martes, 14 de enero de 2020


Prisioneros en la caverna 

tecnológica

Por Sergio Sinay

En el mundo de hoy, la ilusión de lo virtual desplaza a la experiencia de lo real y nos convierte en seres manipulados a través de pantallas. Confirma entonces su vigencia la clásica alegoría de Platón sobre la caverna de la ignorancia y sus prisioneros.



Un grupo de hombres está encerrado, desde el momento de su nacimiento, en una caverna, donde se encuentran engrillados y esposados de tal manera que solo pueden mirar la pared del fondo, y les resulta imposible girar en otra dirección. A espaldas de ellos, una medianera se interpone entre la entrada de la caverna y el fondo. A pocos metros de la entrada arde una fogata. Y entre la fogata y la medianera otros hombres, a los que los primeros no ven, elevan unas figuras recortadas. La luz combinada del exterior y de la fogata proyecta sobre el fondo de la caverna las siluetas de esas figuras, como si fueran sombras chinescas. Los hombres encadenados, que no han visto otra cosa en sus vidas, creen que esas sombras proyectadas son la realidad. Desconocen la existencia de un vasto mundo a espaldas de ellos, en el exterior de la gruta.
Escrita alrededor del año 380 antes de Cristo, la “Alegoría de la caverna”, que Platón creó en su libro “La República”, es una de las más célebres piezas filosóficas de todos los tiempos. A lo largo de la historia ha servido para advertir una y otra vez sobre los riesgos de aferrarse a ilusiones, de no reflexionar sobre lo que hay detrás de lo visible, de confundir lo real con proyecciones. Pasar del mundo de lo visible al mundo de las ideas era, para el filósofo griego, el gran desafío humano. Y acaso en la actualidad, en tiempos de euforia e ilusionismo tecnológicos, se necesario volver a su alegoría una vez más. El explosivo auge experimentado en lo que va del siglo veintiuno por la tecnología de conexión y los artilugios digitales, sumado al novedoso embobamiento con la inteligencia artificial y sus subproductos, renueva las advertencias del relato platónico.

LA NUEVA CAVERNA
Una extendida y riesgosa ilusión contemporánea es la de que al calor de internet se amplió la libertad de las personas, su posibilidad de elección y su poder de incidencia en las decisiones y acciones de los gobiernos. Cuando necesitó seducir a los inversores antes de que Facebook cotizara en bolsa, Mark Zuckerberg, su creador, habló de su intención de “cambiar el modo en que la gente se relaciona con sus gobiernos e instituciones sociales (…) Al darle a la gente el poder de compartir, alcanzamos a ver cómo hace oír su voz en una escala hasta ahora sin precedentes”. Experto manipulador y gestor de falacias, Zuckerberg, al igual que un mago, distraía la atención con un mano mientras realizaba el truco con la otra. Su herramienta, como otras redes sociales, no tenía el fin de crear esa suerte de democracia directa, sino el de apoderarse de la mayor cantidad de datos posible de los usuarios para venderlos a quienes convertirían a estos, a través de variadas técnicas de publicidad, marketing e incitación subliminal, en nuevos prisioneros en la caverna del consumismo. También serían orientados ideológica y políticamente a la hora de elecciones presidenciales en diferentes países a través de una abrumadora y obscena proliferación de “fake news” de las que, fingiendo ingenuidad, la compañía no se haría cargo más allá de ciertas palabras de ocasión, como las que el propio Zuckerberg emitió ante el Congreso de Estados Unidos cuando fue llamado a declarar sobre la escandalosa manipulación que protagonizó su compañía.
Todo usuario de internet es rastreado paso a paso en cada uno de sus búsquedas, compras, ventas y accesos a sitios, portales y páginas. Los correos electrónicos son leídos, no hay secretos. Las rebeliones que se convocan contra gobiernos a través de la red tienen sus breves momentos de auge (como ocurrió en Egipto, Nueva York, Madrid y otros lugares) antes de ser absorbidas por el mismo sistema que genera pingües negocios a través de la misma red. La libertad de elección, no solo política sino en materia de consumo, es relativa, puesto que al estar permanentemente perseguidas por los algoritmos que las trazan y codifican las personas eligen dentro de un menú que parece amplio pero que es rígido y les está predestinado. El algoritmo detecta sus gustos, preferencias e inclinaciones (ellas los confiesan, en realidad, a través de su uso de internet) y las dirigirá, como un siniestro lazarillo, en esa dirección. A la ilusión de libertad la acompaña una real pérdida de privacidad e intimidad. Las fotos que se suben a las redes, los relatos sobre lugares visitados, sobre compras realizadas, son papitas para el loro algorítimico.
 Esto no quita el valor potencial de las herramientas de la tecnología digital. Pero ocurre que no hay tecnología moralmente neutra, puesto que ellas son herramientas en manos de humanos. Y toda creación, elección, decisión o acción humana es un acto moral, se lo quiera o no. Afecta a otros, exige responsabilidad acerca de las consecuencias, requiere la aceptación o negación de valores esenciales. Con un cuchillo se puede cortar alimentos y facilitar la nutrición o se puede apuñalar a alguien. No decide el cuchillo, sino quien lo usa.

UN ANTIVIRUS URGENTE
En una columna para el diario español “El País” el historiador israelí Yuval Noah Harari, autor de “Sapiens” y “De animales a dioses”, decía: “Para sobrevivir y prosperar en el siglo veintiuno, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres y aceptar lo que, en realidad, somos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos”. Harari iba más allá al plantear lo siguiente: “Ahora sí es posible hacerlo. Un algoritmo puede decir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, y si su vecina ya detesta a Trump, de tal forma que el primero vea un titular y la segunda otro completamente distinto. Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para hacer que hagamos clic en determinados anuncios y así vendernos cosas”. Y proponía que, tal como se desarrollan antivirus para las computadoras, desarrollemos, desde la conciencia y la reflexión, antivirus para nuestra propia mente y nuestro propio cerebro. Antivirus que nos permitan salir de la ilusión de las pantallas y la realidad virtual para conectar con el complejo y rico mundo verdadero, ese mundo habitado por congéneres de carne y hueso. Un mundo en el que nuestra intimidad sea sagrada y nuestras elecciones y decisiones sean propias y responsables. Un mundo en el que no seamos las marionetas de peligrosos titiriteros.
A propósito de esto el escritor español Marcos Giralt Torrente (su novela más reciente es “Mudar de piel”), previene sobre “los ingenieros que diseñan las aplicaciones tecnológicas, jóvenes inmaduros en su mayoría, narcisistas con difusos valores y nula formación humanística, que son exprimidos hasta vaciar su mente de todo aquello que no les sirva en su feroz lucha por dar con la idea que produzca millones. Y los campos en los que intervienen son amplios: desde los lúdicos y de socialización solo en apariencia inocuos hasta la seguridad y la ingeniería genética. Nadie se para lo suficiente a considerar si lo que producen está bien diseñado, contiene puertas traseras o es éticamente aceptable, pues quienes deciden quieren sacarlo al mercado sin demora para adelantarse a la competencia”. Es urgente, pues, dejar de mirar el fondo de la caverna.

