En manos de príncipes y cortesanos
Por Sergio Sinay
Ninguna forma de comunicar sirve si desde el poder se olvida la existencia de las personas, sus necesidades y sus vivencias

Leído nuevamente
un cuarto de siglo después el libro de Ralston Saul (autor también, entre
varias obras que incluyen novelas, de La
sociedad inconsciente, sólido e imprescindible complemento de Los bastardos) renueva y aumenta sus
sólidos fundamentos y su vigencia. Allí señala que, a partir del siglo XVIII,
con la irrupción del iluminismo, aparecieron en el escenario político los
cortesanos. Fallidos y fundamentalistas abanderados de la razón, estos se
pusieron al servicio del poder (para beneficiarse de él) y dieron lugar al
nacimiento de las burocracias y tecnocracias. Burócratas y tecnócratas gestionan
desde teorías y protocolos que se demuestran fracasados una y otra vez, pero
ellos no lo reconocen así e insisten en forzar a la realidad en el intento de
meterla, así sea a la fuerza, en moldes preconcebidos. Los costos son altos y
no los pagan ellos: vidas, sueños, proyectos, enfrentamientos y rupturas
sociales, guerras (en las que no combaten), catástrofes ecológicas, desmesuras
científicas, crisis económicas terminales, crecimiento tecnológico desbocado y
disfuncional.
Los cortesanos
son la novedad frente a los príncipes. Mientras solo gobernaban los príncipes
se hacía la voluntad de estos. Vidas, tierras y destinos personales y
colectivos estaban a su merced, sus consejeros los avalaban y hasta las
autoridades religiosas se les asociaban. Con el surgimiento de nociones como
república, derechos y democracia irrumpen los cortesanos, y los príncipes
cambian sus características. Son los gobernantes populistas y autoritarios de
hoy que, como los príncipes de antaño, se proponen como figuras providenciales,
portadoras de un derecho divino (que en este caso emana del dios “pueblo”) para
intentar el poder eterno y absoluto.
Mientras el
príncipe concentra y personaliza el poder, descree de la democracia aunque no
olvida nombrarla, y se disfraza de héroe, el cortesano mantiene un perfil bajo,
se mimetiza en gerencias, gabinetes, juntas directivas, equipos. No asume
responsabilidades sobre fracasos económicos estrepitosos que profetizó como
éxitos, anuncia guerras victoriosas que luego se pierden, presenta progresos
tecnológicos que no mejoran en lo esencial ninguna vida además de degradar el
medio ambiente, y no tiene reparos morales en avanzar hacia horizontes
científicos peligrosos.
En
tanto Occidente deambula entre príncipes y cortesanos, las vidas humanas, los
destinos individuales y colectivos, son un difuso, oscuro y olvidado telón de
fondo. La mirada de Ralston Saul nos abarca en el aquí y ahora. Buena parte de
la discusión bizantina (en Bizancio, hacia el siglo IV, las sectas religiosas
discutían larga y tediosamente cuestiones abstractas sin hallar solución) sobre
la comunicación del actual gobierno, entra allí. El príncipe comunica mandatos providenciales
y no deja lugar a discusión. Son edictos reales. El cortesano se considera
especialista en cuestiones que el vulgo no domina y cree que explicárselas no
tiene sentido y sería pérdida de tiempo. Pero para cubrir las apariencias
termina por comunicarlo, aunque lo hace en una jerga que nada aclara. Príncipes
y cortesanos desprecian, cada uno a su manera, la realidad sobre la cual el
ciudadano (o el súbdito según el caso) de a pie no tiene dudas porque la vive.
La comunicación no crea a la realidad. Sólo la muestra, la oculta o la
distorsiona. Y esto lo hacen tanto príncipes como cortesanos.
Excelente! !!
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ResponderBorrarGran verdad!! Como siempre un lujo leer algo suyo!!!
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