domingo, 2 de agosto de 2020


Crónicas de la peste (18)

Normalidad en motocicleta

Por Sergio Sinay





“Lo que hace tan difícil ver el mundo con claridad no es su extrañeza, sino su normalidad. La familiaridad puede cegarnos”. Esto escribía Robert Maynard Pirsig (1928-2017) en su libro Lila, publicado en 1991. Era su segunda y última obra. Había accedido a la celebridad en 1974 con Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, un libro desafiante, inclasificable, del que algunos lectores huían pronto, en el que otros quedaban atrapados sin remedio y del que unos y otros salían modificados. Pirsig contaba allí su viaje en moto atravesando todo Estados Unidos, acompañado de su hijo adolescente Chris. La travesía, una auténtica odisea existencial, tenía varios propósitos. Indagar en sí mismo, conocer en profundidad a su hijo, explorar y poner a prueba ideas que lo rondaban y evidenciar, desde las experiencias vividas, el estado de los valores en el mundo contemporáneo.
Pirsig había sido una suerte de niño prodigio, con un cociente intelectual de 170 a los 15 años, convertido luego en profesor de filosofía y literatura en la Universidad de Montana, de donde sería expulsado con un diagnóstico de esquizofrenia que le costó años de tratamientos implacables y más insalubres que sanadores. Como suele ocurrir, Pirsig escapaba de las cajas y envases en los que se pretende capturar a la normalidad para mantener sedada a la población. Solía incitar a sus alumnos a que se salieran de los moldes teóricos y académicos, que arriesgaran, que pensaran por cuenta propia, que cuestionaran la normalidad, la familiaridad, la creencia de que todo es explicable y previsible. Su propia obsesión, evidenciada en sus dos libros, era cavar en la superficie de lo normal, de lo habitual, y buscar significados profundos y ocultos. Insistía en que quien acomete esa aventura podrá acceder a lo que llamaba la “calidad”, palabra que repetía y lo identificaba. Pirsig invocaba una calidad existencial, esa que no se verifica con controles ni protocolos ni se reduce a la producción material, pero aun así Zen y el arte de mantenimiento de la motocicleta se convirtió en un explosivo best-seller en su momento y luego en un long-seller que, gracias a continuas reediciones, lo mantienen vivo y actual.
En tiempos en que se habla con soltura de vieja y nueva normalidad, sin ideas claras acerca de lo que define a una y a otra, volver al viaje y a las ideas de Pirsig no está de más. ¿Qué añoran quienes hacen duelo por la vieja normalidad? ¿La pobreza estructural, la corrupción cotidiana y aceptada en todos los órdenes, el consumismo depredador, la indiferencia hedonista y narcisista convertida en cultura, la desigualdad ultrajante, el hambre pandémico, la injusticia obscena repartida desde los mismos tribunales que deberían velar por la justicia, la ignorancia por la existencia, el dolor y las necesidades del prójimo (léase próximo), el clientelismo desvergonzado en la práctica política y social, la intolerancia hipócrita que se esconde bajo diversos seudónimos y no se atreve a llamarse machismo, racismo, xenofobia? Estos son algunos aspectos de lo que era normal. Pero quizás resulte apresurado decir “era”. No existen pruebas de que los corruptos, los intolerantes, los injustos, los indiferentes, los violentos (verbales y físicos), los consumistas tóxicos y depredadores, los autoritarios hayan dedicado la cuarentena más larga del mundo a realizar actos de contrición, a transformar sus cosmovisiones, a entrenarse en nuevos modos de vivir y actuar, más empáticos, más generosos, más validadores de una vida con la que, normalmente, emponzoñan el mundo. No, no hay pruebas de que eso esté ocurriendo. Por el contrario, abundan indicios de que, en muchos casos, presas del síndrome de abstinencia solo esperan que se levante definitivamente la tranquera para salir a recuperar al tiempo perdido. Algunos, poseedores de poder político y/o económico, ni siquiera tienen que esperar. Siguen en lo suyo. ¿Qué hará cada persona para que la nueva normalidad no sea el simple seudónimo de la vieja? ¿Y para que la normalidad de siempre no siga impidiendo ver el mundo con claridad? Confinados, debemos responder desde la quietud, sin viaje en motocicleta.





sábado, 25 de julio de 2020


LAS DOS PREGUNTAS
por Sergio Sinay

El caminante | Consultario

Existen dos preguntas que toda persona debe plantearse en ciertas instancias decisivas de la vida, recomienda el filósofo Sam Keen, autor, entre otras obras, de La vida apasionada, El dios de la danza y Amar y ser amado. Son éstas:

¿Hacia dónde voy?
¿Quién me acompaña?

            Hay un requisito básico: las preguntas deben hacerse en ese orden. Si lo inviertes, te verás en problemas.
          Parece sencillo y, sin embargo, solemos invertir el orden con mucha frecuencia y con demasiada facilidad. Cuando mi compañía es más importante que mi destino estoy preparando las condiciones para la frustración, para el desengaño y para el reproche. Si necesito de alguien que haga realidad mis sueños, entonces están dejando ser mis sueños. Será el otro quien decida qué hacer con ellos. Suele ocurrir que nos encandilamos con la compañía y olvidamos la dirección de la marcha o, lo que es peor, la ignoramos. Es más importante "quién vendrá conmigo" y no "hacia dónde estoy yendo".
            Responder a la primera pregunta no es cosa fácil, pero de ello depende vivir de una manera o de otra. Aspirar a una vida auténtica o resignarse a un simple "como si" se viviera en plenitud, un simulacro más o menos exitoso. Saber hacia dónde estoy yendo significa preguntarme quién soy, que sé y qué ignoro de mí, cuáles son mis capacidades y mis limitaciones, no confundir mis deseos con mis necesidades (deseo un castillo, necesito una casa), reconocer cuáles son mis prioridades íntimas en este momento de mi vida y separarlas de las prioridades que me imponen desde afuera. Discernir mis certezas de las expectativas que otros tienen sobre mí. No confundir lo que puedo, quiero y necesito con lo que "debería".
            Descubrir a dónde estoy yendo significa, al mismo tiempo, aceptar las condiciones del camino y sus circunstancias. Habrá momentos en los que la marcha será más rápida y otros en los que será lenta. Habrá tramos llanos y fáciles y trechos escarpados y riesgosos. Habrá períodos en los que mi marcha será solitaria y épocas en las que muchos estaremos orientados hacia la misma dirección. En algún momento deberé ir adelante de mi compañía y en momentos quedaré atrás. Nadie garantiza que esta marcha atravesará un jardín de rosas. Pero hay algo seguro: la compañía será, en este caso, verdadera.