viernes, 10 de enero de 2020


Un día milagroso

Por Sergio Sinay





Es posible que nada sea más fugaz y perecedero que el presente. Cualquier presente, ya sea feliz o doloroso, responde a esa característica. Es inatrapable. A cada segundo se convierte en pasado. A veces reciente, a veces remoto, pero pasado. Y, además, es incierto. En su más reciente novela, titulada “Máquinas como yo”, el escritor inglés Ian McEwan (que merecería el premio Nobel de literatura si este no fuera inevitablemente manipulado y desvirtuado al compás de tramoyas políticas), lo dice con lucidez. Charlie, el protagonista de su relato, reflexiona en un momento de esta manera: “El presente es el más frágil de los constructos improbables. Cualquier parte de él, todo él, podría ser diferente. Esto resulta cierto respecto del asunto más pequeño y del asunto más grande”. A continuación, enumera una serie de hechos que ocurrieron de una manera a lo largo de la historia humana, pero que bien podrían haber sucedido de un modo distinto, o incluso no haber acontecido. Por ejemplo, que William Shakespeare (1564-1616), el más grande dramaturgo trágico de todos los tiempos, hubiese muerto a los cinco años, cosa común en su época, y, porf lo tanto, obras maestras e imperecederas como “MacBeth”, “Hamlet”, “Romeo y Julieta”, “Otelo”, “Rey Lear” o “Ricardo III”, no haberse escrito jamás. Nadie lo habría echado de menos, piensa Charlie, pero sin duda el mundo sería hoy más gris. Estados Unidos podría no haber perfeccionado la bomba atómica y no habría habido cientos de miles de muertos en Hiroshima y Nagasaki solo con el fin de probarla, imagina el protagonista.

EL AZAR DE LA EXISTENCIA
La reflexión que propone McEwan termina imaginando que sesenta y seis millones de años atrás la tierra hubiese girado, esquivando el meteorito que se estrelló contra el planeta. Si eso hubiera ocurrido, no se hubiese producido “el polvo de yeso fino del Yucatán que nubló el sol”. Y los dinosaurios habrían seguido viviendo y negándole espacio vital a los mamíferos, “simios inteligentes incluidos”.
Ese párrafo estremecedor nos despierta de la perezosa naturalidad conque damos por sentada no solo nuestra existencia personal, sino la de la especie. Sin embargo, nada ni nadie nos extendió jamás una garantía sobre esa existencia, y así como es posible pensar que los humanos podríamos no haber aparecido nunca, lo mismo es aplicable a la vida de cada uno de nosotros como individuos. Cerramos los ojos en nuestras camas cada noche con escasa conciencia de que estamos protagonizando un milagro. El de haber existido durante un día más. Un día que puede haber incluido momentos felices o dolorosos (o felices y dolorosos), logros y decepciones, alegrías y angustias, amores y rencores, placeres y enojos. Días memorables o fácilmente olvidables. Días oscuros o luminosos. Apenas minúsculos e imperceptibles granitos en las infinitas arenas del tiempo, cada uno de nosotros podría no haber existido nunca o podría dejar de existir, por múltiples, desconocidas e incontrolables razones, en cualquier hora, minuto o segundo de cada día.
Que estemos aquí, sea del modo que fuere, en el final de un año y el comienzo de otro, es, si se mira bien, un privilegio. Acaso no fue el mejor año, no resultó el esperado, o quizás fue el mejor de nuestra vida. Calificarlo es una cuestión personal e intransferible. Cada existencia es única, cada peripecia es propia y singular. Si hay algo que todas tienen en común es que nos encuentran vivos y presentes. Si sobrevivir a cada uno de los 365 días de cada año significa ser parte de una cadena de milagros, cada una de esas jornadas encierra a su vez pequeños, breves, sutiles y silenciosos milagros que merecen más atención y más agradecimiento de los que usualmente les prodigamos. Ralph Waldo Emerson (1803-1882), filósofo y poeta estadounidense que en los principios del siglo diecinueve impulsó la filosofía vitalista (para la cual todas las cosas y seres del mundo poseen un alma propia cuyo aliento es la base de la existencia) consideraba que tanto es un milagro soplar las hojas de un trébol como ver caer y escuchar las gotas de la lluvia. Ponía luz así sobre los milagros imperceptibles que nos rodean.
En esa línea, el ex monje, psicoterapeuta y escritor contemporáneo Thomas Moore, propone que cada persona pueda crear su religión personal sin renegar de ninguna creencia, y erigir en su mente y en su corazón el templo de la misma. En su libro titulado precisamente “En busca de una religión personal”, Moore escribe: “Imagina el impacto que tendría en tu religión si cambiaras tu sentido de lo milagroso de una asombrosa hazaña realizada por un maestro o mago a una profunda apreciación del milagro de la lluvia. Serías una persona diferente que vive un tipo de vida diferente”.

CON SOLO ABRIR LOS OJOS
Todo milagro convive con el misterio. Los problemas se resuelven. Los secretos se revelan. Los milagros no tienen resolución ni descubrimientos. Con ellos se convive, ante ellos, en todo caso, caben el asombro y el respeto. Para percibirlos es necesaria una atención abierta y flotante, que no se aferre a respuestas prefabricadas, que pueda desligarse por un momento de las certezas y se rinda a lo maravilloso. Cuando ejercemos ese tipo de atención podemos descubrir lo maravilloso en una mirada, en una caricia, en un mimo a nuestra mascota o de ella hacia nosotros, en los sonidos de la naturaleza, en un “buen día” dicho o recibido como intención y no como formalidad, en el aroma de una planta, en la salida o la puesta del sol, en el zumbido de una abeja mientras trabaja, en los movimientos de un bebé que comienza a caminar, en la voz de un amigo o amiga, en la lenta cocción de algo que cocinamos por mano propia, en un párrafo del libro que tenemos entre manos, en la conversación conque acompañamos el mate, en la sonrisa de esa persona desconocida conque nos cruzamos y a la que acaso no volvamos a ver. Esta enumeración podría prolongarse durante páginas y páginas sin agotarse. Y podría ser continuada por cada persona que la lea según sus propias percepciones y descubrimientos de los milagros con los que convive. Sin olvidar que cada uno de ellos es posible debido al milagro mayor: el de estar una vez más vivo en este día.
El registro de los pequeños milagros cotidianos requiere un tiempo, una disposición y una actitud que no parecen propios de esta época. ¿Cómo escuchar los milagrosos sonidos del mundo con los oídos obturados por auriculares que actúan como muros aislantes? ¿Con qué ojos admirar las pequeñas maravillas del entorno cuando los propios están secuestrados por pantallas de celulares y computadoras que no los liberan? ¿Dónde obtener el tiempo para un encuentro, una conversación, una caricia cuando urge la prisa por llegar pronto a ningún lugar? Imposible saber cuántos milagros que estaban allí, a un paso, pasaron inadvertidos en los últimos días, semanas, meses y años de nuestras vidas, porque ni los oídos, ni los ojos, ni la mente ni el corazón estaban dispuestos para el descubrimiento. Pero gracias al milagro de estar aquí una vez más, cuando otro día comienza, es posible maravillarse ante los que acontecerán en cuanto despertemos la atención y abramos los ojos, los oídos y el corazón.

