lunes, 11 de julio de 2022

Incertidumbre, la única certeza

Por Sergio Sinay





 

 

 

En la noche del 2 de noviembre de 1975, en Ostia, un descampado cercano a Roma, Pier Paolo Pasolini fue golpeado de manera brutal, hasta morir desfigurado. Giussepe “Pino” Pelosi, un lumpen de 17 años, que fuera detenido, procesado y encarcelado por el asesinato, murió a su vez el 21 de julio de 2017, a los 59 años, en el hospital romano Gemelli, víctima de un cáncer. En su tumba yace el misterio de lo que ocurrió entre ellos aquella anoche fatídica, en la que Pasolini lo contactó en un bar aledaño a la estación ferroviaria de Termini, en Roma, y lo invitó primero a cenar en una trattoria y luego a dar una vuelta en su Alfa Romeo plateado. Católico creyente, homosexual confeso, marxista declarado, poeta, ensayista, novelista, inspirado cineasta y una de las mentes más penetrantes y lúcidas de su época, Pasolini tenía entonces 43 años y ya había creado algunas de las grandes obras maestras del cine universal, como “El evangelio según San Mateo”, “Medea” (con María Callas), “El Decamerón”, “Teorema”, “Accatone”. Y había declarado lo siguiente: “Devoro mi existencia con un apetito insaciable. Cómo terminará todo esto, lo ignoro.”

Respecto de la segunda parte de su declaración, a todos nos cabe el sayo. Nadie sabe cómo terminará su propia vida, a menos que se proponga ponerle fin por su cuenta. En cuanto al primer tramo de la declaración, cada persona es responsable de la respuesta. Las preguntas a contestar serían estas: ¿estás viviendo tu existencia enteramente sumergido en ella, arriesgándote a explorándola a fondo, despierto, atento, procurando develar su sentido aún en los más simples sucesos? ¿O simplemente tratas de conservarla, previniéndote de cualquier riesgo, pertrechándote contra el diario acontecer, buscando anticiparte al devenir? De ser así, ¿para qué quieres conservarla? ¿Solo para perdurar en el tiempo?

 

NADA NUEVO

Aunque incómodos e inquietantes, como pueden resultar para muchos, los interrogantes planteados en el párrafo anterior se acomodan perfectamente a los tiempos que vivimos aquí y ahora. Una era de incertidumbre, de ominosa ambigüedad. Nada se sabe, nada se puede afirmar, es posible esperar cualquier cosa, o ninguna, o la contraria. Las predicciones más descabelladas están a la orden del día. Se afirman y difunden cosas absurdas, sin precisar fuentes. Se desparraman creencias delirantes. La irresponsabilidad de los líderes y dirigentes campea en todos los ámbitos, son capitanes ineptos de un barco a la deriva. Hasta la naturaleza con sus manifestaciones (virus, sequías, inundaciones, incendios, tsunamis, erupciones, temblores) aporta lo suyo al muy surtido menú de lo incierto, de la imprevisible, de lo aleatorio, de lo inesperado, de lo desconocido, de lo temido.

Como Pasolini, ignoramos cómo terminará todo, no solo en lo personal, sino también en lo colectivo. Y acaso nos asalte la sospecha de ser objetos de un acontecer inédito. Sin embargo, al revisar la historia de la humanidad podemos comprobar que no poseemos semejante privilegio. Ya la vida era incierta para nuestros primeros y rudimentarios antecesores “sapiens”, que estaban a merced de predadores y fenómenos naturales capaces de eliminarlos en un instante. Y en toda su trayectoria, incluida la actual etapa de desbocado desarrollo tecnológico, la evolución de nuestra especie ha estado bajo la sombra de un gigantesco signo de pregunta.

La incertidumbre es un ingrediente esencial y definitorio de la vida. Lo que sabemos respecto del futuro es nada respecto de lo que ignoramos, por mucho palabrerío que gasten los futurólogos, los tecno eufóricos e incluso los celebrantes de las disciplinas esotéricas. En todos esos campos (como en la economía, la política, e incluso la ciencia) se verifica frecuentemente lo que el lúcido e implacable ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb (que alumbró la categoría de “cisne negro” para los eventos altamente improbables que aun así ocurren) define como “estupidez de confundir profecías con previsiones”. Al referirse a la pretensión de predecir el futuro, y por lo tanto de controlarlo, Taleb dice en su libro “¿Existe la suerte?” que la probabilidad, en la que tantos “expertos” se centran, trata siempre sobre el pasado y de ahí deduce que es posible que algo ocurra porque ya ocurrió en otro momento, pero nada puede aportar sobre el futuro, porque lo que no ocurrió es indemostrable.

