martes, 17 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Lo imperdonable

Por Sergio Sinay





 

Mucho se habló esta semana de pedir perdón. Quien se supone que debía pedirlo, no lo hizo. Encontró uno y mil subterfugios para evadir esa palabra, desde usar a su propia mujer como escudo humano hasta tratar de miserables a quienes lo enfrentaban con la consecuencia de sus acciones. “No ocultamos nada”, dijo después de haber escondido durante más de un año la acción que terminó de definir lo que sus palabras y sus actos ya venían denunciando. Que la mentira, la tergiversación y la deslealtad son normas en su conducta.

Que se pida perdón no significa que este sea otorgado. Sin perdón, dice Hanna Arendt en La condición humana, las relaciones humanas serían imposibles, quedarían estancadas en las consecuencias de un acto. Pero, señala la filósofa alemana, no hay acto por pequeño que sea que no tenga consecuencias. Y afirma que no se perdona lo que no se puede castigar, y no se puede castigar lo imperdonable. Cuando hubo tanta muerte, tanta mentira y tanta perversión pedir perdón sería una hipocresía más. Y ni aun así lo pidió.

miércoles, 11 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Una buena

Por Sergio Sinay




 


Una buena. Lionel Messi consiguió rápidamente trabajo tras quedar cesante en el Barcelona. No son tiempos para ser un desocupado, y menos con hijos chicos y una familia por mantener. Al menos a uno le fue bien mientras otros miles siguen perdiendo sus empleos, sus comercios, sus emprendimientos, sus proyectos, sus empresas, y tantos miles pierden sus vidas debido en buena medida a que, mientras “la muerte nos rodeaba” (como vino a descubrir ahora el presidente en una nueva demostración de cinismo y de oportunismo electoralista), se postergaba la compra del antídoto por obscenas especulaciones políticas o se usaban los pocos que había para vacunar a amantes, familiares y cómplices. “Argentina te cuida” reza la propaganda electoral oficialista. En la Neolengua al estilo 1984 de Orwell, eso significa, como muestran los hechos, “te descuida” y “te abandona”. Pero ahí está Messi en todas las pantallas, en todas las primeras planas, noche y día. Consiguió trabajo. Bravo. Una preocupación menos en medio de tanto dolor.

martes, 3 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Impunidad de rebaño

Por Sergio Sinay





 

 

Los funerales masivos, los festejos multitudinarias en el Obelisco, las fiestas clandestinas (que son públicas y anunciadas hasta en las redes sociales), los asados del presidente con sindicalistas o las celebraciones en la Quinta de Olivos, con modelos, actrices y personal trainers incluidos, son, al parecer, territorios liberados del virus. Como si en esos espacios y eventos se hubiera logrado inmunidad e impunidad frente a la pandemia que, a millones de argentinos que carecen de tales privilegios, los diezma en varios frentes: salud, economía, proyectos, esperanzas, libertad de movimientos, de trabajo, de despedir y sepultar dignamente a seres queridos, entre otras. La inmunidad y la impunidad se manejan según los intereses y las necesidades de un poder que muestra pocos escrúpulos, una muy entrenada capacidad de mentir y absoluta falta de sensibilidad, compasión y empatía ante aquellos a quienes luego busca como votantes. Es obvio que nadie, por mucho que mienta, puede ir contra su naturaleza.

martes, 27 de julio de 2021

 

Reflexión de la semana

Mintiendo por un voto

Por Sergio Sinay





 

Empezó la temporada de caza electoral. Cualquier trampa, cualquier artimaña, cualquier mentira, cualquier falsa promesa, cualquier traición es válida para atrapar un voto. Besarán chicos (vieja, patética e inmoral foto que se repite en cada campaña), abrazarán jubilados (ídem a lo anterior), se tirarán con carpetazos, desplegarán toda sus bajezas y sus miserias morales hasta raspar el fondo de la olla. Cada uno lo hará a su manera, con su estilo, pero ninguno quedará afuera. Ni los veteranos de esta gimnasia siniestra, ni los recién llegados, los “outsiders”, vestidos de aparente pureza, que quieren mostrarse vírgenes, pero ya exhiben las mañas. Mencionarán una y mil veces al “pueblo”, a la “patria”, a la “gente”, prometerán lo que ya prometieron hasta el hartazgo y jamás cumplieron. Cazadores furtivos en tiempos de veda, cazadores impiadosos cuando la temporada se habilita, como ahora. Responsables eternos, repetidos, clonados de que, gracias a ellos, haya por lo menos tres especies en extinción: la honestidad, la esperanza y el porvenir.  

sábado, 19 de junio de 2021

 

MI PADRE

Por Sergio Sinay

(A propósito del Día del Padre)




 

