viernes, 3 de junio de 2016

FELICIDAD ENVASADA AL VACÍO

por Sergio Sinay

El pensamiento superficial avanza y ahora se lleva puesto al significado profundo de la felicidad




En la era del vacío, la banalización de la felicidad y la falsificación de su significado están a la orden del día. Un presidente la propone como proyecto de gobierno, convencido quizás de que puede haber una felicidad de talla única, simple, facilonga, elemental (hecha de jingles, sonrisas y globos) que les vaya bien a todos. A su vez un aviso publicitario (se supone que de autos, aunque el producto está desdibujado) plantea que haya “calles felices”, bautizándolas con nombres de cómicos y comediantes, quienes en verdad merecerían que no se les falte el respeto usándolos como señuelos de este truco burdo e infantil. Los destinatarios de ambos mensajes (ciudadanos y consumidores) son tratados como tontos, se les propone una suerte de pensamiento mágico capaz de crear realidades con solo desearlas.
En ambos casos la felicidad aparece como una aplicación y sólo habría que bajarla y ejecutarla. Algo que viene de afuera hacia adentro. Pero el camino es inverso. La felicidad es el resultado de una manera de vivir, de cómo se ejercen valores, de cómo se construyen vínculos y se los honra, de cómo exploramos el sentido de nuestra vida, de la coherencia entre nuestros actos y ese sentido. 
La felicidad es una huella, no una zanahoria a alcanzar. Por eso no puede ser una meta. La meta es otra: vivir con sentido, honrar lo recibido, dejar el mundo un poco mejor de cómo lo encontramos. La felicidad será una consecuencia.
Pero estamos en la era del vacío, de la banalidad militante, del facilismo rabioso, de la superficialidad innegociable. Y no hay aviso tramposo ni propuesta política insulsa que puedan provocar felicidad automática en donde todo lleva a la insatisfacción permanente y a la angustia existencial asegurada. La felicidad que prometen y proponen es artificial, sin raíces y envasada al vacío. Al vacío existencial.

jueves, 2 de junio de 2016

Hora de ponerse los pantalones para una tarea pendiente

por Sergio Sinay

Prólogo a la nueva la nueva edición, corregida, aumentada y actualizada del libro La masculinidad Tóxica



El miércoles 3 de junio de 2015 cientos de miles de personas (la mayoría mujeres, aunque había buen número de varones) se movilizaron en toda la Argentina, e incluso en países vecinos bajo la consigna Ni una menos. Esto significaba que ni una sola mujer a partir de entonces debería estar ausente de este mundo por causa de un femicidio, es decir asesinada por un hombre. Era el grito indignado contra una verdadera epidemia de violencia ejercida contra las mujeres no sólo a través del asesinato sino también del abuso, la violación, la descalificación, la agresión verbal y otras formas (muchas de ellas sutiles) de degradación.
El jueves 5 de noviembre de 2015 centenares de hombres salieron a las calles también en varias ciudades, con epicentro en Buenos Aires, usando faldas y muchos de ellos zapatos de tacos altos, bajo el lema Ponete polleras si sos hombre. "Hoy todos somos mujeres y estamos en riesgo”, advertían los organizadores. “Creemos que podemos fortalecer la lucha de ellas mediante esta marcha y acompañar a las mujeres".
Estos dos hitos, separados por pocos meses, venían a señalar que el machismo sigue vivo a pesar de todo lo que se diga desde el voluntarismo bienpensante o desde la indiferencia irresponsable, y que continúa siendo letal, aberrante y destructivo. Entre la primera edición de este libro y esas dos fechas pasaron diez años y ambas movilizaciones confirmaron en mí la convicción de que poco había cambiado en esa década. Del mismo modo en que poco había cambiado entre principios de los años 90 (o exactamente 1992, cuando publiqué mi libro Esta noche no, querida, que respiraba esperanza en lo que entonces se anunciaba como una “Nueva Masculinidad”) y aquel 2006 en el que La masculinidad tóxica apareció por primera vez.
Como autor, como protagonista y como analista y crítico de la escena social y cultural podría ufanarme hoy de haber acertado en el diagnóstico. Como hombre, en cambio, la vigencia candente de estas páginas me produce tristeza e indignación. La misma tristeza e indignación me acometen cuando leo o escucho banales anuncios o celebraciones de nuevos modelos masculinos (supuestamente más sensibles, más cooperativos en las relaciones con las mujeres, más espirituales, más “femeninos”), de “nuevas” paternidades o de “nuevas” sexualidades. Sospecho que, nuevamente, responden al deseo impaciente de quienes creen que la transformación de una realidad firmemente arraigada, avalada desde mandatos familiares y culturales, estimulada desde canales sociales y sólidamente vinculada a factores de poder político, económico, educacional y social, puede lograrse en un abrir y cerrar de ojos, sin esfuerzo, sin sacrificio, con compromiso epidérmico, con mucho discurso y poca acción.