Pese a esto, la compulsión humana a prevenirse de lo que no ocurrió, y a imaginarlo de mil maneras posibles dándolo por cierto, no afloja. Y el resultado suele ser una vida temerosa, empequeñecida, paranoica, de certezas ilusorias. Así, si compramos en cuotas no se debe solo a que quizás no disponemos de del dinero para pagar al contado sino, porque, como bien lo explica el economista, filósofo y epistemólogo belga Christian Arnsperger en su trabajo “Crítica de la existencia capitalista”, en un nivel inconsciente creemos estar comprando tiempo de vida. En ese plano nos decimos que estaremos vivos durante el tiempo que duren las cuotas para así pagarlas. Y creemos que nadie nos daría esos plazos si no creyera que viviremos para pagarlos. Como esta, nos rodeamos de trampas inconscientes destinadas a reforzar la ilusión de que podremos domar la incertidumbre y lo imprevisible. Nos vacunamos todas las veces que nos instiguen a hacerlo (aunque las vacunas estén en fase de experimentación), compramos seguros contra todo lo que fuere, consultamos a una variada fauna de pitonisas y pitonisos, nos desvelamos hasta el insomnio viendo programas de televisión en donde videntes de la política o la economía describen futuros incomprobables o buscamos respuestas “googlizadas” que calmen nuestras ansiedades, aunque solo las aumentan porque se contradicen unas con otras.

 

CITA CON EL DESTINO

Y así seguimos, aferrándonos al “por las dudas”, al “por si acaso”, a las prevenciones más ilógicas y delirantes. Compramos toda apariencia de certidumbre, orden o permanencia que se nos ofrezca y una parte sustancial de la vida se nos va en preservarla antes que en explorarla, en hacerla más larga y no más ancha. En prevenirnos de vivir. A pesar de todo eso se sigue cumpliendo aquello que aseveraba el gran fabulista francés Jean de la Fontaine (1621-1695), autor de “La zorra y el cuervo” y “La cigarra y la hormiga” entre otros relatos inmortales: “A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.”

Desesperados buscadores de certezas, contamos con una sola: la de que somos finitos en el tiempo y, aunque no sepamos cuándo, vamos a morir. Es la certeza que tratamos de ignorar a través de los medios y las conductas más absurdas y patéticas. Esta certidumbre debería ser un estímulo para descubrir el sentido de nuestra vida, la de cada uno, y no para inmovilizarla. “Se mide la inteligencia del individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”, apuntaba el pensador alemán Emmanuel Kant (1724-1804), uno de los pilares de la filosofía moderna. Obsesionados por cerrarle el camino a cada riesgo real e hipotético, lógico o absurdo, previsible o impredecible, terminamos por olvidar que la cuestión central, más allá de sobrevivir, es cómo y para qué vivir.


viernes, 8 de julio de 2022


Enchinados


Por Sergio Sinay






 

“Fuerte confesión de la China Suárez: a veces lloro”. “La China Suárez hace un tour fotográfico por su baño”. “La China Suárez cambió de novio”. “La China Suárez le dio un beso a Rusherking”. “La China Suárez se cambió el color de pelo”. “La China Suárez estornudó”. Todos los días en todas las versiones on line e impresas de los diarios argentinos (incluso los que se dicen serios) es infaltable la China Suárez. De inmediato las “noticias” acerca de ella son levantadas en programas de radio que parecen una reunión de gente en un bar y por programas de televisión que son un homenaje al chisme y la banalidad. Y aunque las cruciales experiencias existenciales de Wanda Nara (inaugura una mansión de fin de semana, se cambia el esmalte de uñas, le espía el teléfono a Mauro Icardi, pide pizza por delivery) no son para menos, justo es reconocerlo, hay algún día en el que su nombre y sus andanzas no aparecen.

