Reflexión de la semana
Una buena
Por Sergio Sinay
Espacio de reflexión sobre temas sociales, políticos y culturales. Exploración de ideas y experiencias.
Reflexión de la semana
Una buena
Por Sergio Sinay
Reflexión de la semana
Impunidad de rebaño
Por Sergio Sinay
Los
funerales masivos, los festejos multitudinarias en el Obelisco, las fiestas
clandestinas (que son públicas y anunciadas hasta en las redes sociales), los
asados del presidente con sindicalistas o las celebraciones en la Quinta de
Olivos, con modelos, actrices y personal trainers incluidos, son, al parecer,
territorios liberados del virus. Como si en esos espacios y eventos se hubiera
logrado inmunidad e impunidad frente a la pandemia que, a millones de
argentinos que carecen de tales privilegios, los diezma en varios frentes:
salud, economía, proyectos, esperanzas, libertad de movimientos, de trabajo, de
despedir y sepultar dignamente a seres queridos, entre otras. La inmunidad y la
impunidad se manejan según los intereses y las necesidades de un poder que
muestra pocos escrúpulos, una muy entrenada capacidad de mentir y absoluta
falta de sensibilidad, compasión y empatía ante aquellos a quienes luego busca
como votantes. Es obvio que nadie, por mucho que mienta, puede ir contra su
naturaleza.
Reflexión de la semana
Mintiendo
por un voto
Por Sergio
Sinay
Empezó la
temporada de caza electoral. Cualquier trampa, cualquier artimaña, cualquier
mentira, cualquier falsa promesa, cualquier traición es válida para atrapar un
voto. Besarán chicos (vieja, patética e inmoral foto que se repite en cada campaña),
abrazarán jubilados (ídem a lo anterior), se tirarán con carpetazos,
desplegarán toda sus bajezas y sus miserias morales hasta raspar el fondo de la
olla. Cada uno lo hará a su manera, con su estilo, pero ninguno quedará afuera.
Ni los veteranos de esta gimnasia siniestra, ni los recién llegados, los “outsiders”,
vestidos de aparente pureza, que quieren mostrarse vírgenes, pero ya exhiben
las mañas. Mencionarán una y mil veces al “pueblo”, a la “patria”, a la “gente”,
prometerán lo que ya prometieron hasta el hartazgo y jamás cumplieron.
Cazadores furtivos en tiempos de veda, cazadores impiadosos cuando la temporada
se habilita, como ahora. Responsables eternos, repetidos, clonados de que,
gracias a ellos, haya por lo menos tres especies en extinción: la honestidad, la
esperanza y el porvenir.
MI PADRE
Por Sergio Sinay
(A propósito del Día del Padre)
Mi padre se llamaba
Moisés. Era hijo de Miguel y de Lea. Fue hermano de Marcos y de Rubén. Fue el
marido de Miriam. Fue el padre de Horacio y de mí. Era el abuelo de Iván y de
Javier. Cuando murió, hace dos días, tenía 85 años.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero hacía el más sabroso café con leche que jamás probé. Nos los
preparaba cada mañana a Horacio y a mí, cuando íbamos al colegio, y nos lo
servía con unos enormes panes con manteca y dulce.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero pelaba las naranjas como nadie. Las dejaba sin un rastro de
ollejo, brillosas, lisas, tentadoras. Yo no quería comer naranjas si no las
pelaba él.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero llenó de libros nuestra casa de la infancia y los dejó absolutamente
a nuestro alcance. Nunca dijo “ese libro no es para vos”. Y así aprendimos a
amar la lectura desde chicos. Todavía hoy leo como entonces, como él. Con
voracidad, con desorden, con placer. Mi casa está llena de libros, las
bibliotecas son los muebles principales.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero a los 84 años aprendió a hacer señaladores de cuero, con sus
dedos agarrotados, y me regaló uno, simple, bello y austero, con el que hoy
guío mis lecturas.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero cuando yo tenía 10 años y Horacio 7 y vivíamos en La Banda,
Santiago del Estero, compró entradas y un 9 de julio nos llevó a la cancha del
Club Mitre a ver a River, que venía de gira. Seguimos el partido subidos a un
sulky, porque no había lugar para nadie. Fue la primera vez que vi a River, y
lo vi con Carrizo, con Lostau, con Labruna, con Pérez, con Pipo Rossi. Mi padre
era hincha de Independiente, nosotros nos hicimos de River.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero nos llevaba cada domingo a la cancha a ver a Central
Argentino, de La Banda, a pesar de que él era hincha del eterno rival,
Sarmiento. Y hasta se alegraba con nosotros si ganaba Central.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero una tarde de mi adolescencia, en la trastienda de la farmacia
que él y mi madre tenían en La Banda, me explicó cómo se hacían los chicos.
Tartamudeaba y estaba rojo y sudoroso. Yo ya sabía, pero me fascinó su
explicación.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero cuando hice mi viaje de egresado, en tren desde Santiago a
Mendoza con mis compañeros del Colegio Nacional Absalón Rojas, me llamó aparte
en el andén y me dio tres preservativos. “Tomá, por si los necesitás”, me dijo.
Y otra vez estaba rojo y sudoroso.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero un día, cuando cumplí doce años, se apareció en casa con el
curso de dibujo de Los Doce Famosos Artistas como regalo. Y yo, que amaba las
historietas, tuve como profesores a Hugo Pratt, a Alberto Breccia y a otros
así.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero cuando me acariciaba, y me acariciaba mucho, tenía las manos
tibias; y cuando me besaba, y me besaba mucho, tenía los labios suaves y
húmedos.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero un día, cuando un chico más grande que yo, uno de los pesados
de la cuadra, me estaba dando una paliza en plena calle, él apareció de la nada
y cagó a patadas en el culo a mi enemigo.
