domingo, 26 de junio de 2022

 

Una cuestión trabajosa

Por Sergio Sinay




 

 

Hasta que llegó el coronavirus con las cuarentenas y confinamientos, varios interrogantes se cernían de un modo silencioso sobre el mundo del trabajo. A partir del momento en que el covid-19 cubrió el planeta como una mancha muchos empleos y puestos de trabajo desaparecieron, otros se modificaron y la “nueva normalidad” (sea lo que fuere que esta signifique) multiplicó los interrogantes y los hizo audibles. Para explorar posibles respuestas hay que partir de una premisa. Trabajar es una necesidad humana. No solo por una cuestión económica, la más evidente pero no la más profunda, sino porque los seres humanos somos criaturas transformadoras por naturaleza. Llegamos a la vida para devolver transmutado el mundo que se nos entrega. Cuando en esa labor expresamos principios morales además de habilidades y conocimientos, la transformación deja ese mundo un poco mejor. Y nuestro oficio, profesión o actividad es entonces una fuente de sentido existencial, ayuda a realizarnos, y en ese proceso, a ser servidores de nuestra especie y de todo lo viviente. Aun en el puesto de trabajo menos glamoroso, el menos reconocido, el más opaco un ser humano puede encontrar un acto, un momento que le permita reparar un lugar, una vida, aliviar un sufrimiento, alimentar una esperanza. En fin, hacer que, al final del día, por esa mínima acción, el mundo esté un poquito mejor que al comienzo de la jornada. Tal es el caso de un colectivero que detiene el vehículo junto al cordón, el médico que mira a los ojos a un paciente y le pone la mano en el hombro en lugar de observar solo la computadora, el obrero, la empleada o el oficinista que coopera con un o una colega en algo en que la otra persona se trabó, el empleado público (o empleada) que le soluciona el problema a uno, tan solo a uno, de las decenas de usuarios o contribuyentes que acuden a su oficina o su mostrador, etcétera, etcétera.

 

DEJAR HUELLA

Cada persona puede encontrar en su actividad una acción, una actitud, que mejore el mundo. Acaso baste con preguntarse en la mañana, al despertar, cuál es el modo en el que, a través de su tarea, uno se propone hacer ese aporte. Y peguntarse nuevamente, en la noche, de qué manera su actividad dejó el mundo mejor durante ese día. No se trata de un imposible, basta con probar.

El 10 de junio de 1930 el célebre economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) dictó en Madrid una conferencia que en su momento se consideró profética. Se titulaba “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, y en ella advertía que la posibilidad de la vida sin trabajo era inconcebible y constituiría todo un reto para la humanidad. Imaginaba que un mundo así estaría sumido en la depresión y la adicción a las drogas y el alcohol. Es que trabajar, más allá de ganarse la vida, significa poner en el mundo los dones de los que cada persona está dotada, expresar valores, desarrollar habilidades sociales, experimentar virtudes como la cooperación y la empatía, dejar huella, a través de lo realizado, del propio paso por la vida.

El acelerado y también desmesurado desarrollo de la tecnología a partir de revolución digital estallada a fines del siglo veinte ya había puesto signos de pregunta sobre el futuro del trabajo. Los tecnoeufóricos (fanáticos de los adelantos y negadores de toda contraindicación) anunciaban un futuro en el que robots y múltiples formas de inteligencia artificial remplazarían a los humanos en todo tipo de tareas y les permitirían gozar de más tiempo para el disfrute y la vida personal. Los tecnoescépticos (duros críticos del progreso basado en cuestiones técnicas y olvidado de guías morales) prevenían sobre la proximidad de un mundo con mayores desigualdades, en el que la tecnología contribuiría a la mayor riqueza de quienes ya eran ricos y dejaría legiones de desplazados y desocupados. Ante este panorama Eryk Brynjolfsson, experto en tecnología, comercio digital y productividad, profesor de Tecnologías de la Información en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), advirtió que “cada vez que la tecnología desplazó al trabajo humano, el ser humano supo reinventarse, pero lo que está ocurriendo hoy es que la innovación y la destrucción del trabajo va mucho más rápido que la creación de trabajos nuevos”.

 En su libro “El mundo sin trabajo” (que contó con la colaboración del gran pensador polaco Zygmunt Bauman, fallecido en 2017) el italiano Rudy Gutti, músico, director de cine y antropólogo, recuerda que, en los años 30, Henry Ford con su fábrica de autos era la nave insignia de la innovación digital, la cual significaba por un lado repetición, rutina, subordinación a la máquina (Charles Chaplin da cuenta de ello en la memorable “Tiempos Modernos”), pero al mismo tiempo ofrecía como aspecto positivo “estabilidad y algún tipo de adquisición del derecho de la propiedad sobre nuestro puesto de trabajo. Había una dependencia recíproca y mutua entre los capitalistas por un lado y los trabajadores por el otro”.

