domingo, 12 de abril de 2020


Crónicas de la peste (5)

Descubrimientos

Por Sergio Sinay





   De pronto descubrieron el azul. El verdadero, no el velado y neblinoso al que se habían acostumbrado. Ni siquiera el de Van Gogh. No. El azul verdadero. El del cielo liberado. El cielo sin pestilencias. El cielo sin basura. Y, como en el principio de todo, cuando lo descubrieron los ganó el asombro.
   Descubrieron también el aire. Simplemente el aire, no esa turbia densidad que hasta entonces aspiraban. El aire, esa liviandad balsámica, sutil, inatrapable. Los mareó la desconocida tersura del oxígeno acariciando sus pulmones. A la par de ellos, también las plantas del planeta respiraron, abandonaron el encogimiento con el que se defendían, dejaron de sobrevivir, se elevaron, desplegaron hojas, frutos y frondas. Vivieron.
   Fue entonces cuando descubrieron el silencio. Esa vasta y suave cavidad en la que el universo deja gotear notas y melodías imperceptibles que solo se captan en quietud y con paciencia. Y al principio ese descubrimiento lastimó sus oídos abstinentes de bullicio y de maltrato. Pero luego los acunó y les devolvió el sueño y los sueños. Porque habían dejado de soñar y de ensoñar.
   En eso estaban cuando descubrieron el tiempo. No el que los atrapaba y sometía en relojes y calendarios, en segundos, minutos, días, semanas, meses y años. Descubrieron el tiempo del que estaban hechos, en el que no habían reparado, en el que se tejían su memoria, sus anhelos, sus sensaciones, sus sentimientos. El tiempo quieto, infinito. El que no se mide, ni se pierde, ni se ahorra.     El inmenso mar en el que flotaban desde siempre, ese círculo perfecto. Círculo, no flecha, no recta. Y se abandonaron sin temor en el tiempo. Reposaron al fin, sin alerta. Sin urgencias. Dejaron de vivir en el instante fugaz y comenzaron a vivir en el eterno presente.
   Y fue esa la hora en que descubrieron que había a su lado presencias encarnadas. Presencias con volumen, temperatura, olor, textura. Seres vivientes. Prójimos. Habían usado mucho esta palabra, pero sin comprenderla. Y ahora dejó de ser un sonido más. Fue presencia. Contacto significaba ahora existir con otros. Ya no más una lista irreal en una pantalla en donde la vida había sido hasta entonces un simulacro. Una virtualidad.
   Sus mascotas, según descubrieron, no eran juguetes. Eran seres vivientes, con necesidades. Eran presencias. Eran compañía. Eran interlocutores. Eran seres necesarios.
   De pronto, en cada día de la larga cadena de días, descubrieron pequeñas cosas que, enlazadas con hilos invisibles y misteriosos, terminan por ser la vida. La vida. Ese territorio que solían sobrevolar sin pisar. Ese escenario que se había hecho ajeno, sin que les importara.
   Todo eso, y más, descubrieron. Tuvieron tiempo para hacerlo. Y a medida que lo descubrían pasaban del asombro al agradecimiento. Se juraron cada uno a sí mismo y cada uno a los demás que no volverían a olvidarlo. Que no necesitarían volver a descubrirlo, porque lo habían aprendido para siempre.
Y cuando la suma de los descubrimientos los alcanzó a todos, cuando nadie quedó al margen del asombro, de la portentosa revelación, llegó el final.
   Ellos, los asombrados, los maravillados, se extinguieron, como antes se habían extinguido otras especies.
   No los eliminó esa minúscula molécula contra la que se habían declarado en guerra. Ocurrió, simplemente, que no pudieron sobrevivir a lo que habían descubierto. No estaban preparados para vivir con los pequeños y extraordinarios fenómenos que se habían desplegado ante ellos. Habían desarrollado defensas contra el pequeño enemigo, pero no contra esto. Como peces fuera del agua, no podían existir en el entorno ahora liberado de la devastación que ellos mismos supieron sembrar durante tanto tiempo.          Indefensos ante lo simple y maravilloso, se extinguieron. No eran inmortales, como alguna vez creyeron.

