sábado, 27 de junio de 2020



Crónicas de la peste 15
La vida no es un envase vacío
por Sergio Sinay


Árbol, Árbol De La Vida, Marco, Espiritual, Metafísica


“La piel frágil, lampiña y mal irrigada de los humanos acusaba enormemente la ausencia de caricias. Una mejor circulación de los vasos sanguíneos cutáneos, una ligera disminución de la sensibilidad de las fibras nerviosas de tipo L permitieron, a partir de las primeras generaciones neohumanas, mitigar el sufrimiento inherente a la falta de contacto”. En La posibilidad de una isla, novela de 2005, el escritor francés Michel Houellebecq narra el final de la especie humana y su remplazo por los neohumanos, seres que se reproducen a partir del ADN conservado de los humanos. Esto permite una clonación infinita de los especímenes originales, aunque las reproducciones ya no son lo que eran los seres verdaderos. Desprovistos de emociones, híper racionales, algo así como pensamiento puro envasado en cuerpos que se suceden iguales a sí mismos, sin envejecer y sin sentir, han logrado el aislamiento total e indoloro de cada uno. No necesitan de nadie, cada neohumano se basta a sí mismo, sin nostalgia, sin miedo, pues la muerte es una noción de la que carecen, así como no poseen sentimientos, aunque los comprenden intelectualmente mediante el estudio de las memorias de los humanos originales.
La novela, una de las más estremecedoras, desafiantes y filosóficamente audaces de un autor que pone la escritura y el cuerpo en temas siempre desafiantes y extremos (ahí están como prueba sus obras Las partículas elementales, Plataforma, Serotonina o Sumisión), al punto que fue víctima de descalificaciones y amenazas de muerte, está narrada en dos momentos. Uno es el del final de la decadencia humana, una era hedonista, narcisista, desapasionada, consumista, que es la actual, contada por Daniel, un famoso humorista y cineasta, y el otro momento, veinte siglos más tarde, es narrado por la vigésima quinta reencarnación tecnológica del mismo Daniel, con quien comparte nombre y data de hechos vividos, pero nada que de lo que conocemos como humano.
Leída, o releída, en tiempos de coronavirus y de cuarentenas interminables, que comenzaron siendo un medio para preservar la vida y se convirtieron en un fin en sí mismo, al punto en que esas vidas preservadas y encapsuladas en confinamientos, aislamientos, vigilancias y prohibiciones podrían prolongarse eternamente, aunque empezaran a extraviar su propósito existencial, La posibilidad de una isla es una experiencia inquietante y remite a reflexiones sobre el presente. Aunque el tiempo final de la especie es líquido, como diría el gran pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), carente de arraigos, compromisos y visiones, aún quedan las pasiones humanas, el dolor, el amor, la voluntad de sentido, incluso cuando este se extravíe. En la inmortalidad artificialmente lograda, en esa supervivencia que aparece como un “triunfo” de la ciencia y de la técnica, pero vacía de sentido y propósito, algunos neohumanos empiezan a desear la muerte real, algo que dé un significado a vidas prolongadas porque sí. Empiezan a anhelar algo que nunca experimentarán: “la dulzura del sueño cuando llega junto al ser que amamos”, según lamenta Daniel 25, dos mil años después del Daniel original.
Reiteradamente justificada con filminas, estadísticas, declaraciones oficiales patéticamente contradictorias entre sí, promesas y explicaciones científicas abstrusas y cambiantes, y manipulación del miedo, la retahíla de cuarentenas a que fue sometida la sociedad desde el 20 de marzo de 2020 en adelante parecía tener como fin lo que describe la frase inicial de esta columna, tomada de la novela de Houellebecq. El acostumbramiento de las personas a una vida sin contacto, sin otro horizonte que estar, permanecer, no morir. Preservar el envase de una vida prescindiendo del contenido. Porque la verdadera vida es una aventura riesgosa. Hoy y siempre, con y sin Covid-19. Vivir es vivir para algo. Lo contrario de simplemente respirar y permanecer.

domingo, 14 de junio de 2020


Crónicas de la peste (14)

La peor y la mejor noticia

Por Sergio Sinay


Noche, Angel, Escultura, Blanco, Figura


Quizás la peor noticia que ha traído el coronavirus es la de que somos mortales. No es una obviedad, o al menos había dejado de serlo en el mundo prehistórico que feneció en el verano de este año (invierno para el hemisferio norte). En aquel tiempo, tan cercano en el calendario y tan lejano en las sensaciones y en la memoria emocional, habíamos llegado a vivir como si nunca fuésemos a morir. Podíamos permitirnos no encontrarnos por largos períodos con seres queridos, podíamos postergar proyectos trascendentes para correr detrás de deseos tan imperiosos como banales, podíamos depredar el medio ambiente como si no fuera esencial para nuestra existencia, podíamos consumir de manera bulímica, descartar objetos, artefactos, prendas y personas con absoluta facilidad, podíamos aplazar lo importante hasta eliminarlo para dedicarnos a lo urgente, que casi siempre tenía que ver con apetencias o cuestiones materiales, podíamos desentendernos de necesidades y dolores ajenos para evitar que nos distrajeran, podíamos aislarnos del prójimo y del mundo como si no los necesitáramos. La tecnología nos proponía diariamente nuevos objetos de deseo mientras nos mandaba mensajes directos o subliminales en los cuales nos aseguraba que pronto seríamos definitivamente inmortales, que cualquier componente de nuestro cuerpo podría ser remplazado una y otra vez hasta el infinito, que pronto bastaría con pensar algo para tenerlo, que moveríamos el mundo a nuestro antojo con el poder de la mente. La neurociencia nos anunciaba que estábamos a punto de dominar a nuestro cerebro y manejarlo como si fuera una simple aplicación y como si no fuéramos él, y desde otros ámbitos de la ciencia nos llegaban promesas de que no faltaba mucho para que todas las enfermedades, aún las más terribles, fueran vencidas.

