Explorar nuestra sombra
Por Sergio Sinay

Toda
sociedad necesita sus psicópatas. Y los encuentra. El psicópata es,
generalmente, un individuo “normal” y hasta “honorable”. Suele aparecer como
como encantador y rápidamente conecta con nuestros anhelos emocionales, de
manera que lo sentimos empático. Ese es el triunfo de su aspecto manipulador.
No tiene escrúpulos ni repara en medios para obtener su fin. Necesita sentirse
importante para compensar un profundo vacío interior, que esconde un complejo
de inferioridad. Siente, a raíz de esto, una rabia desproporcionada que
finalmente lo torna violento emocional o físicamente. Carece de nociones de
bien y mal ignora o disfruta el sufrimiento ajeno, y no tiene reparo en
provocarlo. Se suele adjudicar a sí mismo una misión a partir de la cual todo
le está permitido. La ley que rige para el resto de la humanidad, no rige para
él, no tiene conciencia social ni de pertenencia a la comunidad, pero, en la
persecución de su fin, puede actuar como si los tuviera. Así lo describe la
respetada psicoterapeuta y astróloga británica Liz Greene, en “El lado oscuro
del alma”, apasionante libro que recoge tres de sus seminarios dictados en el
Regent College, de Londres.
Diferentes
corrientes de la psicología y la psiquiatría discuten si los psicópatas nacen o
se hacen. Si sus características vienen dadas de origen o son producto de su
historia personal y familiar y de la sociedad en la que se criaron. Greene
piensa que se trata de una combinación de factores. Todos podríamos actuar como
psicópatas, pero no lo somos por diferentes razones, que van desde el miedo al
castigo hasta creencias y valores. Aprendemos de nuestras experiencias, sobre
todo de las dolorosas y vergonzantes, conocemos el arrepentimiento. Nada de
esto ocurre con el psicópata. Para él las culpas están siempre afuera, no
admite responsabilidad y es capaz de convencer a quien lo escucha de que las
cosas son así. Conviene considerar todas estas cuestiones antes de apresurarnos
a calificar a alguien de psicópata. Hay una línea ambigua entre quien lo es y
quien comete actos delictivos o aberrantes pero es capaz de arrepentirse, de
intentar la reparación y de encontrar caminos de redención. El psicópata,
señala Greene, al verse acorralado y puesto en evidencia puede deprimirse e
incluso suicidarse, pero lo hará sin auténtico sufrimiento emocional y sin
arrepentimiento. Por lo demás, no existe cura para la psicopatía.
NUESTRA
OSCURIDAD
¿Por qué
la sociedad necesita de psicópatas? En realidad, necesita que ellos actúen como
tales, que cometan los actos más extremos y, sobre todo, que sean descubiertos
y castigados. Cuando esto ocurre el psicópata se convierte en el depositario de
la sombra colectiva. El eminente médico, psicólogo y pensador suizo Carl Jung (1875-1961),
padre de la psicología analítica y arquetípica y gran estudioso de los
fenómenos del inconsciente colectivo (al que definió y bautizó), definió a la
sombra como la parte oscura de nuestra propia mente. Es una especie de sótano
en el que enterramos con doble llave todo aquello que negamos, rechazamos, no
soportamos o ignoramos de nosotros mismos. Escondemos eso detrás del ego o
personalidad, o sea el carácter con el que salimos al mundo y nos mostramos
ante los demás. Nuestro ropaje psíquico. El ego no es anómalo de por sí. Del
mismo modo en que vestimos nuestro cuerpo para transitar por la vida,
necesitamos “vestir” nuestra psique. Pero así como no confundimos nuestra ropa
con nuestra piel, no deberíamos creer que somos nuestro ego. Al hacerlo nos
convertimos en individuos planos, sin volumen ni detalles, figuras rígidas sin
riqueza y sin humanidad.
Mientras
tanto, lo que está escondido en el sótano, la sombra, busca por donde salir.
Como todo lo negado, necesita expresarse. El hecho de haber sido escondido no
lo hace desaparecer. Y suele salir como proyección. Depositamos en otros lo que
negamos en nosotros. De ellos es la mezquindad, la cobardía, la intolerancia,
la soberbia, la deshonestidad, el egoísmo, la violencia, la intemperancia que
decimos (y nos decimos) no tener. Rápidamente lo identificamos en los otros.
Mucho más rápidamente cuando en ellos esos rasgos son evidentes. Y cuanto más
queremos negarlos como proyección de lo nuestro, más indignación, rechazo,
ofensa sentimos hacia esas personas. Siempre conviene preguntarse qué tiene de
nosotros aquel a quien tanto odiamos o rechazamos, porque acaso se trate de un
espejo, aunque nos neguemos a mirarnos en él.
Cuando
vemos en el otro un acto repudiable nos sentimos aliviados. Es él, y no nosotros,
quien lo comete. Su acción o su palabra indeseable nos exime de culpa . Podemos
seguir escondiendo nuestras zonas oscuras, negándonos a ver en nuestra
interioridad. El problema, señalaba Jung, es que quien no enfrenta su sombra
queda atrapado en su ego y nunca podrá avanzar hacia las capaz más profundas de
su ser, a las que el maestro suizo definía como el yo (donde sombra y ego se
integran) y el Sí Mismo (la esencia profunda y sagrada del ser único, inédito e
intransferible que cada uno es). No alcanza una vida posiblemente para
encontrar el Sí Mismo. Pero, decía Jung, emprender el viaje da sentido a la
existencia. Y advertía, también, que la travesía encierra tramos tan dolorosos
como inevitables.
PSICÓPATAS
FUNCIONALES
Así como
hay un inconsciente individual y uno colectivo (en el que, como en un
reservorio submarino, están todos los sueños, las vivencias, los aprendizajes,
los símbolos y los arquetipos que la humanidad creó o recogió en su historia y
evolución), existen también una sombra individual y una sombra colectiva. En
esta última se oculta todo aquello que una sociedad, una comunidad, un grupo o
una familia niegan, rechazan, ocultan o ignoran a nivel consciente de sí. Como
en el caso de la sombra individual, lo que oculta la sombra colectiva pugna por
ver la luz. Se rebela al hecho de ser negado. Y este es el motivo por el cual
la sociedad necesita de sus ladrones, sus asesinos, sus deshonestos y, sobre
todo, de sus psicópatas. Para poder decir de sí misma que es honesta,
moralmente recta, sincera, sana, familiera, amiguera, pacífica, etcétera,
etcétera. Su propia violencia, su capacidad de odiar, su intolerancia aparecen
cuando, una vez en evidencia el psicópata, el asesino, el delincuente, se lo
quiere linchar, se pide pena de muerte inmediata, se lo enjuicia antes que los
jueces, se lo escracha. Sería doloroso verlo como producto de la misma
sociedad, como alguien que hizo lo que cualquiera evitó hacer no por una
cuestión moral sino porque no se atrevió o porque temió el castigo.
Casos
como los de Fernando Báez o Lucio Dupuy (en los que la psicopatía afloró de
manera brutal) merecen sin duda justicia, aunque esta no repare el horror
vivido por las víctimas ni les devuelva la vida robada. Pero la reacción y las
actitudes de la sociedad (incluidos los medios) fueron una erupción de la
sombra colectiva que alcanzó una intensidad inquietante. Cuanto más fuerte es
la luz, decía Jung (en este caso la conducta de la sociedad, su hambre de
venganza antes que de justicia), más negra es la sombra. Atreverse a entrar en
ella puede ser el comienzo de una sanación colectiva.