martes, 15 de septiembre de 2020


Crónicas de la peste (21)

¿Volveremos a encontrarnos?

Por Sergio Sinay

De Acuerdo, Acuerdo, Asia, Negro


¿Y qué ocurre con nuestros vínculos mientras se cuentan infectados y fallecidos? ¿De qué manera el Covid-19 está afectando a nuestras relaciones de pareja, de amistad, familiares, filiales? No hay estadísticas ni filminas sobre esto, pero pasan cosas. Algunas convivencias han reforzado lazos, han permitido conversaciones que eran necesarias, han permitido a las personas redescubrirse en aspectos y actitudes que no se registraban o que pasaban inadvertidos, han despertado gratitud. A través de las redes se han producido reencuentros donde antes había pura lejanía y conexión virtual. Ahora hay tiempo para relaciones que habían quedado en la formalidad. Y cuando se cultiva el vínculo, así sea a la distancia, aparece la añoranza del contacto físico y la promesa del abrazo en cuanto este sea posible.
Pero también esa misma convivencia forzosa ha creado atmósferas insoportables, sacó a la superficie resentimientos y egoísmos, violencia física, emocional y verbal, indiferencia, disfuncionalidades vinculares que antes de la cuarentena se disimulaban y escondían con variadas excusas, subterfugios e hipocresías. Y también la virtualidad vino a mostrar cómo relaciones que parecían sólidas y seguras eran pura apariencia, carecían de sustento interno y ahora aparecen como contactos efímeros, superficiales, vacíos. Solo intercambios de memes, chismes y fake news. Sin sustancia.
¿Y qué pasará después? Porque tarde o temprano habrá un después. Ya está transcurriendo. ¿Qué pasará con el miedo al contacto y a la cercanía que tantas personas han desarrollado en estos meses? ¿Qué ocurrirá con la sospecha sobre el otro, con el temor a que sea “contagioso”?  Los chicos, privados no solo de las clases presenciales, sino, peor que eso, del contacto con amigos y con el mundo, con el juego, con el descubrimiento del universo, tendrán que reaprender desde cero el alfabeto del vínculo con el diferente y de la socialización. Ese reaprendizaje será también necesario y duro para muchos adultos. Y no todos lo lograrán, porque estos meses han carcomido bases esenciales de nuestra condición de seres sociales.
¿Qué pasará, entonces? La respuesta exigirá mucha voluntad de reencuentro real y no formal, mucha capacidad de aceptación, mucha habilidad para la escucha hospitalaria, mucha voluntad de construir confianza, mucha empatía, mucho amor. Iremos regresando de parajes muy lejanos (aunque fueran físicamente cercanos), de mucha extrañeza, como robinsones que, aunque estuvieran hiperconectados estaban hiperaislados. Tendremos que reaprendernos, recuperarnos unos a otros, ser lo que ya antes de la pandemia habíamos dejado de ser. Criaturas que necesitan del otro, del que los mira, los nombra, los escucha, los toca, les habla, para certificar su propia existencia. Criaturas que se complementan. Y que solo pueden hacerlo cuando se encuentran y se aceptan. Algunos podrán. Otros estarán más solos que nunca, aferrados al miedo y a la sospecha, aunque circulen entre multitudes.

domingo, 6 de septiembre de 2020


 


Crónicas de la peste (20)

La larga cuarentena del hombre que amaba a los pájaros

por Sergio Sinay




The real 'Birdman of Alcatraz'. ⋆ Historian Alan RoyleBirdman of Alcatraz (film) - Alchetron, the free social ...