LO DEMÁS PODÍA ESPERAR
Es cierto que, mientras tanto, la desigualdad económica y social en el mundo se ahondaba, que no cesaban las guerras, que un 1% de la población mundial había llegado a acaparar el 99% de las riquezas producidas por el resto, que el hambre azotaba a una de cada nueve personas en el planeta (más de 800 millones de seres humanos) según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), un número similar al de obesos también de acuerdo con cifras oficiales, y que numerosas enfermedades “de pobres”, como el mal de Chagas, el dengue, la malaria, el colera, la tuberculosis, entre otras, seguían cobrando víctimas por decenas de millares sin que a nadie (autoridades políticas, economistas, industria farmacéutica, medios de comunicación y opinión pública) se le moviera un pelo. Es cierto, pero todo eso podía esperar. El ser inmortales permitía posponerlo todo. El problema no advertido (o que no se quería advertir) era que aquella inmortalidad no era para todos, sino para quienes pudieran acceder a ella, comprar la promesa y seguir disfrutando de la utópica perpetuidad. Siendo inmortal ya no se necesitaba de nadie para vivir. Cobraban inusitada actualidad aquellos versos que el gran poeta y dramaturgo español Luis de Góngora (1561-1627) escribiera durante el Siglo de Oro: “Ándeme yo caliente/ Y ríase la gente./ Traten otros del gobierno/ Del mundo y sus monarquías,/ Mientras gobiernan mis días/ Mantequillas y pan tierno,/ Y las mañanas de invierno/ Naranjada y aguardiente,/  Y ríase la gente”.
Hasta que el Covid-19 trajo la mala noticia. Somos mortales, y no solo eso. La muerte es democrática, no repara en sexo, género, nacionalidad, localización geográfica. Revolotea con mayor cercanía alrededor de los pobres, pero no deja de llevarse también a ricos y famosos. En un ensayo reciente publicado en la revista digital “Aeon”, el médico y psiquiatra Warren Ward, catedrático en la universidad australiana de Queensland, cuenta que él mismo tardó en darse cuenta de que la enfermedad y la muerte son partes ineluctables de la existencia. A fuerza de estudiar el organismo humano y sus mecanismos había llegado a creer, como tantos, que era posible dominarlo todo al respecto y llegar a prolongar indefinidamente la vida.
Ward despertó de esa ilusión diez años atrás, cuando le fue diagnosticado un melanoma (cáncer de piel), tumor cutáneo que suele ser agresivo y rápidamente fatal. Afortunadamente, dice, la cirugía lo salvó, pero considera que su fortuna mayor fue “haberme dado cuenta de algo que había dejado de lado; que iba morir. Y si no fue de melanoma será de otra cosa, pero voy a morir. Desde entonces fui más feliz. Esta aceptación, el darme cuenta de que voy a morir, fue para mí tanto o más importante que los avances de la medicina, porque me recordó que debo vivir una vida significativa cada día”. Por esos días, en 2011, apareció el libro “Los principales cinco arrepentimientos de los moribundos”, de la especialista australiana en cuidados paliativos Bronnie Ware, cuyas charlas TED sobre el tema tienen millones de seguidores en el mundo. La lista de arrepentimientos que recogió Ware a través de cientos de entrevistas a enfermos terminales en sus últimas doce semanas de vida, se resumen en estas frases: 1) “Hubiera querido tener el coraje de vivir mi verdadera vida, y no la vida que otros esperaban de mí”; 2) “Hubiera deseado no trabajar tanto ni tan duro”; 3) “Hubiera deseado tener la valentía de expresar mis sentimientos”; 4) “Hubiera querido estar más en contacto con mis seres queridos y mis amigos”; y 5) “Hubiera deseado permitirme ser más feliz”.
“Como médico, escribe Ward, compruebo cada día la fragilidad del organismo humano y lo cerca que está la muerte, a la vuelta de la esquina. Y como psicoterapeuta compruebo lo vacía que está una vida cuando carece de sentido y de propósito”. Y piensa que la conciencia de esa “preciosa finitud” (así la llama) debería impulsarnos cada día, en cada acto, a encontrar, o crear, el sentido de nuestra vida.

