lunes, 28 de diciembre de 2015

Pollos en el shopping
Por Sergio Sinay

Manipuladas por perversas estrategias de marketing, miles de personas, enceguecidas por una fiebre consumista, se asemejan en los shoppings a los pollos en los criaderos




     “Lejos de los tribunales porteños, en las granjas de la empresa tratan de que las aves no se maten entre ellas por falta de comida y que la valiosa matriz genética, uno de los principales activos de lo que fue Rasic Hermanos, sobreviva”. Esta noticia, publicada en La Nación, hacía referencia, en estos días a la avícola Cresta Roja. Pocos días antes en el mismo diario se podía leer lo siguiente: “´¡Atención! A partir de este momento y por cinco minutos empieza el happy hour con 30, 40, 50 por ciento en el local…´, esta fue la frase mágica que dio inicio a la locura que se desató anoche en centros comerciales de la Capital y el Gran Buenos Aires”. Esta vez la noticia se refería a esa perversa estrategia de marketing que los shoppings mantienen desde hace cinco años para estas fechas, consistente en ofrecer cinco minutos de descuentos fabulosos y repetir incesantemente el estímulo (o carnada) entre las 18 horas de un día y las 4 de la madrugada del siguiente.
     Entre los pollos de criadero matándose por un gramo de alimento y los exasperados consumistas empujándose, codeándose e insultándose por cinco minutos de descuentos ilusorios (jamás se confesará cuál fue el aumento antes del descuento) hay tres similitudes: una es la desesperación, la ceguera, el vale todo. Otra es que ambos son manipulados desde afuera de las jaulas. La tercera es que a unos y otros los manipuladores de conductas les mantienen las luces encendidas sin pausa para que no dejen de comer en un caso y de comprar en el otro. Y hay varias diferencias: los pollos lo hacen por la necesidad imperiosa de comer para vivir; los consumistas no necesitan la mayoría de las cosas por las que se apiñan, compran por comprar, porque los estimulan, por adicción. Llamarle “ahorro” a esa obsesión es un eufemismo inaceptable; el que de veras quiere ahorrar se queda en su casa, o regala tiempo, sonrisas, escucha, algo hecho con sus manos, compañía, una caricia o simplemente amor.
     Otra gran diferencia es que los pollos carecen de lóbulo prefrontal y por lo tanto no pueden pensar críticamente, evaluando, deduciendo, recopilando y organizando datos e ideas. Los humanos contamos con todo eso, pero cuando desertamos de su uso nuestro pensamiento se convierte en lo que el psiquiatra inglés Steve Peters llama “pensamiento de chimpancé”. Es, según demuestra exhaustivamente en su libro “La paradoja del chimpancé”, un pensamiento reactivo, emocional, instintivo, primitivo, lineal, carente de lógica y generador, habitualmente, de conductas disfuncionales.
     Mientras avanzan hacia los locales de los shoppings como muertos vivientes (si pudieran verse comprobarían que esa es su imagen) y en lugar de “¡Brains, brains!” (“¡Cerebros, cerebros!”) claman “¡Descuentos, descuentos!”, ni se les ocurre pensar que las luces y los aires acondicionados que permanecen encendidos durante toda la noche no significan ahorro sino derroche. Y un derroche mucho más alevoso cuando en el país se ha declarado la emergencia energética. De paso, no habría estado de más la intervención de alguna autoridad del gobierno nacional o del gobierno de la ciudad para tomar alguna medida al respecto. ¿O mientras haya consumo no importa a qué precio y tampoco si es a costa de la solidaridad con los que pasan días enteros sin luz, además de otras solidaridades y valores olvidados?
     Una persona querida y cercana me decía durante la Nochebuena, mientras observábamos cómo miles y miles de pesos eran despilfarrados impunemente en el cielo bajo la forma de artefactos pirotécnicos: “Solo sin consumismo la vida en este mundo podrá ser sustentable”. Cambiar para mejor es modificar hábitos y conductas nocivos no solo para uno sino para el entorno en el que se convive. Es levantar la vista y ver a los otros, ver más allá del propio ombligo y del deseo inmediato. Cambiar para mejor es recuperar la capacidad de pensar en términos humanos, recapacitar, reflexionar. Los pollos del criadero no pueden hacer esto y por eso generan lástima, dolor. Los pollos de los shopping sí pueden, por eso no conmueven. Decepcionan, desalientan, exasperan.

lunes, 21 de diciembre de 2015

La justicia que construimos día a día
Por Sergio Sinay

El sistema judicial no es confiable y sobran los motivos para ello, pero para una mejor justicia también importa la actitud de los ciudadanos ante la ley

     El 73% de las personas que acaba de encuestar la consultora Isonomía asegura que tiene poca o ninguna confianza en el Poder Judicial. El 62% aseguró que nos les cree a sus integrantes. Y apenas un 30% considera creíble a ese poder. Los porcentajes son dramáticos de por sí, y lo son todavía más si se los compara con un trabajo de hace una década realizado por la Asociación Argentina de Derecho Constitucional e IDEA Internacional. Se titulaba Encuesta de Cultura Constitucional: Argentina una sociedad anómica y fue publicado por Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. En ese entonces un 41% de los consultados consideraba a los jueces como los principales violadores o incumplidores de la ley. La mitad de hoy.
     No debería extrañar que la última década haya sido perdida también en el orden de la justicia. Cuando una sociedad entra en un profundo cono de sombra y la corrupción se derrama desde el máximo poder como una metástasis no sólo no funcionan la economía, las fuerzas de seguridad, la educación, el parlamento y las instancias republicanas y constitucionales. Tampoco, es lógico, la justicia. Casi la mitad de los encuestados (45%) cree que una justicia independiente tendrá efectos en sus vidas y actividades, un 48% piensa que el sistema judicial mejoraría si fuera más veloz y transparente, si no hiciera diferencia entre los ciudadanos (32%), si bajara su presupuesto (7%), si hubiera más honestidad (2%). Otros temas se reparten el restante porcentaje.
      Sin duda el sistema judicial se han ganado a pulso esta percepción de la ciudadanía, por mucho que a algunos de sus integrantes les pueda doler con toda razón. Pero la anomía no nace solamente desde arriba ni es unidireccional. En aquel trabajo de 2005 un 86% de los entrevistados afirmaba que el país vive al margen de la ley y el 88% definía a los argentinos como desobedientes y transgresores. Pero cuando les preguntaban si ellos lo eran decían que no. Curiosamente, el país se convertía así en una comarca donde los transgresores eran fantasmas.
      Este es un punto clave. Cae de maduro que el sistema judicial es ineficiente, que está atravesado por la corrupción, que se amolda de modo oportunista a conveniencias políticas, que hace de la ley un medio de transacción para intereses corporativos o personales y que por estas y otras razones se convierte en un foco de injusticia. Quien vive en este país no necesita que se lo cuenten. Lo ha experimentado de manera directa o indirecta. Y ahí están las cifras de la encuesta. Pero a menudo las encuestas son también ejercicios de proyección, mediante los cuales se echa sobre otros la sombra que no se quiere ver en uno. Permiten ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
     Si se invirtiera el enfoque y los encuestados respondieran con honestidad absoluta a   la pregunta acerca de cuánto se han beneficiado de la venalidad, inoperancia y corrupción de la justicia, y cuál es su propia actitud respecto del respeto de la ley y de las normas así como del cumplimiento de los deberes cívicos (que realmente son deberes morales, porque tienen como fin al otro, al prójimo, al conviviente, al conciudadano), los resultados podrían ser igualmente alarmantes. Es que los contratos morales que conducen a sociedades con gobiernos confiables y responsables (lo que no significa ni perfectos ni ideales) y con una justicia respetable y equitativa empiezan a suscribirse en buena medida desde las acciones cotidianas de los ciudadanos en su familia, en su barrio, en su consorcio, al volante de sus vehículos, en sus conductas profesionales, en sus transacciones comerciales, en sus cumplimientos fiscales, en sus interacciones personales. 
      En definitiva, las sociedades terminan por tener los gobiernos y la justicia que se les parecen. Si realmente se han iniciado tiempos de cambio, es mucha y decisiva la tarea que aguarda a los ciudadanos para que encuestas como la de 2005 o esta última arrojen resultados diferentes.

martes, 15 de diciembre de 2015

Una grieta moral
Por Sergio Sinay

Muchas diferencias se integran creando nuevas realidades. No ocurre así con las diferencias de valores. Estas son irreconciliables.