MIRANDO MÁS ALLÁ

Esa interdependencia parece haber desaparecido hoy de manera acelerada a partir del nuevo escenario laboral planteado desde la pandemia en adelante. Por una parte, el home-office, o teletrabajo, convirtió muchos espacios laborales en salones desérticos y, un serio problema que se les presenta a muchas empresas y a los líderes de sus equipos es cómo convencer a su personal de regresar a las oficinas, estudios o talleres. Por otra parte, numerosos puestos de trabajo desaparecieron, tragados por la crisis económica, el cierre de empresas y negocios, el aborto de proyectos. El desempleo y la changa ensombrecen el mundo del trabajo y la velocidad desenfrenada de la innovación tecnológica (a menudo caprichosa, innecesaria y solo fogoneada por la ansiedad de “no quedarse atrás”, aunque no se sepa hacia dónde es la carrera) hacen que mucha de esa mano de obra desocupada, y disponible, no tenga tiempo (ni posibilidades económicas) de ponerse al día con los conocimientos necesarios para sumarse a la corrida.

Mientras por un lado se producen tires y aflojes entre quienes propugnan presencialidad 100% en los trabajos, independientemente de la utilidad de esta, y quienes abogan por la flexibilidad o la hibridez (nueva muletilla de moda en el ambiente del managment), lo cierto es que aquella estabilidad fordiana desapareció. Si, en el caso puntual de nuestro país, se suma la larga y penosa historia de malas andanzas políticas y económicas una de cuyas consecuencias es que la cultura del trabajo se haya esfumado un par de generaciones atrás, el futuro es una incógnita. Y mientras esta perdure, aquella agorera semblanza de Kynes acerca de lo que podría ser una vida sin trabajo sobrevolará el paisaje cotidiano. El gran tema para discutir no es si el trabajo será presencial, a distancia o híbrido. La cuestión es de qué manera en el futuro próximo el trabajo podrá ser aquello para lo cual forma parte de la vida humana: una fuente de realización, de sentido y de trascendencia. La respuesta excede largamente la coyuntura, las crisis económicas y los optimismos tecnológicos.

martes, 1 de marzo de 2022

 

Varones que mancillan la 

masculinidad

por Sergio Sinay





Tomás Fabián Domínguez, 21 años, Lautaro Dante Ciongo Pasotti, 24 años. Ignacio Retondo, 22 años. Steven Alexis Cuzzoni, de 20 años y Franco Jesús Lykan, 24 años. Estos son los detenidos y acusados por la violación grupal a una chica de 20 años ocurrida el 28 de febrero en Palermo, a la luz del día. Sus nombres no solo deben ser repudiados por organizaciones feministas. Estos cobardes especímenes nos interpelan en primer lugar a los varones. Mancillan a los hombres que aman a sus mujeres con buen amor, que son padres nutricios de sus hijos, que mantienen relaciones sexuales en términos de equidad y de placer compartido y consentido. A los varones que trabajan por una sociedad mejor, que muestran en la vida coraje y testosterona espiritual, de esa necesaria para luchar por la justicia, por el respeto, por la igualdad social y económica, por la paz y los encuentros, insultan a los que honran la diversidad. Estos inexcusables imbéciles violan no solo a una mujer sino a la integridad del amor. La primera barrera a este tipo de canallas, que abundan y nos ensucian, la debemos poner ante todo los varones. Cada uno de estos imperdonables nos convierten a todos los hombres en sospechosos y acusados. Y nos hacen blanco del odio y el resentimiento de quienes ganan (ganancias pírricas) con los desencuentros, con el enfrentamiento, con el desamor.

 Silencio y pasividad frente a basuras así nos dejan en deuda moral ante nuestras compañeras, amigas, novias, hijas, madres, hermanas, colegas o incluso amantes. Una deuda inadmisible y que a nuestras conciencias (que hablan, aunque las silenciemos) les costará saldar. No hay que ser feminista para enfrentarlos, denunciarlos y excluirlos de todo espacio digno de un hombre que merezca llamarse así. Ni hay que estar de acuerdo con las expresiones más sesgadas del feminismo confrontativo, excluyente e intolerante. Basta con ejercer una hombría digna, con demostrar coraje espiritual, con sentir en nosotros la ofensa provocada en el otro cuerpo, en la otra persona.

martes, 17 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Lo imperdonable

Por Sergio Sinay





 

Mucho se habló esta semana de pedir perdón. Quien se supone que debía pedirlo, no lo hizo. Encontró uno y mil subterfugios para evadir esa palabra, desde usar a su propia mujer como escudo humano hasta tratar de miserables a quienes lo enfrentaban con la consecuencia de sus acciones. “No ocultamos nada”, dijo después de haber escondido durante más de un año la acción que terminó de definir lo que sus palabras y sus actos ya venían denunciando. Que la mentira, la tergiversación y la deslealtad son normas en su conducta.

