viernes, 15 de mayo de 2020

Simplemente, gracias

Por Sergio Sinay


Acción de Gracias,blessings,blessing,holy

 

Un antiguo proverbio chino recomienda: “Cuando bebas agua, recuerda la fuente”. Así como damos por hecho que el agua existe y que siempre contaremos con ella, también solemos considerar como naturales muchas cosas que hacen a nuestra vida. El alimento que nos nutre, el techo bajo el cual dormimos, el lecho en el que lo hacemos, la familia que integramos, los amigos que nos rodean, la salud de la que gozamos. Nos hacemos a la idea de que aquello con lo que contamos, tanto en el plano material como en el emocional y afectivo, es algo que nos corresponde, que debemos tenerlo, que es nuestro derecho. Y que cuando no es así, o cuando algo falta, eso se nos debe. Tendemos a pensarnos como acreedores antes que como deudores. Olvidamos que el agua no es lo menos que se nos debe sino un don que recibimos.

Si vivimos aferrados al papel de acreedores siempre veremos en los otros a deudores y no consideraremos aquello que nos dan o que hacen por nosotros. Pensaremos que eso es “lo menos” que aquellas personas “deben” hacer. La psicoterapeuta existencial y escritora austriaca Elisabeth Lukas da cuenta en su bello libro El sentido del momento de algo muy significativo: “Resulta curioso, dice, que apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento. Las universidades no han caído en el hecho de que se trata de un fenómeno irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de la existencia”. Es verdad. El hecho de que cada noche reposemos en el mismo lecho del cual nos hemos levantado en la mañana es un milagro. Podría perfectamente no ocurrir, nadie nos garantiza que estaremos aquí al final del día. La existencia es frágil, no lo olvidemos. Agradecer es una hermosa manera de recordarlo.

 

No preguntes, agradece

¿Qué nos impide decir gracias con mayor simpleza, mayor naturalidad y mayor frecuencia? Lukas lo expresa así: “Lo impide, por macabro que parezca, el horror que no se ha vivido (…) No haber clamado desde la penuria”. Sin embargo, no debería ser necesario pasar por el horror y el dolor para ser agradecidos. Sobran motivos para la gratitud, cada día, a cada minuto, a partir de que estamos vivos. El gran pensador y médico Víctor Frankl recomendaba agradecer siempre: “Si no sabes por qué agradeces, decía, quien recibe tu agradecimiento lo sabe”.

Gratia se denominaba en latín al reconocimiento u honra que se hacía a otro por un favor recibido. De allí, la palabra gracias. Cada día, si estuvimos atentos, sobraron los motivos para decírsela a alguien. Nos abrieron una puerta, nos alcanzaron un vaso con agua, nos cedieron el paso, nos desearon buenos días, nos preguntaron por nuestra salud, nos enviaron buenos deseos, nos atendieron con buen talante, alguien nos cedió parte de su tiempo y de su atención, recibimos una caricia, nos apoyaron cálidamente una mano en el hombro, nos ofrecieron acercarnos a un sitio, nos esperaron cuando fuimos impuntuales, nos cedieron un asiento, nos recomendaron un libro, una película, un lugar donde comer o donde descansar, nos sonrieron, recibimos la llamada telefónica que esperábamos, recibimos una llamada inesperada que nos alegró, nos hicieron llegar una invitación, nos abrieron la puerta de una casa, nos cuidaron la mascota, invitaron a nuestros hijos, nos dijeron que se nos veía bien. Volverá a ocurrir. Cuando pase este tiempo extraño de confusos confinamientos, volverá a ocurrir. Basta con estar atento, con prestar atención, con vivir despierto para advertir a cada momento una razón para decir “Gracias”.

Un acto de amor

Cuando decimos esa palabra, nuestra gratitud excede el hecho por el cual la expresamos. Agradecemos, en realidad, porque se nos vio, se nos registró, se nos confirmó nuestra existencia, nada menos, a través de la acción que agradecemos. Aquel a quien expresamos nuestra gratitud construyó un puente hacia nosotros y lo cruzó. Pequeños gestos, actos que aparentemente no requieren esfuerzos, actitudes que no son obligatorias, nos van recordando que vivimos entre otros y que nos necesitamos los unos a los otros para confirmarnos (a través de la mirada, la palabra, la escucha, la acción) que estamos aquí, que estamos vivos. Una persona aislada, en una isla  despoblada de todo otro ser humano, llegaría a dudar de su propia existencia.

