martes, 13 de noviembre de 2018

¿Otra vez la misma historia?

Por Sergio Sinay

El ensayista y novelista indio Pankaj Mishra presenta un profundo, lúcido e inquietante ensayo sobre los parecidos entre el mundo actual y el de finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, cuando se incubaba la etapa más sangrienta de la historia humana




La historia no marcha en línea recta, sino en círculos. Es difícil no compartir esta afirmación del ensayista y novelista indio Pantaj Mishra, desplegada en su ensayo La edad de la ira. El florecimiento de los Trump, los Bolsonaro, los populismos de derecha e izquierda en todo el planeta, el Brexit, el ascenso de la derecha xenófoba en Italia y Austria, el terrorismo desquiciado de ISIS y otros fenómenos que ensombrecen el planeta y lo cubren de miedo, odio, violencia y paranoia se explica a partir de argumentos que Mishra (colaborador del londinense The Guardian, de The New Yorker y de The New York Review of Books, y ganador del prestigioso Premio Windham-Campbell a la no ficción) desgrana con notable erudición, con un estilo preciso y al mismo tiempo apasionado y con un foco que jamás se desvía.
 El ensayista, radicado hoy en Londres, sostiene que las promesas de mejores condiciones de vida, igualdad, justicia, libertad irrestricta, progreso continuo, y un futuro mejor, nacidas con el Iluminismo en el siglo dieciocho, y fortalecidas a partir de ahí por el capitalismo y la democracia liberal, no solo no se cumplieron y fueron traicionadas, sino que apenas funcionaron para unas minorías cada vez más opulentas, más ambiciosas, más inmorales e inescrupulosas y más indiferentes a los padecimientos colectivos. De ese incumplimiento fueron, y son, cómplices tanto políticos como intelectuales, economistas, periodistas, gurúes del individualismo narcisista y fanáticos de una tecnología desvinculada de las verdaderas y esenciales necesidades humanas.
En las últimas tres décadas del siglo dieciocho, coincidentes con el auge del colonialismo, se hizo patente que el futuro no estaba en donde se lo había ofrecido, que directamente no existía para grandes masas de poblaciones hambreadas y desesperanzadas, así como para jóvenes sin porvenir a la vista, que fueron entonces presas de las promesas mesiánicas de quienes de quienes se oponían al sistema económico y político que entonces se globalizaba con el auge de los transportes y las comunicaciones. Se reprodujeron así los atentados anarquistas y los magnicidios en Europa e incluso Estados Unidos, porque se trataba de terminar con lo existente a cualquier precio (sobre todo el de vidas) dado que la violencia sería partera de una nueva historia. No importabaponían al sistema económico y político que entonces se globalizaba con el auge de los transpor qué historia. Se descontaba que resultaría mejor. Pero el resultado fue la Primera Guerra Mundial, la más sangrienta en la memoria humana hasta entonces.
 De ella no nació un mundo nuevo, sino nuevas opulencias, un nuevo reparto de la geografía, nuevas miserias y las condiciones para algo aun peor. La Segunda Guerra. A esta sí, en una apariencia de aprendizaje, le siguió la era del estado de bienestar, breve lapso que caducó a partir de los años 80 del siglo veinte con la expansión del neoliberalismo. Neo porque pone el acento solo en lo económico y posterga o desecha otras consignas del liberalismo clásico, como la libertad, la mayor felicidad para la mayor cantidad de personas, el valor de las instituciones democráticas. Muchas de estas condiciones estorban en el nuevo paradigma y, de hecho, según apunta Mishra, incluso en los países avanzados las instituciones democráticas flaquean hoy, más allá de los discursos. En este contexto las desigualdades actuales son brutales, y al resentimiento nunca saldado de los marginados de siempre se le agrega el de nuevas generaciones sin futuro y sin visión de sentido para sus existencias. Nihilismo, individualismo feroz, nacionalismo mesiánico, y la extensión de idearios psicóticos a cargo de psicópatas que se arrogan misiones divinas a través de tecnologías de conexión descontroladas, crean la versión 3.0 de aquel clima tóxico y ominoso del final del siglo diecinueve y comienzo del veinte. Lo que va del veintiuno, afirma Mishra, trae en la forma de Trump, Bolsonaro, ISIS y todo lo nombrado anteriormente el anuncio de una sombría circularidad histórica. Se trata de frenar aquí y dejar de hacer maníacamente lo mismo o temer un inminente final, dice Mishra evadiendo fatuos optimismos. El que avisa no es traidor

lunes, 22 de octubre de 2018


“LA HORA DE CLASE”, O LA EDUCACIÓN COMO UN ACTO DE AMOR

Por Sergio Sinay





A quienes sientan preocupación por el sentido real y profundo de la educación y piensen que esta va mucho más allá de la simple transmisión de información pre masticada y pre digerida, y también más allá de “actualizaciones” formales, superficiales y sin valor trascendente, como llenar las escuelas de computadoras o confundir el uso de celular con un adelanto educativo, les recomiendo enfáticamente la lectura de “La hora de clase”. El autor de este ensayo es el psicoanalista italiano Massimo Recalcati, que a su vez es también docente universitario.
Recalcati rescata la razón de ser de la educación, pone el acento en el valor que tiene en ella el vínculo humano, avanza con sólidos argumentos contra los experimentos tecnocráticos y burocráticos que vacían a la educación de toda trascendencia y la reducen a la simple producción de estadísticas oficiales o de mano de obra para las necesidades del mercado (esto se esconde detrás de esa falacia llamada “sociedad del conocimiento”).
Básicamente, demuestra este autor, la educación empieza en alguien que ama lo que enseña y que ama a aquel a quien enseña. Este amor se traduce en actos cotidianos durante la experiencia compartida. Y revierte en el amor del alumno al docente. Pero no se trata de amar al docente (aunque esto vale), sino a lo que este enseña, es decir a aquello que va a dejar en el alumno como herramienta para la vida. Por todo esto, dice Recalcati, cada hora de clase tiene un valor incalculable y lo que ocurre en ella, entre personas presentes, sin estériles y vacuas mediaciones tecnológicas, es una experiencia única e intransferible.
Recalcati fundamenta sus ideas con argumentos claros, sólidos y expuestos con un lenguaje de una belleza conmovedora. Y culmina el libro (breve y sustancioso) con una emocionante evocación de la maestra que lo rescató de su destino de pésimo estudiante y no solo lo apasionó por la posibilidad de aprender, sino que lo ayudó a ser una mejor persona.