Que se pida perdón no significa que este sea otorgado. Sin perdón, dice Hanna Arendt en La condición humana, las relaciones humanas serían imposibles, quedarían estancadas en las consecuencias de un acto. Pero, señala la filósofa alemana, no hay acto por pequeño que sea que no tenga consecuencias. Y afirma que no se perdona lo que no se puede castigar, y no se puede castigar lo imperdonable. Cuando hubo tanta muerte, tanta mentira y tanta perversión pedir perdón sería una hipocresía más. Y ni aun así lo pidió.

miércoles, 11 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Una buena

Por Sergio Sinay




 


Una buena. Lionel Messi consiguió rápidamente trabajo tras quedar cesante en el Barcelona. No son tiempos para ser un desocupado, y menos con hijos chicos y una familia por mantener. Al menos a uno le fue bien mientras otros miles siguen perdiendo sus empleos, sus comercios, sus emprendimientos, sus proyectos, sus empresas, y tantos miles pierden sus vidas debido en buena medida a que, mientras “la muerte nos rodeaba” (como vino a descubrir ahora el presidente en una nueva demostración de cinismo y de oportunismo electoralista), se postergaba la compra del antídoto por obscenas especulaciones políticas o se usaban los pocos que había para vacunar a amantes, familiares y cómplices. “Argentina te cuida” reza la propaganda electoral oficialista. En la Neolengua al estilo 1984 de Orwell, eso significa, como muestran los hechos, “te descuida” y “te abandona”. Pero ahí está Messi en todas las pantallas, en todas las primeras planas, noche y día. Consiguió trabajo. Bravo. Una preocupación menos en medio de tanto dolor.

martes, 3 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Impunidad de rebaño

Por Sergio Sinay





 

 

Los funerales masivos, los festejos multitudinarias en el Obelisco, las fiestas clandestinas (que son públicas y anunciadas hasta en las redes sociales), los asados del presidente con sindicalistas o las celebraciones en la Quinta de Olivos, con modelos, actrices y personal trainers incluidos, son, al parecer, territorios liberados del virus. Como si en esos espacios y eventos se hubiera logrado inmunidad e impunidad frente a la pandemia que, a millones de argentinos que carecen de tales privilegios, los diezma en varios frentes: salud, economía, proyectos, esperanzas, libertad de movimientos, de trabajo, de despedir y sepultar dignamente a seres queridos, entre otras. La inmunidad y la impunidad se manejan según los intereses y las necesidades de un poder que muestra pocos escrúpulos, una muy entrenada capacidad de mentir y absoluta falta de sensibilidad, compasión y empatía ante aquellos a quienes luego busca como votantes. Es obvio que nadie, por mucho que mienta, puede ir contra su naturaleza.

martes, 27 de julio de 2021

 

Reflexión de la semana

Mintiendo por un voto

Por Sergio Sinay





 

Empezó la temporada de caza electoral. Cualquier trampa, cualquier artimaña, cualquier mentira, cualquier falsa promesa, cualquier traición es válida para atrapar un voto. Besarán chicos (vieja, patética e inmoral foto que se repite en cada campaña), abrazarán jubilados (ídem a lo anterior), se tirarán con carpetazos, desplegarán toda sus bajezas y sus miserias morales hasta raspar el fondo de la olla. Cada uno lo hará a su manera, con su estilo, pero ninguno quedará afuera. Ni los veteranos de esta gimnasia siniestra, ni los recién llegados, los “outsiders”, vestidos de aparente pureza, que quieren mostrarse vírgenes, pero ya exhiben las mañas. Mencionarán una y mil veces al “pueblo”, a la “patria”, a la “gente”, prometerán lo que ya prometieron hasta el hartazgo y jamás cumplieron. Cazadores furtivos en tiempos de veda, cazadores impiadosos cuando la temporada se habilita, como ahora. Responsables eternos, repetidos, clonados de que, gracias a ellos, haya por lo menos tres especies en extinción: la honestidad, la esperanza y el porvenir.  