Mi padre se llamaba Moisés. Era hijo de Miguel y de Lea. Fue hermano de Marcos y de Rubén. Fue el marido de Miriam. Fue el padre de Horacio y de mí. Era el abuelo de Iván y de Javier. Cuando murió, hace dos días, tenía 85 años.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hacía el más sabroso café con leche que jamás probé. Nos los preparaba cada mañana a Horacio y a mí, cuando íbamos al colegio, y nos lo servía con unos enormes panes con manteca y dulce.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero pelaba las naranjas como nadie. Las dejaba sin un rastro de ollejo, brillosas, lisas, tentadoras. Yo no quería comer naranjas si no las pelaba él.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero llenó de libros nuestra casa de la infancia y los dejó absolutamente a nuestro alcance. Nunca dijo “ese libro no es para vos”. Y así aprendimos a amar la lectura desde chicos. Todavía hoy leo como entonces, como él. Con voracidad, con desorden, con placer. Mi casa está llena de libros, las bibliotecas son los muebles principales.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero a los 84 años aprendió a hacer señaladores de cuero, con sus dedos agarrotados, y me regaló uno, simple, bello y austero, con el que hoy guío mis lecturas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando yo tenía 10 años y Horacio 7 y vivíamos en La Banda, Santiago del Estero, compró entradas y un 9 de julio nos llevó a la cancha del Club Mitre a ver a River, que venía de gira. Seguimos el partido subidos a un sulky, porque no había lugar para nadie. Fue la primera vez que vi a River, y lo vi con Carrizo, con Lostau, con Labruna, con Pérez, con Pipo Rossi. Mi padre era hincha de Independiente, nosotros nos hicimos de River.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nos llevaba cada domingo a la cancha a ver a Central Argentino, de La Banda, a pesar de que él era hincha del eterno rival, Sarmiento. Y hasta se alegraba con nosotros si ganaba Central.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero una tarde de mi adolescencia, en la trastienda de la farmacia que él y mi madre tenían en La Banda, me explicó cómo se hacían los chicos. Tartamudeaba y estaba rojo y sudoroso. Yo ya sabía, pero me fascinó su explicación.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando hice mi viaje de egresado, en tren desde Santiago a Mendoza con mis compañeros del Colegio Nacional Absalón Rojas, me llamó aparte en el andén y me dio tres preservativos. “Tomá, por si los necesitás”, me dijo. Y otra vez estaba rojo y sudoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando cumplí doce años, se apareció en casa con el curso de dibujo de Los Doce Famosos Artistas como regalo. Y yo, que amaba las historietas, tuve como profesores a Hugo Pratt, a Alberto Breccia y a otros así.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando me acariciaba, y me acariciaba mucho, tenía las manos tibias; y cuando me besaba, y me besaba mucho, tenía los labios suaves y húmedos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando un chico más grande que yo, uno de los pesados de la cuadra, me estaba dando una paliza en plena calle, él apareció de la nada y cagó a patadas en el culo a mi enemigo.