lunes, 3 de septiembre de 2018


La política y sus traidores 
por Sergio Sinay


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Un general avanza peligrosamente mientras el gobierno empantana al país con sus dislates y furcios económicos y la oposición peronista (toda) protege a la jefa espiritual de los corruptos. El que avanza es el general descontento. Sus tropas incluyen el enojo, el malestar, la decepción y la desesperanza. Varios estudios y encuestas conocidos en los últimos días indican que la imagen de gobernantes, funcionarios, opositores, virtuales candidatos y demás ejemplares de la fauna política no cesa de caer. En algunos casos más, en otros menos pero, como el peso, cotizan a la baja. Diecisiete años después de 2001, el descontento de hoy no aparenta ser explosivo como el de entonces. Por una parte, la realidad demostró cómo “que se vayan todos” se traduce en que todos se quedan, envueltos en sus trajes de amianto y confiados en la dureza de sus caras. Se quedan, transmutan (muchos ni eso) y reinciden. Según una de esas encuestas (Grupo de Opinión Pública) un 45% de los consultados busca en vano una alternativa fuera de las caras conocidas. Según otra (Opinaia), un 70% cree que todos los políticos son corruptos y no confía en la política. “Allí donde los hombres conviven en un sentido histórico-civilizatorio, hay y ha habido siempre política”, afirma la ineludible Hannah Arendt (1906-1975), en La promesa de la política (Paidós). Desconfiar de la política sería, entonces, como abdicar de la posibilidad humana de convivir. Desde el momento en que la diversidad es característica esencial de la especie, naturalmente habrá siempre ideas, opiniones, prioridades, intereses, creencias y cosmovisiones distintas. La supervivencia dependerá de la posibilidad de articularlas. Eso es la política. Su misión y su fin “es asegurar la vida en el sentido más amplio”, dice Arendt. “Es ella quien permite al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines”. No puede haber libertad sin política y viceversa, señala la pensadora. La política es un ámbito que permite dar durabilidad a los asuntos humanos, continúa. Esto significa un ámbito que permita la trascendencia, ir más allá de lo inmediato, andar en dirección de una visión. La promesa de la política es la de aprender a vivir juntos en lo diverso, de organizar comunidades esenciales a partir del caos absoluto de las diferencias, Arendt dixit. Todo ámbito compartido (la pareja, la familia, un consorcio, el trabajo, un barrio, todo tipo de organización, independientemente de su fin) es un ámbito político en el que se toman decisiones políticas. Desentenderse de la política o no creer en ella es como autoexiliarse de lo humano o no creer en su posibilidad. Por esto es muy grave la traición a la promesa de la política. La corrupción es una traición imperdonable. La manipulación de los instrumentos políticos en función de intereses personales, corporativos o sectoriales también lo es. El sometimiento de la política a la economía (al totalitarismo de mercado) es una traición de alto grado. Del mismo modo que el desprecio por la política o el asumir funciones de gobierno (incluso las más altas) siendo políticamente ignorante y, más aún, exhibiendo esa ignorancia como un mérito. El general descontento avanza con sus tropas sobre el terreno previamente depredado por quienes traicionan y vienen traicionando a la política, desvirtuando su promesa, usando su nombre en vano. O peor, valiéndose de su nombre para empeorar y envilecer la vida de la comunidad. Quienes traicionan a la política no tienen pudor en usar palabras como “pueblo”, “felicidad”, “patria”, “gente”, “futuro”, “verdad”. Para ellos estas palabras son solo cebos, carnadas. Hay quienes pican porque, como dice Arendt, “sufrimos menos cuando quedamos atrapados en los movimientos totalitarios o en los ajustes de la psicología moderna”. O cuando compramos promesas de brotes verdes que nunca florecen. Pero, advertía la filósofa, con la facultad de sufrir se pierde también la virtud de resistir. Y perdida esa virtud, todo el campo es de los traidores a la política. (Fuente www.perfil.com). 

lunes, 12 de marzo de 2018

Anticipo del libro 
El amor sólido en tiempos líquidos



Amores que se consolidan en el tiempo, que trascienden lo inmediato. Árboles cuyas raíces no cesan de viajar hacia lo profundo y cuyos frutos son más nutricios en cada cosecha. No son árboles aislados, solo que, en un mundo bullicioso, bochinchero, sin tiempo para observar y reflexionar, sin espacio para exponer lo que no es banal, terminan por integrar bosques que pasan inadvertidos (…) Se le llama amor a la vanidad y al narcisismo, se mira con sorna a los amores que se construyen en silencio, con acciones. A los que duran en el tiempo se los considera despectivamente rutinas o costumbre, se prefiere la montaña rusa emocional (un viaje a ninguna parte, un simple shot de adrenalina) antes que el tren que atraviesa variados paisajes, tanto bellos como áridos, pero viaja hacia un destino, se mueve en el tiempo y en el espacio.
No son árboles solitarios. Constituyen bosques, aunque no se observen a simple vista. Hay muchos empeñados en construir amor del bueno y darle trascendencia en el tiempo, en devolverle al amor su sentido y su significado, desgastado por la mala praxis en un mundo de voracidad material, de tiempo en fuga, de deseos insaciables, de necesidades olvidadas, de inconstancia, de horror al compromiso y a la responsabilidad, un mundo en donde el otro se ha ido desdibujando hasta desaparecer. Un mundo de soledad sin alteridad, de simulacros de encuentro. En ese mundo líquido existen y son posibles, pese a todo, los amores sólidos.
No son, hay que decirlo pronto, amores mágicos. No se venden hechos, no se encargan por internet ni por teléfono, no son instantáneos, no vienen en pastillas ni son inyectables. No dependen de hechiceros portadores de fórmulas prodigiosas que duran solo hasta la próxima desilusión (aunque estos gurúes no dejen de multiplicarse, disfrazados con diferentes trajes y títulos). Transcurren en la vida tal como es. Esto significa que a cada paso se encuentran con una circunstancia que exige respuesta. Una respuesta que se debe dar a través de acciones y decisiones. Y que tendrá consecuencias. Las decisiones no siempre serán fáciles, porque no dependerán de una persona, sino de dos. Cada respuesta encierra potencialmente una negociación, y cada negociación una revisión del contrato afectivo que une a la pareja. A veces las decisiones son dolorosas, significan resignación, sacrificio, delegación, postergación.
(…) Es en la realidad en donde el amor se consolida, no en el deseo, en la ilusión, en la fantasía o en leyendas mágicas. Habrá que recordar todas las veces que fuere necesario que el amor es un punto de llegada y no un punto de partida. Que se comienza enamorado de alguien y se termina amándolo. O no. En el segundo caso no queda nada de qué hablar, nada hay para contar. Simplemente el enamoramiento cumple su ciclo de ilusión y cuando la persona imaginada desciende del cielo de la fantasía y, en la tierra de lo cotidiano, empieza a ser una persona real, el encanto finaliza y la historia termina.
Distinto es todo cuando los enamorados aceptan el desafío de conocerse no solo en sus buenos sino también en sus malos humores, cuando no temen auscultar el lado oscuro del otro ni clausuran la entrada a su propio sótano, cuando comparten el camino, aunque no sea solo un sendero de rosas sino también un lecho de espinas, cuando además de sus aspectos encantadores pueden encontrarse con sus perfiles desagradables y no huir por ello. Cuando dejan sus ropajes de príncipes y princesas y, en ropa de fajina, empiezan a cavar bajo el sol ardiente e impiadoso los cimientos del edificio afectivo que se proponen construir, y cuando tienen incluso que apartarse de los planos porque el terreno presenta dificultades inesperadas, pero no por eso impide el proyecto.
El proceso de mutuo conocimiento no es teórico. Tampoco se cumple a través del relato de sí mismo que cada uno entrega al otro. Se trata de una práctica de tiempo completo y se ejecuta en las circunstancias de la vida real. Conocer al otro es descubrirlo en sus rabietas y en sus esfuerzos, en sus conocimientos y en sus imposibilidades, en sus buenos y malos hábitos, en sus fortalezas y debilidades, en sus dudas y certezas, en su santidad y en sus aspectos diabólicos. Es asistir a lo inesperado de su ser, que a veces nos puede maravillar y otras sumirnos en la angustia. Nada de eso puede ocurrir a distancia, a través de pantallas, en quirófanos asépticos, en la mente o en los sueños. Además, no es instantáneo, no es mágico, no tiene instructivos. Requiere tiempo, presencia, paciencia, ojos y corazón abiertos. Pide abandonar los prejuicios en la puerta. El otro, como uno mismo, exige, con su sola existencia, que no se lo compare con otros anteriores, reales, soñados o imaginarios, sino que se lo mire y registre como quien es.
Mucho de esto, y en ocasiones todo, es un proceso de aprendizaje. Puede ocurrir que jamás se haya tenido la ocasión de experimentarlo o podría ser que nos hubiéramos negado a ello en vínculos anteriores. El aprendizaje es simultáneo y compartido. Y cada uno es el maestro del otro. Porque todo amor verdadero es amor encarnado. Es decir, se ama a alguien que existe, que está ahí, ante nosotros, no a una abstracción, a un ideal inasible. De manera que no hay fórmulas universales, ni recetas que les quepan a todos independientemente de su sagrada e intransferible individualidad.
Todas estas razones hacen del amor un punto de llegada. Es necesario emprender el viaje y cumplir el itinerario para llegar al momento en el que aquellos enamorados del principio acceden al amor. Luego habrán de seguir cultivándolo cada día. El amor es un hogar que, como todos los hogares que se precien, necesita un permanente mantenimiento. Para que luzca sólido, acogedor, nutricio habrá que entregarse a la tarea de continuar alimentándolo con razones, significados, visiones, propósitos. Los amores sólidos, que echan raíces en el tiempo, se construyen y reafirman cada día.
Esos amores son el tema de este libro. Y lo son porque existen. Solo que es inútil todo intento de conseguirlos hechos, de adquirirlos prefabricados. No son instantáneos, no se los alumbra desde la ansiedad, desde la impaciencia ni desde la levedad. Son amores que se construyen a contrapelo de las modas, de las recetas, de la intolerancia. Son reales, no imaginarios, ajenos a las fantasías que se disuelven ante el primer obstáculo, a las idealizaciones que no soportan la confrontación con la realidad.
Los amores sólidos no son chillones, no se declaman, no se exhiben en las vidrieras de la vanidad. Son, en fin, amores que brillan como faros en las noches oscuras de la fugacidad y la banalidad. Que se sostienen firmes ante el oleaje de lo superfluo. Y porque son reales y posibles es que merecen que se hable de ellos, que se los homenajee, que se aprenda de su existencia. Y que no se los confunda con tanta oferta engañosa, carente de raíces, con tanto relato oportunista acerca de placebos que se presentan como amor y solo lo alejan o lo postergan. Lo licuan. Por eso, estas páginas se destinan a diferenciar lo líquido de lo sólido, y lo hacen en homenaje al amor que permanece.


