lunes, 25 de enero de 2016

Mensajes desde la sombra
Por Sergio Sinay

Si no aceptan y exploran su propia sombra, quienes gobiernan  corren el riesgo de convertirse en aquello que quieren cambiar



Como ocurre con la Luna, también cada uno de nosotros tiene su cara oscura. La cara visible se llama ego o personalidad, es el traje que vestimos para salir al mundo, el modo en que nos presentamos, nos ven y, en muchos casos, deseamos vernos. La otra cara, inconciente, es nuestra sombra. Ahí se oculta lo que negamos o desconocemos de nosotros mismos. Existe, está allí, y muchas veces actuamos y nos expresamos desde nuestra sombra. Desde esa sombra proyectamos sobre otros lo que no advertimos o lo que rechazamos como características propias. El concepto de sombra es un aporte esencial del gran psicólogo suizo Carl Jung (1875-1961), padre de la psicología profunda, a la comprensión del ser humano. Cuando comprendemos su mecanismo podemos empezar a entender muchos fenómenos, conductas y actitudes que nos rodean y de los que participamos. Connie Zweig y Jeremiah Abrams, dos psicoterapeutas especializados en el tema, la denominan “el lado oscuro de la naturaleza humana” en Encuentro con la sombra, un libro en el que compilan numerosos trabajos de autorizados autores (entre ellos el mismo Jung) acerca del tema.
En esos textos se advierte que, así como Mr. Hyde vivía en el Dr. Jeckyll, en todos los seres y los acontecimientos humanos existe la sombra, del mismo modo en que es emitida por todo cuerpo iluminado. Se la puede registrar en los individuos, en las parejas, en las familias, en las naciones, en las instituciones, en el trabajo, en la religión, en el arte. Aparece en los sueños. Y está en la política. En el capítulo especialmente dedicado a la sombra en la política (y significativamente titulado La construcción del enemigo), varios autores, empezando por ese lúcido filósofo y poeta que es Sam Keen, autor de Amar y ser amado, Fuego en el cuerpo, A un Dios desconocido y otras obras sutiles y luminosas) muestran de qué modo al crear un enemigo se traza una línea infranqueable y se pone al mal del otro lado.  De ahí a la paranoia hay un paso Y si, siguiendo la línea, se deshumaniza al enemigo creado, todo lo que se le haga y lo que se diga de él estará justificado. Solo que ese enemigo está construido con abundante materia prima del propio creador. Como las personas, las sociedades y las naciones paranoicas construyen sistemas de mentiras compartidas, en las que se escudan para actuar contra “ellos”, “los otros”, los que no son “nosotros”.
A ese enemigo (es mucho más que un adversario, un contrincante o un oponente) se le atribuye omnipotencia, por lo cual todo está permitido en el afán, o la “misión”, de destruirlo. Todo tipo de masacres tiñen la historia mundial debido a este patológico mecanismo de negación y proyección, así como miles y miles de desgraciadas historias personales se originan en el mismo.
El tema de la sombra está siempre vigente, pero existe poca conciencia sobre él. Nunca es inoportuno y siempre es necesario explorarlo y traerlo a colación. En el caso específico de la política, es algo que un nuevo gobierno debería tomar en cuenta. De lo contrario se corre el riesgo de cambiar de sillas los egos (es decir aquello que se muestra, lo que se intenta presentar como la personalidad por la cual alguien será conocido y espera ser aceptado) sin advertir lo que yace en la sombra. Quienes dan hoy los primeros pasos en la conducción del país, y los funcionarios de todas las categorías, aun las más bajas, necesitan ser alertados de esto para evitar repetir aquello que sus inescrupulosos, corruptos y autoritarios predecesores hicieron: construir un relato en el cual se vistan de ángeles para combatir o expulsar a los demonios.
El presente es un momento delicado y decisivo. Todos tenemos nuestra sombra. Si quienes gobiernan, si quienes toman decisiones, si quienes asumen cargos y funciones que en la década perdida ocupaban otros olvidan o desconocen esto el peligro de un neo autoritarismo sobrevolará sobre el país. Y sólo será necesario que se constituya en sombra colectiva para que la sociedad argentina siga girando en la penosa noria de la que no escapa hace décadas.   

viernes, 15 de enero de 2016

Víctor Hugo: un micrófono no es una herramienta inocente, ¿ta?
Por Sergio Sinay

Este texto fue publicado en El Observador, de Perfil, el 20 de abril de 1984 y 32 años más tarde parece confirmar que cada quien es siempre fiel a su naturaleza