LO QUE NO CAMBIA
De regreso a aquí y ahora, podríamos pensar que, después de todo, la noticia de nuestra irreversible mortalidad, portada por el Covid-19, es también una buena noticia. Esto siempre y cuando no nos empeñemos en sobrevivir por el solo hecho de sobrevivir, que no nos contentemos, escondidos y asustados, con no ser parte del informe diario de infectados y fallecidos, ese informe que por momentos se desparrama con morbosa insistencia, como si hubiese una intención de mantenernos inmovilizados, como pequeñas criaturas aterrorizadas. El propósito final de los cuidados que dicen prodigarnos y de los que responsablemente tomamos por nuestra cuenta no debiera ser prolongar la vida un día más, sino conservar la vida para hacer de ella una experiencia plena de sentido, para dejar una huella de nuestro paso. Está claro que al final de nuestras vidas moriremos. ¿Obvio? No lo parecía hasta hace poco. Lo que importa es para qué vivir. Y eso determinará cómo hacerlo. Mientras tanto, vale citar algo que el doctor Warren Ward escribe en su ensayo: “Un día mi amigo Jason, con quien estudié medicina, me recordó que a pesar de todos los avances médicos y científicos la tasa de mortalidad permanece constante: es de un muerto por persona”.

domingo, 7 de junio de 2020



Crónicas de la peste (13)

La peligrosa política del miedo

Por Sergio Sinay


 La Guerra, Refugiados, Los Niños, Ayuda, Sufrimiento

“Ustedes tengan miedo, nosotros haremos el resto”. Dirigida de gobernantes a gobernados, esta consigna define al miedo como herramienta esencial en el ejercicio contemporáneo de la gobernanza. Así lo resumió Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College y en el Centro de Graduados de la Universidad de Nueva York, durante un debate sostenido en 2014 en el Instituto de Estudios Políticos de Lyon, Francia. El otro participante del debate fue el historiador Patrick Boucheron, del Collège de France, cuya obra se ha centrado en dos temas: la Edad Media y el papel del miedo en la historia humana. La conversación entre Robin y Boucheron fue recogida en el libro “El miedo: historia y usos políticos de una emoción”, con un sustancioso prólogo de Renaud Payre, director del Instituto lionés.
Las ricas ideas de aquel encuentro adquieren un enorme poder revelador en tiempo de pandemias y cuarentenas. Desde el 11 de septiembre de 2001 el miedo se instaló en el campo político, señala Payre, y se inscribe de forma duradera en nuestras sociedades. Junto a otras emociones resulta fundamental en el ejercicio del gobierno. Más aun cuando el propio gobernante lo incentiva para presentarse luego como el garante de la seguridad, y orienta de esa manera las conductas colectivas. El miedo, manipulado con astucia, se convierte en ingrediente del poder. Un buen gobierno no se define ya por sus sensatos principios, por su capacidad de ordenar armoniosamente los naturales desacuerdos sociales, por generar visiones comunes y convocantes, por diseñar la posibilidad de un porvenir en el que cada ciudadano pueda realizar sus potencialidades, sino por su habilidad para suscitar el miedo y, al mismo tiempo, manifestarse capaz de calmarlo. Esto es decisivo. Aquí radica el secreto de lograr desde el gobierno la servidumbre voluntaria de los gobernados, un fenómeno descrito ya en 1548 (y publicado como libro en 1572 a instancias del gran Michel de Montaigne) por el magistrado francés Étienne de La Boétie. En términos contemporáneos se puede advertir que la servidumbre voluntaria incluye también a numerosos intelectuales, medios, comunicadores, científicos y políticos (además de variopintos ejemplares de esa especie llamada “famosos”).
El miedo es una emoción humana natural y se deposita en lo desconocido y en lo que no ocurrió pero podría ocurrir (y ocurrirme). Cuando lo temido sucede, si es que sucede, el miedo deja paso a otras emociones o se transforma en acciones. En sí no es una emoción negativa, pero, como ocurre con todas las emociones, hay formas negativas de expresarlo o gestionarlo. El problema no es el miedo, sino su manipulación, la conversión de lo temido en un fantasma, en una posibilidad indemostrable, pero permanentemente anunciada mediante afirmaciones, cifras, estadísticas siempre cuestionables y veladas amenazas. Como recuerda Renaud Payre, es una reacción emocional que, manipulada políticamente, puede llevar a comportamientos colectivos catastróficos. La política del miedo es un arma de doble filo, porque puede resultar eficaz durante un tiempo (incluso un tiempo relativamente prolongado), pero hay un punto en el cual la conciencia de muchos individuos se sobrepone de modo resiliente a la sumisión, no admite vivir permanentemente a la sombra del temor, lo que significaría simplemente sobrevivir sin horizontes existenciales, y crea otras alternativas. La servidumbre voluntaria, hija dilecta del miedo, es posible cuando se anulan el entendimiento y el pensamiento crítico.
En el encuentro de Lyon, Patrick Boucheron recordó que a lo largo de la historia prevaleció en los gobernantes un lema: hacer temer en lugar de hacer creer. Hacer temer, insistió, es una manera de impedir que se piense y se comprenda, “y esa es seguramente la mejor forma de hacerse obedecer”. La política del miedo tiene dos variables. La vertical, basada en las desigualdades y las jerarquías sociales, y la horizontal, fundada en el temor a algo que viene de afuera, una amenaza, un enemigo que debe ser continuamente avivado o inventado, según el caso. Pero no es nunca la mejor política para el porvenir de una sociedad.

viernes, 29 de mayo de 2020

Crónicas de la peste 12

La posibilidad de la esperanza

Por Sergio Sinay



 Hierba, Pavimento, Ladrillo, Poesía, Piedra

 

En estos días me puse a revisar algunos antiguos textos míos y fui a parar a un prólogo que había escrito, allá por 2013, para un bello e iluminador libro del sociólogo y pensador italiano Francesco Alberoni. El título del libro es La esperanza. Probablemente nunca como en estos días la palabra esperanza haya sido tan dicha, pensada y repetida, despertada de un largo sueño, reivindicada luego de haber sido reducida a sinónimo menor de ilusión, de ingenuidad, de inocencia.