lunes, 28 de octubre de 2019

Hora de puentes y no de grietas

Por Sergio Sinay

Las elecciones presidenciales del 27 de octubre de 2019 abren un desafío crucial no solo al nuevo gobierno y la nueva oposición, sino a toda la sociedad



El tiempo, los acontecimientos y las conductas dirán si las elecciones del 27 de octubre de 2019 dejaron una tajante profundización de la grieta que hiere malamente a la sociedad argentina desde mucho antes de los años de este siglo, aunque con especial encono en la década reciente, o si, por el contrario, los porcentajes de esta elección señalan la posibilidad de una suerte de bipartidismo (aunque paradójicamente sin partidos reales) en el cual la representatividad de dos grandes y significativos sectores de esa sociedad encuentren quien refleje sus necesidades y anhelos y quien sea capaz de negociar las diferencias hasta encontrar, entre el blanco y el negro excluyentes, un tono de gris integrador y prioritario.

Buena parte de los discursos de anoche, despojados de antiguos y clásicos resentimientos y de hirientes triunfalismos, para los que no había lugar, más la inédita invitación del presidente a su sucesor para un desayuno de trabajo en el día después, podrían ser síntomas que alienten a esperar la segunda posibilidad, entre las mencionadas al comienzo de esta columna. Pero se sabe que esto es Argentina y que aquí la volubilidad del clima político y social es aún mayor que en la alta montaña. Lo cierto es que quien ganó no tendrá margen para aventuras autoritarias ni para derroches asistenciales, clientelistas o populistas como los que lleva en su ADN, ni para ejercicios autoritarios a piacere, y quien perdió tendrá la seria responsabilidad, transmitida por sus votantes, de aprender y ejercer aquello que siempre despreció y a lo que siempre se negó por causa de un optimismo infantil y de una soberbia ciega: la política, el arte de reconocer y articular diferencias, argumentando con solidez y buena fe. Convertido ahora en oposición ya no podrá canalizar rechazos viscerales alimentándolos con promesas incomprobables ni con certidumbres banales, como lo hizo en 2015 para alcanzar el triunfo. Es la hora de la madurez o de la desaparición.

Los ganadores podrán cargar las tintas sobre la herencia recibida (como el gobierno saliente no se atrevió a sincerar en su momento), pero eso no les proporcionará una confortable luna de miel. La situación (para la cual ellos araron la tierra del desastre económico y social que el gobierno de Cambiemos se encargó de sembrar) no da para chicaneos. Y si de veras saben, según aseguraron, como poner a la Argentina de pie, llegó el momento de demostrarlo.

Ojalá el resto de los partidos no desaparezca tras haber jugado a la aventura electoral, como suele ocurrir salvo en el caso de la izquierda. Porque entre todos, y con sus diferencias, representan a poco mas de cuatro millones de argentinos, que, en un país serio, no deberían quedar políticamente huérfanos.
Todo esto se verá, y se verá pronto, porque no hay tiempo para devaneos ni para desatinos. 


Todo esto se verá, y se verá pronto, porque no hay tiempo para devaneos ni para desatinos. Pero no todo dependerá de gobernantes, de opositores y de alternativos. La sociedad en su conjunto tiene un importante papel para jugar con madurez o para desvirtuar con una ya clásica conducta adolescente, hecha de pensamiento mágico, de intolerancia hacia el que piensa o es diferente, de conductas tribales en donde solo importa uno y los suyos y, a pesar del careteo con la solidaridad, esta solo se aplica a los propios y se le niega, junto con la empatía, a “ellos”, los “otros”. En lo que viene no habrá actores de reparto. Todos juntos (palabras tan usadas y vaciadas de significado real hasta ahora) deberemos decir, más con las conductas que con las palabras, si empieza un tiempo de articulación de lo distinto orientada al bien común, o si el 27 de octubre de 2019 es la fecha en que la grieta se hizo tan profunda que caímos en ella hasta lo más hondo, irreversible y trágico. Ya no da para grietas. Es tiempo de construir puentes.


martes, 13 de noviembre de 2018

¿Otra vez la misma historia?

Por Sergio Sinay

El ensayista y novelista indio Pankaj Mishra presenta un profundo, lúcido e inquietante ensayo sobre los parecidos entre el mundo actual y el de finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, cuando se incubaba la etapa más sangrienta de la historia humana