Mi padre no fue un gran hombre. No me enseñó a manejar, pero resultó lo bastante confiado como para dejar las llaves del auto a mi alcance, de manera que una siesta las agarré, subí al Fiat 1500 verde y debuté por mi cuenta paseando durante dos horas, maravillado de que semejante artefacto respondiera a mis movimientos. Cuando se lo conté, mi padre sonrió casi complacido, casi aliviado.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero venía a verme cuando yo jugaba al básquet en los infantiles y en los cadetes del Club Olímpico, de La Banda, y, al principio, me llevaba a los entrenamientos, y a mi hermano también. Y aunque él era un patadura, yo, creo, jugaba para él, para que él me admirara.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero, aunque jamás aprendió a andar en bicicleta, me sostuvo en la mía y no me soltó hasta que pude mantener el equilibrio por mí mismo. Y yo sabía que no me iba a dejar caer.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero lagrimeaba de orgullo cuando nos presentaba a Horacio y a mí y decía “Estos son mis hijos”. Lo decía con el mismo énfasis cuando éramos chicos y cuando nos hicimos hombres.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nadie sabía contar “El patito feo” como él. Y nadie tuvo su paciencia para narrármelo una y otra vez, siempre con el mismo entusiasmo, cada siesta y cada noche de mi niñez temprana, respetando mi necesidad de volver a oír mi cuento favorito.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero todavía a sus ochenta y pico era capaz de poner inyecciones como nadie, sin que sintieras ni el pínchazo ni el dolor. Muchas veces preferí inyecciones a otro remedio, porque sabía que estaba él para ponerlas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero descubría siempre los mejores chocolates.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hasta el último domingo de su vida leyó el diario de pe a pa y era un interlocutor informado y apasionado de los sucesos del mundo y de la vida.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero amaba el cine y las películas y nos enseñó a amarlas junto a él; nos llevaba a las matinés del cine Renzi y a los estrenos del Petit Palais, del Grand Splendid, del Select o del 25 de Mayo. Disfrutaba como un chico de las de cowboys y hacía el sacrificio de llevarnos cinco días seguidos a ver “La Cenicienta” o “Sansón y Dalila, con Víctor Mature y Hedy Lamarr. Ahora, en sus últimos tiempos, seguía contando escena por escena, como un personaje de Manuel Puig, cada película que veía en el cable, y lloraba de emoción o de bronca, según fuera una escena de amor o de injusticia.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero era el mejor público para contarle un chiste. No había que hacer grandes esfuerzos narrativos, él se descomponía de risa por el sólo hecho de saber que era un chiste.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cada vez que mi madre se lo pedía era el mejor ayudante de cocina. Nunca vi a nadie batir claras a nieve, como él. A mano.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero tenía la letra más bella y firme que yo conozca. Me fascinaba ver cuando escribía cartas, cuando firmaba boletines o cuando hacía los discursos que después leía en las reuniones de la colectividad judía santiagueña; yo observaba hipnotizado cómo iba surgiendo sobre el papel el dibujo de su caligrafía y cómo él mismo disfrutaba mientras su mano cobraba velocidad, calor e inspiración.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero me enseñó, con sus actos, que un hombre sí puede llorar. Él lloraba de emoción o de dolor.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero supo despedirse antes de partir. El domingo a las cinco de la mañana me desperté y no pude volver a dormir por un largo rato. Era una hora silenciosa y quieta. De marea en baja. Entonces supe que, en la sala de terapia intensiva del hospital, él estaba muriendo. Que me despertaba suavemente, como cuando en las mañanas frías del colegio se acercaba a mi cama, me tocaba suavemente el hombro y me decía, en un susurro, “Pichu...arriba”. Y que esta vez lo hacía para despedirse. En mi cama, en la oscuridad, no luché contra el insomnio, simplemente me despedí de él, le deseé buen viaje, le agradecí lo que tenía que agradecerle y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas pendientes entre nosotros. Ninguna. Me dormí nuevamente a las siete y el teléfono sonó a las ocho para pedirnos que fuéramos con urgencia al hospital. Entonces le dije a Marilén: “Mi Viejo murió hoy a las cinco y media, es eso lo que nos van a informar”. Un par de horas después, nos entregaron un certificado de defunción que decía: “hora del fallecimiento: 5:30”.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero enfrentó a la muerte entero y vivo. Peleó con sabiduría, conocedor de que la batalla sería posible mientras hubiera equivalencia. Cuando sintió que ya estaba, que había hecho lo suyo, que las reglas de juego habían dejado de ser parejas, dijo basta. No lo dijo como un derrotado. Había comido una porción de las grandes (como a él le gustaban) de la vida; su último año y medio había sido de placer, de reivindicación y de buena vida. Entonces decidió que estaba a punto y murió. En su muerte, fue un modelo. Y no es poca cosa.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero murió como un señor. Sin degradarse, sin deterioro, sin corromperse, como una persona íntegra y consciente. No huyó, no tuvo miedo, llegó vivo a su muerte. Y cuando lo vimos, antes de ocupar su cajón, su rostro era plácido, pacífico, como quien sueña sueños íntimos y felices o como quien observa deslumbrado algo que lo hará feliz pero de lo que no quiere hablar. Era, en ese momento y en ese lugar, en la morgue del hospital, nada menos, un viejo hermoso y sereno. Así nos despidió. Soltándose, soltándonos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue honesto.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue amoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Y no importa. Los grandes hombres ocupan, a veces, demasiado lugar. Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos hacen la vida más pesada. Visto así, por suerte, mi padre no fue un gran hombre. En muchas cosas fue sólo un pequeño hombre. Pero más allá de todo fue algo más difícil y más importante. Mi padre fue un buen hombre.

Agradezco eso.

Gracias, papá, por tu vida.

 

(1 de junio de 1999, día siguiente al entierro de mi padre)

lunes, 12 de abril de 2021

 

La oportunidad no viene sola

Por Sergio Sinay




 

Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. Esta frase le es atribuida tanto al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956), autor de obras fundamentales del teatro del siglo veinte, como La ópera de tres centavos y Madre coraje, como a Antonio Gramsci (1891-1937), filósofo, periodista y sociólogo italiano, autor de Pasado y Presente y Literatura y vida nacional entre otros textos claves del pensamiento político. Brecht definía con aquella frase a las crisis. Gramsci describía con ella la complejidad de ciertos momentos históricos. Y agregaba algo fundamental: “En ese interregno es donde surgen los monstruos”. La historia le daría repetidamente la razón. Y se la sigue dando.

Hace mucho tiempo, demasiado, que en la Argentina lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Lo que en la historia es una transición aquí resulta una imagen congelada. O quizás no tanto, porque lo viejo no está paralizado, estancado. Vive, se mueve, extiende tentáculos, genera sombras oscuras y extensas. En simultáneo la luz de lo nuevo titila, languidece, amenaza con apagarse definitivamente. Y en ese limbo surgen monstruos de diferente tipo, que, antes de revelar sus características aberrantes, se presentan como figuras providenciales y así son elegidos. Cuando se descubre lo que verdaderamente son y se proponen, ya es tarde.

Se suele asociar de manera automática e irreflexiva a las palabras crisis y oportunidad. Como si fueran hermanas gemelas inseparables. Y con cierto voluntarismo cándido se espera en esos casos que la oportunidad golpee a la puerta en plena crisis. Sin embargo, las oportunidades no existen por sí mismas ni llegan por designio divino. Hay que ir hacia ellas, generarlas. Las crisis, al revolverlo todo, ponen al descubierto recursos desconocidos o inexplotados, tanto internos como externos. Son materiales con los cuales construir la oportunidad. Pero, así como una pila de ladrillos no se convierte mágicamente en una casa, los recursos revelados por una crisis no se transforman repentinamente en una oportunidad. Si la oportunidad no se construye y no se ejecuta, la crisis es solo una crisis. Una más. O la misma, interminable, de siempre. Con el pasado vivo y el futuro nonato.