Pero, como dice Alberoni, no se puede entender la esperanza si no se transita su opuesto, la desesperación. En un mundo que se fue deslizando hacia la desesperación (ausencia de esperanza) a fuerza de adorar nuevos becerros, ya no de oro sino de plástico o de siliconas, después de haberse remitido solo a lo inmediato, a lo fugaz, a lo perecedero, en un mundo que de pronto, sorprendido por un virus, terminó de caer, ahora sin disimulo, en aquella desesperación que procuraba ocultar (la desesperación del corazón que extravío el sentido existencial), se desempolva la esperanza. La ley del momento, del primero yo, la ley del fin que justifica los medios, la ley del poder por el poder, la ley del éxito económico, de la especulación financiera y del vacío espiritual, la ley, en fin, de los valores de la bolsa por sobre los valores morales, está suspendida por un tiempo (no sabemos qué vendrá). Esa era la ley imperante en un mundo de puro presente sin raíz, donde no se vive el momento (algo en sí recomendable), sino el instante. Y si todo nace y muere en el instante, no hay memoria, no hay noción de haber recibido algo que debe cuidarse y legarse, no hay proyecto que vaya más allá del propio ombligo. No hay esperanza.

La esperanza se tiende en el tiempo. Es bastante más que el deseo de que a mí me vaya bien, de que yo me salve aunque otros perezcan. Es más que esperar el cumplimiento de un deseo. Es la voluntad de ser parte de un todo, de cuidar ese todo, de trascender a través del encuentro con el semejante y de la huella, así sea pequeña y anónima, que se deja en el mundo, como agradecimiento por haber estado en él. Somos los únicos seres que tenemos noción del tiempo, que nos sabemos hechos de él y, por lo tanto, finitos. Por eso la esperanza. Ella apunta a la búsqueda del sentido que nos permite trascender la finitud. Esa finitud que ahora se nos presenta como innegable.

Confrontados a la incertidumbre, a la vulnerabilidad, a nuestra mortalidad, despertamos de una peligrosa y oscura modorra en la que habíamos llegado a creer que la intolerancia, la discordia, el abandono, el egocentrismo, el individualismo, el materialismo constituyen la naturaleza de la vida. Una naturaleza sin opción. En esa modorra fermenta fácilmente la desesperación Para todos los seres humanos hay un límite en común. La muerte. Y la esperanza no es ajena a este límite insuperable. Ignoramos en qué punto del camino de la vida nos aguarda. Eso nos rebela tanto como su misma existencia. Nada se puede hacer ante este límite. O sí. Elegir de qué modo hemos de vivir. Es mejor no saber cuándo será nuestro final, dice Alberoni en su libro, porque en ese caso viviríamos obsesionados con él. Mientras lo ignoramos, el futuro nos aguarda. Y ante eso, escribe: “La vida se construye sobre la posibilidad de actuar en el futuro y, por lo tanto, sobre la esperanza”.  Frente a eso, nada puede atentar con mayor alevosía contra la esperanza que ser condenados a una espera sin fin, una espera sin promesa, sin visión, a esperar sin saber qué, sin saber cuánto, sin saber para qué. La libertad última del condenado, es en ese caso, la de apropiarse de su destino, y recuperar la esperanza a través de la actitud y de la acción.


viernes, 15 de mayo de 2020

Simplemente, gracias

Por Sergio Sinay


Acción de Gracias,blessings,blessing,holy

 

Un antiguo proverbio chino recomienda: “Cuando bebas agua, recuerda la fuente”. Así como damos por hecho que el agua existe y que siempre contaremos con ella, también solemos considerar como naturales muchas cosas que hacen a nuestra vida. El alimento que nos nutre, el techo bajo el cual dormimos, el lecho en el que lo hacemos, la familia que integramos, los amigos que nos rodean, la salud de la que gozamos. Nos hacemos a la idea de que aquello con lo que contamos, tanto en el plano material como en el emocional y afectivo, es algo que nos corresponde, que debemos tenerlo, que es nuestro derecho. Y que cuando no es así, o cuando algo falta, eso se nos debe. Tendemos a pensarnos como acreedores antes que como deudores. Olvidamos que el agua no es lo menos que se nos debe sino un don que recibimos.

Si vivimos aferrados al papel de acreedores siempre veremos en los otros a deudores y no consideraremos aquello que nos dan o que hacen por nosotros. Pensaremos que eso es “lo menos” que aquellas personas “deben” hacer. La psicoterapeuta existencial y escritora austriaca Elisabeth Lukas da cuenta en su bello libro El sentido del momento de algo muy significativo: “Resulta curioso, dice, que apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento. Las universidades no han caído en el hecho de que se trata de un fenómeno irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de la existencia”. Es verdad. El hecho de que cada noche reposemos en el mismo lecho del cual nos hemos levantado en la mañana es un milagro. Podría perfectamente no ocurrir, nadie nos garantiza que estaremos aquí al final del día. La existencia es frágil, no lo olvidemos. Agradecer es una hermosa manera de recordarlo.