miércoles, 4 de octubre de 2017

La información y el sentido de la vida
(Fragmentos del libro “Intoxicados”)
Por Sergio Sinay




No vivimos ya en una sociedad de productores y ni siquiera de ciudadanos, sino en una sociedad de consumidores. Se nos incita a consumir, se nos adiestra para ello, se nos crea deseos que se inoculan como necesidades, se instala subliminal y directamente la idea de que si cesa el consumo sobrevendrá el fin del mundo, de que no hay otro modelo posible para que las sociedades funcionen, se nos conduce a una insatisfacción permanente porque solo sobre la base de ella puede funcionar el consumismo, dado que quien está satisfecho con su vida, con sus relaciones, con sus proyectos existenciales, se siente en paz, no desea más, consume lo necesario y lo hace racionalmente.
También en el plano de la información esta matriz está presente. ¿Cuánta información es necesaria? La respuesta de Perogrullo sería: la que necesitamos, no más que eso. Sin embargo, no es tan fácil saber lo que se necesita. Requiere un tiempo de introspección, de reflexión, de separar mentalmente la paja del trigo, lo superfluo de lo esencial. Requiere contacto con la propia interioridad, escucha de las voces internas y aceptación de lo que dicen. Muchas veces ellas pueden oponerse a la urgencia de los deseos y proponer calma, sobriedad y sensatez. En los tiempos que corren no hay propensión a ese ejercicio de auto observación. Se vive en la superficie, a toda prisa, con predominio de lo fugaz y lo descartable. No son las mejores condiciones para reconocer lo que es una necesidad auténtica, nacida de adentro, y para diferenciarla de un deseo urgente y ansioso estimulado desde afuera.
Una sociedad de consumidores es, a su vez, una sociedad de clientes. Lo que se espera de ellos es que compren. Y lo que se busca es venderles (...) Donde dice “productos” se puede, y se debe, leer también “información”. Hoy la información es un producto. Si no hay noticias urge inventarlas. Si las que hay no tienen suficiente morbo se descartan y se remplazan por otras, artificiales. De acuerdo con el periodista y ensayista gallego Ignacio Ramonet, quien dirigió la prestigiosa publicación francesa Le Monde Diplomatique y se ha especializado en el estudio de las relaciones de los medios con la ideología y la política, entre la última década del siglo XX y las dos primeras del XXI, se produjo en el mundo más información que en los 5 mil (cinco mil, sí) años anteriores”. En un ejemplar dominical del The New York Times, según Ramonet, hay más información de la que un ciudadano del siglo XIX podía recibir en toda su vida. Y nadie diría que el siglo XIX no dejó enormes contribuciones para la humanidad en todos los campos: filosofía, política, tecnología, ciencia, arte.
También mucho antes de las computadoras, de internet, de los teléfonos celulares y de las tablets, en épocas durante las cuales sus creadores no estaban atosigados de información como los llamados “innovadores” y los consumidores de hoy, nacieron valiosos legados que enriquecieron la historia y la experiencia humana (cosa ignorada por buena parte de la población actual del planeta). Y no solo perduraron, sino que jamás fueron superadas. Ahí están como prueba la rueda, la imprenta, el avión, la máquina de vapor, los barcos, extraordinarios monumentos (como las pirámides egipcias y mexicanas), catedrales, teatros, el automóvil, la electricidad, el cine, la televisión, la penicilina, los antibióticos, la anestesia, la telegrafía con y sin hilos, el Canal de Panamá, la Torre Eiffel, el mítico Empire State, los rayos X, los cohetes que exploran el espacio y tantas cosas más. Podríamos seguirlas enumerando durante páginas y páginas.
Más información no parece significar, de manera automática, más conocimiento, más inspiración, más visión estratégica, más inteligencia aplicada. Un viejo dicho aconseja no confundir gordura con hinchazón  (…)