Las palabras nunca son mera unión de letras o simples sonidos. Oportunidad proviene del latín opportunitas, formado a partir de op (oprobio, opresión) y portus (puerto). Habría, entonces, un relato encerrado en el vocablo oportunidad. El hallazgo de un puerto desde el cual partir, cuando se está hundido en el oprobio y la opresión, en busca de horizontes distintos. Para lo cual habrá que aventurarse a navegar. Una vez más, la oportunidad no viene dada.

domingo, 7 de marzo de 2021

 Y mientras tanto los hombres…

Por Sergio Sinay






¿Nos atañe la conmemoración del 8 de Marzo a nosotros, los varones? ¿Basta con apoyar de palabra las justas reivindicaciones femeninas pendientes o con declararse “varón feminista” para estar a tono? Acaso eso calme transitoriamente alguna conciencia, luzca para la foto, para la tribuna o para las redes sociales, como es el caso de presidentes, funcionarios o personajes públicos y no públicos que maquillan por un día su machismo militante. Pero los varones que no somos ni nos sentimos culpables de todos los males de la historia humana, los que procuramos convertir las diferencias naturales (no las culturales que se venden como naturales) entre hombres y mujeres en fuentes de encuentros trascendentes para ambos, los que estamos firme y amorosamente presentes en las vidas de nuestros hijos, nuestros nietos, nuestras compañeras de amor, de trabajo, de búsqueda y de proyectos existenciales, podemos hacer mucho más que eso.

La conmemoración del Día Internacional de la Mujer se origina en una marcha de 15 mil trabajadoras convocadas por el partido socialista ocurrida el 8 de marzo de 1857 en Nueva York. Pedían condiciones laborales, jornadas y salarios similares a los de los hombres. El clamor creció tras el 25 de marzo de 1911, cuando se incendió la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist, de Nueva York, y murieron 123 mujeres y 23 hombres, la mayoría inmigrantes de entre 14 y 23 años. Pero solo en 1975 (como sucede con tantas reivindicaciones postergadas), la ONU consagraría la fecha en el orden internacional. El recordatorio cobra fuerza año a año, aunque a pesar de las justas demandas que lo sostienen no deja de ser manipulado por oportunistas y fundamentalistas que anteponen intereses propios (ideológicos, políticos, económicos o de secta) a los de un mundo equitativo, donde mujeres y hombres se complementen para vivir vidas con sentido.

Es esta una buena oportunidad para desmentir que las mujeres sean víctimas de los hombres como las gacelas son presas de los leones, es decir por una ley natural inmodificable. Porque de esa creencia deriva el hembrismo, una deformación del verdadero feminismo, que convierte a los varones en culpables por portación de sexo. En todo caso hombres y mujeres somos víctimas, en escalas y de maneras diferentes, de un sistema en el que la justicia no funciona para nadie, la desigualdad es brutal con todos (menos con los apropiadores de la riqueza producida por la mayoría de la humanidad) y la inequidad es pandémica. Más varones que mujeres mueren por causa de accidentes viales y de trabajo, de homicidios, de guerras inútiles y brutales, de enfermedades coronarias, de suicidios motivados por pérdida de trabajo, proyectos y esperanzas. Como víctimas de un sistema que el filósofo Sam Keen (autor de un clásico libro sobre masculinidad titulado Fuego en el cuerpo) llama “corporatral” los varones tenemos el deber de oponernos a ese sistema y trabajar para desactivarlo y transformarlo. Debemos ser los primeros en cercar y denunciar a los femicidas, que son la expresión bestial de mandatos tóxicos que hemos recibido como hombres, de la misma manera que las mujeres han sido intoxicadas por otros mandatos igualmente repudiables. Los varones debemos ser la primera línea en el combate contra el machismo profundamente arraigado en la política, en los negocios, en el deporte, en la ciencia, en la cultura, en las religiones, en los medios y en variados mensajes familiares. Machismo que muchas mujeres convalidan y ejercen. Debemos hacerlo porque no somos los culpables de los males de la humanidad, debemos hacerlo por nosotros, por nuestras compañeras, por nuestros hijos e hijas. Y porque cada femicida, cada machista nos lastima y deshonra a todos los hombres, convirtiéndonos en sospechosos y degradando la hombría fecunda que anida en nosotros y que ha dado valiosos frutos a la humanidad. No se nos necesita feministas, sino humanistas, constructores de un mundo donde todos y todas podamos vivir mejor y la diversidad sea motivo de suma y no de resta, de amor y no de odio. Bella tarea en la cual poner en juego nuestra testosterona espiritual.


lunes, 25 de enero de 2021

 

La vida en serie

(o la gestalt que no cierra)

Por Sergio Sinay








 

 

El año de la pandemia fue también el año de las series. Confinados durante meses interminables, las pantallas de todo tipo celulares, computadoras y televisores capturaron a millones de humanos con esa sucesión de historias que se prolongan capítulo a capítulo hasta el infinito. Hubo una época en la historia de la humanidad en la cual temporada significaba un período acotado de tiempo, una época del año, una estación climática, un lapso destinado a una actividad. Una temporada designaba un tramo con principio y final, así se hablara de moda, de caza, de cosecha, de siembra, etcétera. Incluso en materia de series de televisión el final de una temporada abría un compás de espera. Había que aguardar meses antes de reencontrarse con los personajes y sus vicisitudes. Entre capítulo y capítulo transcurría una semana. En esos lapsos se cocían la expectativa, las especulaciones, el recuerdo de las situaciones y conflictos acaecidas en el tramo finalizado.