Quien nos mira, nos habla, nos escucha o tiene un pequeño gesto hacia nosotros  ejecuta, aunque no lo parezca, un acto de amor. De la misma manera, quien dice gracias expresa amor hacia un semejante. Manifestar la gratitud nos hace salir de nosotros mismos y nos lleva a mirar más allá del propio ombligo para descubrir que vivimos en un mundo poblado de otros, de semejantes, de prójimos. Nos rescata del amor propio, que, como señala el filósofo francés André Comte-Sponville, requiere toda la gloria para sí, se alimenta de la omnipotencia (“me basta solo, no necesito de nadie”), niega la vulnerabilidad y con ello niega también la necesidad. Pero ocurre que somos todos vulnerables y que todos tenemos necesidades cuya atención requiere de otros. Por todas estas razones nos debemos agradecimiento.

A menudo es el orgullo el que nos impide expresarlo. El orgullo, primo hermano del amor propio, y tan lejano de la humildad. Dice Comte-Sponville que la gratitud está preñada de humildad, una virtud que no le teme a las propias flaquezas y que tampoco especula ni manipula a partir de ellas. El escritor y militar francés Francois de La Rochefoucald (1613-1680) sentenció alguna vez: “El orgullo no desea deberes y el amor propio no quiere pagar”. Con orgullo y amor propio, pues, resulta imposible ser agradecido.

 

Siembra fecunda

Al reforzar el egoísmo, tanto el orgullo como el amor propio aíslan a las personas, las convierten en islas. Todo lo contrario ocurre con el agradecimiento, que nos conecta a unos con otros, y refuerza la cadena cooperativa que mejora la vida de todos. Bien vale un ejemplo para el caso.  A fines del siglo diecinueve un campesino escocés, hombre muy pobre, andaba por un camino cuando escuchó un grito lastimero que llegaba desde una ciénaga cercana. Un muchacho se hundía en el barro. Le extendió su bastón y logró rescatarlo. Al día siguiente llegó a su choza un carruaje elegante. Era el padre del muchacho rescatado, un miembro de la nobleza, y venía a ofrecer una recompensa. El campesino rehusó aceptar. El noble observó que el campesino tenía un hijo y se ofreció a costear la educación del chico. Esto sí fue aceptado. Algunos años más tarde el hijo del campesino se graduó de médico en la escuela del Hospital St. Mary, de Londres, y su nombre trascendería en el mundo. Fue Sir Alexander Fleming (1881-1955), el descubridor de la penicilina. La historia no termina allí. Mucho tiempo después del episodio en el campo, el hijo del hombre poderoso (el mismo que había sido rescatado del pantano), enfermó gravemente de pulmonía y salvó su vida gracias a la penicilina. El noble se llamaba Randolph Churchill, y su hijo era Winston Churchill.

 Como decía Frankl, entonces, el agradecimiento siempre llega y no busca recompensas a su vez. Jamás se pierde en el vacío. Es una siembra de la que siempre habrá una cosecha fecunda. Todo el tiempo bebemos de fuentes que quizás no siempre conozcamos, pero a las que le debemos gratitud por el agua que nos dan

lunes, 4 de mayo de 2020

Crónicas de la peste (11)

El porvenir de nuestro futuro

Por Sergio Sinay



https://thumbs.dreamstime.com/z/silueta-de-una-cara-masculina-con-preguntas-el-perfil-principal-masculino-y-los-signos-interrogaci%C3%B3n-122086527.jpg

 

 

 En un futuro próximo la pandemia habrá sido superada. En un futuro próximo no habrá cuarentena. Desde ya que decir “futuro próximo” es una tautología (repetición innecesaria de una misma idea). El futuro siempre es próximo, en todo caso varía el grado de proximidad. Acaso la proximidad del final de la pandemia y de la cuarentena no sea tan cercana como algunos desean ni tan lejana como otros temen. Lo cierto es que el futuro está allí, porque en la línea del tiempo, forma parte de una secuencia lógica, que completan el pasado y el presente.

En este presente tan extraño y complejo se ha instalado una idea respecto del futuro. Casi una muletilla, que se repite automáticamente. Y dice que el mundo no será el mismo después de esto que estamos viviendo. Que ya nada será igual en el futuro. ¿Qué porvenir nos espera, entonces? Porque, como bien explica el antropólogo francés Marc Augé, futuro y porvenir no son la misma cosa, aunque se los suela usar como sinónimos. En su ensayo titulado “Futuro”, Augé, cuya mirada sobre el acontecer humano es siempre original y aguda, explica que mientras se vive siempre hay futuro, porque este es necesario para la necesidad de nuestra especie de ordenar los eventos en una secuencia cronológica de causas y efectos. En sí, el futuro no es más que un dato en el tiempo. El porvenir, en cambio, define a los eventos que pueblan (o poblarán) el futuro. Por lo tanto, antes que preguntarnos, como usualmente hacemos, qué futuro nos espera, resulta más acertado inquirir cómo será nuestro porvenir. En tanto seres vivos hay futuro para todos, esto es genérico. El porvenir, en cambio, se definirá a partir de nuestras acciones, decisiones y elecciones en ese futuro.

