jueves, 20 de febrero de 2020


Causas y razones
Por Sergio Sinay

Buscamos causas y dejamos de explorar razones. No son lo mismo. Unas nos llevan al pasado, las otras nos impulsan al porvenir.



Algunas experiencias humanas tienen causas y otras tienen razones. Causas y razones no son la misma cosa. Así lo explicaba, en El hombre doliente, Víktor Frankl. Si lloro al pelar cebollas hay una causa, no una razón. Si lloro por la muerte de un ser querido hay una razón. A cuatro mil metros un alpinista puede sentir mareos y angustia por falta de oxígeno; es una causa. O puede angustiarse porque se sabe mal entrenado y siente que no logrará su meta: es una razón. Si río porque me hacen cosquillas, estas son la causa de mi risa. Si río porque celebro con alegría el encuentro con mi amada, mi risa tiene una razón.
Vivimos un tiempo plagado de causas.  Ansiosos, impacientes, incapaces de navegar en la incertidumbre, de estar abiertos al rumbo de la vida, buscamos o pedimos la causa de cada cosa que ocurre o nos sucede. Causas que nos tranquilicen. Eso en cuanto a la causa entendida como motivo. Y también nos embanderamos en causas, a veces de manera fanática, intolerante, intemperante, autoritaria sin sostenerlas con razones.
En la búsqueda del sentido de la propia vida las razones son más importantes que las causas. Es por eso, quizás, que a menudo las causas que creemos encontrar o que nos proveen los vendedores de certezas tienen el mismo efecto que un analgésico. Nos tranquilizan o adormecen por un breve tiempo, pero al no ser razones no impiden el regreso de la angustia. El médico y logoterapeuta Gerónimo Acevedo explica en su libro El modo humano de enfermar que el sufrimiento humano no es sólo un síntoma, sino una experiencia personal a la que es necesario acompañar para encontrar su razón (no meramente su causa). Y describe a la salud como el desarrollo del ser en su esencia y sentido, como la capacidad de respuesta ante la dolencia y no como la ausencia de dolencias. Al buscar denodadamente causas creemos que con ellas desaparecerán las dolencias, del cuerpo y del alma. Pero “encontrar un sentido existencial no es la causa de la salud sino el motivo para tenerla”, dice Acevedo. “Y la medida de la salud no viene dada por la ausencia de crisis sino por la capacidad de superarlas para instaurar un nuevo orden funcional”.
Hurgamos tratando de encontrar causas para las enfermedades, para las crisis políticas y económicas, para la violencia, para el malestar psíquico que se extiende como plaga en la atmósfera social cotidiana. Se gastan palabras, desfilan los especialistas con sus explicaciones. Y todo sigue allí, igual o peor. Quizás se trate, entonces, de buscar razones para vivir, convivir y relacionarnos de otra manera, de explorar las razones para las cuales disponemos de una vida. Las razones invitan a mirar hacia el porvenir. Las causas nos obligan a mirar hacia atrás. Las causas solo explican (y no siempre). Las razones inspiran.

lunes, 10 de febrero de 2020

La hora de los hombres
Por Sergio Sinay

No es con una guerra de sexos y géneros como se creará una sociedad más justa y equitativa, sino en una permanente y comprometida cooperación de todos y todas. Desde el dolor, hay hombres que empiezan su tarea.




Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Madres del Dolor, Liga de madres de familia, Red de mujeres judías argentinas, Liga de mujeres evangélicas, asociaciones de madres solteras y toda una larga serie de organizaciones nuclean desde el dolor por pérdidas injustas, desde la vivencia cotidiana de la inequidad y desde la voluntad y la esperanza de mejorar el mundo recibido, a mujeres de diferentes edades y condiciones sociales, económicas y culturales. Muchas de las causas que las reúnen, de los sufrimientos que comparten y de las razones que las agrupan y las impulsan afectan por igual a los varones. Sin embargo, las voces que estos hacen oír en ámbitos deportivos, económicos, políticos o tecnológicos se convierten en resonantes silencios cuando se trata de cuestiones que las prácticas culturales han consagrado como “femeninas”: los hijos, el cuidado, la crianza, la salud, la alimentación, el sufrimiento, los emprendimientos solidarios, la ecología. No es que no haya hombres allí, pero son los menos. Como si los temas y causas que involucran sentimientos, vulnerabilidad, emocionalidad al desnudo, incertidumbre, fueran riesgosos y pudieran amenazar las fortalezas y armaduras “masculinas”.
 Alrededor de asuntos lacerantes, como la muerte violenta de un hijo, la violación de una hija, las condiciones infames en que se producen tantos nacimientos, la caída de hijos en la drogadicción, la controvertida cuestión del aborto legal, la disparidad salarial y de oportunidades laborales y profesionales que padecen las mujeres o el desempleo femenino (que supera en número al de varones), por nombrar apenas algunos, la pasividad, la inacción y el retiro masculino es inocultable. Como si los manchones de injusticia, inequidad, discriminación y violencia que tiñen a la sociedad e intoxican la atmósfera colectiva no afectaran a todos sus integrantes, sin distintos de sexo y de género. Ese silencio masculino es disfuncional y nocivo para unas y otros (no usaré el lenguaje “inclusivo” (?), empobrecedor del rico idioma del que disponemos, del entendimiento y de la realidad). Ese silencio, en fin, es una enorme deuda de los varones hacia la sociedad en su conjunto, incluidos los propios hombres.

