sábado, 15 de abril de 2023

 

Mentirosos

Por Sergio Sinay




 

 

Todos mienten. Dicen una cosa y hacen otra. Emiten una promesa y la incumplen. Expresan algo hoy y lo contrario mañana. Reniegan de su pasado como si no lo tuvieran. Si se les pone delante de las narices las evidencias de sus mentiras (en forma de textos, fotos, audios, videos, documentos que llevan su firma) lo niegan y, en el último de los casos, dicen, sin que se les mueva una pestaña ni les aparezca un asomo de rubor, que fueron sacados de contexto. Sean presidente, vicepresidenta, ministro de economía, vocera presidencial, jefe de gabinete, canciller, diputados, o se trate del cargo o la función que se tratase, mienten. Cuanto más ambiciosos (por ejemplo, si van detrás de una candidatura) más mentirosos. Cuanto más desesperados (por ejemplo, en el final de sus penosas gestiones o si huelen la sombra de la Justicia), más mentirosos. Y siempre negadores de lo evidente.

Acaso nunca hayan mentido tanto y tan burdamente como ahora, en el ocaso de una experiencia monstruosa, que nació hace cuatro años y fue calificada, incluso por quienes hoy olvidan u ocultan haberlo hecho, como una genial maniobra política, cuando fue en realidad otra torpeza de quien siempre eligió mal. Pero siempre mienten. Y, más allá de la indignación a menudo impotente que generan en grandes sectores de la sociedad, terminan por imponer la mentira como única verdad. Al menos para ellos se naturaliza de tal manera, es hasta tal punto su modo de vivir, que termina por ser la única verdad.

En el libro Por qué mentimos (cuyo título original en inglés es The honest truth about dishonesty) el estadounidense Dan Ariely, criado y educado en Israel, psicólogo conductual especializado en economía del comportamiento y premio Nobel de Medicina 2008, ofrece algunas pistas para comprender, aunque jamás justificar, este tipo de comportamiento. Una cosa es irritarse por fraudes y mentiras menores a cargo de personas en definitiva irrelevantes, dice Ariely, y otra es la institucionalización del fraude a escala mayor. Este es posible, señala, cuando unos pocos con información y poder privilegiado se desvían de la norma y contagian a los de a su alrededor, quienes además contagian a otros hasta que en un tiempo relativamente breve todos quienes actúan así empiezan a considerar adecuada sus propias conductas. Tan adecuadas y normales les parece, cabe agregar, que cuando alguien se las señala como fraudulentas son capaces de ofenderse.

Para ilustrar hasta qué punto estas conductas se naturalizan entre los mentirosos y fraudulentos, Ariely cita el caso de Peter Sessions, congresista republicano por Texas, quien preguntado por las decenas de miles de dólares pertenecientes al fisco que perdió en el casino Forty Deuce, de Las Vegas, respondió: “Para mí ya no es fácil saber qué es normal”. Dejemos de lado la anomalía psíquica que sugiere la pérdida de contacto con la realidad, un delirio que suele ser habitual en casos de ambición desbordada, e imaginemos qué respondería, en un raro caso de sinceridad, alguno de nuestros numerosos embusteros y fraudulentos si tuviera que dar cuenta de sus trapisondas. Posiblemente lo mismo que Peter Sessions. Y, una vez más, esto no lo justificaría.

Ariely advierte que cuando el fraude y la mentira se instalan como única verdad en un determinado ámbito la propagación del virus es tan veloz y extendida que ya no importan las diferentes ideologías o los distintos orígenes de los infectados, y estos, aunque en apariencia se digan opuestos o adversarios entre sí, son mucho más parecidos de lo que se piensa. En el caso de la política, señala, esto crea las condiciones bajo las cuales la conducta poco ética de cualquier mentiroso o fraudulento traspasa las fronteras de su partido e influye en otros con independencia de su filiación. 

Cuando aparece el fantasma de la deshonestidad, afirma el autor de Por qué mentimos, nace también el autoengaño, y los deshonestos (sea su deshonestidad moral o económica) se dan excusas para crearse una opinión positiva sobre sí mismos. Escuchémoslos hablar, veámoslos actuar, y todo quedará confirmado.

(Publicado originalmente en Perfil el 2 de abril de 2023)

lunes, 20 de febrero de 2023

 

Explorar nuestra sombra

Por Sergio Sinay




 

 

Toda sociedad necesita sus psicópatas. Y los encuentra. El psicópata es, generalmente, un individuo “normal” y hasta “honorable”. Suele aparecer como como encantador y rápidamente conecta con nuestros anhelos emocionales, de manera que lo sentimos empático. Ese es el triunfo de su aspecto manipulador. No tiene escrúpulos ni repara en medios para obtener su fin. Necesita sentirse importante para compensar un profundo vacío interior, que esconde un complejo de inferioridad. Siente, a raíz de esto, una rabia desproporcionada que finalmente lo torna violento emocional o físicamente. Carece de nociones de bien y mal ignora o disfruta el sufrimiento ajeno, y no tiene reparo en provocarlo. Se suele adjudicar a sí mismo una misión a partir de la cual todo le está permitido. La ley que rige para el resto de la humanidad, no rige para él, no tiene conciencia social ni de pertenencia a la comunidad, pero, en la persecución de su fin, puede actuar como si los tuviera. Así lo describe la respetada psicoterapeuta y astróloga británica Liz Greene, en “El lado oscuro del alma”, apasionante libro que recoge tres de sus seminarios dictados en el Regent College, de Londres.

Diferentes corrientes de la psicología y la psiquiatría discuten si los psicópatas nacen o se hacen. Si sus características vienen dadas de origen o son producto de su historia personal y familiar y de la sociedad en la que se criaron. Greene piensa que se trata de una combinación de factores. Todos podríamos actuar como psicópatas, pero no lo somos por diferentes razones, que van desde el miedo al castigo hasta creencias y valores. Aprendemos de nuestras experiencias, sobre todo de las dolorosas y vergonzantes, conocemos el arrepentimiento. Nada de esto ocurre con el psicópata. Para él las culpas están siempre afuera, no admite responsabilidad y es capaz de convencer a quien lo escucha de que las cosas son así. Conviene considerar todas estas cuestiones antes de apresurarnos a calificar a alguien de psicópata. Hay una línea ambigua entre quien lo es y quien comete actos delictivos o aberrantes pero es capaz de arrepentirse, de intentar la reparación y de encontrar caminos de redención. El psicópata, señala Greene, al verse acorralado y puesto en evidencia puede deprimirse e incluso suicidarse, pero lo hará sin auténtico sufrimiento emocional y sin arrepentimiento. Por lo demás, no existe cura para la psicopatía.