Mirar para ver
Hay que mirar, con los ojos abiertos y con la disposición a no negar lo que se observa, qué ocurre en la política, en el mundo de los negocios, en los eventos y prácticas deportivas, en la conducta generalizada de ídolos de la farándula, de la música, del espectáculo, en el lenguaje (ámbito en el que las mujeres se expresan de una manera cada día más tóxicamente masculina tanto en el uso de vocablos, insultos, descripciones, como en los tonos e inflexiones), hay que mirar, sin negar lo que se ve, en el terreno de la sexualidad (mujeres a  la ansiosa espera del viagra femenino o con genitales depilados por exigencia de varones que las prefieren disfrazadas de actrices porno, esto por nombrar apenas dos fenómenos), hay que mirar la legión de nuevas heroínas del comic, de la televisión, del cine o de los juegos electrónicos para encontrar a mujeres que encarnan estilos masculinos de violencia, de resolución de conflictos, de decisión. Una de las más populares heroínas literarias de la década fue Lisbeth Salander, una hacker de aire marcadamente andrógino presente en la sobrevalorada trilogía del sueco Stieg Larsson, iniciada con Los hombres que no amaban a las mujeres (una serie de novelas mal escritas, peor traducidas y plagadas de los más obvios lugares comunes del pensamiento “políticamente correcto”). A la hora de las decisiones y de la acción, Salander resulta más “viril” e impiadosa que el auto conmiserativo y melancólico periodista Mikael Blomkvist, protagonista masculino de la saga. En House of Cards, serie de televisión que glorifica sutilmente las bajezas y la criminalidad ocultas de la política hasta hacerse adictiva para su legión de seguidores, Claire Underwood (interpretada por Robin Wright), en la ficción esposa del congresista Frank J. Underwood (Kevin Spacey) suele ser aún más inmoral, manipuladora y despiadada que su marido (lo que es muchísimo decir) cuando hay que tomar decisiones para continuar en el camino de ambos hacia la Casa Blanca. Son apenas dos íconos de la cultura contemporánea que informan (como suelen hacerlo las expresiones literarias, cinematográficas, televisivas, fotográficas, musicales o gráficas) acerca del “aire de los tiempos” (concepto que Hegel trajo a la filosofía con la palabra alemana Zeitgeist).
 La masculinidad tóxica vive, sigue siendo un modelo dominante en la formación y la conducta de los varones, y cuando es detectada suele mimetizarse, cada vez con mas habilidad y frecuencia, bajo un disfraz “femenino”. Ha demostrado tener una cualidad inesperada. Como los virus y bacterias que mutan ante la aparición de nuevos antibióticos y fármacos, también este patrón masculino es lábil, escurridizo, cambiante. Se disfraza de su opuesto, abandona sus aspectos más obvios y rústicos y los cambia por apariencias más confiables, más “suaves”.
Digo en este libro, y lo repito en diferentes ámbitos, que un varón que cambia pañales o pone a funcionar un lavarropas ayuda y es bienvenido, pero con solo eso no cambia paradigmas. El cambio superficial es el que propugnan la publicidad y el marketing que pretenden mostrarse “revolucionarios” o “evolucionados” pero buscan en realidad atraer a los varones a mercados de los que hasta hace unos años estaban ausentes: productos domésticos, alimenticios, moda, cosmética entre otros. Esa misma publicidad nos presenta mujeres que toman decisiones, practican deportes y conducen autos a altas velocidades, pero luego necesitan de la ayuda de un muñeco musculoso para seguir haciendo lo de siempre: lavando baños, pisos, ropa y vajilla. Todo depende del producto que se quiera vender, y a quién. Cuando un aviso muestra, como ocurrió, que un bebé de meses autoriza a su padre, mediante una guiñada de ojos, a que compre el auto más poderoso (a espaldas de la madre, por supuesto, porque es una decisión ajena a las mujeres), la publicidad nos está anunciando, quizás por un descuido, cómo serán los hombres adultos de mañana: el mismo contenido en distinto envase. Un envase más atractivo, acaso más light, más soft. Si se mira con atención lo que transmite la publicidad, se verá que por cada hombre de impostada ternura que anda por allí circulan dos o tres mujeres “fuertes” a la manera masculina. Los canales por los cuales corre la masculinidad tóxica son masivos, de llegada directa y segura.
Escucho a muchos padres y madres de millennials (los nacidos durante el cambio de siglo) diciendo con cierto orgullo que sus hijos “no son así”. Esto significa que no son machos rudos y obvios, como la imagen antigua del machismo. Seguramente no lucen así. Y es posible que muchos de ellos abominen de esa figura y exhiban conductas diferentes con sus mujeres e hijos. Pero no son la masa crítica, no alteran aún el amperímetro. Y, aunque no guste leerlo y escucharlo, muchos de ellos, en situaciones críticas, desenvainan los viejos patrones. Una transformación social necesaria y profunda no ocurre solo porque se la desee, lleva más de una generación y tiene costos a veces altos.

Honrar los pantalones
Si bien la masculinidad tóxica es provocada por un virus que se manifiesta con toda su crudeza en las áreas del mundo en la que siguen dominando los hombres, también las mujeres, como adelanté en este texto, son portadoras y a menudo propagan el fenómeno. Lo hacen a través mensajes directos o subliminales, inconscientes o voluntarios, que transmiten a sus hijos e hijas. Lo hacen a través de conductas propias, como cuando consienten en ser objetos del deseo masculino y no sujetos de un vínculo de pares, cuando especulan con lo que podrían obtener de la relación con un hombre o lo que perderían con la ruptura de esa relación, cuando viven pendientes de su cuerpo (que no es lo mismo que estar pendiente del bienestar integral del ser) para no quedar fuera de una carrera cuyos códigos los siguen imponiendo los varones. Lo hacen cuando ingresan al espacio de los negocios, la política o el deporte “a lo macho”, transigiendo con el modelo masculino y demostrándose capaces de ejercerlo (uno de los nuevos fenómenos deportivos explotados por la televisión es el boxeo femenino, por ejemplo y en el fútbol femenino las conductas masculinas se expanden con llamativa facilidad).
Pero no es la portación femenina del virus el tema central que sigue predominando con vigencia en este libro, sino lo que nos toca a los hombres. Ver a varones inocultablemente machistas (personajes de la política, el deporte, la farándula y variadas vidrieras sociales) apoyando y divulgando la marcha Ni una menos no sólo repugna, sino demuestra hasta qué profundidad cala la patología. Cuando los medios apoyan y difunden fotos de esos especímenes exhibiendo muy orondos los afiches y el logo de la marcha, queda en claro el fuerte apoyo y los canales conque el tóxico cuenta a su favor para seguir envenenando.
En el otro extremo, estoy convencido de que no es vistiendo polleras ni proclamándose feministas que los varones contribuirán a transformar esta realidad. En lo personal eso me resuena como un espasmo de culpabilidad. Sé a lo que me arriesgo al opinar así. Pero como varón no asumo culpa ni responsabilidad por actitudes machistas de otro varón. Si todos los hombres somos culpables (como cierto feminismo parece expresar), no hay responsable. La responsabilidad es siempre individual, ya lo decía Hannah Arendt, cada cual debe asumir las consecuencias de sus acciones. Los hombres machistas. Los políticos indiferentes (y cómplices), los comunicadores que avalan situaciones, los padres que educan a sus hijos, los publicistas, los deportistas. Así como la responsabilidad es individual, será desde lo que cada uno haga (como actúe, cómo hable, cómo se relacione) en cada ámbito y momento de su vida como podrá ser factor de cambio o de conservación, de ocultamiento o de denuncia.
No “somos todos mujeres”, como proclamaban los impulsores de la marcha de varones con faldas. No. Los hombres somos varones y no es con ropas de mujer como ayudaremos a terminar con la toxicidad, sino con el ejercicio de una masculinidad sanadora, vigorosa, no culposa, que rescate y ponga en práctica los valores profundos de nuestra condición. Vestidos como varones, sin necesidad de transvestirnos y sin avergonzarnos ni sobreactuar nuestro compromiso con la equidad. Esos valores reales de la masculinidad profunda existen, son la fuerza constructiva, la constancia que lleva adelante proyectos que mejoran el mundo, el amor que no teme expresarse con modales propios, la paternidad que guía, orienta y construye una respetuosa autoridad, la sexualidad creativa, la generosidad, la competitividad que tiene como fin mejorar antes que arrasar, la asertividad que construye seguridad emocional en quienes nos rodean.
Necesitamos vestirnos como hombres, crecer como hombres, envejecer como hombres y desde ahí reparar lo masculino degradado y herido. Necesitamos honrar la diferencia, lo necesitan nuestras mujeres y nuestros hijos. No se trata de convertirnos en feministas, sino en masculinos, que no es lo mismo que machista. No tenemos que transformarnos en mujeres. Nacemos varones y tenemos que hacernos hombres. Hombres que honren su condición, que mejores el mundo, que no necesiten disfrazarse de otra cosa. No se trata de igualdad sino de equidad. Varones y mujeres somos diferentes y se trata de enriquecernos unas y otros a partir de esa diferencia. Debemos proponernos la equidad, entonces. Unas con faldas, otros con pantalones, comprometernos con un trato similar por parte de la justicia, con salarios y tratos ecuánimes, con oportunidades laborales, políticas, científicas, educacionales equiparables, comprometernos, en fin, con el respeto recíproco, con la mutua aceptación de lo que nos hace distintos. 
Hace diez años, cuando nació por primera vez este libro (este es su segundo nacimiento) los varones teníamos muchas tareas pendientes. La mayoría de esos deberes sigue allí, esperándonos. Algunos varones los han emprendido sin renunciar a su condición. Bien por ellos. Abren camino. Y por ese camino tendremos que marchar.