   
 Toda relación humana nace en la diversidad. No existen dos personas iguales. Complementar e integrar diferencias, crear desde ellas nuevas realidades, aprender a vivir con lo disímil son desafíos constantes, un requisito de existencia. Lo contrario, e imposible, sería vivir encerrado en una sala cuyas paredes fueran espejos. Una invitación a la psicosis.
     Hay diferencias que son naturalmente complementarias y existen otras que invitan a una tarea constante y consciente para alcanzar el punto en el cual del blanco y el negro nace el gris con todos sus matices. Estas piden la construcción de puentes, trabajo que se debe emprender desde ambas orillas. En la pareja, en la amistad, en los negocios, en el deporte, en las ciencias, en las familias, en los grupos de trabajo, en los consorcios, en todos los ámbitos donde los seres humanos se nuclean las diferencias están en el aire que se respira. Alimentan ideas, amplían horizontes, estimulan nuevos paradigmas.
     Pero no todas son complementarias ni integrables. Las hay irreconciliables. Se puede diferir en formas de llevar adelante proyectos conjuntos, en gustos, en preferencias literarias, musicales y cinematográficas, en costumbres cotidianas, en ritmos, en ideas futbolísticas, en pertenencias políticas partidarias, en el enfoque de fenómenos sociales y culturales y hasta en prioridades a la hora de convivir. En eso y en varias cosas más. Ello no necesariamente significa la ruptura de un vínculo, el fin de una historia compartida. Convivir en el desacuerdo es una experiencia enriquecedora, a la que solo los humanos podemos acceder, porque nuestra condición incluye la razón, la conciencia y, a partir de ellas, la capacidad de pensar de un modo no determinista, es decir libre.
     Las diferencias irreconciliables son pocas. Pero son irreconciliables. Aparecen cuando las ideas se convierten en dogmas, cuando no se aceptan las disimilitudes naturales, cuando no se respeta lo ancestral del otro. Y, sobre todo, cuando se trata de valores. Los valores morales están más allá de modas, de épocas, de preferencias, de teorías, de gustos, de creencias, de cálculos. No son relativos. Al menos, no cabe plantearlos así. Matar, mentir, robar, corromper, difamar, dañar conscientemente, abusar, cosificar a las personas no son actos que se justifican a voluntad del que los comete o del que los avala. La coexistencia humana exige un pacto moral de base por el cual ninguna de esas acciones será cometida, con la muy delicada excepción de que con ello se preserve una vida. Y esto no le cabe a la corrupción, a la difamación, al abuso, a la cosificación ni a la manipulación perversa. Ningún fin justifica los medios, y siempre los medios deberían justificar el fin.
     Habría que contemplar esto cuando se habla con cierto voluntarismo y liviandad de cerrar la grieta que el gobierno derrotado en noviembre produjo y alentó en la sociedad argentina durante años de corrupción e intolerancia extremas. Esa grieta fue un precipicio y produjo dolorosas rupturas, hirientes injusticias, irreparables difamaciones. Se sostuvo y amplió con mentiras desvergonzadas que se dispararon dese la cima del poder y se recogieron y ratificaron hacia abajo con ceguera y fanatismo, más irresponsables cuanto más recursos informativos e intelectuales se disponía para no convertirse en cliente o en cómplice (ya fuera rentado o gratuito). Quienes se pararon en ese lado de la grieta avalaron una corrupción exhibicionista, prepotente, letal e imperdonable que dejó muertos (los de Once y tantos más), pobres, indefensos, desnutridos, y enfermos. No hay inocencia en ese aval.
     La grieta no fue política. Fue moral. Incluyó la mala fe (la sigue incluyendo en algunos autoritarios trasnochados, ignorantes cívicos, que hablan de “resistencia”, como si el país hubiese sido invadido, o que envían cartas abiertas al nuevo presidente vanagloriándose de una pureza que no tuvieron a la hora de masticar las migas que el poder les arrojaba). Las grietas morales son irreconciliables, no hay pegamento que las cierre. Acaso haya que vivir con esta durante un largo tiempo, hasta comprender cuál fue el mecanismo (y la pasividad social) que la produjo y crear el antídoto para que no se repita. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

Dos plazas
Por Sergio Sinay

Ya no es sólo la plaza del fanatismo y la intolerancia, ahora puede ser también la del consenso y el futuro. Y eso es un cambio de paradigma.



      Dos plazas, dos discursos, dos actitudes, dos miradas. La plaza de la despedida fue fiel al estilo y al espíritu de la sombría década perdida. Un discurso atravesado por la autorreferencia, por el resentimiento, por la ingratitud, por la manipulación emocional. Convocando al insulto, desplegando la grosería como marca de fábrica, recitando el relato que niega lo obvio, que escapa a la responsabilidad y que evidencia una paranoia exasperada. Todo eso que, a fuerza de repetirse día a día durante doce años largos y brumosos, se había convertido en “normal”. Grandes tragedias colectivas del siglo XX se cocinaron al calor de la naturalización del fanatismo y de la intolerancia. El discurso de la despedida anidó el huevo de esa serpiente. Será necesaria mucha memoria y mucha justicia para que ese huevo se pierda sin que su cascarón (que quedó resquebrajado) se rompa y de nacimiento al monstruo. Quizás buena parte del discurso de la despedida (a cargo de una voz que afortunadamente ya no escucharemos en abusivas cadenas nacionales) haya estado teñido por el miedo a la justicia.
      Fuera de eso, el discurso incluyó una última promesa incumplida, una más: “A las doce de la noche me convertiré en calabaza”. No lo hizo.
     La plaza de la bienvenida se fue llenando de a poco, hasta colmarse, a partir de la voluntad de quienes aspiran a respirar nuevos aires, limpios de amenazas, de descalificaciones, de mentiras seriales, de autoritarismo, de corrupción criminal y asesina. Una plaza en la que ningún ausente fue insultado. En la provincia de Buenos Aires y en la nación los discursos propusieron nuevos paradigmas, apuntaron a cambios culturales. “Ustedes, ciudadanos, son nuestros jefes, por eso les pido que nos avisen cuando nos equivocamos”, dijo la gobernadora. “No les voy a mentir” aseguró el presidente. Parecen frases sencillas, casi naifs. No en este país. En la Argentina, esas y otras frases de ambos discursos, significan enormes compromisos, son en sí mismas el anuncio de transformaciones culturales. El riesgo de pronunciarlas es enorme. Si no se cumplen los precios serán altos.
     El discurso de bienvenida habló del futuro, planteó visiones. El de despedida volvió a falsear el pasado, se basó en intereses egoístas y personales. El discurso de despedida volvió a excluir, como durante doce años se excluyó a los pobres ocultándolos y manoseándolos, se ocultó el fracaso educativo, la crisis energética, la complicidad con el narcotráfico, la ausencia de políticas contra la trata de personas, la inflación. Lo único que no se pudo ocultar fue la corrupción, porque es imposible esconder un elefante en un dedal.
     El discurso de bienvenida fue inclusivo, convocó a todos (empezando por los adversarios políticos) con fecha y hora, para tareas concretas. Y empezó por lo que todos sabemos, salvo los necios: esto arranca con un país económicamente quebrado, cívicamente fracturado, internacionalmente aislado y moralmente arrasado. Justamente por eso aumenta el valor de la plaza de la bienvenida, su clima, la voluntad de futuro y de participación, la disposición al respeto, la predisposición a la escucha mutua. Todo eso en los ciudadanos. Y habrá que agregarle paciencia, constancia, generosidad. Y memoria, mucha memoria, para que los responsables no se evadan por las ventanas y las puertas traseras (algunas de las cuales quedan lejos, en Santa Cruz). O para que no adopten nuevos disfraces y traten de pasar inadvertidos.  
     La plaza de la bienvenida se pareció mucho a la de cualquier país que hace de la democracia una forma natural de vida y no un relato desquiciado. Ojalá se haga costumbre hasta que ya no nos cause asombro ni temblor. La plaza de la bienvenida fue de todos los que quisieron ir. Esa plaza, de larga historia, dejó de ser el feudo exclusivo de la intolerancia y el fanatismo. Ya no tiene dueños. Todo un símbolo.  Y esa sí es una buena nueva.

martes, 8 de diciembre de 2015

Sola
Por Sergio Sinay

La soledad que sigue al poder será el espejo de la forma en que se lo ejerció. Simplemente se cosecha lo sembrado.



