domingo, 11 de junio de 2023

 

Un futuro sin trabajo

Por Sergio Sinay



Un futuro sin trabajo

Por Sergio Sinay

 

En los años 30 del siglo anterior la fábrica Ford era un modelo virtuoso de la segunda Revolución Industrial. La primera Revolución ocurrió en el siglo dieciocho con la aparición de la energía de vapor, y la segunda hacia fines del diecinueve con la electricidad, la línea de montaje y la producción en masa. Esto descollaba en la fábrica de automóviles creada por Henry Ford en Michigan, Estados Unidos. Y a eso apuntaban las nuevas industrias. Fin del artesanado y de las habilidades individuales, implantación de movimientos repetitivos y mecánicos en la línea de montaje, subordinación del humano (y sus decisiones) a los ritmos y los tiempos de la máquina. Lo que Charles Chaplin retrató de manera genial e imperecedera en la película “Tiempos modernos”.

A la segunda Revolución Industrial le siguió la tercera, en la mitad final del siglo veinte, con el advenimiento de la computadora, internet y la tecnología de la información. Pero la historia no termina ahí. La cuarta Revolución Industrial está entre nosotros, liderada por la robótica y la inteligencia artificial (IA). En un ensayo publicado el 2 de mayo de este año en la Harvard Business Review, W. Chan Kim y Renée Mauborgne, profesores de estrategia y codirectores del Instituto de Estrategia del Océano Azul de INSEAD (Instituto Europeo de Administración de Negocios) en Fontainebleau, Francia, advierten sobre el lado B de este fenómeno que hoy produce euforia entre los tecno adictos. “Las nuevas tecnologías están en camino de desencadenar saltos en la productividad mayores de lo que hemos visto antes. Y con estos saltos en la productividad vendrán costos cada vez más bajos y mayores eficiencias, lo cual es bueno”, admiten Chan Kim y Mauborgne. Sólo que hay un problema, agregan de inmediato.

 

FIN DE LA ESTABILIDAD

Ese problema está a la vista y ya produce consecuencias. En el modelo de producción de Ford la rutina y la repetición sometían al operario a la máquina, pero al mismo tiempo le ofrecían estabilidad laboral. Y con esa estabilidad algo de lo que alardeaba el señor Ford: gracias a ese trabajo estable, y al salario que ganaban con él, los operarios podían comprar los autos que ellos mismos fabricaban, al tiempo que eran dueños de sus puestos. En “El mundo sin trabajo”, libro escrito a dúo por el antropólogo y cineasta italiano Rudy Gnutti y el sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), los autores señalan la interdependencia que existía entre capitalistas y trabajadores: “Los trabajadores dependían de Henry Ford para obtener su salario, pero Henry Ford y su empresa dependían de los trabajadores para que fabricaran sus productos, y para asegurarse de eso debía ofrecer condiciones más o menos duraderas para que siguieran trabajando allí”.

La cuarta Revolución Industrial vino a quebrar esta lógica, en un mundo donde no sólo los puestos de trabajo son inestables o perecederos, sino que también lo son las marcas y las empresas, cuyos dueños ya no dan la cara con el orgullo con el que lo hacían Ford y sus contemporáneos, sino que ni siquiera se sabe quiénes son. La mayoría de las veces se trata de accionistas anónimos, fantasmáticos, o de fondos de inversión que buscan ganancias rápidas antes de desaparecer o de ir por nuevos cotos de caza. Gracias a las nuevas tecnologías y a la digitalización del mundo, existe una realidad virtual en la que, como advierten Gnutti y Bauman, los nuevos capitalistas, esencialmente financieros, “no tienen que esforzarse mucho, solo con sus dedos pueden mover sus capitales y llevarlos a cualquier lugar”. Mientras eso ocurre, quienes pierden sus trabajos debido a esos movimientos siguen fijos en sus lugares, arraigados al suelo. Y, como señalan estos autores, si bien el progreso tecnológico hace crecer el pastel (la riqueza), no existe ninguna regla ni ley económica según la cual todo el mundo se beneficiará de eso. “Las empresas más importantes del planeta crean una riqueza inmensa, afirman, pero por sus características tecnológicas emplean una cantidad ridícula de trabajadores respecto a las inmensas empresas del pasado (Facebook, Amazon o Google, respecto a la Ford, por ejemplo)”.

Se habla mucho de supuestos nuevos empleos y profesiones que nacerán al compás de las flamantes tecnologías, pero mientras permanecen en el plano de la fantasía o la suposición, se sabe con certeza el trabajo que se va perdiendo. Oxford Economics, firma global de pronóstico y análisis cuantitativo, pronostica que las máquinas inteligentes eliminarán unos 20 millones de empleos industriales en todo el mundo durante la próxima década. La Brookings Institution, centro de investigación sin fines de lucro, pronostica que el 25% de los trabajadores estadounidenses correrán el riesgo de ser desplazados en las próximas décadas. Eso se traduce en unos 36 millones de empleos en riesgo de eliminación. Apenas un reflejo de lo que puede ocurrir en el planeta. Chan Kim y Maugborne ofrecen, a su vez, estos ejemplos: Procter & Gamble aumentó sus ventas de $ 40 mil millones de dólares en 2000 a $ 67 mil millones en 2018, pero redujo su fuerza laboral en el mismo período de 110,000 a 92,000 puestos. Y aunque las ventas en General Motors, alguna vez rey automotriz del mundo, se redujeron de $ 166 mil millones en 1998 a $ 147 mil millones en 2018, el número de sus empleados se desplomó de 608,000 a 173,000, una pérdida del 71%. Parece, concluyen, que la tecnología está reduciendo la necesidad de mano de obra en todas las industrias.

 

EL PERRO SE MUERDE LA COLA

Y esto nos lleva de regreso al problema que mencionan los propios Chan Kim y Mauborgne, al que describen así: “Para comprar bienes y servicios de menor precio ofrecidos por la moderna tecnología, y disfrutar de un nivel de vida más alto, no hace falta decir que las personas deben tener empleos e ingresos sólidos. Sin ellos, no importa cuán eficientes, de bajo costo y de alta calidad se vuelvan los bienes y servicios a través de los avances tecnológicos, la gente no tendrá los medios para comprarlos. Y si no puede comprarlos, la relación establecida desde hace mucho tiempo entre una mayor productividad y un nivel de vida creciente se vuelve ilusoria”.