Ojalá dentro de diez años este sea un libro obsoleto. A propósito no he tocado en este texto ni los conceptos ni la información de la edición original. He agregado esta nueva introducción, he agregado datos y cifras de este presente y también, en muchos tramos, ideas que refuerzan, actualizan y amplían a las que estaban expresadas. Creí que de este modo resulta más evidente lo poco que cambiaron las cosas en lo sustancial. Ojalá, repito, todo esto pierda vigencia en el tiempo por venir. Mientras tanto, más de 40 mujeres fueron asesinadas solo en los cuatro meses que siguieron a la marcha Ni una Menos. Diez por mes. Alrededor de 300 por año son exterminadas sólo en la Argentina por machos que nunca llegaron a ser hombres. El virus de la masculinidad tóxica sigue vivo. No está en una probeta. Está entre nosotros. Es allí donde hay que combatirlo. Este es mi aporte.

jueves, 19 de mayo de 2016



El egoísmo rodante


Por Sergio Sinay

Cuando la publicidad transmite modelos de vida y pensamiento que empeoran que empeoran el mundo 







Poco después del triunfo bolchevique en Rusia, en octubre de 1917, Alisa Zinóvievna Rosenbaum, nacida en 1905, se exiliaba en los Estados Unidos con su familia. Con los años, nacionalizada estadounidense, sería autora de obras como El manantial y La rebelión de Atlas. También cambiaría su nombre por el de Ayn Rand. Así se convirtió en la mentora y deidad de lo que se conoce como egoísmo ético. Sin disimulo y sin pudor esta corriente aboga por un individualismo fundamentalista e implacable, rechaza toda idea de bien común o de limitación de los propios horizontes en bien de propósitos comunitarios. Los ve como una mutilación de la libertad y propone rebelarse ante eso sin miramientos. Sólo los zánganos y los mediocres, sostiene, pueden hablar de altruismo, cooperación, compasión, empatía y otras debilidades, gracias a las cuales se aprovechan para vivir del esfuerzo y la inteligencia de una minoría de individuos brillantes, tenaces, inteligentes, corajudos y bellos. Meritorios, en fin.

En el dogma de Rand pensar en los otros equivale a sacrificar la propia vida. No vale la pena. Quien ayuda a otro o se preocupa por él lo daña, sostenía esta filósofa, le dice que es incapaz de velar por sí mismo y, además, se entromete en una vida ajena. Lo mismo, según su argumento, hace el Estado cuando dicta leyes, las hace cumplir, cobra impuestos o arbitra la vida de una comunidad para resguardo del bien común. Rand exponía sus argumentos de una manera sencilla, elemental, furibunda y desvergonzada. Les decía a los egoístas recalcitrantes que está muy bien ser así y que no está mal pensar en uno mismo y en el propio bien. Por supuesto que no lo está, siempre y cuando ello ocurra en un marco donde se recuerde que todos somos apenas parte de un todo que nos significa y confirma. Pero el egoísta ético no se caracteriza solo por pensar en sí (cosa que todo ser humano debe hacer como principio elemental de supervivencia), sino por su incapacidad terminal de pensar en el otro, de registrarlo y reconocerlo, de percibir que le es necesario para su propia existencia (incluso para su propia existencia egoísta). En el egoísmo ético muchos valores sobran, estorban, perjudican al “más apto”, al “más fuerte”, al “mejor”.

Si donde Rand, fiel a sus ideas, escribe capitalismo, se leyera “nacionalsocialismo”, y donde dice “los más aptos, creativos e individualistas”, se leyera “arios”, “raza superior” y cosas parecidas, asomarse a sus libros provocaría cierto escalofrío. Ayn Rand (muerta en 1982) contó en su momento, y cuenta todavía, con legiones de seguidores, buena parte de los cuales están entre quienes tienen poder económico y político (el presidente Macri, sin ir más lejos, mencionó alguna vez a La rebelión de Atlas como su lectura favorita) o entre quienes aspiran a tenerlo. También entre quienes creen que el mundo sería extraordinario si no fuera porque existen los demás y sus necesidades.

En estos días un corto publicitario de General Motors activó las ideas de Raynd (mostrándolas como novedad propia, con un lenguaje ampuloso y pueril, como el de su autora original) para presentar el modelo Cruze de Chevrolet. Un coche, parece, solo para “meritócratas”. Es decir, para seres especiales, ajenos a la chusma de esforzados ciudadanos arrasados por minucias como la inflación desbocada, los aumentos salvajes, la angustia por el futuro y la negritud del horizonte de sus hijos. No es para gente que trabaja doce horas ni que ve morir sus sueños y proyectos porque todo, desde la suerte a las regulaciones, se les pone en contra, mientras se consume el tiempo de sus vidas y mientras tecnócratas teóricos, divorciados de la realidad, le explican por qué el dolor de hoy será el goce de mañana.

En el corto de Chevrolet las personas no parecen tales sino muñecos de siliconas, prototipos de una raza superior, y los escenarios semejan salidos de Un mundo feliz (la distopía imaginada por Aldous Huxley en 1931, mundo carente de dolor, frustración, deseo y vida). En su Introducción a la filosofía moral, James Rachels (1941-2003) recuerda que el egoísmo ético no responde a preguntas como ¿quién decide el mérito? y ¿qué me hace tan especial? Y apunta: “Al no contestar estas preguntas, resulta que es una doctrina arbitraria, como lo es el racismo”. En este caso es también egoísmo rodante.

lunes, 2 de mayo de 2016

En manos de príncipes y cortesanos

Por Sergio Sinay

Ninguna forma de comunicar sirve si desde el poder se olvida la existencia de las personas, sus necesidades y sus vivencias