miércoles, 8 de abril de 2020


Crónicas de la peste (4)

Portadores asintomáticos

Por Sergio Sinay



En la vida anterior al coronavirus podían engañar. Se los veía como personas normales. Trabajan, tienen familia, amigos, viven solos o en pareja, saludan a los vecinos, hacen compras, viajaban en transportes públicos o conducían sus autos. En las reuniones de consorcio de los edificios o de los country donde viven eran activos y participantes (algunos más que otros). Incluso durante la cuarentena, hasta ahora, pasaban inadvertidos, disimulados entre centenares de miles de personas recluidas en sus casas. Pero eran portadores asintomáticos. Solo necesitaban de un disparador, un motivo para que se manifestaran los virus que anidaban en ellos. Virus destructivos como pocos, devastadores. Los virus de la intolerancia, de la ignorancia auto infligida, de la miserabilidad extrema. Virus de los que nunca se curarán, porque una vez que salieron a la luz lo hicieron a través de acciones imperdonables, de las que no se vuelve.
Estos portadores asintomáticos ya no son asintomáticos. Su peste interna salió a la luz. Son esos que amenazan a médicos, enfermeras, farmacéuticos o trabajadores de la salud que viven en sus edificios o en sus barrios. Estúpidos irrecuperables que un día quizás podrán necesitar de esos mismos a quienes hoy atacan y discriminan. Cobardes que no dan sus nombres, que actúan en manada. Quizás haya que agradecer al Covid-19 que los haya puesto a la luz. Que nos permita saber de ellos, porque su cobardía de hoy no los mantendrá en el anonimato mañana, cuando la pandemia haya pasado y se sepa quienes son (sus propios vecinos ya lo saben).
No hay que olvidar, sin embargo, que estos canallas son emergentes. Así como en tantas personas emerge hoy la solidaridad, la empatía, la generosidad, la compasión, la comprensión, la confraternidad y la aceptación, esta escoria representa a otros que aun siguen asintomáticos. Porque la condición humana está hecha de miseria y grandeza, de canalla y santidad, de coraje y cobardía, de entrega y egoísmo, de altruismo y mezquindad, de luz y de sombra. Toso eso nos habita. En cada acción de nuestra vida, en cada elección o decisión, elegimos una cosa o la otra. No hay inocencia. Hay responsabilidad.

lunes, 6 de abril de 2020

Transar no es donar
Por Sergio Sinay

Sobre donaciones engañosas a la sombra del coronavirus



   Algunas marcas y empresas hacen donaciones en estos días. Las hacen tanto en dinero como en productos, para colaborar en las acciones contra el coronavirus. Y aprovechan la oportunidad para publicitarse al divulgar esas donaciones, a través de la televisión, en primer lugar, y otros medios (Unidos por Argentina operó como una gran vidriera en ese sentido). Parecen “noticias”, pero es publicidad. Y, hay que decirlo, no son donaciones. Una cosa es una donación y otra muy diferente es una transacción.
   Donar es dar algo propio a cambio de nada. Donación es desprendimiento, es ceder algo de uno mismo para bien de otro, sin la espera de una contraprestación, sea monetaria o de cualquier tipo. Hay parentesco entre la donación y la generosidad, aunque, como decía Aristóteles, es generoso quien da lo que él mismo necesita, mientras en el caso de la donación lo entregado puede o no ser algo que quien dona necesita para sí.
   Si estas marcas y empresas realmente donaran, lo harían en silencio, sin acciones publicitarias y de comunicación que las hagan visibles. Pero lo que están haciendo es una transacción. Donar a cambio de que se sepa, de que se haga público, de que les genere reputación y visibilidad. No lo inventaron ahora, es parte de eso que se suele llamar RSE (Responsabilidad Social Empresaria), un concepto bastante engañoso y discutible por lo demás. Pero ocurre que ahora no parece ser el mejor momento para acciones de marketing subliminal. Alguna vez hay que parar la mano, desempolvar algún valor moral y ponerlo en práctica. No se puede transar siempre. Esta es una gran oportunidad para donar. Donar de verdad, en silencio, pensando en el bien del otro y no en el provecho propio.
   Claro está que no se puede pedir actitud moral a las marcas y empresas, porque ellas son abstracciones. Pero sí a sus responsables, porque son seres reales, encarnados.