sábado, 19 de junio de 2021

 

MI PADRE

Por Sergio Sinay

(A propósito del Día del Padre)




 

Mi padre se llamaba Moisés. Era hijo de Miguel y de Lea. Fue hermano de Marcos y de Rubén. Fue el marido de Miriam. Fue el padre de Horacio y de mí. Era el abuelo de Iván y de Javier. Cuando murió, hace dos días, tenía 85 años.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hacía el más sabroso café con leche que jamás probé. Nos los preparaba cada mañana a Horacio y a mí, cuando íbamos al colegio, y nos lo servía con unos enormes panes con manteca y dulce.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero pelaba las naranjas como nadie. Las dejaba sin un rastro de ollejo, brillosas, lisas, tentadoras. Yo no quería comer naranjas si no las pelaba él.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero llenó de libros nuestra casa de la infancia y los dejó absolutamente a nuestro alcance. Nunca dijo “ese libro no es para vos”. Y así aprendimos a amar la lectura desde chicos. Todavía hoy leo como entonces, como él. Con voracidad, con desorden, con placer. Mi casa está llena de libros, las bibliotecas son los muebles principales.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero a los 84 años aprendió a hacer señaladores de cuero, con sus dedos agarrotados, y me regaló uno, simple, bello y austero, con el que hoy guío mis lecturas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando yo tenía 10 años y Horacio 7 y vivíamos en La Banda, Santiago del Estero, compró entradas y un 9 de julio nos llevó a la cancha del Club Mitre a ver a River, que venía de gira. Seguimos el partido subidos a un sulky, porque no había lugar para nadie. Fue la primera vez que vi a River, y lo vi con Carrizo, con Lostau, con Labruna, con Pérez, con Pipo Rossi. Mi padre era hincha de Independiente, nosotros nos hicimos de River.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nos llevaba cada domingo a la cancha a ver a Central Argentino, de La Banda, a pesar de que él era hincha del eterno rival, Sarmiento. Y hasta se alegraba con nosotros si ganaba Central.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero una tarde de mi adolescencia, en la trastienda de la farmacia que él y mi madre tenían en La Banda, me explicó cómo se hacían los chicos. Tartamudeaba y estaba rojo y sudoroso. Yo ya sabía, pero me fascinó su explicación.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando hice mi viaje de egresado, en tren desde Santiago a Mendoza con mis compañeros del Colegio Nacional Absalón Rojas, me llamó aparte en el andén y me dio tres preservativos. “Tomá, por si los necesitás”, me dijo. Y otra vez estaba rojo y sudoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando cumplí doce años, se apareció en casa con el curso de dibujo de Los Doce Famosos Artistas como regalo. Y yo, que amaba las historietas, tuve como profesores a Hugo Pratt, a Alberto Breccia y a otros así.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando me acariciaba, y me acariciaba mucho, tenía las manos tibias; y cuando me besaba, y me besaba mucho, tenía los labios suaves y húmedos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando un chico más grande que yo, uno de los pesados de la cuadra, me estaba dando una paliza en plena calle, él apareció de la nada y cagó a patadas en el culo a mi enemigo.