JUNTOS, NO ENCIMADOS
            Todo encuentro, de cualquier tipo, forzado por la compulsión de contestar primero a la segunda pregunta, no se habrá producido en las mejores condiciones. Cuando estoy confuso acerca de mí, estoy propenso a depositar mi confusión en otro y, todavía más, a pretender que el otro la entienda y la resuelva. Que me acompañe, no importa para ir a dónde. Pero quien camina cargando a otro corre el riesgo de tropezar, de caer o sencillamente de cansarse pronto.
            Distinto es el caso cuando el encuentro se produce en una natural confluencia del camino que cada uno está transitando. En ese caso, con seguridad, nadie tendrá que hacerse cargo de nadie, la marcha será conjunta y paralela, gozosa y nutritiva. Son los encuentros que ayudan a crecer. Los que significan estar con otro: ser con el otro y no ser para el otro ni del otro.
Lo cierto es que no hay por qué esperar a los grandes acontecimientos o crisis o decisiones para hacerse las dos preguntas. Por lo demás, las respuestas requieren tiempo, y responsabilidad. Y llevan integrado en sí el compromiso. Todo camino se hace en el tiempo, conocer es materia de tiempo. Responsabilidad es hacerse cargo de los propios actos y de sus consecuencias, por lo tanto no hay pregunta que pueda responderse sin responsabilidad. Y el compromiso es la consecuencia de un camino transitado en conjunto, no su origen.
La costumbre de acudir periódicamente a estas preguntas puede resultar un modo de mantenerse actualizado acerca de uno mismo y de su compañía. Quienes busquen estas respuestas con sinceridad y con asiduidad tendrán, seguramente, buenas posibilidades de marchar juntos por un largo tiempo, porque sabrán quiénes son ellos, quién es el otro y a dónde van. No correrán el riesgo, en fin, de despertar solos en una playa desierta.

viernes, 17 de julio de 2020

Crónicas de la peste (17)

Pandemia y default de inteligencia 

emocional

Por Sergio Sinay


 Cerebro, Corazón, Cerebro Icono

En una de sus frecuentes intervenciones mediáticas el presidente de la Nación manifestó su temor a las “cuarentenas inteligentes”, como las llamó. Trajo así la cuestión de la inteligencia al complejo terreno de la pandemia de coronavirus y las cuarentenas. No es simple definir a qué nos referimos al hablar de inteligencia. Durante mucho tiempo se zanjó la cuestión afirmando que inteligencia es la capacidad para resolver problemas. Una definición incompleta a la que se agregó la confusión de conocimiento con inteligencia y la creencia de que quien acumula títulos y lecturas es inteligente.
Desde mediados del siglo veinte en adelante ya no se puede reducir la definición de inteligencia a un solo concepto. Y menos desde que, a comienzos de los años 80, el psicólogo y pedagogo estadounidense Howard Gardner presentó su teoría de las inteligencias múltiples, conclusión de un proyecto iniciado hacia 1967, a partir de su participación en el proceso educativo de varias generaciones de niños. Gardner, que hoy tiene 79 años, no dejó de profundizar desde entonces en su tesis, según la cual las personas no tenemos una única y excluyente forma o capacidad de inteligencia para aplicar a todos los campos de nuestra vida. En cada esfera en que nos movemos aplicamos diferentes recursos. No son los mismos para el deporte que para la cultura, la economía, las relaciones interpersonales, el arte, las matemáticas, la ciencia, la cocina o las actividades manuales. Según los cursos que siguen nuestras vidas y las situaciones que se nos presentan ejercitamos más intensamente y con más frecuencia algún tipo de inteligencia que otro. Así es posible que un gran campeón de ajedrez, que dedica horas y años de su vida al estudio y práctica de esa disciplina, sea bastante precario en las relaciones humanas o en la comprensión de una poesía. O que un brillante ingeniero fracase en sus emprendimientos económicos. Comentario al margen: a partir de las inteligencias múltiples sería higiénico para la salud mental de la población abandonar la creencia de que una persona exitosa en un área está habilitada para sentar cátedra sobre cualquier cosa, algo tan común en los medios y tan extendido en la opinión pública, dispuesta a creer que su ídolo futbolístico está a la altura filosófica de Sócrates o que una destacada figura política podría resultar excelente director técnico de fútbol (y viceversa).