     Hay soledades que se sufren y soledades que se eligen. Soledades necesarias y soledades humillantes. Soledades reparadoras y soledades trágicas. Soledades transitorias y soledades eternas. Hay soledades que son aprendizajes y soledades que desnudan un vacío existencial profundo y sin fondo.
     El ejercicio del poder es, para quien sepa entenderlo y cuente con recursos emocionales e intelectuales para asumirlo, preámbulo de soledad, a veces momentánea, a veces permanente. Qué tipo de soledad, será en cada caso una elección. Y esa elección se habrá hecho a lo largo de los años en que se ejercitó el poder. Cuando se lo hizo con soberbia, con prepotencia, con impiedad, sin el menor rasgo de empatía, con avaricia, sin escrúpulos, por encima de las instituciones y de las normas que lo regulan, con desprecio por los otros, con egoísmo, con autoritarismo, todo eso revestido de grosería y sin el menor rasgo del estilo y de la cortesía que requiere cualquier vínculo humano, la inevitable soledad posterior acaso llegue a ser lo más parecido al infierno en la tierra. Es difícil afirmarlo, las experiencias humanas más íntimas son intransferibles e inenarrables. Pero una ley de la vida dice que se cosecha lo que se siembra. No hay quejas válidas, ni culpables al respecto. Sólo responsabilidad. La responsabilidad es siempre individual y llama a hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos y de las propias decisiones, y a responder por esas secuelas. La respuesta es ineludible y no se puede limitar a la palabra. Se responde con todo el ser.
     Las consecuencias llegan a veces como una recompensa no buscada. Así ocurre con las acciones morales, centradas en el respeto por el otro y por su dignidad, en el enaltecimiento de los valores de la convivencia y de la cooperación para mejorar el mundo compartido, en el ejercicio de la humildad, la gratitud, la generosidad. No será este el caso de quien, en el cierre de una de las décadas más oscuras de la reciente historia argentina, y clausurando su ciclo al frente del gobierno más corrupto y autoritario desde la recuperación de la democracia, exhibió sin restos de pudor y casi con altivez, una clara ignorancia de las reglas de la democracia, desprecio por las instituciones y normas republicanas, ultraje a las pautas elementales de la comunicación, del lenguaje y de la sintaxis (ahí quedan para la historia sus innumerables tuits, que a medida que pasen los años se leerán posiblemente con incredulidad, con carcajadas o con horror). La última y póstuma semana de mandato fue pródiga en delirios paranoicos, en necedad, en narcisismo desbordado, en negación de la realidad y en recargado resentimiento.
    Resultó tarde para victimizarse como “mujer sola”. Sobre todo si quien lo hacía ejerció el poder con los peores rasgos del machismo. Y si nunca mostró empatía y solidaridad de género (o simplemente humana) con miles de mujeres golpeadas y asesinadas por ser mujeres, con madres del dolor, con madres de la pobreza (bajo su mandato los pobres se reprodujeron y al mismo tiempo se ocultaron), con las hijas, las madres y las viudas de quienes murieron en accidentes viales y ferroviarios producto de la corrupción que ella acaudilló, con las madres cuyas hijas fueron devoradas por la trata de personas, con las madres de hijos destruidos por la droga mientras el narcotráfico crecía ante su indiferencia cómplice, con las madres, hijas y esposas  víctimas de la inseguridad que canallescamente se denominó “sensación”. Hay demasiadas verdaderas mujeres solas por múltiples motivos que no le son ajenos a ella. Pretender ser una de ellas es ofenderlas. Una ofensa más en la despedida.
     Otras mujeres requieren y requerirán atención, acompañamiento, empatía, oportunidades. Hay que mirarlas a ellas, estar a su lado. El mundo está lleno de mujeres que han sabido y saben rodearse de amores, de amigas, de cariño. Mujeres que avanzan por una vida plena de sentido, en hermosas compañías. Cada quien cosecha lo que siembra.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Un cambio hacia lo desconocido
Por Sergio Sinay

Será necesaria una transformación cultural, sólo posible si se inicia en nuestras conductas cotidianas. Y eso cambiará la política y la economía.


      La comparación de la situación actual con la de 1999, cuando ganó la Alianza  y asumió De la Rua, cae en dos de las ilusiones cognitivas (o atajos del pensamiento) que el psicólogo del comportamiento Daniel Khaneman, único no economista que ganó el Premio Nobel de Economía (en 2002), estudió y definió en su libro Pensar rápido, pensar despacio. Una es la ilusión de recuerdo y la otra es la falacia narrativa. La primera toma una situación o elemento conocido y familiar y, confundiendo familiar con verdadero, crea un relato. La situación actual es nueva, y como no tenemos referencia, le aplicamos un dato conocido para no convivir con la incertidumbre. La falacia narrativa, a su vez, crea expectativas y visiones del presente a partir de dudosas y discutibles historias del pasado. El 2001 existió, pero estamos en 2015. Aquello ya fue vivido, esto no.
De hecho, es necesario repetirlo, las elecciones del 22 de noviembre pasado no se decidieron por lo económico, sino por el hartazgo moral. Si hubiese prevalecido lo económico (como en todas las elecciones pasadas, excepto la de Alfonsín) habrían vencido los descarados argumentos consumistas que el kirchnerismo impulsó durante años, sin la menor responsabilidad, con especial énfasis en su vergonzosa agonía. Esta vez se siguió la secuencia que señala el filósofo francés André Comte-Sponville en El capitalismo, ¿es moral? Si la economía se impone a la política hay barbarie económica, si la política se impone a la justicia hay barbarie política, si la justicia se impone a la moral hay barbarie jurídica. La moral es el límite. Desde ella deben alienarse los demás ámbitos.
     Del hartazgo moral no se sale con políticas económicas, aunque será necesario sincerar la economía, ponerla al servicio de necesidades sociales y de proyectos colectivos convocantes, que creen ámbitos de convivencia en los cuales los ciudadanos puedan desarrollar lo mejor de sí para desandar caminos existenciales trascendentes. El catalán Josep Burcet (1940-2011), sociólogo de la comunicación y la civilización, profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad Politécnica de Cataluña, y Visiting Scholar en la Universidad de Michigan, trabajó intensamente durante la última década de su vida en un Manifiesto para el Cambio Cultural, al que consideraba como la gran transformación que debería dejar este siglo. En los apuntes para ese Manifiesto escribió Burcet: “Más allá de la economía, la tecnología, la ecología y la ciencia, la cohabitación cultural se convertirá en uno de los problemas más característicos del siglo XXI. Ya no nos basta concentrar nuestros esfuerzos en los temas económicos, tecnológicos, ecológicos y científicos. Ahora debemos incluir en nuestra agenda los temas de cohabitación y transformación cultural”. Estos temas nos aguardan, señalaba, por encima de nuestras urgencias cotidianas.
     Cambiar significa hoy y aquí salir de la cultura del primero yo, del oportunismo, de la indiferencia hacia el entorno, del ventajismo. Significa abandonar la creencia de que las leyes son para los otros (para los giles) y que es de vivos burlarlas y evadirlas. Significa aprender a aceptar las diferencias partiendo de la base de que aceptar es mucho más que tolerar. Significa entender que los deberes anteceden a los derechos, porque, como decía Simone Weill (1909-1943), filósofa que se inmoló apoyando sus convicciones con su vida, aquellos tienen que ver con el Tú y éstos con el Yo. 
     Este cambio cultural no lo puede imponer un gobierno por decreto (aunque las conductas de sus miembros deben ser referencias claras y permanentes). Como toda transformación profunda, deberá empezar en las acciones cotidianas de quienes elijan vivir de otra manera. Parando en los semáforos en rojo, respetando límites de velocidad, no eludiendo impuestos, olvidando el ejercicio de la coima, honrando como padres la autoridad de los docentes porque sus hijos son alumnos y no clientes. Sobran los ejercicios diarios para producir un cambio cultural. Se trata de no andar por la vida flojos de papeles. El resultado se verá también en la economía y en la política. La tarea requiere paciencia, constancia y buena fe. No tiene antecedentes. Hay que crearlos.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Hacia una transformación postergada
Por Sergio Sinay