 

MÁS DE UN PORVENIR

Sostiene Augé que el porvenir nunca puede ser colectivo, porque de serlo congela en el tiempo la vida de cada individuo. Es decir que en el futuro (ese escenario temporal que todos compartimos) cada uno construye su porvenir. Por este motivo, aunque exista coincidencia en que el mundo no será igual después del coronavirus, las visiones acerca de cómo será ese mundo difieren según las cosmovisiones, los valores, los recursos psíquicos y emocionales, las creencias y la actitud de cada persona.

Hay quienes ven en el Covid-19 una especie de mensajero divino que vino a castigar la soberbia, el desenfreno, el derroche, el egoísmo y la conducta depredadora de la especie humana. También se le asigna el papel de vengador ecológico, mediante el cual la Naturaleza se estaría tomando una merecida revancha. Otros lo toman como un enemigo invisible y diabólico que tiene las más aviesas intenciones contra los inocentes humanos y al que, por lo tanto, hay que combatir declarándose en guerra, actitud un tanto excesiva si se considera que el virus es solo una molécula de ácido nucleico y que, como tal, no tiene intenciones ni se le puede adjudicar moralidad a sus acciones. Por lo demás, en las guerras se bombardean y destruyen casas, hay que correr a refugios antiaéreos, se pierde todo rastro de seres queridos, no hay alimentos, se olvidan normas elementales de convivencia, se toman prisioneros, se violan mujeres. Quienes hablan de guerra pasan por alto estas cuestiones y hacen de la cuarentena y la pandemia un alimento para un odio o un resentimiento que probablemente tenga al virus como excusa para emerger, pero no sea su causa.

Para el primero de los grupos aquí nombrados el futuro debería encontrar a la humanidad en un proceso de redención, a partir del cual todos seríamos más buenos, justos, compasivos, solidarios y ecológicamente conscientes. Para los del segundo grupo habría que vencer en esta guerra para poder retomar nuestras vidas en donde las habíamos dejado. O sea, en el punto en el que los egoístas volverán a su egoísmo (que posiblemente no abandonaron durante la cuarentena), los indiferentes a su indiferencia, los injustos a la injusticia. Como en “Fiesta”, la canción de Joan Manuel Serrat, “con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza (…) Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual”.

Quizás ambos estén equivocados y en medio de la gran incertidumbre que nos envuelve lo único cierto sea que el mundo no resultará el mismo, aunque nadie sepa cómo será. Aunque quizás sí pueda afirmarse algo. El mundo será más pobre. Esto en cuanto a lo material. Se habrán perdido empleos y fuentes de trabajo en una dimensión desconocida. Las semejanzas que se quieran encontrar en el pasado serán siempre discutibles, porque los desastres económicos, sanitarios y sociales que ocurrieron en la historia (como el crack del 29, la peste negra en la Edad Media, la gripe española de 1918, y otros) acontecieron en un planeta mucho menos poblado y nada globalizado. Hoy la Tierra tiene más de 7.200 millones de habitantes y la globalización no solo facilita la viralización inmediata y masiva de las noticias falsas, la intolerancia, los insultos, la descalificación y el terrorismo de mercado, sino también de las enfermedades. Se da la curiosa paradoja de que el momento más desarrollado tecnológica, científica y económicamente de la historia humana es el que encuentra a la especie más frágil y vulnerable que nunca.

 

EL MUNDO COMO RESPONSABILIDAD

Esa vulnerabilidad y esa fragilidad habilitan e impulsan un gran desafío. ¿Cómo hacer que un mundo materialmente más pobre se convierta en un mundo espiritual y emocionalmente más rico? La respuesta no requiere grandes recursos económicos ni tecnológicos, pero sí poderosas herramientas morales y una alta dosis de inteligencia emocional. Cuantas más personas estén dispuestas a vivir cooperativamente, a entender que el otro no es una cifra ni un instrumento para ser usado, sino un fin en sí mismo, mejor y más habitable será ese mundo. Cuantas más personas pongan el acento en el ser que en el tener (parafraseando al gran pensador alemán Erich Fromm) y pongan atención a sus relaciones antes que a sus posesiones, ese mundo será emocionalmente mucho más ecológico. Cuantas más personas lleven sus valores a la vida diaria y nos los dejen solo en palabras y declaraciones, más riqueza moral habrá en ese mundo.