Más claro, agua. El perro se muerde la cola. Como apuntan Bauman y Gnutti, cuánto más tecnológica es una sociedad, más rápidamente destruye lugares de trabajo. Y el trabajo en la vida humana no es solo productividad y generación de riqueza. Es fuente de sentido existencial, escenario de manifestación de vocaciones, talentos y potencialidades, espacio de expresión de valores y reafirmación de principios, origen de vínculos importantes en la vida de las personas, capítulo trascendente en la historia de cada individuo y oportunidad de dejar una huella de su paso por la vida y por el mundo. Desde que el hombre descubrió el fuego la tecnología es parte de la historia humana. Toda la humanidad debe ser su heredera y la beneficiaria de su acción y no solo una pequeña parte a expensas de una enorme mayoría, como bien dicen Gnutti y Bauman. No es útil cuando genera más ganancias económicas, sino cuando permite a más personas trabajar, relacionarse y vivir mejor en un planeta mejor cuidado. El tema central no es hoy el del futuro del trabajo, sino el de un futuro sin trabajo. 


miércoles, 7 de junio de 2023

 

La decencia social

Por Sergio Sinay




 “La humillación es un tipo de conducta o condición que constituye una buena razón para que una persona considere que se le ha faltado el respeto”. Con esta frase se inicia La sociedad decente, inspirado libro de Avishai Margalit (profesor de filosofía israelí, que enseña en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton, Estados Unidos). El libro es tan potente como necesario por las ideas sobre las que gira y que son aplicables a todos los grupos humanos (organizaciones, familias, grupos de trabajo, consorcios, etcétera). Las sociedades y las organizaciones decentes no humillan a sus miembros, dice Margalit, los respetan. Respeto y humillación son los términos que delimitan si una sociedad o una organización es decente o no lo es. En aquellas que lo son, sus partes cumplen debidamente con la función de garantizar el respeto a las personas, a su condición de sujetos. Ese es un deber de las instituciones y un derecho de las personas. Hay humillación cuando un grupo, desde una posición de poder, excluye a otros y la sociedad o la institución queda reducida a los que comparten ideas e intereses. Donde se no se admite diversidad y disenso no hay respeto.

Existe humillación, desde esta perspectiva, cuando las instituciones invaden las vidas privadas de las personas (según el profesor Margalit una sociedad que permite la vigilancia institucional de la esfera privada, “comete acciones vergonzosas”). Hay humillación cuando la burocracia, que se financia con dinero público proveniente de los impuestos, trata a los ciudadanos como números o como medios para los fines del gobierno. Y cuando la burocracia privada hace lo mismo en su ámbito.

Las sociedades humillantes quitan autonomía a los necesitados y los acostumbran a vivir de subsidios empujándolos a dudar de su propia capacidad de auto sustentación y naturalizando así su condición. Se crea entonces una dependencia perversa. Una sociedad es humillante cuando dificulta la creación o mantención de puestos de trabajo, cuando crea condiciones para el aumento del empleo marginal (en negro) o cuando otorga trabajo como una dádiva, cuando en verdad el trabajo es un derecho. Ningún gobernante debería ufanarse de crear empleos, ya que ese es un deber y no una opción. Una sociedad es decente cuando trata con respeto (“pero no con honores”, subraya Margalit) a sus delincuentes y hace cumplir los procedimientos de castigo. Para ello, debe existir la justicia, porque si esta es funcional a los intereses del poder o a cualquier maniobra corrupta, solo contribuye a la humillación (sobre todo de las víctimas del delito).

Una sociedad no es decente porque es justa, señala el pensador israelí, sino que es justa porque es decente. Su propuesta para salir de la humillación incluye como primer paso la recuperación del respeto de cada quien por sí mismo. Esto es diferente de la autoestima. La autoestima consiste en la apreciación que cada quien tiene de sí, independientemente de la mirada ajena. El respeto a uno mismo es tal cuando el individuo hace que otros, incluidas las instituciones y los gobernantes, lo respeten como lo que es: una persona. Esto significa que no lo manipulen, que no le mientan, que no lo desprotejan, que no restrinjan sus derechos, que no violenten su intimidad y su privacidad, que no descalifiquen sus ideas. 

viernes, 26 de mayo de 2023

 

En defensa de la duda

Por Sergio Sinay




 

 

Es imposible no dudar y es imposible no decidir (por acción o por omisión). Dudamos y decidimos. A menudo lo hacemos del mismo modo en que respiramos o caminamos. Sin pensarlo o sin ser conscientes de ello. Dudar es parte de la vida. Y a lo largo de ella hemos resuelto dudas y tomado y ejecutado decisiones. Si ponemos el acento en la decisión y no en la duda, estamos privilegiando el resultado por encima del proceso necesario para alcanzar ese resultado. Pareciera que duda y decisión fueran términos antagónicos. Quequien sabe decidir no duda y el que duda no es confiable en sus decisiones. Sin embargo, duda y decisión son términos complementarios, partes de un proceso de resolución de situaciones.

La duda es un período necesario en todo proceso de decisión. Durante ese período acopiamos información (racional, fáctica, emocional y afectiva) sobre las opciones que se nos presentan y, especialmente, acerca de nuestros propios aspectos o facetas interiores que se expresan en esta situación.

Quizá la duda es una maestra. Se presenta para que, afrontándola, podamos descubrir qué parte de verdad hay en cada una de las alternativas que se nos ofrecen. Si podemos reconocer lo esencialmente verdadero de cada opción, se reducirán los márgenes de error de nuestra decisión. Porque ninguna duda se resuelve de manera integradora y armónica mediante la exclusión o descalificación de uno de los términos. Como todo desacuerdo, la duda no debe ser rechazada ni cancelada, sino resuelta. Resolver es encontrar un nuevo estado a partir de los elementos dados. Es transformar, encontrando cuotas de verdad en cada opción.

Muchas veces resolver una duda es crear una nueva opción, no contemplada en el principio. Más allá de los resultados aprender a dudar, es aprender a decidir.

domingo, 14 de mayo de 2023

En la era del autobombo

 

En la era del autobombo

Por Sergio Sinay

 

 


Corren tiempos de ansiedad, velocidad, alienación, indiferencia, globalización, soberbia tecnológica, etcétera. Y es también la era del autobombo. De la literatura del yo, el narcisismo, la primera persona del singular, la indiferencia ante el otro, la auto celebración, las selfies, e incluso la victimización ante cualquier obstáculo a los propios deseos. La era de un yo sin tú. El filósofo existencialista austríaco israelí Martín Buber (1878-1965), decía que la palabra “yo” solo adquiría sentido ante la presencia de un “tú”, pues de lo contrario nada significa. Y al pronunciarla nos convertimos en el tú del otro, del prójimo, quien se percibe a sí mismo con el vocablo “yo”. Por lo tanto, yo-tú es una sola palabra, según Buber la palabra primordial, base de toda experiencia humana.

La cultura del autobombo destruye la palabra primordial. El diseñador de modas y prestigioso perfumista francés Serge Lutens dice que se pasó de la cultura del “saber hacer” a la del “hacer saber”. Poco importa el valor, la trascendencia, el sentido, el basamento moral o la huella que se dejará en el mundo para mejorarlo. La cuestión esencial es ser visto, tener seguidores, “fans”, estar en los medios, ser nombrado, generar impactos efímeros y banales pero visibles y audibles. Es el tiempo de los “influencers”, de los “youtubers”. Dos raras e insólitas profesiones nacidas al calor de internet y de las redes sociales. Consisten en ser famoso, no importa el motivo.