El 21 de noviembre de 1963 moría Robert Franklin Stroud en Missouri, en el Centro Médico Springfield para Presos Federales. Había sido trasladado desde Alcatraz, cárcel de oscura fama conocida como La Roca. Stroud tenía 73 años y vivió en prisión desde los 19. Había nacido en 1890 en Seattle, y escapó de su casa (padre alcohólico, madre depresiva) a los 13 años. Tenía 18 cuando, en la frontera con Alaska, conoció a una prostituta que lo doblaba en edad, se enamoró y se casó con ella. A los pocos meses mató a un hombre que la maltrató y fue sentenciado a 12 años en la cárcel de McNeill Island. Debido a sus continuas peleas con otros presos fue trasladado pronto a Leavenworth, Kansas, prisión en la que apuñalaría a un guardia que le negó la visita de su hermano menor, al que no veía desde hacía ocho años. Eso le valió la primera de las dos condenas a muerte que recibiría a lo largo de su vida. En 1916 y en 1920 se fijaron fechas para su ahorcamiento, postergado debido a apelaciones. Finalmente, el presidente Woodwrow Wilson, a instancias de su esposa, conmutó la pena canjeándola por cadena perpetua en una celda de aislamiento total, sin relación con ningún preso.
Diagnosticado como psicópata, Stroud fue trasladado a Alcatraz el 19 de diciembre de 1942. Para entonces había terminado de escribir dos manuscritos. Su tema: las aves. En su confinamiento absoluto trabó amistad con tres gorriones que hicieron su nido en la ventana de su celda. Los alimentó, los cuidó, luego llegaron algunos canarios. Stroud los observaba, detectaba sus hábitos, pidió libros sobre pájaros, los leyó ávidamente, se dedicó a escribir sus propios tratados, a través de su madre estos llegaron a especialistas en el tema y, tras ser publicados, fue considerado como una autoridad y un inevitable referente en ornitología. Lo sigue siendo. Se lo llamó The birdman of Alcatraz (El hombre de los pájaros de Alcatraz), aunque no se le permitió llevar sus 300 canarios a La Roca. Su vida se convirtió película. La celda olvidada, dirigida en 1963 por John Frankenheimer, con una memorable interpretación del gran Burt Lancaster.
Acaso sin saberlo, Robert Stroud se erigió como un héroe existencialista. Hizo honor a una idea central de esta corriente filosófica. Nadie es responsable de la vida que recibe en la ruleta de la existencia, pero todos lo somos de lo que hacemos con esa vida. O, en palabras del médico y filósofo vienés Víktor Frankl (autor de El hombre en busca de sentido y padre de la logoterapia): “Las fuerzas que escapan a tu control pueden quitarte todo lo que posees excepto una cosa, tu libertad de elegir cómo vas a responder a la situación. Nuestra mayor libertad es la libertad de elegir nuestra actitud”. Durante los cincuenta y cuatro años de su cuarentena carcelaria Stroud hizo uso pleno de esa libertad.
Tras meses de cuarentenas y confinamiento decididos por fuerzas ajenas a nuestro control y decisión (el Covid-19, la carencia de opciones o de inteligencia emocional para buscarlas y administrarlas por parte de los decisores), el recuerdo de la odisea vital del hombre de los pájaros de Alcatraz dispara una suerte de inevitable moraleja. Podemos tener toda la libertad deseable para mover nuestro cuerpo por el mundo exterior y, pese a ello, estar atrapados por creencias, mandatos, temores, fobias y todo tipo de cadenas y barrotes invisibles que nos mantendrán cautivos e infelices a perpetuidad. O, por el contrario, físicamente confinados, podemos avizorar horizontes y propósitos que hagan de nuestra vida una existencia con sentido. Ni una alternativa ni la otra nos serán impuestas u ofrecidas desde afuera. Ambas dependen de nuestras alas y de moverlas para levantar vuelo existencial o dejar que se entumezcan mientras despotricamos contra el encierro. Como decía Confucio, antes que maldecir la oscuridad, es preferible encender una vela.     

viernes, 28 de agosto de 2020


Crónicas de la peste (19)

Encuentros que inmunizan

Por Sergio Sinay


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Aunque se haya dicho y repetido miles de veces, cabe recordarlo. Los humanos somos seres sociales por naturaleza. De tal condición nace la moral, ese conjunto de normas que, a través de nuestra historia y nuestra evolución, acordamos y cumplimos para garantizar nuestra supervivencia como individuos y como especie. Esas normas pasan a formar parte del inconsciente colectivo y nos dicen qué se debería hacer y qué no. El filósofo Bernard Gert (1934-2011), referente en este tema, define a la moral, en la Enciclopedia Standford de Filosofía, como “un código de conducta que, debido a sus condiciones específicas, sería defendido por todas las personas racionales”. Hay, pues, una estrecha relación entre moral y razón.
Porque somos sociales necesitamos congregarnos y vivir juntos en tribus, familias, comunidades, sociedades. Y porque somos racionales comprendemos que esto sería imposible si no acordáramos no matar, no robar, no mentir, respetar, cooperar. La capacidad de razonar es fruto de la evolución de nuestro cerebro, desde el primitivo y reptílico que compartimos con las demás especies, hasta el desarrollo del neocórtex y los lóbulos prefrontales que nos permiten evaluar, comparar, imaginar, cuestionar, investigar, dudar, elaborar ideas complejas. Es decir, pensar. Empleamos este atributo ante la normativa moral.
Ser agente moral, lo que equivale a cumplir y respetar la normativa y sus valores, es una elección. Hay quienes eligen no hacerlo. Allí aparece la ética. Mientras la moral dice lo que se debe (en virtud de la preservación de la comunidad humana), la ética muestra lo que cada individuo elige. Hay quienes eligen actuar moralmente y quienes no. Pero nadie deja de tener una ética. Lo que resta observar es si esta se alinea con la moral o se desvía respecto de ella.

