lunes, 12 de abril de 2021

 

La oportunidad no viene sola

Por Sergio Sinay




 

Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. Esta frase le es atribuida tanto al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956), autor de obras fundamentales del teatro del siglo veinte, como La ópera de tres centavos y Madre coraje, como a Antonio Gramsci (1891-1937), filósofo, periodista y sociólogo italiano, autor de Pasado y Presente y Literatura y vida nacional entre otros textos claves del pensamiento político. Brecht definía con aquella frase a las crisis. Gramsci describía con ella la complejidad de ciertos momentos históricos. Y agregaba algo fundamental: “En ese interregno es donde surgen los monstruos”. La historia le daría repetidamente la razón. Y se la sigue dando.

Hace mucho tiempo, demasiado, que en la Argentina lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Lo que en la historia es una transición aquí resulta una imagen congelada. O quizás no tanto, porque lo viejo no está paralizado, estancado. Vive, se mueve, extiende tentáculos, genera sombras oscuras y extensas. En simultáneo la luz de lo nuevo titila, languidece, amenaza con apagarse definitivamente. Y en ese limbo surgen monstruos de diferente tipo, que, antes de revelar sus características aberrantes, se presentan como figuras providenciales y así son elegidos. Cuando se descubre lo que verdaderamente son y se proponen, ya es tarde.

Se suele asociar de manera automática e irreflexiva a las palabras crisis y oportunidad. Como si fueran hermanas gemelas inseparables. Y con cierto voluntarismo cándido se espera en esos casos que la oportunidad golpee a la puerta en plena crisis. Sin embargo, las oportunidades no existen por sí mismas ni llegan por designio divino. Hay que ir hacia ellas, generarlas. Las crisis, al revolverlo todo, ponen al descubierto recursos desconocidos o inexplotados, tanto internos como externos. Son materiales con los cuales construir la oportunidad. Pero, así como una pila de ladrillos no se convierte mágicamente en una casa, los recursos revelados por una crisis no se transforman repentinamente en una oportunidad. Si la oportunidad no se construye y no se ejecuta, la crisis es solo una crisis. Una más. O la misma, interminable, de siempre. Con el pasado vivo y el futuro nonato.

Las palabras nunca son mera unión de letras o simples sonidos. Oportunidad proviene del latín opportunitas, formado a partir de op (oprobio, opresión) y portus (puerto). Habría, entonces, un relato encerrado en el vocablo oportunidad. El hallazgo de un puerto desde el cual partir, cuando se está hundido en el oprobio y la opresión, en busca de horizontes distintos. Para lo cual habrá que aventurarse a navegar. Una vez más, la oportunidad no viene dada.

domingo, 7 de marzo de 2021

 Y mientras tanto los hombres…

Por Sergio Sinay






¿Nos atañe la conmemoración del 8 de Marzo a nosotros, los varones? ¿Basta con apoyar de palabra las justas reivindicaciones femeninas pendientes o con declararse “varón feminista” para estar a tono? Acaso eso calme transitoriamente alguna conciencia, luzca para la foto, para la tribuna o para las redes sociales, como es el caso de presidentes, funcionarios o personajes públicos y no públicos que maquillan por un día su machismo militante. Pero los varones que no somos ni nos sentimos culpables de todos los males de la historia humana, los que procuramos convertir las diferencias naturales (no las culturales que se venden como naturales) entre hombres y mujeres en fuentes de encuentros trascendentes para ambos, los que estamos firme y amorosamente presentes en las vidas de nuestros hijos, nuestros nietos, nuestras compañeras de amor, de trabajo, de búsqueda y de proyectos existenciales, podemos hacer mucho más que eso.

La conmemoración del Día Internacional de la Mujer se origina en una marcha de 15 mil trabajadoras convocadas por el partido socialista ocurrida el 8 de marzo de 1857 en Nueva York. Pedían condiciones laborales, jornadas y salarios similares a los de los hombres. El clamor creció tras el 25 de marzo de 1911, cuando se incendió la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist, de Nueva York, y murieron 123 mujeres y 23 hombres, la mayoría inmigrantes de entre 14 y 23 años. Pero solo en 1975 (como sucede con tantas reivindicaciones postergadas), la ONU consagraría la fecha en el orden internacional. El recordatorio cobra fuerza año a año, aunque a pesar de las justas demandas que lo sostienen no deja de ser manipulado por oportunistas y fundamentalistas que anteponen intereses propios (ideológicos, políticos, económicos o de secta) a los de un mundo equitativo, donde mujeres y hombres se complementen para vivir vidas con sentido.

Es esta una buena oportunidad para desmentir que las mujeres sean víctimas de los hombres como las gacelas son presas de los leones, es decir por una ley natural inmodificable. Porque de esa creencia deriva el hembrismo, una deformación del verdadero feminismo, que convierte a los varones en culpables por portación de sexo. En todo caso hombres y mujeres somos víctimas, en escalas y de maneras diferentes, de un sistema en el que la justicia no funciona para nadie, la desigualdad es brutal con todos (menos con los apropiadores de la riqueza producida por la mayoría de la humanidad) y la inequidad es pandémica. Más varones que mujeres mueren por causa de accidentes viales y de trabajo, de homicidios, de guerras inútiles y brutales, de enfermedades coronarias, de suicidios motivados por pérdida de trabajo, proyectos y esperanzas. Como víctimas de un sistema que el filósofo Sam Keen (autor de un clásico libro sobre masculinidad titulado Fuego en el cuerpo) llama “corporatral” los varones tenemos el deber de oponernos a ese sistema y trabajar para desactivarlo y transformarlo. Debemos ser los primeros en cercar y denunciar a los femicidas, que son la expresión bestial de mandatos tóxicos que hemos recibido como hombres, de la misma manera que las mujeres han sido intoxicadas por otros mandatos igualmente repudiables. Los varones debemos ser la primera línea en el combate contra el machismo profundamente arraigado en la política, en los negocios, en el deporte, en la ciencia, en la cultura, en las religiones, en los medios y en variados mensajes familiares. Machismo que muchas mujeres convalidan y ejercen. Debemos hacerlo porque no somos los culpables de los males de la humanidad, debemos hacerlo por nosotros, por nuestras compañeras, por nuestros hijos e hijas. Y porque cada femicida, cada machista nos lastima y deshonra a todos los hombres, convirtiéndonos en sospechosos y degradando la hombría fecunda que anida en nosotros y que ha dado valiosos frutos a la humanidad. No se nos necesita feministas, sino humanistas, constructores de un mundo donde todos y todas podamos vivir mejor y la diversidad sea motivo de suma y no de resta, de amor y no de odio. Bella tarea en la cual poner en juego nuestra testosterona espiritual.


lunes, 25 de enero de 2021

 

La vida en serie

(o la gestalt que no cierra)

Por Sergio Sinay








 

 

El año de la pandemia fue también el año de las series. Confinados durante meses interminables, las pantallas de todo tipo celulares, computadoras y televisores capturaron a millones de humanos con esa sucesión de historias que se prolongan capítulo a capítulo hasta el infinito. Hubo una época en la historia de la humanidad en la cual temporada significaba un período acotado de tiempo, una época del año, una estación climática, un lapso destinado a una actividad. Una temporada designaba un tramo con principio y final, así se hablara de moda, de caza, de cosecha, de siembra, etcétera. Incluso en materia de series de televisión el final de una temporada abría un compás de espera. Había que aguardar meses antes de reencontrarse con los personajes y sus vicisitudes. Entre capítulo y capítulo transcurría una semana. En esos lapsos se cocían la expectativa, las especulaciones, el recuerdo de las situaciones y conflictos acaecidas en el tramo finalizado.