Hace 25 años el historiador y ensayista canadiense John Ralston Saul, actual presidente del PEN Club Internacional (asociación mundial de escritores, fundada en 1921), publicó Los bastardos de Voltaire, un apasionante y apasionado embate contra las deformaciones de la razón en el mundo occidental y sobre sus consecuencias políticas, militares, económicas, científicas, sociales y culturales. Con notable erudición y una escritura límpida e inspirada, Ralston denuncia allí a quienes confunden política con gerenciamiento, democracia con absolutismo, comunicación con jerga, estrategia con empecinamiento ciego, república con reinado, y también a quienes, en todos los ámbitos  mencionados, olvidan y desprecian el valor de lo humano y convierten a las personas en números o medios para un fin.
Leído nuevamente un cuarto de siglo después el libro de Ralston Saul (autor también, entre varias obras que incluyen novelas, de La sociedad inconsciente, sólido e imprescindible complemento de Los bastardos) renueva y aumenta sus sólidos fundamentos y su vigencia. Allí señala que, a partir del siglo XVIII, con la irrupción del iluminismo, aparecieron en el escenario político los cortesanos. Fallidos y fundamentalistas abanderados de la razón, estos se pusieron al servicio del poder (para beneficiarse de él) y dieron lugar al nacimiento de las burocracias y tecnocracias. Burócratas y tecnócratas gestionan desde teorías y protocolos que se demuestran fracasados una y otra vez, pero ellos no lo reconocen así e insisten en forzar a la realidad en el intento de meterla, así sea a la fuerza, en moldes preconcebidos. Los costos son altos y no los pagan ellos: vidas, sueños, proyectos, enfrentamientos y rupturas sociales, guerras (en las que no combaten), catástrofes ecológicas, desmesuras científicas, crisis económicas terminales, crecimiento tecnológico desbocado y disfuncional.
Los cortesanos son la novedad frente a los príncipes. Mientras solo gobernaban los príncipes se hacía la voluntad de estos. Vidas, tierras y destinos personales y colectivos estaban a su merced, sus consejeros los avalaban y hasta las autoridades religiosas se les asociaban. Con el surgimiento de nociones como república, derechos y democracia irrumpen los cortesanos, y los príncipes cambian sus características. Son los gobernantes populistas y autoritarios de hoy que, como los príncipes de antaño, se proponen como figuras providenciales, portadoras de un derecho divino (que en este caso emana del dios “pueblo”) para intentar el poder eterno y absoluto.
Mientras el príncipe concentra y personaliza el poder, descree de la democracia aunque no olvida nombrarla, y se disfraza de héroe, el cortesano mantiene un perfil bajo, se mimetiza en gerencias, gabinetes, juntas directivas, equipos. No asume responsabilidades sobre fracasos económicos estrepitosos que profetizó como éxitos, anuncia guerras victoriosas que luego se pierden, presenta progresos tecnológicos que no mejoran en lo esencial ninguna vida además de degradar el medio ambiente, y no tiene reparos morales en avanzar hacia horizontes científicos peligrosos.
En tanto Occidente deambula entre príncipes y cortesanos, las vidas humanas, los destinos individuales y colectivos, son un difuso, oscuro y olvidado telón de fondo. La mirada de Ralston Saul nos abarca en el aquí y ahora. Buena parte de la discusión bizantina (en Bizancio, hacia el siglo IV, las sectas religiosas discutían larga y tediosamente cuestiones abstractas sin hallar solución) sobre la comunicación del actual gobierno, entra allí. El príncipe comunica mandatos providenciales y no deja lugar a discusión. Son edictos reales. El cortesano se considera especialista en cuestiones que el vulgo no domina y cree que explicárselas no tiene sentido y sería pérdida de tiempo. Pero para cubrir las apariencias termina por comunicarlo, aunque lo hace en una jerga que nada aclara. Príncipes y cortesanos desprecian, cada uno a su manera, la realidad sobre la cual el ciudadano (o el súbdito según el caso) de a pie no tiene dudas porque la vive. La comunicación no crea a la realidad. Sólo la muestra, la oculta o la distorsiona. Y esto lo hacen tanto príncipes como cortesanos.

lunes, 18 de abril de 2016

MUERTES ANUNCIADAS Y HORRORES SOBREACTUADOS

por Sergio Sinay




¿Cuánto tiempo pasará antes de que el episodio de los jóvenes (no son “chicos”, sino jóvenes adultos) muertos por sobredosis en la fiesta electrónica de Costa Salguero, sea desplazado de la atención pública por una nueva tragedia juvenil, como, por ejemplo, muerte de un grupo de adolescentes alcoholizados en una ruta, enfrentamiento de grupos juveniles con final sangriento, o cosas por el estilo? ¿Cuánto tiempo más la “opinión pública” seguirá haciéndose la sorprendida y horrorizada, como si esto fuera algo inusual, una fatalidad, una catástrofe natural inesperada? ¿Hasta cuándo seguirá la epidemia fatídica de deserción, irresponsabilidad y cobardía paternas y maternas en la función indelegable de criar, educar y orientar existencialmente a sus hijos? ¿Hasta cuándo seguirá impune ese impúdico e inmoral empresariado de la noche que lucra con orgías mortales sin importar los medios? ¿Hasta cuándo la imperdonable desidia de funcionarios corruptibles y corruptos y de un Estado ausente, indiferente y cómplice por acción o por omisión?
Esta generación de adolescentes eternos, inmaduros emocional y psíquicamente, que tienen como único objetivo de vida “divertirse”, “la buena onda”, el “pum para arriba”, “la previa”, “ la fiestita” y otras versiones de la nada y el vacío, no nació de repollos. Son el espejo cruel y dramático del mundo de adultos que los rodea, los apaña, los estimula, los celebra y les propone o facilita (nuevamente, por acción o por omisión) modelos de vida o de vínculos en los que la norma, los límites, los valores y el propósito no existen. ¿Cuánto durará, entonces, el sobreactuado horror público por el episodio perfectamente previsible de Costa Salguero?  Solo hasta el próximo capítulo. O hasta que los medios guíen la atención hacia el nuevo romance de algún gobernador con alguna figura de la farándula, o hacia la nueva “polémica” por algún tema que distraiga y permita seguir fumando, haciendo la plancha y mirando hacia otro lado.

lunes, 11 de abril de 2016

Psicópatas al natural
Por Sergio Sinay

Cuando latrocinio y psicopatía se funden en el poder, los costos para la sociedad y la convivencia son devastadores. Lo estamos comprobando una vez más.