 

NUESTRA OSCURIDAD

¿Por qué la sociedad necesita de psicópatas? En realidad, necesita que ellos actúen como tales, que cometan los actos más extremos y, sobre todo, que sean descubiertos y castigados. Cuando esto ocurre el psicópata se convierte en el depositario de la sombra colectiva. El eminente médico, psicólogo y pensador suizo Carl Jung (1875-1961), padre de la psicología analítica y arquetípica y gran estudioso de los fenómenos del inconsciente colectivo (al que definió y bautizó), definió a la sombra como la parte oscura de nuestra propia mente. Es una especie de sótano en el que enterramos con doble llave todo aquello que negamos, rechazamos, no soportamos o ignoramos de nosotros mismos. Escondemos eso detrás del ego o personalidad, o sea el carácter con el que salimos al mundo y nos mostramos ante los demás. Nuestro ropaje psíquico. El ego no es anómalo de por sí. Del mismo modo en que vestimos nuestro cuerpo para transitar por la vida, necesitamos “vestir” nuestra psique. Pero así como no confundimos nuestra ropa con nuestra piel, no deberíamos creer que somos nuestro ego. Al hacerlo nos convertimos en individuos planos, sin volumen ni detalles, figuras rígidas sin riqueza y sin humanidad.

Mientras tanto, lo que está escondido en el sótano, la sombra, busca por donde salir. Como todo lo negado, necesita expresarse. El hecho de haber sido escondido no lo hace desaparecer. Y suele salir como proyección. Depositamos en otros lo que negamos en nosotros. De ellos es la mezquindad, la cobardía, la intolerancia, la soberbia, la deshonestidad, el egoísmo, la violencia, la intemperancia que decimos (y nos decimos) no tener. Rápidamente lo identificamos en los otros. Mucho más rápidamente cuando en ellos esos rasgos son evidentes. Y cuanto más queremos negarlos como proyección de lo nuestro, más indignación, rechazo, ofensa sentimos hacia esas personas. Siempre conviene preguntarse qué tiene de nosotros aquel a quien tanto odiamos o rechazamos, porque acaso se trate de un espejo, aunque nos neguemos a mirarnos en él.

Cuando vemos en el otro un acto repudiable nos sentimos aliviados. Es él, y no nosotros, quien lo comete. Su acción o su palabra indeseable nos exime de culpa . Podemos seguir escondiendo nuestras zonas oscuras, negándonos a ver en nuestra interioridad. El problema, señalaba Jung, es que quien no enfrenta su sombra queda atrapado en su ego y nunca podrá avanzar hacia las capaz más profundas de su ser, a las que el maestro suizo definía como el yo (donde sombra y ego se integran) y el Sí Mismo (la esencia profunda y sagrada del ser único, inédito e intransferible que cada uno es). No alcanza una vida posiblemente para encontrar el Sí Mismo. Pero, decía Jung, emprender el viaje da sentido a la existencia. Y advertía, también, que la travesía encierra tramos tan dolorosos como inevitables.

 

PSICÓPATAS FUNCIONALES

Así como hay un inconsciente individual y uno colectivo (en el que, como en un reservorio submarino, están todos los sueños, las vivencias, los aprendizajes, los símbolos y los arquetipos que la humanidad creó o recogió en su historia y evolución), existen también una sombra individual y una sombra colectiva. En esta última se oculta todo aquello que una sociedad, una comunidad, un grupo o una familia niegan, rechazan, ocultan o ignoran a nivel consciente de sí. Como en el caso de la sombra individual, lo que oculta la sombra colectiva pugna por ver la luz. Se rebela al hecho de ser negado. Y este es el motivo por el cual la sociedad necesita de sus ladrones, sus asesinos, sus deshonestos y, sobre todo, de sus psicópatas. Para poder decir de sí misma que es honesta, moralmente recta, sincera, sana, familiera, amiguera, pacífica, etcétera, etcétera. Su propia violencia, su capacidad de odiar, su intolerancia aparecen cuando, una vez en evidencia el psicópata, el asesino, el delincuente, se lo quiere linchar, se pide pena de muerte inmediata, se lo enjuicia antes que los jueces, se lo escracha. Sería doloroso verlo como producto de la misma sociedad, como alguien que hizo lo que cualquiera evitó hacer no por una cuestión moral sino porque no se atrevió o porque temió el castigo.

Casos como los de Fernando Báez o Lucio Dupuy (en los que la psicopatía afloró de manera brutal) merecen sin duda justicia, aunque esta no repare el horror vivido por las víctimas ni les devuelva la vida robada. Pero la reacción y las actitudes de la sociedad (incluidos los medios) fueron una erupción de la sombra colectiva que alcanzó una intensidad inquietante. Cuanto más fuerte es la luz, decía Jung (en este caso la conducta de la sociedad, su hambre de venganza antes que de justicia), más negra es la sombra. Atreverse a entrar en ella puede ser el comienzo de una sanación colectiva.

lunes, 23 de enero de 2023

 

Picoteando vidas ajenas

Por Sergio Sinay





 

 

Apenas nació Truman Burbank fue entregado a un matrimonio de actores contratados para desenvolverse como si fueran sus padres. Ellos lo criaron y Burbank creció y vivió una vida feliz, perfecta, sin contratiempos, en una pequeña ciudad suburbana llamada Seahaven en la que todo era armonía y la convivencia entre los habitantes resultaba ideal. Burbank tuvo una familia y desarrolló una eficaz carrera como agente de seguros. Lo que se dice una vida soñada. Y en realidad lo fue, porque el único que ignoraba que aquella existencia no era real y que todo en Seahaven resultaba falso era el propio Truman Burbank. La ciudad en la que vivía era una escenografía de cartón piedra construida bajo una gigantesca cúpula que la aislaba del mundo real. El cielo siempre azul era también escenográfico y el eterno sol un poderoso reflector eléctrico. El reluciente pasto de los jardines, las calles limpias y ordenadas, todo pura apariencia. Los vecinos no vivían allí, eran extras que se cruzaban estratégicamente con Burbank, e incluso la mujer de la que se enamoró y con la que formaría pareja era una actriz que seguía las líneas de un guion.

Durante treinta años todo esto funcionó. Truman Burbank ignorò que era protagonista de un show televisivo, un reality, de un alto rating alimentado por espectadores que seguían día a día y hora a hora la vida de él, que, manipulado desde el primer minuto de su nacimiento, no era una persona, sino un personaje creado para alimentar el consumo de esos espectadores, dispuestos a malgastar incontables horas de sus vidas espiando las peripecias de otro. El creador de ese exitoso espectáculo fue Christof, un productor obsesivo e implacable, dedicado casi por entero a hacer que el mundo ficticio de Burbank funcionara a la perfección y el rating se mantuviera. Lo consiguió durante treinta años, hasta que una serie de imponderables (la vida real es así, aun para quienes se creen demiurgos) puso al protagonista de cara a la verdad.

 

TIEMPO DE REALIDAD

Durante todo ese tiempo Truman fue una marioneta manipulada para satisfacer la avidez de miles de personas dispuestas a devorar como caranchos la vida de un prójimo. Para desesperación de Christof, que no admitía la autonomía y la libertad de su criatura y lo amenazaba con una desvergüenza psicopática, Truman Burbank (como alguna vez lo hizo Frankenstein, el monstruo triste) escapó de Seahaven hacia el mundo real, dispuesto a ser el dueño de su vida. Cuando Christof explicó las razones para haber creado aquel reality dijo: “Estábamos aburridos de ver actores interpretando emociones falsas”. Tanto él como los espectadores querían alimentarse de las emociones reales de una persona real, aunque para eso hubiera que usar a esa persona despojándola de una vida cierta.

