viernes, 10 de julio de 2015

La gran final

(un relato)

Por Sergio Sinay


Hacía años, desde el final de su adolescencia, que no veía a su padre vestido así, con la camiseta de los colores tan queridos, esos por los que tanto habían sufrido y gozado en todo tipo de canchas y bajo cualquier clima. Pero ahora, a los 81, con el paso titubeante al que lo condenan sus achaques, el viejo aparece en el living con aquella camiseta sobre la camisa y sobre la remera de mangas largas. No dice nada, solo le guiña un ojo y deja el bastón apoyado en la mesa, junto a la silla en la que se sienta para cenar.
La cosa va en serio, piensa Hugo. También el viejo se juega mucho esta noche. Buena parte de las esperanzas que aún es capaz de juntar. Él ha venido a cenar y a mirar el partido con su padre y le ha dado la noche libre a la señora que cuida al hombre. Hoy dormirá aquí. Los chicos están en un campamento y Laura, su mujer, salió con unas amigas, como corresponde a una noche de miércoles. Hace tiempo que Hugo y su padre no ven un partido juntos. En verdad, hace tiempo que no hacen algo juntos. Nunca fueron grandes conversadores, pero cuando él era chico y su padre un hombre más joven, más fuerte y, según la mirada infantil, invulnerable, solían compartir actividades en silencio. Remontadas de barrilete, excursiones en bicicleta, películas de acción en el cine, preparación del fuego para el asado y, desde que Hugo tuvo seis años, la cancha cada domingo.
Después de que él se fuera de casa, para vivir primero con dos compañeros de la facultad y después con Laura, cada vez tuvieron menos encuentros y menos intimidad. Al contrario del viejo, su madre, a medida que envejecía, parecía hablar más. Pero no duró mucho. Llegó una mala temporada de la vida que trajo, en un combo sombrío, el cáncer de la madre y la jubilación del padre. La viudez del viejo no estaba en los planes. Se supone que los hombres mueren antes y que vivimos en una sociedad de viudas. Así, los últimos diez años fueron de un eclipse lento. Sin quejas, empeñado en no molestar, como solía decir, el viejo se fue apagando sin terminar de apagarse. Él cumplía con las visitas rituales, lo sacaba trabajosamente a pasear o a comer, Laura le daba una mano y aportaba conversación con esa envidiable naturalidad con que las mujeres pueden charlar hasta con una estatua y hacerla sonreír o sollozar, pero Hugo no dejaba de vivir aquello como una larga espera. La larga espera de algo que prefería no nombrar.
Esta noche, después de años de tropiezos, fracasos y falsas ilusiones, el equipo juega una final de esas que importan, que quedan en la historia de las alegrías o de las amarguras, pero de las que no se vuelve intacto. No se juegan estas finales todos los días, de manera que eligió mirarla con el viejo. Llegó temprano, trajo algo para una picada y después él mismo preparó una salsa y la echó sobre los ravioles de ricota y nuez que compró en la vieja pastería del barrio. El partido empezará tarde porque el continente es grande y los horarios no coinciden. Allá, donde el equipo se jugará la vida contra un estadio repleto de adversarios, son dos horas más temprano.
Por esas coincidencias que nunca nadie sabrá explicar Hugo ha buscado esa tarde su propia camiseta, la que solía usar para ir a la cancha. Un modelo ya perimido, pero por eso mismo más valioso. Le costó hallarla, pero dio con ella en el fondo de un placard. La trajo como cábala, para que los colores estuvieran presentes. No esperaba encontrarse conque también el viejo había conservado el querido uniforme y conque esta noche, en un notable arresto de vitalidad, se lo pondría.
Cenaron, especularon sobre la formación y las posibilidades del equipo, rememoraron antiguas y gloriosas victorias y planteles y se fueron al dormitorio, en donde el viejo se empecinaba en tener el televisor. Su padre se ubicó en el centro, recostado contra la pared, y él ocupó una estrecha lonja en un costado, con una pierna en el piso y la otra estirada en la cama. Así están ahora. Callan. Sus respiraciones cortan el aire como un afinado bisturí. El equipo parece estar en una buena noche. Sale al frente desde el arranque, juega con fluidez y atrevimiento, sin temor ni a la multitud ni al adversario inflamado por un aliento rugiente. Ataque por ataque, como debe ser, sin especulaciones, haciéndose sentir. Hugo mira alternativamente a la pantalla y a su padre. En los ojos del hombre hay un brillo que se había esfumado hacia años, en su piel hay color y en su boca entreabierta por la emoción, una sonrisa. El partido es duro y duele la sola idea de que, cosas del fútbol, se podría llegar a perder por un error, por una matufia arbitral o por quién sabe qué. En el fútbol aunque se sepa mucho, nunca se sabe.
Pero no. Esta noche los astros están alineados. Cuando parece que se vienen los penales lo que llega es un exquisito centro del lateral derecho (un centro de esos que ya no se ven) para que el nueve cabecee abajo y a un rincón, alcanzando el Olimpo y callando para siempre las críticas que venía cosechando en los últimos meses de sequía. Gol. Gol. Gol y campeones. Porque faltan dos minutos y ya no hay forma de no ser campeones. Hugo grita como un chico, en el pecho se le abre una compuerta emocional que parecía cerrada desde hacía años. Cuando suena el silbato suelta un poderoso “¡Vaaamos, carajo, todavía!”, se vuelve y toma la mano del viejo.
La mano está inerte. Fría. No quiere mirar, pero lo hace. El viejo tiene los ojos cerrados, una sonrisa y una calma como él nunca le conoció. De fondo, en el televisor y en la calle, gritos, algarabía, bocinas. En la pantalla habla el técnico, después el goleador, después todo el equipo baila en el vestuario, semidesnudo. Mientras tanto él, con movimientos lentos, suaves, se levanta de la cama, busca su camiseta, se la pone y se acuesta junto al viejo. Le toma la mano y no hace nada más. Permanecen así hasta la mañana, flotando en una noche sin tiempo. Cuando se hacen ciertos los rumores del día, se levanta, toma el teléfono y llama a Laura.
--Amor, buen día. Tranquila, no te asustes, lo que voy a contar no es triste. Yo estoy bien…

3 comentarios:

  1. Es un cuento muy valioso, aunque "termine mal", como en la vida!
    Yo quiero destacar que noto un cambio social que hace que los padres viejos suframos por un aislamiento que nos imponen los hijos, como si se olvidaran de lo que los amamos, educamosy ayudamos. No hay solidaridad, ni gratitud, ni siquiera amor manifiesto hacia "el viejo". y quizás se den cuenta cuando el cuerpo este frío!

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    1. Gracias, Hugo por tu mensaje. El tema que planteás da para largo y es profundo. Yo pienso que hay mucho para trabajar en cuanto a traer la figura del padre a un lugar cercano, cálido, accesible después de muchas generaciones en las cuales fue lejana y valorada más en su ausencia que en su presencia. Hay, por lo que he podido comprobar, mucho dolor paterno (silencioso) acumulado y también mucha hambre de padre en generaciones y generaciones de hijos, que no pudo ser expresada. Son asignaturas pendientes.

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  2. Gracias Sergio.por este hermoso relato. Tirste pero dulce y cálido que me hizo recordar las manos de mi padre en las mías!

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