Todo eso desapareció. Las personas pueden consumir en un solo día todas las temporadas de una serie, cualquiera sea la cantidad. Se devoran capítulos de la misma manera en que un pollo traga los granos de maíz, sin pausa y sin masticar. A menudo un solo día significa la mayor parte de las horas de ese día, incluida la madrugada, y a costa del descanso. La ausencia de pausa conlleva carencia del espacio mental y emocional necesario para procesar ideas, alimentar la memoria, registrar sensaciones. La gran mayoría de las series están pensadas y realizadas para estimular esa bulimia, sembradas de trucos y disparadores que mantengan viva la adicción por vía de una suerte de nicotina mental. Anestesia para la angustia existencial, silenciamiento de los interrogantes inscritos en la conciencia y en el inconsciente individual y colectivo de la especie. ¿Para qué vivimos? ¿Qué estamos haciendo de nuestras vidas? ¿Cuáles son nuestras aspiraciones postergadas? ¿Qué estamos haciendo por ellas? ¿Si mañana aconteciera el fin del mundo, en qué parte de mi trayecto existencial me encontraría? ¿Por qué razones ese trayecto valió la pena? Y más.

 

 

SI VENDE VALE

Cuando las personas conectan con estos interrogantes esenciales el ritmo del consumo y de la producción entra en pausa, el interés se desplaza desde lo externo y bullicioso hacia el silencio interior, muchas urgencias materiales banales y superficiales pasan al olvido. Estas preguntas son peligrosas porque sus respuestas pueden determinar otros modos de vida, más significativos y trascendentes, menos rendidores para numerosos negocios. El sistema que prepondera en la modernidad tardía (época en la que vivimos) se basa en la producción y el consumo a destajo, sin pausa, y en la conversión de toda circunstancia de la vida humana en un negocio rentable. El escritor, ensayista y crítico cultural inglés Mark Fisher (1968-2017), agudo observador de este fenómeno, apuntaba en su libro Realismo capitalista que el capitalismo contemporáneo “es una entidad infinitamente plástica, capaz de metabolizar y absorber cualquier objeto con el que tome contacto”. Con notable intuición Fisher advertía que el sistema en cuestión no se detiene ni ante la enfermedad, a la cual “convierte en un mercado muy lucrativo para que las compañías farmacéuticas internacionales desplieguen sus productos”. El caso de las vacunas para el Covid-19 parece darle la razón. Al calor de su desarrollo los más voraces y desproporcionados millonarios del planeta enriquecieron aun más, en simultáneo con la aparición de un centenar de nuevos millonarios de ocasión nacidos del oportunismo para encontrar negocios en donde miles de millones de personas perdieron trabajos, proyectos y esperanzas.

En este contexto la explosión de las series es significativa porque muestra de manera palpable, a partir de un fenómeno experimentado cotidianamente, una característica definitoria de la vida contemporánea. La aceleración, y la incapacidad para cerrar situaciones y ciclos, para aceptar límites y finales. El filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han lo describe con claridad en su reciente ensayo titulado La desaparición de los rituales. No hay tiempo para la demora contemplativa, dice Han, para cerrar los ojos y permanecer en silencio, para advertir los sonidos interiores, para conectar con los propios sentimientos y sensaciones. “La enorme afluencia de imágenes e información, escribe el filósofo, hace imposible cerrar los ojos”. El temor de perder algo termina en voracidad por querer consumirlo todo, sin filtro, sin valoración, sin degustación, sin discernimiento. No se puede parar, las temporadas deben deglutirse enteras, aun a costa del tiempo de reposo que piden la mente y el cuerpo, aun a costa del entendimiento, aun a costa de lo que se les resta a los vínculos.

 

LA HISTORIA SIN FIN

Todo se devora, incluidas las relaciones. La noticia que nos impacta hoy será olvidada mañana, remplazada por otra. Detenerse puede significar quedarse afuera. Hay que seguir. Cuando no hay un cierre para las situaciones y experiencias de la vida, se alteran los ciclos naturales de la existencia y de lo existente. La noche y el día, la actividad y el reposo, el invierno y el verano, el acoplamiento y la parición, las altas y bajas de las mareas, todo en la vida se compone de ciclos. En la vida de un individuo lo son la niñez, la pubertad, la adolescencia, la juventud, la adultez, la vejez, la muerte. Necesitan ser cerrados, necesitan ritos de pasaje. Vida y muerte son complementos del ciclo existencial. Cuando se abre un ciclo de cualquier tipo y de cualquier extensión, se abre una forma. Lo que en alemán se llama Gestalt. La vida es una sucesión de gestalts que se abren y se cierran. Es el principio de homeostasis o equilibrio inestable. Si una Gestalt permanece abierta no solo no cumple su ciclo, sino que, además, impide la necesaria apertura de otra. Las Gestalts que no cierran son tóxicas. Y solo quien las vive puede cerrarlas, puede completar la forma, la imagen que se abre en su experiencia. Esa forma puede tener más de un significado. y se descubren al prestarles la atención que la aceleración, la voracidad y la negación a cerrar impiden.