DOLOR MASCULINO
Un encomiable intento de empezar a saldar esa deuda se produjo recientemente, cuando se lanzó en La Plata una convocatoria a los hombres dispuestos a luchar contra el machismo. Como suele ocurrir con tantos agrupamientos de mujeres, el dolor disparó el movimiento. Jorge Taddei y Manuel Iglesias aparecieron encabezando este emprendimiento auspiciado por Casa Abierta María Pueblo, el refugio para mujeres, niñas y niños víctimas de violencia, que trabaja desde hace 25 años en la ciudad con reconocimientos de la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Taddei e Iglesias perdieron una hija (Wanda Taddei asesinada por el baterista del grupo Callejeros Eduardo Vázquez) y una hermana (Laura Iglesias, violada y estrangulada en Miramar) a mano de otros hombres. Pasaron años desde entonces, el tiempo que les llevó decir “basta” e iniciar esta convocatoria a todos los varones dispuestos a tomar acciones concretas contra la violencia machista. Porque, aunque las víctimas más visibles de esa violencia sean mujeres y niños, resultan muchos los varones lastimados por ese fenómeno (que incluye, en el caso de ellos, el asesinato, los mal llamados “accidentes”, las demostraciones pueriles y salvajes de machismo en banda, la violencia y el autoritarismo en el ámbito laboral y muchas otras modalidades, sin dejar de lado la guerra en todas sus formas).
Según explicaron Taddei e Iglesias en el lanzamiento de esta iniciativa, la sociedad está hoy lo suficientemente sensibilizada como para que el silencio y la inacción de los varones ya no tenga justificación. No estaban solos. En el lanzamiento los acompañaron muchos otros hombres, entre ellos Miguel Pereyra, padre de Marisol, una de las víctimas del cuádruple crimen de La Plata en 2011; Luis Basualdo, padre de Marcela, asesinada en Punta Lara en 2004 junto a su pareja. También los padres de Natalia Melmann y de Carolina Aló, y Hugo Capacio, padre de Dayana, asesinada en 2012 por su novio en Rosario. Darío Witt, abogado y fundador de Casa Abierta María Pueblo, dijo en la oportunidad: ““Creemos que para muchos hombres es importante que el mensaje llegue desde los hombres. Porque nosotros reproducimos esa estructura y esa violencia. Entonces, si no hacemos nada, somos cómplices”.

UN COMPROMISO COMÚN
Probablemente es allí donde está la clave para un cambio de paradigma en este tema que no admite más indiferencia ni postergaciones. En que los varones comprendamos que es a nosotros a quienes nos cabe la responsabilidad de una transformación. Del mismo modo en que las mujeres tomaron los riesgos y asumieron el compromiso de hacer oír sus voces, poner en evidencia inequidades, injusticias y violencia que las afectan y comenzaron una larga marcha que acaso llevará más de una generación. Para los hombres la tarea tendrá características propias. No se trata de “copiar” al feminismo ni de empezar desde la culpa (como tampoco es bueno para las mujeres centrarse en la victimización). Es responsabilidad y no culpa lo que se necesita. Las mujeres marcharon desde lo privado, lo encerrado, lo doméstico hacia lo público, lo visible, lo abierto, lo social. Los varones, a cargo de la vida pública, económica y política durante generaciones, deberemos hacer el camino inverso. Ese camino es más solitario, requiere de cada varón ingresar en un mundo poco conocido y transitado, el de sus emociones, de sus debilidades, de su sensibilidad, su espiritualidad. Conectarse desde allí con territorios inexplorados (crianza, funciones domésticas, salud, educación, cuidado de los otros, cooperación en lugar de competencia) y permanecer en ellos un buen tiempo, hasta que comiencen a ser familiares. Es una tarea individual, dura, desconocida, en la que quienes entraron lo hicieron desde el dolor y la pérdida. Habrá que entrar ahora desde la esperanza, desde la testosterona espiritual antes que la física. Esto requiere un nuevo tipo de coraje.
Cuantos más hombres emprendan la tarea, más seremos los varones en condiciones de trabajar junto a las mujeres, respetando nuestras diferencias y honrando lo más enriquecedor de ellas, para vivir en una sociedad más equitativa, menos violenta, más cooperativa, más amorosa y esperanzada. “Hablo como padre, es un antes y un después no sólo porque es tu hija, sino porque cuando empezás a entender vas aprendiendo que el asesino de tu hija es producto de una sociedad de la que vos también sos parte”, dijo Taddei aquel martes 21 de enero, dando una prueba de ese coraje.
Con esas palabras convergen las de Carola Labrador, madre de Candela Rodríguez, la nena secuestrada y asesinada en Hurlingham en 2011, quien apoyando esta campaña, dijo: “Tiene que ser en conjunto, es entre hombres y mujeres, necesitamos apoyarnos, porque no todos los hombres son femicidas y si bien el feminismo consiguió mucho, necesitamos de los hombres”. Aunque haya quienes desde el sectarismo no lo entiendan así, no se trata de mujeres contra hombres o viceversa, sino de un compromiso común e impostergable.

viernes, 7 de febrero de 2020

El valor de la actitud
Por Sergio Sinay

Solemos detenernos en la pregunta acerca de por qué nos pasan las cosas que nos pasan. Y quizás lo importante no es por qué ocurren esas cosas, sino cómo actuamos ante ellas.




Es mejor encender una vela que maldecir las tinieblas
Confucio

“Si te tocó es porque sos capaz de afrontarlo". Esta es una frase muy común con la cual se intenta consolar a quien atraviesa una situación difícil. Como otra, de frecuente auto aplicación: “Me toca vivir esto porque algo tengo que aprender”. Si fuera así, si las situaciones difíciles llegaran para que aprendamos algo, serían parte de un programa y no habría manera de evitarlas. En ese caso nuestra vida marcharía por un sendero predestinado, con poco o ningún margen para nuestra libertad y nuestra responsabilidad. Sólo nos quedaría responder como buenos o malos aprendices ante eso que nos “tocó”. Lo cierto es que, paso tras paso, en la vida nos “toca” algo, y nunca sabemos de antemano de qué se trata. Pero nos obligamos a saber, a descubrir el supuesto sentido oculto de esa circunstancia. Necesitamos una explicación, y si no aparece la construimos. Hasta llegamos a decir que lo intuíamos, que sabíamos que lo que pasó iba a pasar. Es lo que el ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb (autor de El cisne negro y Antifrágil) llama “post-explicaciones”. Pretender que sabíamos lo que no sabíamos ni podíamos saber. No admitir el imponderable, lo que escapa a nuestro control, a nuestra voluntad y nuestra previsión. Y, en verdad, la mayor parte de los acontecimientos de nuestra vida están más allá de ese control. Sobre lo que sí tenemos absoluta responsabilidad es sobre nuestra actitud ante lo que la vida nos propone, por fuerte o doloroso que sea.
La escritora y terapeuta austriaca Elisabeth Lukas dice que ante la muerte de su madre un chico de 16 años puede pasarse el resto de la vida maldiciendo al destino, o transcurrir su existencia agradeciendo el haber tenido una madre cariñosa en los años decisivos de su infancia. Ante una enfermedad incurable un hombre de 50 años puede increpar a la suerte, apunta Lukas, o dar gracias por haber vivido medio siglo a salvo de ese mal. Y ni el uno ni el otro sabrán jamás por qué les ocurrió justamente a ellos eso que vivieron. Quizás, entonces, no se trata de lo que un hecho difícil o doloroso viene a enseñarnos, sino de lo que emerge de nosotros en esa situación. Allí se pone de manifiesto lo que Víktor Frankl (padre de la logoterapia, autor del imprescindible El hombre en busca de sentido) llamó el valor de la actitud. El sentido no está en el hecho que vivimos, nosotros significamos ese hecho a partir de nuestra actitud.