Quien dice “mundo” enuncia una abstracción. “Mundo” empieza a significar algo a partir de las personas que lo crean y lo habitan. El planeta no es nuestra creación, pero el mundo sí lo es, porque se trata de una construcción humana que toma al planeta como escenario. Las acciones, elecciones, decisiones y actitudes de cada uno definirán cómo será el mundo de ahora en más, del mismo modo en que lo definieron antes de hoy. Aquí aplica un nuevo refrán: dime cómo es el mundo en el que quieres vivir y empieza a construirlo ya mismo con tu manera de existir, de actuar y de vincularte. Es así, diría Marc Augé, cómo se delinea al porvenir. El futuro es ajeno a nuestra voluntad, mientras vivimos está delante de nosotros. Del mismo modo en que, mientras vivimos, nuestra sangre circula ajena a nuestra voluntad. Pero el porvenir será consecuencia de nuestras acciones. El mundo no será el mismo después de la pandemia. Y cada uno decidirá cómo es mientras forja su provenir.

viernes, 1 de mayo de 2020


Crónicas de la peste (10)

La política del miedo

Por Sergio Sinay




   La cultura del miedo provoca la política del miedo. Esta contundente afirmación pertenece a Leónidas Donskis, historiador lituano de las ideas y analista social. Donskis y el gran sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman produjeron juntos dos libros de enorme lucidez y riqueza intelectual, realizados a manera de diálogo epistolar: Maldad líquida y Ceguera moral (al cual pertenece la frase inicial de esta columna). Donskis joven y Bauman ya anciano murieron con diferencia de tres meses, entre septiembre de 2016 el primero y enero de 2017 el segundo, empobreciendo el bagaje de moral e inteligencia de una humanidad ya pobre en estos rubros.
   Que la cultura del miedo provoca la política del miedo quedó claro en estos tiempos de pandemia y cuarentena. Las fuentes del temor humano son tres: la naturaleza y sus fenómenos, nuestro cuerpo y lo que pueda ocurrirle y las reglas y leyes que nos limitan. También las razones que alimentan el miedo continuo son tres: la ignorancia (no saber qué pasará, desconocer las verdaderas causas de lo que pasa), la impotencia ante lo que ocurre y la humillación al advertir que eso que sucede fue provocado por nosotros mismos o que no supimos preverlo. Donskis y Bauman decían esto en 2013, seis años antes del coronavirus. No eran profetas, simplemente radiografiaban con lucidez el estado del mundo contemporáneo. Un mundo en el que a cambio de seguridad (y presas del temor) podemos hipotecar nuestra libertad y nuestros derechos, y en el que mediante la perversa manipulación del miedo se puede controlar hasta nuestra más íntima privacidad. Se llama cuidado al control y a la vigilancia.
   El padre de todos los miedos es, desde siempre, el temor a la muerte. Sabemos de nuestra finitud y huimos de esa certeza por infinidad de puertas falsas: consumismo, hedonismo, egoísmo, indiferencia, intolerancia a lo distinto y al diferente, violencia, discriminación, voracidad. El peor miedo es a pasar por la vida sin dejar huella, sin haber descubierto un sentido en ese tránsito. Huimos, y en esa fuga no dejamos rastro de nuestra existencia. Porque, como decía Víktor Frankl, el sentido de una existencia se plasma cuando vivimos para algo o para alguien.
   Vivir para algo y vivir para alguien podría inspirar otra política. La de la esperanza. Pero esa política necesita de un tipo de líderes morales que hoy están ausentes. Porque mientras el miedo paraliza, induce a esconderse, a callar, a no perturbar a quienes lo provocan, la esperanza moviliza, inspira visiones, impulsa a buscar herramientas y caminos para realizarla. Para la política del miedo bastan el control, el terrorismo informativo, la amenaza de lo que te ocurrirá si te mueves. Para la esperanza se necesita coraje, liderazgo (no es lo mismo liderar que mandar) e inspiración. La esperanza no da garantías, pero mira al porvenir. Abre puertas y ventanas en donde el miedo las cierra. Es más fácil controlar a quien tiene miedo que a quien tiene esperanza. El esperanzado pide instrumentos, abre caminos, obliga a pensar de un modo nuevo. No ignora los riesgos, pero los prefiere a la quietud infinita, tan parecida a la muerte en vida. El esperanzado perturba. Y quienes controlan la política del miedo le temen. Temen que su ignorancia quede en evidencia cuando deban inspirar algo más que miedo.

jueves, 23 de abril de 2020


Crónicas de la peste (9)