Cerrar, pausar, esperar, procesar y solo después abrir nuevamente es necesario en todos los órdenes. La apertura es positividad, el cierre es negatividad. Ambos necesarios, ambos complementarios. “Sin la negatividad del cierre, escribe Byung-Chul Han, se produce una inacabable adición y acumulación de lo igual, una desmesura de positividad, una proliferación adiposa de información y comunicación”. El virus de la aceleración, de la positividad ilimitada está infiltrado en nuestras vidas. Ahí tenemos las absurdas, inexplicables y abrumadoras “actualizaciones” de los programas informáticos y de las aplicaciones. Ahí están los gobernantes que lejos de cerrar un ciclo cumpliendo programas y promesas, dedican toda su energía, desde el primer día, a la próxima elección. Y ahí estamos, pegados a las pantallas. Protagonistas de una serie con infinitas y tóxicas temporadas.

lunes, 11 de enero de 2021

 

¿Qué es la vida?

Por Sergio Sinay





 

 

En 1923, cuando llevaba diez años en Lambaréné, un pueblo selvático ubicado en lo profundo del Congo francés, Albert Schweitzer (1875-1965) escribió: “Yo soy vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir”. Había nacido en Alsacia, que era parte del imperio alemán, y adoptó durante la Primera Guerra la nacionalidad francesa. Hijo de un pastor luterano, fue médico, músico, teólogo y filósofo. Se destacó en todas esas disciplinas. Tenía posibilidades de obtener fama y dinero en todos los países en que era reconocido. Sin embargo, en 1913 la vocación médica, entendida como ponerse al servicio de mitigar el dolor del cuerpo y del alma (no solo refaccionar órganos), lo impulsó a abandonar aquel cómodo y promisorio futuro y mudarse a Lambaréné para fundar un pequeño hospital destinado a atender a la población negra. Allí moriría cuarenta y dos años más tarde, tras haber sostenido ese emprendimiento de modo ejemplar. Las veces que salió del que sería su lugar en el mundo fue para dar conciertos o conferencias destinados a solventar el hospital. Y para recibir, en 1952, el Premio Nobel de la Paz por su “veneración de la vida”.

 

VIDA TOTAL

Pocas veces se habrá escuchado tanto la palabra “vida” en la historia de la humanidad como durante el año que acaba de terminar. Se dijo que se pretendía preservarla, se la antepuso, se la pospuso o se la comparó con la economía, se discutió acerca del momento exacto de su comienzo, hay quienes en su afán de resguardarla prácticamente dejaron de vivirla, fue objeto de discursos oportunistas y demagógicos y de discusiones de profundo sentido moral. Y finalmente corrió el riesgo que corren todas las palabras cuyo uso y abuso termina por vaciarlas de contenido o por hacer que este se desvirtúe.

Schweitzer daba en el corazón del asunto al plantear que lo vivo tiende a vivir. No solo ocurre solo con los humanos, sino, aunque sea repetitivo, con todo lo viviente, incluidos el mundo animal y el vegetal. Más allá de creencias y de disquisiciones de tipo religioso, biológico o filosófico, el universo entero es una auténtica sinfonía de vida, en la que participan los instrumentos más impensados. Incluso el coronavirus, que ocupó nuestras mentes, conversaciones, temores, especulaciones, sueños y pesadillas durante 2020, y las sigue ocupando, es una manifestación de vida. Y es posible que si hablara dijese, como Schweitzer, que quiere vivir. El médico de Lambaréné llevó su concepción al punto de afirmar que cuando mataba un insecto se sentía un asesino.

La vida, si se sigue su pensamiento, es mucho más que el mero funcionamiento de ciertos condicionamientos biológicos. Es más que la labor de los órganos, que la toma de oxígeno, que el fluir de la sangre o de la savia, que la reproducción de la especie de la que se trate. En principio es un inconmensurable misterio. Como todos los misterios no tiene solución, como ocurre con los problemas, ni revelaciones, como sucede con los secretos. Con los misterios se convive, mientras ellos aguijonean nuestra conciencia. Y es precisamente nuestra condición de seres conscientes la que nos lleva a hacernos preguntas sobre la vida. Internémonos en algunas de ellas.