Este es argumento de “The Truman Show”, película que el talentoso director australiano Peter Weir (un lúcido analista de fenómenos sociales y colectivos, como demostró en filmes como “La sociedad de los poetas muertos”, “La ola”, “La costa mosquito” y “Testigo en peligro”, entre otras) filmó en 1998, con Jim Carrey en el papel de Truman y Ed Harris en el de Christof. La película habilita reflexiones sobre varios temas. Por ejemplo: la realidad como ilusión, el derecho a una vida propia y autónoma, la manipulación irresponsable que se suele ejercer desde los medios sobre la mente de los espectadores, y la misma irresponsabilidad de esos espectadores cuando se entregan sin espíritu crítico a lo que se les ofrece consumir.

Quizás sea este último tema el que en estos días conecta poderosamente al “El Truman show”, con la realidad contemporánea. Apenas lanzado simultáneamente en varios idiomas y países, cosa que ocurrió viernes 13 de este mes, el libro “En la sombra” se convirtió en el que más ejemplares vendió en un solo día en el mundo de habla inglesa: un millón y medio de copias en 24 horas. También en Argentina centenares de personas corrieron a las librerías para pagar $8.599 por un tomo de 560 páginas en las que el príncipe Harry cuenta en plan bizarro, sin pudor, con agrio rencor, tanto sus propias bajezas (como vanagloriarse haber matado a 25 personas, como si fueran patos en una cacería, en Afganistán) y varios aspectos oscuros y miserables de la realeza de Windsor, de la cual él forma parte y que series como “The Crown” se cuidan de eludir.

 

En simultáneo con este dramón de palacio (y de los sótanos morales de ese palacio) Shakira, cuyas andanzas amorosas parecen ser menos exitosas que sus canciones a juzgar por lo que se conoce y recuerda de ellas, salió a facturar, según propia confesión, poniéndole una letra rudimentaria y una música elemental (con colaboración del pasadiscos Bizarrap, cuyo nombre artístico lo dice todo) a su trifulca post-divorcio con Gerard Piqué, futbolista en larga decadencia y empresario en alza. El despechado monólogo de la cantante colombiana, abundante en rimas simples e infantiles y carente de cualquier asomo de metáfora, devino, como el libro de Harry en otro plano, en avasallante fenómeno internacional que ocupó horas y páginas en medios gráficos y audiovisuales, en redes sociales y, lo más grave de todo, en las mentes y horas de vida de miles de personas que quizás no tienen cuestiones más importantes en su existencia o acaso las tienen y esto les viene de perillas para fugar de ellas.

 

PREGUNTAS EN ESPERA

En el orden local también hay contenedores con abundante desperdicio existencial para quienes tienen la compulsión de husmear en los sótanos y cloacas de vidas ajenas. En su versión de este año el programa “Gran Hermano” (deplorable uso de la categoría que el gran escritor inglés George Orwell creó en su novela “1984” con un significado muy distinto del presente) volvió a conseguir una cuadrilla de voluntarios dispuestos a destriparse emocional y psíquicamente durante las veinticuatro horas de cada día ante la mirada personas que, mientras se convierten en carne de ratting, encuentran un analgésico para el dolor que provoca el vacío existencial.

Probablemente de eso, del vacío existencial extendido como una pandemia de estos tiempos, es de lo que hablan fenómenos como Harry, Shakira y Gran Hermano. La impudicia de unos por desnudar su intimidad, su carencia de espacios interiores sagrados a resguardo de la intromisión ajena, su necesidad de existir solo bajo la mirada del otro, sin importar si esa mirada horada los rincones más oscuros de uno mismo. Y del otro lado la angurria de quienes no soportan explorar sus propias intimidades, preguntarse por sus necesidades, poner al día sus propósitos e interrogarse, al menos una vez, por el sentido de la propia vida. Porque la vida es una, el tiempo transcurre sin detenerse y hay preguntas que se abren ante nosotros desde temprano y se expanden a medida que pasan los años. Preguntas que solo puede responder cada persona y cuyas respuestas no pueden intercambiarse: ¿para qué nací? ¿cuál es la huella que dejaré, en qué y en quiénes? ¿Hará esa huella que el mundo quede, tras mi paso, un poco mejor de cómo lo encontré? Se responde con una manera de vivir, con un modo de honrar el tiempo que nos es concedido. Y la respuesta es una cuestión de responsabilidad individual. No la dará ni Harry, ni Shakira, ni la tropilla de Gran Hermano.

sábado, 14 de enero de 2023

 Pandemia de estupidez

Por Sergio Sinay






Cuando nos repetimos una y otra vez la pregunta “¿Qué nos pasa?”, como si hubiésemos sido atacados por una fuerza, un virus o una bacteria misteriosa que violó nuestra bondad, nuestra inocencia y nuestro derecho a ser los mejores del mundo en todo (una especie de pueblo elegido), deberíamos buscar la respuesta en Carlo María Cipolla. Cuando transgredimos leyes y normas, cuando se suceden accidentes y muertes viales debidas a la ingesta de alcohol y a la violación de velocidades máximas y otras normas, cuando se observan innumerables conductas cotidianas en diferentes escenarios, e incluso cuando se cotejan ordenanzas y dictámenes emanados de dirigentes y gobernantes, cuando nos creemos más astutos que nadie, cuando nos empeñamos vivir en la anomia, el ventajismo, la indiferencia hacia el otro y nos especializamos en hacer una grieta de cualquier tema, cuando elegimos gobernantes sin consultar sus programas (no los tienen) y pensando en beneficiarnos de sus falsas promesas, deberíamos consultar a Carlo María Cipolla.

Carlo María Cipolla (1922-2000) fue un historiador italiano, nacido en Pavia y reconocido internacionalmente por sus trabajos sobre la historia del dinero y del comercio. “Historia de la moneda”, “La declinación económica de los imperios”, “Historia económica de la población mundial” son algunos de los títulos que le granjearon respeto y prestigio. Catedrático en las universidades de Bolonia y Pavia, en Italia, de Berkeley, en California, y de la London School of Economics, en Inglaterra, Cipolla escribió, entre 1973 y 1976, dos ensayos que, en principio, estaban dedicados solamente a sus familiares y allegados. Sin embargo, trascendieron ese círculo íntimo y cada vez más personas querían acceder a ellos. Finalmente fueron publicados en 1988, en un solo tomo titulado “Allegro ma non tropo” (“Alegre, aunque no mucho”). De esos dos ensayos uno adquirió autonomía y vida propia y trajo para Cipolla una fama que excedió largamente a su profesión. Se titula “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”.

UNA ORGANIZACIÓN PELIGROSA

Escrito con un estilo claro, asertivo y didáctico, ese breve libro de apenas 89 páginas ofrece una explicación inapelable de cómo funciona una de las características que más dañan a las sociedades, a la convivencia dentro de ellas y a las relaciones humanas en general. Cipolla comienza por afirmar que la humanidad se encuentra en un estado deplorable y que sus desdichas y miserias tienen mucho que ver con el modo estúpido (son sus palabras) en que se viene desempeñando. Hay muchos más estúpidos de lo que se cree, de lo que parece y de lo que sospecha, señala, y los describe como un grupo no organizado, que no tiene jefe, presidente ni estatuto y que, a pesar de ello, logra que los actos de cada miembro contribuya a reforzar la actividad de todos los demás. “Se trata de un grupo más poderoso que la mafia, que el complejo industrial-militar o que la Internacional Comunista”, escribe Cipolla, e intenta con su libro “neutralizar a una de las más oscuras y poderosas fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”.