Todo eso desapareció. Las personas pueden consumir en un solo día todas las temporadas de una serie, cualquiera sea la cantidad. Se devoran capítulos de la misma manera en que un pollo traga los granos de maíz, sin pausa y sin masticar. A menudo un solo día significa la mayor parte de las horas de ese día, incluida la madrugada, y a costa del descanso. La ausencia de pausa conlleva carencia del espacio mental y emocional necesario para procesar ideas, alimentar la memoria, registrar sensaciones. La gran mayoría de las series están pensadas y realizadas para estimular esa bulimia, sembradas de trucos y disparadores que mantengan viva la adicción por vía de una suerte de nicotina mental. Anestesia para la angustia existencial, silenciamiento de los interrogantes inscritos en la conciencia y en el inconsciente individual y colectivo de la especie. ¿Para qué vivimos? ¿Qué estamos haciendo de nuestras vidas? ¿Cuáles son nuestras aspiraciones postergadas? ¿Qué estamos haciendo por ellas? ¿Si mañana aconteciera el fin del mundo, en qué parte de mi trayecto existencial me encontraría? ¿Por qué razones ese trayecto valió la pena? Y más.

 

 

SI VENDE VALE

Cuando las personas conectan con estos interrogantes esenciales el ritmo del consumo y de la producción entra en pausa, el interés se desplaza desde lo externo y bullicioso hacia el silencio interior, muchas urgencias materiales banales y superficiales pasan al olvido. Estas preguntas son peligrosas porque sus respuestas pueden determinar otros modos de vida, más significativos y trascendentes, menos rendidores para numerosos negocios. El sistema que prepondera en la modernidad tardía (época en la que vivimos) se basa en la producción y el consumo a destajo, sin pausa, y en la conversión de toda circunstancia de la vida humana en un negocio rentable. El escritor, ensayista y crítico cultural inglés Mark Fisher (1968-2017), agudo observador de este fenómeno, apuntaba en su libro Realismo capitalista que el capitalismo contemporáneo “es una entidad infinitamente plástica, capaz de metabolizar y absorber cualquier objeto con el que tome contacto”. Con notable intuición Fisher advertía que el sistema en cuestión no se detiene ni ante la enfermedad, a la cual “convierte en un mercado muy lucrativo para que las compañías farmacéuticas internacionales desplieguen sus productos”. El caso de las vacunas para el Covid-19 parece darle la razón. Al calor de su desarrollo los más voraces y desproporcionados millonarios del planeta enriquecieron aun más, en simultáneo con la aparición de un centenar de nuevos millonarios de ocasión nacidos del oportunismo para encontrar negocios en donde miles de millones de personas perdieron trabajos, proyectos y esperanzas.

En este contexto la explosión de las series es significativa porque muestra de manera palpable, a partir de un fenómeno experimentado cotidianamente, una característica definitoria de la vida contemporánea. La aceleración, y la incapacidad para cerrar situaciones y ciclos, para aceptar límites y finales. El filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han lo describe con claridad en su reciente ensayo titulado La desaparición de los rituales. No hay tiempo para la demora contemplativa, dice Han, para cerrar los ojos y permanecer en silencio, para advertir los sonidos interiores, para conectar con los propios sentimientos y sensaciones. “La enorme afluencia de imágenes e información, escribe el filósofo, hace imposible cerrar los ojos”. El temor de perder algo termina en voracidad por querer consumirlo todo, sin filtro, sin valoración, sin degustación, sin discernimiento. No se puede parar, las temporadas deben deglutirse enteras, aun a costa del tiempo de reposo que piden la mente y el cuerpo, aun a costa del entendimiento, aun a costa de lo que se les resta a los vínculos.

 

LA HISTORIA SIN FIN

Todo se devora, incluidas las relaciones. La noticia que nos impacta hoy será olvidada mañana, remplazada por otra. Detenerse puede significar quedarse afuera. Hay que seguir. Cuando no hay un cierre para las situaciones y experiencias de la vida, se alteran los ciclos naturales de la existencia y de lo existente. La noche y el día, la actividad y el reposo, el invierno y el verano, el acoplamiento y la parición, las altas y bajas de las mareas, todo en la vida se compone de ciclos. En la vida de un individuo lo son la niñez, la pubertad, la adolescencia, la juventud, la adultez, la vejez, la muerte. Necesitan ser cerrados, necesitan ritos de pasaje. Vida y muerte son complementos del ciclo existencial. Cuando se abre un ciclo de cualquier tipo y de cualquier extensión, se abre una forma. Lo que en alemán se llama Gestalt. La vida es una sucesión de gestalts que se abren y se cierran. Es el principio de homeostasis o equilibrio inestable. Si una Gestalt permanece abierta no solo no cumple su ciclo, sino que, además, impide la necesaria apertura de otra. Las Gestalts que no cierran son tóxicas. Y solo quien las vive puede cerrarlas, puede completar la forma, la imagen que se abre en su experiencia. Esa forma puede tener más de un significado. y se descubren al prestarles la atención que la aceleración, la voracidad y la negación a cerrar impiden.

Cerrar, pausar, esperar, procesar y solo después abrir nuevamente es necesario en todos los órdenes. La apertura es positividad, el cierre es negatividad. Ambos necesarios, ambos complementarios. “Sin la negatividad del cierre, escribe Byung-Chul Han, se produce una inacabable adición y acumulación de lo igual, una desmesura de positividad, una proliferación adiposa de información y comunicación”. El virus de la aceleración, de la positividad ilimitada está infiltrado en nuestras vidas. Ahí tenemos las absurdas, inexplicables y abrumadoras “actualizaciones” de los programas informáticos y de las aplicaciones. Ahí están los gobernantes que lejos de cerrar un ciclo cumpliendo programas y promesas, dedican toda su energía, desde el primer día, a la próxima elección. Y ahí estamos, pegados a las pantallas. Protagonistas de una serie con infinitas y tóxicas temporadas.

lunes, 11 de enero de 2021

 

¿Qué es la vida?

Por Sergio Sinay





 

 

En 1923, cuando llevaba diez años en Lambaréné, un pueblo selvático ubicado en lo profundo del Congo francés, Albert Schweitzer (1875-1965) escribió: “Yo soy vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir”. Había nacido en Alsacia, que era parte del imperio alemán, y adoptó durante la Primera Guerra la nacionalidad francesa. Hijo de un pastor luterano, fue médico, músico, teólogo y filósofo. Se destacó en todas esas disciplinas. Tenía posibilidades de obtener fama y dinero en todos los países en que era reconocido. Sin embargo, en 1913 la vocación médica, entendida como ponerse al servicio de mitigar el dolor del cuerpo y del alma (no solo refaccionar órganos), lo impulsó a abandonar aquel cómodo y promisorio futuro y mudarse a Lambaréné para fundar un pequeño hospital destinado a atender a la población negra. Allí moriría cuarenta y dos años más tarde, tras haber sostenido ese emprendimiento de modo ejemplar. Las veces que salió del que sería su lugar en el mundo fue para dar conciertos o conferencias destinados a solventar el hospital. Y para recibir, en 1952, el Premio Nobel de la Paz por su “veneración de la vida”.