martes, 14 de enero de 2020


Prisioneros en la caverna 

tecnológica

Por Sergio Sinay

En el mundo de hoy, la ilusión de lo virtual desplaza a la experiencia de lo real y nos convierte en seres manipulados a través de pantallas. Confirma entonces su vigencia la clásica alegoría de Platón sobre la caverna de la ignorancia y sus prisioneros.



Un grupo de hombres está encerrado, desde el momento de su nacimiento, en una caverna, donde se encuentran engrillados y esposados de tal manera que solo pueden mirar la pared del fondo, y les resulta imposible girar en otra dirección. A espaldas de ellos, una medianera se interpone entre la entrada de la caverna y el fondo. A pocos metros de la entrada arde una fogata. Y entre la fogata y la medianera otros hombres, a los que los primeros no ven, elevan unas figuras recortadas. La luz combinada del exterior y de la fogata proyecta sobre el fondo de la caverna las siluetas de esas figuras, como si fueran sombras chinescas. Los hombres encadenados, que no han visto otra cosa en sus vidas, creen que esas sombras proyectadas son la realidad. Desconocen la existencia de un vasto mundo a espaldas de ellos, en el exterior de la gruta.
Escrita alrededor del año 380 antes de Cristo, la “Alegoría de la caverna”, que Platón creó en su libro “La República”, es una de las más célebres piezas filosóficas de todos los tiempos. A lo largo de la historia ha servido para advertir una y otra vez sobre los riesgos de aferrarse a ilusiones, de no reflexionar sobre lo que hay detrás de lo visible, de confundir lo real con proyecciones. Pasar del mundo de lo visible al mundo de las ideas era, para el filósofo griego, el gran desafío humano. Y acaso en la actualidad, en tiempos de euforia e ilusionismo tecnológicos, se necesario volver a su alegoría una vez más. El explosivo auge experimentado en lo que va del siglo veintiuno por la tecnología de conexión y los artilugios digitales, sumado al novedoso embobamiento con la inteligencia artificial y sus subproductos, renueva las advertencias del relato platónico.

LA NUEVA CAVERNA
Una extendida y riesgosa ilusión contemporánea es la de que al calor de internet se amplió la libertad de las personas, su posibilidad de elección y su poder de incidencia en las decisiones y acciones de los gobiernos. Cuando necesitó seducir a los inversores antes de que Facebook cotizara en bolsa, Mark Zuckerberg, su creador, habló de su intención de “cambiar el modo en que la gente se relaciona con sus gobiernos e instituciones sociales (…) Al darle a la gente el poder de compartir, alcanzamos a ver cómo hace oír su voz en una escala hasta ahora sin precedentes”. Experto manipulador y gestor de falacias, Zuckerberg, al igual que un mago, distraía la atención con un mano mientras realizaba el truco con la otra. Su herramienta, como otras redes sociales, no tenía el fin de crear esa suerte de democracia directa, sino el de apoderarse de la mayor cantidad de datos posible de los usuarios para venderlos a quienes convertirían a estos, a través de variadas técnicas de publicidad, marketing e incitación subliminal, en nuevos prisioneros en la caverna del consumismo. También serían orientados ideológica y políticamente a la hora de elecciones presidenciales en diferentes países a través de una abrumadora y obscena proliferación de “fake news” de las que, fingiendo ingenuidad, la compañía no se haría cargo más allá de ciertas palabras de ocasión, como las que el propio Zuckerberg emitió ante el Congreso de Estados Unidos cuando fue llamado a declarar sobre la escandalosa manipulación que protagonizó su compañía.
Todo usuario de internet es rastreado paso a paso en cada uno de sus búsquedas, compras, ventas y accesos a sitios, portales y páginas. Los correos electrónicos son leídos, no hay secretos. Las rebeliones que se convocan contra gobiernos a través de la red tienen sus breves momentos de auge (como ocurrió en Egipto, Nueva York, Madrid y otros lugares) antes de ser absorbidas por el mismo sistema que genera pingües negocios a través de la misma red. La libertad de elección, no solo política sino en materia de consumo, es relativa, puesto que al estar permanentemente perseguidas por los algoritmos que las trazan y codifican las personas eligen dentro de un menú que parece amplio pero que es rígido y les está predestinado. El algoritmo detecta sus gustos, preferencias e inclinaciones (ellas los confiesan, en realidad, a través de su uso de internet) y las dirigirá, como un siniestro lazarillo, en esa dirección. A la ilusión de libertad la acompaña una real pérdida de privacidad e intimidad. Las fotos que se suben a las redes, los relatos sobre lugares visitados, sobre compras realizadas, son papitas para el loro algorítimico.
 Esto no quita el valor potencial de las herramientas de la tecnología digital. Pero ocurre que no hay tecnología moralmente neutra, puesto que ellas son herramientas en manos de humanos. Y toda creación, elección, decisión o acción humana es un acto moral, se lo quiera o no. Afecta a otros, exige responsabilidad acerca de las consecuencias, requiere la aceptación o negación de valores esenciales. Con un cuchillo se puede cortar alimentos y facilitar la nutrición o se puede apuñalar a alguien. No decide el cuchillo, sino quien lo usa.