Las cinco leyes enunciadas por Cipolla son las siguientes: 1º) Se subestima la cantidad de estúpidos en circulación; 2º) Que una persona sea estúpida no excluye que tenga también otras características; 3º) El estúpido perjudica a otros sin obtener ningún beneficio y también se perjudica a sí mismo; 4º) Es siempre un error subestimar a los estúpidos y asociarse a ellos; 5º) El estúpido es el ser más peligroso que existe, más peligroso incluso que el malvado.

Respecto de la primera ley señala que los estúpidos pueden ser las personas menos pensadas, las que parecen racionales e inteligentes, y son capaces de emerger de repente en los lugares y en los momentos menos oportunos. Son muy numerosos, aunque no más que la población humana total.

De la segunda ley apunta que se nace estúpido y que eso no tiene arreglo, es un fenómeno de la Naturaleza, como el color de pelo y de ojos y el grupo sanguíneo. El porcentaje de estúpidos es alto e inalterable y es independiente de la raza o el nivel económico, social y cultural. Abarca toda la pirámide social.

A la tercera ley la llama “ley de oro” y en ella establece cuatro categorías de personas. Los inteligentes, que obtienen beneficios para sí y hacen ganar a los demás. Los malvados, que obtienen ganancias para ellos y perjudican a los otros. Los incautos, que se perjudican ellos mientras hacen ganar a los demás. Y los estúpidos, que no solo se damnifican a sí mismos, sino a todo el conjunto. Insiste en que estos son los más numerosos y en que proliferan por la ausencia de respeto a los valores de la conducta cívica.

ESTÚPIDOS Y COHERENTES

La cuarta ley apunta que olvidar el alto costo que significa tratar con estúpidos hace que se los subestime, que se crea que son menos estúpidos de lo que son, que sean menos de lo real y que se sufran ingentes perjuicios debido a esa relación. El estúpido nunca sabe que lo es y quien quiera obtener algún beneficio tratando con estúpidos cometerá un grave error y solo cosechará perjuicios.

La quinta ley considera al estúpido como una persona muy coherente, porque, a diferencia de los no estúpidos (que según Cipolla son menos) nunca cambia y se mantiene fiel a sí mismo. Jamás se dará cuenta de que es estúpido y no habrá en él ninguna modificación, cosa posible en las personas que discurren. Por este motivo los estúpidos, según el historiador italiano, son las personas más peligrosas que existen. Dentro de esta categoría se encuentran los súper estúpidos, aquellos que “con sus inverosímiles acciones no solo causan daños a otras personas sino también a sí mismos” señala Cipolla.

Las leyes enunciadas con enorme perspicacia y agudeza por el profesor Carlo Cipolla se cumplen una y otra vez en nuestra sociedad. La comprobación duele, pero permite entender mucho de lo que nos pasa y es una convocatoria a la unión de los que Cipolla describe como inteligentes.


domingo, 27 de noviembre de 2022

 

El lado B de Qatar

Por Sergio Sinay




 

 

La pelota no se mancha, declamó alguna vez Diego Maradona. Pero la pelota hace tiempo que está embarrada y cubierta de manchas indelebles, hechas de sobornos, partidos arreglados, campeonatos con ganadores predeterminados, arbitrajes de aberrante parcialidad y barras bravas vinculadas al narcotráfico, la prostitución y la servicial violencia política antes que al inexistente amor por sus clubes. El presente Mundial de Qatar pone máculas del fútbol a la vista de manera inocultable, aun cuando sean muchos los que se nieguen a verlas o intenten ocultarlas de manera hipócrita e impúdica. Dicho esto por un futbolero de toda la vida.

Como en cada Mundial o en cada Olimpíada, también en este se inició, desde el momento de la designación de la sede, un vasto y apabullante operativo de mercadeo, publicidad, transacciones políticas, planes económicos y manipulación de mentes que cubre todos los rincones del planeta. En este caso coordinado por la FIFA, una gigantesca corporación que incluye casi tantos o más países que las Naciones Unidas, que se maneja con leyes propias, las que en muchos casos se sobreponen a las de los países miembros o directamente las desconocen, y cuyas actividades, escudándose en lo deportivo, trasuntan tintes cuasi mafiosos.

 

VIEJOS Y NUEVOS LAVADOS

Esta copa deja en claro lo que significa el sportswashing, palabra instalada desde el periodismo inglés que puede traducirse como “lavado de cara a través del deporte”. Un procedimiento por el cual países y personas (políticos, presidentes, deportistas, empresarios, personajes del mundo del espectáculo, etcétera) usan eventos deportivos para borrar de la memoria de la opinión pública aspectos o actividades aberrantes. Se trata de usar deportes masivos (fútbol a la cabeza, básquet, boxeo, automovilismo, ciclismo) o de llevar a la masividad a deportes de público más restringido (como el polo, el hockey, el rugby) para ampliar los mercados y campos de operaciones y obtener multitudinarios testigos para el blanqueo de imagen.

El sportswashing no nació ahora, tiene antecedentes y ejemplos importantes en la era moderna. Quizás el más notable sean los Juegos Olímpicos de Berlín en 1938, cuando el nazismo estaba en su apogeo y, con todas sus siniestras características a la vista, se encaminaba a desatar, un año más tarde, la Segunda Guerra, en la que murieron más de 60 millones de personas y el horror alcanzó su cumbre. De ahí en más abundan los ejemplos, y basta con citar unos pocos: México con las Olimpiadas de 1968, Argentina con el Mundial 1978, el Mundial de Rusia 2018, el Mundial de básquet en China 2019, el de 1978 en Filipinas (bajo el yugo de Ferdinando Marcos), la pelea entre Muhammad Alí y Joe Frazier en 1975, también en Filipinas bajo Marcos, el Mundial de 1934 en la Italia de Mussolini, los numerosos grandes premios de Fórmula Uno que se corrieron y se siguen corriendo en países que no respetan derechos humanos ni reglas democráticas, otro tanto ocurre con torneos de Tenis, los Juegos Panamericanos de 1991 en Cuba, etcétera.