Bulimia informativa y desigualdad social
Priscila López, investigadora de la subsecretaría de Comunicaciones de Chile, y Martín Hilbert, que fue asesor de la ONU y es investigador y profesor en la Universidad de California, dieron a conocer en 2012 un trabajo en el que estudiaron la capacidad mundial de almacenamiento de información entre 1986 y 2007. Una de sus conclusiones fue que, mientras los medios de almacenamiento y producción de información se habían desarrollado espectacularmente en ese lapso, al igual que la cantidad de información, la capacidad de transmitirla había crecido de una manera modesta. Desde 1990 la tecnología digital copó el escenario informativo y hacia 2007 la mayor parte (el 94%) de la memoria de la humanidad estaba almacenada digitalmente. Esto equivalía a 61 CD-Roms por cada habitante del planeta. Unas 80 veces más información por persona que la existente en la Biblioteca de Alejandría 300 años antes de Cristo. Si esa información hubiese estado almacenada en papel, se habría necesitado un 17% más que el Producto Bruto Interno de Estados Unidos para comprarla. Había una cantidad de bytes de información por persona equivalente a todas las estrellas de la galaxia. Si cada byte fuera representado por un grano de arena, habría sido necesaria una cantidad de arena 315 veces mayor a la de todas las playas del planeta. Cada ser humano recibía en el lapso estudiado una cantidad de información diaria equivalente a 174 periódicos y emitía un monto igual al de 6 diarios con todos sus suplementos. 
Surge una pregunta inmediata y quizás ingenua: ¿en cuánto contribuyó todo eso a mejorar el mundo, a luchar contra el hambre, a elevar la plenitud existencial de la población planetaria, a elevar la calidad de la justicia, a generar equidad, a disminuir las guerras y la violencia, a trabajar por la aceptación, la compasión y la empatía, a disminuir las tasas de egoísmo o a hacer más dignas las condiciones de vida de grandes masas de población? (…)
Si la información no es aplicada deja de ser un medio y pasa a ser un fin. Cuando eso ocurre, importa más la cantidad que la calidad. Y la bulimia informativa aparta a enormes mayorías de personas de la vida real, ya que les quita tiempo, atención, vinculación y horizontes existenciales. (…) Si la cantidad de información circulante sobrepasa la posibilidad de absorción y metabolización por parte de las personas, si estas reciben, retransmiten o emiten datos sin procesarlos, sin reflexionar, sin discriminación, los seres humanos pasan a ser simples herramientas de la maquinaria informativa cuyos intereses principales son económicos en primer lugar y políticos en segundo. Economía y política son instrumentos esenciales en la construcción de una comunidad humana fundada en valores, en cooperación y en visiones trascendentes. Pero dejan de ser instrumentos cuando se convierten en fines en sí mismos inspirados por la ambición de acumular poder y ejercerlo. Chatarra tecnológica y chatarra informativa polucionan hoy al planeta tanto en el plano físico como en el mental y espiritual. La monstruosa cantidad de información, de la cual el informe citado es apenas un testimonio, es imposible de asimilar, ordenar, procesar y orientar hacia fines dignos. Se trata de un tsunami que desbarata cualquier estructura mental y la reduce a escombros, aunque sus consumidores crean que no es así y estén convencidos (como sucede con los adictos respecto de aquello que los somete) de que lo controlan.

El pensamiento crítico, ese gran antídoto
¿Se puede hacer algo frente a esta pandemia de superficialidad dañina? (…) Se trata de reivindicar el valor del pensamiento, de estimular su ejercicio (en progresivo desuso), de auto adiestrarse y adiestrar a otros en la capacidad de reconocer y seleccionar la información valiosa y descartar la inútil, tendenciosa, amañada, especulativa, manipuladora y falsa. Se trata de aprender (o reaprender) a reconocer fuentes fiables de las que no lo son, cosa posible para una persona que piense por su cuenta, que no tercerice sus pensamientos, que venza a la pereza intelectual, que mantenga despierta la atención y que saque conclusiones (dos más dos siempre es cuatro y muchas veces hay fuentes que lo presentan como cinco, valiéndose de falacias). Se trata de atreverse a investigar por cuenta propia, de dedicar tiempo a la reflexión que sigue a la lectura. Se trata de una mayor comunicación con los seres y las situaciones reales que nos rodean y menos conexión que con la virtualidad y la digitalización que nos achatan y secuestran.
A la educación, tanto la esencial que se inicia en los hogares con liderazgo y ejemplos (sobre todos conductuales y morales) como a la formal, que corre por cuenta de escuelas, colegios y universidades, le cabe un papel sustancial en este emprendimiento. Las educadoras Inés Aguerrondo y Agustina Blanco apuntan que “la tecnología en las escuelas es un componente indispensable a considerar, si el sistema busca reducir las brechas de oportunidades”. Pero advierten: “El hecho de acceder a la información y al conocimiento no garantiza su comprensión, su apropiación y su uso. Es necesario dotar a las generaciones jóvenes de herramientas para sumergirse de modo eficaz en el océano de información que hoy está al alcance inmediato de todos, poder diferenciar lo importante de lo irrelevante, lo confiable de lo espurio, así como saber analizar las fuentes de información” (…)
Allí está el antídoto que puede y debe suministrarse desde la misma formación de la identidad y de la ciudadanía, antes de que sea tarde y la avalancha de información tóxica sepulte a chicos y jóvenes y los convierta en adultos zombis (…).
La sobredosis de información narcotiza, hace perder de vista el foco de la propia existencia, los pilares esenciales sobre los que esta se sostiene. Tomar el timón de esa existencia conlleva establecer cuál es el espacio y el tiempo que la información ocupará en nuestra vida, para qué y cómo la necesitamos y la usaremos, cómo nos aproximaremos a ella, qué consecuencias tendrá esa relación no solo en nosotros sino en nuestro entorno vincular, ciudadano y físico. El modo en que nos vinculemos con la información dirá si decidimos ser sujetos de nuestra vida u objetos manipulables de los intereses de otros. Acaso todo esto pueda resumirse en una frase: dime cómo, de dónde y para qué te informas y te diré cómo vives.

martes, 26 de septiembre de 2017

Tiempo, de Rüdiger Safranski
(Tusquets)
Un extraordinario, bello y necesario ensayo sobre un tema que nos atraviesa.
Por Sergio Sinay




