Una hermosa sensación
Por Sergio Sinay
Una novela que honra a sus personajes, a una ciudad y a la literatura
Se podría definir
rápidamente a Turquía con un lugar común: país fascinante y complejo. Y, se
podía agregar, lejano. Pero deja de ser esto último cuando se ha estado allí. Después
de la experiencia, queda cercana y presente. Es la puerta que une dos mundos
dentro del mundo, Oriente y Occidente. Es refinada y salvaje. Es milenaria y
moderna. Guarda memoria de toda la historia de la civilización y expresa de un
modo a veces brutal las contradicciones más trágicas, la intolerancia más aguda
del tiempo presente. En ese territorio extenso y variado la Naturaleza
despliega una belleza insospechada, de formas inesperadas (como en Capadocia) y
también la implacable crueldad del invierno y del verano en los desiertos y en
las montañas. Es una cultura con expresiones refinadas en la literatura, en las
artes, en la música, en el pensamiento, y son comportamientos atávicos, previos
a toda noción de ley. Es una experiencia inagotable, misteriosa, por momentos
apabullante.
Estambul, con 14
millones de habitantes, resulta una síntesis viviente y vibrante de todo eso.
Con un pie a cada lado del Bósforo (uno en Oriente el otro en Occidente) esta
ciudad cosmopolita y moderna, al mismo tiempo que provinciana y detenida en el
tiempo (ambas cosas impresionan con fuerza al recorrerla) es acaso la más
grande de Europa y contiene todas las tensiones y la energía alimentadas por la
historia y por el presente del país. Un país regido hoy por un gobierno
autoritario que mira hacia lo más oscuro del pasado mientras en su vientre pujan
por nacer sueños, proyectos y fuerzas que buscan la libertad, la convivencia,
las posibilidades luminosas de la razón. Estambul fue capital del Imperio
Romano de Oriente (amada por el emperador Constantino El Grande, que le legó su
nombre, Constantinopla, hasta su caída, en 1453, que marcó el final de la Edad Media),
fue capital del Imperio Bizantino y del Imperio Otomano, cuyo ocaso dio lugar
al nacimiento de la República, fundada por Kemal Ataturk en 1923. Toda esa
historia está presente en palacios, tumbas, mezquitas de arquitectura refinada,
siempre imponentes, como la historia que narran.
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Orhan Pamuk |
Y junto a esa hay
otras historias. Las de los seres anónimos, pequeños, cotidianos, sufrientes,
soñadores, empecinados que labraron sus vidas en Estambul al ritmo de los espasmos,
los partos, las transformaciones a veces brutales de la ciudad, y también de su
resistencia al avance a veces depredador de una modernidad en muchos casos
empujada por ambiciosos, manipuladores, corruptos (como suele ocurrir con el
crecimiento de las ciudades en la era del capital). Orhan Pamuk, nacido en 1956
en Estambul, Premio Nobel de Literatura 2006, se ubica junto a esas vidas, las
acompaña desde las vísceras, y narra desde ellas las transformaciones (y
también las permanencias) de Estambul desde los años 60 del siglo pasado hasta
hoy. Toma como nave insignia para esa navegación a Mevlut Karatas que llega de
niño a la megalópolis acompañando a su padre, quien busca un horizonte más
luminoso que el que le ofrecía su pequeña aldea de Anatolia. La parábola
existencial de Mevlut, desde ese final de la infancia hasta su actual madurez
sesentona, es la médula de una novela inolvidable, de esas que echan raíces en
la memoria y el corazón de sus lectores, de esas que se agradecen para siempre
y enaltecen el arte de narrar. Su título es Una
sensación extraña.
Esta es la obra
de un humanista con todas las letras. En una época en la cual la posmodernidad manda
a no comprometerse, a no tomar partido por ninguna verdad, a relativizarlo
todo, incluyendo valores y moral, a escaparle a la prueba más difícil y
decisiva para cualquier escritor (la de ser capaz de narrar una historia desde
la A hasta la Z sin desertar en el camino en nombre de caprichosas
experimentaciones), Pamuk se juega. Él está de parte de sus personajes (en
primer lugar de Mevlut), les da vida, espacio y voz a todos. De hecho les cede
por momentos el lugar del narrador omnisciente para que sean ellos, en primera
persona, quienes aporten su punto de vista y sus razones. Los ama y no teme
demostrarlo. Está de su lado cuando los acometen las oscuras piruetas del
destino o las perversas manipulaciones humanas. Homenajea a sus criaturas y, a
través de sus peripecias, a la literatura de siempre, aquella que hizo decir a
Elie Wiesel (escritor rumano sobreviviente de los campos de concentración y
Premio Nobel de la Paz en 1986) que “Dios creó a los hombres porque le gustan
los cuentos”. Si Dios, o quien fuere, necesita quien lo emocione, lo cautive,
lo conmueva, lo comprometa, con historias poderosas, verosímiles, apasionantes,
Pamuk, con esta novela, es el candidato ideal.
Escribir en el mundo
El Nobel turco ha
sido (y es) perseguido por el gobierno de Recep Erdogan, un lobo que se vistió
en su momento de cordero progresista para empujar después paulatinamente a su
país hacia las cavernas de un pasado oscuro, denigrando a las mujeres y a los
librepensadores, a los defensores de la República y a las etnias que se
resistieran a su proyecto de poder. Pamuk, entonces, no escribe desde una torre
de marfil, aislado del mundo, sino en las entrañas palpitantes de la sociedad
en la que vive y de la ciudad que ama y de la que conoce hasta sus últimos
intersticios. Toma partido político, intelectual y literario, pero no permite
jamás que esa actitud aplaste a sus personajes ni a sus historias. Ellos son
sagrados.
Una extraña sensación es una novela para los que aman las novelas, los
que aman las palabras, los que aman los avatares de este mundo (los dolorosos y
los gozosos), los que aman conocer lugares y personas (nunca se conoce tanto
como cuando se lee). Una novela reconfortante para quienes aman leer. Y una
novela ideal para iniciar en la lectura a quienes aún no se han iniciado en
esta maravillosa experiencia humana. La sensación que deja no es extraña: es de
agradecimiento.
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