Mi padre no fue un
gran hombre. No me enseñó a manejar, pero resultó lo bastante confiado como
para dejar las llaves del auto a mi alcance, de manera que una siesta las
agarré, subí al Fiat 1500 verde y debuté por mi cuenta paseando durante dos
horas, maravillado de que semejante artefacto respondiera a mis movimientos.
Cuando se lo conté, mi padre sonrió casi complacido, casi aliviado.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero venía a verme cuando yo jugaba al básquet en los infantiles y
en los cadetes del Club Olímpico, de La Banda, y, al principio, me llevaba a
los entrenamientos, y a mi hermano también. Y aunque él era un patadura, yo,
creo, jugaba para él, para que él me admirara.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero, aunque jamás aprendió a andar en bicicleta, me sostuvo en la
mía y no me soltó hasta que pude mantener el equilibrio por mí mismo. Y yo
sabía que no me iba a dejar caer.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero lagrimeaba de orgullo cuando nos presentaba a Horacio y a mí
y decía “Estos son mis hijos”. Lo decía con el mismo énfasis cuando éramos
chicos y cuando nos hicimos hombres.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero nadie sabía contar “El patito feo” como él. Y nadie tuvo su
paciencia para narrármelo una y otra vez, siempre con el mismo entusiasmo, cada
siesta y cada noche de mi niñez temprana, respetando mi necesidad de volver a
oír mi cuento favorito.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero todavía a sus ochenta y pico era capaz de poner inyecciones
como nadie, sin que sintieras ni el pínchazo ni el dolor. Muchas veces preferí
inyecciones a otro remedio, porque sabía que estaba él para ponerlas.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero descubría siempre los mejores chocolates.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero hasta el último domingo de su vida leyó el diario de pe a pa
y era un interlocutor informado y apasionado de los sucesos del mundo y de la
vida.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero amaba el cine y las películas y nos enseñó a amarlas junto a
él; nos llevaba a las matinés del cine Renzi y a los estrenos del Petit Palais,
del Grand Splendid, del Select o del 25 de Mayo. Disfrutaba como un chico de
las de cowboys y hacía el sacrificio de llevarnos cinco días seguidos a ver “La
Cenicienta” o “Sansón y Dalila, con Víctor Mature y Hedy Lamarr. Ahora, en sus
últimos tiempos, seguía contando escena por escena, como un personaje de Manuel
Puig, cada película que veía en el cable, y lloraba de emoción o de bronca,
según fuera una escena de amor o de injusticia.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero era el mejor público para contarle un chiste. No había que
hacer grandes esfuerzos narrativos, él se descomponía de risa por el sólo hecho
de saber que era un chiste.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero cada vez que mi madre se lo pedía era el mejor ayudante de
cocina. Nunca vi a nadie batir claras a nieve, como él. A mano.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero tenía la letra más bella y firme que yo conozca. Me fascinaba
ver cuando escribía cartas, cuando firmaba boletines o cuando hacía los
discursos que después leía en las reuniones de la colectividad judía
santiagueña; yo observaba hipnotizado cómo iba surgiendo sobre el papel el
dibujo de su caligrafía y cómo él mismo disfrutaba mientras su mano cobraba
velocidad, calor e inspiración.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero me enseñó, con sus actos, que un hombre sí puede llorar. Él
lloraba de emoción o de dolor.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero supo despedirse antes de partir. El domingo a las cinco de la
mañana me desperté y no pude volver a dormir por un largo rato. Era una hora
silenciosa y quieta. De marea en baja. Entonces supe que, en la sala de terapia
intensiva del hospital, él estaba muriendo. Que me despertaba suavemente, como
cuando en las mañanas frías del colegio se acercaba a mi cama, me tocaba
suavemente el hombro y me decía, en un susurro, “Pichu...arriba”. Y que esta
vez lo hacía para despedirse. En mi cama, en la oscuridad, no luché contra el
insomnio, simplemente me despedí de él, le deseé buen viaje, le agradecí lo que
tenía que agradecerle y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas
pendientes entre nosotros. Ninguna. Me dormí nuevamente a las siete y el
teléfono sonó a las ocho para pedirnos que fuéramos con urgencia al hospital.
Entonces le dije a Marilén: “Mi Viejo murió hoy a las cinco y media, es eso lo
que nos van a informar”. Un par de horas después, nos entregaron un certificado
de defunción que decía: “hora del fallecimiento: 5:30”.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero enfrentó a la muerte entero y vivo. Peleó con sabiduría,
conocedor de que la batalla sería posible mientras hubiera equivalencia. Cuando
sintió que ya estaba, que había hecho lo suyo, que las reglas de juego habían
dejado de ser parejas, dijo basta. No lo dijo como un derrotado. Había comido
una porción de las grandes (como a él le gustaban) de la vida; su último año y
medio había sido de placer, de reivindicación y de buena vida. Entonces decidió
que estaba a punto y murió. En su muerte, fue un modelo. Y no es poca cosa.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero murió como un señor. Sin degradarse, sin deterioro, sin
corromperse, como una persona íntegra y consciente. No huyó, no tuvo miedo,
llegó vivo a su muerte. Y cuando lo vimos, antes de ocupar su cajón, su rostro
era plácido, pacífico, como quien sueña sueños íntimos y felices o como quien
observa deslumbrado algo que lo hará feliz pero de lo que no quiere hablar.
Era, en ese momento y en ese lugar, en la morgue del hospital, nada menos, un
viejo hermoso y sereno. Así nos despidió. Soltándose, soltándonos.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero fue honesto.
Mi padre no fue un
gran hombre. Pero fue amoroso.