 

No preguntes, agradece

¿Qué nos impide decir gracias con mayor simpleza, mayor naturalidad y mayor frecuencia? Lukas lo expresa así: “Lo impide, por macabro que parezca, el horror que no se ha vivido (…) No haber clamado desde la penuria”. Sin embargo, no debería ser necesario pasar por el horror y el dolor para ser agradecidos. Sobran motivos para la gratitud, cada día, a cada minuto, a partir de que estamos vivos. El gran pensador y médico Víctor Frankl recomendaba agradecer siempre: “Si no sabes por qué agradeces, decía, quien recibe tu agradecimiento lo sabe”.

Gratia se denominaba en latín al reconocimiento u honra que se hacía a otro por un favor recibido. De allí, la palabra gracias. Cada día, si estuvimos atentos, sobraron los motivos para decírsela a alguien. Nos abrieron una puerta, nos alcanzaron un vaso con agua, nos cedieron el paso, nos desearon buenos días, nos preguntaron por nuestra salud, nos enviaron buenos deseos, nos atendieron con buen talante, alguien nos cedió parte de su tiempo y de su atención, recibimos una caricia, nos apoyaron cálidamente una mano en el hombro, nos ofrecieron acercarnos a un sitio, nos esperaron cuando fuimos impuntuales, nos cedieron un asiento, nos recomendaron un libro, una película, un lugar donde comer o donde descansar, nos sonrieron, recibimos la llamada telefónica que esperábamos, recibimos una llamada inesperada que nos alegró, nos hicieron llegar una invitación, nos abrieron la puerta de una casa, nos cuidaron la mascota, invitaron a nuestros hijos, nos dijeron que se nos veía bien. Volverá a ocurrir. Cuando pase este tiempo extraño de confusos confinamientos, volverá a ocurrir. Basta con estar atento, con prestar atención, con vivir despierto para advertir a cada momento una razón para decir “Gracias”.

Un acto de amor

Cuando decimos esa palabra, nuestra gratitud excede el hecho por el cual la expresamos. Agradecemos, en realidad, porque se nos vio, se nos registró, se nos confirmó nuestra existencia, nada menos, a través de la acción que agradecemos. Aquel a quien expresamos nuestra gratitud construyó un puente hacia nosotros y lo cruzó. Pequeños gestos, actos que aparentemente no requieren esfuerzos, actitudes que no son obligatorias, nos van recordando que vivimos entre otros y que nos necesitamos los unos a los otros para confirmarnos (a través de la mirada, la palabra, la escucha, la acción) que estamos aquí, que estamos vivos. Una persona aislada, en una isla  despoblada de todo otro ser humano, llegaría a dudar de su propia existencia.

Quien nos mira, nos habla, nos escucha o tiene un pequeño gesto hacia nosotros  ejecuta, aunque no lo parezca, un acto de amor. De la misma manera, quien dice gracias expresa amor hacia un semejante. Manifestar la gratitud nos hace salir de nosotros mismos y nos lleva a mirar más allá del propio ombligo para descubrir que vivimos en un mundo poblado de otros, de semejantes, de prójimos. Nos rescata del amor propio, que, como señala el filósofo francés André Comte-Sponville, requiere toda la gloria para sí, se alimenta de la omnipotencia (“me basta solo, no necesito de nadie”), niega la vulnerabilidad y con ello niega también la necesidad. Pero ocurre que somos todos vulnerables y que todos tenemos necesidades cuya atención requiere de otros. Por todas estas razones nos debemos agradecimiento.

A menudo es el orgullo el que nos impide expresarlo. El orgullo, primo hermano del amor propio, y tan lejano de la humildad. Dice Comte-Sponville que la gratitud está preñada de humildad, una virtud que no le teme a las propias flaquezas y que tampoco especula ni manipula a partir de ellas. El escritor y militar francés Francois de La Rochefoucald (1613-1680) sentenció alguna vez: “El orgullo no desea deberes y el amor propio no quiere pagar”. Con orgullo y amor propio, pues, resulta imposible ser agradecido.

 

Siembra fecunda

Al reforzar el egoísmo, tanto el orgullo como el amor propio aíslan a las personas, las convierten en islas. Todo lo contrario ocurre con el agradecimiento, que nos conecta a unos con otros, y refuerza la cadena cooperativa que mejora la vida de todos. Bien vale un ejemplo para el caso.  A fines del siglo diecinueve un campesino escocés, hombre muy pobre, andaba por un camino cuando escuchó un grito lastimero que llegaba desde una ciénaga cercana. Un muchacho se hundía en el barro. Le extendió su bastón y logró rescatarlo. Al día siguiente llegó a su choza un carruaje elegante. Era el padre del muchacho rescatado, un miembro de la nobleza, y venía a ofrecer una recompensa. El campesino rehusó aceptar. El noble observó que el campesino tenía un hijo y se ofreció a costear la educación del chico. Esto sí fue aceptado. Algunos años más tarde el hijo del campesino se graduó de médico en la escuela del Hospital St. Mary, de Londres, y su nombre trascendería en el mundo. Fue Sir Alexander Fleming (1881-1955), el descubridor de la penicilina. La historia no termina allí. Mucho tiempo después del episodio en el campo, el hijo del hombre poderoso (el mismo que había sido rescatado del pantano), enfermó gravemente de pulmonía y salvó su vida gracias a la penicilina. El noble se llamaba Randolph Churchill, y su hijo era Winston Churchill.