SOCIALES Y FRÁGILES
Estas disquisiciones derivan de la primera afirmación. Somos sociales por naturaleza. La misma naturaleza que nos hace frágiles y vulnerables nos impulsa a agruparnos, a cuidarnos, a cooperar. Mientras hacemos esto, que nos permite sobrevivir y desarrollar las potencialidades propias de cada uno, vamos dejando vestigios de nuestra existencia a través de lo que se llama cultura y civilización, fenómenos que cobran diferentes formas y manifestaciones.
Sobre nuestra sociabilidad la filósofa canadiense Patricia Churchland, reconocida autoridad en cuestiones de ética médica y de neuro ética, señala algunos aspectos muy interesantes en su libro “El cerebro moral”. Según Churchland, en tanto animales sociales y vulnerables el aislamiento es el peor castigo que se nos puede inferir. Necesitamos presencia y cercanía de nuestros semejantes. Nos necesitamos mutuamente para sobrevivir. En los mamíferos altamente sociales, como nuestro caso, quienes se valen de la cooperación y de la interrelación para hacer trampas o para sacar beneficios propios a costa de los demás, suelen terminar siendo rechazados, apartados y confinados. Y en esas condiciones aparece toda su vulnerabilidad.
En un principio, explica Churchland, nos apegamos a los nuestros, el grupo más cercano y conocido en cuanto a pertenencia, y es allí donde cuidamos y somos cuidados. Pero en la medida en que nos desarrollamos y evolucionamos y pasamos a participar en grupos más grandes y complejos, también desarrollamos nuestra capacidad de cuidado extendiéndola a otros. Esto es parte esencial de lo que se conoce como habilidades sociales. El perfeccionamiento de herramientas para la convivencia desde la diversidad, la capacidad para crear y formar parte de redes, la construcción de puentes de confianza.
En nuestra condición de seres sociales la consolidación y práctica de esas habilidades y capacidades no son ni relativas ni optativas. Se trata, en realidad, de una necesidad esencial de orden superior, es decir que trasciende a las necesidades básicas de supervivencia, como son la de comer, beber, dormir o contar con techo y abrigo. Como ocurre con toda necesidad, cuando no es atendida y satisfecha comienza a manifestarse de manera disfuncional. Está presente, se hace oír. Y es imposible acallarla con filminas y mensajes atemorizantes.
Quizás todo esto explique por qué, alcanzada ya una extensión que la convierte en la más larga del mundo (y con frutos cada día más escasos y discutibles), la cuarentena aplicada al AMBA resulta cada vez más difícil de cumplir y controlar. Y por qué la pretensión de legislar por decreto sobre la intimidad de los hogares, prohibiendo las pequeñas reuniones familiares, es un dislate que solo puede estimular transgresiones, más aún cuando se quiere aplicarla en el momento de mayor hartazgo y desgaste emocional. Como si algo no estuviera del todo bien en el área prefrontal del cerebro de quienes propusieron y avalaron el decreto, área en la que, como explica la doctora Churchland, se consolidan las estructuras emocionales y se produce la inteligencia social.  En su libro, ella define a la CPF (Corteza Pre Frontal) como el órgano de la civilización. Por lo demás, afirma esta autora, las jerarquías que pretenden imponerse por la fuerza (física o simbólica, como es el caso de los decretos seriales), inhiben la cooperación y sólo intimidan, haciendo más débiles a los débiles y más desafiantes a los transgresores.

EL CONTACTO NECESARIO
Tanto los aislamientos prolongados, como los confinamientos y los encierros debilitan las capacidades que son esenciales para la supervivencia y la convivencia de los mamíferos sociales, cuya máxima expresión evolutiva somos los humanos. En esos estados no solo aparecen y se extienden manifestaciones anímicas como la ansiedad, la angustia, el miedo o la tristeza, sino que se hacen epidémicas ciertas patologías psíquicas como la depresión o el pánico. Por mucho uso que se haga de la tecnología de conexión (celulares, computadoras) y de sus contenidos (redes sociales, portales de noticias, buscadores) estas actuarán siempre como analgésicos, pero nunca suplirán a la verdadera comunicación, que es la de la presencia, el contacto, el abrazo, la palmada, la voz natural (no mediatizada por micrófonos o audífonos), la mirada. Así como ver videos de personas desaparecidas no las trae de vuelta, el contacto a través de pantallas no corporiza a aquellos con quienes nos conectamos. En ese contexto, impedir el encuentro entre seres queridos, efectuado en ámbitos íntimos y en condiciones de seguridad, revela otra vez, como se viene insistiendo en esta columna, una pronunciada ausencia de inteligencia emocional. Más aún si se le agrega un galimatías como el expresado por la viceministra de Salud de la Nación al decir que lo que ahora se prohíbe nunca estuvo autorizado. Ni Fidel Pintos en su momento ni Cantinflas en el suyo lo hubieran expresado mejor.
Compartir tiempo y espacio con seres queridos (en tanto criaturas racionales sabemos y podemos hacerlo con inteligencia y responsabilidad) en una intimidad que no comprometa a terceros (y que no estimule la delación de estos si es que esta vocación les surgiera), aviva el afecto y fortalece, desde lo emocional, al sistema inmunológico. Se extraña la presencia de expertos que, más allá de estadísticas y protocolos, conozcan las complejas tramas y necesidades del alma humana.

