Crónicas
de la peste (8)
Me han ofendido
Por Sergio
Sinay
Ante todo, mi agradecimiento a todos quienes compartieron
mi columna titulada “Comenzó la guerra del cerdo”, a quienes la difundieron, a
quienes enviaron comentarios, y en esto incluyo a quienes supieron disentir sin
insultar.
Es muy reconfortante comprobar la cantidad de
reacciones indignadas que levantó entre la ciudadanía (en todas las redes y por
todos los medios) la medida absolutamente impresentable, indefendible y absurda
que emanó de las lumbreras del Gobierno de la Ciudad y recibió la bendición
presidencial. Dos errores no hacen un acierto, dice un viejo aforismo inglés.
En este caso dos errores hacen algo mucho peor, una aberración.
El presente texto es, por ahora, lo último que
escribiré sobre este tema, sobre el que ya planteé mi posición.
Nací en 1947, cumplí en agosto pasado 72 años,
pasé en mi vida por todo tipo de situaciones extremas en lo personal y en lo colectivo.
Enfermedades graves propias y de seres queridos. Dictaduras, hiperinflaciones,
autoritarismos, desempleo, etcétera. He sobrevivido por mis propios medios y
también con la amorosa compañía y cooperación de otros. Agradezco mi vida,
incluidos los tragos amargos. Y encuentro sentido y felicidad en los logros
profesionales, en el amor de esposa, hijo, nietos, amigos, y también en el que recibí
de quienes ya partieron y me dejaron huellas profundas y valiosas.
Por todo esto me siento ofendido y humillado por
la medida que pretende implementar un gobierno que llama cuidado al control,
que llama cuidado al cercenamiento de derechos y libertades, que toma por
idiotas, tontos y gente carente de inteligencia a las personas de mi edad. Si
nos quieren cuidar, paguen jubilaciones dignas, no falten el respeto a los que
dicen cuidar mandándolos a cobrar esas miserias en condiciones peligrosas. Si
me consideran discapacitado para cuidarme y razonar, dejen de expoliarme con
impuestos que van a lugares y bolsillos dudosos y no a donde deberían ir
(escuelas, hospitales, alimentación, seguridad). ¿O para eso sí cuento?
En lo personal me han ofendido de manera
imperdonable. Y la palabra imperdonable significa eso: no hay ni habrá perdón
de mi parte. Hoy quieren desterrar a los viejos (y digo viejos porque es una
palabra digna, no una enfermedad) pero la realidad es que no tienen la menor
idea de qué hacer con la situación que vivimos. Después seguirán con los diabéticos,
los hipertensos, los obesos, los varones, los porteños. Seguirán con todos los
que son mayoría entre los afectados por el virus. Dan palos de ciego y
pretenden pasar por expertos, cuando solo exhiben ignorancia. Mañana, cuando
haya elecciones (porque la pandemia pasará y habrá elecciones el año próximo)
correrán a fotografiarse sonrientes con los “abuelos”. Todos. Los oficialistas
y los opositores. Porque al final no son tan diferentes en el plano moral.
Antes de mandar “abuelos” a prisión domiciliaria dejen de hacer negociados con
alimentos y con barbijos. Aunque sé que este es un pedido ingenuo e inútil. Los
seguirán haciendo. Lo harán con otras cosas. Como en el viejo cuento de la rana
y el escorpión, el escorpión no cambia su naturaleza.
Y no admito que me llamen “abuelo”. No sus bocas oportunistas
e hipócritas. La palabra abuelo es demasiado hermosa para que la use
cualquiera. En mi caso solo se las permito a mis nietos y me llena de felicidad
y de sentido existencial escucharla de ellos.
No voy a llamar a un teléfono que no funciona,
como el 147 (que se “cae” como todas las plataformas y teléfonos oficiales). No
lo voy a hacer porque no admito que me traten de bobo e inútil. Me sé cuidar
mucho mejor que quien en una conferencia de prensa le estornuda en la cara a su
ministro de salud mientras este aconseja tapar el estornudo con el pliegue del
codo. Me cuido mejor que quien desde la más alta investidura nacional no usa barbijo,
pero se lo impone a los demás. Me he cuidado muy bien a lo largo de mi vida y
me esperan todavía sueños y proyectos importantes (para los cuales
afortunadamente cuento con salud, lucidez y capacidad), de manera que no me iré
al destierro (la ley y la Constitución me cuidan de eso) ni pondré mi vida en
manos de quienes no me respetan y me ofenden.