Esto ocurre en un país desquiciado, sin moneda, con vacío de poder, con un presidente apenas nominal, en el que día a día la vida se hace más precaria y el futuro asoma como un túnel oscuro y sin salida. Cuando la decadencia es terminal, inunda todos los ámbitos de la sociedad. Este es el periodismo de un país en esas condiciones. Una profesión depredada por operadores de todo tipo (político, económico, deportivo, farandulesco), en la que ayudar a entender y a reflexionar, en la que informar de buena fe y con fuentes e investigación sustentable es, cada vez más, un imposible, salvo escasísimas excepciones, y en la que honrar y cuidar el uso de la palabra (sea oral o escrita) es una experiencia lejana y ajena. Tan lejana que, en lo personal, me provoca un profundo dolor y una honda indignación. No era para esto que, en mi generación, tantos de nosotros habíamos abordado este, que supo ser arte y oficio.


¿Por qué no habría de ser la China Suárez una noticia de cada día, entonces? Hay que seguir insistiendo con las peripecias nimias de este personaje hasta que se naturalice su presencia, y el día en que no nos cuenten cómo durmió, qué comió, quién es su nueva y fugaz pareja o con quién se peleó, sintamos que nos falta algo, que hay un agujero en nuestras vidas, que nos sacaron la asistencia respiratoria que nos mantenía vivos en esta atmósfera tóxica.    


domingo, 26 de junio de 2022

 

Una cuestión trabajosa

Por Sergio Sinay




 

 

Hasta que llegó el coronavirus con las cuarentenas y confinamientos, varios interrogantes se cernían de un modo silencioso sobre el mundo del trabajo. A partir del momento en que el covid-19 cubrió el planeta como una mancha muchos empleos y puestos de trabajo desaparecieron, otros se modificaron y la “nueva normalidad” (sea lo que fuere que esta signifique) multiplicó los interrogantes y los hizo audibles. Para explorar posibles respuestas hay que partir de una premisa. Trabajar es una necesidad humana. No solo por una cuestión económica, la más evidente pero no la más profunda, sino porque los seres humanos somos criaturas transformadoras por naturaleza. Llegamos a la vida para devolver transmutado el mundo que se nos entrega. Cuando en esa labor expresamos principios morales además de habilidades y conocimientos, la transformación deja ese mundo un poco mejor. Y nuestro oficio, profesión o actividad es entonces una fuente de sentido existencial, ayuda a realizarnos, y en ese proceso, a ser servidores de nuestra especie y de todo lo viviente. Aun en el puesto de trabajo menos glamoroso, el menos reconocido, el más opaco un ser humano puede encontrar un acto, un momento que le permita reparar un lugar, una vida, aliviar un sufrimiento, alimentar una esperanza. En fin, hacer que, al final del día, por esa mínima acción, el mundo esté un poquito mejor que al comienzo de la jornada. Tal es el caso de un colectivero que detiene el vehículo junto al cordón, el médico que mira a los ojos a un paciente y le pone la mano en el hombro en lugar de observar solo la computadora, el obrero, la empleada o el oficinista que coopera con un o una colega en algo en que la otra persona se trabó, el empleado público (o empleada) que le soluciona el problema a uno, tan solo a uno, de las decenas de usuarios o contribuyentes que acuden a su oficina o su mostrador, etcétera, etcétera.

 

DEJAR HUELLA

Cada persona puede encontrar en su actividad una acción, una actitud, que mejore el mundo. Acaso baste con preguntarse en la mañana, al despertar, cuál es el modo en el que, a través de su tarea, uno se propone hacer ese aporte. Y peguntarse nuevamente, en la noche, de qué manera su actividad dejó el mundo mejor durante ese día. No se trata de un imposible, basta con probar.

El 10 de junio de 1930 el célebre economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) dictó en Madrid una conferencia que en su momento se consideró profética. Se titulaba “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, y en ella advertía que la posibilidad de la vida sin trabajo era inconcebible y constituiría todo un reto para la humanidad. Imaginaba que un mundo así estaría sumido en la depresión y la adicción a las drogas y el alcohol. Es que trabajar, más allá de ganarse la vida, significa poner en el mundo los dones de los que cada persona está dotada, expresar valores, desarrollar habilidades sociales, experimentar virtudes como la cooperación y la empatía, dejar huella, a través de lo realizado, del propio paso por la vida.