 

VIDA TOTAL

Pocas veces se habrá escuchado tanto la palabra “vida” en la historia de la humanidad como durante el año que acaba de terminar. Se dijo que se pretendía preservarla, se la antepuso, se la pospuso o se la comparó con la economía, se discutió acerca del momento exacto de su comienzo, hay quienes en su afán de resguardarla prácticamente dejaron de vivirla, fue objeto de discursos oportunistas y demagógicos y de discusiones de profundo sentido moral. Y finalmente corrió el riesgo que corren todas las palabras cuyo uso y abuso termina por vaciarlas de contenido o por hacer que este se desvirtúe.

Schweitzer daba en el corazón del asunto al plantear que lo vivo tiende a vivir. No solo ocurre solo con los humanos, sino, aunque sea repetitivo, con todo lo viviente, incluidos el mundo animal y el vegetal. Más allá de creencias y de disquisiciones de tipo religioso, biológico o filosófico, el universo entero es una auténtica sinfonía de vida, en la que participan los instrumentos más impensados. Incluso el coronavirus, que ocupó nuestras mentes, conversaciones, temores, especulaciones, sueños y pesadillas durante 2020, y las sigue ocupando, es una manifestación de vida. Y es posible que si hablara dijese, como Schweitzer, que quiere vivir. El médico de Lambaréné llevó su concepción al punto de afirmar que cuando mataba un insecto se sentía un asesino.

La vida, si se sigue su pensamiento, es mucho más que el mero funcionamiento de ciertos condicionamientos biológicos. Es más que la labor de los órganos, que la toma de oxígeno, que el fluir de la sangre o de la savia, que la reproducción de la especie de la que se trate. En principio es un inconmensurable misterio. Como todos los misterios no tiene solución, como ocurre con los problemas, ni revelaciones, como sucede con los secretos. Con los misterios se convive, mientras ellos aguijonean nuestra conciencia. Y es precisamente nuestra condición de seres conscientes la que nos lleva a hacernos preguntas sobre la vida. Internémonos en algunas de ellas.

 

TRES PREGUNTAS

¿Por qué valoramos la vida?  Desde la filosofía se responde que la valoramos porque existe la muerte. Si fuésemos inmortales, todo podría esperar, casi todo nos daría igual, nuestras emociones y sentimientos serían de nula o baja intensidad. Pero sabemos que moriremos y eso nos hace amar lo que amamos, despuntar propósitos, trabajar por ellos, dolernos con las pérdidas y encontrar sentido en los logros y en todo aquello (trabajo, obras, hijos) a través de lo cual trascendemos. La vida tiene en la muerte una socia imprescindible. Solo el no tener conciencia de estar vivo, el existir en un nivel apenas vegetativo (reducido a comer, dormir, beber, tener relaciones sexuales consentidas o forzadas) o el no ver más allá de los bienes materiales (se los posea o no) puede llevar a descuidar la vida propia y a desvalorizar la ajena.

¿Tiene precio la vida? En la sociedad materialista, y bajo el sistema capitalista tardío que es hegemónico en el mundo contemporáneo, se encontraron maneras de ponerle precio. Muchas veces, y en muchas circunstancias, se estipula su valor en términos económicos (a través se seguros, compensaciones, cálculos de riesgos), en términos políticos, en términos bélicos. Hay quienes compran vidas en de manera real o metafórica, a través de sofisticadas formas de servidumbre, y hay quienes las venden, a menudo incluso la propia. Pero, como señaló el filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804), la vida humana no tiene valor, tiene dignidad. Cuando se le asigna valor se la convierte en objeto y todo objeto puede ser medio para un fin. Cuando se respeta su dignidad la vida es un fin en si mismo. Algo que no han comprendido muchos de quienes vienen administrando confinamientos y otros recursos antipandemia llevados por urgencias políticas, económicas o presuntamente científicas. A menudo parecen creer que lo importante son los números de seres vivos y no las condiciones en que viven o sobreviven. Aunque, en honor a la verdad, el Covid-19 solo puso de relieve un modelo mental que opera aun sin pandemia. También se convierte a la vida en objeto mercantil cuando se habla de “capital humano” o “recursos humanos”. Un humano (su vida) jamás debería ser considerado, desde un punto de vista moral, como recurso o herramienta, o como un bien de capital. Son dos maneras de quitar dignidad a la vida. Y el propio Albert Schweitzer sostenía que el principio de la moral es el respeto por la vida en toda su dimensión y no solo como un accidente biológico.

¿Tiene sentido la vida? Acaso este sea el más profundo y esencial de los interrogantes. Hay quienes dicen que la vida simplemente “es”, que se trata de vivirla y que no hay en ella un sentido. Si fuera así, daría lo mismo nacer como humano, como alguna especie animal, como planta o simplemente existir como parte del reino mineral. Pero la conciencia, ese atributo humano decisivo, nos inquieta y sigue sosteniendo la pregunta por el sentido. Eliminar la noción de sentido hace de la vida un absurdo. Albert Camus (1913-1960), autor de La peste, El extranjero, El mito de Sísifo y La Caída, entre otras obras fundamentales, decía que esa sensación de absurdo generada por la pérdida del sentido lleva al suicidio, y por eso consideraba al suicidio como la cuestión central de la filosofía. Juzgar si la vida tiene sentido o no. Algo a lo que solo se puede responder viviendo de una manera que es responsabilidad de cada uno, de sus elecciones, de sus decisiones, de sus valores. Víktor Frankl, el gran médico y pensador vienés autor El hombre en busca de sentido y El hombre doliente, explicaba que en la búsqueda del sentido de la propia vida asomaba la trascendencia. Decía que el sentido de una vida se refleja en otra y que vivir con sentido es vivir para algo y vivir para alguien. ¿Qué es la vida, entonces? Sea lo que fuere, es mucho más que mezquinos y miserables números, estadísticas y cálculos políticos o económicos.

lunes, 14 de diciembre de 2020

 ¿Basta la salud?

Por Sergio Sinay




 

 

“La salud es un recurso para vivir, no un fin en la vida. Vivir solo para tener salud es una enfermedad”. Esta tajante definición pertenece a dos médicos, los españoles Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández, quienes además son marido y mujer. No improvisan en lo suyo. Han dedicado casi toda su vida profesional, más de cuatro décadas, a la medicina general, lo hicieron en hospitales, como médicos rurales, en barrios carenciados. Gérvas posee 22 matrículas de honor, accésit al Premio Extraordinario de fin de carrera, y “honoris causa”, fue coordinador de Seminarios de Innovación en Atención Primaria, profesor visitante del Departamento de Salud Internacional de la Escuela Nacional de Sanidad (Madrid) y docente en Suecia y en la Universidad John Hopkins de los Estados Unidos. Pérez Fernández, con 22 matrículas de honor y especialización en Medicina del Trabajo, fue docente en la Universidad Autónoma de Madrid y estuvo en primera línea en el tratamiento de adicciones en barriadas pobres, además de ser una activa luchadora por los derechos de las mujeres.

