Cada día, si estuvimos
atentos, sobraron los motivos para decírsela a alguien. Nos abrieron una
puerta, nos alcanzaron un vaso con agua, nos cedieron el paso, nos desearon
buenos días, nos preguntaron por nuestra salud, nos enviaron buenos deseos, nos
atendieron con buen talante, alguien nos cedió parte de su tiempo y de su
atención, recibimos una caricia, nos apoyaron cálidamente una mano en el
hombro, nos ofrecieron acercarnos a un sitio, nos esperaron cuando fuimos impuntuales,
nos cedieron un asiento, nos recomendaron un libro, una película, un lugar
donde comer o donde descansar, nos sonrieron, recibimos la llamada telefónica
que esperábamos, recibimos una llamada inesperada que nos alegró, nos hicieron
llegar una invitación, nos abrieron la puerta de una casa, nos cuidaron la
mascota, invitaron a nuestros hijos, nos dijeron que se nos veía bien. Volverá a
ocurrir. Cuando pase este tiempo extraño de confusos confinamientos, volverá a
ocurrir. Basta con estar atento, con prestar atención, con vivir despierto para
advertir a cada momento una razón para decir “Gracias”.
Un acto
de amor
Cuando decimos esa palabra, nuestra gratitud
excede el hecho por el cual la expresamos. Agradecemos, en realidad, porque se
nos vio, se nos registró, se nos confirmó nuestra existencia, nada menos, a
través de la acción que agradecemos. Aquel a quien expresamos nuestra gratitud
construyó un puente hacia nosotros y lo cruzó. Pequeños gestos, actos que
aparentemente no requieren esfuerzos, actitudes que no son obligatorias, nos
van recordando que vivimos entre otros y que nos necesitamos los unos a los
otros para confirmarnos (a través de la mirada, la palabra, la escucha, la
acción) que estamos aquí, que estamos vivos. Una persona aislada, en una
isla despoblada de todo otro ser humano,
llegaría a dudar de su propia existencia.
Quien nos mira, nos habla, nos escucha o tiene
un pequeño gesto hacia nosotros ejecuta,
aunque no lo parezca, un acto de amor. De la misma manera, quien dice gracias
expresa amor hacia un semejante. Manifestar la gratitud nos hace salir de
nosotros mismos y nos lleva a mirar más allá del propio ombligo para descubrir
que vivimos en un mundo poblado de otros, de semejantes, de prójimos. Nos
rescata del amor propio, que, como señala el filósofo francés André
Comte-Sponville, requiere toda la gloria para sí, se alimenta de la
omnipotencia (“me basta solo, no necesito de nadie”), niega la vulnerabilidad y
con ello niega también la necesidad. Pero ocurre que somos todos vulnerables y
que todos tenemos necesidades cuya atención requiere de otros. Por todas estas
razones nos debemos agradecimiento.
A menudo es el orgullo el que nos impide
expresarlo. El orgullo, primo hermano del amor propio, y tan lejano de la
humildad. Dice Comte-Sponville que la gratitud está preñada de humildad, una
virtud que no le teme a las propias flaquezas y que tampoco especula ni
manipula a partir de ellas. El escritor y militar francés Francois de La
Rochefoucald (1613-1680) sentenció alguna vez: “El orgullo no desea deberes y
el amor propio no quiere pagar”. Con orgullo y amor propio, pues, resulta
imposible ser agradecido.