 

ACTUAR CON EGOÍSMO

No es algo nuevo. El 31 de agosto de 1997, antes de las redes, la revista de negocios “Fast Company” (hoy existe en versión digital) publicaba un artículo de Tom Peters, célebre gurú del marketing, en el que incitaba a sus lectores a convertirse ellos mismos en marcas. El nuevo mundo es el mundo de las marcas, anunciaba Peters en ese artículo titulado precisamente “Una marca llamada tú”, y en lugar de llevar distintivos ajenos (como los que se lucen en remeras, sacos, tazas, lapiceras, relojes, vaqueros y hasta tatuajes) es hora de lucir el propio, de convertirse uno mismo en etiqueta. Sin metáforas, el gurú aconsejaba: “Preguntate por qué querés ser famoso”. Y señalaba que, fuera cual fuese el motivo, este y el contenido son menos importantes, que el chisporroteo. No hay límites, apuntaba, para el modo en que puedes crear y reforzar tu perfil. Todo vale. Es así como lo hacen las grandes marcas y solo se trata de imitarlas. Desarrollar, insistía Peters, el poder de la influencia. Se estaba adelantando a la era de los “influencers” y los “youtubers”, los estaba anunciando. “Puede sonar egoísta”, escribía. “Pero esto requiere que actúes egoístamente: que te promociones, que el mercado te recompense”.

Más tarde, en 2005, el filósofo francés Giles Lipovetsky publicaba un ensayo ya clásico: “La era del vacío”. El consumismo desbocado, el individualismo feroz, la adicción a lo nuevo por lo nuevo mismo, la obsesión por el cuerpo, la indiferencia ante los temas colectivos y sociales, el hedonismo, la pasión por lo efímero y descartable (incluidas las personas), la seducción por lo banal y superficial. Algo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) bautizaría como “tiempos líquidos”. Una existencia carente de sentido. Su precio es la angustia existencial, que ningún psicofármaco puede remediar, aunque se los consuma masivamente como golosinas. En ese vacío flotan preguntas que abruman desde la consciencia o desde el inconsciente. ¿Para qué vivo? ¿Quién soy? ¿Existo? Las respuestas nunca están afuera de cada individuo, sino en lo más profundo de sí, un espacio al que se teme bajar. Para evitarlo hay quienes hacen lo que fuere, desde las conductas, hasta las vestimentas o la martirización de sus cuerpos a través de piercings, tatuajes, dietas o cirugías. La cuestión es llamar la atención, ser visto, que la mirada ajena diga que uno existe. Otros buscan respuestas en la adhesión masiva a ídolos que incluyen desde políticos hasta cantantes, deportistas, performers o, simplemente, influencers. La masividad y los fanatismos son anestésicos para el dolor de la consciencia y para diluir la responsabilidad sobre la propia vida.

 

CONVERTIRSE EN PRODUCTO

En ese campo fértil florecen influencers, “youtubers” y una amplia fauna de famosos. Se auto celebran y buscan afanosamente la celebración ajena. En una nota de la periodista Karelia Vázquez para el diario español El País en febrero de 2022 Steven P. Vallas, profesor de Sociología del Trabajo en la Northeastern University de Boston dice: “Aunque podría pensarse que construir una marca personal es inevitable en el capitalismo tardío, se trata de un argumento que pone el éxito por encima de la autenticidad a un costo muy elevado. Me pregunto, ¿por qué utilizar el discurso del branding (marcas)? Veo un problema cuando nos consideramos a nosotros mismos como productos cuyo valor debe expandirse como sea por nuestro propio bien”. A su vez el académico canadiense en ciencias políticas David Zweig celebra a quienes se resisten al autobombo y la autocelebración: “De hecho, la ausencia de autobombo ha sido parte de su éxito. No estoy sugiriendo que haya que esconder los méritos, pero buscar el reconocimiento a toda costa no es el mejor camino para la realización”.

El autobombo abarca no solo a figuras del espectáculo, la moda, la canción, la literatura, los medios, el deporte o la simple nada, sino también a científicos y políticos. En 2019 un estudio de la revista Nature mostraba que muchos de los más renombrados científicos del mundo, incluidos premios Nobel, se citan a sí mismos permanentemente e incluso cuentan con equipos encargados de hacerlo. Cuando Santi Maratea alardea de la mansión que alquila en Bariloche para sus vacaciones (gracias sus acciones filantrópicas) y admite que para salvar al club Independiente de sus deudas él cobra un 5% de los aportes de los hinchas, simplemente confirma que en la era del autobombo lo que importa es el negocio. El contenido es medio para un fin.

lunes, 1 de mayo de 2023

 

Cooperar o agrietarse


Por Sergio Sinay





 

Charles Darwin, el célebre naturalista inglés que en el siglo diecinueve revolucionó y transformó el paradigma sobre la evolución con su libro El origen de las especies, señaló que la necesidad de cercanía y pertenencia son un instinto prioritario en nuestra especie. Para él aquellos dos atributos se anteponen a la agresividad. Ésta y el miedo aparecen como reacción contra lo que amenaza la vida. Según Darwin, el objetivo inicial del ser humano en el planeta es el de cooperar para vivir.

Para lograr este propósito cada humano necesita de sus congéneres. No sobrevive en la soledad absoluta, del mismo modo que una planta no sobrevive sin riego. Nos regamos con nuestra mutua presencia. Es imposible pensar en valores esenciales como la sinceridad, la confianza, la honestidad, la empatía, la generosidad o la responsabilidad sin la presencia de otro. Se manifiestan siempre hacia y desde otro, si no se expresan en una interacción y en una relación pierden sentido, dejan de existir. Lo mismo ocurre con el amor. Esto es tan obvio y natural que no pensamos en ello y olvidamos que se trata de un hecho constitutivo de la existencia.


La palabra primordial

Solo podemos ser a partir de vincularnos. Como afirmó Martín Buber (1878-1965), filósofo existencialista israelí nacido en Austria, no hay un yo sin un tú. En su esencial ensayo titulado precisamente “Yo y Tú”, Buber señala que no se trata de dos términos, sino de una sola palabra, a la que llama “palabra primordial” por considerarla fundadora de la experiencia humana. Soy en relación con otro. Soy en tanto, ante mí, otro es. Y llegados a este punto, todos los vínculos imaginables y posibles entre los más de 8 mil millones de humanos que poblamos la Tierra, así se trate de vínculos íntimos y privados hasta públicos y colectivos, serán siempre relaciones entre seres diferentes. Entre individuos únicos. Desde que hubo dos humanos en la superficie del planeta ha sido siempre así y así siempre será.