Juntos, Gérvas y Pérez Fernández despliegan sus convicciones acerca de la función del médico y su concepción de la salud en “La expropiación de la salud”, un libro urticante, que desde su aparición, cinco años atrás, no deja de incomodar al establishment médico, a las autoridades sanitarias y a los voceros de la industria farmacéutica en su país. Su definición de la salud merece ser atendida, revisada y profundizada en tiempos en que, en nombre de su protección, se han puesto en juego cuestiones esenciales, vinculadas a libertades, derechos, intereses económicos y políticos, prácticas científicas y, en definitiva, a de qué se habla cuando se menciona esa palabra: salud.

Para precisar qué es salud, según Gérvas y Pérez Fernández, hay que comenzar por definir qué es enfermedad. Y la describen así: “Es la dificultad para afrontar los inconvenientes, los problemas, las adversidades y los sinsabores de la vida. Puede serlo en el sentido físico, psíquico o social”. Entonces, sí, se puede definir a la salud como un estado en el cual aquellos tres aspectos están en relación y en equilibrio y permiten afrontar con ánimo las adversidades, los problemas, la incertidumbre de cada día. Salud no es ausencia de enfermedad, sino capacidad para enfrentarla y resolverla.

 

EL VALOR DE LA AUTOPERCEPCIÓN

Al enfocar la salud desde esta perspectiva se acentúa la importancia de la autopercepción. Gérvas y Pérez Fernández citan estudios que muestran ese valor. Más allá de los resultados que ofrezcan análisis clínicos, quienes se sienten bien de salud tienen menos posibilidades de morir en un futuro próximo que las personas que se autoperciben mal de salud. Estas son hospitalizadas cinco veces más que quienes se sienten bien: 675 frente a 136 por mil. Pese a todo el conocimiento acumulado, insisten estos autores, “sabemos poco del sufrimiento humano”, y menos de los verdaderos sentimientos de otra persona. Y llaman a tener en cuenta esta ignorancia, a hacerlo con humildad y respeto hacia quienes consideran dolientes y no pacientes. Una concepción autoritaria de la medicina, advierten, invalida la autopercepción de la salud y produce en las personas una verdadera incapacidad de sentirse sanas. Gérvas y Pérez Fernández son muy asertivos en este punto. Señalan que cuando se convierte el “estar sano” en una obligación moral de los ciudadanos (“es por tu bien y por el bien de todos”, etcétera) se termina por generar a mediano plazo una indignación colectiva que deviene en transgresiones y conductas que terminan en una salud empeorada.

¿Qué es lo que se prioriza, entonces, cuando se dice, desde esferas políticas y científicas, que se da prioridad a la salud? ¿A qué salud? Para empezar a responder a estas inquietudes es aconsejable regresar a la idea de que la salud no es un fin, sino un medio. Y que tomarla como fin puede tener efectos iatrogénicos. Iatrogenia es el fenómeno por el cual lo que se prescribe como remedio empeora la enfermedad o produce una nueva. Si se reduce la salud a estadísticas y durante una pandemia se pretende tener una población sana midiendo los porcentajes de infección, mortandad y mortalidad, se estará usando una frazada corta, que tapa la cabeza y destapa los pies o viceversa. Porque no hay salud en el sentido amplio y profundo de la palabra (como la entendían hace siglos los hoy olvidados Hipócrates y Paracelso, entre otros precursores que invitaban a sus discípulos a tratar a sus pacientes de manera integral, como personas y no solo como órganos), mientras exista vacío existencial, pérdida del sentido de la vida. Y cuando en nombre de una visión limitada de la salud se cancelan o desestiman fuentes de sentido, como son el trabajo, la cercanía de los afectos, la posibilidad de proyectar y soñar, aparece ese sufrimiento humano del que la ciencia (y ni hablar de la política) sabe poco, y a menudo descree mucho, el cual se traduce en enfermedades.

 

EL DOLIENTE AUSENTE

Gérvas y Pérez Fernández llaman expropiación de la medicina al proceso por el cual se diseñan políticas de miedo a la enfermedad (como si esta fuera una falla de la vida y no parte de esta). Esas políticas anulan la autopercepción de salud, mantienen a las personas en un estado de permanente de sospecha sobre sus propias sensaciones, las hacen dependientes de constantes análisis, estudios y diagnósticos y son absolutamente funcionales a intereses políticos, económicos y empresariales, especialmente en el campo de la industria farmacéutica y sus poderosos lobbies. Lamentan que así se enseña a la población a vivir como enfermos, aunque no lo sean, y que se pierda de ese modo la construcción social de la salud y de la enfermedad. Hay diagnósticos y estadísticas, pero no pacientes (dolientes, personas). Y se establecen protocolos que terminan de sellar esa situación, porque, afirman los médicos españoles, los protocolos son respuestas automáticas que se aplican de manera imperativa y terminan convertidas en murallas que aíslan definitivamente a los médicos de las personas que acuden a ellos.

Los autores de “La expropiación de la medicina” citan a su compatriota Gregorio Marañón (1887-1960), gran médico, historiador y ensayista, quien supo decir que “el que solo sabe de medicina ni siquiera de medicina sabe”. Breve y profunda reflexión que bien puede aplicarse a todas las profesiones, especializaciones y oficios. Y que resulta especialmente significativa cuando se trata de y con seres humanos. Es que un ser humano no es un artefacto al que puede considerarse “sano” mientras funcione. Es un ser complejo y maravilloso que merece ser respetado en toda su dimensión. Si se insiste en “priorizar la salud” (y se lo hace además con resultados dudosos) sin pensar en realidad en ella, se está priorizando el funcionamiento, pero no necesariamente la vida, que es algo mucho más vasto, profundo y preñado de significado y propósitos.

martes, 1 de diciembre de 2020

 

La mansedumbre social

Por Sergio Sinay





 

 

¿Por qué motivo animales y personas permanecen pasivos, sin reacción, ante situaciones adversas, dolorosas, generadoras de intenso sufrimiento? Esta pregunta acosaba durante los años 70 a Martin Seligman, docente e investigador de la Universidad de Pennsylvania, que presidió la American Psychologist Association (Asociación Americana de Psicología), desde donde impulsó la corriente conocida como psicología positiva. Seligman se propuso investigar aquel fenómeno, y sus conclusiones lo llevaron a plantear el Síndrome de Indefensión Aprendida (o Adquirida). Se trata de un síntoma psíquico y emocional que se presenta en quienes, sometidos reiteradamente a situaciones abusivas o agresivas, adquieren la sensación de que no hay defensa posible y se someten dócil y mansamente a la repetición del maltrato. Se puede arribar a esa posición ya sea por haber intentado defensas disfuncionales, que no surtieron efecto, o por haber recibido promesas de recompensas que, de todas maneras, no fueron tales o no se cumplieron. Seligman vio un nexo entre este Síndrome y la depresión. La Indefensión Aprendida puede ser preámbulo de la depresión o fruto de ella.


¿CUÁL ES EL LÍMITE?