Mi padre no fue un
gran hombre. Y no importa. Los grandes hombres ocupan, a veces, demasiado lugar.
Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos hacen la vida más pesada. Visto
así, por suerte, mi padre no fue un gran hombre. En muchas cosas fue sólo un
pequeño hombre. Pero más allá de todo fue algo más difícil y más importante. Mi
padre fue un buen hombre.
Agradezco eso.
Gracias, papá, por tu
vida.
(1 de
junio de 1999, día siguiente al entierro de mi padre)
La oportunidad no
viene sola
Por Sergio Sinay
Lo viejo
no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. Esta frase le es atribuida
tanto al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956), autor de obras
fundamentales del teatro del siglo veinte, como La ópera de tres centavos y
Madre coraje, como a Antonio Gramsci (1891-1937), filósofo, periodista y
sociólogo italiano, autor de Pasado y Presente y Literatura y vida nacional
entre otros textos claves del pensamiento político. Brecht definía con aquella
frase a las crisis. Gramsci describía con ella la complejidad de ciertos
momentos históricos. Y agregaba algo fundamental: “En ese interregno es donde
surgen los monstruos”. La historia le daría repetidamente la razón. Y se la
sigue dando.
Hace
mucho tiempo, demasiado, que en la Argentina lo viejo no acaba de morir y lo
nuevo no acaba de nacer. Lo que en la historia es una transición aquí resulta
una imagen congelada. O quizás no tanto, porque lo viejo no está paralizado,
estancado. Vive, se mueve, extiende tentáculos, genera sombras oscuras y
extensas. En simultáneo la luz de lo nuevo titila, languidece, amenaza con
apagarse definitivamente. Y en ese limbo surgen monstruos de diferente tipo,
que, antes de revelar sus características aberrantes, se presentan como figuras
providenciales y así son elegidos. Cuando se descubre lo que verdaderamente son
y se proponen, ya es tarde.
Se suele asociar de manera automática e irreflexiva a las palabras crisis y oportunidad. Como si fueran hermanas gemelas inseparables. Y con cierto voluntarismo cándido se espera en esos casos que la oportunidad golpee a la puerta en plena crisis. Sin embargo, las oportunidades no existen por sí mismas ni llegan por designio divino. Hay que ir hacia ellas, generarlas. Las crisis, al revolverlo todo, ponen al descubierto recursos desconocidos o inexplotados, tanto internos como externos. Son materiales con los cuales construir la oportunidad. Pero, así como una pila de ladrillos no se convierte mágicamente en una casa, los recursos revelados por una crisis no se transforman repentinamente en una oportunidad. Si la oportunidad no se construye y no se ejecuta, la crisis es solo una crisis. Una más. O la misma, interminable, de siempre. Con el pasado vivo y el futuro nonato.
Las palabras nunca son mera unión de letras o simples sonidos. Oportunidad proviene del latín opportunitas, formado a partir de op (oprobio, opresión) y portus (puerto). Habría, entonces, un relato encerrado en el vocablo oportunidad. El hallazgo de un puerto desde el cual partir, cuando se está hundido en el oprobio y la opresión, en busca de horizontes distintos. Para lo cual habrá que aventurarse a navegar. Una vez más, la oportunidad no viene dada.
Y mientras tanto los hombres…
Por
Sergio Sinay
¿Nos atañe la conmemoración del 8 de Marzo a nosotros, los
varones? ¿Basta con apoyar de palabra las justas reivindicaciones femeninas
pendientes o con declararse “varón feminista” para estar a tono? Acaso eso
calme transitoriamente alguna conciencia, luzca para la foto, para la tribuna o
para las redes sociales, como es el caso de presidentes, funcionarios o
personajes públicos y no públicos que maquillan por un día su machismo
militante. Pero los varones que no somos ni nos sentimos culpables de todos los
males de la historia humana, los que procuramos convertir las diferencias naturales
(no las culturales que se venden como naturales) entre hombres y mujeres en
fuentes de encuentros trascendentes para ambos, los que estamos firme y
amorosamente presentes en las vidas de nuestros hijos, nuestros nietos,
nuestras compañeras de amor, de trabajo, de búsqueda y de proyectos
existenciales, podemos hacer mucho más que eso.
La
conmemoración del Día Internacional de la Mujer se origina en una marcha de 15
mil trabajadoras convocadas por el partido socialista ocurrida el 8 de marzo de
1857 en Nueva York. Pedían condiciones laborales, jornadas y salarios similares
a los de los hombres. El clamor creció tras el 25 de marzo de 1911, cuando se
incendió la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist, de Nueva York, y murieron 123
mujeres y 23 hombres, la mayoría inmigrantes de entre 14 y 23 años. Pero solo
en 1975 (como sucede con tantas reivindicaciones postergadas), la ONU
consagraría la fecha en el orden internacional. El recordatorio cobra fuerza
año a año, aunque a pesar de las justas demandas que lo sostienen no deja de
ser manipulado por oportunistas y fundamentalistas que anteponen intereses
propios (ideológicos, políticos, económicos o de secta) a los de un mundo
equitativo, donde mujeres y hombres se complementen para vivir vidas con
sentido.
