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viernes, 12 de abril de 2024

 

El periodismo

 desobediente


Por Sergio Sinay


Fundador del periodismo moderno, Joseph Pulitzer dejó un mensaje para los gobernantes, los lectores y los periodistas de hoy




 

 

El premio Pulitzer otorga prestigio y reconocimiento a los narradores, dramaturgos, ensayistas y periodistas que acceden a él. Fue creado en 1917 y lo gestiona la Universidad de Columbia, en Nueva York. Nació por decisión de Joseph Pulitzer (1847-1911), que así lo dejó manifestado en su testamento. Pulitzer era húngaro, emigró a Estados Unidos en 1864, en plena Guerra de Secesión, y se enroló en el ejército unionista, que ganaría la contienda representando al Norte antiesclavista. Al cabo de la guerra se convirtió, en San Luis Missouri, en reportero del The Westliche Post, diario en lengua alemana, y se afilió al Partido Demócrata. Pero aspiraba a más. Quería su propio diario. En 1883 se mudó a Nueva York y adquirió el matutino The World para crear el infotainment, estilo que combinaba información con entretenimiento. El periódico se hizo popular y fue puntal en la denuncia de la corrupción y la injusticia.

Desde el The World Joseph Pulitzer inició una dura competencia contra el The New York Morning Journal, propiedad de otro magnate de la prensa, William Randolph Hearst. Y como atracción incluyó el color en su diario. Así pudo publicarse The Yellow Kid (El chico amarillo), una historieta surrealista creada por Richard F. Outcault y publicada entre 1895-98, cuyo protagonista se imprimía en esa tonalidad. Allí nació (debido a esa experiencia y a la popularidad y estilo del diario) la denominación de periodismo amarillo. Sin embargo, el ideal periodístico de Pulitzer iba más allá. Veía en la profesión una misión: defender la democracia y los ideales republicanos, elevar el nivel cultural de sus lectores, anticiparse al devenir de la historia y no correr detrás de ella. El texto publicado en mayo de 1904 en la North América Review en el que fundamentaba los propósitos que lo guiaron a fundar la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia sigue siendo ejemplar y merece ser leído no sólo por quienes ejercen el oficio con verdadera vocación, sino también por gobernantes que usan al periodismo como chivo emisario o enemigo de ocasión (por temor, por resentimiento, como castigo por no ser alabados incondicionalmente o por ver desnudado lo que pretenden ocultar). Incluso es una lectura recomendable para la opinión pública.

Acerca de esta dice Pulitzer: “La opinión pública es una entidad variable que a menudo cambia a la velocidad del pensamiento. Por eso es imposible que siempre esté en lo cierto. ¿Era la voz del pueblo la voz de Dios cuando apoyaba la esclavitud en una república dedicada a la libertad?”. Oportuna advertencia para quienes, desde el poder, creen contar con una feligresía eterna e inamovible. La historia los desmiente a cada paso, aunque la ignoren. Los trolls no votan, aunque inunden las redes sociales, y se necesiten pocas personas para crear miles de esos depredadores seriales. Por eso siguen vigentes las palabras de Pulitzer cuando afirmaba que la función y el poder de la prensa “perdurarán en la misma medida en que lo hará la fidelidad de los periódicos a sus principios y a su deber de hacer de la prensa una fuerza ética de la comunidad, sirviendo a la gente y luchando por ella sin temor, sincera, desinteresada y libremente”. Quienes ejercen la profesión en consonancia con esas palabras perduran más allá de tiempos y coyunturas. Más allá, también, de quienes, desde el poder, pretenden modelar la realidad forzándola a ser el reflejo de un pensamiento único, refractario al disenso, al debate, a la diversidad de ideas. “Una opinión pública bien informada será siempre nuestro tribunal de última apelación”, sostenía Pulitzer. Y agregaba que esa apelación “siempre se puede hacer con seguridad contra los errores públicos, la corrupción política, la indiferencia popular o las faltas administrativas”. Cerraba su memorable texto afirmando que el trabajo del periodismo es “difundir inteligencia como el sol difunde luz” y que, si eso se cumple, “la opinión pública hará otro tanto a favor de la justicia en el gobierno, la pureza en la política y valores más altos en los negocios y en la vida social de la nación”. Aun a pesar quienes desean una prensa obediente y que la opinión pública se les rinda incondicionalmente.

jueves, 14 de marzo de 2024

 EQUIDAD, RESPETO Y DIFERENCIA

Sergio Sinay

Una filósofa feminista plantea una nueva e inteligente perspectiva para superar los desencuentros de género en todos los ámbitos de la vida cotidiana





El ingreso de las mujeres a territorios laborales, políticos y sociales que les resultaban ajenos o estaban vedados no es sólo consecuencia de movimientos y luchas feministas, sino también de desarrollos tecnológicos producto de los cuales, especialmente en Occidente, los trabajos que sostienen al capitalismo tardío se hicieron menos dependientes de la fuerza y la destreza física. Entre otros interesantes y muy lúcidos conceptos esto plantea Nina Power en su reciente libro “¿Qué quieren los hombres?”, a mi entender la más amplia, comprensiva y superadora mirada planteada acerca de la controvertida temática de género.

Power es una filósofa y activista feminista británica que aporta con claridad y aguda inteligencia una perspectiva nueva y enriquecedora a una cuestión infestada de intolerancia, fundamentalismos, sesgos, desencuentro, cancelación y, en definitiva, rencor e infelicidad entre unos y otras. ¿Cómo podemos respetarnos, comprendernos y amarnos mutuamente cuando una cultura que nos necesita enfrentados, segmentados y solos para sacar rédito de ello desalienta valores eternos que están en nosotros por encima de cuestiones de género?, se pregunta Power. El sexo existe, somos distintos, pero podemos amar las mismas cosas.

Nuestra cultura está en problemas, afirma y demuestra Power, y trabajar en ello es una tarea convocante para todos. Vivimos en un mundo heterosocial, señala, en el que los sexos se mezclan en todas las áreas de la vida cotidiana, social y ecnómica. El trabajo es una de ellas: ¿cómo deberíamos actuar en este ámbito los hombres y las mujeres para respetarnos diferentes (aspecto que las proclamas igualitarias suelen pretender eliminar o forzar hacia una similitud voluntarista que empobrece a todos) y relacionarnos con equidad en ámbitos cooperativos? Este es un desafío que nace de la muy recomendable lectura de Power. Dejo y comparto aquí el interrogante.