Cabe tomar el interrogante inicial y ampliarlo, aplicándolo a una sociedad. ¿Cuántas veces puede una sociedad ser engañada, maltratada por sus gobernantes, despojada de sueños y proyectos, obligada a vivir en un ámbito carente de justicia y en donde Constitución e instituciones republicanas son meras fachadas sin contenido? ¿Durante cuánto tiempo puede aceptar que derechos básicos, como la salud, la educación, la seguridad, el alimento, la justicia le sean negados o presentados como migajas asistencialistas? ¿Durante cuánto tiempo puede esa sociedad agradecer a sus maltratadores por las postergaciones y falacias a las que es sometida? ¿Cuál es el punto en el cual desiste de la dignidad y la remplaza por el conformismo? ¿En qué grado de maltrato la indefensión la lleva a admitir que cada generación viva peor que la anterior, y a resignarse a una vida vegetativa, sin aspirar a la búsqueda de un sentido existencial?

Seligman y quienes estudiaron desde entonces los aspectos del Síndrome de Indefensión Aprendida detectaron que este se establece y echa raíces en la medida en que el abuso y el maltrato se naturalizan. Entonces se asume la convicción de que “las cosas son así”, de que no van a cambiar y de que no vale la pena enfrentarlas para transformarlas. Que eso solo significaría más maltrato, más dolor, más frustración.

El filósofo, ensayista y activista social Franco “Bifo” Berardi sostiene en su vibrante ensayo titulado Futurabilidad que el cuerpo conjuntivo de las sociedades (en el que había espacios físicos concretos donde se interactuaba y se generaban valores como la solidaridad social y la empatía, impulsores a su vez de sueños y acciones colectivas) ha sido remplazado por un cuerpo conectivo. Todos tecnológicamente conectados en un enjambre virtual, a distancia, bajo una mera apariencia de comunicación que no es tal y que elimina toda acción conjunta, toda presencia real de los cuerpos y de su potencia transformadora. El desmembramiento del cuerpo conjuntivo (ahora fragmentado en lo conectivo), sumado a la precarización devastadora del trabajo, anulan la capacidad de rebelión, dice Berardi, y la reducen a simples e inoperantes ataques de ira. Espasmos sin trascendencia. Durante la presente era del capitalismo financiero no se puede concentrar la lucha por la dignidad humana enfrentando a un centro físico de dominación, porque no hay tal centro físico. El poder está en esa nube intangible llamada mercados. Allí donde la promesa incierta de una vacuna (sin pruebas científicas reales que la sustenten) genera euforia, subas en las acciones de la siempre oportunista industria farmacéutica, nuevos millonarios y patética credibilidad de los gobiernos, mientras las personas de carne y hueso (no “la gente”, esa abstracción) siguen muriendo y perdiendo trabajos y futuros.


CHISPAZOS, NADA MÁS

De la civilización industrial se pasó a la civilización digital, advierte Berardi. Y en esta, aunque se hable de “pueblo”, “masas” o entelequias similares, ya no hay tal cosa. Lo que quedan son átomos dispersos. Fragmentos que, salvo esporádicos ataques de ira (que pueden vincularse a Vicentín, a jueces desplazados, a libertades abstractas e individualistas, pero nunca al hambre, la educación o cuestiones que trasciendan la coyuntura), jamás se articulan en acciones conjuntivas que signifiquen una real reacción ante el maltrato y la indignidad, o que permitan vislumbrar proyectos de convivencia colectiva que enciendan la esperanza. Cuando calma el pequeño brote vuelven la desesperanza, la mansedumbre y la indefensión. Vuelven el maltrato cotidiano, las mentiras y las promesas falsas del maltratador. En su clásico El acoso moral, la psiquiatra francesa Marie-France Irigoyen decía que, para salir del estrés, la confusión, la depresión y el miedo que provoca el maltrato (todo esto presente hoy en la sociedad) es necesario identificar al abusador, llamar a las cosas por su nombre y actuar, saliendo del lugar pasivo de la presa. Es decir, desaprendiendo la indefensión. He aquí una asignatura pendiente.

domingo, 29 de noviembre de 2020

 

Nuestra propia distopía

Por Sergio Sinay




 

 

 

Una distopía es un relato que imagina un futuro cercano e impreciso en el cual el mundo tal como lo conocemos se ha transformado en un escenario peor, pesadillesco. Ya nada es como era, aunque la realidad conserva abundantes rasgos de lo que nos resultaba familiar. Los protagonistas de las distopías son habitualmente sobrevivientes dispuestos a mantener esa sobrevida a cualquier precio. Ya no creen en los antiguos valores porque los consideran inútiles. La solidaridad y la empatía les suelen parecer pueriles y no vacilarán en matar (cuando los vemos por primera vez en el relato en general ya lo han hecho) para seguir vivos en un mundo que ya no ofrece esperanzas. “Mad Max”, “Minority report”, “V por Vendetta”, “Hijos de los hombres”, “Matrix”, “Blade runner”, “Doce monos”, “Los juegos del hambre” son algunos ejemplos cinematográficos de distopías. Las series televisivas “Black Mirror” y “Te walking dead” entran en la categoría. En la literatura se cuentan “1984”, de George Orwell, “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, “El cuento de la criada”, de Margaret Atwood, “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, “El hombre en el castillo”, de Philip Dick, “La naranja mecánica”, de Anthony Burguess, como algunos ejemplos literarios entre decenas de ellos.

De alguna manera los humanos de estos tiempos nos sentimos protagonistas de una distopía. En apenas once meses el mundo que conocíamos dejó de existir, pero aun está aquí, agonizando junto a los brotes de una “nueva normalidad”, que no alcanzamos a definir y mucho menos a comprender. Como en los relatos distópicos los gobernantes del mundo anterior hicieron mucho (con sus malas praxis de todo tipo, su indiferencia, su ignorancia de las señales de alerta) para que se produjera la catástrofe, y los que se mantienen en sus cargos durante el post apocalipsis resultan patéticos y corren como hamsters en una rueda que no los lleva a ningún lado y en la que creen estar en control de la situación. Mientras tanto, los sobrevivientes descreen de ellos y tratan de salvarse por cuenta propia.

 

LA TORTILLA SE VUELVE

 En este contexto comenzó a circular en las últimas semanas (a través de diferentes canales virtuales, ya que los cines continúan cerrados) una pequeña película distópica que merece atención por los puntos de vista que propone. Es un film de bajo costo y alto contenido creativo titulado “Love and monsters” (con ese título debe buscarse, hay versiones subtituladas y dobladas al castellano). Su director es Michael Matthews (realizador de una sola película anterior, la muy bien evaluada “Five fingers for Marseilles”), quien también escribió el guion junto a Brian Duffield). Y su protagonista es Dylan O´Brien, un joven actor más visible en series de televisión que en películas.

Como todas las distopías, “Love and monsters” se inicia luego del fin del mundo (conocido). Un asteroide estaba a punto de terminar con el planeta, pero fue destruido gracias a la más reconocible de las capacidades humanas, según la describe Joel, el personaje central de la película. Esa capacidad es la de arrojar misiles cargados de sustancias químicas. Tales sustancias acabaron con el asteroide y también con la normalidad terrestre. Las sustancias químicas arrojadas eliminaron también a la mayoría de los humanos, en colaboración con orugas, sapos y variados animales e insectos convertidos de pronto en gigantescos y voraces monstruos. Escondidos en refugios subterráneos los pocos humanos sobrevivientes sienten ahora lo que antes sentían esas especies, sometidas a ellos y a su capacidad destructiva del medio ambiente.