Aunque la economía ofrezca grandes dificultades, hay momentos en que las sociedades ponen por delante aspiraciones éticas y morales. Este parece ser uno de esos momentos



     Cuando el candidato kirchnerista se lanzó a liderar una desesperada campaña de terrorismo verbal procurando obtener por el miedo lo que no lograba con ideas, hizo lo que Albert Camus, un héroe moral del siglo XX, consideraba lo contrario de la nobleza: mentir acerca de lo que uno sabe. Y cuando él y su ama política (que lo desprecia y que tras hacer manipulado la verdad a través de cadenas oficiales padece ahora una súbita afonía) violaron reiteradamente la veda electoral, ejercitaron lo que el filósofo y lingüista Tzvetan Todorov llama, en su libro Los enemigos íntimos de la democracia, la barbarie del poder. Era una violación más a las reglas del juego democrático. Y cuando impera esa barbarie, apunta Todorov, “el jefe de Estado no se siente obligado ni por las leyes ni por sus propias promesas y solo cuenta su voluntad en cada momento”.
     Por conductas de ese tipo la Argentina es, según apuntaba ya en 1990 el invalorable jurista Carlos Nino (1940-1993), “uno de los pocos países del mundo en pronunciadas vías de subdesarrollo”, un caso notable de reversión fulminante y rápida. Lo señalaba en un libro cuya vigencia aumenta día a día: Un país al margen de la ley. En esa obra lúcida, dolida y doliente Nino marca cómo el populismo aísla al país del mundo y cómo la agonía de la cultura del trabajo lleva a valorar lo que se tiene por sobre lo que se es, al tiempo que alienta la búsqueda de atajos y la corrupción. En ese contexto, la invocación de un mítico y confuso “ser nacional” (sin fundamentos en la historia, en la Constitución o en la experiencia real de la sociedad) lleva al poder a “defenderlo” aun a costa de derechos y libertades individuales (en la patética Secretaría de “Pensamiento Nacional” no deben de haber oído hablar de esto). Estos y otros factores, en fin, terminan por crear las condiciones para lo que Nino considera una tragedia nacional: la anomia, “la ilegalidad en particular, o sea la no observación de normas morales, jurídicas y sociales”.
     El domingo 22 de noviembre la mitad de la ciudadanía expresó su hartazgo respecto de esta barbarie, de esta involución y de esta anomia. Mientras el oficialismo intentaba sembrar el terror profetizando que su derrota significaría el fin del clientelismo, del consumismo sostenido con cebos obscenos, de derechos que no son dádivas monárquicas y que por lo tanto resultan inalienables, esos votantes lejos de intimidarse afirmaban una convicción. Esta vez parecían dispuestos a poner aspiraciones morales, propósitos de convivencia y construcción de modelos de vida por encima de riesgos económicos. Reducidas a una cosmovisión estrecha, oscurantista y éticamente miserable, las usinas oficialistas amenazaban (cada vez con más furia y menos escrúpulos) con lo que supuestamente los ciudadanos dejarían de tener, y estos respondieron firmemente con lo que aspiran a ser.
     Pero no termina ahí. La voluntad social de cambio deberá ser respondida desde el nuevo gobierno con el despliegue de mapas claros, legibles y posibles. Y también con una honesta descripción de los riesgos y costos que encierra el viaje hacia una sociedad abierta, comunicada con el mundo, confiable, previsible y realizadora. Una sociedad, en fin, cuyo futuro aguarde adelante y no atrás, como ocurre cuando el populismo ofrece un pasado manipulado, no experimentado y falso como único (y eternamente postergado) porvenir. El concreto diseño de ese futuro y la puntual descripción de las tareas que requiere permitirán que una buena porción de la sociedad que fue sensible al terror sembrado por un candidato exasperado e impúdico pueda sumarse a esa transformación colectiva y fortalecerla.
     La economía no está bien y eso se verá con toda su crudeza cuando la troupe de corruptos se vaya el 11 de diciembre (es de esperar que sus cuentas no queden impagas).  Pero el verdadero desafío del nuevo gobierno tiene que ver menos con la economía que con ser el iniciador de una profunda y balsámica transformación cultural que la sociedad argentina viene postergando desde el comienzo de la democracia. Y desde antes también.  

lunes, 16 de noviembre de 2015

Elecciones responsables
Por Sergio Sinay

Más allá de quién gane el balotaje, hay una responsabilidad que la sociedad no puede transferir a los candidatos




     

      Gane quien gane las elecciones del próximo domingo, el candidato triunfador emitirá sobre la sociedad un interrogante cuya respuesta le corresponderá a esta. La pregunta será diferente según el elegido. Y en ambos casos lo que está en juego es el ejercicio de la responsabilidad.
     Si la mayoría de los votantes opta por el candidato oficialista, cada uno de sus electores deberá hacerse cargo durante los próximos cuatro años de las consecuencias de esa elección, sobre todo de las consecuencias que provoquen decepción, desencanto, hartazgo. Si el candidato encara la continuidad de un modelo, como él mismo lo ha demostrado con sus actitudes, y si traslada al escenario nacional lo que hizo como gobernador de su provincia, la sociedad deberá padecer hospitales en deplorables condiciones, una educación clientelista, cuerpos policiales tan elefantiásicos como corruptos, una inseguridad angustiante y la libre expansión del narcotráfico. Habrá grandes zonas indefensas ante inundaciones y otras catástrofes previsibles, un presidente evasivo, incapaz de hablar con claridad sobre cualquier tema, rutas deplorables y peligrosas, carencia extendida de servicios básicos y un clientelismo galopante que demuela los restos de la cultura del trabajo. La corrupción sin precedentes de la última década quedará impune, el país seguirá alineado con los regímenes más antidemocráticos del mundo y posiblemente los flagelos de la inflación, la pobreza y la educación decadente no serán atacados porque el candidato nunca los reconoció (es más, los negó). En materia de energía es probable que sigamos el actual camino hacia la época de las cavernas.
     Si nada de esto ocurriese, una parte mayoritaria de la sociedad podrá felicitarse a sí misma por haber hecho la elección correcta. Y si ocurriese, cada integrante de esa mayoría deberá tomar su cuota de responsabilidad y no trasladarla a terceros.
     En caso de que el elegido fuera el candidato opositor, la porción mayoritaria de la sociedad que habrá optado por un cambio tendrá ante sí la responsabilidad de explicitar a qué cambio aspira, cómo espera que se produzca y de qué manera está dispuesta a participar en él. El candidato opositor ha transmitido con entusiasmo su vocación por cambiar pero no ha sido muy explícito en el cómo. Así como una declaración de amor no es un acto de amor hasta que no se traduce en hechos y conductas concretas, la aspiración a cambiar no significa una transformación hasta que no florece en acciones y realizaciones. Si la masa crítica de la sociedad que consagra a este candidato considera que una vez depositado el voto hay que sentarse a esperar los cambios, su conducta habrá sido la que a lo largo de la historia argentina produjo repetidas frustraciones, desilusiones, iras y hartazgos. Depositar la tarea en un elegido y no participar más que a través de la concurrencia a las urnas es una expresión de pensamiento mágico o, peor, de irresponsabilidad. Si se elige un cambio, hay que empezar por practicarlo: respetar leyes y reglas, convivir civilizadamente, descartar la solidaridad utilitaria muy en boga y ejercer una generosidad no especulativa, acostumbrarse a postergar el beneficio propio en nombre del bien común. En todos estos rubros la sociedad argentina vive un prolongado déficit del que no la sacará ningún gobierno si no empieza a cambiar ella a partir de las conductas cotidianas de sus integrantes.
       Si esto ocurre y el cambio se percibe también en los actos de gobierno, la mayoría de ciudadanos que lleve al candidato opositor al gobierno podrá felicitarse por haber sido protagonista del inicio de una transformación trascendente que irá más allá de su propias  tiempo de vida y se convertirá en legado para las próximas generaciones. Habrá cambiado una cultura. Si no fuera así, cada elector tendrá que revisar su propia responsabilidad en la repetición de una frustración.
       Como señalaron esas grandes personas morales del siglo XX que fueron Hanna Arendt  y Albert Camus, la responsabilidad es siempre individual. Pero las consecuencias de nuestras conductas, acciones y elecciones no lo son. Afectan a los otros, y es ante ellos ante quienes responderemos. Un voto es más que un voto. Las sociedades tienen los gobernantes que se les parecen, y estos nacen de la relación entre cada ciudadano y su propia responsabilidad.