Mi padre no fue un gran hombre. No me enseñó a manejar, pero resultó lo bastante confiado como para dejar las llaves del auto a mi alcance, de manera que una siesta las agarré, subí al Fiat 1500 verde y debuté por mi cuenta paseando durante dos horas, maravillado de que semejante artefacto respondiera a mis movimientos. Cuando se lo conté, mi padre sonrió casi complacido, casi aliviado.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero venía a verme cuando yo jugaba al básquet en los infantiles y en los cadetes del Club Olímpico, de La Banda, y, al principio, me llevaba a los entrenamientos, y a mi hermano también. Y aunque él era un patadura, yo, creo, jugaba para él, para que él me admirara.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero, aunque jamás aprendió a andar en bicicleta, me sostuvo en la mía y no me soltó hasta que pude mantener el equilibrio por mí mismo. Y yo sabía que no me iba a dejar caer.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero lagrimeaba de orgullo cuando nos presentaba a Horacio y a mí y decía “Estos son mis hijos”. Lo decía con el mismo énfasis cuando éramos chicos y cuando nos hicimos hombres.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero nadie sabía contar “El patito feo” como él. Y nadie tuvo su paciencia para narrármelo una y otra vez, siempre con el mismo entusiasmo, cada siesta y cada noche de mi niñez temprana, respetando mi necesidad de volver a oír mi cuento favorito.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero todavía a sus ochenta y pico era capaz de poner inyecciones como nadie, sin que sintieras ni el pínchazo ni el dolor. Muchas veces preferí inyecciones a otro remedio, porque sabía que estaba él para ponerlas.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero descubría siempre los mejores chocolates.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hasta el último domingo de su vida leyó el diario de pe a pa y era un interlocutor informado y apasionado de los sucesos del mundo y de la vida.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero amaba el cine y las películas y nos enseñó a amarlas junto a él; nos llevaba a las matinés del cine Renzi y a los estrenos del Petit Palais, del Grand Splendid, del Select o del 25 de Mayo. Disfrutaba como un chico de las de cowboys y hacía el sacrificio de llevarnos cinco días seguidos a ver “La Cenicienta” o “Sansón y Dalila, con Víctor Mature y Hedy Lamarr. Ahora, en sus últimos tiempos, seguía contando escena por escena, como un personaje de Manuel Puig, cada película que veía en el cable, y lloraba de emoción o de bronca, según fuera una escena de amor o de injusticia.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero era el mejor público para contarle un chiste. No había que hacer grandes esfuerzos narrativos, él se descomponía de risa por el sólo hecho de saber que era un chiste.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero cada vez que mi madre se lo pedía era el mejor ayudante de cocina. Nunca vi a nadie batir claras a nieve, como él. A mano.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero tenía la letra más bella y firme que yo conozca. Me fascinaba ver cuando escribía cartas, cuando firmaba boletines o cuando hacía los discursos que después leía en las reuniones de la colectividad judía santiagueña; yo observaba hipnotizado cómo iba surgiendo sobre el papel el dibujo de su caligrafía y cómo él mismo disfrutaba mientras su mano cobraba velocidad, calor e inspiración.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero me enseñó, con sus actos, que un hombre sí puede llorar. Él lloraba de emoción o de dolor.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero supo despedirse antes de partir. El domingo a las cinco de la mañana me desperté y no pude volver a dormir por un largo rato. Era una hora silenciosa y quieta. De marea en baja. Entonces supe que, en la sala de terapia intensiva del hospital, él estaba muriendo. Que me despertaba suavemente, como cuando en las mañanas frías del colegio se acercaba a mi cama, me tocaba suavemente el hombro y me decía, en un susurro, “Pichu...arriba”. Y que esta vez lo hacía para despedirse. En mi cama, en la oscuridad, no luché contra el insomnio, simplemente me despedí de él, le deseé buen viaje, le agradecí lo que tenía que agradecerle y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas pendientes entre nosotros. Ninguna. Me dormí nuevamente a las siete y el teléfono sonó a las ocho para pedirnos que fuéramos con urgencia al hospital. Entonces le dije a Marilén: “Mi Viejo murió hoy a las cinco y media, es eso lo que nos van a informar”. Un par de horas después, nos entregaron un certificado de defunción que decía: “hora del fallecimiento: 5:30”.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero enfrentó a la muerte entero y vivo. Peleó con sabiduría, conocedor de que la batalla sería posible mientras hubiera equivalencia. Cuando sintió que ya estaba, que había hecho lo suyo, que las reglas de juego habían dejado de ser parejas, dijo basta. No lo dijo como un derrotado. Había comido una porción de las grandes (como a él le gustaban) de la vida; su último año y medio había sido de placer, de reivindicación y de buena vida. Entonces decidió que estaba a punto y murió. En su muerte, fue un modelo. Y no es poca cosa.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero murió como un señor. Sin degradarse, sin deterioro, sin corromperse, como una persona íntegra y consciente. No huyó, no tuvo miedo, llegó vivo a su muerte. Y cuando lo vimos, antes de ocupar su cajón, su rostro era plácido, pacífico, como quien sueña sueños íntimos y felices o como quien observa deslumbrado algo que lo hará feliz pero de lo que no quiere hablar. Era, en ese momento y en ese lugar, en la morgue del hospital, nada menos, un viejo hermoso y sereno. Así nos despidió. Soltándose, soltándonos.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue honesto.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue amoroso.

Mi padre no fue un gran hombre. Y no importa. Los grandes hombres ocupan, a veces, demasiado lugar. Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos hacen la vida más pesada. Visto así, por suerte, mi padre no fue un gran hombre. En muchas cosas fue sólo un pequeño hombre. Pero más allá de todo fue algo más difícil y más importante. Mi padre fue un buen hombre.

Agradezco eso.

Gracias, papá, por tu vida.