 

TRES PREGUNTAS

¿Por qué valoramos la vida?  Desde la filosofía se responde que la valoramos porque existe la muerte. Si fuésemos inmortales, todo podría esperar, casi todo nos daría igual, nuestras emociones y sentimientos serían de nula o baja intensidad. Pero sabemos que moriremos y eso nos hace amar lo que amamos, despuntar propósitos, trabajar por ellos, dolernos con las pérdidas y encontrar sentido en los logros y en todo aquello (trabajo, obras, hijos) a través de lo cual trascendemos. La vida tiene en la muerte una socia imprescindible. Solo el no tener conciencia de estar vivo, el existir en un nivel apenas vegetativo (reducido a comer, dormir, beber, tener relaciones sexuales consentidas o forzadas) o el no ver más allá de los bienes materiales (se los posea o no) puede llevar a descuidar la vida propia y a desvalorizar la ajena.

¿Tiene precio la vida? En la sociedad materialista, y bajo el sistema capitalista tardío que es hegemónico en el mundo contemporáneo, se encontraron maneras de ponerle precio. Muchas veces, y en muchas circunstancias, se estipula su valor en términos económicos (a través se seguros, compensaciones, cálculos de riesgos), en términos políticos, en términos bélicos. Hay quienes compran vidas en de manera real o metafórica, a través de sofisticadas formas de servidumbre, y hay quienes las venden, a menudo incluso la propia. Pero, como señaló el filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804), la vida humana no tiene valor, tiene dignidad. Cuando se le asigna valor se la convierte en objeto y todo objeto puede ser medio para un fin. Cuando se respeta su dignidad la vida es un fin en si mismo. Algo que no han comprendido muchos de quienes vienen administrando confinamientos y otros recursos antipandemia llevados por urgencias políticas, económicas o presuntamente científicas. A menudo parecen creer que lo importante son los números de seres vivos y no las condiciones en que viven o sobreviven. Aunque, en honor a la verdad, el Covid-19 solo puso de relieve un modelo mental que opera aun sin pandemia. También se convierte a la vida en objeto mercantil cuando se habla de “capital humano” o “recursos humanos”. Un humano (su vida) jamás debería ser considerado, desde un punto de vista moral, como recurso o herramienta, o como un bien de capital. Son dos maneras de quitar dignidad a la vida. Y el propio Albert Schweitzer sostenía que el principio de la moral es el respeto por la vida en toda su dimensión y no solo como un accidente biológico.

¿Tiene sentido la vida? Acaso este sea el más profundo y esencial de los interrogantes. Hay quienes dicen que la vida simplemente “es”, que se trata de vivirla y que no hay en ella un sentido. Si fuera así, daría lo mismo nacer como humano, como alguna especie animal, como planta o simplemente existir como parte del reino mineral. Pero la conciencia, ese atributo humano decisivo, nos inquieta y sigue sosteniendo la pregunta por el sentido. Eliminar la noción de sentido hace de la vida un absurdo. Albert Camus (1913-1960), autor de La peste, El extranjero, El mito de Sísifo y La Caída, entre otras obras fundamentales, decía que esa sensación de absurdo generada por la pérdida del sentido lleva al suicidio, y por eso consideraba al suicidio como la cuestión central de la filosofía. Juzgar si la vida tiene sentido o no. Algo a lo que solo se puede responder viviendo de una manera que es responsabilidad de cada uno, de sus elecciones, de sus decisiones, de sus valores. Víktor Frankl, el gran médico y pensador vienés autor El hombre en busca de sentido y El hombre doliente, explicaba que en la búsqueda del sentido de la propia vida asomaba la trascendencia. Decía que el sentido de una vida se refleja en otra y que vivir con sentido es vivir para algo y vivir para alguien. ¿Qué es la vida, entonces? Sea lo que fuere, es mucho más que mezquinos y miserables números, estadísticas y cálculos políticos o económicos.

lunes, 14 de diciembre de 2020

 ¿Basta la salud?

Por Sergio Sinay




 

 

“La salud es un recurso para vivir, no un fin en la vida. Vivir solo para tener salud es una enfermedad”. Esta tajante definición pertenece a dos médicos, los españoles Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández, quienes además son marido y mujer. No improvisan en lo suyo. Han dedicado casi toda su vida profesional, más de cuatro décadas, a la medicina general, lo hicieron en hospitales, como médicos rurales, en barrios carenciados. Gérvas posee 22 matrículas de honor, accésit al Premio Extraordinario de fin de carrera, y “honoris causa”, fue coordinador de Seminarios de Innovación en Atención Primaria, profesor visitante del Departamento de Salud Internacional de la Escuela Nacional de Sanidad (Madrid) y docente en Suecia y en la Universidad John Hopkins de los Estados Unidos. Pérez Fernández, con 22 matrículas de honor y especialización en Medicina del Trabajo, fue docente en la Universidad Autónoma de Madrid y estuvo en primera línea en el tratamiento de adicciones en barriadas pobres, además de ser una activa luchadora por los derechos de las mujeres.

Juntos, Gérvas y Pérez Fernández despliegan sus convicciones acerca de la función del médico y su concepción de la salud en “La expropiación de la salud”, un libro urticante, que desde su aparición, cinco años atrás, no deja de incomodar al establishment médico, a las autoridades sanitarias y a los voceros de la industria farmacéutica en su país. Su definición de la salud merece ser atendida, revisada y profundizada en tiempos en que, en nombre de su protección, se han puesto en juego cuestiones esenciales, vinculadas a libertades, derechos, intereses económicos y políticos, prácticas científicas y, en definitiva, a de qué se habla cuando se menciona esa palabra: salud.