El acelerado y también desmesurado desarrollo de la tecnología a partir de revolución digital estallada a fines del siglo veinte ya había puesto signos de pregunta sobre el futuro del trabajo. Los tecnoeufóricos (fanáticos de los adelantos y negadores de toda contraindicación) anunciaban un futuro en el que robots y múltiples formas de inteligencia artificial remplazarían a los humanos en todo tipo de tareas y les permitirían gozar de más tiempo para el disfrute y la vida personal. Los tecnoescépticos (duros críticos del progreso basado en cuestiones técnicas y olvidado de guías morales) prevenían sobre la proximidad de un mundo con mayores desigualdades, en el que la tecnología contribuiría a la mayor riqueza de quienes ya eran ricos y dejaría legiones de desplazados y desocupados. Ante este panorama Eryk Brynjolfsson, experto en tecnología, comercio digital y productividad, profesor de Tecnologías de la Información en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), advirtió que “cada vez que la tecnología desplazó al trabajo humano, el ser humano supo reinventarse, pero lo que está ocurriendo hoy es que la innovación y la destrucción del trabajo va mucho más rápido que la creación de trabajos nuevos”.

 En su libro “El mundo sin trabajo” (que contó con la colaboración del gran pensador polaco Zygmunt Bauman, fallecido en 2017) el italiano Rudy Gutti, músico, director de cine y antropólogo, recuerda que, en los años 30, Henry Ford con su fábrica de autos era la nave insignia de la innovación digital, la cual significaba por un lado repetición, rutina, subordinación a la máquina (Charles Chaplin da cuenta de ello en la memorable “Tiempos Modernos”), pero al mismo tiempo ofrecía como aspecto positivo “estabilidad y algún tipo de adquisición del derecho de la propiedad sobre nuestro puesto de trabajo. Había una dependencia recíproca y mutua entre los capitalistas por un lado y los trabajadores por el otro”.

MIRANDO MÁS ALLÁ

Esa interdependencia parece haber desaparecido hoy de manera acelerada a partir del nuevo escenario laboral planteado desde la pandemia en adelante. Por una parte, el home-office, o teletrabajo, convirtió muchos espacios laborales en salones desérticos y, un serio problema que se les presenta a muchas empresas y a los líderes de sus equipos es cómo convencer a su personal de regresar a las oficinas, estudios o talleres. Por otra parte, numerosos puestos de trabajo desaparecieron, tragados por la crisis económica, el cierre de empresas y negocios, el aborto de proyectos. El desempleo y la changa ensombrecen el mundo del trabajo y la velocidad desenfrenada de la innovación tecnológica (a menudo caprichosa, innecesaria y solo fogoneada por la ansiedad de “no quedarse atrás”, aunque no se sepa hacia dónde es la carrera) hacen que mucha de esa mano de obra desocupada, y disponible, no tenga tiempo (ni posibilidades económicas) de ponerse al día con los conocimientos necesarios para sumarse a la corrida.

Mientras por un lado se producen tires y aflojes entre quienes propugnan presencialidad 100% en los trabajos, independientemente de la utilidad de esta, y quienes abogan por la flexibilidad o la hibridez (nueva muletilla de moda en el ambiente del managment), lo cierto es que aquella estabilidad fordiana desapareció. Si, en el caso puntual de nuestro país, se suma la larga y penosa historia de malas andanzas políticas y económicas una de cuyas consecuencias es que la cultura del trabajo se haya esfumado un par de generaciones atrás, el futuro es una incógnita. Y mientras esta perdure, aquella agorera semblanza de Kynes acerca de lo que podría ser una vida sin trabajo sobrevolará el paisaje cotidiano. El gran tema para discutir no es si el trabajo será presencial, a distancia o híbrido. La cuestión es de qué manera en el futuro próximo el trabajo podrá ser aquello para lo cual forma parte de la vida humana: una fuente de realización, de sentido y de trascendencia. La respuesta excede largamente la coyuntura, las crisis económicas y los optimismos tecnológicos.

martes, 1 de marzo de 2022

 

Varones que mancillan la 

masculinidad

por Sergio Sinay





Tomás Fabián Domínguez, 21 años, Lautaro Dante Ciongo Pasotti, 24 años. Ignacio Retondo, 22 años. Steven Alexis Cuzzoni, de 20 años y Franco Jesús Lykan, 24 años. Estos son los detenidos y acusados por la violación grupal a una chica de 20 años ocurrida el 28 de febrero en Palermo, a la luz del día. Sus nombres no solo deben ser repudiados por organizaciones feministas. Estos cobardes especímenes nos interpelan en primer lugar a los varones. Mancillan a los hombres que aman a sus mujeres con buen amor, que son padres nutricios de sus hijos, que mantienen relaciones sexuales en términos de equidad y de placer compartido y consentido. A los varones que trabajan por una sociedad mejor, que muestran en la vida coraje y testosterona espiritual, de esa necesaria para luchar por la justicia, por el respeto, por la igualdad social y económica, por la paz y los encuentros, insultan a los que honran la diversidad. Estos inexcusables imbéciles violan no solo a una mujer sino a la integridad del amor. La primera barrera a este tipo de canallas, que abundan y nos ensucian, la debemos poner ante todo los varones. Cada uno de estos imperdonables nos convierten a todos los hombres en sospechosos y acusados. Y nos hacen blanco del odio y el resentimiento de quienes ganan (ganancias pírricas) con los desencuentros, con el enfrentamiento, con el desamor.