UN ANTIVIRUS URGENTE
En una columna para el diario español “El País” el historiador israelí Yuval Noah Harari, autor de “Sapiens” y “De animales a dioses”, decía: “Para sobrevivir y prosperar en el siglo veintiuno, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres y aceptar lo que, en realidad, somos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos”. Harari iba más allá al plantear lo siguiente: “Ahora sí es posible hacerlo. Un algoritmo puede decir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, y si su vecina ya detesta a Trump, de tal forma que el primero vea un titular y la segunda otro completamente distinto. Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para hacer que hagamos clic en determinados anuncios y así vendernos cosas”. Y proponía que, tal como se desarrollan antivirus para las computadoras, desarrollemos, desde la conciencia y la reflexión, antivirus para nuestra propia mente y nuestro propio cerebro. Antivirus que nos permitan salir de la ilusión de las pantallas y la realidad virtual para conectar con el complejo y rico mundo verdadero, ese mundo habitado por congéneres de carne y hueso. Un mundo en el que nuestra intimidad sea sagrada y nuestras elecciones y decisiones sean propias y responsables. Un mundo en el que no seamos las marionetas de peligrosos titiriteros.
A propósito de esto el escritor español Marcos Giralt Torrente (su novela más reciente es “Mudar de piel”), previene sobre “los ingenieros que diseñan las aplicaciones tecnológicas, jóvenes inmaduros en su mayoría, narcisistas con difusos valores y nula formación humanística, que son exprimidos hasta vaciar su mente de todo aquello que no les sirva en su feroz lucha por dar con la idea que produzca millones. Y los campos en los que intervienen son amplios: desde los lúdicos y de socialización solo en apariencia inocuos hasta la seguridad y la ingeniería genética. Nadie se para lo suficiente a considerar si lo que producen está bien diseñado, contiene puertas traseras o es éticamente aceptable, pues quienes deciden quieren sacarlo al mercado sin demora para adelantarse a la competencia”. Es urgente, pues, dejar de mirar el fondo de la caverna.

viernes, 10 de enero de 2020


Un día milagroso

Por Sergio Sinay





Es posible que nada sea más fugaz y perecedero que el presente. Cualquier presente, ya sea feliz o doloroso, responde a esa característica. Es inatrapable. A cada segundo se convierte en pasado. A veces reciente, a veces remoto, pero pasado. Y, además, es incierto. En su más reciente novela, titulada “Máquinas como yo”, el escritor inglés Ian McEwan (que merecería el premio Nobel de literatura si este no fuera inevitablemente manipulado y desvirtuado al compás de tramoyas políticas), lo dice con lucidez. Charlie, el protagonista de su relato, reflexiona en un momento de esta manera: “El presente es el más frágil de los constructos improbables. Cualquier parte de él, todo él, podría ser diferente. Esto resulta cierto respecto del asunto más pequeño y del asunto más grande”. A continuación, enumera una serie de hechos que ocurrieron de una manera a lo largo de la historia humana, pero que bien podrían haber sucedido de un modo distinto, o incluso no haber acontecido. Por ejemplo, que William Shakespeare (1564-1616), el más grande dramaturgo trágico de todos los tiempos, hubiese muerto a los cinco años, cosa común en su época, y, porf lo tanto, obras maestras e imperecederas como “MacBeth”, “Hamlet”, “Romeo y Julieta”, “Otelo”, “Rey Lear” o “Ricardo III”, no haberse escrito jamás. Nadie lo habría echado de menos, piensa Charlie, pero sin duda el mundo sería hoy más gris. Estados Unidos podría no haber perfeccionado la bomba atómica y no habría habido cientos de miles de muertos en Hiroshima y Nagasaki solo con el fin de probarla, imagina el protagonista.

EL AZAR DE LA EXISTENCIA
La reflexión que propone McEwan termina imaginando que sesenta y seis millones de años atrás la tierra hubiese girado, esquivando el meteorito que se estrelló contra el planeta. Si eso hubiera ocurrido, no se hubiese producido “el polvo de yeso fino del Yucatán que nubló el sol”. Y los dinosaurios habrían seguido viviendo y negándole espacio vital a los mamíferos, “simios inteligentes incluidos”.
Ese párrafo estremecedor nos despierta de la perezosa naturalidad conque damos por sentada no solo nuestra existencia personal, sino la de la especie. Sin embargo, nada ni nadie nos extendió jamás una garantía sobre esa existencia, y así como es posible pensar que los humanos podríamos no haber aparecido nunca, lo mismo es aplicable a la vida de cada uno de nosotros como individuos. Cerramos los ojos en nuestras camas cada noche con escasa conciencia de que estamos protagonizando un milagro. El de haber existido durante un día más. Un día que puede haber incluido momentos felices o dolorosos (o felices y dolorosos), logros y decepciones, alegrías y angustias, amores y rencores, placeres y enojos. Días memorables o fácilmente olvidables. Días oscuros o luminosos. Apenas minúsculos e imperceptibles granitos en las infinitas arenas del tiempo, cada uno de nosotros podría no haber existido nunca o podría dejar de existir, por múltiples, desconocidas e incontrolables razones, en cualquier hora, minuto o segundo de cada día.
Que estemos aquí, sea del modo que fuere, en el final de un año y el comienzo de otro, es, si se mira bien, un privilegio. Acaso no fue el mejor año, no resultó el esperado, o quizás fue el mejor de nuestra vida. Calificarlo es una cuestión personal e intransferible. Cada existencia es única, cada peripecia es propia y singular. Si hay algo que todas tienen en común es que nos encuentran vivos y presentes. Si sobrevivir a cada uno de los 365 días de cada año significa ser parte de una cadena de milagros, cada una de esas jornadas encierra a su vez pequeños, breves, sutiles y silenciosos milagros que merecen más atención y más agradecimiento de los que usualmente les prodigamos. Ralph Waldo Emerson (1803-1882), filósofo y poeta estadounidense que en los principios del siglo diecinueve impulsó la filosofía vitalista (para la cual todas las cosas y seres del mundo poseen un alma propia cuyo aliento es la base de la existencia) consideraba que tanto es un milagro soplar las hojas de un trébol como ver caer y escuchar las gotas de la lluvia. Ponía luz así sobre los milagros imperceptibles que nos rodean.
En esa línea, el ex monje, psicoterapeuta y escritor contemporáneo Thomas Moore, propone que cada persona pueda crear su religión personal sin renegar de ninguna creencia, y erigir en su mente y en su corazón el templo de la misma. En su libro titulado precisamente “En busca de una religión personal”, Moore escribe: “Imagina el impacto que tendría en tu religión si cambiaras tu sentido de lo milagroso de una asombrosa hazaña realizada por un maestro o mago a una profunda apreciación del milagro de la lluvia. Serías una persona diferente que vive un tipo de vida diferente”.