En el número 20 de El Observador mi colega, compañero y amigo Hugo Asch expresó lo que sentimos la mayoría de los hinchas de fútbol: su repugnancia ante esos energúmenos infrahumanos y descerebrados que integran las barras bravas. Tras aclarar que el relator Víctor Hugo Morales le merece el mayor de los respetos, Hugo Asch recriminó (con sobriedad y altura) a Morales por haber brindado durante cuarenta minutos el micrófono a miembros de la barra brava de Racing (club al que Asch debe tantas tristezas y alegrías). El argumento de Asch: no se debería dar un foro a quienes, con
su violencia, han convertido al fútbol en un campo de batalla y de muerte.
El sábado 14 de abril Víctor Hugo Morales, por radio, al finalizar la transmisión de Racing-Lanús, acometió contra Asch tratándolo de fascista y dijo que esas cosas se escriben por obligación, para dejar contentos a quienes pagan y por la necesidad de hacer un bolo y ganar unos pesitos.
Me consta que Hugo Asch escribió en absoluta libertad y que su nota responde a lo que él -y los auténticos hinchas de fútbol- sentimos: miedo, desprotección, indignación. No sé qué tipo de periodistas frecuenta el señor Morales. Sé quién es Asch y sé quiénes somos los que nos creemos libres de expresar lo que pensamos sin obligación de obedecer a "quien paga". El bolo por lo demás, existe en el mundo de la farándula, pero no en el ambiente de trabajo que frecuenta Asch. La palabra bolo no forma parte de nuestro lenguaje.
Otra cosa que me consta -no sólo a mí, la historia abunda en pruebas- es que los medios masivos pueden, sí, apuntalar el fascismo. Si por un micrófono uno trata de fascista a alguien que simplemente no coincide con uno, puede llegar a hacer creer que ese alguien es fascista (sobre todo si no se aclaran los términos). Ya lo decía Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler: una mentira, repetida cien veces y amplificada, se convierte en verdad. Un micrófono no es una herramienta inocente. La palabra, tampoco. La conjunción de ambos exige prudencia, sensatez, responsabilidad, sentido común. Un micrófono no debería ponerse al servicio de delincuentes. Y en las barras bravas hay asesinos, depredadores, ladrones y gran variedad de delincuentes.
El señor Morales dijo el sábado que, al hablar con los componentes de esas barras, descubrió que son "seres como nosotros". Me permito disentir. Si "nosotros" somos los miembros de la comunidad que trabajamos, ansiamos la paz y queremos ir sin miedo a una cancha, somos muchos miles los que tenemos derecho a pedirle al señor Morales (aunque nos crea fascistas) que no nos incluya en ese plural "nosotros". Yo, que voy los domingas a ver a Ríver, que amo el fútbol, que lo veo, lo discuto y lo juego, no me siento igual a un delincuente.
Y, de paso, tampoco entiendo por qué el señor Roberto Marcos Saporiti (DT de Argentinos Juniors) es detenido, incomunicado y procesado luego del partido Ríver-Argentinos Juniors por el solo hecho de haber intentado que sus jugadores no se quejaran como desaforados ante el árbitro luego de un gol que consideraban injusto, mientras los delincuentes de las barras bravas roban, destruyen y hasta matan sin ser detenidos, o siendo liberados a las pocas horas para ser recibidos como héroes por sus pares. No hace falta profundizar mucho en el tema para comprender que aquí hay algo que funciona mal.            Y todo esto lo digo no porque me moleste el éxito del señor Morales (con cierta soberbia, en ese programa los componentes del equipo atribuyen cualquier crítica a la envidia). Al contrario, creo que con su presencia Morales desbarató el totalitarismo que existía en el ámbito del relato deportivo y lo hizo en contra de quienes habían convertido a esta especialidad periodística en una deleznable cobertura del proceso. Pero justamente, si hay algo que la mentalidad autoritaria no entiende es que se pueda disentir sin descalificar y coincidir sin endiosar.


lunes, 11 de enero de 2016

Primeros pasos de un largo camino
Por Sergio Sinay

En el primer mes del nuevo gobierno no ocurrieron las catástrofes deseadas por los agoreros que desprecian a la democracia, pero el camino hacia otro tipo de sociedad y de convivencia es largo y no carece de errores y tropiezos.



Primero despejemos el campo quirúrgico. Esto significa señalar algunas evidencias. Por ejemplo, varios actos de ingenuidad de los nuevos gobernantes, que, creyendo que se puede hacer tortillas sin romper huevos, aceptaron continuidades de funcionarios de la gestión anterior y creyeron en la palabra de algunos impresentables representantes de la década corrupta y pérdida (y así se encontraron sin presupuesto en la provincia de Buenos Aires y sin herramientas de seguridad en esa misma provincia, entre otras desilusiones). También hubo apresuramientos (que fueron eso y no ilegalidades) que devinieron en torpezas. E ignorancia de que una de las virtudes de la política bien entendida es armonizar diferencias y crear coaliciones en las cuales el todo es más que cualquier parte y es más que la suma de todas las partes. Así se lastimó a valiosos aliados por ignorarlos.
También es evidente que hay una determinación cierta de erradicar zánganos “militantes” de las dependencias oficiales para que el dinero de los contribuyentes encuentre destinos mejores y necesarios. Hay, además, nuevas formas de comunicar los actos de gobierno, ya sin relatos delirantes, cerrados y autoritarios. Esto, de por sí, limpia el aire que se respira. Como en el caso de los asesinos prófugos (que son asesinos y no héroes), los errores se admiten como errores y quienes tienen que informar dan la cara así sea con vergüenza (estábamos saturados de sinvergüenzas, empezando por lo más alto de todo).