jueves, 2 de abril de 2020


Crónicas de la peste (3)

No estamos en guerra

Por Sergio Sinay




   En la sociedad en que vivimos se naturalizó el lenguaje bélico. Estamos siempre en guerra. Contra el miedo, contra el cáncer, contra el hambre, contra la obesidad, contra la edad, contra el desempleo, contra el refugiado, contra el insomnio, contra la ansiedad, contra la inflación. Contra lo que sea. Ese lenguaje lo usan todos. Gobernantes, científicos, publicitarios, políticos, y los ciudadanos rasos. Todos. Parece que no podemos vivir sin un enemigo. Y que no concebimos la solidaridad, la cooperación, la compasión o el amor si no es uniéndonos para ese combate. Siempre tiene que haber algo o alguien enfrente, algo o alguien que nos amenaza. Lo peor es que la mayoría de esas guerras son contra fantasmas. Y las perdemos. Pero no aflojamos, seguimos declarándonos en guerra.
   Ahora es contra el coronavirus.
   Pero no. No estamos en guerra. Terminemos con esa estupidez que solo sirve para crear paranoias y paranoicos, sospechados y sospechosos, enemigos imaginarios, fantasmas. Y además es una falta de respeto a quienes viven o vivieron guerras reales, con bombas destruyendo sus hogares, confinados en campos de exterminio, huyendo sin destino, carentes de alimentos, presas del horror. No estamos en guerra. Nadie bombardea nuestras casas, salimos a hacer compras, tenemos internet, cable, nos conectamos (no quiero decir comunicamos) con amigos y familiares. ¿Qué guerra? Apareció un virus que demostró hasta qué punto un mundo de industrias, mercados y gobiernos que viven de negocios como las armas, la enfermedad, el lujo, el turismo depredador, la destrucción ecológica y el consumo desenfrenado habían descuidado la salud y la vida. Esos mismos gobernantes irresponsables desenvainan ahora, una vez más, el lenguaje bélico. Ellos, los cobardes que cuando declaran guerras verdaderas mandan a otros a morir en los frentes.
No estamos en guerra. La inmensa mayoría de nosotros (salvo las honrosas y dolorosas excepciones de quienes sobrevivieron a guerras verdaderas) no tiene la menor idea de lo que es una guerra. Solo la vio en películas. Entonces, paremos la mano. No estamos en guerra, ni somos héroes.

martes, 31 de marzo de 2020


Crónicas de la peste (2)

Atender necesidades, eliminar deseos

Por Sergio Sinay



   Salimos poco (o nada, según el caso). Gastamos poco (lo necesario para comer, algún medicamento imprescindible). Usamos ropa de entrecasa y lavamos menos. No gastamos en combustible, en salidas a comer afuera, en antojos que se nos despiertan al pasar por una vidriera o un kiosco. De pronto descubrimos una verdad elemental y vieja como la especie. Las necesidades humanas son pocas: alimento, techo, abrigo, agua, reconocimiento, pertenencia, amor, realización. Las de la pirámide que diseñó sabiamente el terapeuta existencial Abraham Maslow (1908-1970) a mediados de los años 40.
   Una necesidad es algo que no puede ser desatendido, si no es a altos costos individuales o sociales, psíquicos, emocionales y físicos. Lo demás son deseos. Las necesidades verdaderas son pocas. Los deseos son miles, millones. Vivimos en un mundo en el que, como a animales de laboratorio, se nos incita a desear haciendo pasar perversamente deseos por necesidades. Animales amaestrados para el consumo. Como los perros de Pavlov, siempre listos para responder al estímulo publicitario y marketinero.  
   Quizás aprendamos a vivir con menos, con lo necesario, y a estar más disponibles para lo importante. Tenemos muchos días por delante para desintoxicarnos de consumismo y para revisar nuestras verdaderas necesidades y tirar al inodoro los deseos banales, superfluos, tóxicos. O podemos sufrir síndrome de abstinencia, desesperación por no poder saciar deseos, esperar el fin de la pandemia para volver a lo mismo. Son elecciones personales. Cada uno dirá.