En enero de 2009 la revista venezolana Zeta publicó una entrevista de la periodista Laura Di Marco al psiquiatra Hugo Marietan (ambos argentinos). Marietan es una reconocida autoridad en el estudio de la psicopatía. En esa entrevista decía: “Los políticos de fuste generalmente son psicópatas, por una sencilla razón: el psicópata ama el poder. Usa a las personas para obtener más y más poder, y las transforma en cosas para su propio beneficio. Esto no quiere decir, desde luego, que todos los políticos o todos los líderes sean psicópatas, ni mucho menos, pero sí que el poder es un ámbito donde ellos se mueven como pez en el agua".  El psiquiatra agregaba que “el psicópata siempre trabaja para sí mismo, aunque en su discurso diga todo lo contrario”. Desconoce la empatía, es incapaz de ponerse en el lugar del otro. Todo tiene que estar a su servicio, y eso incluye “personas, dinero, la famosa caja, para comprar voluntades”.
Este diagnóstico de Marietan armoniza con la visión del psiquiatra canadiense Robert Hare, célebre especialista en el tema y creador del test PCLR, usado internacionalmente en la clínica, la justicia e incluso la policía para detectar la personalidad psicopática. En una conversación con José Manuel Nieves, del diario madrileño ABC, publicada el 19 de marzo de 2007, Hare señalaba que los psicópatas alcanzan al 1% de la población mundial y que están mayoritariamente enquistados en la política, en los negocios y, desde ya, en el crimen organizado. “Docenas de políticos de alto nivel deberían claramente estar en la cárcel”, afirmaba Hare. Según su descripción, los psicópatas saben controlar a los demás, tienen carisma y suelen convertirse en líderes. Agregaba un aspecto significativo: “Te van a engañar y a chupar la esencia, pero resultan atractivos, aún a costa de ese precio tan alto. Al final, cuando ya no les sirves, te dejan. Los psicópatas son esponjas emocionales y absorben todo lo que tengamos”.
Acaso esta última sea la razón por la que suelen captar voluntades, incluso de personas que se suponen lúcidas e informadas. “Una característica del psicópata, advertía al respecto Marietán, es la manipulación que hace de la gente. Alrededor del dirigente psicópata se mueven obsecuentes, gente que, bajo su efecto persuasivo, es capaz de hacer cosas que de otro modo no haría. Es gente subyugada, e incluso puede ser de alto nivel intelectual”.
A la luz de los últimos episodios judiciales y policiales, la mirada de Marietán y la de Hare permitirían confirmar que la última década no fue “ganada”. Fue, quizás como nunca, la década de los psicópatas en el gobierno. Ahora desfilan por los tribunales y empiezan a alojarse en celdas. Habían constituido una vasta asociación ilícita dedicada a saquear el erario público y los bienes comunes de la sociedad argentina mientras declamaban consignas vacías sobre derechos, soberanía y otros temas que desvirtuaron y degradaron. La psicopatía se extendió como una mancha desde el nivel más alto hasta el zócalo. La creencia de que eran impunes los hizo torpes. Sabemos quiénes son. No lo sabe quien no quiere o quien (aun a pesar de su supuesto nivel intelectual) fue subyugado, como dice Marietan. “Sus banderas pueden ser la apelación al hombre nuevo, el proyecto nacional, la liberación, la raza superior, la Nación, la patria. El psicópata siempre necesita buscar un enemigo, para aglutinar”, señala este especialista. Y la realidad lo confirma.
También es importante saber que nunca estaremos a salvo de los psicópatas, y menos en el poder. Según Hare, lleva tiempo identificarlos, no hay patrones fijos, como, por ejemplo, con la esquizofrenia. Tampoco tienen cura. Jamás reconocen que son psicópatas. Necesitan que haya crisis o situaciones extremas en las cuales aparecer como salvadores. En la calma no tienen lugar.
Los antídotos posibles frente a estos individuos son la información, la atención, el pensamiento crítico, la autonomía intelectual. Una sociedad puede defenderse de ellos a través de la normalidad, no de la excepción. Pensando y mirando antes de elegir. Reflexionando, aprendiendo de sus experiencias. “Están en todas partes, viven entre nosotros y tienen formas mucho más sutiles de hacer daño que las meramente físicas”, apunta Hare. “La sociedad no los ve, o no quiere verlos, y consiente”.

No verlos o consentir tiene costos muy altos. Los hemos pagado. Los seguimos pagando. Razón suficiente para no dejar de estar atentos. El poder los atrae, de manera que, ante cualquier gobierno, la vigilia debe ser permanente.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Lo que no tiene perdón

Por Sergio Sinay

En nuestra sociedad la vida perdió su valor y vivimos entre asesinos en potencia, ajenos a toda conciencia moral



Perdonar no es una obligación. Hay hechos imperdonables. ¿Cuál sería el valor del perdón si fuera obligatorio? ¿No resultaría una ventaja para el ofensor? Lastimo, hiero, ofendo y a continuación pido perdón. Si no se me concede paso a considerarme ofendido. Negocio redondo. La obligación de conceder perdón es un pasaje directo a la impunidad. ¿Puede haber mejor noticia para un violador, un asesino, un abusador, un pedófilo o un corrupto que la imposición del perdón?
Para el herido, el ofendido, el maltratado, el abusado, el perdón es una opción. Pero para el ofensor es una obligación. Una obligación moral. Y más cuando la herida está a la vista, es inocultable, sangra a los ojos de todos. Negar la existencia de esa herida, negar el dolor del otro, negarse a reconocer el daño cometido no sólo es inmoral. Y una suprema muestra de irresponsabilidad. Puede ser también un rasgo psicopático (el psicópata no distingue el bien del mal y no registra el dolor ajeno).
El miércoles 30 de marzo, Silvio Guillermo Martinero, un abogado y militar retirado, asesinó de un tiro en pleno centro de Buenos Aires al cerrajero Daniel Fernando De Negris, un hombre que como tantos caminaba por la calle Maipú mientras ejercía su oficio. El asesino adujo como excusa la “defensa propia”. Dos motochorros, dijo, le habían intentado robar una mochila con dólares. El cerrajero no era un motochorro, sino un transeúnte más entre los cientos que a las 9 de la mañana transitan por el lugar. Martinero llevaba una pistola Glock 9 mm. Quien porta un arma de ese calibre sabe lo que hace, sabe que puede matar, se prepara para ello. Las armas no están hechas para acariciar. El asesino tiró a matar. Se equivocó de blanco, mostró su torpeza, su falta de puntería, su irresponsabilidad, su desprecio por la vida de los otros, los que no tenían nada que ver. Pero confirmó la eficacia del arma. Que, además, portaba con un permiso que, según fuentes de la investigación confiaron a la prensa, había vencido en 2012. Así como estaba dispuesto a matar debía saber que, si se daba el caso, lo haría fuera de la ley.
De Negris tenía 55 años y una hija de 11, ahora huérfana. Según sus vecinos de Berazategui era un buen hombre, servicial, colaborador. Resulta siempre doloroso que muera uno de los buenos, sobre todo cuando es silencioso y casi anónimo.  Pero incluso podría no haberlo sido y el crimen no resultaría menos aberrante ni menos imperdonable.
Sin embargo, un día después del asesinato la mujer de Martinero afirmaba que no pediría perdón a la familia destruida de la víctima. “Fue un hecho fortuito”, adujo. Fortuito es que un rayo mate a una persona, que un tsunami arrase con la vida de miles en una playa, que se desprenda la rueda de un vehículo en marcha e impacte en una persona. Pero que alguien lleve una poderosa Glock 9 mm encima en plena ciudad sin estar en servicio en ninguna fuerza de seguridad, es imprudente, es irresponsable y, llegado el momento, puede ser, como lo fue, criminal.  Y no pedir perdón por la consecuencia trágica de esa acción es un acto inmoral.
La terapeuta y escritora vienesa Elisabeth Lukas (discípula dilecta de Víktor Frankl) sostiene en su trabajo Felicidad en la familia: “Lo más difícil es perdonar cuando el otro no muestra arrepentimiento o prosigue comportándose de manera ofensiva”. Es ofensivo negarse a pedir perdón cuando se ha segado una vida de una manera inadmisible e intemperante. Y aun si se lo hubiera pedido, es posible imaginar la dificultad de la familia De Negris para perdonar. Una dificultad entendible. “Perdonar no es olvidar, dice Lukas, porque entonces no se sabría qué se perdonó”. Sólo se puede perdonar (aun no siendo obligatorio) cuando se comprenden los abismos del alma humana, agrega la autora. Aunque, a la luz de los hechos, hay abismos incomprensibles.