martes, 10 de noviembre de 2015

Con la verdad no se juega
Por Sergio Sinay

Lanzados a mentir y amedrentar, el candidato oficialista, su mentora y su equipo dejan de lado cualquier escrúpulo y todo contacto con el espíritu de la democracia, que alimentaron grandes políticos y pensadores


      Hacia 2004 el historiador Jean-Noël Jeanneney, entonces director de la Biblioteca Nacional de Francia, invitó al filósofo y lingüista búlgaro Tzvetan Todorov  a participar en la organización de una extensa e integral exposición sobre la Ilustración, que se realizaría en 2006. A raíz de eso, Todorov, uno de los intelectuales más lúcidos de estos tiempos, escribió un libro breve, sustancioso e ineludible para enfocar las cuestiones de la política y el pensamiento contemporáneo: El espíritu de la ilustración. Es un sentido e inteligente homenaje al movimiento que, en el siglo XVIII, daría nacimiento a las ideas republicanas, a la noción de derechos individuales, a la noción misma de individuo, de autonomía, a la ciencia moderna y a muchas de las más poderosas ideas que atraviesan a la filosofía moderna.
    Todorov no oculta en esas páginas su admiración por Nicolás de Condorcet, un girondino (movimiento que se homologó en la Revolución Francesa con la derecha, por sus ideas moderadas y consensuales), que fue condenado a la guillotina por los jacobinos (la izquierda, radicales fundamentalistas acaudillados por Robespierre, que terminaron, como suele ocurrir, enfrentados internamente a muerte en la búsqueda del poder absoluto). Condorcet prefirió envenenarse antes que subir al cadalso, y así murió en 1794, a los 51 años. Antes dejó páginas imperecederas y valiosísimas acerca de la educación, la necesidad de laicismo, la libertad, los deberes del gobierno, la justicia, la tolerancia y los horizontes de una ciencia no dogmática. Muchos de los textos de Condorcet, básicamente sus Memorias y su Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, son valiosas guías para ejercitar el pensamiento, y en particular el pensamiento crítico, ese atributo hoy desplazado por el bienpensantismo y la pereza intelectual.
      Precisamente en sus memorias Condorcet advierte que “la verdad es tan enemiga del poder como de quienes lo ejercen”. Todorov dedica un capítulo completo de su libro al tema de la verdad a partir de las ideas de Condorcet. Se vale de ellas para diseccionar episodios todavía humeantes de la política actual y termina por escribir lo siguiente: “El gran poder engendra grandes peligros, ya que ofrece al que lo posee la impresión de que siempre tiene razón y de que no debe tomar en cuenta ninguna otra opinión. Para protegerse del abismo en el que puede sumirlo el vértigo del poder, para evitar que arrastre también al resto del mundo, debe aceptar que con la verdad no se juega”.  Antes de eso recuerda cómo el propio girondino había advertido que “los fantasmas del miedo bastan para descartar la preocupación por la verdad”, que, afirma Todorov, es constitutiva del espacio democrático.
     La campaña de terror virtual y de amedrentamiento frontal, inescrupuloso y hasta primitivo desatada esta semana desde las usinas del oficialismo (con el tufillo goebbeliano que el asesor brasileño Joao Santana suele imponer en sus asesoramientos) está, como es obvio, en las antípodas del pensamiento de Condorcet y de Todorov, así como de todo espíritu republicano. Probablemente sería una pretensión exagerada imaginar que sus autores y ejecutores, incluido el candidato, tengan alguna idea acerca de la mera existencia de estos pensadores o que puedan comprender de qué hablan. Y pedirles que contemplen cosmovisiones de este tipo equivaldría a exigirles que cambien su naturaleza. Un imposible.
     Pero las vigentes ideas del filósofo iluminista y las de su validador contemporáneo deberían hacerse carne en cualquiera que aspire a gobernar. Comprometerse con el espíritu que contienen y expresarlo en acciones y conductas (no bastan las palabras, porque ya se vio que estas se vacían fácilmente de significado) sería una manera de construir un pacto moral con la sociedad, hoy más necesario que nunca. Hacerlo requiere más coraje del que se cree. Y pide aceptar (a tiempo y de antemano) que ni la mentira ni el poder son eternos y absolutos.

lunes, 2 de noviembre de 2015

La naturaleza del escorpión
Por Sergio Sinay

Desde el oficialismo se ha puesto en juego una táctica miserable: la mentira terrorista




Este dibujo pertenece a El Roto, estraordinario artista español 
    
  “Es mi naturaleza, no puedo cambiar”, dijo el escorpión después inocular traicioneramente su veneno mortal a la rana que lo transportaba a través del río. Había prometido no hacerlo y la rana le creyó, porque si ella moría en medio del río, el escorpión se ahogaría también. Pero la naturaleza del escorpión pudo más que la promesa. La campaña terrorista desatada a través de mails, redes sociales, afiches y otras vías desde las madrigueras del candidato oficialista para asustar a los ciudadanos y obtener votos a cualquier precio, recuerda que, como dijo el escorpión, la naturaleza de cada quien no se puede cambiar.
     Doce años de mentir, tergiversar la realidad, esconder cifras, esconder pobres, falsificar la historia, saltearse las leyes, manipular la justicia, no cambian en tres semanas. Lo que hay no es “continuidad con cambio”, como balbucea el candidato, sino continuidad rabiosa y, en su caso, obsecuente. En su hora más aciaga, tiene de su lado (como cerebro gris de esta campaña de intimidación miserable e inmoral) al publicista brasileño Joao  Santana, un trasnochado y tardío discípulo de Joseph Goebbels, aquel siniestro funcionario nazi que inmortalizó la consigna “Miente, miente, que algo quedará”. La primera mentira, en este caso, es negar que hayan apelado a Santana.
     “La verdad es tan enemiga del poder como de quienes lo ejercen”, decía en el siglo XVIII Nicolás de Condorcet, una de las mentes más brillantes y visionarias dela Ilustración. La verdad pone al desnudo las miserias de quienes ejercen el poder (o aspiran a ejercerlo) y temen que se esparza porque no hay otro modo de llegar a la verdad que no sea por el camino del pensamiento crítico, de la reflexión, del ejercicio de la conciencia. Quien pone en juego estos atributos, se convierte en enemigo mortal de los manipuladores, los corruptos, los venales, los inescrupulosos, los genuflexos, porque no puede ser manipulado ni comprado. Y es con estos mismos atributos con los que se puede desarticular la campaña ya no sucia, sino roñosa, que se ha lanzado desde las filas de un oficialismo que, desde su vértice hasta su base, pone en estos días manifiesto lo que nunca pudo ocultar: su naturaleza, su perversión.
    Si cuando se está en campaña y se aspira al poder se usa la mentira y el terror, ¿qué no se usará luego desde el gobierno? No es una pregunta ociosa. Estas son horas de vigilia, horas de seguir pensando, de usar, ante el veneno del escorpión, el antídoto de la conciencia, del razonamiento, del coraje cívico. Si hay un futuro está adelante, no atrás.