 Como decía Frankl, entonces, el agradecimiento siempre llega y no busca recompensas a su vez. Jamás se pierde en el vacío. Es una siembra de la que siempre habrá una cosecha fecunda. Todo el tiempo bebemos de fuentes que quizás no siempre conozcamos, pero a las que le debemos gratitud por el agua que nos dan

lunes, 4 de mayo de 2020

Crónicas de la peste (11)

El porvenir de nuestro futuro

Por Sergio Sinay



https://thumbs.dreamstime.com/z/silueta-de-una-cara-masculina-con-preguntas-el-perfil-principal-masculino-y-los-signos-interrogaci%C3%B3n-122086527.jpg

 

 

 En un futuro próximo la pandemia habrá sido superada. En un futuro próximo no habrá cuarentena. Desde ya que decir “futuro próximo” es una tautología (repetición innecesaria de una misma idea). El futuro siempre es próximo, en todo caso varía el grado de proximidad. Acaso la proximidad del final de la pandemia y de la cuarentena no sea tan cercana como algunos desean ni tan lejana como otros temen. Lo cierto es que el futuro está allí, porque en la línea del tiempo, forma parte de una secuencia lógica, que completan el pasado y el presente.

En este presente tan extraño y complejo se ha instalado una idea respecto del futuro. Casi una muletilla, que se repite automáticamente. Y dice que el mundo no será el mismo después de esto que estamos viviendo. Que ya nada será igual en el futuro. ¿Qué porvenir nos espera, entonces? Porque, como bien explica el antropólogo francés Marc Augé, futuro y porvenir no son la misma cosa, aunque se los suela usar como sinónimos. En su ensayo titulado “Futuro”, Augé, cuya mirada sobre el acontecer humano es siempre original y aguda, explica que mientras se vive siempre hay futuro, porque este es necesario para la necesidad de nuestra especie de ordenar los eventos en una secuencia cronológica de causas y efectos. En sí, el futuro no es más que un dato en el tiempo. El porvenir, en cambio, define a los eventos que pueblan (o poblarán) el futuro. Por lo tanto, antes que preguntarnos, como usualmente hacemos, qué futuro nos espera, resulta más acertado inquirir cómo será nuestro porvenir. En tanto seres vivos hay futuro para todos, esto es genérico. El porvenir, en cambio, se definirá a partir de nuestras acciones, decisiones y elecciones en ese futuro.

 

MÁS DE UN PORVENIR

Sostiene Augé que el porvenir nunca puede ser colectivo, porque de serlo congela en el tiempo la vida de cada individuo. Es decir que en el futuro (ese escenario temporal que todos compartimos) cada uno construye su porvenir. Por este motivo, aunque exista coincidencia en que el mundo no será igual después del coronavirus, las visiones acerca de cómo será ese mundo difieren según las cosmovisiones, los valores, los recursos psíquicos y emocionales, las creencias y la actitud de cada persona.

Hay quienes ven en el Covid-19 una especie de mensajero divino que vino a castigar la soberbia, el desenfreno, el derroche, el egoísmo y la conducta depredadora de la especie humana. También se le asigna el papel de vengador ecológico, mediante el cual la Naturaleza se estaría tomando una merecida revancha. Otros lo toman como un enemigo invisible y diabólico que tiene las más aviesas intenciones contra los inocentes humanos y al que, por lo tanto, hay que combatir declarándose en guerra, actitud un tanto excesiva si se considera que el virus es solo una molécula de ácido nucleico y que, como tal, no tiene intenciones ni se le puede adjudicar moralidad a sus acciones. Por lo demás, en las guerras se bombardean y destruyen casas, hay que correr a refugios antiaéreos, se pierde todo rastro de seres queridos, no hay alimentos, se olvidan normas elementales de convivencia, se toman prisioneros, se violan mujeres. Quienes hablan de guerra pasan por alto estas cuestiones y hacen de la cuarentena y la pandemia un alimento para un odio o un resentimiento que probablemente tenga al virus como excusa para emerger, pero no sea su causa.

Para el primero de los grupos aquí nombrados el futuro debería encontrar a la humanidad en un proceso de redención, a partir del cual todos seríamos más buenos, justos, compasivos, solidarios y ecológicamente conscientes. Para los del segundo grupo habría que vencer en esta guerra para poder retomar nuestras vidas en donde las habíamos dejado. O sea, en el punto en el que los egoístas volverán a su egoísmo (que posiblemente no abandonaron durante la cuarentena), los indiferentes a su indiferencia, los injustos a la injusticia. Como en “Fiesta”, la canción de Joan Manuel Serrat, “con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza (…) Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual”.