“Ellos” y “Nosotros”

 Si bien las similitudes nos acercan, facilitan las elecciones entre unos y otros y nos permiten reconocernos como congéneres, hay más diferencias que semejanzas entre todos nosotros. Es lógico y natural. Por eso cada uno es original y único. Y en las diferencias se basa el potencial de todo vínculo, porque lejos de restar suman. Ningún individuo es completo y autosuficiente, a todos nos falta algo que otro tiene, todos tenemos algo que a otro le falta.

Cuando se pierde la capacidad de pensar (un don humano poco apreciado en la práctica) dejamos de comprender y apreciar el valor de las diferencias. Vemos lo distinto en el otro como una amenaza, como un obstáculo. Solo confiamos en quienes piensan como nosotros, en quienes tienen nuestros mismos gustos, en quienes ven todo del mismo color en que lo vemos. Y creamos con ellos una tribu en la que solo pueden entrar los semejantes. Todos los demás son adversarios o enemigos. El mundo se divide a partir de ahí en “ellos” y “nosotros”. En “nosotros” contra “ellos”. “Nosotros”, por supuesto, somos mejores que ellos, las virtudes son propias, los defectos son ajenos. Así será hasta que, dado que no hay dos seres humanos iguales, descubramos que también entre nosotros hay diferencias y comiencen los enfrentamientos dentro de la tribu.


Diferencias y diferencias

Esto no es otra cosa que la génesis de las grietas. Y puede verificarse, como de hecho ocurre, en todos los órdenes de la vida en sociedad. Las grietas no son solo políticas, las hay en el deporte, en la economía, en las organizaciones, en las familias, en los grupos de trabajo, en las universidades, entre profesionales y trabajadores de un mismo ámbito, hay grietas de género, de nacionalidad, de religión, de raza. Se da hoy la patética ironía de que, en una era en que se habla hasta por los codos de globalización y se la presenta como la panacea universal, vivimos en un mundo fragmentado y agrietado por donde se lo mire.

En su libro El cerebro moral la filósofa canadiense Patricia Churchland, autoridad en el campo de la neurofilosofía (disciplina que cruza la filosofía con la neurociencia) advierte que cuanto más crecen los grupos sociales y cuanto más complejas se hacen su organización y sus interacciones, más difíciles de resolver son los problemas que se presentan, y que precisamente por ese motivo resultan más necesarias la cooperación, la confianza, la búsqueda de propósitos comunes, el establecimiento de códigos y normas de convivencia y de relación y el respeto de estos.

Nada de esto quita que no todas las diferencias son conciliables. Las de valores no admiten concordancia, y quien la proponga erra el camino en nombre de una “corrección” o un “buenismo” estériles. Pero salvo las diferencias de valores (o las que nacen de la intolerancia religiosa), las hay que son naturalmente complementarias y otras, acaso las más numerosas, que, aunque no se complementen naturalmente, entregan una rica materia prima para construir relaciones sólidas, con cimientos firmes. Son las diferencias abordables, aquellas en las que se aprende a dar para recibir, a resignar para engrandecer, a escuchar y mirar para comprender. Las que, aceptadas, se convierten en puentes para atravesar grietas.

(Este artículo es una síntesis de la columna Cómo abrir y cerrar grietas, que publiqué en el diario El Día, de La Plata, el 30/4/2023)

sábado, 15 de abril de 2023

 

Mentirosos

Por Sergio Sinay




 

 

Todos mienten. Dicen una cosa y hacen otra. Emiten una promesa y la incumplen. Expresan algo hoy y lo contrario mañana. Reniegan de su pasado como si no lo tuvieran. Si se les pone delante de las narices las evidencias de sus mentiras (en forma de textos, fotos, audios, videos, documentos que llevan su firma) lo niegan y, en el último de los casos, dicen, sin que se les mueva una pestaña ni les aparezca un asomo de rubor, que fueron sacados de contexto. Sean presidente, vicepresidenta, ministro de economía, vocera presidencial, jefe de gabinete, canciller, diputados, o se trate del cargo o la función que se tratase, mienten. Cuanto más ambiciosos (por ejemplo, si van detrás de una candidatura) más mentirosos. Cuanto más desesperados (por ejemplo, en el final de sus penosas gestiones o si huelen la sombra de la Justicia), más mentirosos. Y siempre negadores de lo evidente.

Acaso nunca hayan mentido tanto y tan burdamente como ahora, en el ocaso de una experiencia monstruosa, que nació hace cuatro años y fue calificada, incluso por quienes hoy olvidan u ocultan haberlo hecho, como una genial maniobra política, cuando fue en realidad otra torpeza de quien siempre eligió mal. Pero siempre mienten. Y, más allá de la indignación a menudo impotente que generan en grandes sectores de la sociedad, terminan por imponer la mentira como única verdad. Al menos para ellos se naturaliza de tal manera, es hasta tal punto su modo de vivir, que termina por ser la única verdad.

En el libro Por qué mentimos (cuyo título original en inglés es The honest truth about dishonesty) el estadounidense Dan Ariely, criado y educado en Israel, psicólogo conductual especializado en economía del comportamiento y premio Nobel de Medicina 2008, ofrece algunas pistas para comprender, aunque jamás justificar, este tipo de comportamiento. Una cosa es irritarse por fraudes y mentiras menores a cargo de personas en definitiva irrelevantes, dice Ariely, y otra es la institucionalización del fraude a escala mayor. Este es posible, señala, cuando unos pocos con información y poder privilegiado se desvían de la norma y contagian a los de a su alrededor, quienes además contagian a otros hasta que en un tiempo relativamente breve todos quienes actúan así empiezan a considerar adecuada sus propias conductas. Tan adecuadas y normales les parece, cabe agregar, que cuando alguien se las señala como fraudulentas son capaces de ofenderse.

Para ilustrar hasta qué punto estas conductas se naturalizan entre los mentirosos y fraudulentos, Ariely cita el caso de Peter Sessions, congresista republicano por Texas, quien preguntado por las decenas de miles de dólares pertenecientes al fisco que perdió en el casino Forty Deuce, de Las Vegas, respondió: “Para mí ya no es fácil saber qué es normal”. Dejemos de lado la anomalía psíquica que sugiere la pérdida de contacto con la realidad, un delirio que suele ser habitual en casos de ambición desbordada, e imaginemos qué respondería, en un raro caso de sinceridad, alguno de nuestros numerosos embusteros y fraudulentos si tuviera que dar cuenta de sus trapisondas. Posiblemente lo mismo que Peter Sessions. Y, una vez más, esto no lo justificaría.

Ariely advierte que cuando el fraude y la mentira se instalan como única verdad en un determinado ámbito la propagación del virus es tan veloz y extendida que ya no importan las diferentes ideologías o los distintos orígenes de los infectados, y estos, aunque en apariencia se digan opuestos o adversarios entre sí, son mucho más parecidos de lo que se piensa. En el caso de la política, señala, esto crea las condiciones bajo las cuales la conducta poco ética de cualquier mentiroso o fraudulento traspasa las fronteras de su partido e influye en otros con independencia de su filiación. 