LAS DOS MENTES
A todo lo anterior se sumó en 1995 el doctor en filosofía, psicólogo y divulgador científico Daniel Goleman con la formulación de la inteligencia emocional. El concepto se viralizó de inmediato y resultó pandémico, para usar palabras al uso. Desde entonces se usó, abusó, aplicó, comprendió y malinterpretó de mil y una maneras. Goleman partió de la idea de que estamos constituidos por dos mentes, una emocional que gobierna nuestros sentimientos, nuestras reacciones instintivas, nuestras sensaciones y afectos, y otra racional, que nos permite planificar, calcular, entender, modular el lenguaje. Emoción sin razón nos puede llevar a continuos naufragios, choques e incluso tragedias. Razón sin emoción nos convierte en seres incapacitados para los vínculos, analfabetos sentimentales. El cerebro emocional, planteó Goleman, introduce la emoción y el sentimiento, en tanto el cerebro racional los dirige y adecua. Quienes más y mejor consigan integrar y coordinar ambos aspectos serán las personas con mayor inteligencia emocional. Una inteligencia imprescindible en todos los aspectos de la experiencia humana, a menos que se pretenda pasar por la vida rozándola apenas, sin la menor comprensión o profundización en ninguno de sus aspectos.
 La inteligencia emocional es más que una teoría. Es un atributo esencial en la política, en la educación, en el arte, en la familia, en la pareja, en la amistad, en el trabajo, en la profesión, en la economía, en la relación con la naturaleza (medio ambiente, fauna, flora, recursos naturales). Su ausencia acarrea altos costos de todo tipo, que van desde los psicológicos y afectivos hasta los económicos y sociales. Quienes desprecian la razón en nombre de la emoción o minimizan la emoción en nombre de la razón demuestran carecer de inteligencia emocional. Juegan en el mismo equipo, aunque parezcan adversarios.

LA EMPATÍA VERDADERA
La empatía es evidencia de inteligencia emocional. Pero no la empatía declarada, sino la encarnada, experimentada y demostrada en conductas. La empatía se construye sobre la conciencia de uno mismo, escribe Goleman en su libro inicial; y cuanto más abiertos estamos a nuestras propias emociones, más hábiles seremos para interpretar y comprender los sentimientos de otros.
Uno de los pioneros de la psicología conductista, Edward Lee Thorndike (1874-1949), había planteado hacia los años 20 una idea en la que abrevó Goleman. La “inteligencia social”, a la que definió como capacidad para comprender a los demás y actuar prudentemente en las relaciones humanas. Decía que es muy distinta de las capacidades académicas y que es clave para el éxito en la vida. Tras ahondar en aquella idea y expandirla, Goleman concluyó que “la capacidad de saber lo que siente el otro entra en juego en una alta gama de situaciones en la vida, desde las ventas y la administración hasta el idilio y la paternidad, pasando por la compasión y la actividad política”.
Cuando se trata de gobernar y de guiar a una sociedad, a una organización o cualquier grupo humano en situaciones críticas y complejas la experiencia emocional es una herramienta fundamental, que no puede ser remplazada por lo que se suele llamar “cintura política”, olfato para los negocios, habilidad para las componendas o aplicación ciega de la autoridad. No es una inteligencia muy cultivada en ese terreno, e incluso suele ser despreciada por quienes, en funciones de mando, se pavonean de que no necesitan conectar con la psicología ni con la filosofía porque ellos son sus propios y mejores psicólogos. Temerle a lo inteligente o sospechar de ello, no es un buen indicio de inteligencia emocional. Tampoco usar el temor como herramienta fundamental de gestión en una situación como la que actualmente vivimos. La gente que está sin trabajo, los que perdieron sus emprendimientos de años, los confinados y distanciados de sus seres queridos, los que ya ofrecen síntomas de depresión y otros dolores de la mente y del alma, hubieran necesitado, y siguen necesitando, menos jerga científica, menos expertos en estadísticas y virus, menos analfabetismo emocional y más inteligencia de esa calidad. Porque el default de inteligencia emocional puede resultar tan grave como el económico con el agregado que, de él, sí, no se vuelve.  

miércoles, 8 de julio de 2020


Crónicas de la peste (16)

Sobre el vuelo de los patos

Por Sergio Sinay


Silbón, Pato, Aves De Agua, Animales

Una cosa es mandar y otra cosa es liderar. Los jefes mandan. Los líderes guían. El jefe puede obtener obediencia y hacer que se cumplan sus órdenes a través del miedo. Los líderes convencen, argumentan, comunican con claridad y sensatez, honrando el valor de la palabra y sosteniéndola con el ejemplo. Donde los jefes a menudo despliegan autoritarismo, los líderes recogen autoridad. La autoridad es un punto de llegada tras un camino compartido, en el cual el líder demostró integridad, coherencia entre sus dichos y sus hechos, valores convertidos en conductas, empatía, capacidad de escucha. El autoritarismo es una prótesis que viene a remplazar la carencia de todos aquellos atributos que conducen a la autoridad. La autoridad echa raíces y crece desde abajo, el autoritarismo se impone desde arriba, sin cimientos. Autoridad es respeto. Autoritarismo es miedo.
Cualquiera puede sostener el timón cuando el mar está en calma, decía Publilio Siro en el siglo I antes de Cristo. Se trataba de un hombre nacido en Siria, esclavizado en Roma y liberado y educado por su amo, que premió así el talento que veía en él. Publilio se convertiría en un afamado escritor y orador, del que solo queda un tomo de sentencias. La del timón aplica bien en estos tiempos complejos para el mundo, en el que saltan dramáticamente a la vista la ausencia de líderes y el exceso de jefes desorientados, asustados, ofuscados, obnubilados o extraviados. Contando con los dedos de una mano apenas se encuentra a la consecuente Ángela Merkel, canciller alemana, a Jacinda Arden (primera ministra de Nueva Zelanda) y a Katrín Jakobsdóttir (primera ministra de Islandia) como líderes que, en mares tormentosos, supieron mantener el rumbo, generar confianza, apaciguar paranoias, inspirar rumbos. Las une, en países distintos, con especificidades diferentes, un mismo gen estadista.
Estadista es quien, en su manera de gobernar, articula diferencias sin negarlas ni descalificarlas y genera consensos como consecuencia de inspirar en la sociedad un propósito convocante. El estadista, además de mantener como guía el bien y los intereses comunes, no gobierna con la meta de las próximas elecciones o de poner al Estado a su servicio y al de sus familiares, sus socios y sus cómplices. Lo hace con una visión trascendente. No solo llama a marchar en un sentido (como dirección), sino hacia un sentido (como anhelo existencial). Todo esto falta hoy, mientras sobran los que son simples gestores de la función presidencial o ministerial. Personajes grises, chatos, de mínimo espesor moral e intelectual, especuladores, manipuladores, algunos delirantes, otros autoritarios, la gran mayoría de ellos militantes marxistas de la línea Groucho: hoy tienen unos principios, pero si no te gustan los cambian por otros.
Napoleón Bonaparte afirmaba que un líder es un vendedor de esperanza. En estos días y en estas circunstancias sobran los vendedores de desesperanza, de miedo, de paranoia, de amenazas, de indecisión. Cuando Winston Churchill prometió a los ingleses solo sangre, sudor y lágrimas, lo hizo después de haber tenido contacto real con los ciudadanos, después de haberse codeado con ellos (no con otros políticos en busca de transas miserables) y lo hizo a cambio de una visión y una esperanza: la libertad, la vida. No la supervivencia gris, deprimente, agobiante, sin horizonte. Hoy no hay promesa ni esperanza, solo amenaza. Quien sale a correr, a “ver vidrieras” (¿vidrieras de negocios definitivamente cerrados o quebrados?), a visitar a un hijo, un padre o un nieto, a ganar un peso para comer o para pagar impuestos que a la hora de la hora no fueron a fortalecer el sistema sanitario, quien sale, en fin, a respirar un poco de vida lo hace amenazado por un jefe iracundo.  Lo hace en un escenario desierto de liderazgo. Triste consuelo pensar que, al menos en esa carencia, estamos a la altura del resto del mundo. Según un proverbio chino, “los patos siguen al líder de su parvada por la forma de su vuelo y no por la fuerza de su graznido”. Hoy nos atruenan los graznidos desafinados y el vuelo es bajo y torpe.