El tiempo nos atraviesa. Está presente en nuestra conciencia, pero mucho más fuera de ella o en lo profundo del inconsciente, determinándonos. Es difícil o imposible de definir (basta con hacer la prueba, aunque en principio parezca sencillo). Lo curioso es que, quizás, el tiempo no exista. Que, pensándolo bien, no sea sino una creación humana, un intento, uno más, de controlar la incertidumbre, el imponderable y de imponerse a la muerte. Hemos quedado atrapados en nuestra propia creación, ella se ha infiltrado en todos los resquicios de nuestra vida. En la producción económica, en nuestros vínculos, en todos los ámbitos de la existencia. Hablamos de ganarlo, perderlo o ahorrarlo, como si fuera tangible. “Time is money” es la consigna que nos apura para no dejar “tiempos muertos” en ningún orden de la vida, so pena de estar perdiendo algo importante, de estarnos malogrando. Así, no nos permitimos aburrirnos. Es que el aburrimiento nos pone cara a cara con el tiempo, con su quietud angustiante. Entonces huimos para llenar minutos y segundos con lo que sea, con actividad frenética, que obstruye el pensamiento.
 Se puede seguir y seguir reflexionando acerca del tiempo y, desde él, acerca de casi todo lo que vivimos, lo que nos rodea, lo que nos inquieta, lo que nos angustia o esperanza. Esperanza viene de esperar. No habría noción de espera sino hubiésemos inventado el tiempo. Se espera en el tiempo. Se recuerda en el tiempo, viajando hacia atrás por él. Se proyecta en el tiempo, imaginando futuros. Y se siente, gracias a él, la fugacidad inatrapable del presente.
El brillante filósofo alemán Rüdiger Safranski ha escrito un ensayo de notable originalidad, profunda inteligencia y bellísima escritura que se titula precisamente Tiempo (así de breve, contundente y sencillo) y acaba de publicarse en castellano. Su lectura es un ejercicio apasionante, una invitación a pensar y es, por momentos, la confrontación con ideas que estremecen. Porque reflexionar sobre el tiempo es confrontar con la eternidad (¿qué es, cómo pensarla sin sentir vértigo?), con la muerte (¿es el final absoluto, sigue el tiempo después de ella?), con el sentido de una vida que es finita (finitud, una expresión del tiempo). Desde su análisis del tiempo, Safranski examina la globalización, el arte, los modelos de vida vigentes, la política, el capitalismo, el origen del universo, la filosofía, la ciencia. Lo hace con un pensamiento siempre asombroso y deslumbrante, como el de quien ha dedicado largo tiempo (valga la paradoja) a la exploración de este tema que, al estar tan naturalizado, dejó de ser motivo de reflexión, pero es la materia prima de la cual estamos hechos.
Tiempo, de Rüdiger Safranski, es una de esas lecturas que pueden marcar para siempre el pensamiento, la cosmovisión y la forma de vivir de quien se acerque a esta obra con la mente abierta, dejando afuera ideas preconcebidas, atreviéndose a explorar un territorio para el cual no hay mapas. Una obra mayor y única que refulge con mayor esplendor en una época signada por la fugacidad, el apuro, la ansiedad, la angustia existencial, la levedad, lo efímero. Es decir por los atajos que, en el afán de huir del tiempo, llevan a ninguna parte.

viernes, 18 de agosto de 2017

LA REPÚBLICA SIGUE ESPERANDO
Por Sergio Sinay


Si no la sostienen sus tres poderes, actuando de manera complementaria y autónoma, y si la ciudadanía no se empapa de su significado, la República no se conjuga y las transformaciones necesarias no se producen




Sin justicia no hay república, dice una consigna. Y es verdad. La República se sostiene en tres pilares complementarios y autónomos. Los poderes Legislativo, Judicial y Ejecutivo. En la Argentina esto hay que aprenderlo desde cero porque no funciona así. Y por mucho que políticos, candidatos y otros se llenen la boca con la palabra República, no la honran con sus conductas. Esto es independiente de quien gobierne. Por supuesto, resulta más grave cuando gobiernan populistas y corruptos. Al populismo los principios de la República le resultan obstáculos e intenta sacárselos de encima, y de la democracia solo acepta la votación, siempre y cuando lo favorezca. Si a eso se le suma corrupción a destajo, la República muere.
También los ciudadanos tenemos el deber de entender que democracia es mucho más que votar. Es vivir en diversidad, aprender a establecer consensos, integrar en la vida de cada día los proyectos personales con los colectivos y el interés personal con el bien común, respetar a las minorías (porque todas son minorías, mayoría es solo el 100%). En esto la sociedad argentina (que sigue agrietada e intolerante desde las dos orillas de la grieta) tiene todavía mucho para aprender, asumir y practicar.
Lo mismo que su gobierno. No es una actitud republicana presentar un aumento a los jubilados como si fuera una muestra de generosidad. Fue un vergonzoso acto de populismo (con una sobreactuación del jefe de gabinete) haberlo hecho así. Eso no es cambiar. Eso es seguir. Y si los ciudadanos estamos atentos, veremos que hay más muestras de lo mismo.

UNA GRIETA ABIERTA
Vivimos en una sociedad convaleciente tras una larga década de grave enfermedad. Pero todavía esta sociedad no recibió el alta. Ahora se le inicia juicio político a un camarista que le venía haciendo mucho mal a la Justicia y a la República. Un juicio necesario y tardío (porque hasta ahora lo habían protegido el gobierno corrupto y autoritario al que favorecía con sus fallos y la propia corporación judicial). Pero el procedimiento por el cual se inició el juicio es, nuevamente, un ejercicio típico de sigamos y no de cambiemos. Falta mucho para cambiar. Tendrán que venir otros rostros, otras conductas, otros antecedentes. Y la sociedad misma, para ser impulsora y guardiana de esa transformación, deberá cambiar muchos de sus hábitos y paradigmas. Algunos comentarios revanchistas (como circularon por las redes tras los resultados de las PASO) no ayudan a eso. Se parecieron mucho a lo que hacían quienes exhibían triunfalmente su intolerancia durante la década perdida.

UN CAMINO LARGO

Quedan dos meses para las legislativas y será bueno estar atentos, informarse, pensar, saber qué y para qué se vota. Sabemos que en la Argentina no hay justicia (que lo digan los corruptos que andan sueltos, los asesinos de todo tipo que circulan libres, los ladrones rápidamente liberados, los abogados que transan con funcionarios judiciales a favor de defendidos indefendibles, los jueces que no pagan ganancias mientras ese impuesto abruma a los ciudadanos de a píe). Esperemos que las elecciones legislativas no resulten un paso a que el Congreso vuelva a ser una escribanía del Ejecutivo. Y que en los tres poderes se entienda alguna vez que se está allí en función de servicio y no para servirse de la sociedad. Para todo eso falta. Tantas décadas de degradación no cambian en una generación ni por arte de magia. No se cambia porque sí y de la noche a la mañana.

viernes, 21 de julio de 2017

Periodismo carancho
Por Sergio Sinay

Cuando la sangre, el dolor, el sufrimiento, las intimidades invadidas, el oportunismo alimentan a un periodismo narcisista, que necesita, además, de un público afín.