 


jueves, 28 de diciembre de 2023

MÁS ALLÁ DE LO CONOCIDO

 MÁS ALLÁ DE LO CONOCIDO

por Sergio Sinay



Estamos como el astronauta David Borman (interpretado por Keir Dullea) en el alucinante tramo final de “2001, odisea del espacio”, obra maestra del inglés Stanley Kubrick, película que, desde su estreno, en 1968, se abre a significados cada día más amplios y profundos. En ese punto del film Borman está solo ante lo desconocido. Su compañero, Frank Poole, ha muerto asesinado por Hal 9000, la supercomputadora de la nave, que se rebela contra los humanos. Borman la desconecta, la misión llega a su objetivo, Júpiter, pero no se detiene, y ahora va, como reza un subtítulo de la película, más allá del infinito, en donde Borman, quizás el último humano o acaso el primero de una nueva especie, se topará con la revelación de ancestrales misterios existenciales, solo para enfrentarse a otros, nuevos, innombrables.

Así empieza 2024 para nosotros, habitantes de esta Argentina. Vamos más allá del infinito, viviendo una experiencia sin antecedentes locales. Enfrentados a lo desconocido. No hay especialistas en lo desconocido, porque nunca ocurrió. Sin embargo, muchos pretenden conocerlo y lo vaticinan, para bien o para mal. Los que profetizan lo peor parecen gozar con ello, como adictos al morbo. Otros se esperanzan. Otros temen. Otros niegan, se enfurecen, despotrican. ¿Pero por qué no esperar? ¿Por qué no fluir con los hechos, abiertos al acontecer? ¿Por qué no permitirse no saber? Simplemente no saber. Esperar no es ni aprobar ni apoyar. Es admitir que no se sabe.

Sí sabemos de dónde venimos. De la corrupción más abyecta, de la indignidad más obscena, del apagón moral más oscuro. Cualquier chispa de luz encandila cuando se viene de ahí. Entonces, quizás se trate de esperar, no adelantarse, pensar (un ejercicio despreciado, remplazado por la reacción amigdalina, prejuiciosa, que abre atajos sin salida). Esperar, acompasar, contemplar. La contemplación consiste, dice el pensador inglés John Gray, en observar sin interpretar. Y, de paso, volver a ver “2001, odisea del espacio”, esa joya que abre horizontes en mentes y corazones.


lunes, 20 de noviembre de 2023

CUANDO GANA LA DEMOCRACIA

 

CUANDO GANA LA DEMOCRACIA

Por Sergio Sinay




 

Aunque a algunos les cueste aceptarlo, en el balotaje ganó la democracia. Porque como decía Karl Popper (1902-1994) gran filósofo de la ciencia y la política, la democracia es el sistema que permite cambiar a un gobierno (en este caso un régimen) sin derramamiento de sangre. Es, además, decía Popper, el sistema que impide que la acumulación de poder se convierta en dictadura. Este mismo pensador definía a la oligarquía como “el gobierno de unos pocos no tan buenos”.

Hay muchos en el campo de la política, de los medios, de la cultura, de la ciencia, del espectáculo y del deporte que han sido prebendarios (no siempre en dinero, también en especies) de la oligarquía derrotada en el balotaje. Son los que malversaron la idea de democracia pretendiendo imponerle a los ciudadanos, a través de cartas abiertas y de medios cómplices, a quién debían votar y a quién no votar, avasallando así la autonomía de pensamiento y la libertad de elección de los votantes. Una torpe manera de rifar reputación.

Sobre lo que vendrá hay muchos interrogantes. Se irán respondiendo con el tiempo y con acciones. Y las dudas que nos aquejan necesitarán de nuestra presencia, nuestra acción de ciudadanos, nuestras activas acciones de cada día para ser respondidas por cada uno desde donde le toque vivir, trabajar, relacionarse y actuar como ciudadano. Que la democracia siga viva y no vuelva a derivar en oligarquía depende de eso. Este texto no milita por el nuevo gobierno (en tiempos de intolerancia siempre es oportuna la aclaración). Solo celebra el triunfo de la democracia, que le ganó al miedo disparado por la oligarquía que perdió. Porque es sin miedo como se puede sostener a la democracia, este sistema que Winston Churchill definió así: "No es perfecta, pero es mucho mejor que cualquier otra forma de gobierno que haya existido."

lunes, 23 de octubre de 2023

 

EL VOTO ESPEJO

Por Sergio Sinay




 

El voto emocional (guiado por la bronca, el resentimiento, el hartazgo, la tristeza) suele producir frutos amargos tanto para el que vota como para la sociedad. El análisis emocional de los resultados de las elecciones, también. En ambos casos la deserción de la razón deja al potro de la emoción desbocado, sin jinete y corriendo hacia lugares peligrosos. La oferta electoral de este domingo 22 de octubre presentaba candidatos mediocres, o tramposos, o delirantes según cada caso. Ninguno capaz de generar una esperanza sólida, fundamentada, una visión convocante por encima de las diferencias que hay en toda comunidad, ninguno que alentara a desarrollar propósitos individuales y colectivos ciertos y movilizadores. Una campaña larga, opaca, sucia, patética, hecha de bajezas, amenazas, escándalos, corrupción, mentiras y miserables trifulcas internas transcurrió a espaldas de 18 millones de argentinos pobres, de 1 millón y medio de indigentes, de un país sin educación, sin salud, sin seguridad. Nadie habló de eso y la ciudadanía tampoco lo exigió. Finalmente, aunque duela decirlo y escucharlo, las sociedades tienen los dirigentes que producen, que admiten y que se les parecen.

Ahora los ganadores repiten la prepotencia de siempre, la creencia de que mayoría es impunidad, de que las cuentas no se rinden. Y los perdedores aparecen ofendidos, con una cierta actitud moralista que, desde su indignación, les hace creerse por encima de los provisorios ganadores. Y sorprendidos, con una sorpresa un poquito hipócrita (todo hay que decirlo), como si la vida los hubiera traicionado, como si esto hubiera llovido del cielo y sin aviso. Y en realidad surgió de aquí, del territorio que pisamos todos los días, y con aviso. Ninguna sorpresa. La víscera criolla más sensible sigue siendo el bolsillo. En algunos por escasez terminal, en otros por abultamiento. Y al final del día la mayoría de los electores vota con el resentimiento que le provoca el bolsillo vacío o con el miedo producto del bolsillo lleno. Después eso se viste de justificaciones endebles e insostenibles, apoyadas en la emoción. Pero la razón es minoritaria en las elecciones. Cada uno a su manera, los de arriba y los de abajo esperan al mesías, a los reyes magos, a Papá Noel. Y creen verlo llegar en cada elección. Cuando descubren el fiasco ya es tarde, viene el ciclo de la bronca, se ahondan las grietas y se reanuda la espera en la convicción de que la próxima vez será. Los candidatos no caen del cielo, no nacen de repollos. Nacen de la sociedad. Son espejos y el espejo siempre refleja lo que tiene en frente.

lunes, 9 de octubre de 2023

 

¿De qué libertad hablamos?