Siembra
fecunda
Al reforzar el egoísmo, tanto el orgullo como
el amor propio aíslan a las personas, las convierten en islas. Todo lo contrario
ocurre con el agradecimiento, que nos conecta a unos con otros, y refuerza la
cadena cooperativa que mejora la vida de todos. Bien vale un ejemplo para el
caso. A fines del siglo diecinueve un
campesino escocés, hombre muy pobre, andaba por un camino cuando escuchó un
grito lastimero que llegaba desde una ciénaga cercana. Un muchacho se hundía en
el barro. Le extendió su bastón y logró rescatarlo. Al día siguiente llegó a su
choza un carruaje elegante. Era el padre del muchacho rescatado, un miembro de la
nobleza, y venía a ofrecer una recompensa. El campesino rehusó aceptar. El
noble observó que el campesino tenía un hijo y se ofreció a costear la
educación del chico. Esto sí fue aceptado. Algunos años más tarde el hijo del
campesino se graduó de médico en la escuela del Hospital St. Mary, de Londres,
y su nombre trascendería en el mundo. Fue Sir Alexander Fleming (1881-1955), el
descubridor de la penicilina. La historia no termina allí. Mucho tiempo después
del episodio en el campo, el hijo del hombre poderoso (el mismo que había sido
rescatado del pantano), enfermó gravemente de pulmonía y salvó su vida gracias
a la penicilina. El noble se llamaba Randolph Churchill, y su hijo era Winston
Churchill.
lunes, 4 de mayo de 2020
Crónicas de
la peste (11)
El porvenir de nuestro futuro
Por
Sergio Sinay
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En un
futuro próximo la pandemia habrá sido superada. En un futuro próximo no habrá
cuarentena. Desde ya que decir “futuro próximo” es una tautología (repetición
innecesaria de una misma idea). El futuro siempre es próximo, en todo caso varía
el grado de proximidad. Acaso la proximidad del final de la pandemia y de la
cuarentena no sea tan cercana como algunos desean ni tan lejana como otros
temen. Lo cierto es que el futuro está allí, porque en la línea del tiempo,
forma parte de una secuencia lógica, que completan el pasado y el presente.
En este presente tan extraño y complejo se ha
instalado una idea respecto del futuro. Casi una muletilla, que se repite
automáticamente. Y dice que el mundo no será el mismo después de esto que
estamos viviendo. Que ya nada será igual en el futuro. ¿Qué porvenir nos
espera, entonces? Porque, como bien explica el antropólogo francés Marc Augé,
futuro y porvenir no son la misma cosa, aunque se los suela usar como
sinónimos. En su ensayo titulado “Futuro”, Augé, cuya mirada sobre el acontecer
humano es siempre original y aguda, explica que mientras se vive siempre hay
futuro, porque este es necesario para la necesidad de nuestra especie de
ordenar los eventos en una secuencia cronológica de causas y efectos. En sí, el
futuro no es más que un dato en el tiempo. El porvenir, en cambio, define a los
eventos que pueblan (o poblarán) el futuro. Por lo tanto, antes que
preguntarnos, como usualmente hacemos, qué futuro nos espera, resulta más
acertado inquirir cómo será nuestro porvenir. En tanto seres vivos hay futuro
para todos, esto es genérico. El porvenir, en cambio, se definirá a partir de
nuestras acciones, decisiones y elecciones en ese futuro.
MÁS DE UN PORVENIR
Sostiene Augé que el porvenir nunca puede ser
colectivo, porque de serlo congela en el tiempo la vida de cada individuo. Es
decir que en el futuro (ese escenario temporal que todos compartimos) cada uno
construye su porvenir. Por este motivo, aunque exista coincidencia en que el
mundo no será igual después del coronavirus, las visiones acerca de cómo será
ese mundo difieren según las cosmovisiones, los valores, los recursos psíquicos
y emocionales, las creencias y la actitud de cada persona.
Hay quienes ven en el Covid-19 una especie de
mensajero divino que vino a castigar la soberbia, el desenfreno, el derroche,
el egoísmo y la conducta depredadora de la especie humana. También se le asigna
el papel de vengador ecológico, mediante el cual la Naturaleza se estaría
tomando una merecida revancha. Otros lo toman como un enemigo invisible y
diabólico que tiene las más aviesas intenciones contra los inocentes humanos y
al que, por lo tanto, hay que combatir declarándose en guerra, actitud un tanto
excesiva si se considera que el virus es solo una molécula de ácido nucleico y que,
como tal, no tiene intenciones ni se le puede adjudicar moralidad a sus
acciones. Por lo demás, en las guerras se bombardean y destruyen casas, hay que
correr a refugios antiaéreos, se pierde todo rastro de seres queridos, no hay
alimentos, se olvidan normas elementales de convivencia, se toman prisioneros,
se violan mujeres. Quienes hablan de guerra pasan por alto estas cuestiones y
hacen de la cuarentena y la pandemia un alimento para un odio o un
resentimiento que probablemente tenga al virus como excusa para emerger, pero
no sea su causa.