La historia no marcha en línea recta, sino en círculos. Es difícil no compartir esta afirmación del ensayista y novelista indio Pantaj Mishra, desplegada en su ensayo La edad de la ira. El florecimiento de los Trump, los Bolsonaro, los populismos de derecha e izquierda en todo el planeta, el Brexit, el ascenso de la derecha xenófoba en Italia y Austria, el terrorismo desquiciado de ISIS y otros fenómenos que ensombrecen el planeta y lo cubren de miedo, odio, violencia y paranoia se explica a partir de argumentos que Mishra (colaborador del londinense The Guardian, de The New Yorker y de The New York Review of Books, y ganador del prestigioso Premio Windham-Campbell a la no ficción) desgrana con notable erudición, con un estilo preciso y al mismo tiempo apasionado y con un foco que jamás se desvía.
 El ensayista, radicado hoy en Londres, sostiene que las promesas de mejores condiciones de vida, igualdad, justicia, libertad irrestricta, progreso continuo, y un futuro mejor, nacidas con el Iluminismo en el siglo dieciocho, y fortalecidas a partir de ahí por el capitalismo y la democracia liberal, no solo no se cumplieron y fueron traicionadas, sino que apenas funcionaron para unas minorías cada vez más opulentas, más ambiciosas, más inmorales e inescrupulosas y más indiferentes a los padecimientos colectivos. De ese incumplimiento fueron, y son, cómplices tanto políticos como intelectuales, economistas, periodistas, gurúes del individualismo narcisista y fanáticos de una tecnología desvinculada de las verdaderas y esenciales necesidades humanas.
En las últimas tres décadas del siglo dieciocho, coincidentes con el auge del colonialismo, se hizo patente que el futuro no estaba en donde se lo había ofrecido, que directamente no existía para grandes masas de poblaciones hambreadas y desesperanzadas, así como para jóvenes sin porvenir a la vista, que fueron entonces presas de las promesas mesiánicas de quienes de quienes se oponían al sistema económico y político que entonces se globalizaba con el auge de los transportes y las comunicaciones. Se reprodujeron así los atentados anarquistas y los magnicidios en Europa e incluso Estados Unidos, porque se trataba de terminar con lo existente a cualquier precio (sobre todo el de vidas) dado que la violencia sería partera de una nueva historia. No importabaponían al sistema económico y político que entonces se globalizaba con el auge de los transpor qué historia. Se descontaba que resultaría mejor. Pero el resultado fue la Primera Guerra Mundial, la más sangrienta en la memoria humana hasta entonces.
 De ella no nació un mundo nuevo, sino nuevas opulencias, un nuevo reparto de la geografía, nuevas miserias y las condiciones para algo aun peor. La Segunda Guerra. A esta sí, en una apariencia de aprendizaje, le siguió la era del estado de bienestar, breve lapso que caducó a partir de los años 80 del siglo veinte con la expansión del neoliberalismo. Neo porque pone el acento solo en lo económico y posterga o desecha otras consignas del liberalismo clásico, como la libertad, la mayor felicidad para la mayor cantidad de personas, el valor de las instituciones democráticas. Muchas de estas condiciones estorban en el nuevo paradigma y, de hecho, según apunta Mishra, incluso en los países avanzados las instituciones democráticas flaquean hoy, más allá de los discursos. En este contexto las desigualdades actuales son brutales, y al resentimiento nunca saldado de los marginados de siempre se le agrega el de nuevas generaciones sin futuro y sin visión de sentido para sus existencias. Nihilismo, individualismo feroz, nacionalismo mesiánico, y la extensión de idearios psicóticos a cargo de psicópatas que se arrogan misiones divinas a través de tecnologías de conexión descontroladas, crean la versión 3.0 de aquel clima tóxico y ominoso del final del siglo diecinueve y comienzo del veinte. Lo que va del veintiuno, afirma Mishra, trae en la forma de Trump, Bolsonaro, ISIS y todo lo nombrado anteriormente el anuncio de una sombría circularidad histórica. Se trata de frenar aquí y dejar de hacer maníacamente lo mismo o temer un inminente final, dice Mishra evadiendo fatuos optimismos. El que avisa no es traidor

lunes, 22 de octubre de 2018


“LA HORA DE CLASE”, O LA EDUCACIÓN COMO UN ACTO DE AMOR

Por Sergio Sinay





A quienes sientan preocupación por el sentido real y profundo de la educación y piensen que esta va mucho más allá de la simple transmisión de información pre masticada y pre digerida, y también más allá de “actualizaciones” formales, superficiales y sin valor trascendente, como llenar las escuelas de computadoras o confundir el uso de celular con un adelanto educativo, les recomiendo enfáticamente la lectura de “La hora de clase”. El autor de este ensayo es el psicoanalista italiano Massimo Recalcati, que a su vez es también docente universitario.
Recalcati rescata la razón de ser de la educación, pone el acento en el valor que tiene en ella el vínculo humano, avanza con sólidos argumentos contra los experimentos tecnocráticos y burocráticos que vacían a la educación de toda trascendencia y la reducen a la simple producción de estadísticas oficiales o de mano de obra para las necesidades del mercado (esto se esconde detrás de esa falacia llamada “sociedad del conocimiento”).
Básicamente, demuestra este autor, la educación empieza en alguien que ama lo que enseña y que ama a aquel a quien enseña. Este amor se traduce en actos cotidianos durante la experiencia compartida. Y revierte en el amor del alumno al docente. Pero no se trata de amar al docente (aunque esto vale), sino a lo que este enseña, es decir a aquello que va a dejar en el alumno como herramienta para la vida. Por todo esto, dice Recalcati, cada hora de clase tiene un valor incalculable y lo que ocurre en ella, entre personas presentes, sin estériles y vacuas mediaciones tecnológicas, es una experiencia única e intransferible.
Recalcati fundamenta sus ideas con argumentos claros, sólidos y expuestos con un lenguaje de una belleza conmovedora. Y culmina el libro (breve y sustancioso) con una emocionante evocación de la maestra que lo rescató de su destino de pésimo estudiante y no solo lo apasionó por la posibilidad de aprender, sino que lo ayudó a ser una mejor persona.