Por Sergio Sinay


La libertad mal entendida y usada como carnada por populismos autoritarios puede aumentar la desigualdad social




 

La sociedad está integrada por individuos diferentes entre sí, que no pueden ser obligados a participar de proyectos comunes ni a cooperar con otros en función del bien común, porque eso violaría su libertad. Lo de cada uno es de cada uno y toda intervención del Estado para paliar desigualdades sería coercitiva. El Estado debería remitirse pura y únicamente a garantizar la propiedad privada, la seguridad y el derecho de cada persona a hacer lo que le plazca con su vida. Estas son, en una síntesis muy breve, las ideas que contiene Anarquía, Estado y Utopía, un libro que apareció en Estados Unidos en 1974 y se convirtió desde entonces en una especie de biblia del libertarismo, corriente forjada hacia los años 60 del siglo pasado y opuesta al Estado de Bienestar, nacido luego de la Segunda Guerra para paliar la devastación económica, social y moral que la conflagración dejó como saldo en Occidente.

El autor de ese libro es Robert Nozick (1938-2002), filósofo que enseñó en las universidades de Harvard, Columbia, Princeton y Oxford. En un principio de su carrera adhirió a lo que se conoció como Nueva Izquierda, aunque su posterior encuentro con las ideas de la Escuela Austriaca, nacida en Viena a comienzos del siglo veinte, lo impulsó a virar sus puntos de vista y terminó siendo un ícono de los movimientos de derecha ultraliberales y conservadores, adoradores del mercado y denigradores del Estado y de sus funciones sociales. Economistas como los austriacos Ludwig von Mises (1881-1973) y Friedrich Hayek (1899-1992) y el estadounidense Milton Friedman (1912-2006), y estadistas como Margaret Thatcher y Ronald Reagan, por citar algunos nombres, son representativos de esas ideas.


Mercado libre

Aunque Nozick se mostró posteriormente disconforme con varias de sus propias ideas, las que en el libro están desarrolladas de un modo a menudo complejo y oscuro, sus revisiones no tuvieron la misma repercusión que aquella obra y el libertarismo sigue abrevando en ella. Como lo define Michael J. Sandel (uno de los más respetados filósofos políticos de hoy) en su imprescindible libro Justicia, ¿hacemos lo que debemos?, el credo libertario puede sintetizarse así: Soy el dueño de mí mismo. Si soy mi dueño soy el dueño de mi trabajo y tengo derecho a quedarme con el 100% del fruto de él, porque si cedo parte de ese fruto a otro (el Estado, por ejemplo) este se convertiría en mi dueño. Como soy el dueño de mí mismo puedo hacer con mi persona lo que yo quiera, siempre que no perjudique a otros.

Cuando en una sociedad existe una marcada desigualdad la libertad termina siendo simplemente libertad de mercado, y los más libres son los que más tienen. Si se dispone de menos recursos hay menos margen de elección y, en palabras de Sandel, “el libre mercado, para quienes no tienen mucho donde elegir, no es tan libre”.

En su análisis crítico del libertarismo Sandel pone ejemplos como el del alquiler de vientres, la compraventa de niños, la venta de órganos o los ejércitos privados. Alquilar un vientre, dice, es un lujo que los pobres no se pueden dar. Y quienes alquilan sus vientres no lo hacen por mero ejercicio de su libertad, sino por necesidad económica. A su vez quien vende un órgano tampoco lo hace como un ejercicio de su libertad, sino como recurso desesperado de supervivencia. Nuevamente, ningún rico vendería un órgano, pero sí un pobre extremo. Si, ejerciendo la libertad de protegerse, quienes cuentan con recursos arman sus propios ejércitos privados, viviríamos rodeados de ejércitos de mercenarios, que no estarían al servicio de una bandera o una causa, sino de intereses particulares. Sus integrantes serían, como los órganos o los vientres, mercancías sujetas a la posibilidad de ser compradas o vendidas.


Libertad desigual

El autor de Justicia, ¿hacemos lo que debemos? vincula de esta manera la libertad de mercado, preponderante en la visión libertaria, con la moral. Al priorizar de una manera acrítica la libertad como un fenómeno abstracto, desligado de connotaciones sociales, se incentiva el utilitarismo, el egoísmo, la indiferencia por el destino colectivo, las visiones comunes y se va en contra de la naturaleza de los humanos como seres sociales que se necesitan mutuamente (no única y necesariamente para transacciones de mercado).

Como advierte con razón Sandel, no todo en la vida se puede medir por su beneficio económico o su valor de uso, por mucho que se mencione para ello a la libertad. Las personas se respetan, los objetos se usan y no todo se puede comprar, aun en un mercado libre.

Gritar “Viva la libertad, carajo” puede sonar atractivo y atraer multitudes justificadamente hartas de la desigualdad, de la injusticia, del deterioro social y de la pérdida de sueños y proyectos. Pero seguir ese grito atraídos por su sonido, sin averiguar de qué libertad se habla y cuáles son sus parámetros morales, encierra un riesgo grave. Hay llamados a la libertad confusos y engañosos que solo conducen a mayor desigualdad, menor empatía social y menor solidaridad.

lunes, 1 de mayo de 2023

 

Cooperar o agrietarse


Por Sergio Sinay





 

Charles Darwin, el célebre naturalista inglés que en el siglo diecinueve revolucionó y transformó el paradigma sobre la evolución con su libro El origen de las especies, señaló que la necesidad de cercanía y pertenencia son un instinto prioritario en nuestra especie. Para él aquellos dos atributos se anteponen a la agresividad. Ésta y el miedo aparecen como reacción contra lo que amenaza la vida. Según Darwin, el objetivo inicial del ser humano en el planeta es el de cooperar para vivir.

Para lograr este propósito cada humano necesita de sus congéneres. No sobrevive en la soledad absoluta, del mismo modo que una planta no sobrevive sin riego. Nos regamos con nuestra mutua presencia. Es imposible pensar en valores esenciales como la sinceridad, la confianza, la honestidad, la empatía, la generosidad o la responsabilidad sin la presencia de otro. Se manifiestan siempre hacia y desde otro, si no se expresan en una interacción y en una relación pierden sentido, dejan de existir. Lo mismo ocurre con el amor. Esto es tan obvio y natural que no pensamos en ello y olvidamos que se trata de un hecho constitutivo de la existencia.