CON SOLO ABRIR LOS OJOS
Todo milagro convive con el misterio. Los problemas se resuelven. Los secretos se revelan. Los milagros no tienen resolución ni descubrimientos. Con ellos se convive, ante ellos, en todo caso, caben el asombro y el respeto. Para percibirlos es necesaria una atención abierta y flotante, que no se aferre a respuestas prefabricadas, que pueda desligarse por un momento de las certezas y se rinda a lo maravilloso. Cuando ejercemos ese tipo de atención podemos descubrir lo maravilloso en una mirada, en una caricia, en un mimo a nuestra mascota o de ella hacia nosotros, en los sonidos de la naturaleza, en un “buen día” dicho o recibido como intención y no como formalidad, en el aroma de una planta, en la salida o la puesta del sol, en el zumbido de una abeja mientras trabaja, en los movimientos de un bebé que comienza a caminar, en la voz de un amigo o amiga, en la lenta cocción de algo que cocinamos por mano propia, en un párrafo del libro que tenemos entre manos, en la conversación conque acompañamos el mate, en la sonrisa de esa persona desconocida conque nos cruzamos y a la que acaso no volvamos a ver. Esta enumeración podría prolongarse durante páginas y páginas sin agotarse. Y podría ser continuada por cada persona que la lea según sus propias percepciones y descubrimientos de los milagros con los que convive. Sin olvidar que cada uno de ellos es posible debido al milagro mayor: el de estar una vez más vivo en este día.
El registro de los pequeños milagros cotidianos requiere un tiempo, una disposición y una actitud que no parecen propios de esta época. ¿Cómo escuchar los milagrosos sonidos del mundo con los oídos obturados por auriculares que actúan como muros aislantes? ¿Con qué ojos admirar las pequeñas maravillas del entorno cuando los propios están secuestrados por pantallas de celulares y computadoras que no los liberan? ¿Dónde obtener el tiempo para un encuentro, una conversación, una caricia cuando urge la prisa por llegar pronto a ningún lugar? Imposible saber cuántos milagros que estaban allí, a un paso, pasaron inadvertidos en los últimos días, semanas, meses y años de nuestras vidas, porque ni los oídos, ni los ojos, ni la mente ni el corazón estaban dispuestos para el descubrimiento. Pero gracias al milagro de estar aquí una vez más, cuando otro día comienza, es posible maravillarse ante los que acontecerán en cuanto despertemos la atención y abramos los ojos, los oídos y el corazón.

lunes, 28 de octubre de 2019

Hora de puentes y no de grietas

Por Sergio Sinay

Las elecciones presidenciales del 27 de octubre de 2019 abren un desafío crucial no solo al nuevo gobierno y la nueva oposición, sino a toda la sociedad



El tiempo, los acontecimientos y las conductas dirán si las elecciones del 27 de octubre de 2019 dejaron una tajante profundización de la grieta que hiere malamente a la sociedad argentina desde mucho antes de los años de este siglo, aunque con especial encono en la década reciente, o si, por el contrario, los porcentajes de esta elección señalan la posibilidad de una suerte de bipartidismo (aunque paradójicamente sin partidos reales) en el cual la representatividad de dos grandes y significativos sectores de esa sociedad encuentren quien refleje sus necesidades y anhelos y quien sea capaz de negociar las diferencias hasta encontrar, entre el blanco y el negro excluyentes, un tono de gris integrador y prioritario.

Buena parte de los discursos de anoche, despojados de antiguos y clásicos resentimientos y de hirientes triunfalismos, para los que no había lugar, más la inédita invitación del presidente a su sucesor para un desayuno de trabajo en el día después, podrían ser síntomas que alienten a esperar la segunda posibilidad, entre las mencionadas al comienzo de esta columna. Pero se sabe que esto es Argentina y que aquí la volubilidad del clima político y social es aún mayor que en la alta montaña. Lo cierto es que quien ganó no tendrá margen para aventuras autoritarias ni para derroches asistenciales, clientelistas o populistas como los que lleva en su ADN, ni para ejercicios autoritarios a piacere, y quien perdió tendrá la seria responsabilidad, transmitida por sus votantes, de aprender y ejercer aquello que siempre despreció y a lo que siempre se negó por causa de un optimismo infantil y de una soberbia ciega: la política, el arte de reconocer y articular diferencias, argumentando con solidez y buena fe. Convertido ahora en oposición ya no podrá canalizar rechazos viscerales alimentándolos con promesas incomprobables ni con certidumbres banales, como lo hizo en 2015 para alcanzar el triunfo. Es la hora de la madurez o de la desaparición.

Los ganadores podrán cargar las tintas sobre la herencia recibida (como el gobierno saliente no se atrevió a sincerar en su momento), pero eso no les proporcionará una confortable luna de miel. La situación (para la cual ellos araron la tierra del desastre económico y social que el gobierno de Cambiemos se encargó de sembrar) no da para chicaneos. Y si de veras saben, según aseguraron, como poner a la Argentina de pie, llegó el momento de demostrarlo.

Ojalá el resto de los partidos no desaparezca tras haber jugado a la aventura electoral, como suele ocurrir salvo en el caso de la izquierda. Porque entre todos, y con sus diferencias, representan a poco mas de cuatro millones de argentinos, que, en un país serio, no deberían quedar políticamente huérfanos.
Todo esto se verá, y se verá pronto, porque no hay tiempo para devaneos ni para desatinos. 