lunes, 3 de septiembre de 2018


La política y sus traidores 
por Sergio Sinay


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Un general avanza peligrosamente mientras el gobierno empantana al país con sus dislates y furcios económicos y la oposición peronista (toda) protege a la jefa espiritual de los corruptos. El que avanza es el general descontento. Sus tropas incluyen el enojo, el malestar, la decepción y la desesperanza. Varios estudios y encuestas conocidos en los últimos días indican que la imagen de gobernantes, funcionarios, opositores, virtuales candidatos y demás ejemplares de la fauna política no cesa de caer. En algunos casos más, en otros menos pero, como el peso, cotizan a la baja. Diecisiete años después de 2001, el descontento de hoy no aparenta ser explosivo como el de entonces. Por una parte, la realidad demostró cómo “que se vayan todos” se traduce en que todos se quedan, envueltos en sus trajes de amianto y confiados en la dureza de sus caras. Se quedan, transmutan (muchos ni eso) y reinciden. Según una de esas encuestas (Grupo de Opinión Pública) un 45% de los consultados busca en vano una alternativa fuera de las caras conocidas. Según otra (Opinaia), un 70% cree que todos los políticos son corruptos y no confía en la política. “Allí donde los hombres conviven en un sentido histórico-civilizatorio, hay y ha habido siempre política”, afirma la ineludible Hannah Arendt (1906-1975), en La promesa de la política (Paidós). Desconfiar de la política sería, entonces, como abdicar de la posibilidad humana de convivir. Desde el momento en que la diversidad es característica esencial de la especie, naturalmente habrá siempre ideas, opiniones, prioridades, intereses, creencias y cosmovisiones distintas. La supervivencia dependerá de la posibilidad de articularlas. Eso es la política. Su misión y su fin “es asegurar la vida en el sentido más amplio”, dice Arendt. “Es ella quien permite al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines”. No puede haber libertad sin política y viceversa, señala la pensadora. La política es un ámbito que permite dar durabilidad a los asuntos humanos, continúa. Esto significa un ámbito que permita la trascendencia, ir más allá de lo inmediato, andar en dirección de una visión. La promesa de la política es la de aprender a vivir juntos en lo diverso, de organizar comunidades esenciales a partir del caos absoluto de las diferencias, Arendt dixit. Todo ámbito compartido (la pareja, la familia, un consorcio, el trabajo, un barrio, todo tipo de organización, independientemente de su fin) es un ámbito político en el que se toman decisiones políticas. Desentenderse de la política o no creer en ella es como autoexiliarse de lo humano o no creer en su posibilidad. Por esto es muy grave la traición a la promesa de la política. La corrupción es una traición imperdonable. La manipulación de los instrumentos políticos en función de intereses personales, corporativos o sectoriales también lo es. El sometimiento de la política a la economía (al totalitarismo de mercado) es una traición de alto grado. Del mismo modo que el desprecio por la política o el asumir funciones de gobierno (incluso las más altas) siendo políticamente ignorante y, más aún, exhibiendo esa ignorancia como un mérito. El general descontento avanza con sus tropas sobre el terreno previamente depredado por quienes traicionan y vienen traicionando a la política, desvirtuando su promesa, usando su nombre en vano. O peor, valiéndose de su nombre para empeorar y envilecer la vida de la comunidad. Quienes traicionan a la política no tienen pudor en usar palabras como “pueblo”, “felicidad”, “patria”, “gente”, “futuro”, “verdad”. Para ellos estas palabras son solo cebos, carnadas. Hay quienes pican porque, como dice Arendt, “sufrimos menos cuando quedamos atrapados en los movimientos totalitarios o en los ajustes de la psicología moderna”. O cuando compramos promesas de brotes verdes que nunca florecen. Pero, advertía la filósofa, con la facultad de sufrir se pierde también la virtud de resistir. Y perdida esa virtud, todo el campo es de los traidores a la política. (Fuente www.perfil.com). 

lunes, 12 de marzo de 2018

Anticipo del libro 
El amor sólido en tiempos líquidos



Amores que se consolidan en el tiempo, que trascienden lo inmediato. Árboles cuyas raíces no cesan de viajar hacia lo profundo y cuyos frutos son más nutricios en cada cosecha. No son árboles aislados, solo que, en un mundo bullicioso, bochinchero, sin tiempo para observar y reflexionar, sin espacio para exponer lo que no es banal, terminan por integrar bosques que pasan inadvertidos (…) Se le llama amor a la vanidad y al narcisismo, se mira con sorna a los amores que se construyen en silencio, con acciones. A los que duran en el tiempo se los considera despectivamente rutinas o costumbre, se prefiere la montaña rusa emocional (un viaje a ninguna parte, un simple shot de adrenalina) antes que el tren que atraviesa variados paisajes, tanto bellos como áridos, pero viaja hacia un destino, se mueve en el tiempo y en el espacio.
No son árboles solitarios. Constituyen bosques, aunque no se observen a simple vista. Hay muchos empeñados en construir amor del bueno y darle trascendencia en el tiempo, en devolverle al amor su sentido y su significado, desgastado por la mala praxis en un mundo de voracidad material, de tiempo en fuga, de deseos insaciables, de necesidades olvidadas, de inconstancia, de horror al compromiso y a la responsabilidad, un mundo en donde el otro se ha ido desdibujando hasta desaparecer. Un mundo de soledad sin alteridad, de simulacros de encuentro. En ese mundo líquido existen y son posibles, pese a todo, los amores sólidos.
No son, hay que decirlo pronto, amores mágicos. No se venden hechos, no se encargan por internet ni por teléfono, no son instantáneos, no vienen en pastillas ni son inyectables. No dependen de hechiceros portadores de fórmulas prodigiosas que duran solo hasta la próxima desilusión (aunque estos gurúes no dejen de multiplicarse, disfrazados con diferentes trajes y títulos). Transcurren en la vida tal como es. Esto significa que a cada paso se encuentran con una circunstancia que exige respuesta. Una respuesta que se debe dar a través de acciones y decisiones. Y que tendrá consecuencias. Las decisiones no siempre serán fáciles, porque no dependerán de una persona, sino de dos. Cada respuesta encierra potencialmente una negociación, y cada negociación una revisión del contrato afectivo que une a la pareja. A veces las decisiones son dolorosas, significan resignación, sacrificio, delegación, postergación.
(…) Es en la realidad en donde el amor se consolida, no en el deseo, en la ilusión, en la fantasía o en leyendas mágicas. Habrá que recordar todas las veces que fuere necesario que el amor es un punto de llegada y no un punto de partida. Que se comienza enamorado de alguien y se termina amándolo. O no. En el segundo caso no queda nada de qué hablar, nada hay para contar. Simplemente el enamoramiento cumple su ciclo de ilusión y cuando la persona imaginada desciende del cielo de la fantasía y, en la tierra de lo cotidiano, empieza a ser una persona real, el encanto finaliza y la historia termina.
Distinto es todo cuando los enamorados aceptan el desafío de conocerse no solo en sus buenos sino también en sus malos humores, cuando no temen auscultar el lado oscuro del otro ni clausuran la entrada a su propio sótano, cuando comparten el camino, aunque no sea solo un sendero de rosas sino también un lecho de espinas, cuando además de sus aspectos encantadores pueden encontrarse con sus perfiles desagradables y no huir por ello. Cuando dejan sus ropajes de príncipes y princesas y, en ropa de fajina, empiezan a cavar bajo el sol ardiente e impiadoso los cimientos del edificio afectivo que se proponen construir, y cuando tienen incluso que apartarse de los planos porque el terreno presenta dificultades inesperadas, pero no por eso impide el proyecto.
El proceso de mutuo conocimiento no es teórico. Tampoco se cumple a través del relato de sí mismo que cada uno entrega al otro. Se trata de una práctica de tiempo completo y se ejecuta en las circunstancias de la vida real. Conocer al otro es descubrirlo en sus rabietas y en sus esfuerzos, en sus conocimientos y en sus imposibilidades, en sus buenos y malos hábitos, en sus fortalezas y debilidades, en sus dudas y certezas, en su santidad y en sus aspectos diabólicos. Es asistir a lo inesperado de su ser, que a veces nos puede maravillar y otras sumirnos en la angustia. Nada de eso puede ocurrir a distancia, a través de pantallas, en quirófanos asépticos, en la mente o en los sueños. Además, no es instantáneo, no es mágico, no tiene instructivos. Requiere tiempo, presencia, paciencia, ojos y corazón abiertos. Pide abandonar los prejuicios en la puerta. El otro, como uno mismo, exige, con su sola existencia, que no se lo compare con otros anteriores, reales, soñados o imaginarios, sino que se lo mire y registre como quien es.
Mucho de esto, y en ocasiones todo, es un proceso de aprendizaje. Puede ocurrir que jamás se haya tenido la ocasión de experimentarlo o podría ser que nos hubiéramos negado a ello en vínculos anteriores. El aprendizaje es simultáneo y compartido. Y cada uno es el maestro del otro. Porque todo amor verdadero es amor encarnado. Es decir, se ama a alguien que existe, que está ahí, ante nosotros, no a una abstracción, a un ideal inasible. De manera que no hay fórmulas universales, ni recetas que les quepan a todos independientemente de su sagrada e intransferible individualidad.
Todas estas razones hacen del amor un punto de llegada. Es necesario emprender el viaje y cumplir el itinerario para llegar al momento en el que aquellos enamorados del principio acceden al amor. Luego habrán de seguir cultivándolo cada día. El amor es un hogar que, como todos los hogares que se precien, necesita un permanente mantenimiento. Para que luzca sólido, acogedor, nutricio habrá que entregarse a la tarea de continuar alimentándolo con razones, significados, visiones, propósitos. Los amores sólidos, que echan raíces en el tiempo, se construyen y reafirman cada día.
Esos amores son el tema de este libro. Y lo son porque existen. Solo que es inútil todo intento de conseguirlos hechos, de adquirirlos prefabricados. No son instantáneos, no se los alumbra desde la ansiedad, desde la impaciencia ni desde la levedad. Son amores que se construyen a contrapelo de las modas, de las recetas, de la intolerancia. Son reales, no imaginarios, ajenos a las fantasías que se disuelven ante el primer obstáculo, a las idealizaciones que no soportan la confrontación con la realidad.
Los amores sólidos no son chillones, no se declaman, no se exhiben en las vidrieras de la vanidad. Son, en fin, amores que brillan como faros en las noches oscuras de la fugacidad y la banalidad. Que se sostienen firmes ante el oleaje de lo superfluo. Y porque son reales y posibles es que merecen que se hable de ellos, que se los homenajee, que se aprenda de su existencia. Y que no se los confunda con tanta oferta engañosa, carente de raíces, con tanto relato oportunista acerca de placebos que se presentan como amor y solo lo alejan o lo postergan. Lo licuan. Por eso, estas páginas se destinan a diferenciar lo líquido de lo sólido, y lo hacen en homenaje al amor que permanece.