La palabra primordial

Solo podemos ser a partir de vincularnos. Como afirmó Martín Buber (1878-1965), filósofo existencialista israelí nacido en Austria, no hay un yo sin un tú. En su esencial ensayo titulado precisamente “Yo y Tú”, Buber señala que no se trata de dos términos, sino de una sola palabra, a la que llama “palabra primordial” por considerarla fundadora de la experiencia humana. Soy en relación con otro. Soy en tanto, ante mí, otro es. Y llegados a este punto, todos los vínculos imaginables y posibles entre los más de 8 mil millones de humanos que poblamos la Tierra, así se trate de vínculos íntimos y privados hasta públicos y colectivos, serán siempre relaciones entre seres diferentes. Entre individuos únicos. Desde que hubo dos humanos en la superficie del planeta ha sido siempre así y así siempre será.


“Ellos” y “Nosotros”

 Si bien las similitudes nos acercan, facilitan las elecciones entre unos y otros y nos permiten reconocernos como congéneres, hay más diferencias que semejanzas entre todos nosotros. Es lógico y natural. Por eso cada uno es original y único. Y en las diferencias se basa el potencial de todo vínculo, porque lejos de restar suman. Ningún individuo es completo y autosuficiente, a todos nos falta algo que otro tiene, todos tenemos algo que a otro le falta.

Cuando se pierde la capacidad de pensar (un don humano poco apreciado en la práctica) dejamos de comprender y apreciar el valor de las diferencias. Vemos lo distinto en el otro como una amenaza, como un obstáculo. Solo confiamos en quienes piensan como nosotros, en quienes tienen nuestros mismos gustos, en quienes ven todo del mismo color en que lo vemos. Y creamos con ellos una tribu en la que solo pueden entrar los semejantes. Todos los demás son adversarios o enemigos. El mundo se divide a partir de ahí en “ellos” y “nosotros”. En “nosotros” contra “ellos”. “Nosotros”, por supuesto, somos mejores que ellos, las virtudes son propias, los defectos son ajenos. Así será hasta que, dado que no hay dos seres humanos iguales, descubramos que también entre nosotros hay diferencias y comiencen los enfrentamientos dentro de la tribu.


Diferencias y diferencias

Esto no es otra cosa que la génesis de las grietas. Y puede verificarse, como de hecho ocurre, en todos los órdenes de la vida en sociedad. Las grietas no son solo políticas, las hay en el deporte, en la economía, en las organizaciones, en las familias, en los grupos de trabajo, en las universidades, entre profesionales y trabajadores de un mismo ámbito, hay grietas de género, de nacionalidad, de religión, de raza. Se da hoy la patética ironía de que, en una era en que se habla hasta por los codos de globalización y se la presenta como la panacea universal, vivimos en un mundo fragmentado y agrietado por donde se lo mire.

En su libro El cerebro moral la filósofa canadiense Patricia Churchland, autoridad en el campo de la neurofilosofía (disciplina que cruza la filosofía con la neurociencia) advierte que cuanto más crecen los grupos sociales y cuanto más complejas se hacen su organización y sus interacciones, más difíciles de resolver son los problemas que se presentan, y que precisamente por ese motivo resultan más necesarias la cooperación, la confianza, la búsqueda de propósitos comunes, el establecimiento de códigos y normas de convivencia y de relación y el respeto de estos.

Nada de esto quita que no todas las diferencias son conciliables. Las de valores no admiten concordancia, y quien la proponga erra el camino en nombre de una “corrección” o un “buenismo” estériles. Pero salvo las diferencias de valores (o las que nacen de la intolerancia religiosa), las hay que son naturalmente complementarias y otras, acaso las más numerosas, que, aunque no se complementen naturalmente, entregan una rica materia prima para construir relaciones sólidas, con cimientos firmes. Son las diferencias abordables, aquellas en las que se aprende a dar para recibir, a resignar para engrandecer, a escuchar y mirar para comprender. Las que, aceptadas, se convierten en puentes para atravesar grietas.

(Este artículo es una síntesis de la columna Cómo abrir y cerrar grietas, que publiqué en el diario El Día, de La Plata, el 30/4/2023)

sábado, 15 de abril de 2023

 

Mentirosos

Por Sergio Sinay




 

 

Todos mienten. Dicen una cosa y hacen otra. Emiten una promesa y la incumplen. Expresan algo hoy y lo contrario mañana. Reniegan de su pasado como si no lo tuvieran. Si se les pone delante de las narices las evidencias de sus mentiras (en forma de textos, fotos, audios, videos, documentos que llevan su firma) lo niegan y, en el último de los casos, dicen, sin que se les mueva una pestaña ni les aparezca un asomo de rubor, que fueron sacados de contexto. Sean presidente, vicepresidenta, ministro de economía, vocera presidencial, jefe de gabinete, canciller, diputados, o se trate del cargo o la función que se tratase, mienten. Cuanto más ambiciosos (por ejemplo, si van detrás de una candidatura) más mentirosos. Cuanto más desesperados (por ejemplo, en el final de sus penosas gestiones o si huelen la sombra de la Justicia), más mentirosos. Y siempre negadores de lo evidente.

Acaso nunca hayan mentido tanto y tan burdamente como ahora, en el ocaso de una experiencia monstruosa, que nació hace cuatro años y fue calificada, incluso por quienes hoy olvidan u ocultan haberlo hecho, como una genial maniobra política, cuando fue en realidad otra torpeza de quien siempre eligió mal. Pero siempre mienten. Y, más allá de la indignación a menudo impotente que generan en grandes sectores de la sociedad, terminan por imponer la mentira como única verdad. Al menos para ellos se naturaliza de tal manera, es hasta tal punto su modo de vivir, que termina por ser la única verdad.

En el libro Por qué mentimos (cuyo título original en inglés es The honest truth about dishonesty) el estadounidense Dan Ariely, criado y educado en Israel, psicólogo conductual especializado en economía del comportamiento y premio Nobel de Medicina 2008, ofrece algunas pistas para comprender, aunque jamás justificar, este tipo de comportamiento. Una cosa es irritarse por fraudes y mentiras menores a cargo de personas en definitiva irrelevantes, dice Ariely, y otra es la institucionalización del fraude a escala mayor. Este es posible, señala, cuando unos pocos con información y poder privilegiado se desvían de la norma y contagian a los de a su alrededor, quienes además contagian a otros hasta que en un tiempo relativamente breve todos quienes actúan así empiezan a considerar adecuada sus propias conductas. Tan adecuadas y normales les parece, cabe agregar, que cuando alguien se las señala como fraudulentas son capaces de ofenderse.