Quizás ambos estén equivocados y en medio de la gran incertidumbre que nos envuelve lo único cierto sea que el mundo no resultará el mismo, aunque nadie sepa cómo será. Aunque quizás sí pueda afirmarse algo. El mundo será más pobre. Esto en cuanto a lo material. Se habrán perdido empleos y fuentes de trabajo en una dimensión desconocida. Las semejanzas que se quieran encontrar en el pasado serán siempre discutibles, porque los desastres económicos, sanitarios y sociales que ocurrieron en la historia (como el crack del 29, la peste negra en la Edad Media, la gripe española de 1918, y otros) acontecieron en un planeta mucho menos poblado y nada globalizado. Hoy la Tierra tiene más de 7.200 millones de habitantes y la globalización no solo facilita la viralización inmediata y masiva de las noticias falsas, la intolerancia, los insultos, la descalificación y el terrorismo de mercado, sino también de las enfermedades. Se da la curiosa paradoja de que el momento más desarrollado tecnológica, científica y económicamente de la historia humana es el que encuentra a la especie más frágil y vulnerable que nunca.

 

EL MUNDO COMO RESPONSABILIDAD

Esa vulnerabilidad y esa fragilidad habilitan e impulsan un gran desafío. ¿Cómo hacer que un mundo materialmente más pobre se convierta en un mundo espiritual y emocionalmente más rico? La respuesta no requiere grandes recursos económicos ni tecnológicos, pero sí poderosas herramientas morales y una alta dosis de inteligencia emocional. Cuantas más personas estén dispuestas a vivir cooperativamente, a entender que el otro no es una cifra ni un instrumento para ser usado, sino un fin en sí mismo, mejor y más habitable será ese mundo. Cuantas más personas pongan el acento en el ser que en el tener (parafraseando al gran pensador alemán Erich Fromm) y pongan atención a sus relaciones antes que a sus posesiones, ese mundo será emocionalmente mucho más ecológico. Cuantas más personas lleven sus valores a la vida diaria y nos los dejen solo en palabras y declaraciones, más riqueza moral habrá en ese mundo.

Quien dice “mundo” enuncia una abstracción. “Mundo” empieza a significar algo a partir de las personas que lo crean y lo habitan. El planeta no es nuestra creación, pero el mundo sí lo es, porque se trata de una construcción humana que toma al planeta como escenario. Las acciones, elecciones, decisiones y actitudes de cada uno definirán cómo será el mundo de ahora en más, del mismo modo en que lo definieron antes de hoy. Aquí aplica un nuevo refrán: dime cómo es el mundo en el que quieres vivir y empieza a construirlo ya mismo con tu manera de existir, de actuar y de vincularte. Es así, diría Marc Augé, cómo se delinea al porvenir. El futuro es ajeno a nuestra voluntad, mientras vivimos está delante de nosotros. Del mismo modo en que, mientras vivimos, nuestra sangre circula ajena a nuestra voluntad. Pero el porvenir será consecuencia de nuestras acciones. El mundo no será el mismo después de la pandemia. Y cada uno decidirá cómo es mientras forja su provenir.

viernes, 1 de mayo de 2020


Crónicas de la peste (10)

La política del miedo

Por Sergio Sinay




   La cultura del miedo provoca la política del miedo. Esta contundente afirmación pertenece a Leónidas Donskis, historiador lituano de las ideas y analista social. Donskis y el gran sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman produjeron juntos dos libros de enorme lucidez y riqueza intelectual, realizados a manera de diálogo epistolar: Maldad líquida y Ceguera moral (al cual pertenece la frase inicial de esta columna). Donskis joven y Bauman ya anciano murieron con diferencia de tres meses, entre septiembre de 2016 el primero y enero de 2017 el segundo, empobreciendo el bagaje de moral e inteligencia de una humanidad ya pobre en estos rubros.
   Que la cultura del miedo provoca la política del miedo quedó claro en estos tiempos de pandemia y cuarentena. Las fuentes del temor humano son tres: la naturaleza y sus fenómenos, nuestro cuerpo y lo que pueda ocurrirle y las reglas y leyes que nos limitan. También las razones que alimentan el miedo continuo son tres: la ignorancia (no saber qué pasará, desconocer las verdaderas causas de lo que pasa), la impotencia ante lo que ocurre y la humillación al advertir que eso que sucede fue provocado por nosotros mismos o que no supimos preverlo. Donskis y Bauman decían esto en 2013, seis años antes del coronavirus. No eran profetas, simplemente radiografiaban con lucidez el estado del mundo contemporáneo. Un mundo en el que a cambio de seguridad (y presas del temor) podemos hipotecar nuestra libertad y nuestros derechos, y en el que mediante la perversa manipulación del miedo se puede controlar hasta nuestra más íntima privacidad. Se llama cuidado al control y a la vigilancia.
   El padre de todos los miedos es, desde siempre, el temor a la muerte. Sabemos de nuestra finitud y huimos de esa certeza por infinidad de puertas falsas: consumismo, hedonismo, egoísmo, indiferencia, intolerancia a lo distinto y al diferente, violencia, discriminación, voracidad. El peor miedo es a pasar por la vida sin dejar huella, sin haber descubierto un sentido en ese tránsito. Huimos, y en esa fuga no dejamos rastro de nuestra existencia. Porque, como decía Víktor Frankl, el sentido de una existencia se plasma cuando vivimos para algo o para alguien.
   Vivir para algo y vivir para alguien podría inspirar otra política. La de la esperanza. Pero esa política necesita de un tipo de líderes morales que hoy están ausentes. Porque mientras el miedo paraliza, induce a esconderse, a callar, a no perturbar a quienes lo provocan, la esperanza moviliza, inspira visiones, impulsa a buscar herramientas y caminos para realizarla. Para la política del miedo bastan el control, el terrorismo informativo, la amenaza de lo que te ocurrirá si te mueves. Para la esperanza se necesita coraje, liderazgo (no es lo mismo liderar que mandar) e inspiración. La esperanza no da garantías, pero mira al porvenir. Abre puertas y ventanas en donde el miedo las cierra. Es más fácil controlar a quien tiene miedo que a quien tiene esperanza. El esperanzado pide instrumentos, abre caminos, obliga a pensar de un modo nuevo. No ignora los riesgos, pero los prefiere a la quietud infinita, tan parecida a la muerte en vida. El esperanzado perturba. Y quienes controlan la política del miedo le temen. Temen que su ignorancia quede en evidencia cuando deban inspirar algo más que miedo.