sábado, 27 de junio de 2020



Crónicas de la peste 15
La vida no es un envase vacío
por Sergio Sinay


Árbol, Árbol De La Vida, Marco, Espiritual, Metafísica


“La piel frágil, lampiña y mal irrigada de los humanos acusaba enormemente la ausencia de caricias. Una mejor circulación de los vasos sanguíneos cutáneos, una ligera disminución de la sensibilidad de las fibras nerviosas de tipo L permitieron, a partir de las primeras generaciones neohumanas, mitigar el sufrimiento inherente a la falta de contacto”. En La posibilidad de una isla, novela de 2005, el escritor francés Michel Houellebecq narra el final de la especie humana y su remplazo por los neohumanos, seres que se reproducen a partir del ADN conservado de los humanos. Esto permite una clonación infinita de los especímenes originales, aunque las reproducciones ya no son lo que eran los seres verdaderos. Desprovistos de emociones, híper racionales, algo así como pensamiento puro envasado en cuerpos que se suceden iguales a sí mismos, sin envejecer y sin sentir, han logrado el aislamiento total e indoloro de cada uno. No necesitan de nadie, cada neohumano se basta a sí mismo, sin nostalgia, sin miedo, pues la muerte es una noción de la que carecen, así como no poseen sentimientos, aunque los comprenden intelectualmente mediante el estudio de las memorias de los humanos originales.
La novela, una de las más estremecedoras, desafiantes y filosóficamente audaces de un autor que pone la escritura y el cuerpo en temas siempre desafiantes y extremos (ahí están como prueba sus obras Las partículas elementales, Plataforma, Serotonina o Sumisión), al punto que fue víctima de descalificaciones y amenazas de muerte, está narrada en dos momentos. Uno es el del final de la decadencia humana, una era hedonista, narcisista, desapasionada, consumista, que es la actual, contada por Daniel, un famoso humorista y cineasta, y el otro momento, veinte siglos más tarde, es narrado por la vigésima quinta reencarnación tecnológica del mismo Daniel, con quien comparte nombre y data de hechos vividos, pero nada que de lo que conocemos como humano.
Leída, o releída, en tiempos de coronavirus y de cuarentenas interminables, que comenzaron siendo un medio para preservar la vida y se convirtieron en un fin en sí mismo, al punto en que esas vidas preservadas y encapsuladas en confinamientos, aislamientos, vigilancias y prohibiciones podrían prolongarse eternamente, aunque empezaran a extraviar su propósito existencial, La posibilidad de una isla es una experiencia inquietante y remite a reflexiones sobre el presente. Aunque el tiempo final de la especie es líquido, como diría el gran pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), carente de arraigos, compromisos y visiones, aún quedan las pasiones humanas, el dolor, el amor, la voluntad de sentido, incluso cuando este se extravíe. En la inmortalidad artificialmente lograda, en esa supervivencia que aparece como un “triunfo” de la ciencia y de la técnica, pero vacía de sentido y propósito, algunos neohumanos empiezan a desear la muerte real, algo que dé un significado a vidas prolongadas porque sí. Empiezan a anhelar algo que nunca experimentarán: “la dulzura del sueño cuando llega junto al ser que amamos”, según lamenta Daniel 25, dos mil años después del Daniel original.
Reiteradamente justificada con filminas, estadísticas, declaraciones oficiales patéticamente contradictorias entre sí, promesas y explicaciones científicas abstrusas y cambiantes, y manipulación del miedo, la retahíla de cuarentenas a que fue sometida la sociedad desde el 20 de marzo de 2020 en adelante parecía tener como fin lo que describe la frase inicial de esta columna, tomada de la novela de Houellebecq. El acostumbramiento de las personas a una vida sin contacto, sin otro horizonte que estar, permanecer, no morir. Preservar el envase de una vida prescindiendo del contenido. Porque la verdadera vida es una aventura riesgosa. Hoy y siempre, con y sin Covid-19. Vivir es vivir para algo. Lo contrario de simplemente respirar y permanecer.