Para ilustrar hasta qué punto estas conductas se naturalizan entre los mentirosos y fraudulentos, Ariely cita el caso de Peter Sessions, congresista republicano por Texas, quien preguntado por las decenas de miles de dólares pertenecientes al fisco que perdió en el casino Forty Deuce, de Las Vegas, respondió: “Para mí ya no es fácil saber qué es normal”. Dejemos de lado la anomalía psíquica que sugiere la pérdida de contacto con la realidad, un delirio que suele ser habitual en casos de ambición desbordada, e imaginemos qué respondería, en un raro caso de sinceridad, alguno de nuestros numerosos embusteros y fraudulentos si tuviera que dar cuenta de sus trapisondas. Posiblemente lo mismo que Peter Sessions. Y, una vez más, esto no lo justificaría.

Ariely advierte que cuando el fraude y la mentira se instalan como única verdad en un determinado ámbito la propagación del virus es tan veloz y extendida que ya no importan las diferentes ideologías o los distintos orígenes de los infectados, y estos, aunque en apariencia se digan opuestos o adversarios entre sí, son mucho más parecidos de lo que se piensa. En el caso de la política, señala, esto crea las condiciones bajo las cuales la conducta poco ética de cualquier mentiroso o fraudulento traspasa las fronteras de su partido e influye en otros con independencia de su filiación. 

Cuando aparece el fantasma de la deshonestidad, afirma el autor de Por qué mentimos, nace también el autoengaño, y los deshonestos (sea su deshonestidad moral o económica) se dan excusas para crearse una opinión positiva sobre sí mismos. Escuchémoslos hablar, veámoslos actuar, y todo quedará confirmado.

(Publicado originalmente en Perfil el 2 de abril de 2023)

martes, 17 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Lo imperdonable

Por Sergio Sinay





 

Mucho se habló esta semana de pedir perdón. Quien se supone que debía pedirlo, no lo hizo. Encontró uno y mil subterfugios para evadir esa palabra, desde usar a su propia mujer como escudo humano hasta tratar de miserables a quienes lo enfrentaban con la consecuencia de sus acciones. “No ocultamos nada”, dijo después de haber escondido durante más de un año la acción que terminó de definir lo que sus palabras y sus actos ya venían denunciando. Que la mentira, la tergiversación y la deslealtad son normas en su conducta.

Que se pida perdón no significa que este sea otorgado. Sin perdón, dice Hanna Arendt en La condición humana, las relaciones humanas serían imposibles, quedarían estancadas en las consecuencias de un acto. Pero, señala la filósofa alemana, no hay acto por pequeño que sea que no tenga consecuencias. Y afirma que no se perdona lo que no se puede castigar, y no se puede castigar lo imperdonable. Cuando hubo tanta muerte, tanta mentira y tanta perversión pedir perdón sería una hipocresía más. Y ni aun así lo pidió.

miércoles, 11 de agosto de 2021

 

Reflexión de la semana

Una buena

Por Sergio Sinay




 


Una buena. Lionel Messi consiguió rápidamente trabajo tras quedar cesante en el Barcelona. No son tiempos para ser un desocupado, y menos con hijos chicos y una familia por mantener. Al menos a uno le fue bien mientras otros miles siguen perdiendo sus empleos, sus comercios, sus emprendimientos, sus proyectos, sus empresas, y tantos miles pierden sus vidas debido en buena medida a que, mientras “la muerte nos rodeaba” (como vino a descubrir ahora el presidente en una nueva demostración de cinismo y de oportunismo electoralista), se postergaba la compra del antídoto por obscenas especulaciones políticas o se usaban los pocos que había para vacunar a amantes, familiares y cómplices. “Argentina te cuida” reza la propaganda electoral oficialista. En la Neolengua al estilo 1984 de Orwell, eso significa, como muestran los hechos, “te descuida” y “te abandona”. Pero ahí está Messi en todas las pantallas, en todas las primeras planas, noche y día. Consiguió trabajo. Bravo. Una preocupación menos en medio de tanto dolor.

martes, 27 de julio de 2021

 

Reflexión de la semana

Mintiendo por un voto

Por Sergio Sinay





 

Empezó la temporada de caza electoral. Cualquier trampa, cualquier artimaña, cualquier mentira, cualquier falsa promesa, cualquier traición es válida para atrapar un voto. Besarán chicos (vieja, patética e inmoral foto que se repite en cada campaña), abrazarán jubilados (ídem a lo anterior), se tirarán con carpetazos, desplegarán toda sus bajezas y sus miserias morales hasta raspar el fondo de la olla. Cada uno lo hará a su manera, con su estilo, pero ninguno quedará afuera. Ni los veteranos de esta gimnasia siniestra, ni los recién llegados, los “outsiders”, vestidos de aparente pureza, que quieren mostrarse vírgenes, pero ya exhiben las mañas. Mencionarán una y mil veces al “pueblo”, a la “patria”, a la “gente”, prometerán lo que ya prometieron hasta el hartazgo y jamás cumplieron. Cazadores furtivos en tiempos de veda, cazadores impiadosos cuando la temporada se habilita, como ahora. Responsables eternos, repetidos, clonados de que, gracias a ellos, haya por lo menos tres especies en extinción: la honestidad, la esperanza y el porvenir.  

martes, 1 de diciembre de 2020

 

La mansedumbre social

Por Sergio Sinay





 

 

¿Por qué motivo animales y personas permanecen pasivos, sin reacción, ante situaciones adversas, dolorosas, generadoras de intenso sufrimiento? Esta pregunta acosaba durante los años 70 a Martin Seligman, docente e investigador de la Universidad de Pennsylvania, que presidió la American Psychologist Association (Asociación Americana de Psicología), desde donde impulsó la corriente conocida como psicología positiva. Seligman se propuso investigar aquel fenómeno, y sus conclusiones lo llevaron a plantear el Síndrome de Indefensión Aprendida (o Adquirida). Se trata de un síntoma psíquico y emocional que se presenta en quienes, sometidos reiteradamente a situaciones abusivas o agresivas, adquieren la sensación de que no hay defensa posible y se someten dócil y mansamente a la repetición del maltrato. Se puede arribar a esa posición ya sea por haber intentado defensas disfuncionales, que no surtieron efecto, o por haber recibido promesas de recompensas que, de todas maneras, no fueron tales o no se cumplieron. Seligman vio un nexo entre este Síndrome y la depresión. La Indefensión Aprendida puede ser preámbulo de la depresión o fruto de ella.


¿CUÁL ES EL LÍMITE?