Es esta una
buena oportunidad para desmentir que las mujeres sean víctimas de los hombres como
las gacelas son presas de los leones, es decir por una ley natural
inmodificable. Porque de esa creencia deriva el hembrismo, una deformación del verdadero
feminismo, que convierte a los varones en culpables por portación de sexo. En
todo caso hombres y mujeres somos víctimas, en escalas y de maneras diferentes,
de un sistema en el que la justicia no funciona para nadie, la desigualdad es
brutal con todos (menos con los apropiadores de la riqueza producida por la
mayoría de la humanidad) y la inequidad es pandémica. Más varones que mujeres
mueren por causa de accidentes viales y de trabajo, de homicidios, de guerras
inútiles y brutales, de enfermedades coronarias, de suicidios motivados por
pérdida de trabajo, proyectos y esperanzas. Como víctimas de un sistema que el
filósofo Sam Keen (autor de un clásico libro sobre masculinidad titulado Fuego
en el cuerpo) llama “corporatral” los varones tenemos el deber de oponernos
a ese sistema y trabajar para desactivarlo y transformarlo. Debemos ser los
primeros en cercar y denunciar a los femicidas, que son la expresión bestial de
mandatos tóxicos que hemos recibido como hombres, de la misma manera que las
mujeres han sido intoxicadas por otros mandatos igualmente repudiables. Los
varones debemos ser la primera línea en el combate contra el machismo
profundamente arraigado en la política, en los negocios, en el deporte, en la
ciencia, en la cultura, en las religiones, en los medios y en variados mensajes
familiares. Machismo que muchas mujeres convalidan y ejercen. Debemos hacerlo
porque no somos los culpables de los males de la humanidad, debemos hacerlo por
nosotros, por nuestras compañeras, por nuestros hijos e hijas. Y porque cada
femicida, cada machista nos lastima y deshonra a todos los hombres,
convirtiéndonos en sospechosos y degradando la hombría fecunda que anida en
nosotros y que ha dado valiosos frutos a la humanidad. No se nos necesita
feministas, sino humanistas, constructores de un mundo donde todos y todas podamos
vivir mejor y la diversidad sea motivo de suma y no de resta, de amor y no de odio.
Bella tarea en la cual poner en juego nuestra testosterona espiritual.
La vida
en serie
(o la gestalt que no cierra)
Por
Sergio Sinay
El año
de la pandemia fue también el año de las series. Confinados durante meses
interminables, las pantallas de todo tipo celulares, computadoras y televisores
capturaron a millones de humanos con esa sucesión de historias que se prolongan
capítulo a capítulo hasta el infinito. Hubo una época en la historia de la
humanidad en la cual temporada significaba un período acotado de tiempo, una
época del año, una estación climática, un lapso destinado a una actividad. Una
temporada designaba un tramo con principio y final, así se hablara de moda, de
caza, de cosecha, de siembra, etcétera. Incluso en materia de series de
televisión el final de una temporada abría un compás de espera. Había que
aguardar meses antes de reencontrarse con los personajes y sus vicisitudes. Entre
capítulo y capítulo transcurría una semana. En esos lapsos se cocían la
expectativa, las especulaciones, el recuerdo de las situaciones y conflictos acaecidas
en el tramo finalizado.
Todo eso desapareció. Las personas pueden consumir en un solo día todas las temporadas de una serie, cualquiera sea la cantidad. Se devoran capítulos de la misma manera en que un pollo traga los granos de maíz, sin pausa y sin masticar. A menudo un solo día significa la mayor parte de las horas de ese día, incluida la madrugada, y a costa del descanso. La ausencia de pausa conlleva carencia del espacio mental y emocional necesario para procesar ideas, alimentar la memoria, registrar sensaciones. La gran mayoría de las series están pensadas y realizadas para estimular esa bulimia, sembradas de trucos y disparadores que mantengan viva la adicción por vía de una suerte de nicotina mental. Anestesia para la angustia existencial, silenciamiento de los interrogantes inscritos en la conciencia y en el inconsciente individual y colectivo de la especie. ¿Para qué vivimos? ¿Qué estamos haciendo de nuestras vidas? ¿Cuáles son nuestras aspiraciones postergadas? ¿Qué estamos haciendo por ellas? ¿Si mañana aconteciera el fin del mundo, en qué parte de mi trayecto existencial me encontraría? ¿Por qué razones ese trayecto valió la pena? Y más.
SI
VENDE VALE
Cuando
las personas conectan con estos interrogantes esenciales el ritmo del consumo y
de la producción entra en pausa, el interés se desplaza desde lo externo y
bullicioso hacia el silencio interior, muchas urgencias materiales banales y
superficiales pasan al olvido. Estas preguntas son peligrosas porque sus
respuestas pueden determinar otros modos de vida, más significativos y
trascendentes, menos rendidores para numerosos negocios. El sistema que prepondera
en la modernidad tardía (época en la que vivimos) se basa en la producción y el
consumo a destajo, sin pausa, y en la conversión de toda circunstancia de la
vida humana en un negocio rentable. El escritor, ensayista y crítico cultural
inglés Mark Fisher (1968-2017), agudo observador de este fenómeno, apuntaba en
su libro Realismo capitalista que el capitalismo contemporáneo “es una
entidad infinitamente plástica, capaz de metabolizar y absorber cualquier
objeto con el que tome contacto”. Con notable intuición Fisher advertía que el
sistema en cuestión no se detiene ni ante la enfermedad, a la cual “convierte
en un mercado muy lucrativo para que las compañías farmacéuticas
internacionales desplieguen sus productos”. El caso de las vacunas para el
Covid-19 parece darle la razón. Al calor de su desarrollo los más voraces y
desproporcionados millonarios del planeta enriquecieron aun más, en simultáneo
con la aparición de un centenar de nuevos millonarios de ocasión nacidos del
oportunismo para encontrar negocios en donde miles de millones de personas perdieron
trabajos, proyectos y esperanzas.
En este
contexto la explosión de las series es significativa porque muestra de manera
palpable, a partir de un fenómeno experimentado cotidianamente, una
característica definitoria de la vida contemporánea. La aceleración, y la
incapacidad para cerrar situaciones y ciclos, para aceptar límites y finales.
El filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han lo describe con claridad en
su reciente ensayo titulado La desaparición de los rituales. No hay tiempo
para la demora contemplativa, dice Han, para cerrar los ojos y permanecer en
silencio, para advertir los sonidos interiores, para conectar con los propios
sentimientos y sensaciones. “La enorme afluencia de imágenes e información,
escribe el filósofo, hace imposible cerrar los ojos”. El temor de perder algo
termina en voracidad por querer consumirlo todo, sin filtro, sin valoración,
sin degustación, sin discernimiento. No se puede parar, las temporadas deben
deglutirse enteras, aun a costa del tiempo de reposo que piden la mente y el
cuerpo, aun a costa del entendimiento, aun a costa de lo que se les resta a los
vínculos.
LA
HISTORIA SIN FIN
Todo se
devora, incluidas las relaciones. La noticia que nos impacta hoy será olvidada
mañana, remplazada por otra. Detenerse puede significar quedarse afuera. Hay
que seguir. Cuando no hay un cierre para las situaciones y experiencias de la
vida, se alteran los ciclos naturales de la existencia y de lo existente. La
noche y el día, la actividad y el reposo, el invierno y el verano, el
acoplamiento y la parición, las altas y bajas de las mareas, todo en la vida se
compone de ciclos. En la vida de un individuo lo son la niñez, la pubertad, la
adolescencia, la juventud, la adultez, la vejez, la muerte. Necesitan ser
cerrados, necesitan ritos de pasaje. Vida y muerte son complementos del ciclo
existencial. Cuando se abre un ciclo de cualquier tipo y de cualquier
extensión, se abre una forma. Lo que en alemán se llama Gestalt. La vida es una
sucesión de gestalts que se abren y se cierran. Es el principio de homeostasis
o equilibrio inestable. Si una Gestalt permanece abierta no solo no cumple su
ciclo, sino que, además, impide la necesaria apertura de otra. Las Gestalts que no cierran son tóxicas. Y solo quien las vive puede cerrarlas, puede completar la forma, la imagen que se abre en su experiencia. Esa forma puede tener más de un significado. y se descubren al prestarles la atención que la aceleración, la voracidad y la negación a cerrar impiden.
Cerrar,
pausar, esperar, procesar y solo después abrir nuevamente es necesario en todos
los órdenes. La apertura es positividad, el cierre es negatividad. Ambos
necesarios, ambos complementarios. “Sin la negatividad del cierre, escribe
Byung-Chul Han, se produce una inacabable adición y acumulación de lo igual,
una desmesura de positividad, una proliferación adiposa de información y
comunicación”. El virus de la aceleración, de la positividad ilimitada está
infiltrado en nuestras vidas. Ahí tenemos las absurdas, inexplicables y
abrumadoras “actualizaciones” de los programas informáticos y de las
aplicaciones. Ahí están los gobernantes que lejos de cerrar un
ciclo cumpliendo programas y promesas, dedican toda su energía, desde el primer
día, a la próxima elección. Y ahí estamos, pegados a las pantallas. Protagonistas
de una serie con infinitas y tóxicas temporadas.
¿Qué es
la vida?
Por
Sergio Sinay
En 1923,
cuando llevaba diez años en Lambaréné, un pueblo selvático ubicado en lo
profundo del Congo francés, Albert Schweitzer (1875-1965) escribió: “Yo soy
vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir”. Había nacido en
Alsacia, que era parte del imperio alemán, y adoptó durante la Primera Guerra
la nacionalidad francesa. Hijo de un pastor luterano, fue médico, músico,
teólogo y filósofo. Se destacó en todas esas disciplinas. Tenía posibilidades
de obtener fama y dinero en todos los países en que era reconocido. Sin
embargo, en 1913 la vocación médica, entendida como ponerse al servicio de
mitigar el dolor del cuerpo y del alma (no solo refaccionar órganos), lo
impulsó a abandonar aquel cómodo y promisorio futuro y mudarse a Lambaréné para
fundar un pequeño hospital destinado a atender a la población negra. Allí
moriría cuarenta y dos años más tarde, tras haber sostenido ese emprendimiento
de modo ejemplar. Las veces que salió del que sería su lugar en el mundo fue
para dar conciertos o conferencias destinados a solventar el hospital. Y para recibir,
en 1952, el Premio Nobel de la Paz por su “veneración de la vida”.
VIDA
TOTAL
Pocas
veces se habrá escuchado tanto la palabra “vida” en la historia de la humanidad
como durante el año que acaba de terminar. Se dijo que se pretendía
preservarla, se la antepuso, se la pospuso o se la comparó con la economía, se
discutió acerca del momento exacto de su comienzo, hay quienes en su afán de
resguardarla prácticamente dejaron de vivirla, fue objeto de discursos
oportunistas y demagógicos y de discusiones de profundo sentido moral. Y
finalmente corrió el riesgo que corren todas las palabras cuyo uso y abuso
termina por vaciarlas de contenido o por hacer que este se desvirtúe.
Schweitzer
daba en el corazón del asunto al plantear que lo vivo tiende a vivir. No solo
ocurre solo con los humanos, sino, aunque sea repetitivo, con todo lo viviente,
incluidos el mundo animal y el vegetal. Más allá de creencias y de
disquisiciones de tipo religioso, biológico o filosófico, el universo entero es
una auténtica sinfonía de vida, en la que participan los instrumentos más
impensados. Incluso el coronavirus, que ocupó nuestras mentes, conversaciones,
temores, especulaciones, sueños y pesadillas durante 2020, y las sigue
ocupando, es una manifestación de vida. Y es posible que si hablara dijese,
como Schweitzer, que quiere vivir. El médico de Lambaréné llevó su concepción
al punto de afirmar que cuando mataba un insecto se sentía un asesino.