Para precisar qué es salud, según Gérvas y Pérez Fernández, hay que comenzar por definir qué es enfermedad. Y la describen así: “Es la dificultad para afrontar los inconvenientes, los problemas, las adversidades y los sinsabores de la vida. Puede serlo en el sentido físico, psíquico o social”. Entonces, sí, se puede definir a la salud como un estado en el cual aquellos tres aspectos están en relación y en equilibrio y permiten afrontar con ánimo las adversidades, los problemas, la incertidumbre de cada día. Salud no es ausencia de enfermedad, sino capacidad para enfrentarla y resolverla.

 

EL VALOR DE LA AUTOPERCEPCIÓN

Al enfocar la salud desde esta perspectiva se acentúa la importancia de la autopercepción. Gérvas y Pérez Fernández citan estudios que muestran ese valor. Más allá de los resultados que ofrezcan análisis clínicos, quienes se sienten bien de salud tienen menos posibilidades de morir en un futuro próximo que las personas que se autoperciben mal de salud. Estas son hospitalizadas cinco veces más que quienes se sienten bien: 675 frente a 136 por mil. Pese a todo el conocimiento acumulado, insisten estos autores, “sabemos poco del sufrimiento humano”, y menos de los verdaderos sentimientos de otra persona. Y llaman a tener en cuenta esta ignorancia, a hacerlo con humildad y respeto hacia quienes consideran dolientes y no pacientes. Una concepción autoritaria de la medicina, advierten, invalida la autopercepción de la salud y produce en las personas una verdadera incapacidad de sentirse sanas. Gérvas y Pérez Fernández son muy asertivos en este punto. Señalan que cuando se convierte el “estar sano” en una obligación moral de los ciudadanos (“es por tu bien y por el bien de todos”, etcétera) se termina por generar a mediano plazo una indignación colectiva que deviene en transgresiones y conductas que terminan en una salud empeorada.

¿Qué es lo que se prioriza, entonces, cuando se dice, desde esferas políticas y científicas, que se da prioridad a la salud? ¿A qué salud? Para empezar a responder a estas inquietudes es aconsejable regresar a la idea de que la salud no es un fin, sino un medio. Y que tomarla como fin puede tener efectos iatrogénicos. Iatrogenia es el fenómeno por el cual lo que se prescribe como remedio empeora la enfermedad o produce una nueva. Si se reduce la salud a estadísticas y durante una pandemia se pretende tener una población sana midiendo los porcentajes de infección, mortandad y mortalidad, se estará usando una frazada corta, que tapa la cabeza y destapa los pies o viceversa. Porque no hay salud en el sentido amplio y profundo de la palabra (como la entendían hace siglos los hoy olvidados Hipócrates y Paracelso, entre otros precursores que invitaban a sus discípulos a tratar a sus pacientes de manera integral, como personas y no solo como órganos), mientras exista vacío existencial, pérdida del sentido de la vida. Y cuando en nombre de una visión limitada de la salud se cancelan o desestiman fuentes de sentido, como son el trabajo, la cercanía de los afectos, la posibilidad de proyectar y soñar, aparece ese sufrimiento humano del que la ciencia (y ni hablar de la política) sabe poco, y a menudo descree mucho, el cual se traduce en enfermedades.

 

EL DOLIENTE AUSENTE

Gérvas y Pérez Fernández llaman expropiación de la medicina al proceso por el cual se diseñan políticas de miedo a la enfermedad (como si esta fuera una falla de la vida y no parte de esta). Esas políticas anulan la autopercepción de salud, mantienen a las personas en un estado de permanente de sospecha sobre sus propias sensaciones, las hacen dependientes de constantes análisis, estudios y diagnósticos y son absolutamente funcionales a intereses políticos, económicos y empresariales, especialmente en el campo de la industria farmacéutica y sus poderosos lobbies. Lamentan que así se enseña a la población a vivir como enfermos, aunque no lo sean, y que se pierda de ese modo la construcción social de la salud y de la enfermedad. Hay diagnósticos y estadísticas, pero no pacientes (dolientes, personas). Y se establecen protocolos que terminan de sellar esa situación, porque, afirman los médicos españoles, los protocolos son respuestas automáticas que se aplican de manera imperativa y terminan convertidas en murallas que aíslan definitivamente a los médicos de las personas que acuden a ellos.

Los autores de “La expropiación de la medicina” citan a su compatriota Gregorio Marañón (1887-1960), gran médico, historiador y ensayista, quien supo decir que “el que solo sabe de medicina ni siquiera de medicina sabe”. Breve y profunda reflexión que bien puede aplicarse a todas las profesiones, especializaciones y oficios. Y que resulta especialmente significativa cuando se trata de y con seres humanos. Es que un ser humano no es un artefacto al que puede considerarse “sano” mientras funcione. Es un ser complejo y maravilloso que merece ser respetado en toda su dimensión. Si se insiste en “priorizar la salud” (y se lo hace además con resultados dudosos) sin pensar en realidad en ella, se está priorizando el funcionamiento, pero no necesariamente la vida, que es algo mucho más vasto, profundo y preñado de significado y propósitos.