Cabe tomar el interrogante inicial y ampliarlo, aplicándolo a una sociedad. ¿Cuántas veces puede una sociedad ser engañada, maltratada por sus gobernantes, despojada de sueños y proyectos, obligada a vivir en un ámbito carente de justicia y en donde Constitución e instituciones republicanas son meras fachadas sin contenido? ¿Durante cuánto tiempo puede aceptar que derechos básicos, como la salud, la educación, la seguridad, el alimento, la justicia le sean negados o presentados como migajas asistencialistas? ¿Durante cuánto tiempo puede esa sociedad agradecer a sus maltratadores por las postergaciones y falacias a las que es sometida? ¿Cuál es el punto en el cual desiste de la dignidad y la remplaza por el conformismo? ¿En qué grado de maltrato la indefensión la lleva a admitir que cada generación viva peor que la anterior, y a resignarse a una vida vegetativa, sin aspirar a la búsqueda de un sentido existencial?

Seligman y quienes estudiaron desde entonces los aspectos del Síndrome de Indefensión Aprendida detectaron que este se establece y echa raíces en la medida en que el abuso y el maltrato se naturalizan. Entonces se asume la convicción de que “las cosas son así”, de que no van a cambiar y de que no vale la pena enfrentarlas para transformarlas. Que eso solo significaría más maltrato, más dolor, más frustración.

El filósofo, ensayista y activista social Franco “Bifo” Berardi sostiene en su vibrante ensayo titulado Futurabilidad que el cuerpo conjuntivo de las sociedades (en el que había espacios físicos concretos donde se interactuaba y se generaban valores como la solidaridad social y la empatía, impulsores a su vez de sueños y acciones colectivas) ha sido remplazado por un cuerpo conectivo. Todos tecnológicamente conectados en un enjambre virtual, a distancia, bajo una mera apariencia de comunicación que no es tal y que elimina toda acción conjunta, toda presencia real de los cuerpos y de su potencia transformadora. El desmembramiento del cuerpo conjuntivo (ahora fragmentado en lo conectivo), sumado a la precarización devastadora del trabajo, anulan la capacidad de rebelión, dice Berardi, y la reducen a simples e inoperantes ataques de ira. Espasmos sin trascendencia. Durante la presente era del capitalismo financiero no se puede concentrar la lucha por la dignidad humana enfrentando a un centro físico de dominación, porque no hay tal centro físico. El poder está en esa nube intangible llamada mercados. Allí donde la promesa incierta de una vacuna (sin pruebas científicas reales que la sustenten) genera euforia, subas en las acciones de la siempre oportunista industria farmacéutica, nuevos millonarios y patética credibilidad de los gobiernos, mientras las personas de carne y hueso (no “la gente”, esa abstracción) siguen muriendo y perdiendo trabajos y futuros.


CHISPAZOS, NADA MÁS

De la civilización industrial se pasó a la civilización digital, advierte Berardi. Y en esta, aunque se hable de “pueblo”, “masas” o entelequias similares, ya no hay tal cosa. Lo que quedan son átomos dispersos. Fragmentos que, salvo esporádicos ataques de ira (que pueden vincularse a Vicentín, a jueces desplazados, a libertades abstractas e individualistas, pero nunca al hambre, la educación o cuestiones que trasciendan la coyuntura), jamás se articulan en acciones conjuntivas que signifiquen una real reacción ante el maltrato y la indignidad, o que permitan vislumbrar proyectos de convivencia colectiva que enciendan la esperanza. Cuando calma el pequeño brote vuelven la desesperanza, la mansedumbre y la indefensión. Vuelven el maltrato cotidiano, las mentiras y las promesas falsas del maltratador. En su clásico El acoso moral, la psiquiatra francesa Marie-France Irigoyen decía que, para salir del estrés, la confusión, la depresión y el miedo que provoca el maltrato (todo esto presente hoy en la sociedad) es necesario identificar al abusador, llamar a las cosas por su nombre y actuar, saliendo del lugar pasivo de la presa. Es decir, desaprendiendo la indefensión. He aquí una asignatura pendiente.

viernes, 28 de agosto de 2020


Crónicas de la peste (19)

Encuentros que inmunizan

Por Sergio Sinay


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Aunque se haya dicho y repetido miles de veces, cabe recordarlo. Los humanos somos seres sociales por naturaleza. De tal condición nace la moral, ese conjunto de normas que, a través de nuestra historia y nuestra evolución, acordamos y cumplimos para garantizar nuestra supervivencia como individuos y como especie. Esas normas pasan a formar parte del inconsciente colectivo y nos dicen qué se debería hacer y qué no. El filósofo Bernard Gert (1934-2011), referente en este tema, define a la moral, en la Enciclopedia Standford de Filosofía, como “un código de conducta que, debido a sus condiciones específicas, sería defendido por todas las personas racionales”. Hay, pues, una estrecha relación entre moral y razón.
Porque somos sociales necesitamos congregarnos y vivir juntos en tribus, familias, comunidades, sociedades. Y porque somos racionales comprendemos que esto sería imposible si no acordáramos no matar, no robar, no mentir, respetar, cooperar. La capacidad de razonar es fruto de la evolución de nuestro cerebro, desde el primitivo y reptílico que compartimos con las demás especies, hasta el desarrollo del neocórtex y los lóbulos prefrontales que nos permiten evaluar, comparar, imaginar, cuestionar, investigar, dudar, elaborar ideas complejas. Es decir, pensar. Empleamos este atributo ante la normativa moral.
Ser agente moral, lo que equivale a cumplir y respetar la normativa y sus valores, es una elección. Hay quienes eligen no hacerlo. Allí aparece la ética. Mientras la moral dice lo que se debe (en virtud de la preservación de la comunidad humana), la ética muestra lo que cada individuo elige. Hay quienes eligen actuar moralmente y quienes no. Pero nadie deja de tener una ética. Lo que resta observar es si esta se alinea con la moral o se desvía respecto de ella.