viernes, 27 de marzo de 2020


Crónicas de la peste (1)

Elogio del miedo

Por Sergio Sinay



    El peor miedo es el miedo al miedo. Ocultarlo, disfrazarlo, disimularlo. El miedo no es zonzo. Se presenta cuando hay algo que lo dispara. Es una emoción natural, viene en nuestro kit de vida, junto con todas las emociones. No hay que expulsarlo. Hay que escucharlo. Dice algo. En primer lugar, dice: “Cuidate”. Cuidate de eso que enfrentás o que te enfrenta. Revisá tus recursos. ¿Están a la altura de la situación? ¿Están actualizados? ¿Hay que aumentarlos? ¿Hay que reforzarlos? Si los recursos están a la altura, seguimos adelante. Si hay que actualizarlos o reforzarlos, nos tomamos un tiempo, nos preservamos mientras los ponemos al día. Si no los tenemos, exploramos dónde o de quién obtenerlos. Pedimos ayuda, enseñanza, orientación. Y si, pese a todo, no hay manera de equiparar los recursos con la situación a enfrentar, nos retiramos. No por cobardía, sino por inteligencia.
    En todos los casos decimos “Gracias” al miedo. Le agradecemos su aparición, sus preguntas, su mensaje. Ha cumplido su función. Cuidarnos. Entonces se retira. Porque no podemos vivir con miedo. Pero tampoco sin él. Necesitamos del miedo. No del que nos paraliza, sino del que nos actualiza, el que nos induce a explorarnos. El que no nos saca de la vida, sino que nos estimula a vivirla con inteligencia, con sabiduría, con aprendizaje.
    Quien no tiene miedo no es valiente. Es inconsciente. El verdadero valiente toma decisiones tras haber dialogado con el miedo. Y le pide que no lo abandone. Que sea su permanente y cuidadoso compañero. El miedo acepta ese lugar, pero con una condición. No ser confundido con la paranoia. Y tiene razón. No lo merece. El miedo funcional aclara la mente, mejora las ideas. La paranoia enceguece, crea confusión y falsos enemigos. Diseña fantasmas. Tengamos miedo. No seamos paranoicos. El miedo es socio de la razón. La paranoia destierra a la razón. Nos deja sin uno de los mejores recursos de la condición humana.

viernes, 13 de marzo de 2020


Virus y estupidez
Por Sergio Sinay

Quizás el pequeño microorganismo que siembra terror pueda también ayudarnos a pensar y a revisar algunas cuestiones que tenemos postergadas.