domingo, 2 de agosto de 2020


Crónicas de la peste (18)

Normalidad en motocicleta

Por Sergio Sinay





“Lo que hace tan difícil ver el mundo con claridad no es su extrañeza, sino su normalidad. La familiaridad puede cegarnos”. Esto escribía Robert Maynard Pirsig (1928-2017) en su libro Lila, publicado en 1991. Era su segunda y última obra. Había accedido a la celebridad en 1974 con Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, un libro desafiante, inclasificable, del que algunos lectores huían pronto, en el que otros quedaban atrapados sin remedio y del que unos y otros salían modificados. Pirsig contaba allí su viaje en moto atravesando todo Estados Unidos, acompañado de su hijo adolescente Chris. La travesía, una auténtica odisea existencial, tenía varios propósitos. Indagar en sí mismo, conocer en profundidad a su hijo, explorar y poner a prueba ideas que lo rondaban y evidenciar, desde las experiencias vividas, el estado de los valores en el mundo contemporáneo.
Pirsig había sido una suerte de niño prodigio, con un cociente intelectual de 170 a los 15 años, convertido luego en profesor de filosofía y literatura en la Universidad de Montana, de donde sería expulsado con un diagnóstico de esquizofrenia que le costó años de tratamientos implacables y más insalubres que sanadores. Como suele ocurrir, Pirsig escapaba de las cajas y envases en los que se pretende capturar a la normalidad para mantener sedada a la población. Solía incitar a sus alumnos a que se salieran de los moldes teóricos y académicos, que arriesgaran, que pensaran por cuenta propia, que cuestionaran la normalidad, la familiaridad, la creencia de que todo es explicable y previsible. Su propia obsesión, evidenciada en sus dos libros, era cavar en la superficie de lo normal, de lo habitual, y buscar significados profundos y ocultos. Insistía en que quien acomete esa aventura podrá acceder a lo que llamaba la “calidad”, palabra que repetía y lo identificaba. Pirsig invocaba una calidad existencial, esa que no se verifica con controles ni protocolos ni se reduce a la producción material, pero aun así Zen y el arte de mantenimiento de la motocicleta se convirtió en un explosivo best-seller en su momento y luego en un long-seller que, gracias a continuas reediciones, lo mantienen vivo y actual.
En tiempos en que se habla con soltura de vieja y nueva normalidad, sin ideas claras acerca de lo que define a una y a otra, volver al viaje y a las ideas de Pirsig no está de más. ¿Qué añoran quienes hacen duelo por la vieja normalidad? ¿La pobreza estructural, la corrupción cotidiana y aceptada en todos los órdenes, el consumismo depredador, la indiferencia hedonista y narcisista convertida en cultura, la desigualdad ultrajante, el hambre pandémico, la injusticia obscena repartida desde los mismos tribunales que deberían velar por la justicia, la ignorancia por la existencia, el dolor y las necesidades del prójimo (léase próximo), el clientelismo desvergonzado en la práctica política y social, la intolerancia hipócrita que se esconde bajo diversos seudónimos y no se atreve a llamarse machismo, racismo, xenofobia? Estos son algunos aspectos de lo que era normal. Pero quizás resulte apresurado decir “era”. No existen pruebas de que los corruptos, los intolerantes, los injustos, los indiferentes, los violentos (verbales y físicos), los consumistas tóxicos y depredadores, los autoritarios hayan dedicado la cuarentena más larga del mundo a realizar actos de contrición, a transformar sus cosmovisiones, a entrenarse en nuevos modos de vivir y actuar, más empáticos, más generosos, más validadores de una vida con la que, normalmente, emponzoñan el mundo. No, no hay pruebas de que eso esté ocurriendo. Por el contrario, abundan indicios de que, en muchos casos, presas del síndrome de abstinencia solo esperan que se levante definitivamente la tranquera para salir a recuperar al tiempo perdido. Algunos, poseedores de poder político y/o económico, ni siquiera tienen que esperar. Siguen en lo suyo. ¿Qué hará cada persona para que la nueva normalidad no sea el simple seudónimo de la vieja? ¿Y para que la normalidad de siempre no siga impidiendo ver el mundo con claridad? Confinados, debemos responder desde la quietud, sin viaje en motocicleta.





sábado, 25 de julio de 2020


LAS DOS PREGUNTAS
por Sergio Sinay

El caminante | Consultario

Existen dos preguntas que toda persona debe plantearse en ciertas instancias decisivas de la vida, recomienda el filósofo Sam Keen, autor, entre otras obras, de La vida apasionada, El dios de la danza y Amar y ser amado. Son éstas:

¿Hacia dónde voy?
¿Quién me acompaña?