Las tareas de la sociedad
Es evidente además, que no se cumplieron las catástrofes anunciadas por corruptos y por tremendos incapaces (como el último ministro de economía de la década perdida, verdadero dechado de soberbia, autoritarismo y mala praxis). Tampoco han tenido que huir ni exiliarse para salvar sus vidas los científicos, actores, cantantes y escritores que llamaban “nazismo” (con alto grado de ignorancia histórica e intelectual) al simple final de sus prebendas. Todo esto mientras los más autoritarios gritan que “se acabó la democracia”. Justamente ellos, los que la desconocieron y la mancharon.
El primer mes del nuevo gobierno no fue fácil pero marcó diferencias. Y no serán fáciles los años que vienen, no sólo para el gobierno sino para la sociedad, si es que ella está dispuesta a ser protagonista de un cambio y no solo una pasiva y cómoda receptora, dispuesta a patalear si sus deseos no son satisfechos de inmediato. El gobierno tiene mucha tarea por delante. Y la sociedad mucha más, porque los gobiernos pasan y las sociedades quedan. Hay muchos pésimos hábitos (incumplimientos de la ley, búsqueda de atajos, indiferencia, negación a resignar algo de lo propio en pos del interés común, exitismo, facilismo, oportunismo) que están extendidos y arraigados y que no los cambiará un gobierno (aunque deba dar ejemplos), sino cada quien en su conducta cotidiana. Al cabo del primer mes, este desafío sigue abierto. 

Una infección extendida
Y por último una evidencia que acaso sea la más importante de todas. A lo largo de este primer mes, en donde se tocó hubo pus. La infección dejada por la corrupción, el autoritarismo, la impunidad, la ausencia de escrúpulos, la mentira y la inmoralidad es mucho más profunda y explayada de lo que creíamos saber. Fueron doce años en que la sociedad argentina estuvo en manos de una verdadera mafia que desarrolló enormes y poderosos recursos al servicio de un único fin, el fin que fue declamado sin metáforas desde su jefatura cuando se dijo “Vamos por todo”. Así fue, y mientras se llevaban todo infectaban todo. Incluidas mentes.
Ese es el campo quirúrgico. Y allí deberán operar los bisturíes de la justicia, de la memoria y de la conciencia despierta de los ciudadanos. La infección llegó al hueso de la sociedad y la sanación llevará acaso más de una generación. Más de un gobierno. Para alcanzarla deberá ser un proyecto colectivo. Hasta que seamos un país de humanos que viven y se relacionan como humanos y no de pingüinos y de morsas (con todo mi respeto a estos animales, pero no a sus réplicas humanas).                      

martes, 5 de enero de 2016

Sergio Sinay y la novela negra
como escenario existencial

Alejandro C. Tarruella

Prólogo de la novela "Morir en Offside")


Los personajes de la novela negra parecen muchas veces,
extraidos de una historia reciente, cercana, inevitable, que
arrancamos de la misma e impiadosa realidad. Es habitual
luego, situar al genero como esencialmente anticapitalista y
en la actualidad, caido el muro de Berlin y la trama de pensamiento
que como una madeja invisible lo envolvia, se podria
decir que es anticapitalista en la tragedia de estar encerrados
en su lenguaje, sus trampas que incluyen el imposible de no
poder salir de sus garras.
Felipe Rafaelli, el detective argentino hundido en Broadway,
parece moverse en esa perspectiva. Busca en cada caso
una respuesta cuya pregunta nunca acaba de formularse, y
dibuja un rompecabezas que jamas cerrara definitivamente
porque las piezas no encajan sino de modo precario y abierto,
y asi a una incognita la continua un suceso. Tal vez por esto,
abre en cada busqueda la propia, la inevitable y entonces, en
Morir en offside, se introduce en el mundo del futbol porque
hace a su universo de intimidad, del cual jamas se puede
huir. No en la dinamica de lo impensado, como lo definia
Dante Panzeri, sino en la superficie oscura de los negocios
que reflejan a una repetida vuelta de tuerca que revela los rincones
sin fe de las corporaciones.
Tango, amistad, traición
De pronto, el tango y la amistad entre los hombres, aparecen
como el ultimo recurso al que se puede apelar, y juega en
la noche de las revelaciones, se mete a hurgar en la logica de
urdimbres siniestras de donde regresara hasta reencontrarse
con los fantasmas de la dictadura que asolo al pais, determinante
en su destino. Pero ya no es la dictadura solamente,
es con gravedad, incluso, parte de uno mismo a la hora de
revolverse en las miserias, los desencuentros y los pequenos
espacios donde es posible descansar de la tragedia de una
generacion. Un poco de amor revela que existe la pausa, la
misma del y de pronto elude la rutina endemoniada de los
negocios turbios y sus conjeturas. En esos desencuentros, hallara
que la traicion es un punto del camino que tal vez faltaba
trajinar como una pulsion de locura que lo devuelve a Buenos
Aires y lo acerca a la muerte.
Es cierta la globalizacion, el sentido de agonia que recrea
los escenarios de los ajustes latinoamericanos de estas decadas,
alli Rafaelli no discrepa con Archer o incluso Pepe Carvalho
cuando, a veces sin percibirlo, se demuelen en la impronta de
un sistema que no cree en lagrimas. Es mas, puede como ellos,
descubrir que no hay inocencia que escape a una bala o pueda
discurrir con un fragmento de plomo en una calle perdida de
un barrio sin nombre. Las semejanzas son apenas una muestra
de la complicidad de los pasos comunes de los hombres
sobre el planeta. Y si el futbol ahora traiciona y no teje en
las fintas de un centrojas, queda el tango, que hiere pero no
entrega. Es imposible desterrar el tango de la trama que urde
Sinay de Broadway a Buenos Aires, sin dejar de pasar por un
estadio de futbol, al que redescubre en un genero al que el
deporte rehuia aunque era es parte de su geografia lastimera.
El escritor hace su juego en la historia, deja senas como
quien abandona una huella para sentir la adrenalina de la
propia existencia a sus espaldas. No es un dato central pero
recorre como un fantasma de ausencia la trama y del mismo
modo, el lector puede sentir latidos comunes. Como Didier
Daeninckx, el escritor belga que desnudo en una trama insolente,
los asesinatos de argelinos en Paris del 17 de octubre
de 1961 en Asesinatos archivados, que dio lugar al celebre
manifiesto de Jean Paul Sartre que llevo a la carcel a decenas
de intelectuales y artistas, el escritor parece revelar un mundo
que le repele. En todo caso, como si en realidad Sinay, de
paso, realizara una autopsia de la sociedad en la que navega, lo
suyo remite tambien a la sorpresa de Gilles Deleuze, cuando
en 1967 ensayaba decir, no sin cierto grado de certeza, que
La novela negra francesa es la combinacion de los negocios,
la politica y el crimen. En este caso, Sinay pudo bien haber
tomado un cafe en Buenos Aires con el filosofo, para luego no
desatender sus consejos. De manera que al tramar su novela,
hurgara en imagenes y gestos de olvido de una historia que
lo hiere y le devuelve escenas de las que pretende despojarse.
Luego, como Leo Malet y su Leo Burma en la novela negra
francesa, haya creado un personaje de detective privado, como
lo haria luego Paco Ignacio Taibo al dar a luz a Hector Belascoaran,
con gestos nacionales al sur de la historia: Felipe
Rafaelli.
El arte y su sombra
Sinay es responsable de estas sombras. Si el lector se entromete
puede alcanzar la dimension de un observador critico,
cuestionador que a su vez, presiente que al llegar al final
de Morir en offside, encuentre un instante de sosiego, una
mueca de sexo estridente sobre la que descanse ese beneficio
no explicito del arte cuando comprende una suma integral,
una dramaturgia irreverente de las acciones humanas. De eso
se trata, y tal vez asi, haya descubierto el escritor, sin proponerselo,
que el genero tiene otros ambitos y por supuesto,
otros ruidos, para compartir con su lector.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Pollos en el shopping
Por Sergio Sinay