Un virus no habla, pero puede ayudar a pensar.
Pienso que el planeta no está en peligro. Existió antes que los humanos y seguirá existiendo. En todo caso es la Humanidad la que está en peligro por mérito propio. Y desde hace rato. El planeta se las arregló y se las arreglará sin humanos.
Pienso que la Naturaleza, así como la vida, no es buena ni mala. No es moral. No es rencorosa. ES. Por lo tanto, el virus no es una venganza de la Naturaleza por lo que le “hacemos”. El virus es solo un revelador de la estupidez humana.
Pienso, como dice el gran historiador y economista italiano Carlo Cipolla (1922-2000) en su imperdible Las leyes fundamentales de la estupidez humana, que el estúpido se reconoce porque daña y se daña. Estudios serios muestran que cada vez más virus que vivían fuera del organismo humano se están mudando a nuestros cuerpos debido a la deforestación masiva y a otras destructivas estupideces humanas producto de la ambición, de la avaricia, del egoísmo, de la voracidad materialista. Al perder sus hábitats naturales (especies vegetales y animales en extinción por la acción humana) los virus mutan y se mudan. Somos su nueva casa.
Pienso que todo lo anterior no es una “venganza” del virus. Como nosotros, y como cualquier organismo vivo, el virus quiere vivir y busca en dónde. Estúpidamente nos ofrecemos como hábitat.
Pienso que los antiguos griegos eran indudablemente sabios. Nada nuevo hay desde ellos. En su mitología y su filosofía está todo. Hablaron hace 25 siglos de la Hybris. Esto es el pecado de soberbia. Y de la Némesis, consecuente castigo que recibe la Hybris. Se referían a la soberbia de los humanos al creerse dioses.  Y al castigo conque los dioses verdaderos los ponían en su lugar.
Pienso que nunca como en estos tiempos de desmedida euforia tecnológica, científica, económica y consumista la Humanidad había alcanzado semejante grado de soberbia, semejante pretensión de ser dioses. Y ahí está su némesis bajo la forma de un invisible microorganismo. Que se llama, además, Coronavirus. Es decir, es él quien lleva la corona y no los soberbios que se creyeron dioses. Cruel ironía, creerse tan fuertes e indestructibles y ser tan débiles y frágiles.
Pienso que después del virus algunos habrán recapacitado sobre cómo vivimos, cómo nos vinculamos, cómo nos venimos desentendiendo del otro, como venimos creando paraísos artificiales en los que reina el egoísmo, la voracidad consumista, la indiferencia. 
Y pienso que muchos más, acaso la mayoría, olvidarán rápidamente la histeria y la paranoia que los llevó a actuar de maneras ridículas y patéticas, a dejar de pensar, a decir y difundir gansadas, a tomar medidas insensatas, a mostrar su incapacidad de gobernar o de gestionar, y regresarán, desmemoriados, a la estupidez de cada día. Hasta el próximo virus.

jueves, 20 de febrero de 2020


Causas y razones
Por Sergio Sinay

Buscamos causas y dejamos de explorar razones. No son lo mismo. Unas nos llevan al pasado, las otras nos impulsan al porvenir.



Algunas experiencias humanas tienen causas y otras tienen razones. Causas y razones no son la misma cosa. Así lo explicaba, en El hombre doliente, Víktor Frankl. Si lloro al pelar cebollas hay una causa, no una razón. Si lloro por la muerte de un ser querido hay una razón. A cuatro mil metros un alpinista puede sentir mareos y angustia por falta de oxígeno; es una causa. O puede angustiarse porque se sabe mal entrenado y siente que no logrará su meta: es una razón. Si río porque me hacen cosquillas, estas son la causa de mi risa. Si río porque celebro con alegría el encuentro con mi amada, mi risa tiene una razón.
Vivimos un tiempo plagado de causas.  Ansiosos, impacientes, incapaces de navegar en la incertidumbre, de estar abiertos al rumbo de la vida, buscamos o pedimos la causa de cada cosa que ocurre o nos sucede. Causas que nos tranquilicen. Eso en cuanto a la causa entendida como motivo. Y también nos embanderamos en causas, a veces de manera fanática, intolerante, intemperante, autoritaria sin sostenerlas con razones.
En la búsqueda del sentido de la propia vida las razones son más importantes que las causas. Es por eso, quizás, que a menudo las causas que creemos encontrar o que nos proveen los vendedores de certezas tienen el mismo efecto que un analgésico. Nos tranquilizan o adormecen por un breve tiempo, pero al no ser razones no impiden el regreso de la angustia. El médico y logoterapeuta Gerónimo Acevedo explica en su libro El modo humano de enfermar que el sufrimiento humano no es sólo un síntoma, sino una experiencia personal a la que es necesario acompañar para encontrar su razón (no meramente su causa). Y describe a la salud como el desarrollo del ser en su esencia y sentido, como la capacidad de respuesta ante la dolencia y no como la ausencia de dolencias. Al buscar denodadamente causas creemos que con ellas desaparecerán las dolencias, del cuerpo y del alma. Pero “encontrar un sentido existencial no es la causa de la salud sino el motivo para tenerla”, dice Acevedo. “Y la medida de la salud no viene dada por la ausencia de crisis sino por la capacidad de superarlas para instaurar un nuevo orden funcional”.
Hurgamos tratando de encontrar causas para las enfermedades, para las crisis políticas y económicas, para la violencia, para el malestar psíquico que se extiende como plaga en la atmósfera social cotidiana. Se gastan palabras, desfilan los especialistas con sus explicaciones. Y todo sigue allí, igual o peor. Quizás se trate, entonces, de buscar razones para vivir, convivir y relacionarnos de otra manera, de explorar las razones para las cuales disponemos de una vida. Las razones invitan a mirar hacia el porvenir. Las causas nos obligan a mirar hacia atrás. Las causas solo explican (y no siempre). Las razones inspiran.