La actitud del asesino y la indiferencia posterior de su mujer no son, sin embargo, más que síntomas. Estremecerán durante unos días, después los ecos se apagarán y, con buenas influencias, hasta es posible que todo termine en una condena leve. No sería la primera vez. Y confirmaría el grado de enfermedad de una sociedad en donde la vida no vale nada y casi uno de cada diez habitantes (hay 3,4 millones de armas en negro, según la Red Argentina para el Desarme) es un asesino potencial que solo espera su oportunidad.

martes, 22 de marzo de 2016

Asuntos legales vs. asuntos morales
Por Sergio Sinay

Las leyes ofrecen fisuras y resquicios gracias a los cuales algunos robos pueden no parecerlo. Por eso  lo moral es más importante que lo legal.



Tras haberse quedado con 8 mil millones de pesos del erario público (es decir, dinero que tras salir del bolsillo de los ciudadanos no llegó a escuelas, hospitales, rutas, seguridad y otras áreas en las que se concentran las necesidades comunes de la sociedad), tanto el empresario Cristóbal López como su socio Fabián De Sousa, arguyeron que no había nada ilegal en su acto. Ricardo Echegaray, con cuya complicidad en la AFIP pudieron hacer lo que hicieron, insistió en el tema de la presunta legalidad. Fuera de tecnicismos jurídicos, el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia define con la palabra robar al acto de “tomar para sí algo ajeno sin conformidad del dueño”. Y en su imprescindible Diccionario de Uso del Español, la filóloga y lexicóloga María Moliner (1900-1981) propone como primera acepción de la palabra robar, lo siguiente: “Quitar una cosa de valor considerable a su dueño con violencia o engaño, lo que constituye un delito”.
Abogados bien pagos y especializados en encontrar fisuras, sofismas y filtraciones por donde las leyes puedan ser sorteadas se encargarán posiblemente de defenderlos y  argumentar que quienes se quedaron con lo que pertenecía al bien común actuaron “legalmente”. Pero una cosa es lo legal, que tiene que ver con la letra fría, siempre falible e incompleta de la ley, y otra cosa es lo legítimo. Muchas, demasiadas, cosas son legales y no son legítimas. La legitimidad remite a lo moral, y lo legal no siempre es moral.
Desde los primeros filósofos griegos en adelante la moral ha sido tema de estudio, discusión y análisis en la filosofía, en el derecho, en la literatura, en la teología y, aunque los ciudadanos de a pie no tomen conciencia de ello, en diversas circunstancias de lo cotidiano. La pregunta esencial de la moral es sencilla: ¿cómo debemos actuar? La respuesta parece no serlo. ¿Actuar para qué?, se repregunta de inmediato. Immanuel Kant, que dedicó su vida y obra al tema, ponía a la razón como herramienta esencial de la moral (al razonar, los humanos no tenemos excusa ni podemos fingir ignorancia) y proponía lo que llamó imperativo categórico: “Actúa de tal modo que tus acciones puedan convertirse en ley universal”. Robá si aceptás que todos roben. Matá si aceptás que todos maten. Mentí si aceptás que todos mientan. De lo contrario, abstente. Y siempre, agregaría un existencialista, hacete cargo de las consecuencias de tus actos.
¿Qué pensarán de esto los señores López, De Sousa, Echegaray (podríamos agregar Bodou, Jaime y seguir la línea hasta el pináculo de la pirámide)? Ocupados en lo que suelen ocuparse, quizás estas lucubraciones estén muy lejos de su entendimiento. Mientras tanto, el activo y estimulante filósofo inglés Anthony C. Grayling (entre muchas otras cosas, presidente de la British Humanistic Association) propone en su libro “¿Qué es lo bueno?”, la siguiente respuesta a esa pregunta fundacional de la moral: “Lo bueno es la mejor vida humana en un mundo humano, vivida humanamente”.
Parece sencillo. Pero es complejo. Los llamados valores morales apuntan a garantizar esa vida. Y, como señala Adela Cortina (primera mujer en ocupar un sillón en Real Academia Española de Filosofía), las ficciones morales útiles ayudan a ordenar un mundo caótico en el que la injusticia y la desigualdad son evidencias permanentes e innegables. ¿Por qué ficciones? Porque nos brindan una trama, un horizonte, algo en que creer, herramientas para luchar por “la victoria de la justicia, la reivindicación del héroe y la eficacia de la lógica”. Así lo dice en su ensayo “Ética sin moral”.

El título del libro de Cortina permite un oportuno señalamiento. Mientras la moral nos dice a todos qué es lo bueno (considerado como medio para la convivencia verdaderamente humana), la ética de cada persona muestra cómo elige actuar, al margen de si lo hace en línea con lo bueno o no. También las acciones de muchos jueces deslindan ética de moral. En definitiva, hay éticas que no son morales. Y hay operaciones que, aun cuando encuentren un ropaje legal, tampoco lo son. Quedarse con lo que es de todos desentendiéndose del daño causado a otros nunca puede ser moral. Y avalarlo y defenderlo, mucho menos.

martes, 8 de marzo de 2016

Una hermosa sensación

Por Sergio Sinay

Una novela que honra a sus personajes, a una ciudad y a la literatura




Se podría definir rápidamente a Turquía con un lugar común: país fascinante y complejo. Y, se podía agregar, lejano. Pero deja de ser esto último cuando se ha estado allí. Después de la experiencia, queda cercana y presente. Es la puerta que une dos mundos dentro del mundo, Oriente y Occidente. Es refinada y salvaje. Es milenaria y moderna. Guarda memoria de toda la historia de la civilización y expresa de un modo a veces brutal las contradicciones más trágicas, la intolerancia más aguda del tiempo presente. En ese territorio extenso y variado la Naturaleza despliega una belleza insospechada, de formas inesperadas (como en Capadocia) y también la implacable crueldad del invierno y del verano en los desiertos y en las montañas. Es una cultura con expresiones refinadas en la literatura, en las artes, en la música, en el pensamiento, y son comportamientos atávicos, previos a toda noción de ley. Es una experiencia inagotable, misteriosa, por momentos apabullante.
Estambul, con 14 millones de habitantes, resulta una síntesis viviente y vibrante de todo eso. Con un pie a cada lado del Bósforo (uno en Oriente el otro en Occidente) esta ciudad cosmopolita y moderna, al mismo tiempo que provinciana y detenida en el tiempo (ambas cosas impresionan con fuerza al recorrerla) es acaso la más grande de Europa y contiene todas las tensiones y la energía alimentadas por la historia y por el presente del país. Un país regido hoy por un gobierno autoritario que mira hacia lo más oscuro del pasado mientras en su vientre pujan por nacer sueños, proyectos y fuerzas que buscan la libertad, la convivencia, las posibilidades luminosas de la razón. Estambul fue capital del Imperio Romano de Oriente (amada por el emperador Constantino El Grande, que le legó su nombre, Constantinopla, hasta su caída, en 1453, que marcó el final de la Edad Media), fue capital del Imperio Bizantino y del Imperio Otomano, cuyo ocaso dio lugar al nacimiento de la República, fundada por Kemal Ataturk en 1923. Toda esa historia está presente en palacios, tumbas, mezquitas de arquitectura refinada, siempre imponentes, como la historia que narran.