domingo, 14 de junio de 2020


Crónicas de la peste (14)

La peor y la mejor noticia

Por Sergio Sinay


Noche, Angel, Escultura, Blanco, Figura


Quizás la peor noticia que ha traído el coronavirus es la de que somos mortales. No es una obviedad, o al menos había dejado de serlo en el mundo prehistórico que feneció en el verano de este año (invierno para el hemisferio norte). En aquel tiempo, tan cercano en el calendario y tan lejano en las sensaciones y en la memoria emocional, habíamos llegado a vivir como si nunca fuésemos a morir. Podíamos permitirnos no encontrarnos por largos períodos con seres queridos, podíamos postergar proyectos trascendentes para correr detrás de deseos tan imperiosos como banales, podíamos depredar el medio ambiente como si no fuera esencial para nuestra existencia, podíamos consumir de manera bulímica, descartar objetos, artefactos, prendas y personas con absoluta facilidad, podíamos aplazar lo importante hasta eliminarlo para dedicarnos a lo urgente, que casi siempre tenía que ver con apetencias o cuestiones materiales, podíamos desentendernos de necesidades y dolores ajenos para evitar que nos distrajeran, podíamos aislarnos del prójimo y del mundo como si no los necesitáramos. La tecnología nos proponía diariamente nuevos objetos de deseo mientras nos mandaba mensajes directos o subliminales en los cuales nos aseguraba que pronto seríamos definitivamente inmortales, que cualquier componente de nuestro cuerpo podría ser remplazado una y otra vez hasta el infinito, que pronto bastaría con pensar algo para tenerlo, que moveríamos el mundo a nuestro antojo con el poder de la mente. La neurociencia nos anunciaba que estábamos a punto de dominar a nuestro cerebro y manejarlo como si fuera una simple aplicación y como si no fuéramos él, y desde otros ámbitos de la ciencia nos llegaban promesas de que no faltaba mucho para que todas las enfermedades, aún las más terribles, fueran vencidas.

LO DEMÁS PODÍA ESPERAR
Es cierto que, mientras tanto, la desigualdad económica y social en el mundo se ahondaba, que no cesaban las guerras, que un 1% de la población mundial había llegado a acaparar el 99% de las riquezas producidas por el resto, que el hambre azotaba a una de cada nueve personas en el planeta (más de 800 millones de seres humanos) según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), un número similar al de obesos también de acuerdo con cifras oficiales, y que numerosas enfermedades “de pobres”, como el mal de Chagas, el dengue, la malaria, el colera, la tuberculosis, entre otras, seguían cobrando víctimas por decenas de millares sin que a nadie (autoridades políticas, economistas, industria farmacéutica, medios de comunicación y opinión pública) se le moviera un pelo. Es cierto, pero todo eso podía esperar. El ser inmortales permitía posponerlo todo. El problema no advertido (o que no se quería advertir) era que aquella inmortalidad no era para todos, sino para quienes pudieran acceder a ella, comprar la promesa y seguir disfrutando de la utópica perpetuidad. Siendo inmortal ya no se necesitaba de nadie para vivir. Cobraban inusitada actualidad aquellos versos que el gran poeta y dramaturgo español Luis de Góngora (1561-1627) escribiera durante el Siglo de Oro: “Ándeme yo caliente/ Y ríase la gente./ Traten otros del gobierno/ Del mundo y sus monarquías,/ Mientras gobiernan mis días/ Mantequillas y pan tierno,/ Y las mañanas de invierno/ Naranjada y aguardiente,/  Y ríase la gente”.
Hasta que el Covid-19 trajo la mala noticia. Somos mortales, y no solo eso. La muerte es democrática, no repara en sexo, género, nacionalidad, localización geográfica. Revolotea con mayor cercanía alrededor de los pobres, pero no deja de llevarse también a ricos y famosos. En un ensayo reciente publicado en la revista digital “Aeon”, el médico y psiquiatra Warren Ward, catedrático en la universidad australiana de Queensland, cuenta que él mismo tardó en darse cuenta de que la enfermedad y la muerte son partes ineluctables de la existencia. A fuerza de estudiar el organismo humano y sus mecanismos había llegado a creer, como tantos, que era posible dominarlo todo al respecto y llegar a prolongar indefinidamente la vida.
Ward despertó de esa ilusión diez años atrás, cuando le fue diagnosticado un melanoma (cáncer de piel), tumor cutáneo que suele ser agresivo y rápidamente fatal. Afortunadamente, dice, la cirugía lo salvó, pero considera que su fortuna mayor fue “haberme dado cuenta de algo que había dejado de lado; que iba morir. Y si no fue de melanoma será de otra cosa, pero voy a morir. Desde entonces fui más feliz. Esta aceptación, el darme cuenta de que voy a morir, fue para mí tanto o más importante que los avances de la medicina, porque me recordó que debo vivir una vida significativa cada día”. Por esos días, en 2011, apareció el libro “Los principales cinco arrepentimientos de los moribundos”, de la especialista australiana en cuidados paliativos Bronnie Ware, cuyas charlas TED sobre el tema tienen millones de seguidores en el mundo. La lista de arrepentimientos que recogió Ware a través de cientos de entrevistas a enfermos terminales en sus últimas doce semanas de vida, se resumen en estas frases: 1) “Hubiera querido tener el coraje de vivir mi verdadera vida, y no la vida que otros esperaban de mí”; 2) “Hubiera deseado no trabajar tanto ni tan duro”; 3) “Hubiera deseado tener la valentía de expresar mis sentimientos”; 4) “Hubiera querido estar más en contacto con mis seres queridos y mis amigos”; y 5) “Hubiera deseado permitirme ser más feliz”.
“Como médico, escribe Ward, compruebo cada día la fragilidad del organismo humano y lo cerca que está la muerte, a la vuelta de la esquina. Y como psicoterapeuta compruebo lo vacía que está una vida cuando carece de sentido y de propósito”. Y piensa que la conciencia de esa “preciosa finitud” (así la llama) debería impulsarnos cada día, en cada acto, a encontrar, o crear, el sentido de nuestra vida.