lunes, 10 de febrero de 2020

La hora de los hombres
Por Sergio Sinay

No es con una guerra de sexos y géneros como se creará una sociedad más justa y equitativa, sino en una permanente y comprometida cooperación de todos y todas. Desde el dolor, hay hombres que empiezan su tarea.




Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Madres del Dolor, Liga de madres de familia, Red de mujeres judías argentinas, Liga de mujeres evangélicas, asociaciones de madres solteras y toda una larga serie de organizaciones nuclean desde el dolor por pérdidas injustas, desde la vivencia cotidiana de la inequidad y desde la voluntad y la esperanza de mejorar el mundo recibido, a mujeres de diferentes edades y condiciones sociales, económicas y culturales. Muchas de las causas que las reúnen, de los sufrimientos que comparten y de las razones que las agrupan y las impulsan afectan por igual a los varones. Sin embargo, las voces que estos hacen oír en ámbitos deportivos, económicos, políticos o tecnológicos se convierten en resonantes silencios cuando se trata de cuestiones que las prácticas culturales han consagrado como “femeninas”: los hijos, el cuidado, la crianza, la salud, la alimentación, el sufrimiento, los emprendimientos solidarios, la ecología. No es que no haya hombres allí, pero son los menos. Como si los temas y causas que involucran sentimientos, vulnerabilidad, emocionalidad al desnudo, incertidumbre, fueran riesgosos y pudieran amenazar las fortalezas y armaduras “masculinas”.
 Alrededor de asuntos lacerantes, como la muerte violenta de un hijo, la violación de una hija, las condiciones infames en que se producen tantos nacimientos, la caída de hijos en la drogadicción, la controvertida cuestión del aborto legal, la disparidad salarial y de oportunidades laborales y profesionales que padecen las mujeres o el desempleo femenino (que supera en número al de varones), por nombrar apenas algunos, la pasividad, la inacción y el retiro masculino es inocultable. Como si los manchones de injusticia, inequidad, discriminación y violencia que tiñen a la sociedad e intoxican la atmósfera colectiva no afectaran a todos sus integrantes, sin distintos de sexo y de género. Ese silencio masculino es disfuncional y nocivo para unas y otros (no usaré el lenguaje “inclusivo” (?), empobrecedor del rico idioma del que disponemos, del entendimiento y de la realidad). Ese silencio, en fin, es una enorme deuda de los varones hacia la sociedad en su conjunto, incluidos los propios hombres.