Manipuladas por perversas estrategias de marketing, miles de personas, enceguecidas por una fiebre consumista, se asemejan en los shoppings a los pollos en los criaderos




     “Lejos de los tribunales porteños, en las granjas de la empresa tratan de que las aves no se maten entre ellas por falta de comida y que la valiosa matriz genética, uno de los principales activos de lo que fue Rasic Hermanos, sobreviva”. Esta noticia, publicada en La Nación, hacía referencia, en estos días a la avícola Cresta Roja. Pocos días antes en el mismo diario se podía leer lo siguiente: “´¡Atención! A partir de este momento y por cinco minutos empieza el happy hour con 30, 40, 50 por ciento en el local…´, esta fue la frase mágica que dio inicio a la locura que se desató anoche en centros comerciales de la Capital y el Gran Buenos Aires”. Esta vez la noticia se refería a esa perversa estrategia de marketing que los shoppings mantienen desde hace cinco años para estas fechas, consistente en ofrecer cinco minutos de descuentos fabulosos y repetir incesantemente el estímulo (o carnada) entre las 18 horas de un día y las 4 de la madrugada del siguiente.
     Entre los pollos de criadero matándose por un gramo de alimento y los exasperados consumistas empujándose, codeándose e insultándose por cinco minutos de descuentos ilusorios (jamás se confesará cuál fue el aumento antes del descuento) hay tres similitudes: una es la desesperación, la ceguera, el vale todo. Otra es que ambos son manipulados desde afuera de las jaulas. La tercera es que a unos y otros los manipuladores de conductas les mantienen las luces encendidas sin pausa para que no dejen de comer en un caso y de comprar en el otro. Y hay varias diferencias: los pollos lo hacen por la necesidad imperiosa de comer para vivir; los consumistas no necesitan la mayoría de las cosas por las que se apiñan, compran por comprar, porque los estimulan, por adicción. Llamarle “ahorro” a esa obsesión es un eufemismo inaceptable; el que de veras quiere ahorrar se queda en su casa, o regala tiempo, sonrisas, escucha, algo hecho con sus manos, compañía, una caricia o simplemente amor.
     Otra gran diferencia es que los pollos carecen de lóbulo prefrontal y por lo tanto no pueden pensar críticamente, evaluando, deduciendo, recopilando y organizando datos e ideas. Los humanos contamos con todo eso, pero cuando desertamos de su uso nuestro pensamiento se convierte en lo que el psiquiatra inglés Steve Peters llama “pensamiento de chimpancé”. Es, según demuestra exhaustivamente en su libro “La paradoja del chimpancé”, un pensamiento reactivo, emocional, instintivo, primitivo, lineal, carente de lógica y generador, habitualmente, de conductas disfuncionales.
     Mientras avanzan hacia los locales de los shoppings como muertos vivientes (si pudieran verse comprobarían que esa es su imagen) y en lugar de “¡Brains, brains!” (“¡Cerebros, cerebros!”) claman “¡Descuentos, descuentos!”, ni se les ocurre pensar que las luces y los aires acondicionados que permanecen encendidos durante toda la noche no significan ahorro sino derroche. Y un derroche mucho más alevoso cuando en el país se ha declarado la emergencia energética. De paso, no habría estado de más la intervención de alguna autoridad del gobierno nacional o del gobierno de la ciudad para tomar alguna medida al respecto. ¿O mientras haya consumo no importa a qué precio y tampoco si es a costa de la solidaridad con los que pasan días enteros sin luz, además de otras solidaridades y valores olvidados?
     Una persona querida y cercana me decía durante la Nochebuena, mientras observábamos cómo miles y miles de pesos eran despilfarrados impunemente en el cielo bajo la forma de artefactos pirotécnicos: “Solo sin consumismo la vida en este mundo podrá ser sustentable”. Cambiar para mejor es modificar hábitos y conductas nocivos no solo para uno sino para el entorno en el que se convive. Es levantar la vista y ver a los otros, ver más allá del propio ombligo y del deseo inmediato. Cambiar para mejor es recuperar la capacidad de pensar en términos humanos, recapacitar, reflexionar. Los pollos del criadero no pueden hacer esto y por eso generan lástima, dolor. Los pollos de los shopping sí pueden, por eso no conmueven. Decepcionan, desalientan, exasperan.