La vida,
si se sigue su pensamiento, es mucho más que el mero funcionamiento de ciertos
condicionamientos biológicos. Es más que la labor de los órganos, que la toma
de oxígeno, que el fluir de la sangre o de la savia, que la reproducción de la
especie de la que se trate. En principio es un inconmensurable misterio. Como
todos los misterios no tiene solución, como ocurre con los problemas, ni
revelaciones, como sucede con los secretos. Con los misterios se convive,
mientras ellos aguijonean nuestra conciencia. Y es precisamente nuestra
condición de seres conscientes la que nos lleva a hacernos preguntas sobre la
vida. Internémonos en algunas de ellas.
TRES
PREGUNTAS
¿Por qué
valoramos la vida? Desde la filosofía se
responde que la valoramos porque existe la muerte. Si fuésemos inmortales, todo
podría esperar, casi todo nos daría igual, nuestras emociones y sentimientos
serían de nula o baja intensidad. Pero sabemos que moriremos y eso nos hace
amar lo que amamos, despuntar propósitos, trabajar por ellos, dolernos con las
pérdidas y encontrar sentido en los logros y en todo aquello (trabajo, obras,
hijos) a través de lo cual trascendemos. La vida tiene en la muerte una socia
imprescindible. Solo el no tener conciencia de estar vivo, el existir en un
nivel apenas vegetativo (reducido a comer, dormir, beber, tener relaciones
sexuales consentidas o forzadas) o el no ver más allá de los bienes materiales
(se los posea o no) puede llevar a descuidar la vida propia y a desvalorizar la
ajena.
¿Tiene
precio la vida? En la sociedad materialista, y bajo el sistema capitalista
tardío que es hegemónico en el mundo contemporáneo, se encontraron maneras de
ponerle precio. Muchas veces, y en muchas circunstancias, se estipula su valor
en términos económicos (a través se seguros, compensaciones, cálculos de
riesgos), en términos políticos, en términos bélicos. Hay quienes compran vidas
en de manera real o metafórica, a través de sofisticadas formas de servidumbre,
y hay quienes las venden, a menudo incluso la propia. Pero, como señaló el
filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804), la vida humana no tiene valor, tiene
dignidad. Cuando se le asigna valor se la convierte en objeto y todo objeto
puede ser medio para un fin. Cuando se respeta su dignidad la vida es un fin en
si mismo. Algo que no han comprendido muchos de quienes vienen administrando
confinamientos y otros recursos antipandemia llevados por urgencias políticas,
económicas o presuntamente científicas. A menudo parecen creer que lo
importante son los números de seres vivos y no las condiciones en que viven o
sobreviven. Aunque, en honor a la verdad, el Covid-19 solo puso de relieve un
modelo mental que opera aun sin pandemia. También se convierte a la vida en
objeto mercantil cuando se habla de “capital humano” o “recursos humanos”. Un
humano (su vida) jamás debería ser considerado, desde un punto de vista moral,
como recurso o herramienta, o como un bien de capital. Son dos maneras de
quitar dignidad a la vida. Y el propio Albert Schweitzer sostenía que el
principio de la moral es el respeto por la vida en toda su dimensión y no solo
como un accidente biológico.
¿Tiene
sentido la vida? Acaso este sea el más profundo y esencial de los
interrogantes. Hay quienes dicen que la vida simplemente “es”, que se trata de
vivirla y que no hay en ella un sentido. Si fuera así, daría lo mismo nacer
como humano, como alguna especie animal, como planta o simplemente existir como
parte del reino mineral. Pero la conciencia, ese atributo humano decisivo, nos
inquieta y sigue sosteniendo la pregunta por el sentido. Eliminar la noción de
sentido hace de la vida un absurdo. Albert Camus (1913-1960), autor de La
peste, El extranjero, El mito de Sísifo y La Caída, entre otras
obras fundamentales, decía que esa sensación de absurdo generada por la pérdida
del sentido lleva al suicidio, y por eso consideraba al suicidio como la
cuestión central de la filosofía. Juzgar si la vida tiene sentido o no. Algo a
lo que solo se puede responder viviendo de una manera que es responsabilidad de
cada uno, de sus elecciones, de sus decisiones, de sus valores. Víktor Frankl,
el gran médico y pensador vienés autor El hombre en busca de sentido y El
hombre doliente, explicaba que en la búsqueda del sentido de la propia vida
asomaba la trascendencia. Decía que el sentido de una vida se refleja en otra y
que vivir con sentido es vivir para algo y vivir para alguien. ¿Qué es la vida,
entonces? Sea lo que fuere, es mucho más que mezquinos y miserables números,
estadísticas y cálculos políticos o económicos.
¿Basta la salud?
Por
Sergio Sinay
“La
salud es un recurso para vivir, no un fin en la vida. Vivir solo para tener
salud es una enfermedad”. Esta tajante definición pertenece a dos médicos, los
españoles Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández, quienes además son marido y
mujer. No improvisan en lo suyo. Han dedicado casi toda su vida profesional, más
de cuatro décadas, a la medicina general, lo hicieron en hospitales, como
médicos rurales, en barrios carenciados. Gérvas posee 22 matrículas de honor, accésit
al Premio Extraordinario de fin de carrera, y “honoris causa”, fue coordinador
de Seminarios de Innovación en Atención Primaria, profesor visitante del
Departamento de Salud Internacional de la Escuela Nacional de Sanidad (Madrid)
y docente en Suecia y en la Universidad John Hopkins de los Estados Unidos.
Pérez Fernández, con 22 matrículas de honor y especialización en Medicina del
Trabajo, fue docente en la Universidad Autónoma de Madrid y estuvo en primera
línea en el tratamiento de adicciones en barriadas pobres, además de ser una
activa luchadora por los derechos de las mujeres.