miércoles, 4 de octubre de 2017

La información y el sentido de la vida
(Fragmentos del libro “Intoxicados”)
Por Sergio Sinay




No vivimos ya en una sociedad de productores y ni siquiera de ciudadanos, sino en una sociedad de consumidores. Se nos incita a consumir, se nos adiestra para ello, se nos crea deseos que se inoculan como necesidades, se instala subliminal y directamente la idea de que si cesa el consumo sobrevendrá el fin del mundo, de que no hay otro modelo posible para que las sociedades funcionen, se nos conduce a una insatisfacción permanente porque solo sobre la base de ella puede funcionar el consumismo, dado que quien está satisfecho con su vida, con sus relaciones, con sus proyectos existenciales, se siente en paz, no desea más, consume lo necesario y lo hace racionalmente.
También en el plano de la información esta matriz está presente. ¿Cuánta información es necesaria? La respuesta de Perogrullo sería: la que necesitamos, no más que eso. Sin embargo, no es tan fácil saber lo que se necesita. Requiere un tiempo de introspección, de reflexión, de separar mentalmente la paja del trigo, lo superfluo de lo esencial. Requiere contacto con la propia interioridad, escucha de las voces internas y aceptación de lo que dicen. Muchas veces ellas pueden oponerse a la urgencia de los deseos y proponer calma, sobriedad y sensatez. En los tiempos que corren no hay propensión a ese ejercicio de auto observación. Se vive en la superficie, a toda prisa, con predominio de lo fugaz y lo descartable. No son las mejores condiciones para reconocer lo que es una necesidad auténtica, nacida de adentro, y para diferenciarla de un deseo urgente y ansioso estimulado desde afuera.
Una sociedad de consumidores es, a su vez, una sociedad de clientes. Lo que se espera de ellos es que compren. Y lo que se busca es venderles (...) Donde dice “productos” se puede, y se debe, leer también “información”. Hoy la información es un producto. Si no hay noticias urge inventarlas. Si las que hay no tienen suficiente morbo se descartan y se remplazan por otras, artificiales. De acuerdo con el periodista y ensayista gallego Ignacio Ramonet, quien dirigió la prestigiosa publicación francesa Le Monde Diplomatique y se ha especializado en el estudio de las relaciones de los medios con la ideología y la política, entre la última década del siglo XX y las dos primeras del XXI, se produjo en el mundo más información que en los 5 mil (cinco mil, sí) años anteriores”. En un ejemplar dominical del The New York Times, según Ramonet, hay más información de la que un ciudadano del siglo XIX podía recibir en toda su vida. Y nadie diría que el siglo XIX no dejó enormes contribuciones para la humanidad en todos los campos: filosofía, política, tecnología, ciencia, arte.
También mucho antes de las computadoras, de internet, de los teléfonos celulares y de las tablets, en épocas durante las cuales sus creadores no estaban atosigados de información como los llamados “innovadores” y los consumidores de hoy, nacieron valiosos legados que enriquecieron la historia y la experiencia humana (cosa ignorada por buena parte de la población actual del planeta). Y no solo perduraron, sino que jamás fueron superadas. Ahí están como prueba la rueda, la imprenta, el avión, la máquina de vapor, los barcos, extraordinarios monumentos (como las pirámides egipcias y mexicanas), catedrales, teatros, el automóvil, la electricidad, el cine, la televisión, la penicilina, los antibióticos, la anestesia, la telegrafía con y sin hilos, el Canal de Panamá, la Torre Eiffel, el mítico Empire State, los rayos X, los cohetes que exploran el espacio y tantas cosas más. Podríamos seguirlas enumerando durante páginas y páginas.
Más información no parece significar, de manera automática, más conocimiento, más inspiración, más visión estratégica, más inteligencia aplicada. Un viejo dicho aconseja no confundir gordura con hinchazón  (…)