Para el primero de los grupos aquí nombrados el
futuro debería encontrar a la humanidad en un proceso de redención, a partir
del cual todos seríamos más buenos, justos, compasivos, solidarios y
ecológicamente conscientes. Para los del segundo grupo habría que vencer en
esta guerra para poder retomar nuestras vidas en donde las habíamos dejado. O
sea, en el punto en el que los egoístas volverán a su egoísmo (que posiblemente
no abandonaron durante la cuarentena), los indiferentes a su indiferencia, los
injustos a la injusticia. Como en “Fiesta”, la canción de Joan Manuel Serrat, “con
la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza
(…) Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual”.
Quizás ambos estén equivocados y en medio de la
gran incertidumbre que nos envuelve lo único cierto sea que el mundo no
resultará el mismo, aunque nadie sepa cómo será. Aunque quizás sí pueda
afirmarse algo. El mundo será más pobre. Esto en cuanto a lo material. Se
habrán perdido empleos y fuentes de trabajo en una dimensión desconocida. Las
semejanzas que se quieran encontrar en el pasado serán siempre discutibles,
porque los desastres económicos, sanitarios y sociales que ocurrieron en la
historia (como el crack del 29, la peste negra en la Edad Media, la gripe
española de 1918, y otros) acontecieron en un planeta mucho menos poblado y nada
globalizado. Hoy la Tierra tiene más de 7.200 millones de habitantes y la
globalización no solo facilita la viralización inmediata y masiva de las
noticias falsas, la intolerancia, los insultos, la descalificación y el
terrorismo de mercado, sino también de las enfermedades. Se da la curiosa
paradoja de que el momento más desarrollado tecnológica, científica y económicamente
de la historia humana es el que encuentra a la especie más frágil y vulnerable
que nunca.
EL MUNDO COMO RESPONSABILIDAD
Esa vulnerabilidad y esa fragilidad habilitan e
impulsan un gran desafío. ¿Cómo hacer que un mundo materialmente más pobre se
convierta en un mundo espiritual y emocionalmente más rico? La respuesta no
requiere grandes recursos económicos ni tecnológicos, pero sí poderosas
herramientas morales y una alta dosis de inteligencia emocional. Cuantas más
personas estén dispuestas a vivir cooperativamente, a entender que el otro no
es una cifra ni un instrumento para ser usado, sino un fin en sí mismo, mejor y
más habitable será ese mundo. Cuantas más personas pongan el acento en el ser
que en el tener (parafraseando al gran pensador alemán Erich Fromm) y pongan atención
a sus relaciones antes que a sus posesiones, ese mundo será emocionalmente
mucho más ecológico. Cuantas más personas lleven sus valores a la vida diaria y
nos los dejen solo en palabras y declaraciones, más riqueza moral habrá en ese
mundo.
Quien dice “mundo” enuncia una abstracción.
“Mundo” empieza a significar algo a partir de las personas que lo crean y lo
habitan. El planeta no es nuestra creación, pero el mundo sí lo es, porque se
trata de una construcción humana que toma al planeta como escenario. Las
acciones, elecciones, decisiones y actitudes de cada uno definirán cómo será el
mundo de ahora en más, del mismo modo en que lo definieron antes de hoy. Aquí
aplica un nuevo refrán: dime cómo es el mundo en el que quieres vivir y empieza
a construirlo ya mismo con tu manera de existir, de actuar y de vincularte. Es
así, diría Marc Augé, cómo se delinea al porvenir. El futuro es ajeno a nuestra
voluntad, mientras vivimos está delante de nosotros. Del mismo modo en que,
mientras vivimos, nuestra sangre circula ajena a nuestra voluntad. Pero el
porvenir será consecuencia de nuestras acciones. El mundo no será el mismo
después de la pandemia. Y cada uno decidirá cómo es mientras forja su provenir.