Joel, el protagonista perdió a sus padres y a toda su familia y convive con un pequeño grupo de personas en un refugio en el que él oficia de cocinero y es apreciado por su minestrón y subvalorado por su nula habilidad para la lucha. Llevan siete años escondidos allí. Joel sueña con reencontrarse con Aimée, su novia, que está en otro refugio, ubicado a 85 millas (170 kilómetros) de allí. Un día decide emprender la aventura, salir a la superficie e ir en busca de la chica. Aunque sus compañeros lo despiden con los mejores deseos y consejos, nadie da un centavo por él. A partir de entonces vemos a Joel atravesar peligros extremos, incorporar como compañero a un perro de notables habilidades, recoger sabios consejos y entrenamiento de una pareja compuesta por una niña de ocho años que perdió a sus padres y un hombre que perdió a su hijo (lo que demuestra que las heridas emocionales más profundas pueden suturarse con la presencia de inesperadas fuentes afectivas, siempre que se las sepa detectar y aceptar). Con esa pareja compartirá un tramo del camino y luego él seguirá su rumbo y su propósito.

Lo que vamos descubriendo a medida que seguimos esta historia es que se trata de un relato mítico. El viaje del héroe, cuyo ejemplo más icónico es la partida de Ulises hacia la guerra de Troya y su posterior regreso a su reino en la isla de Ítaca. Este mito se cuenta una y otra vez en la literatura de todos los tiempos, siempre bajo diferentes apariencias y argumentos. Habla de lo que significa en la vida humana el propósito y el sentido, de la importancia de no apartarse de ese norte, y de no anteponer la compañía al rumbo. Quien tiene un para qué encuentra un cómo, dijeron en diferentes momentos el filósofo alemán Friedrich Nietzsche y el médico y pensador austriaco Víktor Frankl. Y el viaje del héroe es siempre, por lo tanto, la travesía de una vida hacia el descubrimiento de su sentido. Nunca el viaje es fácil, nunca está libre de riesgos, y acaso a veces no alcance a completarse, pero hay sentido en haberlo emprendido, aunque el final se adelante. El héroe nunca es un luchador súper poderoso e invicto. Es un ser común que busca respuesta a su propia existencia.

 

A SALVO DE LA VIDA

En su viaje de crecimiento e iniciación el joven Joel descubre y pone en juego sus propios recursos, madura emocionalmente, recoge experiencias que transformará en sabiduría y aprende que quien vive escondido creyendo que así está a salvo de todos los peligros, de lo único que está a salvo es de la vida. Porque la vida, emprendida como travesía existencial, es siempre una inversión de riesgo. Lo que Joel trae como una revelación a compartir al cabo de su viaje es que afuera de los refugios, en la superficie, hay mucha vida, mucha belleza, mucha luz y, sí, también peligros graves. Pero que salir vale la pena.

El coronavirus, la pandemia son riesgos de la vida. Nadie nos prometió al nacer que estaríamos a salvo de algo así. Se trata de un desafío al héroe que habita en cada humano. Un héroe que puede dormir sin despertar jamás o que puede incorporarse e iniciar su viaje. Un aspecto destacable de “Love and monsters” es que, a diferencia de lo usual en las utopías, en el mundo desastrado en que transcurre, su protagonista encuentra maneras de vislumbrar luz a través de la oscuridad. Y que es allí hacia donde pone el rumbo. Y no lo hace desde el voluntarismo ni desde el optimismo banal e irresponsable, sino desde la experiencia vivida, desde lo afrontado, y a pesar de lo perdido. Hoy estamos viviendo una distopía. Es responsabilidad de cada uno decidir si será desesperanzada o si tendrá sentido.

jueves, 26 de noviembre de 2020

 

Maradona, el espejo

Por Sergio Sinay





 

 

Las sociedades suelen tener los ídolos y los gobernantes que se les parecen. Ellas los eligen. No todos sus miembros, por supuesto, pero sí una masa crítica suficientemente numerosa como para entronarlos. Esos ídolos y esos gobernantes funcionan como espejos porque no vienen de otra parte, sino de la misma sociedad, de sus entrañas. Diego Maradona fue un jugador de fútbol excepcional, fuera de norma (lo digo como futbolero que soy). Inigualado desde su retiro, pese al marketing para imponer a un sustituto en que se empeña la corporación que, con la complicidad de los medios, maneja el negocio internacional del fútbol y convirtió a ese deporte en un negocio cada vez más turbio.

Eso fue Diego Maradona. Un futbolista maravilloso. Eso y un hombre que portó y expuso todos los rasgos del machismo. Un hombre que esparcía hijos por el mundo y no los reconocía. Que golpeaba a sus parejas (como vimos en un video que fue publico). Un hombre que transgredía reglas y desconocía leyes, considerándose por encima o al margen de ellas, y que establecía las propias, a las que debían someterse quienes querían ser sus súbditos u obtener alguna prebenda de él. Un hombre que, lejos de hacerse cargo de las consecuencias de sus actos, se victimizaba y cargaba las culpas en otros. Un hombre que coqueteó con personajes oscurísimos del poder mundial mientras se decía rebelde o revolucionario. Un hombre que confundía códigos con valores (como es común en los ámbitos en donde se movía y era endiosado). Un hombre intolerante con quienes no le hacían el caldo gordo. Un hombre, por fin, que ejerció una y mil formas de autodestrucción hasta consumarla.

Los ídolos son espejos de quienes los idolatran. Quien se mira en un espejo no puede desconocer lo que ve allí. Machismo, anomia, irresponsabilidad, transgresión, manipulación, complicidades turbias están a la orden del día en la sociedad argentina. También un nacionalismo banal y fanático. Si una sociedad considera un campeonato mundial o un gol con la mano a los ingleses como motivo de orgullo, es una pobre imagen la que tiene de sí misma. Más aún cuando ignora olímpicamente a otras personas que también nacieron en ella y bien habrían merecido ser tomadas como espejos. René Favaloro, Bernardo Houssay, Federico Leloir, Alicia Moreau de Justo, Florentina Gómez Miranda, por nombrar apenas algunas, del siglo veinte hacia acá. Y dejo a propósito para el final a otro Maradona, el olvidado, el desconocido, el ninguneado y privado de todo tipo de recordatorio u homenaje, incluso por esos gobernantes oportunistas y falaces que lloran sus lágrimas de cocodrilo por “el diez”. Me refiero al doctor Esteban Laureano Maradona, nuestro ignorado Albert Schweitzer. Quienes lo conocen sabrán a quien nombro. Quienes no, pueden buscar su nombre y comprenderán.

Y aquellos gobernantes que negaron un velatorio y un funeral dignos a más de 30 mil argentinos que murieron por la pandemia, son los que (clientelistas como son) habilitaron un funeral multitudinario que violó todas las reglas del meneado distanciamiento social. ¿Con qué cara, con qué credibilidad, con qué autoridad emitirán ahora sus ordenanzas? 