Todo esto se verá, y se verá pronto, porque no hay tiempo para devaneos ni para desatinos. Pero no todo dependerá de gobernantes, de opositores y de alternativos. La sociedad en su conjunto tiene un importante papel para jugar con madurez o para desvirtuar con una ya clásica conducta adolescente, hecha de pensamiento mágico, de intolerancia hacia el que piensa o es diferente, de conductas tribales en donde solo importa uno y los suyos y, a pesar del careteo con la solidaridad, esta solo se aplica a los propios y se le niega, junto con la empatía, a “ellos”, los “otros”. En lo que viene no habrá actores de reparto. Todos juntos (palabras tan usadas y vaciadas de significado real hasta ahora) deberemos decir, más con las conductas que con las palabras, si empieza un tiempo de articulación de lo distinto orientada al bien común, o si el 27 de octubre de 2019 es la fecha en que la grieta se hizo tan profunda que caímos en ella hasta lo más hondo, irreversible y trágico. Ya no da para grietas. Es tiempo de construir puentes.


martes, 13 de noviembre de 2018

¿Otra vez la misma historia?

Por Sergio Sinay

El ensayista y novelista indio Pankaj Mishra presenta un profundo, lúcido e inquietante ensayo sobre los parecidos entre el mundo actual y el de finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, cuando se incubaba la etapa más sangrienta de la historia humana




La historia no marcha en línea recta, sino en círculos. Es difícil no compartir esta afirmación del ensayista y novelista indio Pantaj Mishra, desplegada en su ensayo La edad de la ira. El florecimiento de los Trump, los Bolsonaro, los populismos de derecha e izquierda en todo el planeta, el Brexit, el ascenso de la derecha xenófoba en Italia y Austria, el terrorismo desquiciado de ISIS y otros fenómenos que ensombrecen el planeta y lo cubren de miedo, odio, violencia y paranoia se explica a partir de argumentos que Mishra (colaborador del londinense The Guardian, de The New Yorker y de The New York Review of Books, y ganador del prestigioso Premio Windham-Campbell a la no ficción) desgrana con notable erudición, con un estilo preciso y al mismo tiempo apasionado y con un foco que jamás se desvía.
 El ensayista, radicado hoy en Londres, sostiene que las promesas de mejores condiciones de vida, igualdad, justicia, libertad irrestricta, progreso continuo, y un futuro mejor, nacidas con el Iluminismo en el siglo dieciocho, y fortalecidas a partir de ahí por el capitalismo y la democracia liberal, no solo no se cumplieron y fueron traicionadas, sino que apenas funcionaron para unas minorías cada vez más opulentas, más ambiciosas, más inmorales e inescrupulosas y más indiferentes a los padecimientos colectivos. De ese incumplimiento fueron, y son, cómplices tanto políticos como intelectuales, economistas, periodistas, gurúes del individualismo narcisista y fanáticos de una tecnología desvinculada de las verdaderas y esenciales necesidades humanas.
En las últimas tres décadas del siglo dieciocho, coincidentes con el auge del colonialismo, se hizo patente que el futuro no estaba en donde se lo había ofrecido, que directamente no existía para grandes masas de poblaciones hambreadas y desesperanzadas, así como para jóvenes sin porvenir a la vista, que fueron entonces presas de las promesas mesiánicas de quienes de quienes se oponían al sistema económico y político que entonces se globalizaba con el auge de los transportes y las comunicaciones. Se reprodujeron así los atentados anarquistas y los magnicidios en Europa e incluso Estados Unidos, porque se trataba de terminar con lo existente a cualquier precio (sobre todo el de vidas) dado que la violencia sería partera de una nueva historia. No importabaponían al sistema económico y político que entonces se globalizaba con el auge de los transpor qué historia. Se descontaba que resultaría mejor. Pero el resultado fue la Primera Guerra Mundial, la más sangrienta en la memoria humana hasta entonces.
 De ella no nació un mundo nuevo, sino nuevas opulencias, un nuevo reparto de la geografía, nuevas miserias y las condiciones para algo aun peor. La Segunda Guerra. A esta sí, en una apariencia de aprendizaje, le siguió la era del estado de bienestar, breve lapso que caducó a partir de los años 80 del siglo veinte con la expansión del neoliberalismo. Neo porque pone el acento solo en lo económico y posterga o desecha otras consignas del liberalismo clásico, como la libertad, la mayor felicidad para la mayor cantidad de personas, el valor de las instituciones democráticas. Muchas de estas condiciones estorban en el nuevo paradigma y, de hecho, según apunta Mishra, incluso en los países avanzados las instituciones democráticas flaquean hoy, más allá de los discursos. En este contexto las desigualdades actuales son brutales, y al resentimiento nunca saldado de los marginados de siempre se le agrega el de nuevas generaciones sin futuro y sin visión de sentido para sus existencias. Nihilismo, individualismo feroz, nacionalismo mesiánico, y la extensión de idearios psicóticos a cargo de psicópatas que se arrogan misiones divinas a través de tecnologías de conexión descontroladas, crean la versión 3.0 de aquel clima tóxico y ominoso del final del siglo diecinueve y comienzo del veinte. Lo que va del veintiuno, afirma Mishra, trae en la forma de Trump, Bolsonaro, ISIS y todo lo nombrado anteriormente el anuncio de una sombría circularidad histórica. Se trata de frenar aquí y dejar de hacer maníacamente lo mismo o temer un inminente final, dice Mishra evadiendo fatuos optimismos. El que avisa no es traidor