No es la bolsa o la vida

Por Sergio Sinay



   En sus “Fábulas fantásticas” (también traducidas como “Fábulas feroces”), el escritor y periodista estadounidense Ambrose Bierce (1842-1914), cuenta la historia de un forajido que asalta a un viajero al grito de “¡La bolsa o la vida!”. El hombre responde: “Según usted mi dinero salvará mi vida o mi vida salvará mi dinero. Tomará una de las dos cosas, pero no ambas. Le ruego entonces que tome mi vida”. Desconcertado el asaltante dice: “No puede salvar su dinero renunciando a su vida”. Y el viajero replica: “Tómela de cualquier modo, porque si no sirve para salvar mi dinero, no sirve para nada”. Sin su vida no necesitaba el dinero y sin dinero no encontraba razón para vivir. Fascinado por este razonamiento, el ladrón le perdonó la vida, se hicieron socios y con la bolsa fundaron un periódico.
   El breve relato de Bierce, pluma feroz e indomable, quien desapareció misteriosamente en México y fue autor prolífico de verdaderas joyas reunidas en libros como “El diccionario del Diablo”, “El club de los parricidas” o “El puente sobre el Río del Buho”, aplica en cierto modo a una antinomia que el coronavirus puso en la picota. Salud o Economía. Expresado así es un enunciado abstracto, desprovisto de todo rastro de empatía, comprensión, compasión y sentido común. Salud y economía nada significan si no se relacionan con seres humanos. Son las personas quienes padecen enfermedad o gozan de salud, son ellas quienes producen, comen, crean, proyectan y expresan capacidades y dones a través de una suma de complejos y variados procesos que se denominan economía. Si se toma en cuenta el lado humano de la dicotomía, en el caso de que haya que eliminar uno de los términos para que cuaje la ecuación lo que se estará sacrificando, en definitiva, son vidas humanas.
   El filósofo británico Nigel Warburton, de la Universidad de Bristol y doctorado en el Darwin College, de Cambridge, dedicó su libro “Pensar, de la A a la Z” a las falacias lógicas, esas trampas del razonamiento que atentan contra el pensamiento crítico. Y define a la “apelación a la autoridad” como una de ellas. Consiste, según Warburton en “tener por verdadero un enunciado simplemente porque una autoridad en la materia ha afirmado que es verdad”. Cuando no se sabe hay que recurrir a los expertos, advierte, pero aun en esos casos un grado de escepticismo puede ser saludable, dado que incluso la opinión de un especialista puede partir de premisas falsas, de un razonamiento erróneo o de intereses creados. Los expertos lo son en un área específica, dice Warburton, y hay que cuidarse de creer que porque saben de un tema saben de todo.
   El coronavirus es, en principio, cuestión sanitaria, pero los efectos de la pandemia y de la cuarentena subsiguiente son también económicos, sociales, psicológicos, vinculares, ecológicos, laborales y éticos. Cuando se apela a opiniones de especialistas en solo una de esas áreas para decretar medidas que afectan a millones de personas, y se excluye de los “comités de expertos” a quienes son conocedores de las demás facetas, es probable que se incurra en una falacia lógica. En la exhaustiva y profunda entrevista que el presidente de la Nación otorgó a Jorge Fontevecchia, el mandatario dejó una frase de fuerte poder comunicacional, pero discutible. “Prefiero un 10% más de pobres y no 100 mil muertos”. Los 100 mil muertos son una especulación incomprobable, pero los efectos de la pobreza no lo son. También provocan muertos el hambre, las enfermedades infecciosas derivadas de condiciones ambientales, la depresión, infartos y suicidios por pérdida de empleos, de ahorros, de proyectos de vida o por una caída súbita y extrema en la escalera social. ¿Alguien quiere un 10% más de eso? Las estadísticas no miden estas muertes y quienes desde sus cómodos aislamientos piden mano dura en la cuarentena (o la festejan), convirtiendo a todos los demás en sospechosos, tampoco las registran. 
   La antinomia entre salud y economía puede ser falaz, y no hay ganancia en ninguna de las alternativas si se las desgaja de las personas y de su dignidad. Por supuesto, esta historia no terminará, además, en la fundación de un periódico.

domingo, 19 de abril de 2020


Crónicas de la peste (8)