Mientras se discute cuántos años tiene el “Polaquito”, ese chico desquiciado que fue presentado en televisión como el enemigo público número uno, se siguen desnudando las miserias de una sociedad enferma. Y del periodismo que ella produce y fomenta. Los “Polaquitos” no nacen de repollos y, además de ser hijos de sus padres y madres, son paridos por una sociedad de la cual hace tiempo se ausentaron la empatía, la compasión, la noción y voluntad de sentido. Una sociedad que ya ni siquiera responde al tribalismo primitivo del “nosotros” vs. “ellos”. Es la sociedad del yo contra los demás, sin los demás. La sociedad del egoísmo y el narcisismo. Del consumismo devorador, donde preocupa más la economía que la moral. Un perfecto caldo de cultivo para “Polaquitos”. Después viene la hipocresía, la sorpresa y la indignación fingidas ante la evidencia de lo que la misma sociedad procreó.
En ese caldo se cuece también el periodismo carancho, el periodismo en donde la noticia no importa, en donde no se informa sino que se opera, en donde los periodistas son más importantes que la noticia. Si se diera un Oscar al periodismo carancho, el programa que presentó al “Polaquito” lo ganaría. Fue la expresión más consumada de algo que se ve todos los días en todos los noticieros, en programas farandulescos, en emisiones pseudoperiodísticas. Los caranchos sobrevuelan incansablemente el aire olfateando sangre, intimidades, sufrimientos, secretos. Se disfrazan de investigadores pero son acosadores, ladrones de privacidades, invasores de vidas y sentimientos ajenos. Con sus picos voraces escarban en las entrañas del sufrimiento. “¿Qué sintió al ver a su hijo muerto?”, le preguntan sin escrúpulos a la madre que llora sobre el cadáver de su vástago acribillado. “¿Por dónde te metió la mano, qué sentiste?”, interrogan sin vergüenza a la chica violada. No duermen, caranchean las veinticuatro horas. Siempre hay un crimen más para mostrar, otro tiroteo, otro chico abusado, otra esposa llorosa, otro casquete de bala, otro balazo en la puerta. Ese periodismo entra a la celda del peor criminal para entrevistarlo como a un amigo, como a un ídolo, lo escucha, le da tiempo, se compadece con él. Nunca una reflexión, jamás una idea, ni soñar con una frase bien dicha, con un vocabulario que respete las palabras.

Y si al gran megalómano le dicen que lo es y le ponen un espejo frente a la cara para que se vea reflejado, se ofende. Humilla. Saca a relucir galones, se ufana de haber inventado la profesión (que existe desde mucho antes y supo tener venerables cultores), se quiere fiscal de la patria, contamina el aire con insultos al que osó cuestionarlo, degrada el lenguaje (herramienta que debería honrar para ejercer la profesión). El rating sube. La ofensa vende. La intimidad invadida vende. La sangre vende. El periodismo carancho necesita de una sociedad que le ofrezca día a día material en descomposición. Y necesita todavía más de un público ansioso de ese material. Ni uno ni los otros se preguntan alguna vez: “¿Y si me tocará a mí?”. 

viernes, 21 de abril de 2017



Sergio Sinay: “La educación empieza mucho antes que la Escuela”

(Nota publicada en Infoeme, de Olavarría, con motivo de las charlas dadas allí a padres y docentes del Colegio Libertas y al público en general, ambas en el Teatro Municipal)



El periodista y escritor Sergio Sinay forma parte de las Jornadas Educativas-Culturales organizadas por el Colegio Libertas que se llevan adelante durante este miércoles. 
Antes de su primera charla en el Teatro Municipal, Sinay habló con los medios locales y anticipó: “En ambos casos, con la diferencia del público, la idea central es responder a la pregunta ¿Quién educa a nuestros hijos? Que parece una pregunta sencilla y cualquiera en automático diría la Escuela, esa sería una pregunta muy superficial porque la educación es mucho más que la información, la instrumentación, que son tareas muy importantes e irreemplazables, así como la sociabilización, el espacio de convivencia entre la diversidad, todo eso es la Escuela y es muy importante, pero la educación empieza mucho antes que eso. Yo creo que educación es un proceso por el cual se ayuda a que una semilla se abra para dar el árbol que ya está en ella, es decir a que un ser humano pequeño en formación se convierta en persona.  Llegar a ser persona es todo un proceso. Ser humano y ser persona, son dos puntos de un camino y ese camino es el de la educación. Aprender valores para vivirlos, no para recitarlos de memoria y la única forma de lograrlo es que si quienes nos enseñan esos valores los viven. Es aprender a construir vínculos interpersonales donde la otra persona nunca sea para mí un medio, sino que sea un fin, alguien de quien voy a respetar su dignidad para que exista un vínculo de respeto”. 
“Otro pilar fundamental de la educación es aprender que la vida es mucho más que pasarla bien. Y hay una pregunta fundamental que es ¿Para qué estoy acá? Así como nací podría no haber nacido, entonces si nací y existo, ¿Cuál es el sentido de mi existencia? Esto lo tengo que aprender yo, viviendo mi vida, con un modelo de vida que no sea superficial o pasajero, y ¿Quién me puede enseñar un modelo de vida? los adultos más cercanos a mí, los primeros adultos que están en mi vida. Por eso yo digo que la educación empieza por los padres, en el hogar, con los adultos cercanos y significativos, porque ser padre exige el cumplimento de una función” agregó el periodista y escritor. 
“Siempre me gusta que este tipo de actividades no sean actividades donde yo estoy en un punto alto y desde ahí derramo sabiduría y la gente pasivamente lo absorbe, sino que sea un lugar donde a partir de ideas que yo comparto, trabajo, experiencias que tengo, podamos dialogar” finalizó. 
Tras su charla en la sala local, desde de las 20:00hs. ofrecerá una disertación abierta a todo la comunidad olavarriense con fines solidarios, sobre la temática””Padres e Hijos en Tiempos Difíciles”:”Comunicados o Conectados”. Será con entrada gratuita, previa registración y retirando la invitación del Colegio, en cualquiera de los Niveles o en el Teatro, a cambio de un producto de limpieza o higiene personal como colaboración para el Hogar de Niñas San José.
Por la trascendencia del encuentro se hace “una invitación sea extensiva a todos los estudiantes secundarios, terciarios y universitarios, la comunidad docente local y regional, y público interesado” indicaron sus organizadores.

lunes, 10 de abril de 2017

La oscuridad del prejuicio, la luz de la razón
Por Sergio Sinay

(Del nuevo libro La aceptación en un tiempo de intolerancia)