SOCIALES Y FRÁGILES
Estas disquisiciones derivan de la primera afirmación. Somos sociales por naturaleza. La misma naturaleza que nos hace frágiles y vulnerables nos impulsa a agruparnos, a cuidarnos, a cooperar. Mientras hacemos esto, que nos permite sobrevivir y desarrollar las potencialidades propias de cada uno, vamos dejando vestigios de nuestra existencia a través de lo que se llama cultura y civilización, fenómenos que cobran diferentes formas y manifestaciones.
Sobre nuestra sociabilidad la filósofa canadiense Patricia Churchland, reconocida autoridad en cuestiones de ética médica y de neuro ética, señala algunos aspectos muy interesantes en su libro “El cerebro moral”. Según Churchland, en tanto animales sociales y vulnerables el aislamiento es el peor castigo que se nos puede inferir. Necesitamos presencia y cercanía de nuestros semejantes. Nos necesitamos mutuamente para sobrevivir. En los mamíferos altamente sociales, como nuestro caso, quienes se valen de la cooperación y de la interrelación para hacer trampas o para sacar beneficios propios a costa de los demás, suelen terminar siendo rechazados, apartados y confinados. Y en esas condiciones aparece toda su vulnerabilidad.
En un principio, explica Churchland, nos apegamos a los nuestros, el grupo más cercano y conocido en cuanto a pertenencia, y es allí donde cuidamos y somos cuidados. Pero en la medida en que nos desarrollamos y evolucionamos y pasamos a participar en grupos más grandes y complejos, también desarrollamos nuestra capacidad de cuidado extendiéndola a otros. Esto es parte esencial de lo que se conoce como habilidades sociales. El perfeccionamiento de herramientas para la convivencia desde la diversidad, la capacidad para crear y formar parte de redes, la construcción de puentes de confianza.
En nuestra condición de seres sociales la consolidación y práctica de esas habilidades y capacidades no son ni relativas ni optativas. Se trata, en realidad, de una necesidad esencial de orden superior, es decir que trasciende a las necesidades básicas de supervivencia, como son la de comer, beber, dormir o contar con techo y abrigo. Como ocurre con toda necesidad, cuando no es atendida y satisfecha comienza a manifestarse de manera disfuncional. Está presente, se hace oír. Y es imposible acallarla con filminas y mensajes atemorizantes.
Quizás todo esto explique por qué, alcanzada ya una extensión que la convierte en la más larga del mundo (y con frutos cada día más escasos y discutibles), la cuarentena aplicada al AMBA resulta cada vez más difícil de cumplir y controlar. Y por qué la pretensión de legislar por decreto sobre la intimidad de los hogares, prohibiendo las pequeñas reuniones familiares, es un dislate que solo puede estimular transgresiones, más aún cuando se quiere aplicarla en el momento de mayor hartazgo y desgaste emocional. Como si algo no estuviera del todo bien en el área prefrontal del cerebro de quienes propusieron y avalaron el decreto, área en la que, como explica la doctora Churchland, se consolidan las estructuras emocionales y se produce la inteligencia social.  En su libro, ella define a la CPF (Corteza Pre Frontal) como el órgano de la civilización. Por lo demás, afirma esta autora, las jerarquías que pretenden imponerse por la fuerza (física o simbólica, como es el caso de los decretos seriales), inhiben la cooperación y sólo intimidan, haciendo más débiles a los débiles y más desafiantes a los transgresores.

EL CONTACTO NECESARIO
Tanto los aislamientos prolongados, como los confinamientos y los encierros debilitan las capacidades que son esenciales para la supervivencia y la convivencia de los mamíferos sociales, cuya máxima expresión evolutiva somos los humanos. En esos estados no solo aparecen y se extienden manifestaciones anímicas como la ansiedad, la angustia, el miedo o la tristeza, sino que se hacen epidémicas ciertas patologías psíquicas como la depresión o el pánico. Por mucho uso que se haga de la tecnología de conexión (celulares, computadoras) y de sus contenidos (redes sociales, portales de noticias, buscadores) estas actuarán siempre como analgésicos, pero nunca suplirán a la verdadera comunicación, que es la de la presencia, el contacto, el abrazo, la palmada, la voz natural (no mediatizada por micrófonos o audífonos), la mirada. Así como ver videos de personas desaparecidas no las trae de vuelta, el contacto a través de pantallas no corporiza a aquellos con quienes nos conectamos. En ese contexto, impedir el encuentro entre seres queridos, efectuado en ámbitos íntimos y en condiciones de seguridad, revela otra vez, como se viene insistiendo en esta columna, una pronunciada ausencia de inteligencia emocional. Más aún si se le agrega un galimatías como el expresado por la viceministra de Salud de la Nación al decir que lo que ahora se prohíbe nunca estuvo autorizado. Ni Fidel Pintos en su momento ni Cantinflas en el suyo lo hubieran expresado mejor.
Compartir tiempo y espacio con seres queridos (en tanto criaturas racionales sabemos y podemos hacerlo con inteligencia y responsabilidad) en una intimidad que no comprometa a terceros (y que no estimule la delación de estos si es que esta vocación les surgiera), aviva el afecto y fortalece, desde lo emocional, al sistema inmunológico. Se extraña la presencia de expertos que, más allá de estadísticas y protocolos, conozcan las complejas tramas y necesidades del alma humana.

miércoles, 8 de julio de 2020


Crónicas de la peste (16)