lunes, 21 de diciembre de 2015

La justicia que construimos día a día
Por Sergio Sinay

El sistema judicial no es confiable y sobran los motivos para ello, pero para una mejor justicia también importa la actitud de los ciudadanos ante la ley

     El 73% de las personas que acaba de encuestar la consultora Isonomía asegura que tiene poca o ninguna confianza en el Poder Judicial. El 62% aseguró que nos les cree a sus integrantes. Y apenas un 30% considera creíble a ese poder. Los porcentajes son dramáticos de por sí, y lo son todavía más si se los compara con un trabajo de hace una década realizado por la Asociación Argentina de Derecho Constitucional e IDEA Internacional. Se titulaba Encuesta de Cultura Constitucional: Argentina una sociedad anómica y fue publicado por Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. En ese entonces un 41% de los consultados consideraba a los jueces como los principales violadores o incumplidores de la ley. La mitad de hoy.
     No debería extrañar que la última década haya sido perdida también en el orden de la justicia. Cuando una sociedad entra en un profundo cono de sombra y la corrupción se derrama desde el máximo poder como una metástasis no sólo no funcionan la economía, las fuerzas de seguridad, la educación, el parlamento y las instancias republicanas y constitucionales. Tampoco, es lógico, la justicia. Casi la mitad de los encuestados (45%) cree que una justicia independiente tendrá efectos en sus vidas y actividades, un 48% piensa que el sistema judicial mejoraría si fuera más veloz y transparente, si no hiciera diferencia entre los ciudadanos (32%), si bajara su presupuesto (7%), si hubiera más honestidad (2%). Otros temas se reparten el restante porcentaje.
      Sin duda el sistema judicial se han ganado a pulso esta percepción de la ciudadanía, por mucho que a algunos de sus integrantes les pueda doler con toda razón. Pero la anomía no nace solamente desde arriba ni es unidireccional. En aquel trabajo de 2005 un 86% de los entrevistados afirmaba que el país vive al margen de la ley y el 88% definía a los argentinos como desobedientes y transgresores. Pero cuando les preguntaban si ellos lo eran decían que no. Curiosamente, el país se convertía así en una comarca donde los transgresores eran fantasmas.
      Este es un punto clave. Cae de maduro que el sistema judicial es ineficiente, que está atravesado por la corrupción, que se amolda de modo oportunista a conveniencias políticas, que hace de la ley un medio de transacción para intereses corporativos o personales y que por estas y otras razones se convierte en un foco de injusticia. Quien vive en este país no necesita que se lo cuenten. Lo ha experimentado de manera directa o indirecta. Y ahí están las cifras de la encuesta. Pero a menudo las encuestas son también ejercicios de proyección, mediante los cuales se echa sobre otros la sombra que no se quiere ver en uno. Permiten ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
     Si se invirtiera el enfoque y los encuestados respondieran con honestidad absoluta a   la pregunta acerca de cuánto se han beneficiado de la venalidad, inoperancia y corrupción de la justicia, y cuál es su propia actitud respecto del respeto de la ley y de las normas así como del cumplimiento de los deberes cívicos (que realmente son deberes morales, porque tienen como fin al otro, al prójimo, al conviviente, al conciudadano), los resultados podrían ser igualmente alarmantes. Es que los contratos morales que conducen a sociedades con gobiernos confiables y responsables (lo que no significa ni perfectos ni ideales) y con una justicia respetable y equitativa empiezan a suscribirse en buena medida desde las acciones cotidianas de los ciudadanos en su familia, en su barrio, en su consorcio, al volante de sus vehículos, en sus conductas profesionales, en sus transacciones comerciales, en sus cumplimientos fiscales, en sus interacciones personales. 
      En definitiva, las sociedades terminan por tener los gobiernos y la justicia que se les parecen. Si realmente se han iniciado tiempos de cambio, es mucha y decisiva la tarea que aguarda a los ciudadanos para que encuestas como la de 2005 o esta última arrojen resultados diferentes.

martes, 15 de diciembre de 2015

Una grieta moral
Por Sergio Sinay

Muchas diferencias se integran creando nuevas realidades. No ocurre así con las diferencias de valores. Estas son irreconciliables.