Cuando aparece el fantasma de la deshonestidad, afirma el autor de Por qué mentimos, nace también el autoengaño, y los deshonestos (sea su deshonestidad moral o económica) se dan excusas para crearse una opinión positiva sobre sí mismos. Escuchémoslos hablar, veámoslos actuar, y todo quedará confirmado.

(Publicado originalmente en Perfil el 2 de abril de 2023)

lunes, 20 de febrero de 2023

 

Explorar nuestra sombra

Por Sergio Sinay




 

 

Toda sociedad necesita sus psicópatas. Y los encuentra. El psicópata es, generalmente, un individuo “normal” y hasta “honorable”. Suele aparecer como como encantador y rápidamente conecta con nuestros anhelos emocionales, de manera que lo sentimos empático. Ese es el triunfo de su aspecto manipulador. No tiene escrúpulos ni repara en medios para obtener su fin. Necesita sentirse importante para compensar un profundo vacío interior, que esconde un complejo de inferioridad. Siente, a raíz de esto, una rabia desproporcionada que finalmente lo torna violento emocional o físicamente. Carece de nociones de bien y mal ignora o disfruta el sufrimiento ajeno, y no tiene reparo en provocarlo. Se suele adjudicar a sí mismo una misión a partir de la cual todo le está permitido. La ley que rige para el resto de la humanidad, no rige para él, no tiene conciencia social ni de pertenencia a la comunidad, pero, en la persecución de su fin, puede actuar como si los tuviera. Así lo describe la respetada psicoterapeuta y astróloga británica Liz Greene, en “El lado oscuro del alma”, apasionante libro que recoge tres de sus seminarios dictados en el Regent College, de Londres.

Diferentes corrientes de la psicología y la psiquiatría discuten si los psicópatas nacen o se hacen. Si sus características vienen dadas de origen o son producto de su historia personal y familiar y de la sociedad en la que se criaron. Greene piensa que se trata de una combinación de factores. Todos podríamos actuar como psicópatas, pero no lo somos por diferentes razones, que van desde el miedo al castigo hasta creencias y valores. Aprendemos de nuestras experiencias, sobre todo de las dolorosas y vergonzantes, conocemos el arrepentimiento. Nada de esto ocurre con el psicópata. Para él las culpas están siempre afuera, no admite responsabilidad y es capaz de convencer a quien lo escucha de que las cosas son así. Conviene considerar todas estas cuestiones antes de apresurarnos a calificar a alguien de psicópata. Hay una línea ambigua entre quien lo es y quien comete actos delictivos o aberrantes pero es capaz de arrepentirse, de intentar la reparación y de encontrar caminos de redención. El psicópata, señala Greene, al verse acorralado y puesto en evidencia puede deprimirse e incluso suicidarse, pero lo hará sin auténtico sufrimiento emocional y sin arrepentimiento. Por lo demás, no existe cura para la psicopatía.

 

NUESTRA OSCURIDAD

¿Por qué la sociedad necesita de psicópatas? En realidad, necesita que ellos actúen como tales, que cometan los actos más extremos y, sobre todo, que sean descubiertos y castigados. Cuando esto ocurre el psicópata se convierte en el depositario de la sombra colectiva. El eminente médico, psicólogo y pensador suizo Carl Jung (1875-1961), padre de la psicología analítica y arquetípica y gran estudioso de los fenómenos del inconsciente colectivo (al que definió y bautizó), definió a la sombra como la parte oscura de nuestra propia mente. Es una especie de sótano en el que enterramos con doble llave todo aquello que negamos, rechazamos, no soportamos o ignoramos de nosotros mismos. Escondemos eso detrás del ego o personalidad, o sea el carácter con el que salimos al mundo y nos mostramos ante los demás. Nuestro ropaje psíquico. El ego no es anómalo de por sí. Del mismo modo en que vestimos nuestro cuerpo para transitar por la vida, necesitamos “vestir” nuestra psique. Pero así como no confundimos nuestra ropa con nuestra piel, no deberíamos creer que somos nuestro ego. Al hacerlo nos convertimos en individuos planos, sin volumen ni detalles, figuras rígidas sin riqueza y sin humanidad.

Mientras tanto, lo que está escondido en el sótano, la sombra, busca por donde salir. Como todo lo negado, necesita expresarse. El hecho de haber sido escondido no lo hace desaparecer. Y suele salir como proyección. Depositamos en otros lo que negamos en nosotros. De ellos es la mezquindad, la cobardía, la intolerancia, la soberbia, la deshonestidad, el egoísmo, la violencia, la intemperancia que decimos (y nos decimos) no tener. Rápidamente lo identificamos en los otros. Mucho más rápidamente cuando en ellos esos rasgos son evidentes. Y cuanto más queremos negarlos como proyección de lo nuestro, más indignación, rechazo, ofensa sentimos hacia esas personas. Siempre conviene preguntarse qué tiene de nosotros aquel a quien tanto odiamos o rechazamos, porque acaso se trate de un espejo, aunque nos neguemos a mirarnos en él.

Cuando vemos en el otro un acto repudiable nos sentimos aliviados. Es él, y no nosotros, quien lo comete. Su acción o su palabra indeseable nos exime de culpa . Podemos seguir escondiendo nuestras zonas oscuras, negándonos a ver en nuestra interioridad. El problema, señalaba Jung, es que quien no enfrenta su sombra queda atrapado en su ego y nunca podrá avanzar hacia las capaz más profundas de su ser, a las que el maestro suizo definía como el yo (donde sombra y ego se integran) y el Sí Mismo (la esencia profunda y sagrada del ser único, inédito e intransferible que cada uno es). No alcanza una vida posiblemente para encontrar el Sí Mismo. Pero, decía Jung, emprender el viaje da sentido a la existencia. Y advertía, también, que la travesía encierra tramos tan dolorosos como inevitables.

 

PSICÓPATAS FUNCIONALES

Así como hay un inconsciente individual y uno colectivo (en el que, como en un reservorio submarino, están todos los sueños, las vivencias, los aprendizajes, los símbolos y los arquetipos que la humanidad creó o recogió en su historia y evolución), existen también una sombra individual y una sombra colectiva. En esta última se oculta todo aquello que una sociedad, una comunidad, un grupo o una familia niegan, rechazan, ocultan o ignoran a nivel consciente de sí. Como en el caso de la sombra individual, lo que oculta la sombra colectiva pugna por ver la luz. Se rebela al hecho de ser negado. Y este es el motivo por el cual la sociedad necesita de sus ladrones, sus asesinos, sus deshonestos y, sobre todo, de sus psicópatas. Para poder decir de sí misma que es honesta, moralmente recta, sincera, sana, familiera, amiguera, pacífica, etcétera, etcétera. Su propia violencia, su capacidad de odiar, su intolerancia aparecen cuando, una vez en evidencia el psicópata, el asesino, el delincuente, se lo quiere linchar, se pide pena de muerte inmediata, se lo enjuicia antes que los jueces, se lo escracha. Sería doloroso verlo como producto de la misma sociedad, como alguien que hizo lo que cualquiera evitó hacer no por una cuestión moral sino porque no se atrevió o porque temió el castigo.