            Hay un requisito básico: las preguntas deben hacerse en ese orden. Si lo inviertes, te verás en problemas.
          Parece sencillo y, sin embargo, solemos invertir el orden con mucha frecuencia y con demasiada facilidad. Cuando mi compañía es más importante que mi destino estoy preparando las condiciones para la frustración, para el desengaño y para el reproche. Si necesito de alguien que haga realidad mis sueños, entonces están dejando ser mis sueños. Será el otro quien decida qué hacer con ellos. Suele ocurrir que nos encandilamos con la compañía y olvidamos la dirección de la marcha o, lo que es peor, la ignoramos. Es más importante "quién vendrá conmigo" y no "hacia dónde estoy yendo".
            Responder a la primera pregunta no es cosa fácil, pero de ello depende vivir de una manera o de otra. Aspirar a una vida auténtica o resignarse a un simple "como si" se viviera en plenitud, un simulacro más o menos exitoso. Saber hacia dónde estoy yendo significa preguntarme quién soy, que sé y qué ignoro de mí, cuáles son mis capacidades y mis limitaciones, no confundir mis deseos con mis necesidades (deseo un castillo, necesito una casa), reconocer cuáles son mis prioridades íntimas en este momento de mi vida y separarlas de las prioridades que me imponen desde afuera. Discernir mis certezas de las expectativas que otros tienen sobre mí. No confundir lo que puedo, quiero y necesito con lo que "debería".
            Descubrir a dónde estoy yendo significa, al mismo tiempo, aceptar las condiciones del camino y sus circunstancias. Habrá momentos en los que la marcha será más rápida y otros en los que será lenta. Habrá tramos llanos y fáciles y trechos escarpados y riesgosos. Habrá períodos en los que mi marcha será solitaria y épocas en las que muchos estaremos orientados hacia la misma dirección. En algún momento deberé ir adelante de mi compañía y en momentos quedaré atrás. Nadie garantiza que esta marcha atravesará un jardín de rosas. Pero hay algo seguro: la compañía será, en este caso, verdadera.

JUNTOS, NO ENCIMADOS
            Todo encuentro, de cualquier tipo, forzado por la compulsión de contestar primero a la segunda pregunta, no se habrá producido en las mejores condiciones. Cuando estoy confuso acerca de mí, estoy propenso a depositar mi confusión en otro y, todavía más, a pretender que el otro la entienda y la resuelva. Que me acompañe, no importa para ir a dónde. Pero quien camina cargando a otro corre el riesgo de tropezar, de caer o sencillamente de cansarse pronto.
            Distinto es el caso cuando el encuentro se produce en una natural confluencia del camino que cada uno está transitando. En ese caso, con seguridad, nadie tendrá que hacerse cargo de nadie, la marcha será conjunta y paralela, gozosa y nutritiva. Son los encuentros que ayudan a crecer. Los que significan estar con otro: ser con el otro y no ser para el otro ni del otro.
Lo cierto es que no hay por qué esperar a los grandes acontecimientos o crisis o decisiones para hacerse las dos preguntas. Por lo demás, las respuestas requieren tiempo, y responsabilidad. Y llevan integrado en sí el compromiso. Todo camino se hace en el tiempo, conocer es materia de tiempo. Responsabilidad es hacerse cargo de los propios actos y de sus consecuencias, por lo tanto no hay pregunta que pueda responderse sin responsabilidad. Y el compromiso es la consecuencia de un camino transitado en conjunto, no su origen.
La costumbre de acudir periódicamente a estas preguntas puede resultar un modo de mantenerse actualizado acerca de uno mismo y de su compañía. Quienes busquen estas respuestas con sinceridad y con asiduidad tendrán, seguramente, buenas posibilidades de marchar juntos por un largo tiempo, porque sabrán quiénes son ellos, quién es el otro y a dónde van. No correrán el riesgo, en fin, de despertar solos en una playa desierta.

viernes, 17 de julio de 2020

Crónicas de la peste (17)