jueves, 23 de abril de 2020


Crónicas de la peste (9)

No es la bolsa o la vida

Por Sergio Sinay



   En sus “Fábulas fantásticas” (también traducidas como “Fábulas feroces”), el escritor y periodista estadounidense Ambrose Bierce (1842-1914), cuenta la historia de un forajido que asalta a un viajero al grito de “¡La bolsa o la vida!”. El hombre responde: “Según usted mi dinero salvará mi vida o mi vida salvará mi dinero. Tomará una de las dos cosas, pero no ambas. Le ruego entonces que tome mi vida”. Desconcertado el asaltante dice: “No puede salvar su dinero renunciando a su vida”. Y el viajero replica: “Tómela de cualquier modo, porque si no sirve para salvar mi dinero, no sirve para nada”. Sin su vida no necesitaba el dinero y sin dinero no encontraba razón para vivir. Fascinado por este razonamiento, el ladrón le perdonó la vida, se hicieron socios y con la bolsa fundaron un periódico.
   El breve relato de Bierce, pluma feroz e indomable, quien desapareció misteriosamente en México y fue autor prolífico de verdaderas joyas reunidas en libros como “El diccionario del Diablo”, “El club de los parricidas” o “El puente sobre el Río del Buho”, aplica en cierto modo a una antinomia que el coronavirus puso en la picota. Salud o Economía. Expresado así es un enunciado abstracto, desprovisto de todo rastro de empatía, comprensión, compasión y sentido común. Salud y economía nada significan si no se relacionan con seres humanos. Son las personas quienes padecen enfermedad o gozan de salud, son ellas quienes producen, comen, crean, proyectan y expresan capacidades y dones a través de una suma de complejos y variados procesos que se denominan economía. Si se toma en cuenta el lado humano de la dicotomía, en el caso de que haya que eliminar uno de los términos para que cuaje la ecuación lo que se estará sacrificando, en definitiva, son vidas humanas.
   El filósofo británico Nigel Warburton, de la Universidad de Bristol y doctorado en el Darwin College, de Cambridge, dedicó su libro “Pensar, de la A a la Z” a las falacias lógicas, esas trampas del razonamiento que atentan contra el pensamiento crítico. Y define a la “apelación a la autoridad” como una de ellas. Consiste, según Warburton en “tener por verdadero un enunciado simplemente porque una autoridad en la materia ha afirmado que es verdad”. Cuando no se sabe hay que recurrir a los expertos, advierte, pero aun en esos casos un grado de escepticismo puede ser saludable, dado que incluso la opinión de un especialista puede partir de premisas falsas, de un razonamiento erróneo o de intereses creados. Los expertos lo son en un área específica, dice Warburton, y hay que cuidarse de creer que porque saben de un tema saben de todo.
   El coronavirus es, en principio, cuestión sanitaria, pero los efectos de la pandemia y de la cuarentena subsiguiente son también económicos, sociales, psicológicos, vinculares, ecológicos, laborales y éticos. Cuando se apela a opiniones de especialistas en solo una de esas áreas para decretar medidas que afectan a millones de personas, y se excluye de los “comités de expertos” a quienes son conocedores de las demás facetas, es probable que se incurra en una falacia lógica. En la exhaustiva y profunda entrevista que el presidente de la Nación otorgó a Jorge Fontevecchia, el mandatario dejó una frase de fuerte poder comunicacional, pero discutible. “Prefiero un 10% más de pobres y no 100 mil muertos”. Los 100 mil muertos son una especulación incomprobable, pero los efectos de la pobreza no lo son. También provocan muertos el hambre, las enfermedades infecciosas derivadas de condiciones ambientales, la depresión, infartos y suicidios por pérdida de empleos, de ahorros, de proyectos de vida o por una caída súbita y extrema en la escalera social. ¿Alguien quiere un 10% más de eso? Las estadísticas no miden estas muertes y quienes desde sus cómodos aislamientos piden mano dura en la cuarentena (o la festejan), convirtiendo a todos los demás en sospechosos, tampoco las registran. 
   La antinomia entre salud y economía puede ser falaz, y no hay ganancia en ninguna de las alternativas si se las desgaja de las personas y de su dignidad. Por supuesto, esta historia no terminará, además, en la fundación de un periódico.