Casos como los de Fernando Báez o Lucio Dupuy (en los que la psicopatía afloró de manera brutal) merecen sin duda justicia, aunque esta no repare el horror vivido por las víctimas ni les devuelva la vida robada. Pero la reacción y las actitudes de la sociedad (incluidos los medios) fueron una erupción de la sombra colectiva que alcanzó una intensidad inquietante. Cuanto más fuerte es la luz, decía Jung (en este caso la conducta de la sociedad, su hambre de venganza antes que de justicia), más negra es la sombra. Atreverse a entrar en ella puede ser el comienzo de una sanación colectiva.

lunes, 23 de enero de 2023

 

Picoteando vidas ajenas

Por Sergio Sinay





 

 

Apenas nació Truman Burbank fue entregado a un matrimonio de actores contratados para desenvolverse como si fueran sus padres. Ellos lo criaron y Burbank creció y vivió una vida feliz, perfecta, sin contratiempos, en una pequeña ciudad suburbana llamada Seahaven en la que todo era armonía y la convivencia entre los habitantes resultaba ideal. Burbank tuvo una familia y desarrolló una eficaz carrera como agente de seguros. Lo que se dice una vida soñada. Y en realidad lo fue, porque el único que ignoraba que aquella existencia no era real y que todo en Seahaven resultaba falso era el propio Truman Burbank. La ciudad en la que vivía era una escenografía de cartón piedra construida bajo una gigantesca cúpula que la aislaba del mundo real. El cielo siempre azul era también escenográfico y el eterno sol un poderoso reflector eléctrico. El reluciente pasto de los jardines, las calles limpias y ordenadas, todo pura apariencia. Los vecinos no vivían allí, eran extras que se cruzaban estratégicamente con Burbank, e incluso la mujer de la que se enamoró y con la que formaría pareja era una actriz que seguía las líneas de un guion.

Durante treinta años todo esto funcionó. Truman Burbank ignorò que era protagonista de un show televisivo, un reality, de un alto rating alimentado por espectadores que seguían día a día y hora a hora la vida de él, que, manipulado desde el primer minuto de su nacimiento, no era una persona, sino un personaje creado para alimentar el consumo de esos espectadores, dispuestos a malgastar incontables horas de sus vidas espiando las peripecias de otro. El creador de ese exitoso espectáculo fue Christof, un productor obsesivo e implacable, dedicado casi por entero a hacer que el mundo ficticio de Burbank funcionara a la perfección y el rating se mantuviera. Lo consiguió durante treinta años, hasta que una serie de imponderables (la vida real es así, aun para quienes se creen demiurgos) puso al protagonista de cara a la verdad.

 

TIEMPO DE REALIDAD

Durante todo ese tiempo Truman fue una marioneta manipulada para satisfacer la avidez de miles de personas dispuestas a devorar como caranchos la vida de un prójimo. Para desesperación de Christof, que no admitía la autonomía y la libertad de su criatura y lo amenazaba con una desvergüenza psicopática, Truman Burbank (como alguna vez lo hizo Frankenstein, el monstruo triste) escapó de Seahaven hacia el mundo real, dispuesto a ser el dueño de su vida. Cuando Christof explicó las razones para haber creado aquel reality dijo: “Estábamos aburridos de ver actores interpretando emociones falsas”. Tanto él como los espectadores querían alimentarse de las emociones reales de una persona real, aunque para eso hubiera que usar a esa persona despojándola de una vida cierta.

Este es argumento de “The Truman Show”, película que el talentoso director australiano Peter Weir (un lúcido analista de fenómenos sociales y colectivos, como demostró en filmes como “La sociedad de los poetas muertos”, “La ola”, “La costa mosquito” y “Testigo en peligro”, entre otras) filmó en 1998, con Jim Carrey en el papel de Truman y Ed Harris en el de Christof. La película habilita reflexiones sobre varios temas. Por ejemplo: la realidad como ilusión, el derecho a una vida propia y autónoma, la manipulación irresponsable que se suele ejercer desde los medios sobre la mente de los espectadores, y la misma irresponsabilidad de esos espectadores cuando se entregan sin espíritu crítico a lo que se les ofrece consumir.

Quizás sea este último tema el que en estos días conecta poderosamente al “El Truman show”, con la realidad contemporánea. Apenas lanzado simultáneamente en varios idiomas y países, cosa que ocurrió viernes 13 de este mes, el libro “En la sombra” se convirtió en el que más ejemplares vendió en un solo día en el mundo de habla inglesa: un millón y medio de copias en 24 horas. También en Argentina centenares de personas corrieron a las librerías para pagar $8.599 por un tomo de 560 páginas en las que el príncipe Harry cuenta en plan bizarro, sin pudor, con agrio rencor, tanto sus propias bajezas (como vanagloriarse haber matado a 25 personas, como si fueran patos en una cacería, en Afganistán) y varios aspectos oscuros y miserables de la realeza de Windsor, de la cual él forma parte y que series como “The Crown” se cuidan de eludir.

 

En simultáneo con este dramón de palacio (y de los sótanos morales de ese palacio) Shakira, cuyas andanzas amorosas parecen ser menos exitosas que sus canciones a juzgar por lo que se conoce y recuerda de ellas, salió a facturar, según propia confesión, poniéndole una letra rudimentaria y una música elemental (con colaboración del pasadiscos Bizarrap, cuyo nombre artístico lo dice todo) a su trifulca post-divorcio con Gerard Piqué, futbolista en larga decadencia y empresario en alza. El despechado monólogo de la cantante colombiana, abundante en rimas simples e infantiles y carente de cualquier asomo de metáfora, devino, como el libro de Harry en otro plano, en avasallante fenómeno internacional que ocupó horas y páginas en medios gráficos y audiovisuales, en redes sociales y, lo más grave de todo, en las mentes y horas de vida de miles de personas que quizás no tienen cuestiones más importantes en su existencia o acaso las tienen y esto les viene de perillas para fugar de ellas.

 

PREGUNTAS EN ESPERA

En el orden local también hay contenedores con abundante desperdicio existencial para quienes tienen la compulsión de husmear en los sótanos y cloacas de vidas ajenas. En su versión de este año el programa “Gran Hermano” (deplorable uso de la categoría que el gran escritor inglés George Orwell creó en su novela “1984” con un significado muy distinto del presente) volvió a conseguir una cuadrilla de voluntarios dispuestos a destriparse emocional y psíquicamente durante las veinticuatro horas de cada día ante la mirada personas que, mientras se convierten en carne de ratting, encuentran un analgésico para el dolor que provoca el vacío existencial.