Si la equidad es la alternativa a una igualdad que no respeta las diferencias e impone reseros de falsa semejanza, ¿qué impide alcanzar esa equidad como un modo habitual de la convivencia? En primer lugar la equidad requiere reconocimiento de quién es el otro, de su singularidad. Para que ella exista es necesario que se acepte que no somos iguales, pero que eso no es excusa para la injusticia. Ver al otro es, en realidad mirarlo. Si nuestro sentido de la vista funciona, vemos. Es un fenómeno fisiológico. Si abrimos los ojos y hay luz, vemos, esto es independiente de la voluntad. Mirar, en cambio, requiere de la voluntad y de la conciencia. Mirar es discriminar lo que se ve, detectar sus características, apreciar su especificidad, sus particularidades. Y, a partir de allí, evaluar, reflexionar. Quien mira a otro, además de verlo, le confiere existencia.
Cuando dejamos de mirar a quien está ante nosotros, nace el prejuicio. En ese caso nos basta con ver para aplicarle nociones y definiciones establecidas de antemano. Si es pelirrojo, diremos “Como buen pelirrojo etc…”. Si es judío, concluiremos que, “como todos los judíos, etc…”. Si la que habla es una mujer nos apresuraremos a decir que su discurso es “típico de mujer”. Y, ante las actitudes de un hombre, se dirá que “Eso era lo que se podía esperar de un hombre”. En la lista entran los negros, los enanos, los gordos, los paraguayos, los bolivianos, los boquenses, los riverplatenses, los peronistas, los que no lo son. A poco que avancemos, entrará la Humanidad entera. Según donde cada uno esté parado, según lo que sea, lo que crea o lo que aspire a ser, disparará una conclusión inamovible, cerrada sobre alguien de características diferentes a él. Lo hará con la convicción de que es una verdad, una ley tan cierta e indesmentible como las leyes de la Naturaleza. Eso se llama prejuicio, y el prejuicio es enemigo mortal de la convivencia, del entendimiento, de la aceptación, de la cooperación.
Donde el prejuicio echa raíces la realidad retrocede, sus evidencias se disuelven en la oscuridad. Así como el juicio sobre cualquier persona, acontecimiento, cosa o circunstancia es el resultado de la reflexión, de la evaluación, de la comparación, de la comprobación (es decir de ese complejo, invalorable y decisivo proceso humano que se llama pensamiento), el prejuicio, por el contrario, prescinde de todos esos pasos, marcha por un atajo que exime de ejercitar el raciocinio. No ofrece una razón, no aporta pruebas ni se sostiene en evidencias demostrables, simplemente dispara conclusiones blindadas, herméticas. No admite contrapruebas porque lo desmoronarían, y al no hacerlo tampoco abre espacio a la confrontación, a la argumentación, a la discusión creativa y superadora.
El prejuicio estimula la pereza intelectual, empobrece el escenario de la experiencia y, de variadas maneras, oscurece la vivencia humana. Generalmente se sintetiza en frases que se citan como apotegmas. “Los argentinos somos derechos y humanos” (el que no es argentino pierde ambas categorías), “Las mujeres no entienden de política”, “Los santiagueños son vagos”, “El pueblo nunca se equivoca”, “Los villeros son ladrones”, “Los ricos son egoístas”, “La letra con sangre entra”, “Los hombres solo piensan en sexo”. Cada quien puede elaborar la lista de sus propios prejuicios tomando estos como ejemplo.  Y también la lista de los prejuicios que escuchó, los que leyó y aquellos de los que fue víctima. De paso, y con toda honestidad, no estaría demás que se preguntara qué prejuicios guían algunas de sus actitudes. Habrá, seguramente, una gran coincidencia en varios de esos listados. Al final de la jornada descubrimos que cohabitamos en una selva de prejuicios compartidos. Hay quienes aceptarán que lo son, hay quienes insistirán hasta la muerte en que son verdades de a puño.

El peligro de la mediocridad
Con esa extraordinaria capacidad de observación que tanto podía aplicar al funcionamiento del universo como a la captación del entramado humano, Albert Einstein manifestó alguna vez su tristeza ante el hecho de que resultara más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. (…) Joseph Goebbels (1897-1945), Ministro de Propaganda nazi entre 1933 y 1945, un auténtico psicópata manipulador, fue uno de los más expertos constructores y divulgadores de prejuicios que conoció la historia de la Humanidad. Describía así el mecanismo por el cual se instala un prejuicio: “Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas”. En términos simples, explicaba cómo el prejuicio necesita de un terreno previamente fertilizado para enraizar y florecer. No se instala caprichosamente, hay un caldo de cultivo que puede haberse nutrido de mandatos familiares, de hábitos colectivos, de creencias y leyendas largamente repetidas, de rasgos de esa entelequia que suele denominarse “ser nacional”, de un determinado tipo de experiencias y vivencias repetidas, de adoctrinamientos religiosos, políticos o moralistas, de mensajes subliminales emitidos desde la publicidad, la educación o consejerías varías.
Esa fertilidad se encuentra en la mente de lo que José Ingenieros (1877-1925), llamaba el hombre mediocre. Médico, psiquiatra, docente, sociólogo y un iluminador filósofo moral hoy injustamente relegado, Ingenieros publicó en 1913  la obra en que estudia a ese espécimen. Describe al hombre mediocre como un individuo sin ideales, fácil presa de las tentaciones materiales, proclive a la hipocresía, ajeno al compromiso, buscador de atajos para evitar los caminos de la moral, obsecuente ante el poder y fácilmente manejable por los poderosos, intolerante, renuente a juzgarse y a la responsabilidad. Para Ingenieros ese modelo de hombre se reproducía con notable velocidad y se divulgaba hasta hacer masa crítica en la sociedad. El hombre mediocre tiene fanatismo y creencias, dice, pero no ideales. No piensa con su propia mente ni elabora sus propias ideas, agrega, sino que posterga sus atributos propios, se coloca a la sombra, busca la aprobación ajena y piensa, en fin, “con la cabeza de la sociedad”.
El filósofo sostenía que “la domesticación de los mediocres ha llegado a sus extremos”, y que estos, habiendo desertado del ejercicio de pensar, se entregan cómodamente a los prejuicios. “Los prejuicios son creencias anteriores a la observación; los juicios, exactos o erróneos, son consecutivos a ella”, sentencia. Su descripción es asombrosamente actual. Y podría decirse que genera escalofríos.