Juntos,
Gérvas y Pérez Fernández despliegan sus convicciones acerca de la función del
médico y su concepción de la salud en “La expropiación de la salud”, un libro
urticante, que desde su aparición, cinco años atrás, no deja de incomodar al
establishment médico, a las autoridades sanitarias y a los voceros de la
industria farmacéutica en su país. Su definición de la salud merece ser
atendida, revisada y profundizada en tiempos en que, en nombre de su
protección, se han puesto en juego cuestiones esenciales, vinculadas a
libertades, derechos, intereses económicos y políticos, prácticas científicas y,
en definitiva, a de qué se habla cuando se menciona esa palabra: salud.
Para
precisar qué es salud, según Gérvas y Pérez Fernández, hay que comenzar por
definir qué es enfermedad. Y la describen así: “Es la dificultad para afrontar
los inconvenientes, los problemas, las adversidades y los sinsabores de la
vida. Puede serlo en el sentido físico, psíquico o social”. Entonces, sí, se
puede definir a la salud como un estado en el cual aquellos tres aspectos están
en relación y en equilibrio y permiten afrontar con ánimo las adversidades, los
problemas, la incertidumbre de cada día. Salud no es ausencia de enfermedad,
sino capacidad para enfrentarla y resolverla.
EL
VALOR DE LA AUTOPERCEPCIÓN
Al
enfocar la salud desde esta perspectiva se acentúa la importancia de la
autopercepción. Gérvas y Pérez Fernández citan estudios que muestran ese valor.
Más allá de los resultados que ofrezcan análisis clínicos, quienes se sienten
bien de salud tienen menos posibilidades de morir en un futuro próximo que las
personas que se autoperciben mal de salud. Estas son hospitalizadas cinco veces
más que quienes se sienten bien: 675 frente a 136 por mil. Pese a todo el
conocimiento acumulado, insisten estos autores, “sabemos poco del sufrimiento
humano”, y menos de los verdaderos sentimientos de otra persona. Y llaman a
tener en cuenta esta ignorancia, a hacerlo con humildad y respeto hacia quienes
consideran dolientes y no pacientes. Una concepción autoritaria de la medicina,
advierten, invalida la autopercepción de la salud y produce en las personas una
verdadera incapacidad de sentirse sanas. Gérvas y Pérez Fernández son muy
asertivos en este punto. Señalan que cuando se convierte el “estar sano” en una
obligación moral de los ciudadanos (“es por tu bien y por el bien de todos”,
etcétera) se termina por generar a mediano plazo una indignación colectiva que
deviene en transgresiones y conductas que terminan en una salud empeorada.
¿Qué es
lo que se prioriza, entonces, cuando se dice, desde esferas políticas y
científicas, que se da prioridad a la salud? ¿A qué salud? Para empezar a
responder a estas inquietudes es aconsejable regresar a la idea de que la salud
no es un fin, sino un medio. Y que tomarla como fin puede tener efectos
iatrogénicos. Iatrogenia es el fenómeno por el cual lo que se prescribe como
remedio empeora la enfermedad o produce una nueva. Si se reduce la salud a
estadísticas y durante una pandemia se pretende tener una población sana
midiendo los porcentajes de infección, mortandad y mortalidad, se estará usando
una frazada corta, que tapa la cabeza y destapa los pies o viceversa. Porque no
hay salud en el sentido amplio y profundo de la palabra (como la entendían hace
siglos los hoy olvidados Hipócrates y Paracelso, entre otros precursores que
invitaban a sus discípulos a tratar a sus pacientes de manera integral, como
personas y no solo como órganos), mientras exista vacío existencial, pérdida
del sentido de la vida. Y cuando en nombre de una visión limitada de la salud
se cancelan o desestiman fuentes de sentido, como son el trabajo, la cercanía
de los afectos, la posibilidad de proyectar y soñar, aparece ese sufrimiento humano
del que la ciencia (y ni hablar de la política) sabe poco, y a menudo descree
mucho, el cual se traduce en enfermedades.
EL
DOLIENTE AUSENTE
Gérvas y
Pérez Fernández llaman expropiación de la medicina al proceso por el cual se
diseñan políticas de miedo a la enfermedad (como si esta fuera una falla de la
vida y no parte de esta). Esas políticas anulan la autopercepción de salud,
mantienen a las personas en un estado de permanente de sospecha sobre sus
propias sensaciones, las hacen dependientes de constantes análisis, estudios y
diagnósticos y son absolutamente funcionales a intereses políticos, económicos
y empresariales, especialmente en el campo de la industria farmacéutica y sus
poderosos lobbies. Lamentan que así se enseña a la población a vivir como
enfermos, aunque no lo sean, y que se pierda de ese modo la construcción social
de la salud y de la enfermedad. Hay diagnósticos y estadísticas, pero no
pacientes (dolientes, personas). Y se establecen protocolos que terminan de
sellar esa situación, porque, afirman los médicos españoles, los protocolos son
respuestas automáticas que se aplican de manera imperativa y terminan
convertidas en murallas que aíslan definitivamente a los médicos de las
personas que acuden a ellos.
Los
autores de “La expropiación de la medicina” citan a su compatriota Gregorio
Marañón (1887-1960), gran médico, historiador y ensayista, quien supo decir que
“el que solo sabe de medicina ni siquiera de medicina sabe”. Breve y profunda
reflexión que bien puede aplicarse a todas las profesiones, especializaciones y
oficios. Y que resulta especialmente significativa cuando se trata de y con
seres humanos. Es que un ser humano no es un artefacto al que puede
considerarse “sano” mientras funcione. Es un ser complejo y maravilloso que
merece ser respetado en toda su dimensión. Si se insiste en “priorizar la salud”
(y se lo hace además con resultados dudosos) sin pensar en realidad en ella, se
está priorizando el funcionamiento, pero no necesariamente la vida, que es algo
mucho más vasto, profundo y preñado de significado y propósitos.