LO QUE NO CAMBIA
De regreso a aquí y ahora, podríamos pensar que, después de todo, la noticia de nuestra irreversible mortalidad, portada por el Covid-19, es también una buena noticia. Esto siempre y cuando no nos empeñemos en sobrevivir por el solo hecho de sobrevivir, que no nos contentemos, escondidos y asustados, con no ser parte del informe diario de infectados y fallecidos, ese informe que por momentos se desparrama con morbosa insistencia, como si hubiese una intención de mantenernos inmovilizados, como pequeñas criaturas aterrorizadas. El propósito final de los cuidados que dicen prodigarnos y de los que responsablemente tomamos por nuestra cuenta no debiera ser prolongar la vida un día más, sino conservar la vida para hacer de ella una experiencia plena de sentido, para dejar una huella de nuestro paso. Está claro que al final de nuestras vidas moriremos. ¿Obvio? No lo parecía hasta hace poco. Lo que importa es para qué vivir. Y eso determinará cómo hacerlo. Mientras tanto, vale citar algo que el doctor Warren Ward escribe en su ensayo: “Un día mi amigo Jason, con quien estudié medicina, me recordó que a pesar de todos los avances médicos y científicos la tasa de mortalidad permanece constante: es de un muerto por persona”.

domingo, 7 de junio de 2020



Crónicas de la peste (13)

La peligrosa política del miedo

Por Sergio Sinay


 La Guerra, Refugiados, Los Niños, Ayuda, Sufrimiento

“Ustedes tengan miedo, nosotros haremos el resto”. Dirigida de gobernantes a gobernados, esta consigna define al miedo como herramienta esencial en el ejercicio contemporáneo de la gobernanza. Así lo resumió Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College y en el Centro de Graduados de la Universidad de Nueva York, durante un debate sostenido en 2014 en el Instituto de Estudios Políticos de Lyon, Francia. El otro participante del debate fue el historiador Patrick Boucheron, del Collège de France, cuya obra se ha centrado en dos temas: la Edad Media y el papel del miedo en la historia humana. La conversación entre Robin y Boucheron fue recogida en el libro “El miedo: historia y usos políticos de una emoción”, con un sustancioso prólogo de Renaud Payre, director del Instituto lionés.
Las ricas ideas de aquel encuentro adquieren un enorme poder revelador en tiempo de pandemias y cuarentenas. Desde el 11 de septiembre de 2001 el miedo se instaló en el campo político, señala Payre, y se inscribe de forma duradera en nuestras sociedades. Junto a otras emociones resulta fundamental en el ejercicio del gobierno. Más aun cuando el propio gobernante lo incentiva para presentarse luego como el garante de la seguridad, y orienta de esa manera las conductas colectivas. El miedo, manipulado con astucia, se convierte en ingrediente del poder. Un buen gobierno no se define ya por sus sensatos principios, por su capacidad de ordenar armoniosamente los naturales desacuerdos sociales, por generar visiones comunes y convocantes, por diseñar la posibilidad de un porvenir en el que cada ciudadano pueda realizar sus potencialidades, sino por su habilidad para suscitar el miedo y, al mismo tiempo, manifestarse capaz de calmarlo. Esto es decisivo. Aquí radica el secreto de lograr desde el gobierno la servidumbre voluntaria de los gobernados, un fenómeno descrito ya en 1548 (y publicado como libro en 1572 a instancias del gran Michel de Montaigne) por el magistrado francés Étienne de La Boétie. En términos contemporáneos se puede advertir que la servidumbre voluntaria incluye también a numerosos intelectuales, medios, comunicadores, científicos y políticos (además de variopintos ejemplares de esa especie llamada “famosos”).
El miedo es una emoción humana natural y se deposita en lo desconocido y en lo que no ocurrió pero podría ocurrir (y ocurrirme). Cuando lo temido sucede, si es que sucede, el miedo deja paso a otras emociones o se transforma en acciones. En sí no es una emoción negativa, pero, como ocurre con todas las emociones, hay formas negativas de expresarlo o gestionarlo. El problema no es el miedo, sino su manipulación, la conversión de lo temido en un fantasma, en una posibilidad indemostrable, pero permanentemente anunciada mediante afirmaciones, cifras, estadísticas siempre cuestionables y veladas amenazas. Como recuerda Renaud Payre, es una reacción emocional que, manipulada políticamente, puede llevar a comportamientos colectivos catastróficos. La política del miedo es un arma de doble filo, porque puede resultar eficaz durante un tiempo (incluso un tiempo relativamente prolongado), pero hay un punto en el cual la conciencia de muchos individuos se sobrepone de modo resiliente a la sumisión, no admite vivir permanentemente a la sombra del temor, lo que significaría simplemente sobrevivir sin horizontes existenciales, y crea otras alternativas. La servidumbre voluntaria, hija dilecta del miedo, es posible cuando se anulan el entendimiento y el pensamiento crítico.
En el encuentro de Lyon, Patrick Boucheron recordó que a lo largo de la historia prevaleció en los gobernantes un lema: hacer temer en lugar de hacer creer. Hacer temer, insistió, es una manera de impedir que se piense y se comprenda, “y esa es seguramente la mejor forma de hacerse obedecer”. La política del miedo tiene dos variables. La vertical, basada en las desigualdades y las jerarquías sociales, y la horizontal, fundada en el temor a algo que viene de afuera, una amenaza, un enemigo que debe ser continuamente avivado o inventado, según el caso. Pero no es nunca la mejor política para el porvenir de una sociedad.

viernes, 29 de mayo de 2020

Crónicas de la peste 12

La posibilidad de la esperanza

Por Sergio Sinay



 Hierba, Pavimento, Ladrillo, Poesía, Piedra

 

En estos días me puse a revisar algunos antiguos textos míos y fui a parar a un prólogo que había escrito, allá por 2013, para un bello e iluminador libro del sociólogo y pensador italiano Francesco Alberoni. El título del libro es La esperanza. Probablemente nunca como en estos días la palabra esperanza haya sido tan dicha, pensada y repetida, despertada de un largo sueño, reivindicada luego de haber sido reducida a sinónimo menor de ilusión, de ingenuidad, de inocencia.