Volver a narrar
Orhan Pamuk
Y junto a esa hay otras historias. Las de los seres anónimos, pequeños, cotidianos, sufrientes, soñadores, empecinados que labraron sus vidas en Estambul al ritmo de los espasmos, los partos, las transformaciones a veces brutales de la ciudad, y también de su resistencia al avance a veces depredador de una modernidad en muchos casos empujada por ambiciosos, manipuladores, corruptos (como suele ocurrir con el crecimiento de las ciudades en la era del capital). Orhan Pamuk, nacido en 1956 en Estambul, Premio Nobel de Literatura 2006, se ubica junto a esas vidas, las acompaña desde las vísceras, y narra desde ellas las transformaciones (y también las permanencias) de Estambul desde los años 60 del siglo pasado hasta hoy. Toma como nave insignia para esa navegación a Mevlut Karatas que llega de niño a la megalópolis acompañando a su padre, quien busca un horizonte más luminoso que el que le ofrecía su pequeña aldea de Anatolia. La parábola existencial de Mevlut, desde ese final de la infancia hasta su actual madurez sesentona, es la médula de una novela inolvidable, de esas que echan raíces en la memoria y el corazón de sus lectores, de esas que se agradecen para siempre y enaltecen el arte de narrar. Su título es Una sensación extraña.
Esta es la obra de un humanista con todas las letras. En una época en la cual la posmodernidad manda a no comprometerse, a no tomar partido por ninguna verdad, a relativizarlo todo, incluyendo valores y moral, a escaparle a la prueba más difícil y decisiva para cualquier escritor (la de ser capaz de narrar una historia desde la A hasta la Z sin desertar en el camino en nombre de caprichosas experimentaciones), Pamuk se juega. Él está de parte de sus personajes (en primer lugar de Mevlut), les da vida, espacio y voz a todos. De hecho les cede por momentos el lugar del narrador omnisciente para que sean ellos, en primera persona, quienes aporten su punto de vista y sus razones. Los ama y no teme demostrarlo. Está de su lado cuando los acometen las oscuras piruetas del destino o las perversas manipulaciones humanas. Homenajea a sus criaturas y, a través de sus peripecias, a la literatura de siempre, aquella que hizo decir a Elie Wiesel (escritor rumano sobreviviente de los campos de concentración y Premio Nobel de la Paz en 1986) que “Dios creó a los hombres porque le gustan los cuentos”. Si Dios, o quien fuere, necesita quien lo emocione, lo cautive, lo conmueva, lo comprometa, con historias poderosas, verosímiles, apasionantes, Pamuk, con esta novela, es el candidato ideal.

Escribir en el mundo
El Nobel turco ha sido (y es) perseguido por el gobierno de Recep Erdogan, un lobo que se vistió en su momento de cordero progresista para empujar después paulatinamente a su país hacia las cavernas de un pasado oscuro, denigrando a las mujeres y a los librepensadores, a los defensores de la República y a las etnias que se resistieran a su proyecto de poder. Pamuk, entonces, no escribe desde una torre de marfil, aislado del mundo, sino en las entrañas palpitantes de la sociedad en la que vive y de la ciudad que ama y de la que conoce hasta sus últimos intersticios. Toma partido político, intelectual y literario, pero no permite jamás que esa actitud aplaste a sus personajes ni a sus historias. Ellos son sagrados.

Una extraña sensación es una novela para los que aman las novelas, los que aman las palabras, los que aman los avatares de este mundo (los dolorosos y los gozosos), los que aman conocer lugares y personas (nunca se conoce tanto como cuando se lee). Una novela reconfortante para quienes aman leer. Y una novela ideal para iniciar en la lectura a quienes aún no se han iniciado en esta maravillosa experiencia humana. La sensación que deja no es extraña: es de agradecimiento.

viernes, 4 de marzo de 2016

La tragedia y sus autores

por Sergio Sinay

(Prólogo a la nueva edición corregida y aumentada del libro La sociedad de los hijos huérfanos, de reciente aparición)


 Tres chicos de entre 12 y 14 años murieron en accidentes de cuatriciclos en el mes que fue de mediados de diciembre de 2015 a mediados de enero de 2016. Uno de ellos en Hualfin (Catamarca), otro en Tres Lomas (Buenos Aires) y el restante, y más difundido por los medios, en el balneario de Cariló. No fueron casos excepcionales, sino apenas la repetición de una tragedia que se cumple en cada verano. Desde que Esquilo, Sófocles y Eurípides, grandes autores griegos, perfeccionaran los mecanismos de este género (en los siglos IV y V antes de Cristo), sabemos que la tragedia se refiere a mecanismos que los dioses ponen en marcha, generalmente como castigo a los excesos de los humanos, y que esos mecanismos marcharán hacia un terrible final sin que nadie pueda detenerlo. Al contrario, cada acción de los protagonistas durante la trama conduce inexorablemente a ese final.
Cuando los padres abandonan sus funciones de liderazgo, cuando dejan de poner norte y propósito a la crianza de sus hijos, cuando pretenden tercerizar sus funciones procurando que las asuman el colegio, los gobernantes, Internet, la televisión, las niñeras, los psicólogos, cuando se desentienden de sus responsabilidades, cuando aspiran a  convertirse en pares (falsos amigos) de sus hijos, cuando transforman las relaciones con ellos en simples transacciones comerciales (“Te compro esto o lo otro a cambio de tu cariño, o de que te portes bien o de que no te lleves materias”), cuando esas y otras conductas parentales se naturalizan y se convierten en norma, se desencadenan en la vida real (y no ya en los escenarios en que se representan Edipo, Antígona, Medea o incluso las grandes e inmortales obras de Shakespeare, como Macbeth o Hamlet) los mecanismos de la tragedia.
Las muertes que cada año sufren o provocan los chicos en cuatriciclos son perfectas tragedias. Como lo es la epidemia de comas alcohólicos que cada fin de semana se registra en clínicas y hospitales, de los cuales dan cuenta los médicos de guardia, resultado previsible de las “previas” que la publicidad de los vendedores de alcohol alientan bajo eufemismos como “encuentro” u otros parecidos. Frente a esa “moda” y frente al dogma de que no hay diversión si no hay alcohol, una mayoría de padres muestra indolencia, pasividad, desidia y hasta un temor pusilánime a intervenir y poner normas y límites. En el mejor de los casos esta actitud puede llamarse irresponsable y en el peor criminal (porque acaso le quepa la figura de abandono de persona).
Los mecanismos de la tragedia aletean también en la violencia escolar, en las muertes de chicos que conducen alcoholizados los autos que sus padres les prestan o les regalan sin condiciones (estas catástrofes aumentan año a año y son noticia rutinaria los fines semana en todo el país); hay tragedia, además, en la dramática dimensión que alcanza la drogadicción juvenil (ante padres que insisten en no ver o  en decir imperdonablemente que eso les ocurre a otros chicos pero no a los propios). Y aunque no lo parezca, los ingredientes de la tragedia se cuecen incluso en el voraz consumismo infantil, fogoneado por un marketing que carece de escrúpulos éticos (aunque se llene la boca con excusas en las que aparecen palabras como “motivación”, “aspiración”, “tendencias”, etc.) y cuenta con la complicidad de padres a quienes no les cabe la justificación de la ingenuidad.