La mansedumbre social
Por Sergio Sinay
¿Por qué
motivo animales y personas permanecen pasivos, sin reacción, ante situaciones
adversas, dolorosas, generadoras de intenso sufrimiento? Esta pregunta acosaba
durante los años 70 a Martin Seligman, docente e investigador de la Universidad
de Pennsylvania, que presidió la American Psychologist Association (Asociación
Americana de Psicología), desde donde impulsó la corriente conocida como
psicología positiva. Seligman se propuso investigar aquel fenómeno, y sus
conclusiones lo llevaron a plantear el Síndrome de Indefensión Aprendida (o
Adquirida). Se trata de un síntoma psíquico y emocional que se presenta en
quienes, sometidos reiteradamente a situaciones abusivas o agresivas, adquieren
la sensación de que no hay defensa posible y se someten dócil y mansamente a la
repetición del maltrato. Se puede arribar a esa posición ya sea por haber
intentado defensas disfuncionales, que no surtieron efecto, o por haber
recibido promesas de recompensas que, de todas maneras, no fueron tales o no se
cumplieron. Seligman vio un nexo entre este Síndrome y la depresión. La
Indefensión Aprendida puede ser preámbulo de la depresión o fruto de ella.
¿CUÁL ES EL LÍMITE?
Cabe
tomar el interrogante inicial y ampliarlo, aplicándolo a una sociedad. ¿Cuántas
veces puede una sociedad ser engañada, maltratada por sus gobernantes,
despojada de sueños y proyectos, obligada a vivir en un ámbito carente de
justicia y en donde Constitución e instituciones republicanas son meras
fachadas sin contenido? ¿Durante cuánto tiempo puede aceptar que derechos básicos,
como la salud, la educación, la seguridad, el alimento, la justicia le sean
negados o presentados como migajas asistencialistas? ¿Durante cuánto tiempo
puede esa sociedad agradecer a sus maltratadores por las postergaciones y
falacias a las que es sometida? ¿Cuál es el punto en el cual desiste de la
dignidad y la remplaza por el conformismo? ¿En qué grado de maltrato la
indefensión la lleva a admitir que cada generación viva peor que la anterior, y
a resignarse a una vida vegetativa, sin aspirar a la búsqueda de un sentido
existencial?
Seligman
y quienes estudiaron desde entonces los aspectos del Síndrome de Indefensión
Aprendida detectaron que este se establece y echa raíces en la medida en que el
abuso y el maltrato se naturalizan. Entonces se asume la convicción de que “las
cosas son así”, de que no van a cambiar y de que no vale la pena enfrentarlas
para transformarlas. Que eso solo significaría más maltrato, más dolor, más
frustración.
El
filósofo, ensayista y activista social Franco “Bifo” Berardi sostiene en su
vibrante ensayo titulado Futurabilidad que el cuerpo conjuntivo de las
sociedades (en el que había espacios físicos concretos donde se interactuaba y
se generaban valores como la solidaridad social y la empatía, impulsores a su
vez de sueños y acciones colectivas) ha sido remplazado por un cuerpo
conectivo. Todos tecnológicamente conectados en un enjambre virtual, a
distancia, bajo una mera apariencia de comunicación que no es tal y que elimina
toda acción conjunta, toda presencia real de los cuerpos y de su potencia
transformadora. El desmembramiento del cuerpo conjuntivo (ahora fragmentado en
lo conectivo), sumado a la precarización devastadora del trabajo, anulan la
capacidad de rebelión, dice Berardi, y la reducen a simples e inoperantes ataques
de ira. Espasmos sin trascendencia. Durante la presente era del capitalismo
financiero no se puede concentrar la lucha por la dignidad humana enfrentando a
un centro físico de dominación, porque no hay tal centro físico. El poder está
en esa nube intangible llamada mercados. Allí donde la promesa incierta de una
vacuna (sin pruebas científicas reales que la sustenten) genera euforia, subas
en las acciones de la siempre oportunista industria farmacéutica, nuevos
millonarios y patética credibilidad de los gobiernos, mientras las personas de
carne y hueso (no “la gente”, esa abstracción) siguen muriendo y perdiendo
trabajos y futuros.
CHISPAZOS, NADA MÁS
De la
civilización industrial se pasó a la civilización digital, advierte Berardi. Y
en esta, aunque se hable de “pueblo”, “masas” o entelequias similares, ya no
hay tal cosa. Lo que quedan son átomos dispersos. Fragmentos que, salvo
esporádicos ataques de ira (que pueden vincularse a Vicentín, a jueces
desplazados, a libertades abstractas e individualistas, pero nunca al hambre,
la educación o cuestiones que trasciendan la coyuntura), jamás se articulan en
acciones conjuntivas que signifiquen una real reacción ante el maltrato y la
indignidad, o que permitan vislumbrar proyectos de convivencia colectiva que
enciendan la esperanza. Cuando calma el pequeño brote vuelven la desesperanza,
la mansedumbre y la indefensión. Vuelven el maltrato cotidiano, las mentiras y
las promesas falsas del maltratador. En su clásico El acoso moral, la
psiquiatra francesa Marie-France Irigoyen decía que, para salir del estrés, la
confusión, la depresión y el miedo que provoca el maltrato (todo esto presente
hoy en la sociedad) es necesario identificar al abusador, llamar a las cosas
por su nombre y actuar, saliendo del lugar pasivo de la presa. Es decir,
desaprendiendo la indefensión. He aquí una asignatura pendiente.