Es cierto que a los ídolos no se les pide ejemplaridad, como dice algún filósofo oportunista. Aunque hay ídolos (y viene al caso) a los que les gusta ponerse como ejemplos. No son ejemplos y no es su función. Pero son espejos.

domingo, 15 de noviembre de 2020

 

Mirarnos a los ojos

Por Sergio Sinay






 

 

Nos encontramos casualmente en la calle, nos saludamos dubitativos y sin saber si mantenernos a distancia “social” o si abrazarnos, y cuando comenzamos a ponernos al día mi amiga me confiesa que, con media cara oculta tras el barbijo, se siente enjaulada, encerrada, secuestrada del encuentro con los otros. Entiendo de qué habla. Nuestras propias voces se escuchan veladas a través de la tela del tapaboca. Mientras avanza la conversación algo se me revela. Y se lo digo. Es cierto, el barbijo es una de las distintas celdas físicas, afectivas y emocionales en las cuales la pandemia nos ha confinado. Pero algo se puede decir a su favor. Cuando conversamos, cuando nos encontramos con el otro de cuerpo presente, el barbijo nos obliga a mirarnos a los ojos. Una costumbre olvidada, una necesidad postergada.

Volver a mirarnos. He aquí un aprendizaje para estos tiempos. Mirarnos cuando nos hablamos, cuando preguntamos, cuando nos responden, cuando indagamos en la emoción o el estado de la otra persona. Mirar a quien nos atiende en un negocio, ser mirados, mirar al ser con quien nos cruzamos, mirar a quien dialoga con nosotros. Mirar. Algo que habíamos dejado de hacer al estar cada vez más absortos en pantallas y más ausentes o distraídos de la presencia humana cercana y real. Hace tiempo que somos observados mientras navegamos en esas pantallas. Se sabe todo de nosotros. Qué páginas y sitios visitamos, con qué frecuencia, durante cuánto tiempo, qué compramos, sobre qué temas averiguamos, con quiénes nos comunicamos. Como cobayos, somos monitoreados para saber nuestros gustos, costumbres, hábitos, amistades. Todo eso será usado para convertirnos en consumidores, para modelar nuestras conductas como compradores o como votantes, según el caso. Adentro de esas pantallas que miramos mientras no vemos a los seres reales y encarnados, somos productos. Y como productos debemos resultar rentables. Hace ya largo tiempo que nuestra mirada ha sido primero seducida y luego secuestrada para que no perdamos tiempo mirando al otro, al prójimo (el próximo, el cercano, el tangible) y no quitemos la vista de aquello que nos hace provechosos.

 

EL OTRO LENGUAJE

Mirarnos es vincularnos. Apenas un 66% de la comunicación humana es verbal. El resto exige que abramos otros canales esenciales. El tacto. La mirada. El antropólogo estadounidense Larry L. Birdwhistell (1918-1994), célebre por sus investigaciones sobre la comunicación no verbal, llegó a determinar en el rostro humano más de 250.000 expresiones diferentes. Cada una de esas expresiones tiene un contenido y un significado. No todas son voluntarias, pero todas dicen algo. Comunican. ¿Cómo detectarlas y descifrarlas si no nos miramos? Cuando borramos al otro de nuestro campo visual se pierde un fabuloso tesoro de mensajes significativos. “Las palabras no son las únicas contenedoras de conocimiento y comunicación social”, decía Birdwhistell. En “El contacto humano”, un clásico estudio sobre la comunicación escrito en colaboración con el psicólogo social Floyd Matson (1921-2008), el consagrado biólogo y antropólogo británico Ashley Montagu señala que, relegada a un segundo lugar respecto del habla como canal comunicativo, “la cara proporciona una especie de esfuerzo o puntuación visual que acompaña a la palabra hablada, así como es una fuente de realimentación o reconocimiento del discurso de otros”.

Pero también, advertía Montagu, las expresiones faciales pueden no coincidir con el mensaje verbal o con el corporal (otra gran fuente de comunicación) y hasta ser contradictorias con ellos. Hay “relámpagos de expresión micromomentáneos”, decía, que representan emociones. Algunos son tan veloces que el ojo no alcanza a captarlos. Otros, aun fugaces, pueden ser registrados, pero, una vez más, eso exige que la mirada esté presente en la comunicación. Norman Aschcroft y Richard Scheflen, otros estudiosos del tema, puntualizan en su trabajo “People Space” que “mirar es una forma de conducta que todos realizamos mil veces por día”, y a la que apenas prestamos atención, siendo que contribuye a ordenar las relaciones y establecer los límites de la interacción entre las personas. “En la cultura occidental el sostener el contacto visual invita al compromiso, mientras que mirar hacia otro lado lo desalienta”. Interesante conclusión que merece ser tenida en cuenta en momentos en que no solo hemos perdido la costumbre de mirarnos, sino que, los intercambios, sean un cruce en la calle, en un ascensor, en un comercio, van acompañados, de la actitud temerosa y evasiva de los cuerpos (actitud muchas veces más paranoica que precavida) y de la huida de la mirada. Si ya antes de la pandemia y las cuarentenas había indiferencia visual hacia el otro, representativa de una indiferencia mucho más profunda y dolorosa, esta se termina de sellar cuando retiramos la mirada (recurso esencial en la comunicación) de la interacción con el otro.

 

VER SIN MIRAR

Mirar, mirarnos, es esencial y no debe tomarse como sinónimo de ver. Si ningún factor orgánico lo impide, todos vemos. La agudeza visual de algunos es mayor que la de otros, hay quienes padecen miopía y quienes presbicia, algunos toleran mejor que otros el reflejo o el encandilamiento y están los que, en la oscuridad, pueden emular a los gatos. Ver es un fenómeno fisiológico. Pero no todo el que ve mira. Mirar es registrar al otro, darle entidad y existencia con nuestra actitud. Mirar es comunicarle que advertimos su presencia, es un acto de hospitalidad y de respeto. Se puede dar por visto a alguien (y de hecho se practica mucho esta forma dolorosa de indiferencia), pero no se lo puede dar por mirado. Se ve con los ojos, pero se mira con todo el ser. Ver a una persona no nos acerca a ella, a su singularidad, a la riqueza de su ser. Cuando la miramos, en cambio, asomamos al descubrimiento de un universo desconocido. Podemos vivir muchos años al lado de alguien y al darlo por visto lo consideraremos un objeto, será parte del mobiliario. Pero si nos tomamos el trabajo de mirarlo (actitud que requiere voluntad de contacto, de comunicación) podremos darnos cuenta de que, aunque veamos hoy lo mismo que ayer, no miramos en este momento lo mismo que en el momento anterior. Porque, en tanto organismos vivos, los seres humanos estamos en permanente transformación. Esa transformación es física, psíquica, emocional y espiritual. Dejar de mirar al otro es quedarse con una foto antigua, aunque lo sigamos viendo. Es, en definitiva, una manera de perderlo.