 

LAS GRANDES COMPLICIDADES

Qatar es un pequeño reino ubicado en la Península Arábiga. Su superficie es de apenas 11,571 km² y su población de 2.931 millones de personas, según el Banco Mundial. Su actual emir es, desde 2013, el jeque Tamim bin Hamad Al Thani. Él tiene el poder absoluto y no existen partidos políticos. Las mujeres carecen prácticamente de derechos, aunque oficialmente se diga lo contrario, pero no se verifique en la vida cotidiana (tal como ocurre en Dubai y Emiratos Árabes, otros pequeños reinos contiguos, y en Arabia Saudita). La homosexualidad está penada, igual que las relaciones sexuales fuera del matrimonio, y aunque se pretenda que existe la libertad de expresión, esta no tiene donde ni cómo manifestarse. Hasta 1939 este emirato hubiese pasado inadvertido en el globo terráqueo, perdido en el desierto, pero en ese año (el del comienzo de la Guerra) se descubrieron allí fabulosas reservas petrolíferas. No todo es arena en el desierto. Hasta entonces las principales actividades eran la pesca y la búsqueda de perlas. En 1971, cuando la compañía holandesa Shell finalizó su pozo North West Dome 1 (compartido por su extensión con Irán), a la reserva petrolífera se sumó el yacimiento de gas más grande del mundo. Y, además de acceder a la riqueza descomunal que hoy se traduce en construcciones faraónicas (escenográficas, sin uso ni habitantes reales) y en un derroche insultante frente a la pobreza de países del área, Qatar se convirtió en una preciada joya para el Occidente rico y poderoso, que en materia de aprovisionamiento energético es un gigante con pie de barro. Que haya financiado a movimientos terroristas (los mismos que produjeron asesinatos masivos en el propio Occidente), que omita los derechos y el funcionamiento de instituciones democráticas que Europa Occidental venera, que en plena época de masivos movimientos por la equidad de género las mujeres cataríes vivan bajo la tutela masculina (como niñas o como mascotas), pasó inadvertido para el mundo, y  sobre todo para los países, entre ellos los más poderosos del mundo, que, después de la pandemia más que nunca, están aterrorizados por su insuficiencia energética. Mimar a Qatar, callar, fue la consigna de gobiernos y de marcas. También de la mayoría de los protagonistas de la copa, salvo honrosas excepciones, como los planteles de Alemania, Inglaterra y Dinamarca. Y ni hablar de hinchas que solo miran a la pelota y a sus ídolos y hacen caso omiso de todo lo que el Mundial tapa y de los fines últimos a los que sirve.

Como dijo Martín Luther King (1929-1968), el asesinado luchador por los derechos civiles: “Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez consciente”. Dolorosa verdad en tiempos de sportswashing. Así se oculta cómo los ídolos, entre ellos Lionel Messi con sus contratos millonarios (incluido uno fabuloso en dólares para encabezar el lavado de cara de Arabia Saudita), entran en transacciones con marcas que fueron denunciadas por apelar al trabajo esclavo y al trabajo infantil, y callan (con lo poderosas que podrían ser sus voces) ante la oscuridad que se extiende más allá de los lujosos estadios en donde el show eclispsa a indignantes realidades. El 7 de abril de 2022 se podía en un informe de Amnistía Internacional: “Cada vez más, muchos gobiernos tratan de ocultar las atrocidades que se cometen en sus países organizando competiciones, patrocinando o comprando equipos que limpien su imagen. Denunciamos esta práctica que intenta tapar las violaciones de derechos humanos detrás de los valores y la fascinación que provoca el deporte en todo el mundo”.

domingo, 13 de noviembre de 2022

 

Dante y el infierno mundial

Por Sergio Sinay




 

 

Hubiera cumplido 101 años el pasado 5 de noviembre. Pero murió a los 57 años, el 14 de abril de 1978. Nació en Las Varillas, Córdoba, se inició como periodista en el diario “La Voz”, de San Justo, cuando era adolescente y había abandonado sus estudios en sexto grado para ayudar a su familia. Soñaba con escribir en “El Gráfico” y lo logró a los 21 años, recomendado por un legendario wing de Racing y de la selección nacional: Enrique “el Chueco” García. Fue redactor de esa revista inigualable, con la que muchos aprendieron a leer, otros tantos a ver el fútbol y, quizás, algunos a escribir, así de extraordinarios eran los textos de varios periodistas que la habitaron, entre otros Osvaldo Ardizzone, Ernesto Lazzati o Pepe Peña. Dante Panzeri, de él se trata, la abandonó luego de veinte años de trabajar en ella, los últimos tres como director. Hombre de principios morales inoxidables, que certificaba con su conducta, de una cultura sólida que forjó como autodidacta, y de una escritura siempre inspirada e iluminadora que hacía de cada palabra una gema, Panzeri renunció a “El Gráfico” cuando, por intereses políticos, le quisieron imponer la publicación de una nota con la que no estaba de acuerdo. Pero no renunció a sus convicciones ni al ejercicio de la profesión que amaba y honraba. Su estilo combativo, didáctico, de vasta riqueza idiomática y sólidos argumentos, se desplegó, hasta su muerte, en diversos medios, entre ellos este diario.

 

EL JUEGO DEVALUADO

Es oportuno convocar a Dante Panzeri a una semana del inicio de uno de los mundiales más cuestionables de la historia del fútbol. En 1967 ese entrañable y justificado cascarrabias publicó “Fútbol, dinámica de lo impensado”, un clásico insuperado y posiblemente insuperable para entender las razones de este fenómeno deportivo y social que trasciende épocas, idiomas, fronteras e ideologías. Con una lucidez que encandila, una profundidad abismal y una escritura exquisita Panzeri ilumina hasta los últimos intersticios de este juego que nació oficialmente en Inglaterra el 26 de octubre de 1863 a partir de una escisión producida en la Asociación que regía al rugby. “El fútbol es el más hermoso juego que haya concebido el hombre, escribe Panzeri en su libro, y como concepción de juego es la más perfecta introducción al hombre en la lección de la vida cooperativista”.

El libro es un canto a la creatividad humana, es una celebración del pensamiento estratégico (capaz de ver en perspectiva, más allá de las narices), y del táctico (que apela a recursos a veces insospechados para resolver en lo inmediato), es un homenaje a las potencialidades físicas y psíquicas que, en distintas proporciones, se combinan de una manera única e irrepetible en cada ser humano. Todo eso puesto de manifiesto en esa ceremonia ritual que condensa en 90 minutos el drama y la tragedia, la esperanza y el dolor, la agonía y la resurrección. Una ceremonia en la que, para bien o para mal, para mejor o para peor, ningún protagonista es prescindible y en la que cada uno es parte de un todo mayor que la suma de las partes, aun cuando una de estas resulte más destacable que otras. Cada línea del libro de Panzeri demuele la charlatanería tóxica que, hoy más que nunca (en la medida en que aumentan los charlatanes), envenena la atmósfera futbolística. Y rescata los fundamentos intrínsecos, cada día más ignorados por legos y por pretendidos “especialistas”, de este juego. Al hacerlo permite comprender por qué convoca como convoca y por qué es el más democrático de los deportes, el que menos exige de sus practicantes (no hay requisitos de altura, de peso, de posición económica, de orígenes, de cultura, de edad y hoy ni siquiera de sexos) y el que más les devuelve.

De cara al inicio del mundial de Qatar y en la atmósfera viciada de patrioterismo de ocasión, de oportunismo de todo tipo (político incluido) y de las publicidades desvergonzada y patéticamente interesadas con que las marcas intentan pescar consumidores afiebrados por la ansiedad ante el evento, resuenan las palabras con las que Panzeri denuncia “la abundante dialéctica comercializante del fútbol como industria del espectáculo”. Los miles de millones de dólares que se mueven en torno de un mundial y nada tienen que ver con el juego en sí y mucho con diferentes negocios lícitos e ilícitos (televisión, alcohol, electrónica, turismo, hotelería, gastronomía, indumentaria deportiva, cable, prostitución, narcotráfico, etcétera) confirman esas palabras.

