martes, 9 de febrero de 2016

¿Viejos son los trapos?

Por SERGIO SINAY

Esta columna fue publicada el domingo 7 de febrero en el diario El Día, de La Plata
¿Viejos son los trapos?

“Si no tuviéramos nada que aprender no habría viejos”. La afirmación del prestigioso neurólogo catalán Nolasc Acarin (autor de “El cerebro del rey” y miembro de la Real Academia de Medicina de Cataluña y de la Real Academia de Medicina de Gran Bretaña) podría haberse tomado como una obviedad en otros tiempos, pero no en los actuales. En el presente la palabra “viejo” aterra, provoca estampidas de fuga, se evita pronunciarla, se la reemplaza por complicados malabarismos verbales del tipo “persona mayor”, “individuo de cierta edad”, “tercera edad”, “abuelo” y demás. A lo sumo se concede que “viejos son los trapos”. Como si se tratara de un exorcismo, y al no invocar la palabra se la hiciera desaparecer (y con ella también a lo que significa).

Pero los viejos existen, son parte de la humanidad. En 2013 un informe de las Naciones Unidas daba cuenta de que la franja de personas mayores de 60 años es el grupo de población de más rápido aumento en el mundo. De hecho en 2014, la tasa de crecimiento anual de ese sector de la población casi triplicó la tasa de la población en su conjunto. Y en términos absolutos, el número de personas mayores de 60 años prácticamente se duplicó entre 1994 y 2014. Hoy las personas de ese grupo superan en número al de los menores de 5 años. Malas noticias para quienes desprecian a lo viejo solo por serlo y valoran lo joven solo por su edad. Mientras se machaca con la adoración de la juventud, de lo “nuevo”, del cambio por el cambio, y se declara obsoletas por simple portación de edad a personas, ideas, objetos, hábitos y hasta valores, hay una cuestión que se soslaya. Qué tipo de juventud o qué tipo de vejez se vive.

UN PRESENTE INMOVIL

A este punto crucial apuntaba el médico, psiquiatra y profundo pensador austriaco Víktor Frankl (1902-1997) en una de las muy difundidas charlas radiales que sostuvo entre 1951 y 1955 por una emisora vienesa y que se recogieron en un libro bajo el título “La psicoterapia al alcance de todos”. Decía Frankl: “No importa que uno sea joven o viejo, no importa la edad que tenga. Lo decisivo es la cuestión de si su tiempo y su conciencia tienen un objetivo al que esa persona se entrega y si ella misma tiene la sensación, más allá de su edad, de vivir una existencia valiosa y digna de ser vivida; en una palabra, si es capaz de realizarse interiormente, tenga la edad que tenga”.

Simone De Beauvoir rescata en su ensayo “La Vejez” una antigua leyenda de la isla de Bali, en Indonesia, según la cual en una aldea montañesa a los ancianos se los sacrificaba y comía. Así hasta que no quedó ninguno y con ellos se perdieron las tradiciones y muchos conocimientos y habilidades.

Si ya es aberrante desde todo punto de vista (económico, cultural, ecológico) que cada vez más productos y artefactos salgan al mercado con una fecha de vencimiento fijada a espaldas del usuario y del consumidor (tema que se trató en esta columna el 17 de enero último), lo es mucho más que se declare la obsolescencia de las personas. En general quienes lo hacen parecen padecer de una curiosa deformación en la percepción del tiempo. Creen que los viejos nacieron viejos y que ellos, más jóvenes, nacieron a su vez con la edad que cuentan, y que unos y otros habitan un presente inmóvil. Una percepción contra natura, como es obvio. El tiempo fluye, no admite ser congelado, y la vejez es una etapa de la vida que espera a todos quienes no vean interrumpida la secuencia por cuestiones inesperadas. Vista así, la negación de la vejez, tanto como su descalificación, resulta un modo de matar al mensajero. El mensaje es claro: todos seremos viejos. Y la pregunta continúa abierta: ¿qué tipo de viejos seremos o somos ya? La respuesta se construye, como apuntaba Frankl, a lo largo de la vida.

Desde el fanatismo “juvenilista” (algo que no solo padecen los jóvenes sino también muchos adultos en falsa escuadra con su propia edad) se ve a los viejos como a estorbos que entorpecen el camino de los que están ansiosos por la velocidad y la juventud. Algo parecido a lo que ocurre en las rutas cuando un conductor impaciente e irrespetuoso coloca la nariz de su auto a centímetros del que va adelante y lo acosa con luces y bocinazos sin contemplar que el otro marcha a una velocidad sensata y legal mientras es él quien viola normas y reglas sin otro objetivo que la simple y alocada premura. Sin embargo el que va adelante es quien mejor ve el camino, quien mejor advierte las curvas y los obstáculos y el que mejor puede dar cuenta de lo ya transitado, porque pudo percibirlo. Tiene cosas para contarle, transmitirle y advertirle al que viene detrás.

UN MENU SIN VIEJOS

Al respecto de todo esto viene a cuento lo que describe la escritora y pensadora francesa Simone De Beauvoir (1908-1986) en su invalorable ensayo “La vejez”. Rescata allí una antigua leyenda de la isla de Bali, en Indonesia, según la cual en una aldea montañesa a los ancianos se los sacrificaba y comía. Así hasta que no quedó ninguno y con ellos se perdieron las tradiciones y muchos conocimientos y habilidades. En ese momento se necesitó construir un edificio para el Consejo que gobernaba la aldea. Las construcciones se hacían con troncos y había que saber muy bien cómo cortarlos y cómo disponerlos. Pero nadie sabía. Un joven dijo que tenía la solución, pero que sólo la daría si el pueblo entero se comprometía a no comerse más a los viejos. Una vez hecha la promesa, el muchacho fue hasta el bosque en el que había escondido durante varios años a su abuelo y regresó con el viejo, que les enseñó a todos las viejas técnicas para cortar los árboles y para construir con ellos. Desde entonces, aun cuando hay quienes niegan la leyenda, en el país se respeta a los viejos.

En ese mismo libro pregunta De Beauvoir: “¿Qué debería hacer una sociedad para que en su vejez una persona siga siendo tratada como persona?”. Y no deja el interrogante en el aire. “La respuesta es sencilla: sería necesario que siempre lo hubiese tratado como una persona”. Como señala la filósofa francesa, en la actitud que tiene hacia los viejos una sociedad se desenmascara. Y una sociedad, hay que recordarlo, no es algo abstracto, una nube. Es la suma e integración de los miembros que la componen. Por lo cual la actitud de cada uno cuenta y mucho. No solo la actitud ante los viejos, sino ante la misma idea de vejez y ante la inexorable verdad de que cada persona, por muchas piruetas que haga para olvidarlo o para negarlo, será vieja, del mismo modo en que fue bebé, niña, adolescente, joven adulta y madura. Son estaciones en el viaje de la vida. Quien viaja pasará por ellas.

En cada una de esas estaciones hay un propósito a desarrollar, una idea con la cual comprometerse, un modo de amar, algo para crear, algo para dar y algo para recibir. En cada una de ellas podemos (y debemos) hacer algo para dejar el mundo un poco mejor de cómo lo encontramos. Haber causas ajenas a nuestra voluntad y a nuestra posibilidad que lo impidan. Pero importa mucho lo que depende de nosotros, no solo ante los viejos que nos preceden, sino también como los viejos que somos o seremos.

Los trapos son trapos y las personas son personas. Hay trapos rotos e inservibles y hay vejeces íntegras.

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