Pandemia y default de inteligencia 

emocional

Por Sergio Sinay


 Cerebro, Corazón, Cerebro Icono

En una de sus frecuentes intervenciones mediáticas el presidente de la Nación manifestó su temor a las “cuarentenas inteligentes”, como las llamó. Trajo así la cuestión de la inteligencia al complejo terreno de la pandemia de coronavirus y las cuarentenas. No es simple definir a qué nos referimos al hablar de inteligencia. Durante mucho tiempo se zanjó la cuestión afirmando que inteligencia es la capacidad para resolver problemas. Una definición incompleta a la que se agregó la confusión de conocimiento con inteligencia y la creencia de que quien acumula títulos y lecturas es inteligente.
Desde mediados del siglo veinte en adelante ya no se puede reducir la definición de inteligencia a un solo concepto. Y menos desde que, a comienzos de los años 80, el psicólogo y pedagogo estadounidense Howard Gardner presentó su teoría de las inteligencias múltiples, conclusión de un proyecto iniciado hacia 1967, a partir de su participación en el proceso educativo de varias generaciones de niños. Gardner, que hoy tiene 79 años, no dejó de profundizar desde entonces en su tesis, según la cual las personas no tenemos una única y excluyente forma o capacidad de inteligencia para aplicar a todos los campos de nuestra vida. En cada esfera en que nos movemos aplicamos diferentes recursos. No son los mismos para el deporte que para la cultura, la economía, las relaciones interpersonales, el arte, las matemáticas, la ciencia, la cocina o las actividades manuales. Según los cursos que siguen nuestras vidas y las situaciones que se nos presentan ejercitamos más intensamente y con más frecuencia algún tipo de inteligencia que otro. Así es posible que un gran campeón de ajedrez, que dedica horas y años de su vida al estudio y práctica de esa disciplina, sea bastante precario en las relaciones humanas o en la comprensión de una poesía. O que un brillante ingeniero fracase en sus emprendimientos económicos. Comentario al margen: a partir de las inteligencias múltiples sería higiénico para la salud mental de la población abandonar la creencia de que una persona exitosa en un área está habilitada para sentar cátedra sobre cualquier cosa, algo tan común en los medios y tan extendido en la opinión pública, dispuesta a creer que su ídolo futbolístico está a la altura filosófica de Sócrates o que una destacada figura política podría resultar excelente director técnico de fútbol (y viceversa).

LAS DOS MENTES
A todo lo anterior se sumó en 1995 el doctor en filosofía, psicólogo y divulgador científico Daniel Goleman con la formulación de la inteligencia emocional. El concepto se viralizó de inmediato y resultó pandémico, para usar palabras al uso. Desde entonces se usó, abusó, aplicó, comprendió y malinterpretó de mil y una maneras. Goleman partió de la idea de que estamos constituidos por dos mentes, una emocional que gobierna nuestros sentimientos, nuestras reacciones instintivas, nuestras sensaciones y afectos, y otra racional, que nos permite planificar, calcular, entender, modular el lenguaje. Emoción sin razón nos puede llevar a continuos naufragios, choques e incluso tragedias. Razón sin emoción nos convierte en seres incapacitados para los vínculos, analfabetos sentimentales. El cerebro emocional, planteó Goleman, introduce la emoción y el sentimiento, en tanto el cerebro racional los dirige y adecua. Quienes más y mejor consigan integrar y coordinar ambos aspectos serán las personas con mayor inteligencia emocional. Una inteligencia imprescindible en todos los aspectos de la experiencia humana, a menos que se pretenda pasar por la vida rozándola apenas, sin la menor comprensión o profundización en ninguno de sus aspectos.
 La inteligencia emocional es más que una teoría. Es un atributo esencial en la política, en la educación, en el arte, en la familia, en la pareja, en la amistad, en el trabajo, en la profesión, en la economía, en la relación con la naturaleza (medio ambiente, fauna, flora, recursos naturales). Su ausencia acarrea altos costos de todo tipo, que van desde los psicológicos y afectivos hasta los económicos y sociales. Quienes desprecian la razón en nombre de la emoción o minimizan la emoción en nombre de la razón demuestran carecer de inteligencia emocional. Juegan en el mismo equipo, aunque parezcan adversarios.