Probablemente de eso, del vacío existencial extendido como una pandemia de estos tiempos, es de lo que hablan fenómenos como Harry, Shakira y Gran Hermano. La impudicia de unos por desnudar su intimidad, su carencia de espacios interiores sagrados a resguardo de la intromisión ajena, su necesidad de existir solo bajo la mirada del otro, sin importar si esa mirada horada los rincones más oscuros de uno mismo. Y del otro lado la angurria de quienes no soportan explorar sus propias intimidades, preguntarse por sus necesidades, poner al día sus propósitos e interrogarse, al menos una vez, por el sentido de la propia vida. Porque la vida es una, el tiempo transcurre sin detenerse y hay preguntas que se abren ante nosotros desde temprano y se expanden a medida que pasan los años. Preguntas que solo puede responder cada persona y cuyas respuestas no pueden intercambiarse: ¿para qué nací? ¿cuál es la huella que dejaré, en qué y en quiénes? ¿Hará esa huella que el mundo quede, tras mi paso, un poco mejor de cómo lo encontré? Se responde con una manera de vivir, con un modo de honrar el tiempo que nos es concedido. Y la respuesta es una cuestión de responsabilidad individual. No la dará ni Harry, ni Shakira, ni la tropilla de Gran Hermano.

sábado, 14 de enero de 2023

 Pandemia de estupidez

Por Sergio Sinay






Cuando nos repetimos una y otra vez la pregunta “¿Qué nos pasa?”, como si hubiésemos sido atacados por una fuerza, un virus o una bacteria misteriosa que violó nuestra bondad, nuestra inocencia y nuestro derecho a ser los mejores del mundo en todo (una especie de pueblo elegido), deberíamos buscar la respuesta en Carlo María Cipolla. Cuando transgredimos leyes y normas, cuando se suceden accidentes y muertes viales debidas a la ingesta de alcohol y a la violación de velocidades máximas y otras normas, cuando se observan innumerables conductas cotidianas en diferentes escenarios, e incluso cuando se cotejan ordenanzas y dictámenes emanados de dirigentes y gobernantes, cuando nos creemos más astutos que nadie, cuando nos empeñamos vivir en la anomia, el ventajismo, la indiferencia hacia el otro y nos especializamos en hacer una grieta de cualquier tema, cuando elegimos gobernantes sin consultar sus programas (no los tienen) y pensando en beneficiarnos de sus falsas promesas, deberíamos consultar a Carlo María Cipolla.

Carlo María Cipolla (1922-2000) fue un historiador italiano, nacido en Pavia y reconocido internacionalmente por sus trabajos sobre la historia del dinero y del comercio. “Historia de la moneda”, “La declinación económica de los imperios”, “Historia económica de la población mundial” son algunos de los títulos que le granjearon respeto y prestigio. Catedrático en las universidades de Bolonia y Pavia, en Italia, de Berkeley, en California, y de la London School of Economics, en Inglaterra, Cipolla escribió, entre 1973 y 1976, dos ensayos que, en principio, estaban dedicados solamente a sus familiares y allegados. Sin embargo, trascendieron ese círculo íntimo y cada vez más personas querían acceder a ellos. Finalmente fueron publicados en 1988, en un solo tomo titulado “Allegro ma non tropo” (“Alegre, aunque no mucho”). De esos dos ensayos uno adquirió autonomía y vida propia y trajo para Cipolla una fama que excedió largamente a su profesión. Se titula “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”.

UNA ORGANIZACIÓN PELIGROSA

Escrito con un estilo claro, asertivo y didáctico, ese breve libro de apenas 89 páginas ofrece una explicación inapelable de cómo funciona una de las características que más dañan a las sociedades, a la convivencia dentro de ellas y a las relaciones humanas en general. Cipolla comienza por afirmar que la humanidad se encuentra en un estado deplorable y que sus desdichas y miserias tienen mucho que ver con el modo estúpido (son sus palabras) en que se viene desempeñando. Hay muchos más estúpidos de lo que se cree, de lo que parece y de lo que sospecha, señala, y los describe como un grupo no organizado, que no tiene jefe, presidente ni estatuto y que, a pesar de ello, logra que los actos de cada miembro contribuya a reforzar la actividad de todos los demás. “Se trata de un grupo más poderoso que la mafia, que el complejo industrial-militar o que la Internacional Comunista”, escribe Cipolla, e intenta con su libro “neutralizar a una de las más oscuras y poderosas fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”.

Las cinco leyes enunciadas por Cipolla son las siguientes: 1º) Se subestima la cantidad de estúpidos en circulación; 2º) Que una persona sea estúpida no excluye que tenga también otras características; 3º) El estúpido perjudica a otros sin obtener ningún beneficio y también se perjudica a sí mismo; 4º) Es siempre un error subestimar a los estúpidos y asociarse a ellos; 5º) El estúpido es el ser más peligroso que existe, más peligroso incluso que el malvado.

Respecto de la primera ley señala que los estúpidos pueden ser las personas menos pensadas, las que parecen racionales e inteligentes, y son capaces de emerger de repente en los lugares y en los momentos menos oportunos. Son muy numerosos, aunque no más que la población humana total.

De la segunda ley apunta que se nace estúpido y que eso no tiene arreglo, es un fenómeno de la Naturaleza, como el color de pelo y de ojos y el grupo sanguíneo. El porcentaje de estúpidos es alto e inalterable y es independiente de la raza o el nivel económico, social y cultural. Abarca toda la pirámide social.

A la tercera ley la llama “ley de oro” y en ella establece cuatro categorías de personas. Los inteligentes, que obtienen beneficios para sí y hacen ganar a los demás. Los malvados, que obtienen ganancias para ellos y perjudican a los otros. Los incautos, que se perjudican ellos mientras hacen ganar a los demás. Y los estúpidos, que no solo se damnifican a sí mismos, sino a todo el conjunto. Insiste en que estos son los más numerosos y en que proliferan por la ausencia de respeto a los valores de la conducta cívica.

ESTÚPIDOS Y COHERENTES

La cuarta ley apunta que olvidar el alto costo que significa tratar con estúpidos hace que se los subestime, que se crea que son menos estúpidos de lo que son, que sean menos de lo real y que se sufran ingentes perjuicios debido a esa relación. El estúpido nunca sabe que lo es y quien quiera obtener algún beneficio tratando con estúpidos cometerá un grave error y solo cosechará perjuicios.

La quinta ley considera al estúpido como una persona muy coherente, porque, a diferencia de los no estúpidos (que según Cipolla son menos) nunca cambia y se mantiene fiel a sí mismo. Jamás se dará cuenta de que es estúpido y no habrá en él ninguna modificación, cosa posible en las personas que discurren. Por este motivo los estúpidos, según el historiador italiano, son las personas más peligrosas que existen. Dentro de esta categoría se encuentran los súper estúpidos, aquellos que “con sus inverosímiles acciones no solo causan daños a otras personas sino también a sí mismos” señala Cipolla.