Sobre el vuelo de los patos

Por Sergio Sinay


Silbón, Pato, Aves De Agua, Animales

Una cosa es mandar y otra cosa es liderar. Los jefes mandan. Los líderes guían. El jefe puede obtener obediencia y hacer que se cumplan sus órdenes a través del miedo. Los líderes convencen, argumentan, comunican con claridad y sensatez, honrando el valor de la palabra y sosteniéndola con el ejemplo. Donde los jefes a menudo despliegan autoritarismo, los líderes recogen autoridad. La autoridad es un punto de llegada tras un camino compartido, en el cual el líder demostró integridad, coherencia entre sus dichos y sus hechos, valores convertidos en conductas, empatía, capacidad de escucha. El autoritarismo es una prótesis que viene a remplazar la carencia de todos aquellos atributos que conducen a la autoridad. La autoridad echa raíces y crece desde abajo, el autoritarismo se impone desde arriba, sin cimientos. Autoridad es respeto. Autoritarismo es miedo.
Cualquiera puede sostener el timón cuando el mar está en calma, decía Publilio Siro en el siglo I antes de Cristo. Se trataba de un hombre nacido en Siria, esclavizado en Roma y liberado y educado por su amo, que premió así el talento que veía en él. Publilio se convertiría en un afamado escritor y orador, del que solo queda un tomo de sentencias. La del timón aplica bien en estos tiempos complejos para el mundo, en el que saltan dramáticamente a la vista la ausencia de líderes y el exceso de jefes desorientados, asustados, ofuscados, obnubilados o extraviados. Contando con los dedos de una mano apenas se encuentra a la consecuente Ángela Merkel, canciller alemana, a Jacinda Arden (primera ministra de Nueva Zelanda) y a Katrín Jakobsdóttir (primera ministra de Islandia) como líderes que, en mares tormentosos, supieron mantener el rumbo, generar confianza, apaciguar paranoias, inspirar rumbos. Las une, en países distintos, con especificidades diferentes, un mismo gen estadista.
Estadista es quien, en su manera de gobernar, articula diferencias sin negarlas ni descalificarlas y genera consensos como consecuencia de inspirar en la sociedad un propósito convocante. El estadista, además de mantener como guía el bien y los intereses comunes, no gobierna con la meta de las próximas elecciones o de poner al Estado a su servicio y al de sus familiares, sus socios y sus cómplices. Lo hace con una visión trascendente. No solo llama a marchar en un sentido (como dirección), sino hacia un sentido (como anhelo existencial). Todo esto falta hoy, mientras sobran los que son simples gestores de la función presidencial o ministerial. Personajes grises, chatos, de mínimo espesor moral e intelectual, especuladores, manipuladores, algunos delirantes, otros autoritarios, la gran mayoría de ellos militantes marxistas de la línea Groucho: hoy tienen unos principios, pero si no te gustan los cambian por otros.
Napoleón Bonaparte afirmaba que un líder es un vendedor de esperanza. En estos días y en estas circunstancias sobran los vendedores de desesperanza, de miedo, de paranoia, de amenazas, de indecisión. Cuando Winston Churchill prometió a los ingleses solo sangre, sudor y lágrimas, lo hizo después de haber tenido contacto real con los ciudadanos, después de haberse codeado con ellos (no con otros políticos en busca de transas miserables) y lo hizo a cambio de una visión y una esperanza: la libertad, la vida. No la supervivencia gris, deprimente, agobiante, sin horizonte. Hoy no hay promesa ni esperanza, solo amenaza. Quien sale a correr, a “ver vidrieras” (¿vidrieras de negocios definitivamente cerrados o quebrados?), a visitar a un hijo, un padre o un nieto, a ganar un peso para comer o para pagar impuestos que a la hora de la hora no fueron a fortalecer el sistema sanitario, quien sale, en fin, a respirar un poco de vida lo hace amenazado por un jefe iracundo.  Lo hace en un escenario desierto de liderazgo. Triste consuelo pensar que, al menos en esa carencia, estamos a la altura del resto del mundo. Según un proverbio chino, “los patos siguen al líder de su parvada por la forma de su vuelo y no por la fuerza de su graznido”. Hoy nos atruenan los graznidos desafinados y el vuelo es bajo y torpe.

domingo, 7 de junio de 2020



Crónicas de la peste (13)

La peligrosa política del miedo

Por Sergio Sinay


 La Guerra, Refugiados, Los Niños, Ayuda, Sufrimiento

“Ustedes tengan miedo, nosotros haremos el resto”. Dirigida de gobernantes a gobernados, esta consigna define al miedo como herramienta esencial en el ejercicio contemporáneo de la gobernanza. Así lo resumió Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College y en el Centro de Graduados de la Universidad de Nueva York, durante un debate sostenido en 2014 en el Instituto de Estudios Políticos de Lyon, Francia. El otro participante del debate fue el historiador Patrick Boucheron, del Collège de France, cuya obra se ha centrado en dos temas: la Edad Media y el papel del miedo en la historia humana. La conversación entre Robin y Boucheron fue recogida en el libro “El miedo: historia y usos políticos de una emoción”, con un sustancioso prólogo de Renaud Payre, director del Instituto lionés.
Las ricas ideas de aquel encuentro adquieren un enorme poder revelador en tiempo de pandemias y cuarentenas. Desde el 11 de septiembre de 2001 el miedo se instaló en el campo político, señala Payre, y se inscribe de forma duradera en nuestras sociedades. Junto a otras emociones resulta fundamental en el ejercicio del gobierno. Más aun cuando el propio gobernante lo incentiva para presentarse luego como el garante de la seguridad, y orienta de esa manera las conductas colectivas. El miedo, manipulado con astucia, se convierte en ingrediente del poder. Un buen gobierno no se define ya por sus sensatos principios, por su capacidad de ordenar armoniosamente los naturales desacuerdos sociales, por generar visiones comunes y convocantes, por diseñar la posibilidad de un porvenir en el que cada ciudadano pueda realizar sus potencialidades, sino por su habilidad para suscitar el miedo y, al mismo tiempo, manifestarse capaz de calmarlo. Esto es decisivo. Aquí radica el secreto de lograr desde el gobierno la servidumbre voluntaria de los gobernados, un fenómeno descrito ya en 1548 (y publicado como libro en 1572 a instancias del gran Michel de Montaigne) por el magistrado francés Étienne de La Boétie. En términos contemporáneos se puede advertir que la servidumbre voluntaria incluye también a numerosos intelectuales, medios, comunicadores, científicos y políticos (además de variopintos ejemplares de esa especie llamada “famosos”).
El miedo es una emoción humana natural y se deposita en lo desconocido y en lo que no ocurrió pero podría ocurrir (y ocurrirme). Cuando lo temido sucede, si es que sucede, el miedo deja paso a otras emociones o se transforma en acciones. En sí no es una emoción negativa, pero, como ocurre con todas las emociones, hay formas negativas de expresarlo o gestionarlo. El problema no es el miedo, sino su manipulación, la conversión de lo temido en un fantasma, en una posibilidad indemostrable, pero permanentemente anunciada mediante afirmaciones, cifras, estadísticas siempre cuestionables y veladas amenazas. Como recuerda Renaud Payre, es una reacción emocional que, manipulada políticamente, puede llevar a comportamientos colectivos catastróficos. La política del miedo es un arma de doble filo, porque puede resultar eficaz durante un tiempo (incluso un tiempo relativamente prolongado), pero hay un punto en el cual la conciencia de muchos individuos se sobrepone de modo resiliente a la sumisión, no admite vivir permanentemente a la sombra del temor, lo que significaría simplemente sobrevivir sin horizontes existenciales, y crea otras alternativas. La servidumbre voluntaria, hija dilecta del miedo, es posible cuando se anulan el entendimiento y el pensamiento crítico.
En el encuentro de Lyon, Patrick Boucheron recordó que a lo largo de la historia prevaleció en los gobernantes un lema: hacer temer en lugar de hacer creer. Hacer temer, insistió, es una manera de impedir que se piense y se comprenda, “y esa es seguramente la mejor forma de hacerse obedecer”. La política del miedo tiene dos variables. La vertical, basada en las desigualdades y las jerarquías sociales, y la horizontal, fundada en el temor a algo que viene de afuera, una amenaza, un enemigo que debe ser continuamente avivado o inventado, según el caso. Pero no es nunca la mejor política para el porvenir de una sociedad.