LA EMPATÍA VERDADERA
La empatía es evidencia de inteligencia emocional. Pero no la empatía declarada, sino la encarnada, experimentada y demostrada en conductas. La empatía se construye sobre la conciencia de uno mismo, escribe Goleman en su libro inicial; y cuanto más abiertos estamos a nuestras propias emociones, más hábiles seremos para interpretar y comprender los sentimientos de otros.
Uno de los pioneros de la psicología conductista, Edward Lee Thorndike (1874-1949), había planteado hacia los años 20 una idea en la que abrevó Goleman. La “inteligencia social”, a la que definió como capacidad para comprender a los demás y actuar prudentemente en las relaciones humanas. Decía que es muy distinta de las capacidades académicas y que es clave para el éxito en la vida. Tras ahondar en aquella idea y expandirla, Goleman concluyó que “la capacidad de saber lo que siente el otro entra en juego en una alta gama de situaciones en la vida, desde las ventas y la administración hasta el idilio y la paternidad, pasando por la compasión y la actividad política”.
Cuando se trata de gobernar y de guiar a una sociedad, a una organización o cualquier grupo humano en situaciones críticas y complejas la experiencia emocional es una herramienta fundamental, que no puede ser remplazada por lo que se suele llamar “cintura política”, olfato para los negocios, habilidad para las componendas o aplicación ciega de la autoridad. No es una inteligencia muy cultivada en ese terreno, e incluso suele ser despreciada por quienes, en funciones de mando, se pavonean de que no necesitan conectar con la psicología ni con la filosofía porque ellos son sus propios y mejores psicólogos. Temerle a lo inteligente o sospechar de ello, no es un buen indicio de inteligencia emocional. Tampoco usar el temor como herramienta fundamental de gestión en una situación como la que actualmente vivimos. La gente que está sin trabajo, los que perdieron sus emprendimientos de años, los confinados y distanciados de sus seres queridos, los que ya ofrecen síntomas de depresión y otros dolores de la mente y del alma, hubieran necesitado, y siguen necesitando, menos jerga científica, menos expertos en estadísticas y virus, menos analfabetismo emocional y más inteligencia de esa calidad. Porque el default de inteligencia emocional puede resultar tan grave como el económico con el agregado que, de él, sí, no se vuelve.  

miércoles, 8 de julio de 2020


Crónicas de la peste (16)

Sobre el vuelo de los patos

Por Sergio Sinay


Silbón, Pato, Aves De Agua, Animales

Una cosa es mandar y otra cosa es liderar. Los jefes mandan. Los líderes guían. El jefe puede obtener obediencia y hacer que se cumplan sus órdenes a través del miedo. Los líderes convencen, argumentan, comunican con claridad y sensatez, honrando el valor de la palabra y sosteniéndola con el ejemplo. Donde los jefes a menudo despliegan autoritarismo, los líderes recogen autoridad. La autoridad es un punto de llegada tras un camino compartido, en el cual el líder demostró integridad, coherencia entre sus dichos y sus hechos, valores convertidos en conductas, empatía, capacidad de escucha. El autoritarismo es una prótesis que viene a remplazar la carencia de todos aquellos atributos que conducen a la autoridad. La autoridad echa raíces y crece desde abajo, el autoritarismo se impone desde arriba, sin cimientos. Autoridad es respeto. Autoritarismo es miedo.
Cualquiera puede sostener el timón cuando el mar está en calma, decía Publilio Siro en el siglo I antes de Cristo. Se trataba de un hombre nacido en Siria, esclavizado en Roma y liberado y educado por su amo, que premió así el talento que veía en él. Publilio se convertiría en un afamado escritor y orador, del que solo queda un tomo de sentencias. La del timón aplica bien en estos tiempos complejos para el mundo, en el que saltan dramáticamente a la vista la ausencia de líderes y el exceso de jefes desorientados, asustados, ofuscados, obnubilados o extraviados. Contando con los dedos de una mano apenas se encuentra a la consecuente Ángela Merkel, canciller alemana, a Jacinda Arden (primera ministra de Nueva Zelanda) y a Katrín Jakobsdóttir (primera ministra de Islandia) como líderes que, en mares tormentosos, supieron mantener el rumbo, generar confianza, apaciguar paranoias, inspirar rumbos. Las une, en países distintos, con especificidades diferentes, un mismo gen estadista.
Estadista es quien, en su manera de gobernar, articula diferencias sin negarlas ni descalificarlas y genera consensos como consecuencia de inspirar en la sociedad un propósito convocante. El estadista, además de mantener como guía el bien y los intereses comunes, no gobierna con la meta de las próximas elecciones o de poner al Estado a su servicio y al de sus familiares, sus socios y sus cómplices. Lo hace con una visión trascendente. No solo llama a marchar en un sentido (como dirección), sino hacia un sentido (como anhelo existencial). Todo esto falta hoy, mientras sobran los que son simples gestores de la función presidencial o ministerial. Personajes grises, chatos, de mínimo espesor moral e intelectual, especuladores, manipuladores, algunos delirantes, otros autoritarios, la gran mayoría de ellos militantes marxistas de la línea Groucho: hoy tienen unos principios, pero si no te gustan los cambian por otros.
Napoleón Bonaparte afirmaba que un líder es un vendedor de esperanza. En estos días y en estas circunstancias sobran los vendedores de desesperanza, de miedo, de paranoia, de amenazas, de indecisión. Cuando Winston Churchill prometió a los ingleses solo sangre, sudor y lágrimas, lo hizo después de haber tenido contacto real con los ciudadanos, después de haberse codeado con ellos (no con otros políticos en busca de transas miserables) y lo hizo a cambio de una visión y una esperanza: la libertad, la vida. No la supervivencia gris, deprimente, agobiante, sin horizonte. Hoy no hay promesa ni esperanza, solo amenaza. Quien sale a correr, a “ver vidrieras” (¿vidrieras de negocios definitivamente cerrados o quebrados?), a visitar a un hijo, un padre o un nieto, a ganar un peso para comer o para pagar impuestos que a la hora de la hora no fueron a fortalecer el sistema sanitario, quien sale, en fin, a respirar un poco de vida lo hace amenazado por un jefe iracundo.  Lo hace en un escenario desierto de liderazgo. Triste consuelo pensar que, al menos en esa carencia, estamos a la altura del resto del mundo. Según un proverbio chino, “los patos siguen al líder de su parvada por la forma de su vuelo y no por la fuerza de su graznido”. Hoy nos atruenan los graznidos desafinados y el vuelo es bajo y torpe.