 

(1 de junio de 1999, día siguiente al entierro de mi padre)

lunes, 12 de abril de 2021

 

La oportunidad no viene sola

Por Sergio Sinay




 

Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. Esta frase le es atribuida tanto al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956), autor de obras fundamentales del teatro del siglo veinte, como La ópera de tres centavos y Madre coraje, como a Antonio Gramsci (1891-1937), filósofo, periodista y sociólogo italiano, autor de Pasado y Presente y Literatura y vida nacional entre otros textos claves del pensamiento político. Brecht definía con aquella frase a las crisis. Gramsci describía con ella la complejidad de ciertos momentos históricos. Y agregaba algo fundamental: “En ese interregno es donde surgen los monstruos”. La historia le daría repetidamente la razón. Y se la sigue dando.

Hace mucho tiempo, demasiado, que en la Argentina lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Lo que en la historia es una transición aquí resulta una imagen congelada. O quizás no tanto, porque lo viejo no está paralizado, estancado. Vive, se mueve, extiende tentáculos, genera sombras oscuras y extensas. En simultáneo la luz de lo nuevo titila, languidece, amenaza con apagarse definitivamente. Y en ese limbo surgen monstruos de diferente tipo, que, antes de revelar sus características aberrantes, se presentan como figuras providenciales y así son elegidos. Cuando se descubre lo que verdaderamente son y se proponen, ya es tarde.

Se suele asociar de manera automática e irreflexiva a las palabras crisis y oportunidad. Como si fueran hermanas gemelas inseparables. Y con cierto voluntarismo cándido se espera en esos casos que la oportunidad golpee a la puerta en plena crisis. Sin embargo, las oportunidades no existen por sí mismas ni llegan por designio divino. Hay que ir hacia ellas, generarlas. Las crisis, al revolverlo todo, ponen al descubierto recursos desconocidos o inexplotados, tanto internos como externos. Son materiales con los cuales construir la oportunidad. Pero, así como una pila de ladrillos no se convierte mágicamente en una casa, los recursos revelados por una crisis no se transforman repentinamente en una oportunidad. Si la oportunidad no se construye y no se ejecuta, la crisis es solo una crisis. Una más. O la misma, interminable, de siempre. Con el pasado vivo y el futuro nonato.

Las palabras nunca son mera unión de letras o simples sonidos. Oportunidad proviene del latín opportunitas, formado a partir de op (oprobio, opresión) y portus (puerto). Habría, entonces, un relato encerrado en el vocablo oportunidad. El hallazgo de un puerto desde el cual partir, cuando se está hundido en el oprobio y la opresión, en busca de horizontes distintos. Para lo cual habrá que aventurarse a navegar. Una vez más, la oportunidad no viene dada.

domingo, 7 de marzo de 2021

 Y mientras tanto los hombres…

Por Sergio Sinay






¿Nos atañe la conmemoración del 8 de Marzo a nosotros, los varones? ¿Basta con apoyar de palabra las justas reivindicaciones femeninas pendientes o con declararse “varón feminista” para estar a tono? Acaso eso calme transitoriamente alguna conciencia, luzca para la foto, para la tribuna o para las redes sociales, como es el caso de presidentes, funcionarios o personajes públicos y no públicos que maquillan por un día su machismo militante. Pero los varones que no somos ni nos sentimos culpables de todos los males de la historia humana, los que procuramos convertir las diferencias naturales (no las culturales que se venden como naturales) entre hombres y mujeres en fuentes de encuentros trascendentes para ambos, los que estamos firme y amorosamente presentes en las vidas de nuestros hijos, nuestros nietos, nuestras compañeras de amor, de trabajo, de búsqueda y de proyectos existenciales, podemos hacer mucho más que eso.

La conmemoración del Día Internacional de la Mujer se origina en una marcha de 15 mil trabajadoras convocadas por el partido socialista ocurrida el 8 de marzo de 1857 en Nueva York. Pedían condiciones laborales, jornadas y salarios similares a los de los hombres. El clamor creció tras el 25 de marzo de 1911, cuando se incendió la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist, de Nueva York, y murieron 123 mujeres y 23 hombres, la mayoría inmigrantes de entre 14 y 23 años. Pero solo en 1975 (como sucede con tantas reivindicaciones postergadas), la ONU consagraría la fecha en el orden internacional. El recordatorio cobra fuerza año a año, aunque a pesar de las justas demandas que lo sostienen no deja de ser manipulado por oportunistas y fundamentalistas que anteponen intereses propios (ideológicos, políticos, económicos o de secta) a los de un mundo equitativo, donde mujeres y hombres se complementen para vivir vidas con sentido.