Pero, como dice Alberoni, no se puede entender la esperanza si no se transita su opuesto, la desesperación. En un mundo que se fue deslizando hacia la desesperación (ausencia de esperanza) a fuerza de adorar nuevos becerros, ya no de oro sino de plástico o de siliconas, después de haberse remitido solo a lo inmediato, a lo fugaz, a lo perecedero, en un mundo que de pronto, sorprendido por un virus, terminó de caer, ahora sin disimulo, en aquella desesperación que procuraba ocultar (la desesperación del corazón que extravío el sentido existencial), se desempolva la esperanza. La ley del momento, del primero yo, la ley del fin que justifica los medios, la ley del poder por el poder, la ley del éxito económico, de la especulación financiera y del vacío espiritual, la ley, en fin, de los valores de la bolsa por sobre los valores morales, está suspendida por un tiempo (no sabemos qué vendrá). Esa era la ley imperante en un mundo de puro presente sin raíz, donde no se vive el momento (algo en sí recomendable), sino el instante. Y si todo nace y muere en el instante, no hay memoria, no hay noción de haber recibido algo que debe cuidarse y legarse, no hay proyecto que vaya más allá del propio ombligo. No hay esperanza.

La esperanza se tiende en el tiempo. Es bastante más que el deseo de que a mí me vaya bien, de que yo me salve aunque otros perezcan. Es más que esperar el cumplimiento de un deseo. Es la voluntad de ser parte de un todo, de cuidar ese todo, de trascender a través del encuentro con el semejante y de la huella, así sea pequeña y anónima, que se deja en el mundo, como agradecimiento por haber estado en él. Somos los únicos seres que tenemos noción del tiempo, que nos sabemos hechos de él y, por lo tanto, finitos. Por eso la esperanza. Ella apunta a la búsqueda del sentido que nos permite trascender la finitud. Esa finitud que ahora se nos presenta como innegable.

Confrontados a la incertidumbre, a la vulnerabilidad, a nuestra mortalidad, despertamos de una peligrosa y oscura modorra en la que habíamos llegado a creer que la intolerancia, la discordia, el abandono, el egocentrismo, el individualismo, el materialismo constituyen la naturaleza de la vida. Una naturaleza sin opción. En esa modorra fermenta fácilmente la desesperación Para todos los seres humanos hay un límite en común. La muerte. Y la esperanza no es ajena a este límite insuperable. Ignoramos en qué punto del camino de la vida nos aguarda. Eso nos rebela tanto como su misma existencia. Nada se puede hacer ante este límite. O sí. Elegir de qué modo hemos de vivir. Es mejor no saber cuándo será nuestro final, dice Alberoni en su libro, porque en ese caso viviríamos obsesionados con él. Mientras lo ignoramos, el futuro nos aguarda. Y ante eso, escribe: “La vida se construye sobre la posibilidad de actuar en el futuro y, por lo tanto, sobre la esperanza”.  Frente a eso, nada puede atentar con mayor alevosía contra la esperanza que ser condenados a una espera sin fin, una espera sin promesa, sin visión, a esperar sin saber qué, sin saber cuánto, sin saber para qué. La libertad última del condenado, es en ese caso, la de apropiarse de su destino, y recuperar la esperanza a través de la actitud y de la acción.


viernes, 15 de mayo de 2020

Simplemente, gracias

Por Sergio Sinay


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Un antiguo proverbio chino recomienda: “Cuando bebas agua, recuerda la fuente”. Así como damos por hecho que el agua existe y que siempre contaremos con ella, también solemos considerar como naturales muchas cosas que hacen a nuestra vida. El alimento que nos nutre, el techo bajo el cual dormimos, el lecho en el que lo hacemos, la familia que integramos, los amigos que nos rodean, la salud de la que gozamos. Nos hacemos a la idea de que aquello con lo que contamos, tanto en el plano material como en el emocional y afectivo, es algo que nos corresponde, que debemos tenerlo, que es nuestro derecho. Y que cuando no es así, o cuando algo falta, eso se nos debe. Tendemos a pensarnos como acreedores antes que como deudores. Olvidamos que el agua no es lo menos que se nos debe sino un don que recibimos.

Si vivimos aferrados al papel de acreedores siempre veremos en los otros a deudores y no consideraremos aquello que nos dan o que hacen por nosotros. Pensaremos que eso es “lo menos” que aquellas personas “deben” hacer. La psicoterapeuta existencial y escritora austriaca Elisabeth Lukas da cuenta en su bello libro El sentido del momento de algo muy significativo: “Resulta curioso, dice, que apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento. Las universidades no han caído en el hecho de que se trata de un fenómeno irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de la existencia”. Es verdad. El hecho de que cada noche reposemos en el mismo lecho del cual nos hemos levantado en la mañana es un milagro. Podría perfectamente no ocurrir, nadie nos garantiza que estaremos aquí al final del día. La existencia es frágil, no lo olvidemos. Agradecer es una hermosa manera de recordarlo.