 

LA GRAN CORPORACIÓN

Desarraigado de sus orígenes y de su esencia el futbol es hoy ante todo un negocio en el que el fin justifica los medios. Y el fin son las ganancias económicas, la rentabilidad. Que el país en el que se juega este mundial tenga un pésimo récord en materia de derechos humanos, que haya sido refugio y fuente económica de grupos terroristas, que las mujeres estén reducidas a un servilismo arcaico les ha importado poco a los países participantes y a quienes van a concurrir para “alentar” y lo harán a precios obscenamente desmesurados en un mundo en el que, en pleno siglo veintiuno, el hambre, la pobreza y la desigualdad son lacras extendidas ante la indiferencia mayoritaria. Que hasta 2020 hayan muerto unos 6500 trabajadores migrantes llegados desde Nepal, Sri Lanka, India, Bangladesh y Pakistán para construir los estadios (datos de una investigación del diario inglés “The Guardian”), poco importa, el show debe seguir. Debe realizarse, aunque organizaciones internacionales dedicadas al derecho laboral calculen que, desde el comienzo de las obras, en 2010, murieron 12 trabajadores por semana. “Existe una falta real de transparencia en torno a estas muertes”, advirtió Amnistía Internacional.

La FIFA, federación que rige el negocio futbolístico en todo el planeta, es una corporación hermética, con leyes propias que en muchos casos están por encima de las leyes nacionales. Su funcionamiento es oscuro, pero sus fines no lo son: sumar poder económico y político sin límites, valiéndose del juego que nació en 1863, y atrayendo por todos los medios posibles, con colaboración y complicidad de gobiernos, marcas, medios y personajes públicos, a miles de millones de consumidores del producto que aun conserva el nombre de fútbol. Porque, aunque se pretendan hinchas o espectadores, en realidad se trata simplemente de consumidores, y, como tales, fácilmente manipulables. “La barbarie y lo desagradable del fútbol, escribía Panzeri en su libro cada día más vigente, tiene su fuente en el hecho de que el público aún no sabe para qué y por qué se juega al fútbol. Por eso es permeable a creer que en un partido de fútbol juega ´el país´ o ´la patria´”. La manipulación lleva a que personas que son indiferentes al padecer ajeno y que no logran concretar objetivos comunes y trascendentes se envuelvan en la bandera cada cuatro años atacados por una súbita (y fugaz) fiebre épica al grito de “¡Vamos Argentina!”.

Panzeri fue un solitario e inquebrantable opositor a la realización del Mundial de 1978 en Argentina. En el país martirizado por la dictadura había otras prioridades, decía. Fue desoído y denostado. Murió tres semanas antes del comienzo del torneo. Si hoy viviera, a una semana de Qatar 2022, acaso volvería a morir.

lunes, 11 de julio de 2022

Incertidumbre, la única certeza

Por Sergio Sinay





 

 

 

En la noche del 2 de noviembre de 1975, en Ostia, un descampado cercano a Roma, Pier Paolo Pasolini fue golpeado de manera brutal, hasta morir desfigurado. Giussepe “Pino” Pelosi, un lumpen de 17 años, que fuera detenido, procesado y encarcelado por el asesinato, murió a su vez el 21 de julio de 2017, a los 59 años, en el hospital romano Gemelli, víctima de un cáncer. En su tumba yace el misterio de lo que ocurrió entre ellos aquella anoche fatídica, en la que Pasolini lo contactó en un bar aledaño a la estación ferroviaria de Termini, en Roma, y lo invitó primero a cenar en una trattoria y luego a dar una vuelta en su Alfa Romeo plateado. Católico creyente, homosexual confeso, marxista declarado, poeta, ensayista, novelista, inspirado cineasta y una de las mentes más penetrantes y lúcidas de su época, Pasolini tenía entonces 43 años y ya había creado algunas de las grandes obras maestras del cine universal, como “El evangelio según San Mateo”, “Medea” (con María Callas), “El Decamerón”, “Teorema”, “Accatone”. Y había declarado lo siguiente: “Devoro mi existencia con un apetito insaciable. Cómo terminará todo esto, lo ignoro.”

Respecto de la segunda parte de su declaración, a todos nos cabe el sayo. Nadie sabe cómo terminará su propia vida, a menos que se proponga ponerle fin por su cuenta. En cuanto al primer tramo de la declaración, cada persona es responsable de la respuesta. Las preguntas a contestar serían estas: ¿estás viviendo tu existencia enteramente sumergido en ella, arriesgándote a explorándola a fondo, despierto, atento, procurando develar su sentido aún en los más simples sucesos? ¿O simplemente tratas de conservarla, previniéndote de cualquier riesgo, pertrechándote contra el diario acontecer, buscando anticiparte al devenir? De ser así, ¿para qué quieres conservarla? ¿Solo para perdurar en el tiempo?

 

NADA NUEVO

Aunque incómodos e inquietantes, como pueden resultar para muchos, los interrogantes planteados en el párrafo anterior se acomodan perfectamente a los tiempos que vivimos aquí y ahora. Una era de incertidumbre, de ominosa ambigüedad. Nada se sabe, nada se puede afirmar, es posible esperar cualquier cosa, o ninguna, o la contraria. Las predicciones más descabelladas están a la orden del día. Se afirman y difunden cosas absurdas, sin precisar fuentes. Se desparraman creencias delirantes. La irresponsabilidad de los líderes y dirigentes campea en todos los ámbitos, son capitanes ineptos de un barco a la deriva. Hasta la naturaleza con sus manifestaciones (virus, sequías, inundaciones, incendios, tsunamis, erupciones, temblores) aporta lo suyo al muy surtido menú de lo incierto, de la imprevisible, de lo aleatorio, de lo inesperado, de lo desconocido, de lo temido.

Como Pasolini, ignoramos cómo terminará todo, no solo en lo personal, sino también en lo colectivo. Y acaso nos asalte la sospecha de ser objetos de un acontecer inédito. Sin embargo, al revisar la historia de la humanidad podemos comprobar que no poseemos semejante privilegio. Ya la vida era incierta para nuestros primeros y rudimentarios antecesores “sapiens”, que estaban a merced de predadores y fenómenos naturales capaces de eliminarlos en un instante. Y en toda su trayectoria, incluida la actual etapa de desbocado desarrollo tecnológico, la evolución de nuestra especie ha estado bajo la sombra de un gigantesco signo de pregunta.

La incertidumbre es un ingrediente esencial y definitorio de la vida. Lo que sabemos respecto del futuro es nada respecto de lo que ignoramos, por mucho palabrerío que gasten los futurólogos, los tecno eufóricos e incluso los celebrantes de las disciplinas esotéricas. En todos esos campos (como en la economía, la política, e incluso la ciencia) se verifica frecuentemente lo que el lúcido e implacable ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb (que alumbró la categoría de “cisne negro” para los eventos altamente improbables que aun así ocurren) define como “estupidez de confundir profecías con previsiones”. Al referirse a la pretensión de predecir el futuro, y por lo tanto de controlarlo, Taleb dice en su libro “¿Existe la suerte?” que la probabilidad, en la que tantos “expertos” se centran, trata siempre sobre el pasado y de ahí deduce que es posible que algo ocurra porque ya ocurrió en otro momento, pero nada puede aportar sobre el futuro, porque lo que no ocurrió es indemostrable.