Me han ofendido

Por Sergio Sinay




   Ante todo, mi agradecimiento a todos quienes compartieron mi columna titulada “Comenzó la guerra del cerdo”, a quienes la difundieron, a quienes enviaron comentarios, y en esto incluyo a quienes supieron disentir sin insultar.
Es muy reconfortante comprobar la cantidad de reacciones indignadas que levantó entre la ciudadanía (en todas las redes y por todos los medios) la medida absolutamente impresentable, indefendible y absurda que emanó de las lumbreras del Gobierno de la Ciudad y recibió la bendición presidencial. Dos errores no hacen un acierto, dice un viejo aforismo inglés. En este caso dos errores hacen algo mucho peor, una aberración.
   El presente texto es, por ahora, lo último que escribiré sobre este tema, sobre el que ya planteé mi posición.
   Nací en 1947, cumplí en agosto pasado 72 años, pasé en mi vida por todo tipo de situaciones extremas en lo personal y en lo colectivo. Enfermedades graves propias y de seres queridos. Dictaduras, hiperinflaciones, autoritarismos, desempleo, etcétera. He sobrevivido por mis propios medios y también con la amorosa compañía y cooperación de otros. Agradezco mi vida, incluidos los tragos amargos. Y encuentro sentido y felicidad en los logros profesionales, en el amor de esposa, hijo, nietos, amigos, y también en el que recibí de quienes ya partieron y me dejaron huellas profundas y valiosas.
   Por todo esto me siento ofendido y humillado por la medida que pretende implementar un gobierno que llama cuidado al control, que llama cuidado al cercenamiento de derechos y libertades, que toma por idiotas, tontos y gente carente de inteligencia a las personas de mi edad. Si nos quieren cuidar, paguen jubilaciones dignas, no falten el respeto a los que dicen cuidar mandándolos a cobrar esas miserias en condiciones peligrosas. Si me consideran discapacitado para cuidarme y razonar, dejen de expoliarme con impuestos que van a lugares y bolsillos dudosos y no a donde deberían ir (escuelas, hospitales, alimentación, seguridad). ¿O para eso sí cuento?
   En lo personal me han ofendido de manera imperdonable. Y la palabra imperdonable significa eso: no hay ni habrá perdón de mi parte. Hoy quieren desterrar a los viejos (y digo viejos porque es una palabra digna, no una enfermedad) pero la realidad es que no tienen la menor idea de qué hacer con la situación que vivimos. Después seguirán con los diabéticos, los hipertensos, los obesos, los varones, los porteños. Seguirán con todos los que son mayoría entre los afectados por el virus. Dan palos de ciego y pretenden pasar por expertos, cuando solo exhiben ignorancia. Mañana, cuando haya elecciones (porque la pandemia pasará y habrá elecciones el año próximo) correrán a fotografiarse sonrientes con los “abuelos”. Todos. Los oficialistas y los opositores. Porque al final no son tan diferentes en el plano moral. Antes de mandar “abuelos” a prisión domiciliaria dejen de hacer negociados con alimentos y con barbijos. Aunque sé que este es un pedido ingenuo e inútil. Los seguirán haciendo. Lo harán con otras cosas. Como en el viejo cuento de la rana y el escorpión, el escorpión no cambia su naturaleza.
   Y no admito que me llamen “abuelo”. No sus bocas oportunistas e hipócritas. La palabra abuelo es demasiado hermosa para que la use cualquiera. En mi caso solo se las permito a mis nietos y me llena de felicidad y de sentido existencial escucharla de ellos.
   No voy a llamar a un teléfono que no funciona, como el 147 (que se “cae” como todas las plataformas y teléfonos oficiales). No lo voy a hacer porque no admito que me traten de bobo e inútil. Me sé cuidar mucho mejor que quien en una conferencia de prensa le estornuda en la cara a su ministro de salud mientras este aconseja tapar el estornudo con el pliegue del codo. Me cuido mejor que quien desde la más alta investidura nacional no usa barbijo, pero se lo impone a los demás. Me he cuidado muy bien a lo largo de mi vida y me esperan todavía sueños y proyectos importantes (para los cuales afortunadamente cuento con salud, lucidez y capacidad), de manera que no me iré al destierro (la ley y la Constitución me cuidan de eso) ni pondré mi vida en manos de quienes no me respetan y me ofenden.

viernes, 17 de abril de 2020

Crónicas de la peste (7)

Empezó la guerra del cerdo

Por Sergio Sinay



Según datos de la Organización Mundial de la Salud en la Argentina mueren 123 personas por día a causa de enfermedades vinculadas al tabaco. Son 44.895 por año. La adicción al tabaco se inicia alrededor de los 14 años y el pico de consecuencias se da entre los 18 y 35 años. Son adultos menores.
Cada año mueren alrededor de 350 mil personas en el país, y de acuerdo con estadísticas oficiales, casi la tercera parte de ellas perecen por enfermedades cardiovasculares, muchas de ellas apenas superan los 50 años. En segundo lugar, figuran los tumores. Por una lógica ley de la vida, y salvo en casos de accidentes viales y de trabajo, guerras o enfermedades súbitas, las primeras en morir en todo el mundo, y desde siempre, son las personas mayores. No es una anomalía. Repitámoslo: es la ley de la vida. Mueren, aun sin enfermedades graves, porque llegan al final de su trayecto vital. Cuando esta ley se altera el dolor de las pérdidas es mayor.
La decisión del Gobierno de la Ciudad de discriminar a los adultos mayores confinándolos en algo así como campos de concentración domésticos, aislándolos definitivamente de todo contacto humano y prohibiéndoles vivir como seres sociales violenta las leyes de la lógica y ni siquiera aplica al sentido común. Mueren más adultos mayores hoy porque mueren más adultos mayores siempre. Si se quiere protegerlos habría que aislar a los que contagian y no a las víctimas de esos vectores. Los que contagian no son los adultos mayores. ¿Qué pasará una vez que se los destierre de la vida?  ¿Las autoridades irán por los varones, puesto que la mayor cantidad de infectados y muertos por coronavirus son varones? ¿Y después quién? ¿Así hasta acabar con todo sospechoso?
Por lo demás cada día miles de personas cumplen 70 años, de manera que el target de discriminados aumentará incesantemente. Otra ley de la vida. ¿Cómo se controlará que salgan de su presidio? ¿Irá la policía a la caza de adultos mayores, en una suerte de guerra del cerdo ideada por quienes se valen del poder con criterios más que discutibles y riesgosos?
¿Y si una masa crítica de adultos mayores lúcidos, capacitados para trabajar, para pensar, para relacionarse y para vivir decidiera protagonizar un movimiento de desobediencia civil respecto de esta decisión desquiciada, qué se haría contra ellos? ¿Una limpieza etaria? Ya decía Albert Camus que en nombre de las buenas intenciones se toman las más horribles decisiones. Pero en este caso ni siquiera se pueden detectar las buenas intenciones. Por momentos asusta pensar quiénes y cómo toman algunas medidas. Cuanta más sensatez se necesita en el liderazgo más duele su carencia.