Es esta una buena oportunidad para desmentir que las mujeres sean víctimas de los hombres como las gacelas son presas de los leones, es decir por una ley natural inmodificable. Porque de esa creencia deriva el hembrismo, una deformación del verdadero feminismo, que convierte a los varones en culpables por portación de sexo. En todo caso hombres y mujeres somos víctimas, en escalas y de maneras diferentes, de un sistema en el que la justicia no funciona para nadie, la desigualdad es brutal con todos (menos con los apropiadores de la riqueza producida por la mayoría de la humanidad) y la inequidad es pandémica. Más varones que mujeres mueren por causa de accidentes viales y de trabajo, de homicidios, de guerras inútiles y brutales, de enfermedades coronarias, de suicidios motivados por pérdida de trabajo, proyectos y esperanzas. Como víctimas de un sistema que el filósofo Sam Keen (autor de un clásico libro sobre masculinidad titulado Fuego en el cuerpo) llama “corporatral” los varones tenemos el deber de oponernos a ese sistema y trabajar para desactivarlo y transformarlo. Debemos ser los primeros en cercar y denunciar a los femicidas, que son la expresión bestial de mandatos tóxicos que hemos recibido como hombres, de la misma manera que las mujeres han sido intoxicadas por otros mandatos igualmente repudiables. Los varones debemos ser la primera línea en el combate contra el machismo profundamente arraigado en la política, en los negocios, en el deporte, en la ciencia, en la cultura, en las religiones, en los medios y en variados mensajes familiares. Machismo que muchas mujeres convalidan y ejercen. Debemos hacerlo porque no somos los culpables de los males de la humanidad, debemos hacerlo por nosotros, por nuestras compañeras, por nuestros hijos e hijas. Y porque cada femicida, cada machista nos lastima y deshonra a todos los hombres, convirtiéndonos en sospechosos y degradando la hombría fecunda que anida en nosotros y que ha dado valiosos frutos a la humanidad. No se nos necesita feministas, sino humanistas, constructores de un mundo donde todos y todas podamos vivir mejor y la diversidad sea motivo de suma y no de resta, de amor y no de odio. Bella tarea en la cual poner en juego nuestra testosterona espiritual.


lunes, 25 de enero de 2021

 

La vida en serie

(o la gestalt que no cierra)

Por Sergio Sinay








 

 

El año de la pandemia fue también el año de las series. Confinados durante meses interminables, las pantallas de todo tipo celulares, computadoras y televisores capturaron a millones de humanos con esa sucesión de historias que se prolongan capítulo a capítulo hasta el infinito. Hubo una época en la historia de la humanidad en la cual temporada significaba un período acotado de tiempo, una época del año, una estación climática, un lapso destinado a una actividad. Una temporada designaba un tramo con principio y final, así se hablara de moda, de caza, de cosecha, de siembra, etcétera. Incluso en materia de series de televisión el final de una temporada abría un compás de espera. Había que aguardar meses antes de reencontrarse con los personajes y sus vicisitudes. Entre capítulo y capítulo transcurría una semana. En esos lapsos se cocían la expectativa, las especulaciones, el recuerdo de las situaciones y conflictos acaecidas en el tramo finalizado.

Todo eso desapareció. Las personas pueden consumir en un solo día todas las temporadas de una serie, cualquiera sea la cantidad. Se devoran capítulos de la misma manera en que un pollo traga los granos de maíz, sin pausa y sin masticar. A menudo un solo día significa la mayor parte de las horas de ese día, incluida la madrugada, y a costa del descanso. La ausencia de pausa conlleva carencia del espacio mental y emocional necesario para procesar ideas, alimentar la memoria, registrar sensaciones. La gran mayoría de las series están pensadas y realizadas para estimular esa bulimia, sembradas de trucos y disparadores que mantengan viva la adicción por vía de una suerte de nicotina mental. Anestesia para la angustia existencial, silenciamiento de los interrogantes inscritos en la conciencia y en el inconsciente individual y colectivo de la especie. ¿Para qué vivimos? ¿Qué estamos haciendo de nuestras vidas? ¿Cuáles son nuestras aspiraciones postergadas? ¿Qué estamos haciendo por ellas? ¿Si mañana aconteciera el fin del mundo, en qué parte de mi trayecto existencial me encontraría? ¿Por qué razones ese trayecto valió la pena? Y más.