 Silencio y pasividad frente a basuras así nos dejan en deuda moral ante nuestras compañeras, amigas, novias, hijas, madres, hermanas, colegas o incluso amantes. Una deuda inadmisible y que a nuestras conciencias (que hablan, aunque las silenciemos) les costará saldar. No hay que ser feminista para enfrentarlos, denunciarlos y excluirlos de todo espacio digno de un hombre que merezca llamarse así. Ni hay que estar de acuerdo con las expresiones más sesgadas del feminismo confrontativo, excluyente e intolerante. Basta con ejercer una hombría digna, con demostrar coraje espiritual, con sentir en nosotros la ofensa provocada en el otro cuerpo, en la otra persona.

martes, 17 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Lo imperdonable

Por Sergio Sinay





 

Mucho se habló esta semana de pedir perdón. Quien se supone que debía pedirlo, no lo hizo. Encontró uno y mil subterfugios para evadir esa palabra, desde usar a su propia mujer como escudo humano hasta tratar de miserables a quienes lo enfrentaban con la consecuencia de sus acciones. “No ocultamos nada”, dijo después de haber escondido durante más de un año la acción que terminó de definir lo que sus palabras y sus actos ya venían denunciando. Que la mentira, la tergiversación y la deslealtad son normas en su conducta.

Que se pida perdón no significa que este sea otorgado. Sin perdón, dice Hanna Arendt en La condición humana, las relaciones humanas serían imposibles, quedarían estancadas en las consecuencias de un acto. Pero, señala la filósofa alemana, no hay acto por pequeño que sea que no tenga consecuencias. Y afirma que no se perdona lo que no se puede castigar, y no se puede castigar lo imperdonable. Cuando hubo tanta muerte, tanta mentira y tanta perversión pedir perdón sería una hipocresía más. Y ni aun así lo pidió.

miércoles, 11 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Una buena

Por Sergio Sinay




 


Una buena. Lionel Messi consiguió rápidamente trabajo tras quedar cesante en el Barcelona. No son tiempos para ser un desocupado, y menos con hijos chicos y una familia por mantener. Al menos a uno le fue bien mientras otros miles siguen perdiendo sus empleos, sus comercios, sus emprendimientos, sus proyectos, sus empresas, y tantos miles pierden sus vidas debido en buena medida a que, mientras “la muerte nos rodeaba” (como vino a descubrir ahora el presidente en una nueva demostración de cinismo y de oportunismo electoralista), se postergaba la compra del antídoto por obscenas especulaciones políticas o se usaban los pocos que había para vacunar a amantes, familiares y cómplices. “Argentina te cuida” reza la propaganda electoral oficialista. En la Neolengua al estilo 1984 de Orwell, eso significa, como muestran los hechos, “te descuida” y “te abandona”. Pero ahí está Messi en todas las pantallas, en todas las primeras planas, noche y día. Consiguió trabajo. Bravo. Una preocupación menos en medio de tanto dolor.

martes, 3 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Impunidad de rebaño

Por Sergio Sinay





 

 

Los funerales masivos, los festejos multitudinarias en el Obelisco, las fiestas clandestinas (que son públicas y anunciadas hasta en las redes sociales), los asados del presidente con sindicalistas o las celebraciones en la Quinta de Olivos, con modelos, actrices y personal trainers incluidos, son, al parecer, territorios liberados del virus. Como si en esos espacios y eventos se hubiera logrado inmunidad e impunidad frente a la pandemia que, a millones de argentinos que carecen de tales privilegios, los diezma en varios frentes: salud, economía, proyectos, esperanzas, libertad de movimientos, de trabajo, de despedir y sepultar dignamente a seres queridos, entre otras. La inmunidad y la impunidad se manejan según los intereses y las necesidades de un poder que muestra pocos escrúpulos, una muy entrenada capacidad de mentir y absoluta falta de sensibilidad, compasión y empatía ante aquellos a quienes luego busca como votantes. Es obvio que nadie, por mucho que mienta, puede ir contra su naturaleza.