martes, 14 de abril de 2020


Crónicas de la peste (6)

Cuidado con el cuidado

Por Sergio Sinay





   En la calle, fuera de casa, las miradas se han vuelto huidizas. Los cuerpos esquivos. Detrás de los barbijos, los gestos son ceñudos. Salís lo estrictamente necesario, te cruzás con alguien, otro peatón, amagás una sonrisa, una pequeña celebración de ese encuentro fugaz entre desconocidos, y la mirada de la otra persona te esquiva, su cuerpo se aleja, como si aun ese efímero cruce fuera peligroso y resultara necesaria una lejanía de un par de metros como mínimo. Las colas ante los comercios son silenciosas. Parecen antesalas de quién sabe qué tormentos. Sobrevuela el temor de hablar con ese prójimo próximo, acaso previendo que la palabra sea portadora del flagelo.
   Cuidémonos, sí. Es necesario. Pero no nos cuidemos del otro. Cuidémonos con el otro, fortaleciendo las redes visibles e invisibles, sutiles y explícitas, ocasionales y cotidianas que nos hacen parte de un mismo todo. Si empezamos a temer a nuestro congénere, si nos convertimos todos en sospechosos, solo lograremos quedar aislados, desconocernos. Así estábamos, en buena medida, antes de la pandemia. Con una falsa ilusión de contacto, que solo era conexión fantasmagórica en un universo de pantallas, de imágenes trucadas, de escenarios irreales. Así estábamos. Convertidos en seres virtuales. Así veníamos aprendiendo a desconocernos. Por eso, acaso, hoy resulta tan fácil desconfiar, eludir, evadir.
   Cuidémonos con el otro. Mirándonos. Saludándonos. Sonriéndonos. Hablándonos. Escuchándonos. Cuidémonos del virus. No del prójimo. No sea que, al final de esta historia llena de absurdos, ya no sepamos reencontrarnos.

domingo, 12 de abril de 2020


Crónicas de la peste (5)