lunes, 26 de octubre de 2015

Ganó el No afirmativo
Por Sergio Sinay

La sociedad tiene por delante una tarea moral: convertir la energía con la que dijo No a una década perversa en una energía que, en el día a día, empiece a construir el con el que sueña



       En las elecciones del domingo 25 de octubre ganó el No. No a la intolerancia. No a la mentira como única verdad. No al narcisismo desbocado instalado en la cima del poder. No al insulto gratuito y resentido como única forma de comunicación. No a la negación sistemática de la realidad y a su adulteración permanente. No a delirantes sueños monárquicos sin sustento. No a la ordinariez como dogma y estilo. No a la ausencia absoluta de empatía por el dolor ajeno. No a la ofensa automática al diferente y a su pensamiento. No a la pobreza estructural. No a una intelectualidad de pacotilla, oportunista y miserable atrincherada en un absurdo “pensamiento nacional”. No al narcotráfico y a la delincuencia instalados en cargos y funciones gubernamentales. No al usufructo rapaz del Estado, que es propiedad de todos los ciudadanos, en beneficio propio y de una banda de obsecuentes. No a la naturalización del crimen en las calles y en las casas ante la total e imperdonable indiferencia del poder. No a la manipulación de la justicia y a su desprecio cuando no puede ser usada para granjearse impunidad. No a la corrupción más obscena y desembozada de la que haya memoria en tiempos democráticos. No al desprecio por las instituciones republicanas. No a la ostentación de incultura e ignorancia en cada párrafo de cada discurso oficial. No a la soberbia y a la prepotencia como argumentos políticos. No a la educación clientelista y empobrecedora. No a la prebenda y el clientelismo en lugar del esfuerzo y el trabajo. No a la utilización perversa e inmoral de los derechos humanos y de la memoria colectiva, avalada por muchos de los que debieran protegerlos y ponerlos a salvo de cualquier manipulación gubernamental. No a la penalización del salario mediante impuestos usurarios. No al agravio permanente a los jubilados mediante el arrojo de migajas mientras se malversan los fondos que les corresponden. No al uso de empresas estatales (como la ineficiente e impresentable Aerolíneas Argentinas) como guaridas de patotas militantes. No a la falsificación permanente de la historia, tanto de la reciente como de la lejana. No a la complicidad con dictaduras inmorales e indisimuladas como la rusa o la venezolana, y a la complicidad con regímenes que desprecian los modelos y procedimientos políticos e institucionales que el mundo civilizado transita desde el Iluminismo en adelante. No al encubrimiento de funcionarios terroristas extranjeros que planearon y ejecutaron en la Argentina un atentado que asesinó a más de 80 hombres y mujeres hijos de este país. No a todo aquello que oscureció la mente de tantos a lo largo de doce años siniestros, la dimensión de cuya oscuridad se percibirá con más perspectiva y certeza a medida que el tiempo (ese gran escultor, como lo llamaba la incomparable Marguerite Yourcenar, autora de Memorias de Adriano) ajuste las lentes y emerjan a la superficie aspectos hoy inimaginables del desquiciado elenco que encabezó este proceso.
     La lista de los No que ganaron el domingo es aún más larga que la de los candidatos amontonados en las prehistóricas boletas conque se votó. Todos esos No indican que, a pesar de todas las enfermedades que la aquejan (varias de ellas autoinfligidas) el sistema inmunológico de la sociedad argentina funciona. Hubo anticuerpos el domingo 25 de octubre y deberá haberlos (para que exista un futuro) el domingo 22 de noviembre. Mientras llega esa fecha y en el serpentario del poder se atacan unos a otros, a la sociedad (esos dos tercios de ella que se negaron a prolongar la agonía en que vivimos) se le presenta una tarea que será larga, esforzada y que necesitará de mucha voluntad, honestidad, sinceramiento, generosidad, reflexión y responsabilidad individual. 
     La tarea es convertir a toda esa energía que hizo posible el No en una energía que de nacimiento a un . Cada uno debería pensar en qué sociedad aspira a vivir. Basada en que valores, en qué tipos de relaciones personales, en qué actitud frente a la ley, ante las normas, ante el trabajo. En qué comportamiento ciudadano. En qué propósitos colectivos. El paso siguiente (en el que confluyen voluntad y responsabilidad) es comenzar a vivir en el día a día, en cada espacio cotidiano (aún el que se vea menos trascendente), de acuerdo con esa aspiración. Esta es la parte que no se le puede pedir al futuro gobierno (ni a ninguno). Y en esa parte, aunque no lo parezca, se inicia un pacto moral que cambia la política. Es el antídoto contra otra década perdida y sombría.

jueves, 22 de octubre de 2015

Infeliz domingo
Por Sergio Sinay

Cuando las elecciones y los candidatos ponen a la sociedad frente al espejo y le preguntan qué hará frente a esa imagen, solo ella puede responder. 

   

Finalmente el domingo se vota. Dejarán de acosarnos e invadirnos telefónicamente hasta el abuso con encuestas y llamadas proselitistas, que ponen en evidencia lo que somos para los candidatos. Simples votos sin identidad. No personas que merecen respeto. Esa falta de respeto la demostraron de muchas otras maneras. Ocultando propuestas o proponiendo lo que ellos y nosotros sabemos que no cumplirán. La demostraron con las chabacanas reyertas de gallinero (con perdón de las gallinas, que no tienen segundas intenciones y responden a su naturaleza) que evidenciaron el pobrísimo nivel de su sintaxis, de su léxico, de su cultura y, lo peor, de su cosmovisión y sus ideas. Una sociedad que juega su destino a manos de estos candidatos tiene en ellos la imagen de sí misma. Si no lo entiende llevará una y otra vez la misma piedra hacia ninguna parte. Ni siquiera se la podrá comparar con Sísifo, rey de Corinto y, según leyendas, padre de Odiseo. Castigado por oponerse a Tanatos (es decir a la muerte) fue condenado a subir una y otra vez una roca sin alcanzar jamás la cima.
     Considerado en la mitología como el más sabio de los hombres, Sísifo es protagonista de un mito en el que, como en todos, hay grandeza, misterio, belleza, profundidad y abundante materia prima para la interpretación y la reflexión. Nada que se pueda comparar con una sociedad que cada cuatro años empuja vanamente una piedra extraída de su propio riñón, sin el menor aprendizaje ni transformación.
     A pesar de este sombrío panorama, no todos los candidatos son lo mismo. Uno de ellos representa como ninguno el pantano del que no se puede salir, la desesperanza final, la impunidad completa de los corruptos y la continuidad de muchos de ellos. Es el candidato de la vacilación, de la inseguridad garantizada, de las inauguraciones apócrifas, de los hospitales sin médicos ni recursos, de las escuelas como aguantaderos, del clientelismo abyecto. De la década perdida. El candidato que hizo cualquier pirueta para llegar a serlo (aun a costa del desprecio de su inefable tutora). El que no habla, no enfrenta, no afirma, no decide, no asume, no se hace cargo. El que, como Bartleby (protagonista de la clásica novela del mismo nombre creado por el gran Herman Melville) podría aferrarse a la frase: “Preferiría no hacerlo”. Aunque detrás de la superficie opaca del escribiente Bartleby había una conmovedora profundidad a explorar. Y detrás de la superficie opaca de este candidato solo hay un vacío sin fin.
     Así llegamos a estas elecciones. Las encuestas, con sus cifras más o menos amañadas, no dejan de reflejar una realidad. Cualquiera sea el resultado, la conveniencia le habrá ganado a la conciencia, la cobardía moral se habrá impuesto al coraje moral y la corrupción habrá salido impune para volver por más, ya que uno promete mantener a los corruptos y los otros no han dicho que estén dispuestos a castigarlos como merecen. En los porcentajes que las encuestas (y los opinólogos) adjudican a los candidatos se ve una vez más que las sociedades acaban por tener los gobernantes que se les parecen.

lunes, 5 de octubre de 2015

El gran escape
Por Sergio Sinay

Cuando un candidato huye al debate con sus adversarios falta el respeto a  los ciudadanos y muestra cobardía cívica. Y los medios que omiten transmitir ese debate debilitan a la democracia y demuestran irresponsabilidad.