sábado, 27 de junio de 2020



Crónicas de la peste 15
La vida no es un envase vacío
por Sergio Sinay


Árbol, Árbol De La Vida, Marco, Espiritual, Metafísica


“La piel frágil, lampiña y mal irrigada de los humanos acusaba enormemente la ausencia de caricias. Una mejor circulación de los vasos sanguíneos cutáneos, una ligera disminución de la sensibilidad de las fibras nerviosas de tipo L permitieron, a partir de las primeras generaciones neohumanas, mitigar el sufrimiento inherente a la falta de contacto”. En La posibilidad de una isla, novela de 2005, el escritor francés Michel Houellebecq narra el final de la especie humana y su remplazo por los neohumanos, seres que se reproducen a partir del ADN conservado de los humanos. Esto permite una clonación infinita de los especímenes originales, aunque las reproducciones ya no son lo que eran los seres verdaderos. Desprovistos de emociones, híper racionales, algo así como pensamiento puro envasado en cuerpos que se suceden iguales a sí mismos, sin envejecer y sin sentir, han logrado el aislamiento total e indoloro de cada uno. No necesitan de nadie, cada neohumano se basta a sí mismo, sin nostalgia, sin miedo, pues la muerte es una noción de la que carecen, así como no poseen sentimientos, aunque los comprenden intelectualmente mediante el estudio de las memorias de los humanos originales.
La novela, una de las más estremecedoras, desafiantes y filosóficamente audaces de un autor que pone la escritura y el cuerpo en temas siempre desafiantes y extremos (ahí están como prueba sus obras Las partículas elementales, Plataforma, Serotonina o Sumisión), al punto que fue víctima de descalificaciones y amenazas de muerte, está narrada en dos momentos. Uno es el del final de la decadencia humana, una era hedonista, narcisista, desapasionada, consumista, que es la actual, contada por Daniel, un famoso humorista y cineasta, y el otro momento, veinte siglos más tarde, es narrado por la vigésima quinta reencarnación tecnológica del mismo Daniel, con quien comparte nombre y data de hechos vividos, pero nada que de lo que conocemos como humano.
Leída, o releída, en tiempos de coronavirus y de cuarentenas interminables, que comenzaron siendo un medio para preservar la vida y se convirtieron en un fin en sí mismo, al punto en que esas vidas preservadas y encapsuladas en confinamientos, aislamientos, vigilancias y prohibiciones podrían prolongarse eternamente, aunque empezaran a extraviar su propósito existencial, La posibilidad de una isla es una experiencia inquietante y remite a reflexiones sobre el presente. Aunque el tiempo final de la especie es líquido, como diría el gran pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), carente de arraigos, compromisos y visiones, aún quedan las pasiones humanas, el dolor, el amor, la voluntad de sentido, incluso cuando este se extravíe. En la inmortalidad artificialmente lograda, en esa supervivencia que aparece como un “triunfo” de la ciencia y de la técnica, pero vacía de sentido y propósito, algunos neohumanos empiezan a desear la muerte real, algo que dé un significado a vidas prolongadas porque sí. Empiezan a anhelar algo que nunca experimentarán: “la dulzura del sueño cuando llega junto al ser que amamos”, según lamenta Daniel 25, dos mil años después del Daniel original.
Reiteradamente justificada con filminas, estadísticas, declaraciones oficiales patéticamente contradictorias entre sí, promesas y explicaciones científicas abstrusas y cambiantes, y manipulación del miedo, la retahíla de cuarentenas a que fue sometida la sociedad desde el 20 de marzo de 2020 en adelante parecía tener como fin lo que describe la frase inicial de esta columna, tomada de la novela de Houellebecq. El acostumbramiento de las personas a una vida sin contacto, sin otro horizonte que estar, permanecer, no morir. Preservar el envase de una vida prescindiendo del contenido. Porque la verdadera vida es una aventura riesgosa. Hoy y siempre, con y sin Covid-19. Vivir es vivir para algo. Lo contrario de simplemente respirar y permanecer.