Descubrimientos

Por Sergio Sinay





   De pronto descubrieron el azul. El verdadero, no el velado y neblinoso al que se habían acostumbrado. Ni siquiera el de Van Gogh. No. El azul verdadero. El del cielo liberado. El cielo sin pestilencias. El cielo sin basura. Y, como en el principio de todo, cuando lo descubrieron los ganó el asombro.
   Descubrieron también el aire. Simplemente el aire, no esa turbia densidad que hasta entonces aspiraban. El aire, esa liviandad balsámica, sutil, inatrapable. Los mareó la desconocida tersura del oxígeno acariciando sus pulmones. A la par de ellos, también las plantas del planeta respiraron, abandonaron el encogimiento con el que se defendían, dejaron de sobrevivir, se elevaron, desplegaron hojas, frutos y frondas. Vivieron.
   Fue entonces cuando descubrieron el silencio. Esa vasta y suave cavidad en la que el universo deja gotear notas y melodías imperceptibles que solo se captan en quietud y con paciencia. Y al principio ese descubrimiento lastimó sus oídos abstinentes de bullicio y de maltrato. Pero luego los acunó y les devolvió el sueño y los sueños. Porque habían dejado de soñar y de ensoñar.
   En eso estaban cuando descubrieron el tiempo. No el que los atrapaba y sometía en relojes y calendarios, en segundos, minutos, días, semanas, meses y años. Descubrieron el tiempo del que estaban hechos, en el que no habían reparado, en el que se tejían su memoria, sus anhelos, sus sensaciones, sus sentimientos. El tiempo quieto, infinito. El que no se mide, ni se pierde, ni se ahorra.     El inmenso mar en el que flotaban desde siempre, ese círculo perfecto. Círculo, no flecha, no recta. Y se abandonaron sin temor en el tiempo. Reposaron al fin, sin alerta. Sin urgencias. Dejaron de vivir en el instante fugaz y comenzaron a vivir en el eterno presente.
   Y fue esa la hora en que descubrieron que había a su lado presencias encarnadas. Presencias con volumen, temperatura, olor, textura. Seres vivientes. Prójimos. Habían usado mucho esta palabra, pero sin comprenderla. Y ahora dejó de ser un sonido más. Fue presencia. Contacto significaba ahora existir con otros. Ya no más una lista irreal en una pantalla en donde la vida había sido hasta entonces un simulacro. Una virtualidad.
   Sus mascotas, según descubrieron, no eran juguetes. Eran seres vivientes, con necesidades. Eran presencias. Eran compañía. Eran interlocutores. Eran seres necesarios.
   De pronto, en cada día de la larga cadena de días, descubrieron pequeñas cosas que, enlazadas con hilos invisibles y misteriosos, terminan por ser la vida. La vida. Ese territorio que solían sobrevolar sin pisar. Ese escenario que se había hecho ajeno, sin que les importara.
   Todo eso, y más, descubrieron. Tuvieron tiempo para hacerlo. Y a medida que lo descubrían pasaban del asombro al agradecimiento. Se juraron cada uno a sí mismo y cada uno a los demás que no volverían a olvidarlo. Que no necesitarían volver a descubrirlo, porque lo habían aprendido para siempre.
Y cuando la suma de los descubrimientos los alcanzó a todos, cuando nadie quedó al margen del asombro, de la portentosa revelación, llegó el final.
   Ellos, los asombrados, los maravillados, se extinguieron, como antes se habían extinguido otras especies.
   No los eliminó esa minúscula molécula contra la que se habían declarado en guerra. Ocurrió, simplemente, que no pudieron sobrevivir a lo que habían descubierto. No estaban preparados para vivir con los pequeños y extraordinarios fenómenos que se habían desplegado ante ellos. Habían desarrollado defensas contra el pequeño enemigo, pero no contra esto. Como peces fuera del agua, no podían existir en el entorno ahora liberado de la devastación que ellos mismos supieron sembrar durante tanto tiempo.          Indefensos ante lo simple y maravilloso, se extinguieron. No eran inmortales, como alguna vez creyeron.

miércoles, 8 de abril de 2020


Crónicas de la peste (4)

Portadores asintomáticos

Por Sergio Sinay



En la vida anterior al coronavirus podían engañar. Se los veía como personas normales. Trabajan, tienen familia, amigos, viven solos o en pareja, saludan a los vecinos, hacen compras, viajaban en transportes públicos o conducían sus autos. En las reuniones de consorcio de los edificios o de los country donde viven eran activos y participantes (algunos más que otros). Incluso durante la cuarentena, hasta ahora, pasaban inadvertidos, disimulados entre centenares de miles de personas recluidas en sus casas. Pero eran portadores asintomáticos. Solo necesitaban de un disparador, un motivo para que se manifestaran los virus que anidaban en ellos. Virus destructivos como pocos, devastadores. Los virus de la intolerancia, de la ignorancia auto infligida, de la miserabilidad extrema. Virus de los que nunca se curarán, porque una vez que salieron a la luz lo hicieron a través de acciones imperdonables, de las que no se vuelve.
Estos portadores asintomáticos ya no son asintomáticos. Su peste interna salió a la luz. Son esos que amenazan a médicos, enfermeras, farmacéuticos o trabajadores de la salud que viven en sus edificios o en sus barrios. Estúpidos irrecuperables que un día quizás podrán necesitar de esos mismos a quienes hoy atacan y discriminan. Cobardes que no dan sus nombres, que actúan en manada. Quizás haya que agradecer al Covid-19 que los haya puesto a la luz. Que nos permita saber de ellos, porque su cobardía de hoy no los mantendrá en el anonimato mañana, cuando la pandemia haya pasado y se sepa quienes son (sus propios vecinos ya lo saben).
No hay que olvidar, sin embargo, que estos canallas son emergentes. Así como en tantas personas emerge hoy la solidaridad, la empatía, la generosidad, la compasión, la comprensión, la confraternidad y la aceptación, esta escoria representa a otros que aun siguen asintomáticos. Porque la condición humana está hecha de miseria y grandeza, de canalla y santidad, de coraje y cobardía, de entrega y egoísmo, de altruismo y mezquindad, de luz y de sombra. Toso eso nos habita. En cada acción de nuestra vida, en cada elección o decisión, elegimos una cosa o la otra. No hay inocencia. Hay responsabilidad.