   
 Toda relación humana nace en la diversidad. No existen dos personas iguales. Complementar e integrar diferencias, crear desde ellas nuevas realidades, aprender a vivir con lo disímil son desafíos constantes, un requisito de existencia. Lo contrario, e imposible, sería vivir encerrado en una sala cuyas paredes fueran espejos. Una invitación a la psicosis.
     Hay diferencias que son naturalmente complementarias y existen otras que invitan a una tarea constante y consciente para alcanzar el punto en el cual del blanco y el negro nace el gris con todos sus matices. Estas piden la construcción de puentes, trabajo que se debe emprender desde ambas orillas. En la pareja, en la amistad, en los negocios, en el deporte, en las ciencias, en las familias, en los grupos de trabajo, en los consorcios, en todos los ámbitos donde los seres humanos se nuclean las diferencias están en el aire que se respira. Alimentan ideas, amplían horizontes, estimulan nuevos paradigmas.
     Pero no todas son complementarias ni integrables. Las hay irreconciliables. Se puede diferir en formas de llevar adelante proyectos conjuntos, en gustos, en preferencias literarias, musicales y cinematográficas, en costumbres cotidianas, en ritmos, en ideas futbolísticas, en pertenencias políticas partidarias, en el enfoque de fenómenos sociales y culturales y hasta en prioridades a la hora de convivir. En eso y en varias cosas más. Ello no necesariamente significa la ruptura de un vínculo, el fin de una historia compartida. Convivir en el desacuerdo es una experiencia enriquecedora, a la que solo los humanos podemos acceder, porque nuestra condición incluye la razón, la conciencia y, a partir de ellas, la capacidad de pensar de un modo no determinista, es decir libre.
     Las diferencias irreconciliables son pocas. Pero son irreconciliables. Aparecen cuando las ideas se convierten en dogmas, cuando no se aceptan las disimilitudes naturales, cuando no se respeta lo ancestral del otro. Y, sobre todo, cuando se trata de valores. Los valores morales están más allá de modas, de épocas, de preferencias, de teorías, de gustos, de creencias, de cálculos. No son relativos. Al menos, no cabe plantearlos así. Matar, mentir, robar, corromper, difamar, dañar conscientemente, abusar, cosificar a las personas no son actos que se justifican a voluntad del que los comete o del que los avala. La coexistencia humana exige un pacto moral de base por el cual ninguna de esas acciones será cometida, con la muy delicada excepción de que con ello se preserve una vida. Y esto no le cabe a la corrupción, a la difamación, al abuso, a la cosificación ni a la manipulación perversa. Ningún fin justifica los medios, y siempre los medios deberían justificar el fin.
     Habría que contemplar esto cuando se habla con cierto voluntarismo y liviandad de cerrar la grieta que el gobierno derrotado en noviembre produjo y alentó en la sociedad argentina durante años de corrupción e intolerancia extremas. Esa grieta fue un precipicio y produjo dolorosas rupturas, hirientes injusticias, irreparables difamaciones. Se sostuvo y amplió con mentiras desvergonzadas que se dispararon dese la cima del poder y se recogieron y ratificaron hacia abajo con ceguera y fanatismo, más irresponsables cuanto más recursos informativos e intelectuales se disponía para no convertirse en cliente o en cómplice (ya fuera rentado o gratuito). Quienes se pararon en ese lado de la grieta avalaron una corrupción exhibicionista, prepotente, letal e imperdonable que dejó muertos (los de Once y tantos más), pobres, indefensos, desnutridos, y enfermos. No hay inocencia en ese aval.
     La grieta no fue política. Fue moral. Incluyó la mala fe (la sigue incluyendo en algunos autoritarios trasnochados, ignorantes cívicos, que hablan de “resistencia”, como si el país hubiese sido invadido, o que envían cartas abiertas al nuevo presidente vanagloriándose de una pureza que no tuvieron a la hora de masticar las migas que el poder les arrojaba). Las grietas morales son irreconciliables, no hay pegamento que las cierre. Acaso haya que vivir con esta durante un largo tiempo, hasta comprender cuál fue el mecanismo (y la pasividad social) que la produjo y crear el antídoto para que no se repita. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

Dos plazas
Por Sergio Sinay

Ya no es sólo la plaza del fanatismo y la intolerancia, ahora puede ser también la del consenso y el futuro. Y eso es un cambio de paradigma.