Se ha dicho y escrito mucho sobre la mirada. El genial William Shakespeare dijo que “las palabras están llenas de falsedad o de arte, mientras la mirada es el lenguaje del corazón”. Para el autor de “El señor de los anillos”, el británico J.R.R. Tolkien, “no existe ninguna otra cosa como mirar, si deseas fuertemente encontrar algo”. Y el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer apuntó bellamente que “el alma puede hablar a través de los ojos, y también se puede besar con una mirada”. No cerremos los ojos mientras el barbijo nos tapa la boca. Mirémonos. Descubrámonos mientras nos cubrimos.

martes, 10 de noviembre de 2020

 

Las voces del silencio

Por Sergio Sinay




 

 

 John Cage (1912-1992) fue un hombre múltiple y difícil de clasificar, cosa que seguramente a él le satisfizo. Se lo considera como músico, compositor, poeta, ensayista, filósofo, pintor, experto en cultivo de hongos y uno de los principales vanguardistas en el arte contemporáneo. Todo esto entre tantas otras cosas. En 1951 Cage se encerró, en la Universidad de Harvard, en una cámara anecoica. Así se denomina una habitación construida de tal modo que ningún sonido entra o sale de ella ni se propaga en su ámbito. El propósito de Cage era escuchar el silencio. Abrió su atención y sus sentidos a esa experiencia. Y descubrió entonces los sonidos del silencio. En efecto, una vez instalado en la cámara no tardó en percibir dos sonidos, uno agudo y otro grave. Al salir se lo comentó al técnico que monitoreaba la experiencia. El operador le explicó que no había ningún error en la cámara, que el silencio era físicamente total en esa sala, pero que también los sonidos que Cage escuchaba eran reales. El sonido agudo correspondía a la actividad del sistema nervioso del compositor, mientras el grave provenía de la circulación de su sangre.

Cage proclamó entonces una sentencia. “El silencio no existe”, afirmó. Y basándose en su experiencia creó la más célebre de sus obras. Se titula “4´33´´”. (Cuatro minutos, treinta y tres segundos). El tiempo que él permaneció en la cámara. No hay forma de incluir a esa pieza en una categoría específica. Y su ejecución es muy particular. Un músico (en el estreno, ocurrido en 1952, fue el propio compositor) se ubica frente a un piano y permanece quieto y en silencio durante el tiempo que da nombre a la obra. El público (a menudo inquieto, agobiado, alterado, desconcertado) es desafiado de ese modo a registrar los sonidos que le son más desconocidos y con los que está menos familiarizado. Los de su propio interior.

 

SORDERA SOCIAL

Que el silencio no existe es algo obvio en el mundo y en la época en que vivimos. La contaminación auditiva es una de las más graves y paradójicamente silenciada de las muchas que nos aquejan. Bocinas, gritos, eventos musicales atronadores en los que el volumen del sonido es más importante que la calidad de la música generalmente pobre, motores, escapes libres, aviones (ya están de regreso), martillos neumáticos (también volvieron), martillazos, amoladoras, auriculares incrustados todo el día en los oídos para mortificar a los tímpanos con la parafernalia que emiten los celulares. Las fuentes contaminantes sobran y hay para todos los gustos y disgustos. Estudios específicos determinaron que el nivel máximo soportable para el oído humano es de 70 decibeles, pero la cifra resulta largamente superada en todos los casos mencionados. Y con un costo alto: la socioacusia. Un fenómeno por el cual dejamos de escuchar (ya sea por falta de atención o por disfunciones orgánicas) los ruidos habituales de la vida urbana. Esta es una variación de la hipoacusia, que es la disminución de la capacidad auditiva, un mal que afecta a porcentajes cada vez más altos y crecientes de personas menores de 40 años.

Un efecto no planeado y probablemente no percibido de las interminables e improbables cuarentenas a las que estamos sometidos desde comienzos de este año es la disminución del bullicio generado por todas las actividades del enjambre humano enumeradas en el párrafo anterior. Sin recitales, con un tránsito vehicular reducido en parte, con la obra pública y la construcción paralizadas, sin turbinas atronando desde el espacio aéreo (entre otras fuentes atenuadas o enmudecidas) se generaron bolsones de silencio poco experimentados o directamente desconocidos. Que hayan sido registrados de manera consciente, o no, es algo difícil de saber. Pero como este fenómeno no fue elegido, sino que se produjo a contrapelo de la voluntad y conciencia del soberano, es muy posible que muchos hayan perdido la posibilidad de disfrutarlo, que tantos otros no hayan aprovechado para escuchar sus sonidos interiores, y que a bastantes más esto les haya provocado desazón, fastidio y síndrome de abstinencia. Habrían preferido seguir cooptados por las fuentes de bullicio y fandango externo, eludiendo cualquier contacto con las voces del propio ser interno, fieles a la descripción que Paul Simon y Art Garfunkel hacían en la letra de su bella canción “Los sonidos del silencio”. En ella decían: “Y en la luz desnuda ví / Diez mil personas. / Quizás más. / Gente hablando sin conversar. / Gente oyendo sin escuchar. / Gente escribiendo canciones / que las voces jamás compartirán. / Y nadie osó molestar a los sonidos / Del silencio.”

Es en los sonidos del silencio en donde se puede escuchar verdaderamente la voz de los reales profetas y no en los carteles de neón en los que se expresan fariseos y oportunistas, terminaban diciendo aquellos inspirados músicos en esta conmovedora plegaria que compusieron el 19 de febrero de 1964, reflejando el sentimiento colectivo provocado por el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy, ocurrido tres meses antes, el 22 de noviembre de 1962. Han pasado sesenta años y, como ocurre con los clásicos, “Los sonidos del silencio” sigue hablando en tiempo presente.

 

LA ESCUCHA INTERIOR

Quizás aun resulte posible conectar con el silencio y experimentar la riqueza de sus sonidos. No solo los de nuestro sistema nervioso y de la circulación de nuestra sangre, sino también, y más aún, las voces de nuestras necesidades postergadas (no las materiales), de nuestros aspectos internos ignorados, las voces que nos habitan y piden atención, escucha, respeto. Estamos habitados por un enorme elenco de versiones de nosotros mismos y apenas si reconocemos superficialmente a ese que llamamos “personalidad”, y que nos hace decir “Yo soy así (o asá)”, mientras ignoramos, por desidia, miedo o por falta de escucha hacia adentro, todo lo demás que somos y tenemos.

En su libro “El cuidado del alma en la medicina” (una obra de lectura vital para profesionales de la salud y para pacientes), el psicoterapeuta y escritor Thomas Moore se detiene especialmente en la función del silencio en los procesos terapéuticos. “La cultura moderna, escribe, todavía ha de descubrir el poder sanador de la tranquilidad, por no decir del silencio (…) Si bien es cierto que el sonido de la vida y la vitalidad puede animar a un paciente que está triste, el ruido excesivo puede convertir un centro médico o un hospital en un lugar de tortura en lugar de uno de sanación”. El silencio bien habitado baja la presión arterial, serena la mente, aquieta el alma, interrumpe la disociación en que vivimos, nos permite reintegrarnos. Moore llega a proponer que se creen cursos de silencio. Y no es un dislate. Debemos esa materia: aprender a estar en silencio. Moore insiste en que silencio no es ausencia de sonido (coincide con Cage) ni pasividad mortuoria, sino “un espacio tranquilo en el que puedes escuchar tus pensamientos y sentir tus emociones”. En cambio, el ruido es una puerta de escape por la cual muchas personas intentan huir de la experimentación de su propia vida. Acaso la experiencia singular que estamos viviendo nos esté proponiendo, entre otras cosas, que escuchemos los sonidos del silencio. Hay en ellos un mensaje para cada uno de nosotros.