En una democracia, quien aspira a ser Presidente del país y se niega a participar de un debate al que concurren todos los demás candidatos, actúa con falta de respeto hacia la ciudadanía y con cobardía cívica. Además permite sospechar, con fundamentos que carece de propuestas (o que si las tiene son insostenibles o indemostrables) y que es incapaz de dialogar o de articular ideas mediante la palabra. Si, por otra parte, huye de ese debate por órdenes superiores, da la razón a quienes sostienen que es apenas un testaferro de quien lo designó. Patético testaferro, sin duda, cuando quien lo designó manifiesta por él (a través de actitudes y palabras) un profundo desprecio. Con su ausencia, entonces, dice mucho.
Si un candidato con esas características ganara las elecciones, una masa crítica de la sociedad lo habrá elegido como el sepulturero del futuro colectivo y de toda esperanza republicana. En la noche del domingo 4 de octubre, cinco de los seis candidatos a la presidencia en las elecciones del próximo 25, expusieron en público y por televisión sus propuestas, sus ideas, sus visiones. Con mayor riqueza o con mayor pobreza, con mayor elocuencia o con menor precisión, las expusieron y las debatieron. Además, lo hicieron con respeto y con escucha. Se pueden tener mayores acuerdos o desacuerdos con cada uno. Lo cierto es que allí estuvieron. Honraron a los votantes a los cuales apelan.
El sexto candidato escapó de la cita. El desertor prefirió asistir a un festival de rock. Mostró en toda su dimensión su idea de diálogo, democracia, coraje cívico. Una idea nula. En consonancia con él, la mayoría de canales de televisión, especialmente los de noticias (?), omitieron transmitir lo que era un hecho histórico en la anémica democracia argentina. Olfatearon, quizás, que allí no habría agresiones gratuitas, no habría olor a sangre, no habría bajezas, no habría personajes bizarros, es decir faltaría la materia prima con la que están acostumbrados a alimentar sus pantallas. Faltaron a su responsabilidad periodística. Mostraron cuál es su ética. La ética del oportunismo, del rating fácil y barato, de la pereza intelectual. Esos canales son privados. La televisión pública (esa que pagamos todos y que manipulan obscenamente unos pocos) transmitía fútbol.
Sería un buen ejercicio para la memoria y para fortalecer nuestra condición de ciudadanos en un caso, y de telespectadores en el otro, no olvidar ni la actitud del candidato que huyó ni la de los canales que miraron para otro lado. Porque las democracias fuertes, las repúblicas estables y los futuros de las sociedades se construyen desde aquello que los ciudadanos, a través de sus votos y de sus acciones de cada día (hasta las más mínimas, como apagar televisores o cambiar canales) les dicen a quienes pretenden representarlos o informarlos. Como en todos los casos, quien calla otorga. Y, como en todos los casos, la culpa no es del chancho. La responsabilidad es de quien le da de comer.

martes, 29 de septiembre de 2015

Psicópatas corporativos

Por Sergio Sinay

Son más de los que parecen, están enquistados en las empresas que manejan a los gobiernos y los efectos de sus acciones son devastadores para la sociedad. En estos días el caso VW los puso en el tapete.


     
Más de tres millones de autos (entre las marcas Volkswagen y Audi, ambos de la misma corporación) circulan por el mundo contaminándolo debido a que la empresa trampeó con los sistemas de control de emisión de gases tóxicos. Todo lo que se le ocurrió decir a Michael Horn, director ejecutivo de la firma en EE. UU., fue: “La embarramos”. Recuerda a esos asesinos (generalmente los femicidas) que después del crimen llaman a un amigo y dicen: “Me mandé una macana”. Que haya vidas humanas destruidas o amenazadas es lo de menos. El psicópata se saltea las nociones de bien y de mal, actúa por encima de ellas. Y Horn, tanto como Martín Winterkorn, el CEO de VW a nivel mundial, que renunció tras descubrirse el delito, encajan perfectamente en la categoría que el doctor en psicología Robert Hare describió como psicópata corporativo.
     Hare se ha dedicado especialmente a estudiar la psicopatía en general (es célebre su trabajo Sin conciencia: el inquietante mundo de los psicópatas que nos rodean) y a estos especímenes en particular. Tiene sus motivos. Ya en 2002 había detectado que la mitad de las grandes economías del mundo no correspondían a países, sino a corporaciones. El porcentaje no ha variado y acaso haya aumentado en favor de las grandes empresas, que, en definitiva, deciden sobre el destino de naciones y personas en la era de la economía de mercado.
El porcentaje de psicópatas en los altos cargos de las corporaciones, advierte Hare, es notablemente superior al de los que existen en la sociedad en su conjunto. Y sus características emulan y acentúan la de tantos psicópatas camuflados en el mundo común. Son superficialmente encantadores, tienen un alto concepto de sus propios merecimientos, son patológicamente manipuladores, no conocen el remordimiento, resultan emocionalmente superficiales e insensibles, carecen de empatía y jamás asumen responsabilidad por las consecuencias de sus acciones y decisiones. En cierto modo con estas características también se podría crear la categoría del psicópata político y aplicarla a gobernantes y candidatos, ya que estamos en épocas electorales.
     Lo habitual es que estos psicópatas salgan impunes de los desastres que pueden provocar (y provocan), agrega Hare, y que se lleven incluso algún premio. Allí están como prueba los altos ejecutivos de Lemman Brothers y de toda la banca que hundió al mundo en la peor crisis económica en un siglo (con secuelas de quiebras, suicidios, vidas y futuros destruidos) y no sólo se reubicaron y siguen libres, sino que, rescatados por los gobiernos que se postran ante las corporaciones (incluido el de EE.UU.), terminaron cobrando jugosísimas indemnizaciones y bonos. Su única falla fue haber sido descubiertos. Por lo demás, cumplieron con su tarea: permitir a las corporaciones ganar dinero, así sea a costa de la salud y vida de las personas o del planeta. Para eso los contratan.
      Cuando se lee que el nuevo CEO de Volkswagen, Matthias Müeller (trasladado desde Porsche) ve en esta situación “una oportunidad” para que la empresa renazca y se fortalezca, mientras otras autoridades de VW echan la culpa del crimen a “un pequeño grupo”, se entiende por qué Robert Hare consideró necesario estudiar y dar a conocer las características de la psicopatía corporativa y sus amenazas y costos para la sociedad.
     Cada vez que oímos sobre “responsabilidad social empresaria”, sobre lo que quieren, piden y esperan los mercados, sobre la influencia de éstos en decisiones gubernamentales que afectan a países enteros y millones de vidas, es tiempo de internarse en los estudios de Hare y de preguntar si nuestros destinos como personas, como ciudadanos, como usuarios están en manos de psicópatas corporativos. Si es así, también conviene recordar que el psicópata (de cualquier tipo) no suelta su presa hasta que ésta decide abandonar su condición de tal, como bien señala Marie-France Irigoyen en El acoso moral. Y en todas las condiciones que mencioné (persona, ciudadano, usuario), siempre hay algo para hacer y escapar al papel de presa. Desde no consumir sus productos, denunciarlos, negarse a jugar con sus reglas, ejercer el derecho de elección. Y muchas más. O, por el contrario, esperar amodorrados que sus acciones nos afecten y que entonces sea tarde.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Cuando la transgresión es ley

Por Sergio Sinay

Una sociedad que protege a los transgresores crea las condiciones para vivir bajo una única ley: la de la selva. Así estamos.