martes, 27 de julio de 2021

 

Reflexión de la semana

Mintiendo por un voto

Por Sergio Sinay





 

Empezó la temporada de caza electoral. Cualquier trampa, cualquier artimaña, cualquier mentira, cualquier falsa promesa, cualquier traición es válida para atrapar un voto. Besarán chicos (vieja, patética e inmoral foto que se repite en cada campaña), abrazarán jubilados (ídem a lo anterior), se tirarán con carpetazos, desplegarán toda sus bajezas y sus miserias morales hasta raspar el fondo de la olla. Cada uno lo hará a su manera, con su estilo, pero ninguno quedará afuera. Ni los veteranos de esta gimnasia siniestra, ni los recién llegados, los “outsiders”, vestidos de aparente pureza, que quieren mostrarse vírgenes, pero ya exhiben las mañas. Mencionarán una y mil veces al “pueblo”, a la “patria”, a la “gente”, prometerán lo que ya prometieron hasta el hartazgo y jamás cumplieron. Cazadores furtivos en tiempos de veda, cazadores impiadosos cuando la temporada se habilita, como ahora. Responsables eternos, repetidos, clonados de que, gracias a ellos, haya por lo menos tres especies en extinción: la honestidad, la esperanza y el porvenir.  

sábado, 19 de junio de 2021

 

MI PADRE

Por Sergio Sinay

(A propósito del Día del Padre)




 

Mi padre se llamaba Moisés. Era hijo de Miguel y de Lea. Fue hermano de Marcos y de Rubén. Fue el marido de Miriam. Fue el padre de Horacio y de mí. Era el abuelo de Iván y de Javier. Cuando murió, hace dos días, tenía 85 años.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hacía el más sabroso café con leche que jamás probé. Nos los preparaba cada mañana a Horacio y a mí, cuando íbamos al colegio, y nos lo servía con unos enormes panes con manteca y dulce.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero pelaba las naranjas como nadie. Las dejaba sin un rastro de ollejo, brillosas, lisas, tentadoras. Yo no quería comer naranjas si no las pelaba él.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero llenó de libros nuestra casa de la infancia y los dejó absolutamente a nuestro alcance. Nunca dijo “ese libro no es para vos”. Y así aprendimos a amar la lectura desde chicos. Todavía hoy leo como entonces, como él. Con voracidad, con desorden, con placer. Mi casa está llena de libros, las bibliotecas son los muebles principales.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero a los 84 años aprendió a hacer señaladores de cuero, con sus dedos agarrotados, y me regaló uno, simple, bello y austero, con el que hoy guío mis lecturas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando yo tenía 10 años y Horacio 7 y vivíamos en La Banda, Santiago del Estero, compró entradas y un 9 de julio nos llevó a la cancha del Club Mitre a ver a River, que venía de gira. Seguimos el partido subidos a un sulky, porque no había lugar para nadie. Fue la primera vez que vi a River, y lo vi con Carrizo, con Lostau, con Labruna, con Pérez, con Pipo Rossi. Mi padre era hincha de Independiente, nosotros nos hicimos de River.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nos llevaba cada domingo a la cancha a ver a Central Argentino, de La Banda, a pesar de que él era hincha del eterno rival, Sarmiento. Y hasta se alegraba con nosotros si ganaba Central.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero una tarde de mi adolescencia, en la trastienda de la farmacia que él y mi madre tenían en La Banda, me explicó cómo se hacían los chicos. Tartamudeaba y estaba rojo y sudoroso. Yo ya sabía, pero me fascinó su explicación.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando hice mi viaje de egresado, en tren desde Santiago a Mendoza con mis compañeros del Colegio Nacional Absalón Rojas, me llamó aparte en el andén y me dio tres preservativos. “Tomá, por si los necesitás”, me dijo. Y otra vez estaba rojo y sudoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando cumplí doce años, se apareció en casa con el curso de dibujo de Los Doce Famosos Artistas como regalo. Y yo, que amaba las historietas, tuve como profesores a Hugo Pratt, a Alberto Breccia y a otros así.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando me acariciaba, y me acariciaba mucho, tenía las manos tibias; y cuando me besaba, y me besaba mucho, tenía los labios suaves y húmedos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando un chico más grande que yo, uno de los pesados de la cuadra, me estaba dando una paliza en plena calle, él apareció de la nada y cagó a patadas en el culo a mi enemigo.