      Dos plazas, dos discursos, dos actitudes, dos miradas. La plaza de la despedida fue fiel al estilo y al espíritu de la sombría década perdida. Un discurso atravesado por la autorreferencia, por el resentimiento, por la ingratitud, por la manipulación emocional. Convocando al insulto, desplegando la grosería como marca de fábrica, recitando el relato que niega lo obvio, que escapa a la responsabilidad y que evidencia una paranoia exasperada. Todo eso que, a fuerza de repetirse día a día durante doce años largos y brumosos, se había convertido en “normal”. Grandes tragedias colectivas del siglo XX se cocinaron al calor de la naturalización del fanatismo y de la intolerancia. El discurso de la despedida anidó el huevo de esa serpiente. Será necesaria mucha memoria y mucha justicia para que ese huevo se pierda sin que su cascarón (que quedó resquebrajado) se rompa y de nacimiento al monstruo. Quizás buena parte del discurso de la despedida (a cargo de una voz que afortunadamente ya no escucharemos en abusivas cadenas nacionales) haya estado teñido por el miedo a la justicia.
      Fuera de eso, el discurso incluyó una última promesa incumplida, una más: “A las doce de la noche me convertiré en calabaza”. No lo hizo.
     La plaza de la bienvenida se fue llenando de a poco, hasta colmarse, a partir de la voluntad de quienes aspiran a respirar nuevos aires, limpios de amenazas, de descalificaciones, de mentiras seriales, de autoritarismo, de corrupción criminal y asesina. Una plaza en la que ningún ausente fue insultado. En la provincia de Buenos Aires y en la nación los discursos propusieron nuevos paradigmas, apuntaron a cambios culturales. “Ustedes, ciudadanos, son nuestros jefes, por eso les pido que nos avisen cuando nos equivocamos”, dijo la gobernadora. “No les voy a mentir” aseguró el presidente. Parecen frases sencillas, casi naifs. No en este país. En la Argentina, esas y otras frases de ambos discursos, significan enormes compromisos, son en sí mismas el anuncio de transformaciones culturales. El riesgo de pronunciarlas es enorme. Si no se cumplen los precios serán altos.
     El discurso de bienvenida habló del futuro, planteó visiones. El de despedida volvió a falsear el pasado, se basó en intereses egoístas y personales. El discurso de despedida volvió a excluir, como durante doce años se excluyó a los pobres ocultándolos y manoseándolos, se ocultó el fracaso educativo, la crisis energética, la complicidad con el narcotráfico, la ausencia de políticas contra la trata de personas, la inflación. Lo único que no se pudo ocultar fue la corrupción, porque es imposible esconder un elefante en un dedal.
     El discurso de bienvenida fue inclusivo, convocó a todos (empezando por los adversarios políticos) con fecha y hora, para tareas concretas. Y empezó por lo que todos sabemos, salvo los necios: esto arranca con un país económicamente quebrado, cívicamente fracturado, internacionalmente aislado y moralmente arrasado. Justamente por eso aumenta el valor de la plaza de la bienvenida, su clima, la voluntad de futuro y de participación, la disposición al respeto, la predisposición a la escucha mutua. Todo eso en los ciudadanos. Y habrá que agregarle paciencia, constancia, generosidad. Y memoria, mucha memoria, para que los responsables no se evadan por las ventanas y las puertas traseras (algunas de las cuales quedan lejos, en Santa Cruz). O para que no adopten nuevos disfraces y traten de pasar inadvertidos.  
     La plaza de la bienvenida se pareció mucho a la de cualquier país que hace de la democracia una forma natural de vida y no un relato desquiciado. Ojalá se haga costumbre hasta que ya no nos cause asombro ni temblor. La plaza de la bienvenida fue de todos los que quisieron ir. Esa plaza, de larga historia, dejó de ser el feudo exclusivo de la intolerancia y el fanatismo. Ya no tiene dueños. Todo un símbolo.  Y esa sí es una buena nueva.

martes, 8 de diciembre de 2015

Sola
Por Sergio Sinay

La soledad que sigue al poder será el espejo de la forma en que se lo ejerció. Simplemente se cosecha lo sembrado.



     Hay soledades que se sufren y soledades que se eligen. Soledades necesarias y soledades humillantes. Soledades reparadoras y soledades trágicas. Soledades transitorias y soledades eternas. Hay soledades que son aprendizajes y soledades que desnudan un vacío existencial profundo y sin fondo.
     El ejercicio del poder es, para quien sepa entenderlo y cuente con recursos emocionales e intelectuales para asumirlo, preámbulo de soledad, a veces momentánea, a veces permanente. Qué tipo de soledad, será en cada caso una elección. Y esa elección se habrá hecho a lo largo de los años en que se ejercitó el poder. Cuando se lo hizo con soberbia, con prepotencia, con impiedad, sin el menor rasgo de empatía, con avaricia, sin escrúpulos, por encima de las instituciones y de las normas que lo regulan, con desprecio por los otros, con egoísmo, con autoritarismo, todo eso revestido de grosería y sin el menor rasgo del estilo y de la cortesía que requiere cualquier vínculo humano, la inevitable soledad posterior acaso llegue a ser lo más parecido al infierno en la tierra. Es difícil afirmarlo, las experiencias humanas más íntimas son intransferibles e inenarrables. Pero una ley de la vida dice que se cosecha lo que se siembra. No hay quejas válidas, ni culpables al respecto. Sólo responsabilidad. La responsabilidad es siempre individual y llama a hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos y de las propias decisiones, y a responder por esas secuelas. La respuesta es ineludible y no se puede limitar a la palabra. Se responde con todo el ser.
     Las consecuencias llegan a veces como una recompensa no buscada. Así ocurre con las acciones morales, centradas en el respeto por el otro y por su dignidad, en el enaltecimiento de los valores de la convivencia y de la cooperación para mejorar el mundo compartido, en el ejercicio de la humildad, la gratitud, la generosidad. No será este el caso de quien, en el cierre de una de las décadas más oscuras de la reciente historia argentina, y clausurando su ciclo al frente del gobierno más corrupto y autoritario desde la recuperación de la democracia, exhibió sin restos de pudor y casi con altivez, una clara ignorancia de las reglas de la democracia, desprecio por las instituciones y normas republicanas, ultraje a las pautas elementales de la comunicación, del lenguaje y de la sintaxis (ahí quedan para la historia sus innumerables tuits, que a medida que pasen los años se leerán posiblemente con incredulidad, con carcajadas o con horror). La última y póstuma semana de mandato fue pródiga en delirios paranoicos, en necedad, en narcisismo desbordado, en negación de la realidad y en recargado resentimiento.
    Resultó tarde para victimizarse como “mujer sola”. Sobre todo si quien lo hacía ejerció el poder con los peores rasgos del machismo. Y si nunca mostró empatía y solidaridad de género (o simplemente humana) con miles de mujeres golpeadas y asesinadas por ser mujeres, con madres del dolor, con madres de la pobreza (bajo su mandato los pobres se reprodujeron y al mismo tiempo se ocultaron), con las hijas, las madres y las viudas de quienes murieron en accidentes viales y ferroviarios producto de la corrupción que ella acaudilló, con las madres cuyas hijas fueron devoradas por la trata de personas, con las madres de hijos destruidos por la droga mientras el narcotráfico crecía ante su indiferencia cómplice, con las madres, hijas y esposas  víctimas de la inseguridad que canallescamente se denominó “sensación”. Hay demasiadas verdaderas mujeres solas por múltiples motivos que no le son ajenos a ella. Pretender ser una de ellas es ofenderlas. Una ofensa más en la despedida.
     Otras mujeres requieren y requerirán atención, acompañamiento, empatía, oportunidades. Hay que mirarlas a ellas, estar a su lado. El mundo está lleno de mujeres que han sabido y saben rodearse de amores, de amigas, de cariño. Mujeres que avanzan por una vida plena de sentido, en hermosas compañías. Cada quien cosecha lo que siembra.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Un cambio hacia lo desconocido
Por Sergio Sinay