     Si la transgresión se naturaliza y se convierte en ley, la justicia como institución se pone a su servicio. Es decir, deja de velar por el cumplimiento de las leyes, normas y reglas de convivencia, se despreocupa por la vigencia de la equidad, protege al transgresor y deja librada a su suerte a la víctima de aquel. “Antes de la existencia de la ley no hay transgresión”, decía Thomas Hobbes (1588-1679), el filósofo inglés que con su extraordinario Leviatán, sentó las bases del pensamiento político occidental. Esto significa que desactivar y desbaratar la ley nos devuelve a un estado tribal, en el que se impone el más fuerte, el más astuto, el más tramposo, el más egoísta, el menos cooperativo, el menos empático, el menos compasivo.
      En la Argentina esa hipótesis se ha ido convirtiendo en una realidad cercana y palpable. Se queman urnas y se pide, desde la cima del poder, que se respete esa quema como “voluntad popular”. Un presidente violó todas las reglas de tránsito (y muchas más en todos los órdenes) conduciendo una Ferrari a velocidades prohibidas hacia Pinamar y el hecho fue festejado por la mayoría de la sociedad. Un gol con la mano se conmemora mucho más que otro tanto (en el mismo partido y a cargo del mismo jugador) que fue una obra de arte futbolística. Y su autor, transgresor serial y generador inagotable de actos irresponsables, es una figura de culto. Cualquier transgresor, en cualquier ámbito (política, deporte, farándula, música, conducta en la calle, etcétera) encuentra inmediatamente defensores capaces de promover piquetes, firmar solicitadas, engrosar raitings televisivos, escrachar a las víctimas o a quienes pudieran sancionarlo, todo en nombre de confusas concepciones de libertades y derechos creados al paso y caprichosamente. A la transgresión se la suele defender con prepotencia y hasta con violencia.
      Cuando la transgresión se naturaliza y se convierte en ley, no hay ley. Sin ley no hay justicia. Sin justicia no hay convivencia posible. Sin convivencia no hay futuro. Todo lo consume un presente en el que urge desenfundar y disparar primero para no ser víctima de un transgresor más rápido y despierto. Cuando la transgresión es la norma bajo la cual se vive, todo se puede.
     El sábado pasado el futbolista Carlos Tévez quebró la tibia y el peroné de un adversario (Ezequiel Ham) durante el partido entre Boca y Argentinos Juniors. La acción fue bastante más que “imprudente” (como rápidamente la calificó la corporación periodística que salió en defensa del victimario). Fue, evitable, irresponsable y nada inocente. Quien jugó al fútbol puede decirlo. Y quien juega profesionalmente debería hacerlo. Tevez no recibió ninguna sanción en ese momento (el juez miró hacia otro lado ante la trasgresión de la ley deportiva), mientras el relator de la televisión defendía, sin el menor rubor, al victimario con la impresentable excusa de que se le había “enganchado la media”. La transgresión estaba doblemente validada.
     Tevez jugó en las grandes ligas europeas, jugó y juega en la selección argentina en torneos internacionales. ¿Por qué no protagonizó nunca un episodio como este en aquellos escenarios y sí en la Argentina a pocos meses de haber regresado? Porque aquí puede y allá no. Como pueden tantos de sus colegas que, cada vez más, apelan a codazos, planchazos, patadas, fingimientos y demás transgresiones (cada día más brutales) que no reciben sanción ni adentro ni afuera de la cancha, pero que son aceptadas, celebradas y estimuladas. Son lo normal. Desplazaron a la ley, tomaron su lugar. Y si Tevez fuera     sancionado “de oficio” eso se considerará, muy posiblemente, una “injusticia”.
     ¿Por qué se queman urnas y se pide que se acepte el resultado eleccionario como normal? Porque se puede. ¿Por qué un vicepresidente sospechoso de delitos  sigue en ejercicio y representa al país en eventos en el extranjero? Porque se puede. ¿Por qué se pierden vidas de a miles en las rutas debido a maniobras prohibidas, consumo de alcohol y velocidades no permitidas? Porque se puede. ¿Por qué el narcotráfico se extiende como una mancha mortal sobre el país? Porque se puede. Y se puede porque una masa crítica de la sociedad ha pactado vivir así. Aunque eso acorte y empeore la vida de todos y cada uno.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Nadie está afuera de la política

Por Sergio Sinay

Militancia y pensamiento único son lo opuesto a la verdadera política, espacio en el que interactuamos para aportar lo propio al destino común. Quienes repudian la política como espacio público de encuentro y dicen alejarse de ella, dejan la vía libre a los autoritarios y los intolerantes


  
 Quien elimina la pluralidad o atenta contra ella, también elimina la política o atenta contra ella. La pluralidad es la esencia y la razón de ser del espacio público, ámbito en el que se desarrolla la interacción humana. Esa interacción modela las sociedades, crea sus normas, su moralidad, genera el encuentro entre lo diferente para la creación de algo nuevo, que trascienda a las personas y les permita permanecer más allá de la duración de su vida física. Ese espacio público es el que los viejos y sabios griegos llamaban polis. El espacio de la política, en donde se tratan los temas y las necesidades comunes, en donde se discuten y proponen los modos de abordarlos, en donde cada singularidad, cada subjetividad aporta lo suyo y único a lo general y compartido.
     Tanto la imposición del pensamiento único como la gestión totalitaria del poder marchan en dirección opuesta a todo esto. Ninguna interacción, y ninguna creación humana que vaya más allá de las acciones mecánicas y predeterminadas (es decir, más allá de una existencia animal) pueden nacer en un ámbito en el que todos piensan igual, en donde el “sí mismo” de cada quien se licúa en una masa chirle y uniforme, en la que desaparece la libertad de elegir y hacerse cargo de la elección y de sus consecuencias, y en donde perece la responsabilidad.
      En La condición humana (libro capital para la comprensión de estas custiones), Hanna Arendt (1906-1975) incursiona en las entrañas de tales ideas y las expone de un modo ejemplar. Regresar a ellas en este tiempo y en este lugar es una experiencia iluminadora. Durante una década (irremediablemente perdida) en la Argentina se intentó eliminar la pluralidad, se remplazó la polis (el espacio verdaderamente político) por una militancia ciega, intolerante y antipolítica y se pretendió hacer de las personas meras criaturas obedientes, manipulables, temerosas y funcionales a un modelo sostenido en la corrupción y la inmoralidad. Es necesario recordarlo tanto cuando se escuchan promesas de continuidad (a cargo de un candidato que no mostró una idea propia y, mucho menos, actos de dignidad) como cuando se hacen promesas de cambio (a cargo de candidatos incapaces de diseñar una utopía convocante y de arriesgarse a liderar un futuro que les pida coraje, convicción y volumen de ideas y visiones).
     La política (condición de supervivencia de la comunidad humana) no nace de la mente ni de los actos de este tipo de candidatos, más bien muere o se aborta allí. Nace cuando cada individuo sale de su cascarón de autorreferencia, de aislamiento calculador, de egoísmo terminal, para encontrarse con los otros en el único lugar en el que es posible crear promesas compartidas y comprometerse a respetarlas, no solo por conveniencias coyunturales e individuales, sino porque la polis se crea y se cuida para todas las generaciones. La propia es, después de todo, transitoria y efímera.
     Una elección es mucho más que un trámite burocrático, un recuento de votos o un simple acto cívico. Es la concentración de una cadena de comportamientos morales, es el reflejo del estado de una sociedad, es el llamado a la defensa (cuando existe) o a la creación (cuando no existe) de esa polis,  único espacio en el que la vida humana, más allá de que quien la vive sea artesano, operario, profesional, comerciante, agricultor o lo que fuere, puede encontrar trascendencia. Votar no es sacarse un peso de encima. Es asumir una responsabilidad por uno mismo y por muchos. Y no por hoy, sino por más tiempo del que viviremos los votantes.