DOLOR MASCULINO
Un encomiable intento de empezar a saldar esa deuda se produjo recientemente, cuando se lanzó en La Plata una convocatoria a los hombres dispuestos a luchar contra el machismo. Como suele ocurrir con tantos agrupamientos de mujeres, el dolor disparó el movimiento. Jorge Taddei y Manuel Iglesias aparecieron encabezando este emprendimiento auspiciado por Casa Abierta María Pueblo, el refugio para mujeres, niñas y niños víctimas de violencia, que trabaja desde hace 25 años en la ciudad con reconocimientos de la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Taddei e Iglesias perdieron una hija (Wanda Taddei asesinada por el baterista del grupo Callejeros Eduardo Vázquez) y una hermana (Laura Iglesias, violada y estrangulada en Miramar) a mano de otros hombres. Pasaron años desde entonces, el tiempo que les llevó decir “basta” e iniciar esta convocatoria a todos los varones dispuestos a tomar acciones concretas contra la violencia machista. Porque, aunque las víctimas más visibles de esa violencia sean mujeres y niños, resultan muchos los varones lastimados por ese fenómeno (que incluye, en el caso de ellos, el asesinato, los mal llamados “accidentes”, las demostraciones pueriles y salvajes de machismo en banda, la violencia y el autoritarismo en el ámbito laboral y muchas otras modalidades, sin dejar de lado la guerra en todas sus formas).
Según explicaron Taddei e Iglesias en el lanzamiento de esta iniciativa, la sociedad está hoy lo suficientemente sensibilizada como para que el silencio y la inacción de los varones ya no tenga justificación. No estaban solos. En el lanzamiento los acompañaron muchos otros hombres, entre ellos Miguel Pereyra, padre de Marisol, una de las víctimas del cuádruple crimen de La Plata en 2011; Luis Basualdo, padre de Marcela, asesinada en Punta Lara en 2004 junto a su pareja. También los padres de Natalia Melmann y de Carolina Aló, y Hugo Capacio, padre de Dayana, asesinada en 2012 por su novio en Rosario. Darío Witt, abogado y fundador de Casa Abierta María Pueblo, dijo en la oportunidad: ““Creemos que para muchos hombres es importante que el mensaje llegue desde los hombres. Porque nosotros reproducimos esa estructura y esa violencia. Entonces, si no hacemos nada, somos cómplices”.

UN COMPROMISO COMÚN
Probablemente es allí donde está la clave para un cambio de paradigma en este tema que no admite más indiferencia ni postergaciones. En que los varones comprendamos que es a nosotros a quienes nos cabe la responsabilidad de una transformación. Del mismo modo en que las mujeres tomaron los riesgos y asumieron el compromiso de hacer oír sus voces, poner en evidencia inequidades, injusticias y violencia que las afectan y comenzaron una larga marcha que acaso llevará más de una generación. Para los hombres la tarea tendrá características propias. No se trata de “copiar” al feminismo ni de empezar desde la culpa (como tampoco es bueno para las mujeres centrarse en la victimización). Es responsabilidad y no culpa lo que se necesita. Las mujeres marcharon desde lo privado, lo encerrado, lo doméstico hacia lo público, lo visible, lo abierto, lo social. Los varones, a cargo de la vida pública, económica y política durante generaciones, deberemos hacer el camino inverso. Ese camino es más solitario, requiere de cada varón ingresar en un mundo poco conocido y transitado, el de sus emociones, de sus debilidades, de su sensibilidad, su espiritualidad. Conectarse desde allí con territorios inexplorados (crianza, funciones domésticas, salud, educación, cuidado de los otros, cooperación en lugar de competencia) y permanecer en ellos un buen tiempo, hasta que comiencen a ser familiares. Es una tarea individual, dura, desconocida, en la que quienes entraron lo hicieron desde el dolor y la pérdida. Habrá que entrar ahora desde la esperanza, desde la testosterona espiritual antes que la física. Esto requiere un nuevo tipo de coraje.
Cuantos más hombres emprendan la tarea, más seremos los varones en condiciones de trabajar junto a las mujeres, respetando nuestras diferencias y honrando lo más enriquecedor de ellas, para vivir en una sociedad más equitativa, menos violenta, más cooperativa, más amorosa y esperanzada. “Hablo como padre, es un antes y un después no sólo porque es tu hija, sino porque cuando empezás a entender vas aprendiendo que el asesino de tu hija es producto de una sociedad de la que vos también sos parte”, dijo Taddei aquel martes 21 de enero, dando una prueba de ese coraje.
Con esas palabras convergen las de Carola Labrador, madre de Candela Rodríguez, la nena secuestrada y asesinada en Hurlingham en 2011, quien apoyando esta campaña, dijo: “Tiene que ser en conjunto, es entre hombres y mujeres, necesitamos apoyarnos, porque no todos los hombres son femicidas y si bien el feminismo consiguió mucho, necesitamos de los hombres”. Aunque haya quienes desde el sectarismo no lo entiendan así, no se trata de mujeres contra hombres o viceversa, sino de un compromiso común e impostergable.