La ideología no es una enfermedad
(…) Hay una paradoja que no se puede obviar. Es imposible erradicar el prejuicio. La pretensión de no tener prejuicios sufre del mismo error que la aspiración a estar al margen de toda ideología. Tanto el prejuicio como la ideología son consecuencias naturales del hecho de estar vivos, de existir entre otros y de habitar el planeta. La conciencia que nos hace humanos nos permite registrar nuestra existencia individual, expresarnos como “yo”, decir “yo soy”, “yo siento”, “yo necesito”, “yo deseo”, “yo puedo”, “yo pienso”, “yo creo”, registrar sentimientos, comparar, evaluar, sacar conclusiones,  imaginar, proyectar, idear futuros, reflexionar sobre el pasado, analizar el presente, desarrollar la empatía. Un ser humano instrumentado de esa manera construye juicios sobre el universo que habita y del que forma parte. Para que no ocurriese así debería estar inerte, convertido en una cosa. Vivo y con conciencia, juzga. Juzga los acontecimientos, los escenarios, las personas, las interacciones humanas, la marcha del mundo. No puede no hacerlo, del mismo modo en que no puede contrariar la ley de la gravedad haciendo que un objeto arrojado al aire no caiga.
Un juicio es una conclusión que deviene naturalmente de lo vivido, de lo experimentado, de lo que se siente, de lo observado, de lo sentido. Un prejuicio es, a diferencia del juicio, una presunción sobre algo que aún no ha sido demostrado, y esa presunción acaso provenga de experiencias previas. O no. Puede ser importada, hija de una experiencia ajena que se asume como propia por diferentes razones (admiración, jerarquía, sumisión, temor, abducción, manipulación, obsecuencia, mandatos familiares, sociales, políticos o religiosos). El prejuicio suele ser el resultado de la pereza mental e intelectual, un atajo por el cual huir de la responsabilidad, de confrontar la realidad. Se trata de un molde en el que se intenta encajar a la realidad, así sea al costo de forzarla, deformarla, recortarla, desvirtuarla. Lo mismo da si se trata de un prejuicio en contra (los más comunes) o de uno a favor (a los que se intenta presentar como inofensivos y casi virtuosos, aunque no sean menos infieles respecto de lo real). Tenemos prejuicios, no estamos a salvo de ellos. Pero nuestro juicio puede (y debe) ayudarnos a detectarlos y desbaratarlos, del mismo modo en que el sistema inmunológico detecta virus y bacterias (que siempre existirán).
(…) De la misma manera en que prejuzgamos, también enjuiciamos. Enjuiciar no es, necesariamente, sinónimo de condenar. Es tener una posición fundamentada ante un hecho, una circunstancia, una persona. (…) Los seres humanos juzgamos. Sólo basta con decir “Me gusta” o “No me gusta”, respecto de lo que fuere para emitir un juicio. La producción de juicios es continua, incesante, en la medida en que cambian y se suceden las circunstancias y situaciones que atravesamos. Y la suma y articulación de esos juicios y de nuestras experiencias, vivencias y sentimientos dan como fruto una ideología. Ideología equivale a cosmovisión. Visión del mundo. Cada uno de nosotros tiene la propia, intransferible. Afirmar que se está al margen de cualquier ideología es una expresión ideológica, expresa una actitud ante el mundo, las personas y los hechos. Y es peligroso. Semeja a declararse como un recipiente vacío. Como tal está disponible para ser llenado con cualquier líquido o sustancia. Carecer de ideología no es algo de lo cual haya que enorgullecerse, puesto que manifiesta una falta de compromiso con la comunidad en que se vive e incluso con nuestros seres más cercanos. Tenemos una ideología a cerca del amor y la pareja. Acerca de la crianza y la educación de nuestros hijos. Acerca de la amistad y cómo vivirla. Pensamos sobre todas esas cuestiones, tenemos nuestras ideas acerca de ellas, contamos con argumentos para fundamentar esas ideas y actuamos en consecuencia.
(…) Las diferentes ideologías no deberían convertir a quienes las expresan en enemigos. Porque ellas no son un problema en sí. El problema es el ideologismo. Como suele ocurrir con los “ismos”, estos recortan la realidad, toman una parte de la misma, y transforman a esa parte en un todo hegemónico y excluyente. El resultado es el dogmatismo. Y, peor aún, el fundamentalismo (o sea el dogmatismo expresado como violencia física o emocional). Quienes presumen de pureza o de santidad por “carecer” de ideología, por estar al margen de ella o por discurrir por sus márgenes terminan por ser funcionales a la ideología de otros (expresadas como dogmas o fundamentalismos). (…) A Bertolt Brecht (1898-1956), el dramaturgo alemán que exploró a fondo las relaciones entre el arte y la política y sus consecuencias estéticas (entre sus obras se cuentan La ópera de dos centavos, Madre Coraje, Galileo Galilei y El señor Puntila y su criado), y que además creó lo que se conoce como teatro épico, se le atribuye un poema titulado El analfabeto político, en el que afronta con dureza esta cuestión. Este es su texto: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.
(…)  ¿Cuál es la salida? El ejercicio de la reflexión, el uso del pensamiento crítico, la herramienta de la discriminación que permite separar paja de trigo, la observación, la atención. Y la honestidad intelectual y moral. Esto es, tener conciencia de que expresamos nuestra ideología y de que nos aproximamos a las situaciones, fenómenos y personas con nuestros prejuicios. En la medida en que no olvidemos esto contaremos con apertura y flexibilidad como para evaluar esa ideología y esos prejuicios en comparación con la realidad y con los que expresan los otros. Mantener la atención permite que trabajemos en la alquimia de procesar ideología y prejuicios en el caldero de la realidad y que se modifiquen (cuando eso sea necesario) y enriquezcan en el proceso. Estaremos más cerca de convivir en la diferencia de un modo nutricio cuando sepamos que nuestra verdad no es toda ni es la única verdad, sino un apenas un aspecto (expresado con honestidad y buena fe), una perspectiva de una verdad total que nunca alcanzaremos a percibir, aun cuando sepamos que existe.

Una luminosa incertidumbre
El filósofo y teólogo británico Alan Watts (195-1973). Watts, un adelantado en la integración de la filosofía occidental con la oriental, pensaba que existe una diferencia esencial entre creer y tener fe. Veía a la fe como un estado mental opuesto a la creencia. La creencia postula que la verdad tiene una forma única y esa forma es la que uno quiere o desea. “El creyente, escribe este pensador, abrirá su mente a la verdad a condición de que esta encaje con sus ideas y deseos preconcebidos”. A diferencia de esto, en la mirada de Watts, “la fe es una apertura sin reservas de la mente a la verdad, sea ésta lo que fuere”. En la fe no hay prejuicios, concepciones preestablecidas, se trata de avanzar en un terreno desconocido y es necesario para ello un enorme coraje espiritual, una abierta actitud de la mente y del corazón.
(…) Mientras con la fe ocurre aquello, la creencia busca certezas, seguridad, y si no las encuentra las construye y les da viso de verdad revelada. No admite vivir en la incertidumbre, en el misterio. La creencia es madre de los dogmas, y en los dogmas anida el virus del fundamentalismo. A las creencias se las acata, se las transmite, se las reproduce y tienen carácter de ley. Quien cree no cuestiona, no pregunta, no duda. Obedece el mandato. Y en nombre del dogma puede expulsar, descalificar, desacreditar, cerrar espacios a toda discusión. No necesita seguir investigando, no necesita evolucionar, enriquecer su pensamiento abriéndolo a distintos horizontes. La creencia instala una verdad única y excluyente, no hay lugar para otras, y si estas aparecen se instala la amenaza del enfrentamiento, de la intolerancia, de la guerra (en todas sus formas, desde la virulencia de la palabra, hasta la inclemencia destructora de las armas).
“La creencia se aferra, mientras la fe es un dejarse ir”, sintetiza Watts con precisión. (…) A la luz del pensamiento de Watts pareciera que las verdaderas cuestiones de fe no tienen que ver con el dogma sino con el misterio, con la fluidez del acontecer antes que con el prejuicio. Entendida así, la fe sería una celebración de la diversidad, un antídoto contra la in tolerancia, una iluminadora invitación a la aceptación.          
(…) Salir de la cárcel de las creencias ayuda a mirar el futuro y avanzar hacia él. Y a hacerlo desde diferentes puntos de partida. Las creencias tienen que ver con lo preconcebido, con lo imaginado, con lo que alguna vez fue (y se pretende que siga siendo, siempre igual, sin admitir evolución). La fe abre los ojos y la mente, ensancha los horizontes, ayuda a transformar campos de batalla en campos de encuentro, de integración de cooperación.

“La diferencia entre paisaje y paisaje es poca, pero hay una gran diferencia entre los que lo miran”, advertía Ralph Waldo Emerson (1803-1882), filósofo, pastor y poeta, uno de los fundadores del trascendentalismo, poderoso movimiento que hacia mediados del siglo XIX proponía celebrar al hombre como centro del universo y, desde ahí, zambullirse, en la naturaleza, en la contemplación, trascender la conciencia individual. (…)En su frase podemos leer que mientras el mundo que habitamos es el mismo para todos, los ojos que lo observan son siempre únicos y diferentes. Enfrentarnos por establecer solo una de esas miradas como la verdadera degrada y empobrece la existencia de todos.