Mi padre no fue un gran hombre. No me enseñó a manejar, pero resultó lo bastante confiado como para dejar las llaves del auto a mi alcance, de manera que una siesta las agarré, subí al Fiat 1500 verde y debuté por mi cuenta paseando durante dos horas, maravillado de que semejante artefacto respondiera a mis movimientos. Cuando se lo conté, mi padre sonrió casi complacido, casi aliviado.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero venía a verme cuando yo jugaba al básquet en los infantiles y en los cadetes del Club Olímpico, de La Banda, y, al principio, me llevaba a los entrenamientos, y a mi hermano también. Y aunque él era un patadura, yo, creo, jugaba para él, para que él me admirara.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero, aunque jamás aprendió a andar en bicicleta, me sostuvo en la mía y no me soltó hasta que pude mantener el equilibrio por mí mismo. Y yo sabía que no me iba a dejar caer.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero lagrimeaba de orgullo cuando nos presentaba a Horacio y a mí y decía “Estos son mis hijos”. Lo decía con el mismo énfasis cuando éramos chicos y cuando nos hicimos hombres.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nadie sabía contar “El patito feo” como él. Y nadie tuvo su paciencia para narrármelo una y otra vez, siempre con el mismo entusiasmo, cada siesta y cada noche de mi niñez temprana, respetando mi necesidad de volver a oír mi cuento favorito.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero todavía a sus ochenta y pico era capaz de poner inyecciones como nadie, sin que sintieras ni el pínchazo ni el dolor. Muchas veces preferí inyecciones a otro remedio, porque sabía que estaba él para ponerlas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero descubría siempre los mejores chocolates.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hasta el último domingo de su vida leyó el diario de pe a pa y era un interlocutor informado y apasionado de los sucesos del mundo y de la vida.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero amaba el cine y las películas y nos enseñó a amarlas junto a él; nos llevaba a las matinés del cine Renzi y a los estrenos del Petit Palais, del Grand Splendid, del Select o del 25 de Mayo. Disfrutaba como un chico de las de cowboys y hacía el sacrificio de llevarnos cinco días seguidos a ver “La Cenicienta” o “Sansón y Dalila, con Víctor Mature y Hedy Lamarr. Ahora, en sus últimos tiempos, seguía contando escena por escena, como un personaje de Manuel Puig, cada película que veía en el cable, y lloraba de emoción o de bronca, según fuera una escena de amor o de injusticia.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero era el mejor público para contarle un chiste. No había que hacer grandes esfuerzos narrativos, él se descomponía de risa por el sólo hecho de saber que era un chiste.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cada vez que mi madre se lo pedía era el mejor ayudante de cocina. Nunca vi a nadie batir claras a nieve, como él. A mano.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero tenía la letra más bella y firme que yo conozca. Me fascinaba ver cuando escribía cartas, cuando firmaba boletines o cuando hacía los discursos que después leía en las reuniones de la colectividad judía santiagueña; yo observaba hipnotizado cómo iba surgiendo sobre el papel el dibujo de su caligrafía y cómo él mismo disfrutaba mientras su mano cobraba velocidad, calor e inspiración.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero me enseñó, con sus actos, que un hombre sí puede llorar. Él lloraba de emoción o de dolor.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero supo despedirse antes de partir. El domingo a las cinco de la mañana me desperté y no pude volver a dormir por un largo rato. Era una hora silenciosa y quieta. De marea en baja. Entonces supe que, en la sala de terapia intensiva del hospital, él estaba muriendo. Que me despertaba suavemente, como cuando en las mañanas frías del colegio se acercaba a mi cama, me tocaba suavemente el hombro y me decía, en un susurro, “Pichu...arriba”. Y que esta vez lo hacía para despedirse. En mi cama, en la oscuridad, no luché contra el insomnio, simplemente me despedí de él, le deseé buen viaje, le agradecí lo que tenía que agradecerle y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas pendientes entre nosotros. Ninguna. Me dormí nuevamente a las siete y el teléfono sonó a las ocho para pedirnos que fuéramos con urgencia al hospital. Entonces le dije a Marilén: “Mi Viejo murió hoy a las cinco y media, es eso lo que nos van a informar”. Un par de horas después, nos entregaron un certificado de defunción que decía: “hora del fallecimiento: 5:30”.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero enfrentó a la muerte entero y vivo. Peleó con sabiduría, conocedor de que la batalla sería posible mientras hubiera equivalencia. Cuando sintió que ya estaba, que había hecho lo suyo, que las reglas de juego habían dejado de ser parejas, dijo basta. No lo dijo como un derrotado. Había comido una porción de las grandes (como a él le gustaban) de la vida; su último año y medio había sido de placer, de reivindicación y de buena vida. Entonces decidió que estaba a punto y murió. En su muerte, fue un modelo. Y no es poca cosa.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero murió como un señor. Sin degradarse, sin deterioro, sin corromperse, como una persona íntegra y consciente. No huyó, no tuvo miedo, llegó vivo a su muerte. Y cuando lo vimos, antes de ocupar su cajón, su rostro era plácido, pacífico, como quien sueña sueños íntimos y felices o como quien observa deslumbrado algo que lo hará feliz pero de lo que no quiere hablar. Era, en ese momento y en ese lugar, en la morgue del hospital, nada menos, un viejo hermoso y sereno. Así nos despidió. Soltándose, soltándonos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue honesto.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue amoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Y no importa. Los grandes hombres ocupan, a veces, demasiado lugar. Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos hacen la vida más pesada. Visto así, por suerte, mi padre no fue un gran hombre. En muchas cosas fue sólo un pequeño hombre. Pero más allá de todo fue algo más difícil y más importante. Mi padre fue un buen hombre.