Será necesaria una transformación cultural, sólo posible si se inicia en nuestras conductas cotidianas. Y eso cambiará la política y la economía.


      La comparación de la situación actual con la de 1999, cuando ganó la Alianza  y asumió De la Rua, cae en dos de las ilusiones cognitivas (o atajos del pensamiento) que el psicólogo del comportamiento Daniel Khaneman, único no economista que ganó el Premio Nobel de Economía (en 2002), estudió y definió en su libro Pensar rápido, pensar despacio. Una es la ilusión de recuerdo y la otra es la falacia narrativa. La primera toma una situación o elemento conocido y familiar y, confundiendo familiar con verdadero, crea un relato. La situación actual es nueva, y como no tenemos referencia, le aplicamos un dato conocido para no convivir con la incertidumbre. La falacia narrativa, a su vez, crea expectativas y visiones del presente a partir de dudosas y discutibles historias del pasado. El 2001 existió, pero estamos en 2015. Aquello ya fue vivido, esto no.
De hecho, es necesario repetirlo, las elecciones del 22 de noviembre pasado no se decidieron por lo económico, sino por el hartazgo moral. Si hubiese prevalecido lo económico (como en todas las elecciones pasadas, excepto la de Alfonsín) habrían vencido los descarados argumentos consumistas que el kirchnerismo impulsó durante años, sin la menor responsabilidad, con especial énfasis en su vergonzosa agonía. Esta vez se siguió la secuencia que señala el filósofo francés André Comte-Sponville en El capitalismo, ¿es moral? Si la economía se impone a la política hay barbarie económica, si la política se impone a la justicia hay barbarie política, si la justicia se impone a la moral hay barbarie jurídica. La moral es el límite. Desde ella deben alienarse los demás ámbitos.
     Del hartazgo moral no se sale con políticas económicas, aunque será necesario sincerar la economía, ponerla al servicio de necesidades sociales y de proyectos colectivos convocantes, que creen ámbitos de convivencia en los cuales los ciudadanos puedan desarrollar lo mejor de sí para desandar caminos existenciales trascendentes. El catalán Josep Burcet (1940-2011), sociólogo de la comunicación y la civilización, profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad Politécnica de Cataluña, y Visiting Scholar en la Universidad de Michigan, trabajó intensamente durante la última década de su vida en un Manifiesto para el Cambio Cultural, al que consideraba como la gran transformación que debería dejar este siglo. En los apuntes para ese Manifiesto escribió Burcet: “Más allá de la economía, la tecnología, la ecología y la ciencia, la cohabitación cultural se convertirá en uno de los problemas más característicos del siglo XXI. Ya no nos basta concentrar nuestros esfuerzos en los temas económicos, tecnológicos, ecológicos y científicos. Ahora debemos incluir en nuestra agenda los temas de cohabitación y transformación cultural”. Estos temas nos aguardan, señalaba, por encima de nuestras urgencias cotidianas.
     Cambiar significa hoy y aquí salir de la cultura del primero yo, del oportunismo, de la indiferencia hacia el entorno, del ventajismo. Significa abandonar la creencia de que las leyes son para los otros (para los giles) y que es de vivos burlarlas y evadirlas. Significa aprender a aceptar las diferencias partiendo de la base de que aceptar es mucho más que tolerar. Significa entender que los deberes anteceden a los derechos, porque, como decía Simone Weill (1909-1943), filósofa que se inmoló apoyando sus convicciones con su vida, aquellos tienen que ver con el Tú y éstos con el Yo. 
     Este cambio cultural no lo puede imponer un gobierno por decreto (aunque las conductas de sus miembros deben ser referencias claras y permanentes). Como toda transformación profunda, deberá empezar en las acciones cotidianas de quienes elijan vivir de otra manera. Parando en los semáforos en rojo, respetando límites de velocidad, no eludiendo impuestos, olvidando el ejercicio de la coima, honrando como padres la autoridad de los docentes porque sus hijos son alumnos y no clientes. Sobran los ejercicios diarios para producir un cambio cultural. Se trata de no andar por la vida flojos de papeles. El resultado se verá también en la economía y en la política. La tarea requiere paciencia, constancia y buena fe. No tiene antecedentes. Hay que crearlos.