El peor mensaje
Son todas tragedias, porque desde el comienzo se sabe cómo será el final y porque ese final nunca es, ni puede ser, feliz. Además tiene un nombre: hijos huérfanos.  Ellos son las víctimas. Hijos que sufren la peor de las orfandades, aquella que se padece cuando los padres están vivos pero ausentes de sus funciones. Hijos dejados a la deriva, sin límites, con mensajes confusos acerca de las coordenadas para guiarse en la vida, sin liderazgo moral, sin una educación en valores que sea provista por los padres desde sus propias actitudes. Un chico que maneja un cuatriciclo a una edad en que no puede hacerlo, en un lugar en el que no puede hacerlo y carente de toda protección (la más elemental, un casco) es un chico al cual el padre que le proveyó ese cuatriciclo le transmitió un mensaje claro: las leyes están para violarlas, todo se puede (sólo basta con desearlo), la vida de aquellos a quienes puedas dañar no vale nada (los otros no importan) y la tuya tampoco. Vivir no es encontrar un sentido y dejar el mundo un poco mejor de cómo lo encontraste, dice ese mensaje. Vivir es simplemente pasarla bien y no importa cómo.
La primera edición de este libro (varias veces reeditado luego) es del año 2007. Lo escribí en aquel momento guiado por una profunda preocupación y, lo confieso, por una acentuada indignación provocadas por el panorama de desolación, riesgos y desamparo en el que veía transitar sus infancias y adolescencias a la mayoría de los niños y adolescentes de esta sociedad. Una sociedad de hijos huérfanos, independientemente de su ubicación en el espectro social y económico. Este no es un problema de chicos pobres (aunque la pobreza aporta sus ingredientes) ni de chicos ricos (aunque la riqueza aporta también sus ingredientes). No es un problema de chicos cuyos padres trabajan mucho (esa no es excusa), o son demasiado jóvenes y “no saben” (esta otra excusa no es válida a partir de que se tienen hijos). Es un problema de chicos nacidos y criados en una cultura que en todas sus capas sociales es hoy individualista, hedonista, donde cada quien (aun cuando la paternidad o la maternidad le recuerden que es responsable de otras vidas) está sumergido en el ejercicio egoísta de pasarla bien, de usar al otro o descartarlo, de transar económica, afectiva o sexualmente.
Desde aquella primera edición (que para mi sorpresa y esperanza fue el inicio de una fecunda vida para el libro, que interesó y movilizó a muchas más personas de las que hubiera imaginado), las cosas no cambiaron demasiado. Y acaso empeoraron. Porque una cosa es estar enfermo y no saberlo (motivo por el cual uno puede actuar de maneras que empeoran su enfermedad) y otra mucho más grave es conocer el diagnóstico y acelerar las conductas que lo agravarán. Y creo que viene ocurriendo esto último. Las noticias y datos sobre la orfandad funcional que es el tema de este libro están a la vista a cada minuto en los medios, en la realidad, en nuestro entorno cercano, en los espacios que habitamos y transitamos, en el mundo en que vivimos. Son innegables, resultan imposibles de esquivar, no es necesario que vayamos en su búsqueda, vienen hacia nosotros. Nos interpelan. Sin embargo una masa crítica de padres los sigue ignorando o continúa eludiendo y desviando responsabilidades.

Luminosas minorías
Una masa crítica es, en la física, la cantidad de combustible a partir de la cual se puede producir una reacción nuclear en cadena. Y traducido a la sociología se refiere al número de personas alcanzado el cual se desata un fenómeno social. En el caso del que me ocupo en este libro, la conducta evasiva de unos pocos padres respecto de sus responsabilidades y funciones no hubiera generado una sociedad de hijos huérfanos. Pero cuando el número de padres que manifiesta esa actitud supera al de aquellos otros que se abocan a sus roles y funciones con compromiso, responsabilidad, presencia y atención, el resultado es predecible y comprobable. La tragedia está a la orden del día.
En este relanzamiento de La sociedad de los hijos huérfanos he renovado unas pocas cifras pero no he modificado conceptos. En verdad, más que una actualización se trata de agregados. En general elegí dejar algunas pasmosas cifras de 2007 que cito en el libro para pintar el panorama de la violencia adolescente, de la drogadicción, de la mala alimentación, del uso tóxico de medios electrónicos y nuevas tecnologías, del consumismo desmadrado y de otras disfuncionalidades y opté por agregarle datos actualizados a fin de que se pueda observar la permanencia y el avance del fenómeno. El profesor José Pepe Presti (quien afortunadamente se incorporó a mi vida durante mi educación secundaria) marcha hacia sus 90 años de edad con la misma lucidez y el mismo fervoroso compromiso que entonces con la causa de la educación y de los hijos, por lo cual el apéndice de este libro que lo incluye se repite sin modificaciones y con toda su vigencia ejemplar.
Este prólogo, que se agrega ahora, ratifica, y acaso aumenta, mi preocupación, mi inquietud, mi dolor y mi indignación ante la indiferencia, la reiterada y pétrea indolencia de tantos padres en el abandono de sus funciones de educadores, de transmisores de valores, de líderes éticos, de orientadores existenciales en la vida de sus hijos. Padres vivos de hijos huérfanos.

Semana a semana, mes a mes, año a año, viajo por el país doy charlas, hablo con docentes doloridos por esta misma cuestión y con padres que, en minoría, con tesón, con coraje moral, se mantienen firmes como faros en la tormenta y honran su maravillosa condición. Son esos padres y esos docentes los que mantienen encendidas fogatas de esperanza en los oscuros e impenetrables bosques de la indiferencia y la irresponsabilidad. Muchos de ellos extienden su función parental más allá de sus propios hijos y cubren con ella a algunos de los tantos huérfanos que nos rodean. Son una brújula, indican la dirección y el camino. Pensé en ellos durante mi nueva inmersión en estas páginas y espero que de alguna manera les ayude a continuar en la tarea de dejarle a la sociedad hijos que mañana sean padres nutrientes, presentes, guías confiables, educadores de generaciones que no queden huérfanas. Mientras otros padres (una mayoría) se desentienden, esta vigorosa minoría persiste en hacer del mundo un lugar mejor.