Agradezco eso.

Gracias, papá, por tu vida.

 

(1 de junio de 1999, día siguiente al entierro de mi padre)

lunes, 12 de abril de 2021

 

La oportunidad no viene sola

Por Sergio Sinay




 

Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. Esta frase le es atribuida tanto al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956), autor de obras fundamentales del teatro del siglo veinte, como La ópera de tres centavos y Madre coraje, como a Antonio Gramsci (1891-1937), filósofo, periodista y sociólogo italiano, autor de Pasado y Presente y Literatura y vida nacional entre otros textos claves del pensamiento político. Brecht definía con aquella frase a las crisis. Gramsci describía con ella la complejidad de ciertos momentos históricos. Y agregaba algo fundamental: “En ese interregno es donde surgen los monstruos”. La historia le daría repetidamente la razón. Y se la sigue dando.

Hace mucho tiempo, demasiado, que en la Argentina lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Lo que en la historia es una transición aquí resulta una imagen congelada. O quizás no tanto, porque lo viejo no está paralizado, estancado. Vive, se mueve, extiende tentáculos, genera sombras oscuras y extensas. En simultáneo la luz de lo nuevo titila, languidece, amenaza con apagarse definitivamente. Y en ese limbo surgen monstruos de diferente tipo, que, antes de revelar sus características aberrantes, se presentan como figuras providenciales y así son elegidos. Cuando se descubre lo que verdaderamente son y se proponen, ya es tarde.

Se suele asociar de manera automática e irreflexiva a las palabras crisis y oportunidad. Como si fueran hermanas gemelas inseparables. Y con cierto voluntarismo cándido se espera en esos casos que la oportunidad golpee a la puerta en plena crisis. Sin embargo, las oportunidades no existen por sí mismas ni llegan por designio divino. Hay que ir hacia ellas, generarlas. Las crisis, al revolverlo todo, ponen al descubierto recursos desconocidos o inexplotados, tanto internos como externos. Son materiales con los cuales construir la oportunidad. Pero, así como una pila de ladrillos no se convierte mágicamente en una casa, los recursos revelados por una crisis no se transforman repentinamente en una oportunidad. Si la oportunidad no se construye y no se ejecuta, la crisis es solo una crisis. Una más. O la misma, interminable, de siempre. Con el pasado vivo y el futuro nonato.

Las palabras nunca son mera unión de letras o simples sonidos. Oportunidad proviene del latín opportunitas, formado a partir de op (oprobio, opresión) y portus (puerto). Habría, entonces, un relato encerrado en el vocablo oportunidad. El hallazgo de un puerto desde el cual partir, cuando se está hundido en el oprobio y la opresión, en busca de horizontes distintos. Para lo cual habrá que aventurarse a navegar. Una vez más, la oportunidad no viene dada.