 

 

SI VENDE VALE

Cuando las personas conectan con estos interrogantes esenciales el ritmo del consumo y de la producción entra en pausa, el interés se desplaza desde lo externo y bullicioso hacia el silencio interior, muchas urgencias materiales banales y superficiales pasan al olvido. Estas preguntas son peligrosas porque sus respuestas pueden determinar otros modos de vida, más significativos y trascendentes, menos rendidores para numerosos negocios. El sistema que prepondera en la modernidad tardía (época en la que vivimos) se basa en la producción y el consumo a destajo, sin pausa, y en la conversión de toda circunstancia de la vida humana en un negocio rentable. El escritor, ensayista y crítico cultural inglés Mark Fisher (1968-2017), agudo observador de este fenómeno, apuntaba en su libro Realismo capitalista que el capitalismo contemporáneo “es una entidad infinitamente plástica, capaz de metabolizar y absorber cualquier objeto con el que tome contacto”. Con notable intuición Fisher advertía que el sistema en cuestión no se detiene ni ante la enfermedad, a la cual “convierte en un mercado muy lucrativo para que las compañías farmacéuticas internacionales desplieguen sus productos”. El caso de las vacunas para el Covid-19 parece darle la razón. Al calor de su desarrollo los más voraces y desproporcionados millonarios del planeta enriquecieron aun más, en simultáneo con la aparición de un centenar de nuevos millonarios de ocasión nacidos del oportunismo para encontrar negocios en donde miles de millones de personas perdieron trabajos, proyectos y esperanzas.

En este contexto la explosión de las series es significativa porque muestra de manera palpable, a partir de un fenómeno experimentado cotidianamente, una característica definitoria de la vida contemporánea. La aceleración, y la incapacidad para cerrar situaciones y ciclos, para aceptar límites y finales. El filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han lo describe con claridad en su reciente ensayo titulado La desaparición de los rituales. No hay tiempo para la demora contemplativa, dice Han, para cerrar los ojos y permanecer en silencio, para advertir los sonidos interiores, para conectar con los propios sentimientos y sensaciones. “La enorme afluencia de imágenes e información, escribe el filósofo, hace imposible cerrar los ojos”. El temor de perder algo termina en voracidad por querer consumirlo todo, sin filtro, sin valoración, sin degustación, sin discernimiento. No se puede parar, las temporadas deben deglutirse enteras, aun a costa del tiempo de reposo que piden la mente y el cuerpo, aun a costa del entendimiento, aun a costa de lo que se les resta a los vínculos.

 

LA HISTORIA SIN FIN

Todo se devora, incluidas las relaciones. La noticia que nos impacta hoy será olvidada mañana, remplazada por otra. Detenerse puede significar quedarse afuera. Hay que seguir. Cuando no hay un cierre para las situaciones y experiencias de la vida, se alteran los ciclos naturales de la existencia y de lo existente. La noche y el día, la actividad y el reposo, el invierno y el verano, el acoplamiento y la parición, las altas y bajas de las mareas, todo en la vida se compone de ciclos. En la vida de un individuo lo son la niñez, la pubertad, la adolescencia, la juventud, la adultez, la vejez, la muerte. Necesitan ser cerrados, necesitan ritos de pasaje. Vida y muerte son complementos del ciclo existencial. Cuando se abre un ciclo de cualquier tipo y de cualquier extensión, se abre una forma. Lo que en alemán se llama Gestalt. La vida es una sucesión de gestalts que se abren y se cierran. Es el principio de homeostasis o equilibrio inestable. Si una Gestalt permanece abierta no solo no cumple su ciclo, sino que, además, impide la necesaria apertura de otra. Las Gestalts que no cierran son tóxicas. Y solo quien las vive puede cerrarlas, puede completar la forma, la imagen que se abre en su experiencia. Esa forma puede tener más de un significado. y se descubren al prestarles la atención que la aceleración, la voracidad y la negación a cerrar impiden.

Cerrar, pausar, esperar, procesar y solo después abrir nuevamente es necesario en todos los órdenes. La apertura es positividad, el cierre es negatividad. Ambos necesarios, ambos complementarios. “Sin la negatividad del cierre, escribe Byung-Chul Han, se produce una inacabable adición y acumulación de lo igual, una desmesura de positividad, una proliferación adiposa de información y comunicación”. El virus de la aceleración, de la positividad ilimitada está infiltrado en nuestras vidas. Ahí tenemos las absurdas, inexplicables y abrumadoras “actualizaciones” de los programas informáticos y de las aplicaciones. Ahí están los gobernantes que lejos de cerrar un ciclo cumpliendo programas y promesas, dedican toda su energía, desde el primer día, a la próxima elección. Y ahí estamos, pegados a las pantallas. Protagonistas de una serie con infinitas y tóxicas temporadas.