Bulimia informativa y desigualdad social
Priscila López, investigadora de la subsecretaría de Comunicaciones de Chile, y Martín Hilbert, que fue asesor de la ONU y es investigador y profesor en la Universidad de California, dieron a conocer en 2012 un trabajo en el que estudiaron la capacidad mundial de almacenamiento de información entre 1986 y 2007. Una de sus conclusiones fue que, mientras los medios de almacenamiento y producción de información se habían desarrollado espectacularmente en ese lapso, al igual que la cantidad de información, la capacidad de transmitirla había crecido de una manera modesta. Desde 1990 la tecnología digital copó el escenario informativo y hacia 2007 la mayor parte (el 94%) de la memoria de la humanidad estaba almacenada digitalmente. Esto equivalía a 61 CD-Roms por cada habitante del planeta. Unas 80 veces más información por persona que la existente en la Biblioteca de Alejandría 300 años antes de Cristo. Si esa información hubiese estado almacenada en papel, se habría necesitado un 17% más que el Producto Bruto Interno de Estados Unidos para comprarla. Había una cantidad de bytes de información por persona equivalente a todas las estrellas de la galaxia. Si cada byte fuera representado por un grano de arena, habría sido necesaria una cantidad de arena 315 veces mayor a la de todas las playas del planeta. Cada ser humano recibía en el lapso estudiado una cantidad de información diaria equivalente a 174 periódicos y emitía un monto igual al de 6 diarios con todos sus suplementos. 
Surge una pregunta inmediata y quizás ingenua: ¿en cuánto contribuyó todo eso a mejorar el mundo, a luchar contra el hambre, a elevar la plenitud existencial de la población planetaria, a elevar la calidad de la justicia, a generar equidad, a disminuir las guerras y la violencia, a trabajar por la aceptación, la compasión y la empatía, a disminuir las tasas de egoísmo o a hacer más dignas las condiciones de vida de grandes masas de población? (…)
Si la información no es aplicada deja de ser un medio y pasa a ser un fin. Cuando eso ocurre, importa más la cantidad que la calidad. Y la bulimia informativa aparta a enormes mayorías de personas de la vida real, ya que les quita tiempo, atención, vinculación y horizontes existenciales. (…) Si la cantidad de información circulante sobrepasa la posibilidad de absorción y metabolización por parte de las personas, si estas reciben, retransmiten o emiten datos sin procesarlos, sin reflexionar, sin discriminación, los seres humanos pasan a ser simples herramientas de la maquinaria informativa cuyos intereses principales son económicos en primer lugar y políticos en segundo. Economía y política son instrumentos esenciales en la construcción de una comunidad humana fundada en valores, en cooperación y en visiones trascendentes. Pero dejan de ser instrumentos cuando se convierten en fines en sí mismos inspirados por la ambición de acumular poder y ejercerlo. Chatarra tecnológica y chatarra informativa polucionan hoy al planeta tanto en el plano físico como en el mental y espiritual. La monstruosa cantidad de información, de la cual el informe citado es apenas un testimonio, es imposible de asimilar, ordenar, procesar y orientar hacia fines dignos. Se trata de un tsunami que desbarata cualquier estructura mental y la reduce a escombros, aunque sus consumidores crean que no es así y estén convencidos (como sucede con los adictos respecto de aquello que los somete) de que lo controlan.

El pensamiento crítico, ese gran antídoto
¿Se puede hacer algo frente a esta pandemia de superficialidad dañina? (…) Se trata de reivindicar el valor del pensamiento, de estimular su ejercicio (en progresivo desuso), de auto adiestrarse y adiestrar a otros en la capacidad de reconocer y seleccionar la información valiosa y descartar la inútil, tendenciosa, amañada, especulativa, manipuladora y falsa. Se trata de aprender (o reaprender) a reconocer fuentes fiables de las que no lo son, cosa posible para una persona que piense por su cuenta, que no tercerice sus pensamientos, que venza a la pereza intelectual, que mantenga despierta la atención y que saque conclusiones (dos más dos siempre es cuatro y muchas veces hay fuentes que lo presentan como cinco, valiéndose de falacias). Se trata de atreverse a investigar por cuenta propia, de dedicar tiempo a la reflexión que sigue a la lectura. Se trata de una mayor comunicación con los seres y las situaciones reales que nos rodean y menos conexión que con la virtualidad y la digitalización que nos achatan y secuestran.
A la educación, tanto la esencial que se inicia en los hogares con liderazgo y ejemplos (sobre todos conductuales y morales) como a la formal, que corre por cuenta de escuelas, colegios y universidades, le cabe un papel sustancial en este emprendimiento. Las educadoras Inés Aguerrondo y Agustina Blanco apuntan que “la tecnología en las escuelas es un componente indispensable a considerar, si el sistema busca reducir las brechas de oportunidades”. Pero advierten: “El hecho de acceder a la información y al conocimiento no garantiza su comprensión, su apropiación y su uso. Es necesario dotar a las generaciones jóvenes de herramientas para sumergirse de modo eficaz en el océano de información que hoy está al alcance inmediato de todos, poder diferenciar lo importante de lo irrelevante, lo confiable de lo espurio, así como saber analizar las fuentes de información” (…)
Allí está el antídoto que puede y debe suministrarse desde la misma formación de la identidad y de la ciudadanía, antes de que sea tarde y la avalancha de información tóxica sepulte a chicos y jóvenes y los convierta en adultos zombis (…).
La sobredosis de información narcotiza, hace perder de vista el foco de la propia existencia, los pilares esenciales sobre los que esta se sostiene. Tomar el timón de esa existencia conlleva establecer cuál es el espacio y el tiempo que la información ocupará en nuestra vida, para qué y cómo la necesitamos y la usaremos, cómo nos aproximaremos a ella, qué consecuencias tendrá esa relación no solo en nosotros sino en nuestro entorno vincular, ciudadano y físico. El modo en que nos vinculemos con la información dirá si decidimos ser sujetos de nuestra vida u objetos manipulables de los intereses de otros. Acaso todo esto pueda resumirse en una frase: dime cómo, de dónde y para qué te informas y te diré cómo vives.

martes, 26 de septiembre de 2017

Tiempo, de Rüdiger Safranski
(Tusquets)
Un extraordinario, bello y necesario ensayo sobre un tema que nos atraviesa.
Por Sergio Sinay