Pese a esto, la compulsión humana a prevenirse de lo que no ocurrió, y a imaginarlo de mil maneras posibles dándolo por cierto, no afloja. Y el resultado suele ser una vida temerosa, empequeñecida, paranoica, de certezas ilusorias. Así, si compramos en cuotas no se debe solo a que quizás no disponemos de del dinero para pagar al contado sino, porque, como bien lo explica el economista, filósofo y epistemólogo belga Christian Arnsperger en su trabajo “Crítica de la existencia capitalista”, en un nivel inconsciente creemos estar comprando tiempo de vida. En ese plano nos decimos que estaremos vivos durante el tiempo que duren las cuotas para así pagarlas. Y creemos que nadie nos daría esos plazos si no creyera que viviremos para pagarlos. Como esta, nos rodeamos de trampas inconscientes destinadas a reforzar la ilusión de que podremos domar la incertidumbre y lo imprevisible. Nos vacunamos todas las veces que nos instiguen a hacerlo (aunque las vacunas estén en fase de experimentación), compramos seguros contra todo lo que fuere, consultamos a una variada fauna de pitonisas y pitonisos, nos desvelamos hasta el insomnio viendo programas de televisión en donde videntes de la política o la economía describen futuros incomprobables o buscamos respuestas “googlizadas” que calmen nuestras ansiedades, aunque solo las aumentan porque se contradicen unas con otras.

 

CITA CON EL DESTINO

Y así seguimos, aferrándonos al “por las dudas”, al “por si acaso”, a las prevenciones más ilógicas y delirantes. Compramos toda apariencia de certidumbre, orden o permanencia que se nos ofrezca y una parte sustancial de la vida se nos va en preservarla antes que en explorarla, en hacerla más larga y no más ancha. En prevenirnos de vivir. A pesar de todo eso se sigue cumpliendo aquello que aseveraba el gran fabulista francés Jean de la Fontaine (1621-1695), autor de “La zorra y el cuervo” y “La cigarra y la hormiga” entre otros relatos inmortales: “A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.”

Desesperados buscadores de certezas, contamos con una sola: la de que somos finitos en el tiempo y, aunque no sepamos cuándo, vamos a morir. Es la certeza que tratamos de ignorar a través de los medios y las conductas más absurdas y patéticas. Esta certidumbre debería ser un estímulo para descubrir el sentido de nuestra vida, la de cada uno, y no para inmovilizarla. “Se mide la inteligencia del individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”, apuntaba el pensador alemán Emmanuel Kant (1724-1804), uno de los pilares de la filosofía moderna. Obsesionados por cerrarle el camino a cada riesgo real e hipotético, lógico o absurdo, previsible o impredecible, terminamos por olvidar que la cuestión central, más allá de sobrevivir, es cómo y para qué vivir.


viernes, 8 de julio de 2022


Enchinados


Por Sergio Sinay






 

“Fuerte confesión de la China Suárez: a veces lloro”. “La China Suárez hace un tour fotográfico por su baño”. “La China Suárez cambió de novio”. “La China Suárez le dio un beso a Rusherking”. “La China Suárez se cambió el color de pelo”. “La China Suárez estornudó”. Todos los días en todas las versiones on line e impresas de los diarios argentinos (incluso los que se dicen serios) es infaltable la China Suárez. De inmediato las “noticias” acerca de ella son levantadas en programas de radio que parecen una reunión de gente en un bar y por programas de televisión que son un homenaje al chisme y la banalidad. Y aunque las cruciales experiencias existenciales de Wanda Nara (inaugura una mansión de fin de semana, se cambia el esmalte de uñas, le espía el teléfono a Mauro Icardi, pide pizza por delivery) no son para menos, justo es reconocerlo, hay algún día en el que su nombre y sus andanzas no aparecen.

Esto ocurre en un país desquiciado, sin moneda, con vacío de poder, con un presidente apenas nominal, en el que día a día la vida se hace más precaria y el futuro asoma como un túnel oscuro y sin salida. Cuando la decadencia es terminal, inunda todos los ámbitos de la sociedad. Este es el periodismo de un país en esas condiciones. Una profesión depredada por operadores de todo tipo (político, económico, deportivo, farandulesco), en la que ayudar a entender y a reflexionar, en la que informar de buena fe y con fuentes e investigación sustentable es, cada vez más, un imposible, salvo escasísimas excepciones, y en la que honrar y cuidar el uso de la palabra (sea oral o escrita) es una experiencia lejana y ajena. Tan lejana que, en lo personal, me provoca un profundo dolor y una honda indignación. No era para esto que, en mi generación, tantos de nosotros habíamos abordado este, que supo ser arte y oficio.


¿Por qué no habría de ser la China Suárez una noticia de cada día, entonces? Hay que seguir insistiendo con las peripecias nimias de este personaje hasta que se naturalice su presencia, y el día en que no nos cuenten cómo durmió, qué comió, quién es su nueva y fugaz pareja o con quién se peleó, sintamos que nos falta algo, que hay un agujero en nuestras vidas, que nos sacaron la asistencia respiratoria que nos mantenía vivos en esta atmósfera tóxica.    


domingo, 26 de junio de 2022

 

Una cuestión trabajosa

Por Sergio Sinay




 

 

Hasta que llegó el coronavirus con las cuarentenas y confinamientos, varios interrogantes se cernían de un modo silencioso sobre el mundo del trabajo. A partir del momento en que el covid-19 cubrió el planeta como una mancha muchos empleos y puestos de trabajo desaparecieron, otros se modificaron y la “nueva normalidad” (sea lo que fuere que esta signifique) multiplicó los interrogantes y los hizo audibles. Para explorar posibles respuestas hay que partir de una premisa. Trabajar es una necesidad humana. No solo por una cuestión económica, la más evidente pero no la más profunda, sino porque los seres humanos somos criaturas transformadoras por naturaleza. Llegamos a la vida para devolver transmutado el mundo que se nos entrega. Cuando en esa labor expresamos principios morales además de habilidades y conocimientos, la transformación deja ese mundo un poco mejor. Y nuestro oficio, profesión o actividad es entonces una fuente de sentido existencial, ayuda a realizarnos, y en ese proceso, a ser servidores de nuestra especie y de todo lo viviente. Aun en el puesto de trabajo menos glamoroso, el menos reconocido, el más opaco un ser humano puede encontrar un acto, un momento que le permita reparar un lugar, una vida, aliviar un sufrimiento, alimentar una esperanza. En fin, hacer que, al final del día, por esa mínima acción, el mundo esté un poquito mejor que al comienzo de la jornada. Tal es el caso de un colectivero que detiene el vehículo junto al cordón, el médico que mira a los ojos a un paciente y le pone la mano en el hombro en lugar de observar solo la computadora, el obrero, la empleada o el oficinista que coopera con un o una colega en algo en que la otra persona se trabó, el empleado público (o empleada) que le soluciona el problema a uno, tan solo a uno, de las decenas de usuarios o contribuyentes que acuden a su oficina o su mostrador, etcétera, etcétera.