viernes, 7 de febrero de 2020

El valor de la actitud
Por Sergio Sinay

Solemos detenernos en la pregunta acerca de por qué nos pasan las cosas que nos pasan. Y quizás lo importante no es por qué ocurren esas cosas, sino cómo actuamos ante ellas.




Es mejor encender una vela que maldecir las tinieblas
Confucio

“Si te tocó es porque sos capaz de afrontarlo". Esta es una frase muy común con la cual se intenta consolar a quien atraviesa una situación difícil. Como otra, de frecuente auto aplicación: “Me toca vivir esto porque algo tengo que aprender”. Si fuera así, si las situaciones difíciles llegaran para que aprendamos algo, serían parte de un programa y no habría manera de evitarlas. En ese caso nuestra vida marcharía por un sendero predestinado, con poco o ningún margen para nuestra libertad y nuestra responsabilidad. Sólo nos quedaría responder como buenos o malos aprendices ante eso que nos “tocó”. Lo cierto es que, paso tras paso, en la vida nos “toca” algo, y nunca sabemos de antemano de qué se trata. Pero nos obligamos a saber, a descubrir el supuesto sentido oculto de esa circunstancia. Necesitamos una explicación, y si no aparece la construimos. Hasta llegamos a decir que lo intuíamos, que sabíamos que lo que pasó iba a pasar. Es lo que el ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb (autor de El cisne negro y Antifrágil) llama “post-explicaciones”. Pretender que sabíamos lo que no sabíamos ni podíamos saber. No admitir el imponderable, lo que escapa a nuestro control, a nuestra voluntad y nuestra previsión. Y, en verdad, la mayor parte de los acontecimientos de nuestra vida están más allá de ese control. Sobre lo que sí tenemos absoluta responsabilidad es sobre nuestra actitud ante lo que la vida nos propone, por fuerte o doloroso que sea.
La escritora y terapeuta austriaca Elisabeth Lukas dice que ante la muerte de su madre un chico de 16 años puede pasarse el resto de la vida maldiciendo al destino, o transcurrir su existencia agradeciendo el haber tenido una madre cariñosa en los años decisivos de su infancia. Ante una enfermedad incurable un hombre de 50 años puede increpar a la suerte, apunta Lukas, o dar gracias por haber vivido medio siglo a salvo de ese mal. Y ni el uno ni el otro sabrán jamás por qué les ocurrió justamente a ellos eso que vivieron. Quizás, entonces, no se trata de lo que un hecho difícil o doloroso viene a enseñarnos, sino de lo que emerge de nosotros en esa situación. Allí se pone de manifiesto lo que Víktor Frankl (padre de la logoterapia, autor del imprescindible El hombre en busca de sentido) llamó el valor de la actitud. El sentido no está en el hecho que vivimos, nosotros significamos ese hecho a partir de nuestra actitud.