lunes, 16 de noviembre de 2015

Elecciones responsables
Por Sergio Sinay

Más allá de quién gane el balotaje, hay una responsabilidad que la sociedad no puede transferir a los candidatos




     

      Gane quien gane las elecciones del próximo domingo, el candidato triunfador emitirá sobre la sociedad un interrogante cuya respuesta le corresponderá a esta. La pregunta será diferente según el elegido. Y en ambos casos lo que está en juego es el ejercicio de la responsabilidad.
     Si la mayoría de los votantes opta por el candidato oficialista, cada uno de sus electores deberá hacerse cargo durante los próximos cuatro años de las consecuencias de esa elección, sobre todo de las consecuencias que provoquen decepción, desencanto, hartazgo. Si el candidato encara la continuidad de un modelo, como él mismo lo ha demostrado con sus actitudes, y si traslada al escenario nacional lo que hizo como gobernador de su provincia, la sociedad deberá padecer hospitales en deplorables condiciones, una educación clientelista, cuerpos policiales tan elefantiásicos como corruptos, una inseguridad angustiante y la libre expansión del narcotráfico. Habrá grandes zonas indefensas ante inundaciones y otras catástrofes previsibles, un presidente evasivo, incapaz de hablar con claridad sobre cualquier tema, rutas deplorables y peligrosas, carencia extendida de servicios básicos y un clientelismo galopante que demuela los restos de la cultura del trabajo. La corrupción sin precedentes de la última década quedará impune, el país seguirá alineado con los regímenes más antidemocráticos del mundo y posiblemente los flagelos de la inflación, la pobreza y la educación decadente no serán atacados porque el candidato nunca los reconoció (es más, los negó). En materia de energía es probable que sigamos el actual camino hacia la época de las cavernas.
     Si nada de esto ocurriese, una parte mayoritaria de la sociedad podrá felicitarse a sí misma por haber hecho la elección correcta. Y si ocurriese, cada integrante de esa mayoría deberá tomar su cuota de responsabilidad y no trasladarla a terceros.
     En caso de que el elegido fuera el candidato opositor, la porción mayoritaria de la sociedad que habrá optado por un cambio tendrá ante sí la responsabilidad de explicitar a qué cambio aspira, cómo espera que se produzca y de qué manera está dispuesta a participar en él. El candidato opositor ha transmitido con entusiasmo su vocación por cambiar pero no ha sido muy explícito en el cómo. Así como una declaración de amor no es un acto de amor hasta que no se traduce en hechos y conductas concretas, la aspiración a cambiar no significa una transformación hasta que no florece en acciones y realizaciones. Si la masa crítica de la sociedad que consagra a este candidato considera que una vez depositado el voto hay que sentarse a esperar los cambios, su conducta habrá sido la que a lo largo de la historia argentina produjo repetidas frustraciones, desilusiones, iras y hartazgos. Depositar la tarea en un elegido y no participar más que a través de la concurrencia a las urnas es una expresión de pensamiento mágico o, peor, de irresponsabilidad. Si se elige un cambio, hay que empezar por practicarlo: respetar leyes y reglas, convivir civilizadamente, descartar la solidaridad utilitaria muy en boga y ejercer una generosidad no especulativa, acostumbrarse a postergar el beneficio propio en nombre del bien común. En todos estos rubros la sociedad argentina vive un prolongado déficit del que no la sacará ningún gobierno si no empieza a cambiar ella a partir de las conductas cotidianas de sus integrantes.
       Si esto ocurre y el cambio se percibe también en los actos de gobierno, la mayoría de ciudadanos que lleve al candidato opositor al gobierno podrá felicitarse por haber sido protagonista del inicio de una transformación trascendente que irá más allá de su propias  tiempo de vida y se convertirá en legado para las próximas generaciones. Habrá cambiado una cultura. Si no fuera así, cada elector tendrá que revisar su propia responsabilidad en la repetición de una frustración.
       Como señalaron esas grandes personas morales del siglo XX que fueron Hanna Arendt  y Albert Camus, la responsabilidad es siempre individual. Pero las consecuencias de nuestras conductas, acciones y elecciones no lo son. Afectan a los otros, y es ante ellos ante quienes responderemos. Un voto es más que un voto. Las sociedades tienen los gobernantes que se les parecen, y estos nacen de la relación entre cada ciudadano y su propia responsabilidad.


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