 

DEJAR HUELLA

Cada persona puede encontrar en su actividad una acción, una actitud, que mejore el mundo. Acaso baste con preguntarse en la mañana, al despertar, cuál es el modo en el que, a través de su tarea, uno se propone hacer ese aporte. Y peguntarse nuevamente, en la noche, de qué manera su actividad dejó el mundo mejor durante ese día. No se trata de un imposible, basta con probar.

El 10 de junio de 1930 el célebre economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) dictó en Madrid una conferencia que en su momento se consideró profética. Se titulaba “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, y en ella advertía que la posibilidad de la vida sin trabajo era inconcebible y constituiría todo un reto para la humanidad. Imaginaba que un mundo así estaría sumido en la depresión y la adicción a las drogas y el alcohol. Es que trabajar, más allá de ganarse la vida, significa poner en el mundo los dones de los que cada persona está dotada, expresar valores, desarrollar habilidades sociales, experimentar virtudes como la cooperación y la empatía, dejar huella, a través de lo realizado, del propio paso por la vida.

El acelerado y también desmesurado desarrollo de la tecnología a partir de revolución digital estallada a fines del siglo veinte ya había puesto signos de pregunta sobre el futuro del trabajo. Los tecnoeufóricos (fanáticos de los adelantos y negadores de toda contraindicación) anunciaban un futuro en el que robots y múltiples formas de inteligencia artificial remplazarían a los humanos en todo tipo de tareas y les permitirían gozar de más tiempo para el disfrute y la vida personal. Los tecnoescépticos (duros críticos del progreso basado en cuestiones técnicas y olvidado de guías morales) prevenían sobre la proximidad de un mundo con mayores desigualdades, en el que la tecnología contribuiría a la mayor riqueza de quienes ya eran ricos y dejaría legiones de desplazados y desocupados. Ante este panorama Eryk Brynjolfsson, experto en tecnología, comercio digital y productividad, profesor de Tecnologías de la Información en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), advirtió que “cada vez que la tecnología desplazó al trabajo humano, el ser humano supo reinventarse, pero lo que está ocurriendo hoy es que la innovación y la destrucción del trabajo va mucho más rápido que la creación de trabajos nuevos”.

 En su libro “El mundo sin trabajo” (que contó con la colaboración del gran pensador polaco Zygmunt Bauman, fallecido en 2017) el italiano Rudy Gutti, músico, director de cine y antropólogo, recuerda que, en los años 30, Henry Ford con su fábrica de autos era la nave insignia de la innovación digital, la cual significaba por un lado repetición, rutina, subordinación a la máquina (Charles Chaplin da cuenta de ello en la memorable “Tiempos Modernos”), pero al mismo tiempo ofrecía como aspecto positivo “estabilidad y algún tipo de adquisición del derecho de la propiedad sobre nuestro puesto de trabajo. Había una dependencia recíproca y mutua entre los capitalistas por un lado y los trabajadores por el otro”.

MIRANDO MÁS ALLÁ

Esa interdependencia parece haber desaparecido hoy de manera acelerada a partir del nuevo escenario laboral planteado desde la pandemia en adelante. Por una parte, el home-office, o teletrabajo, convirtió muchos espacios laborales en salones desérticos y, un serio problema que se les presenta a muchas empresas y a los líderes de sus equipos es cómo convencer a su personal de regresar a las oficinas, estudios o talleres. Por otra parte, numerosos puestos de trabajo desaparecieron, tragados por la crisis económica, el cierre de empresas y negocios, el aborto de proyectos. El desempleo y la changa ensombrecen el mundo del trabajo y la velocidad desenfrenada de la innovación tecnológica (a menudo caprichosa, innecesaria y solo fogoneada por la ansiedad de “no quedarse atrás”, aunque no se sepa hacia dónde es la carrera) hacen que mucha de esa mano de obra desocupada, y disponible, no tenga tiempo (ni posibilidades económicas) de ponerse al día con los conocimientos necesarios para sumarse a la corrida.

Mientras por un lado se producen tires y aflojes entre quienes propugnan presencialidad 100% en los trabajos, independientemente de la utilidad de esta, y quienes abogan por la flexibilidad o la hibridez (nueva muletilla de moda en el ambiente del managment), lo cierto es que aquella estabilidad fordiana desapareció. Si, en el caso puntual de nuestro país, se suma la larga y penosa historia de malas andanzas políticas y económicas una de cuyas consecuencias es que la cultura del trabajo se haya esfumado un par de generaciones atrás, el futuro es una incógnita. Y mientras esta perdure, aquella agorera semblanza de Kynes acerca de lo que podría ser una vida sin trabajo sobrevolará el paisaje cotidiano. El gran tema para discutir no es si el trabajo será presencial, a distancia o híbrido. La cuestión es de qué manera en el futuro próximo el trabajo podrá ser aquello para lo cual forma parte de la vida humana: una fuente de realización, de sentido y de trascendencia. La respuesta excede largamente la coyuntura, las crisis económicas y los optimismos tecnológicos.

martes, 1 de marzo de 2022

 

Varones que mancillan la 

masculinidad

por Sergio Sinay





Tomás Fabián Domínguez, 21 años, Lautaro Dante Ciongo Pasotti, 24 años. Ignacio Retondo, 22 años. Steven Alexis Cuzzoni, de 20 años y Franco Jesús Lykan, 24 años. Estos son los detenidos y acusados por la violación grupal a una chica de 20 años ocurrida el 28 de febrero en Palermo, a la luz del día. Sus nombres no solo deben ser repudiados por organizaciones feministas. Estos cobardes especímenes nos interpelan en primer lugar a los varones. Mancillan a los hombres que aman a sus mujeres con buen amor, que son padres nutricios de sus hijos, que mantienen relaciones sexuales en términos de equidad y de placer compartido y consentido. A los varones que trabajan por una sociedad mejor, que muestran en la vida coraje y testosterona espiritual, de esa necesaria para luchar por la justicia, por el respeto, por la igualdad social y económica, por la paz y los encuentros, insultan a los que honran la diversidad. Estos inexcusables imbéciles violan no solo a una mujer sino a la integridad del amor. La primera barrera a este tipo de canallas, que abundan y nos ensucian, la debemos poner ante todo los varones. Cada uno de estos imperdonables nos convierten a todos los hombres en sospechosos y acusados. Y nos hacen blanco del odio y el resentimiento de quienes ganan (ganancias pírricas) con los desencuentros, con el enfrentamiento, con el desamor.

 Silencio y pasividad frente a basuras así nos dejan en deuda moral ante nuestras compañeras, amigas, novias, hijas, madres, hermanas, colegas o incluso amantes. Una deuda inadmisible y que a nuestras conciencias (que hablan, aunque las silenciemos) les costará saldar. No hay que ser feminista para enfrentarlos, denunciarlos y excluirlos de todo espacio digno de un hombre que merezca llamarse así. Ni hay que estar de acuerdo con las expresiones más sesgadas del feminismo confrontativo, excluyente e intolerante. Basta con ejercer una hombría digna, con demostrar coraje espiritual, con sentir en nosotros la ofensa provocada en el otro cuerpo, en la otra persona.