 

No preguntes, agradece

¿Qué nos impide decir gracias con mayor simpleza, mayor naturalidad y mayor frecuencia? Lukas lo expresa así: “Lo impide, por macabro que parezca, el horror que no se ha vivido (…) No haber clamado desde la penuria”. Sin embargo, no debería ser necesario pasar por el horror y el dolor para ser agradecidos. Sobran motivos para la gratitud, cada día, a cada minuto, a partir de que estamos vivos. El gran pensador y médico Víctor Frankl recomendaba agradecer siempre: “Si no sabes por qué agradeces, decía, quien recibe tu agradecimiento lo sabe”.

Gratia se denominaba en latín al reconocimiento u honra que se hacía a otro por un favor recibido. De allí, la palabra gracias. Cada día, si estuvimos atentos, sobraron los motivos para decírsela a alguien. Nos abrieron una puerta, nos alcanzaron un vaso con agua, nos cedieron el paso, nos desearon buenos días, nos preguntaron por nuestra salud, nos enviaron buenos deseos, nos atendieron con buen talante, alguien nos cedió parte de su tiempo y de su atención, recibimos una caricia, nos apoyaron cálidamente una mano en el hombro, nos ofrecieron acercarnos a un sitio, nos esperaron cuando fuimos impuntuales, nos cedieron un asiento, nos recomendaron un libro, una película, un lugar donde comer o donde descansar, nos sonrieron, recibimos la llamada telefónica que esperábamos, recibimos una llamada inesperada que nos alegró, nos hicieron llegar una invitación, nos abrieron la puerta de una casa, nos cuidaron la mascota, invitaron a nuestros hijos, nos dijeron que se nos veía bien. Volverá a ocurrir. Cuando pase este tiempo extraño de confusos confinamientos, volverá a ocurrir. Basta con estar atento, con prestar atención, con vivir despierto para advertir a cada momento una razón para decir “Gracias”.

Un acto de amor

Cuando decimos esa palabra, nuestra gratitud excede el hecho por el cual la expresamos. Agradecemos, en realidad, porque se nos vio, se nos registró, se nos confirmó nuestra existencia, nada menos, a través de la acción que agradecemos. Aquel a quien expresamos nuestra gratitud construyó un puente hacia nosotros y lo cruzó. Pequeños gestos, actos que aparentemente no requieren esfuerzos, actitudes que no son obligatorias, nos van recordando que vivimos entre otros y que nos necesitamos los unos a los otros para confirmarnos (a través de la mirada, la palabra, la escucha, la acción) que estamos aquí, que estamos vivos. Una persona aislada, en una isla  despoblada de todo otro ser humano, llegaría a dudar de su propia existencia.

Quien nos mira, nos habla, nos escucha o tiene un pequeño gesto hacia nosotros  ejecuta, aunque no lo parezca, un acto de amor. De la misma manera, quien dice gracias expresa amor hacia un semejante. Manifestar la gratitud nos hace salir de nosotros mismos y nos lleva a mirar más allá del propio ombligo para descubrir que vivimos en un mundo poblado de otros, de semejantes, de prójimos. Nos rescata del amor propio, que, como señala el filósofo francés André Comte-Sponville, requiere toda la gloria para sí, se alimenta de la omnipotencia (“me basta solo, no necesito de nadie”), niega la vulnerabilidad y con ello niega también la necesidad. Pero ocurre que somos todos vulnerables y que todos tenemos necesidades cuya atención requiere de otros. Por todas estas razones nos debemos agradecimiento.

A menudo es el orgullo el que nos impide expresarlo. El orgullo, primo hermano del amor propio, y tan lejano de la humildad. Dice Comte-Sponville que la gratitud está preñada de humildad, una virtud que no le teme a las propias flaquezas y que tampoco especula ni manipula a partir de ellas. El escritor y militar francés Francois de La Rochefoucald (1613-1680) sentenció alguna vez: “El orgullo no desea deberes y el amor propio no quiere pagar”. Con orgullo y amor propio, pues, resulta imposible ser agradecido.

 

Siembra fecunda

Al reforzar el egoísmo, tanto el orgullo como el amor propio aíslan a las personas, las convierten en islas. Todo lo contrario ocurre con el agradecimiento, que nos conecta a unos con otros, y refuerza la cadena cooperativa que mejora la vida de todos. Bien vale un ejemplo para el caso.  A fines del siglo diecinueve un campesino escocés, hombre muy pobre, andaba por un camino cuando escuchó un grito lastimero que llegaba desde una ciénaga cercana. Un muchacho se hundía en el barro. Le extendió su bastón y logró rescatarlo. Al día siguiente llegó a su choza un carruaje elegante. Era el padre del muchacho rescatado, un miembro de la nobleza, y venía a ofrecer una recompensa. El campesino rehusó aceptar. El noble observó que el campesino tenía un hijo y se ofreció a costear la educación del chico. Esto sí fue aceptado. Algunos años más tarde el hijo del campesino se graduó de médico en la escuela del Hospital St. Mary, de Londres, y su nombre trascendería en el mundo. Fue Sir Alexander Fleming (1881-1955), el descubridor de la penicilina. La historia no termina allí. Mucho tiempo después del episodio en el campo, el hijo del hombre poderoso (el mismo que había sido rescatado del pantano), enfermó gravemente de pulmonía y salvó su vida gracias a la penicilina. El noble se llamaba Randolph Churchill, y su hijo era Winston Churchill.

 Como decía Frankl, entonces, el agradecimiento siempre llega y no busca recompensas a su vez. Jamás se pierde en el vacío. Es una siembra de la que siempre habrá una cosecha fecunda. Todo el tiempo bebemos de fuentes que quizás no siempre conozcamos, pero a las que le debemos gratitud por el agua que nos dan