Las leyes enunciadas con enorme perspicacia y agudeza por el profesor Carlo Cipolla se cumplen una y otra vez en nuestra sociedad. La comprobación duele, pero permite entender mucho de lo que nos pasa y es una convocatoria a la unión de los que Cipolla describe como inteligentes.


domingo, 27 de noviembre de 2022

 

El lado B de Qatar

Por Sergio Sinay




 

 

La pelota no se mancha, declamó alguna vez Diego Maradona. Pero la pelota hace tiempo que está embarrada y cubierta de manchas indelebles, hechas de sobornos, partidos arreglados, campeonatos con ganadores predeterminados, arbitrajes de aberrante parcialidad y barras bravas vinculadas al narcotráfico, la prostitución y la servicial violencia política antes que al inexistente amor por sus clubes. El presente Mundial de Qatar pone máculas del fútbol a la vista de manera inocultable, aun cuando sean muchos los que se nieguen a verlas o intenten ocultarlas de manera hipócrita e impúdica. Dicho esto por un futbolero de toda la vida.

Como en cada Mundial o en cada Olimpíada, también en este se inició, desde el momento de la designación de la sede, un vasto y apabullante operativo de mercadeo, publicidad, transacciones políticas, planes económicos y manipulación de mentes que cubre todos los rincones del planeta. En este caso coordinado por la FIFA, una gigantesca corporación que incluye casi tantos o más países que las Naciones Unidas, que se maneja con leyes propias, las que en muchos casos se sobreponen a las de los países miembros o directamente las desconocen, y cuyas actividades, escudándose en lo deportivo, trasuntan tintes cuasi mafiosos.

 

VIEJOS Y NUEVOS LAVADOS

Esta copa deja en claro lo que significa el sportswashing, palabra instalada desde el periodismo inglés que puede traducirse como “lavado de cara a través del deporte”. Un procedimiento por el cual países y personas (políticos, presidentes, deportistas, empresarios, personajes del mundo del espectáculo, etcétera) usan eventos deportivos para borrar de la memoria de la opinión pública aspectos o actividades aberrantes. Se trata de usar deportes masivos (fútbol a la cabeza, básquet, boxeo, automovilismo, ciclismo) o de llevar a la masividad a deportes de público más restringido (como el polo, el hockey, el rugby) para ampliar los mercados y campos de operaciones y obtener multitudinarios testigos para el blanqueo de imagen.

El sportswashing no nació ahora, tiene antecedentes y ejemplos importantes en la era moderna. Quizás el más notable sean los Juegos Olímpicos de Berlín en 1938, cuando el nazismo estaba en su apogeo y, con todas sus siniestras características a la vista, se encaminaba a desatar, un año más tarde, la Segunda Guerra, en la que murieron más de 60 millones de personas y el horror alcanzó su cumbre. De ahí en más abundan los ejemplos, y basta con citar unos pocos: México con las Olimpiadas de 1968, Argentina con el Mundial 1978, el Mundial de Rusia 2018, el Mundial de básquet en China 2019, el de 1978 en Filipinas (bajo el yugo de Ferdinando Marcos), la pelea entre Muhammad Alí y Joe Frazier en 1975, también en Filipinas bajo Marcos, el Mundial de 1934 en la Italia de Mussolini, los numerosos grandes premios de Fórmula Uno que se corrieron y se siguen corriendo en países que no respetan derechos humanos ni reglas democráticas, otro tanto ocurre con torneos de Tenis, los Juegos Panamericanos de 1991 en Cuba, etcétera.

 

LAS GRANDES COMPLICIDADES

Qatar es un pequeño reino ubicado en la Península Arábiga. Su superficie es de apenas 11,571 km² y su población de 2.931 millones de personas, según el Banco Mundial. Su actual emir es, desde 2013, el jeque Tamim bin Hamad Al Thani. Él tiene el poder absoluto y no existen partidos políticos. Las mujeres carecen prácticamente de derechos, aunque oficialmente se diga lo contrario, pero no se verifique en la vida cotidiana (tal como ocurre en Dubai y Emiratos Árabes, otros pequeños reinos contiguos, y en Arabia Saudita). La homosexualidad está penada, igual que las relaciones sexuales fuera del matrimonio, y aunque se pretenda que existe la libertad de expresión, esta no tiene donde ni cómo manifestarse. Hasta 1939 este emirato hubiese pasado inadvertido en el globo terráqueo, perdido en el desierto, pero en ese año (el del comienzo de la Guerra) se descubrieron allí fabulosas reservas petrolíferas. No todo es arena en el desierto. Hasta entonces las principales actividades eran la pesca y la búsqueda de perlas. En 1971, cuando la compañía holandesa Shell finalizó su pozo North West Dome 1 (compartido por su extensión con Irán), a la reserva petrolífera se sumó el yacimiento de gas más grande del mundo. Y, además de acceder a la riqueza descomunal que hoy se traduce en construcciones faraónicas (escenográficas, sin uso ni habitantes reales) y en un derroche insultante frente a la pobreza de países del área, Qatar se convirtió en una preciada joya para el Occidente rico y poderoso, que en materia de aprovisionamiento energético es un gigante con pie de barro. Que haya financiado a movimientos terroristas (los mismos que produjeron asesinatos masivos en el propio Occidente), que omita los derechos y el funcionamiento de instituciones democráticas que Europa Occidental venera, que en plena época de masivos movimientos por la equidad de género las mujeres cataríes vivan bajo la tutela masculina (como niñas o como mascotas), pasó inadvertido para el mundo, y  sobre todo para los países, entre ellos los más poderosos del mundo, que, después de la pandemia más que nunca, están aterrorizados por su insuficiencia energética. Mimar a Qatar, callar, fue la consigna de gobiernos y de marcas. También de la mayoría de los protagonistas de la copa, salvo honrosas excepciones, como los planteles de Alemania, Inglaterra y Dinamarca. Y ni hablar de hinchas que solo miran a la pelota y a sus ídolos y hacen caso omiso de todo lo que el Mundial tapa y de los fines últimos a los que sirve.

Como dijo Martín Luther King (1929-1968), el asesinado luchador por los derechos civiles: “Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez consciente”. Dolorosa verdad en tiempos de sportswashing. Así se oculta cómo los ídolos, entre ellos Lionel Messi con sus contratos millonarios (incluido uno fabuloso en dólares para encabezar el lavado de cara de Arabia Saudita), entran en transacciones con marcas que fueron denunciadas por apelar al trabajo esclavo y al trabajo infantil, y callan (con lo poderosas que podrían ser sus voces) ante la oscuridad que se extiende más allá de los lujosos estadios en donde el show eclispsa a indignantes realidades. El 7 de abril de 2022 se podía en un informe de Amnistía Internacional: “Cada vez más, muchos gobiernos tratan de ocultar las atrocidades que se cometen en sus países organizando competiciones, patrocinando o comprando equipos que limpien su imagen. Denunciamos esta práctica que intenta tapar las violaciones de derechos humanos detrás de los valores y la fascinación que provoca el deporte en todo el mundo”.