lunes, 22 de octubre de 2018


“LA HORA DE CLASE”, O LA EDUCACIÓN COMO UN ACTO DE AMOR

Por Sergio Sinay





A quienes sientan preocupación por el sentido real y profundo de la educación y piensen que esta va mucho más allá de la simple transmisión de información pre masticada y pre digerida, y también más allá de “actualizaciones” formales, superficiales y sin valor trascendente, como llenar las escuelas de computadoras o confundir el uso de celular con un adelanto educativo, les recomiendo enfáticamente la lectura de “La hora de clase”. El autor de este ensayo es el psicoanalista italiano Massimo Recalcati, que a su vez es también docente universitario.
Recalcati rescata la razón de ser de la educación, pone el acento en el valor que tiene en ella el vínculo humano, avanza con sólidos argumentos contra los experimentos tecnocráticos y burocráticos que vacían a la educación de toda trascendencia y la reducen a la simple producción de estadísticas oficiales o de mano de obra para las necesidades del mercado (esto se esconde detrás de esa falacia llamada “sociedad del conocimiento”).
Básicamente, demuestra este autor, la educación empieza en alguien que ama lo que enseña y que ama a aquel a quien enseña. Este amor se traduce en actos cotidianos durante la experiencia compartida. Y revierte en el amor del alumno al docente. Pero no se trata de amar al docente (aunque esto vale), sino a lo que este enseña, es decir a aquello que va a dejar en el alumno como herramienta para la vida. Por todo esto, dice Recalcati, cada hora de clase tiene un valor incalculable y lo que ocurre en ella, entre personas presentes, sin estériles y vacuas mediaciones tecnológicas, es una experiencia única e intransferible.
Recalcati fundamenta sus ideas con argumentos claros, sólidos y expuestos con un lenguaje de una belleza conmovedora. Y culmina el libro (breve y sustancioso) con una emocionante evocación de la maestra que lo rescató de su destino de pésimo estudiante y no solo lo apasionó por la posibilidad de aprender, sino que lo ayudó a ser una mejor persona.

lunes, 3 de septiembre de 2018


La política y sus traidores 
por Sergio Sinay


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Un general avanza peligrosamente mientras el gobierno empantana al país con sus dislates y furcios económicos y la oposición peronista (toda) protege a la jefa espiritual de los corruptos. El que avanza es el general descontento. Sus tropas incluyen el enojo, el malestar, la decepción y la desesperanza. Varios estudios y encuestas conocidos en los últimos días indican que la imagen de gobernantes, funcionarios, opositores, virtuales candidatos y demás ejemplares de la fauna política no cesa de caer. En algunos casos más, en otros menos pero, como el peso, cotizan a la baja. Diecisiete años después de 2001, el descontento de hoy no aparenta ser explosivo como el de entonces. Por una parte, la realidad demostró cómo “que se vayan todos” se traduce en que todos se quedan, envueltos en sus trajes de amianto y confiados en la dureza de sus caras. Se quedan, transmutan (muchos ni eso) y reinciden. Según una de esas encuestas (Grupo de Opinión Pública) un 45% de los consultados busca en vano una alternativa fuera de las caras conocidas. Según otra (Opinaia), un 70% cree que todos los políticos son corruptos y no confía en la política. “Allí donde los hombres conviven en un sentido histórico-civilizatorio, hay y ha habido siempre política”, afirma la ineludible Hannah Arendt (1906-1975), en La promesa de la política (Paidós). Desconfiar de la política sería, entonces, como abdicar de la posibilidad humana de convivir. Desde el momento en que la diversidad es característica esencial de la especie, naturalmente habrá siempre ideas, opiniones, prioridades, intereses, creencias y cosmovisiones distintas. La supervivencia dependerá de la posibilidad de articularlas. Eso es la política. Su misión y su fin “es asegurar la vida en el sentido más amplio”, dice Arendt. “Es ella quien permite al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines”. No puede haber libertad sin política y viceversa, señala la pensadora. La política es un ámbito que permite dar durabilidad a los asuntos humanos, continúa. Esto significa un ámbito que permita la trascendencia, ir más allá de lo inmediato, andar en dirección de una visión. La promesa de la política es la de aprender a vivir juntos en lo diverso, de organizar comunidades esenciales a partir del caos absoluto de las diferencias, Arendt dixit. Todo ámbito compartido (la pareja, la familia, un consorcio, el trabajo, un barrio, todo tipo de organización, independientemente de su fin) es un ámbito político en el que se toman decisiones políticas. Desentenderse de la política o no creer en ella es como autoexiliarse de lo humano o no creer en su posibilidad. Por esto es muy grave la traición a la promesa de la política. La corrupción es una traición imperdonable. La manipulación de los instrumentos políticos en función de intereses personales, corporativos o sectoriales también lo es. El sometimiento de la política a la economía (al totalitarismo de mercado) es una traición de alto grado. Del mismo modo que el desprecio por la política o el asumir funciones de gobierno (incluso las más altas) siendo políticamente ignorante y, más aún, exhibiendo esa ignorancia como un mérito. El general descontento avanza con sus tropas sobre el terreno previamente depredado por quienes traicionan y vienen traicionando a la política, desvirtuando su promesa, usando su nombre en vano. O peor, valiéndose de su nombre para empeorar y envilecer la vida de la comunidad. Quienes traicionan a la política no tienen pudor en usar palabras como “pueblo”, “felicidad”, “patria”, “gente”, “futuro”, “verdad”. Para ellos estas palabras son solo cebos, carnadas. Hay quienes pican porque, como dice Arendt, “sufrimos menos cuando quedamos atrapados en los movimientos totalitarios o en los ajustes de la psicología moderna”. O cuando compramos promesas de brotes verdes que nunca florecen. Pero, advertía la filósofa, con la facultad de sufrir se pierde también la virtud de resistir. Y perdida esa virtud, todo el campo es de los traidores a la política. (Fuente www.perfil.com). 

