martes, 16 de junio de 2015

Una pregunta para el 

Día del Padre

Por Sergio Sinay

Aunque se habla de nueva paternidad, prevalece, a veces de un modo sutil, la idea de que el padre complementa a la madre, pero es ella quien sostiene el vínculo  


A propósito del Día del Padre, una de esas fechas en las cuales la publicidad y el marketing sacan a la luz todos sus recursos de manipulación y su inescrupulosidad en materia de argumentos de venta, viene al caso una pregunta: ¿de quién son los hijos? No es un interrogante ocioso en nuestra sociedad. Vemos con espantosa frecuencia cómo hombres matan a sus mujeres y a sus propios hijos o a los hijos de esas mujeres, para saciar oscuros resentimientos (como si esos hijos les fueran ajenos). Vemos salas de espera de pediatras en donde las mamás superan en número a los papás. Vemos que cuando en una pareja alguno debe resignar su trabajo para prestar mayor atención a los hijos son más las mujeres que los hombres que asumen esa actitud. Vemos que en las reuniones de padres en los colegios, el número de mamás sigue superando al de papás. Seguimos escuchando voces que ironizan sobre la intervención paterna en cuestiones domésticas y cotidianas (“Lo vistió el padre, qué querés”; “Cuando cocina el padre la cocina es un enchastre”). Asistimos con frecuencia a fallos judiciales en divorcios conflictivos en los cuales se decide que los hijos permanecerán con la madre mientras el padre tendrá derecho a visita (como si él o sus hijos fueran presos o enfermos y como si ese “derecho” fuera una gracia que se le concede); la razón de esas decisiones suele fundarse en que…la madre es la madre y los hijos necesitan más de ella que del padre. Apenas un síntoma del machismo de jueces que condena a la mujer a una única condición (la de madre) y al padre a una única función (la de proveedor).
¿De quién son los hijos? En nuestra cultura prevalece la idea de que, en el fondo, son más de la madre que del padre. Subsiste la creencia de que, en casos extremos y dramáticos, el padre puede faltar o ser remplazado, pero la madre no. Esto va más allá de algunos cambios de actitud (ni tantos ni tan profundos como se pretende) que se verifican en generaciones jóvenes. Esos cambios no han modificado aún las creencias más profundas y hegemónicas, han suavizado las superficies (lo que no deja de ser bienvenido) pero, cuando se va más allá de ellas, aquello que marcó a generaciones enteras sigue allí. Cambiar paradigmas es más difícil que cambiar pañales, lleva más tiempo y esfuerzos de los que hoy, en tiempos de impaciencia, inmediatez y ansiedad, se está dispuesto a aceptar y emplear.
Desde la leyenda urbana y a veces desde discursos científicos o religiosos se nos explica que la madre entiende más a sus hijos, que ella los llevó en su vientre, que tiene un instinto orientado a esa disposición. Se ofrece así como natural lo que es cultural. Llevar a los hijos en el vientre no es una elección (un padre no puede optar por eso), la anatomía no es destino. Y así como para concebir un hijo se necesita de dos seres que aporten en partes iguales ingredientes distintos, también para acompañar esa vida y guiarla hacia su desarrollo, su germinación y su florecimiento como existencia autónoma son necesarios esos mismos aportes, diferentes, complementarios y equitativos. Cuando no ocurre de ese modo, el padre es más un ser imaginario y deseado que real. Y la necesaria y amorosa separación del hijo y la madre (el corte de un cordón umbilical emocional cuya prolongación en el tiempo es tóxica) no se produce. Así, tantos adultos llegan a esa condición con hambre de padre y empacho de madre. Así lloran a padres que hubieran deseado tener y no a los que tuvieron (tan limitados en su radio de acción, tan ausentes en donde eran necesarios, tan presentes en donde se hubiese agradecido mayor flexibilidad).

Cuando los hijos hayan sido de la madre y del padre en todos los aspectos del vínculo alcanzarán a transformarse en individuos con autonomía, recursos y riqueza emocional suficientes como para pertenecerse a sí mismos y agradecer (sin necesidad de regalos costosos e impuestos) a quienes los trajeron a la vida y les ayudaron a convertirse en personas.

2 comentarios:

  1. Muy lindas palabras, muy bueno lo que transmites. Pero... qué hace una madre cuando los padres están "tan limitados en su radio de acción, tan ausentes en donde eran necesarios" y no se produce "el corte de un cordón umbilical emocional cuya prolongación en el tiempo es tóxica"? Lo siento como una nueva responsabilidad para la madre, que debe, además, asumir esta otra función (como le salga). No sé, me rechinó que utilizaras la palabra "tóxica", porque siento que culpabiliza. Y porque luego tampoco hay una "salida" o alternativa para aquellas mujeres que son "mapadres"; y con esto no quiero decir que espero una receta mágica, ni un aplauso, sino simplemente sentir que a pesar de la toxicidad, una madre igual puede salir adelante y criar un hijo "sano". Creo en el autodeterminismo, y por lo que leí en tu blog, vos también. Por eso, acá te escribo. No quiero una receta ni una solución, como ya te dije, pero capaz sí espero algo: un poquito de esperanza, o mejor dicho, un poquito de sentido (del sentido de Frankl)
    Gracias por leerme!

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