El tiempo nos atraviesa. Está presente en nuestra conciencia, pero mucho más fuera de ella o en lo profundo del inconsciente, determinándonos. Es difícil o imposible de definir (basta con hacer la prueba, aunque en principio parezca sencillo). Lo curioso es que, quizás, el tiempo no exista. Que, pensándolo bien, no sea sino una creación humana, un intento, uno más, de controlar la incertidumbre, el imponderable y de imponerse a la muerte. Hemos quedado atrapados en nuestra propia creación, ella se ha infiltrado en todos los resquicios de nuestra vida. En la producción económica, en nuestros vínculos, en todos los ámbitos de la existencia. Hablamos de ganarlo, perderlo o ahorrarlo, como si fuera tangible. “Time is money” es la consigna que nos apura para no dejar “tiempos muertos” en ningún orden de la vida, so pena de estar perdiendo algo importante, de estarnos malogrando. Así, no nos permitimos aburrirnos. Es que el aburrimiento nos pone cara a cara con el tiempo, con su quietud angustiante. Entonces huimos para llenar minutos y segundos con lo que sea, con actividad frenética, que obstruye el pensamiento.
 Se puede seguir y seguir reflexionando acerca del tiempo y, desde él, acerca de casi todo lo que vivimos, lo que nos rodea, lo que nos inquieta, lo que nos angustia o esperanza. Esperanza viene de esperar. No habría noción de espera sino hubiésemos inventado el tiempo. Se espera en el tiempo. Se recuerda en el tiempo, viajando hacia atrás por él. Se proyecta en el tiempo, imaginando futuros. Y se siente, gracias a él, la fugacidad inatrapable del presente.
El brillante filósofo alemán Rüdiger Safranski ha escrito un ensayo de notable originalidad, profunda inteligencia y bellísima escritura que se titula precisamente Tiempo (así de breve, contundente y sencillo) y acaba de publicarse en castellano. Su lectura es un ejercicio apasionante, una invitación a pensar y es, por momentos, la confrontación con ideas que estremecen. Porque reflexionar sobre el tiempo es confrontar con la eternidad (¿qué es, cómo pensarla sin sentir vértigo?), con la muerte (¿es el final absoluto, sigue el tiempo después de ella?), con el sentido de una vida que es finita (finitud, una expresión del tiempo). Desde su análisis del tiempo, Safranski examina la globalización, el arte, los modelos de vida vigentes, la política, el capitalismo, el origen del universo, la filosofía, la ciencia. Lo hace con un pensamiento siempre asombroso y deslumbrante, como el de quien ha dedicado largo tiempo (valga la paradoja) a la exploración de este tema que, al estar tan naturalizado, dejó de ser motivo de reflexión, pero es la materia prima de la cual estamos hechos.
Tiempo, de Rüdiger Safranski, es una de esas lecturas que pueden marcar para siempre el pensamiento, la cosmovisión y la forma de vivir de quien se acerque a esta obra con la mente abierta, dejando afuera ideas preconcebidas, atreviéndose a explorar un territorio para el cual no hay mapas. Una obra mayor y única que refulge con mayor esplendor en una época signada por la fugacidad, el apuro, la ansiedad, la angustia existencial, la levedad, lo efímero. Es decir por los atajos que, en el afán de huir del tiempo, llevan a ninguna parte.

viernes, 18 de agosto de 2017

LA REPÚBLICA SIGUE ESPERANDO
Por Sergio Sinay


Si no la sostienen sus tres poderes, actuando de manera complementaria y autónoma, y si la ciudadanía no se empapa de su significado, la República no se conjuga y las transformaciones necesarias no se producen




Sin justicia no hay república, dice una consigna. Y es verdad. La República se sostiene en tres pilares complementarios y autónomos. Los poderes Legislativo, Judicial y Ejecutivo. En la Argentina esto hay que aprenderlo desde cero porque no funciona así. Y por mucho que políticos, candidatos y otros se llenen la boca con la palabra República, no la honran con sus conductas. Esto es independiente de quien gobierne. Por supuesto, resulta más grave cuando gobiernan populistas y corruptos. Al populismo los principios de la República le resultan obstáculos e intenta sacárselos de encima, y de la democracia solo acepta la votación, siempre y cuando lo favorezca. Si a eso se le suma corrupción a destajo, la República muere.
También los ciudadanos tenemos el deber de entender que democracia es mucho más que votar. Es vivir en diversidad, aprender a establecer consensos, integrar en la vida de cada día los proyectos personales con los colectivos y el interés personal con el bien común, respetar a las minorías (porque todas son minorías, mayoría es solo el 100%). En esto la sociedad argentina (que sigue agrietada e intolerante desde las dos orillas de la grieta) tiene todavía mucho para aprender, asumir y practicar.
Lo mismo que su gobierno. No es una actitud republicana presentar un aumento a los jubilados como si fuera una muestra de generosidad. Fue un vergonzoso acto de populismo (con una sobreactuación del jefe de gabinete) haberlo hecho así. Eso no es cambiar. Eso es seguir. Y si los ciudadanos estamos atentos, veremos que hay más muestras de lo mismo.

UNA GRIETA ABIERTA
Vivimos en una sociedad convaleciente tras una larga década de grave enfermedad. Pero todavía esta sociedad no recibió el alta. Ahora se le inicia juicio político a un camarista que le venía haciendo mucho mal a la Justicia y a la República. Un juicio necesario y tardío (porque hasta ahora lo habían protegido el gobierno corrupto y autoritario al que favorecía con sus fallos y la propia corporación judicial). Pero el procedimiento por el cual se inició el juicio es, nuevamente, un ejercicio típico de sigamos y no de cambiemos. Falta mucho para cambiar. Tendrán que venir otros rostros, otras conductas, otros antecedentes. Y la sociedad misma, para ser impulsora y guardiana de esa transformación, deberá cambiar muchos de sus hábitos y paradigmas. Algunos comentarios revanchistas (como circularon por las redes tras los resultados de las PASO) no ayudan a eso. Se parecieron mucho a lo que hacían quienes exhibían triunfalmente su intolerancia durante la década perdida.

UN CAMINO LARGO

Quedan dos meses para las legislativas y será bueno estar atentos, informarse, pensar, saber qué y para qué se vota. Sabemos que en la Argentina no hay justicia (que lo digan los corruptos que andan sueltos, los asesinos de todo tipo que circulan libres, los ladrones rápidamente liberados, los abogados que transan con funcionarios judiciales a favor de defendidos indefendibles, los jueces que no pagan ganancias mientras ese impuesto abruma a los ciudadanos de a píe). Esperemos que las elecciones legislativas no resulten un paso a que el Congreso vuelva a ser una escribanía del Ejecutivo. Y que en los tres poderes se entienda alguna vez que se está allí en función de servicio y no para servirse de la sociedad. Para todo eso falta. Tantas décadas de degradación no cambian en una generación ni por arte de magia. No se cambia porque sí y de la noche a la mañana.