lunes, 12 de marzo de 2018

Anticipo del libro 
El amor sólido en tiempos líquidos



Amores que se consolidan en el tiempo, que trascienden lo inmediato. Árboles cuyas raíces no cesan de viajar hacia lo profundo y cuyos frutos son más nutricios en cada cosecha. No son árboles aislados, solo que, en un mundo bullicioso, bochinchero, sin tiempo para observar y reflexionar, sin espacio para exponer lo que no es banal, terminan por integrar bosques que pasan inadvertidos (…) Se le llama amor a la vanidad y al narcisismo, se mira con sorna a los amores que se construyen en silencio, con acciones. A los que duran en el tiempo se los considera despectivamente rutinas o costumbre, se prefiere la montaña rusa emocional (un viaje a ninguna parte, un simple shot de adrenalina) antes que el tren que atraviesa variados paisajes, tanto bellos como áridos, pero viaja hacia un destino, se mueve en el tiempo y en el espacio.
No son árboles solitarios. Constituyen bosques, aunque no se observen a simple vista. Hay muchos empeñados en construir amor del bueno y darle trascendencia en el tiempo, en devolverle al amor su sentido y su significado, desgastado por la mala praxis en un mundo de voracidad material, de tiempo en fuga, de deseos insaciables, de necesidades olvidadas, de inconstancia, de horror al compromiso y a la responsabilidad, un mundo en donde el otro se ha ido desdibujando hasta desaparecer. Un mundo de soledad sin alteridad, de simulacros de encuentro. En ese mundo líquido existen y son posibles, pese a todo, los amores sólidos.
No son, hay que decirlo pronto, amores mágicos. No se venden hechos, no se encargan por internet ni por teléfono, no son instantáneos, no vienen en pastillas ni son inyectables. No dependen de hechiceros portadores de fórmulas prodigiosas que duran solo hasta la próxima desilusión (aunque estos gurúes no dejen de multiplicarse, disfrazados con diferentes trajes y títulos). Transcurren en la vida tal como es. Esto significa que a cada paso se encuentran con una circunstancia que exige respuesta. Una respuesta que se debe dar a través de acciones y decisiones. Y que tendrá consecuencias. Las decisiones no siempre serán fáciles, porque no dependerán de una persona, sino de dos. Cada respuesta encierra potencialmente una negociación, y cada negociación una revisión del contrato afectivo que une a la pareja. A veces las decisiones son dolorosas, significan resignación, sacrificio, delegación, postergación.
(…) Es en la realidad en donde el amor se consolida, no en el deseo, en la ilusión, en la fantasía o en leyendas mágicas. Habrá que recordar todas las veces que fuere necesario que el amor es un punto de llegada y no un punto de partida. Que se comienza enamorado de alguien y se termina amándolo. O no. En el segundo caso no queda nada de qué hablar, nada hay para contar. Simplemente el enamoramiento cumple su ciclo de ilusión y cuando la persona imaginada desciende del cielo de la fantasía y, en la tierra de lo cotidiano, empieza a ser una persona real, el encanto finaliza y la historia termina.
Distinto es todo cuando los enamorados aceptan el desafío de conocerse no solo en sus buenos sino también en sus malos humores, cuando no temen auscultar el lado oscuro del otro ni clausuran la entrada a su propio sótano, cuando comparten el camino, aunque no sea solo un sendero de rosas sino también un lecho de espinas, cuando además de sus aspectos encantadores pueden encontrarse con sus perfiles desagradables y no huir por ello. Cuando dejan sus ropajes de príncipes y princesas y, en ropa de fajina, empiezan a cavar bajo el sol ardiente e impiadoso los cimientos del edificio afectivo que se proponen construir, y cuando tienen incluso que apartarse de los planos porque el terreno presenta dificultades inesperadas, pero no por eso impide el proyecto.
El proceso de mutuo conocimiento no es teórico. Tampoco se cumple a través del relato de sí mismo que cada uno entrega al otro. Se trata de una práctica de tiempo completo y se ejecuta en las circunstancias de la vida real. Conocer al otro es descubrirlo en sus rabietas y en sus esfuerzos, en sus conocimientos y en sus imposibilidades, en sus buenos y malos hábitos, en sus fortalezas y debilidades, en sus dudas y certezas, en su santidad y en sus aspectos diabólicos. Es asistir a lo inesperado de su ser, que a veces nos puede maravillar y otras sumirnos en la angustia. Nada de eso puede ocurrir a distancia, a través de pantallas, en quirófanos asépticos, en la mente o en los sueños. Además, no es instantáneo, no es mágico, no tiene instructivos. Requiere tiempo, presencia, paciencia, ojos y corazón abiertos. Pide abandonar los prejuicios en la puerta. El otro, como uno mismo, exige, con su sola existencia, que no se lo compare con otros anteriores, reales, soñados o imaginarios, sino que se lo mire y registre como quien es.
Mucho de esto, y en ocasiones todo, es un proceso de aprendizaje. Puede ocurrir que jamás se haya tenido la ocasión de experimentarlo o podría ser que nos hubiéramos negado a ello en vínculos anteriores. El aprendizaje es simultáneo y compartido. Y cada uno es el maestro del otro. Porque todo amor verdadero es amor encarnado. Es decir, se ama a alguien que existe, que está ahí, ante nosotros, no a una abstracción, a un ideal inasible. De manera que no hay fórmulas universales, ni recetas que les quepan a todos independientemente de su sagrada e intransferible individualidad.
Todas estas razones hacen del amor un punto de llegada. Es necesario emprender el viaje y cumplir el itinerario para llegar al momento en el que aquellos enamorados del principio acceden al amor. Luego habrán de seguir cultivándolo cada día. El amor es un hogar que, como todos los hogares que se precien, necesita un permanente mantenimiento. Para que luzca sólido, acogedor, nutricio habrá que entregarse a la tarea de continuar alimentándolo con razones, significados, visiones, propósitos. Los amores sólidos, que echan raíces en el tiempo, se construyen y reafirman cada día.
Esos amores son el tema de este libro. Y lo son porque existen. Solo que es inútil todo intento de conseguirlos hechos, de adquirirlos prefabricados. No son instantáneos, no se los alumbra desde la ansiedad, desde la impaciencia ni desde la levedad. Son amores que se construyen a contrapelo de las modas, de las recetas, de la intolerancia. Son reales, no imaginarios, ajenos a las fantasías que se disuelven ante el primer obstáculo, a las idealizaciones que no soportan la confrontación con la realidad.
Los amores sólidos no son chillones, no se declaman, no se exhiben en las vidrieras de la vanidad. Son, en fin, amores que brillan como faros en las noches oscuras de la fugacidad y la banalidad. Que se sostienen firmes ante el oleaje de lo superfluo. Y porque son reales y posibles es que merecen que se hable de ellos, que se los homenajee, que se aprenda de su existencia. Y que no se los confunda con tanta oferta engañosa, carente de raíces, con tanto relato oportunista acerca de placebos que se presentan como amor y solo lo alejan o lo postergan. Lo licuan. Por eso, estas páginas se destinan a diferenciar lo líquido de lo sólido, y lo hacen en homenaje al amor que permanece.