domingo, 18 de octubre de 2020

 Ese recurrente malestar

Por Sergio Sinay



Incertidumbre, sospecha, temor, narcisismo y desconcierto ante el futuro inmediato. El aire de los tiempos que hoy se respira recuerda al que motivó a Freud a escribir "El malestar en la cultura" y a Karl Jaspers a reflexionar sobre qué significa convivir con lo incierto. Dos miradas que hoy conviene repasar


                                                                                   

                

  El 29 de octubre de 1929 quedó en la historia como el “martes negro” (Black Tuesday), y no precisamente porque hubiera un torrente de ofertas y promociones de todo tipo de artículos innecesarios, como suele ocurrir hoy (¿o solía?) con los “Black Friday”, esa apoteosis del consumismo banal. En aquel martes se derrumbó Wall Street y el mundo entero, como en una siniestra caída de piezas de dominó, se hundió en una crisis económica, política y social devastadora, preanuncio de la Segunda Guerra Mundial. Una semana después de esa catástrofe Sigmund Freud (1856-1939) entregaba a su editor el manuscrito de “El malestar en la cultura”, su obra más pesimista y desesperanzada. En una carta enviada el 28 de julio de ese año a su amiga, la escritora Lou Andreas Salomé (1861-1937), mujer indomable y transgresora de todos los mandatos conservadores de la época, el padre del psicoanálisis le contaba que ese libro se ocupaba “de la cultura, del sentimiento de culpa, de la felicidad y de otras cosas elevadas del mismo género”. Agregaba que, comparado con sus trabajos anteriores, le parecía superfluo. Sin embargo, retrataba de tal manera el momento colectivo de la humanidad, el oscuro “aire de los tiempos”, que, leído en perspectiva, resulta estremecedor. Y se torna inquietante cuando hoy, noventa años más tarde, tras un siglo sangriento y, al mismo tiempo signado por saltos tecnológicos y científicos cuánticos como fue el anterior y lo que va del actual, hay algo de aquella sensación desesperada transmitida por Freud que permanece. O se reedita.

 

LA PREGUNTA QUE VUELVE

El mundo de 1929 (y peor aun el de los diez años siguientes) tenía el color “del odio, la agresión y el autoaniquilamiento”, como señala el filósofo y estudioso del pensamiento freudiano Jacques André en el prólogo del libro. El narcisismo por un lado, la inútil búsqueda de la felicidad a través de los caminos más fatuos y superficiales, la depredadora expansión del hombre-masa (incapacitado de pensar por sí mismo, presa de fanatismos irredimibles), el papel de creencias en las cuales la fe ciega aniquila a la razón son descritos en esas páginas de estilo certero, ácida ironía y sombrío lirismo como signos de un momento terminal. “¿Quién puede prever el desenlace?”, se preguntaba Freud en la siguiente edición de esta obra (la primera, de 12 mil ejemplares, se vendió instantáneamente). A la luz de los acontecimientos la pregunta parece hoy retórica. Quizás también lo era entonces para su propio autor, dolido por su visión del futuro inmediato.

Acaso con diferencias de forma, de estilos y de modas, la atmósfera planetaria no era tan diferente de aquella cuando, hacia finales de 2019, el Covid-19 comenzó su recorrido por el paisaje humano. Un paisaje atravesado por el narcisismo, el hedonismo (ambos incentivados y exhibidos patológicamente por las redes sociales), la intolerancia, los odios variados pero vinculados siempre al que es distinto o piensa diferente, la destrucción suicida del medio ambiente, el consumismo bulímico y depredador, la adoración masiva de líderes tóxicos en la política, en la música, en las religiones, en el deporte, la voracidad por el poder y por lo material, la desigualdad obscena, la indiferencia hacia el prójimo. Como Freud en su tiempo, en ese panorama emergían voces siempre minoritarias, siempre lúcidas, siempre molestas para el oído masivo, advirtiendo sobre la situación, proponiendo cambios, preguntando cuál sería el desenlace. Voces que señalaban el malestar en la cultura entendida como el ámbito creado y habitado por el ser humano.

Aquí estamos, en el tramo final de uno de los años más anómalos que nos ha tocado vivir, aferrados nuevamente al interrogante de Freud. De quienes se esperaban respuestas (gobernantes, dirigentes de diferentes áreas, científicos) es de quienes menos se las obtuvo, y fueron quienes menos humildad y criterio mostraron ante la incertidumbre. La soberbia se apoderó de la mayoría de ellos con la misma voracidad del coronavirus. Mientras tanto, en carne propia y por propia experiencia, la humanidad enfrenta verdades de siempre, y siempre negadas. Que la incertidumbre es lo único cierto, que el futuro no acepta preguntas pero pide respuestas, que somos responsables de nuestras elecciones, acciones y decisiones, y que estas no son gratuitas. Creemos que el bienestar y la felicidad nos serán suministrados por la providencia o por otras vías misteriosas, pero, como señalaba Freud, el mundo exterior (ajeno a nuestro pensamiento mágico infantil) lo desmiente una y otra vez. No somos niños ni hay un padre que nos protegerá y nos proveerá de felicidad mientras hacemos nuestras travesuras. Madurar significa comprender esto y remplazar el principio de placer por el principio de realidad.

 

VIVIR CON LO INCIERTO

En su libro “Psicología de las concepciones del mundo”, el médico, psicólogo y fundamental filósofo existencialista alemán Karl Jaspers (1883-1969) sostiene que, en nuestras vidas finitas, es la incertidumbre la que puede alimentar el coraje, la vitalidad, la lucidez intelectual. El orden, la estabilidad y la certeza son necesarios, dice Jaspers, pero si los tuviéramos de manera permanente y definitiva, nos convertiríamos en máquinas o títeres. El conflicto y los problemas son inherentes a la vida, así como las situaciones límites. Podemos negarlos, advertía este pensador, o tratar de resolverlos a través de explicaciones científicas, normas sociales, creencias, rituales y hábitos. Cambiarán de forma, pero no desaparecerán y estos atajos no llevarán siempre a chocar con la misma pared.

Podemos tomar conciencia de esto, escribía, o no hacerlo. Si lo aceptamos sabremos que la felicidad, el placer y la seguridad, no pueden preverse ni planearse. Paradójicamente este conocimiento, aunque frustrante, puede ayudarnos a vivir mejor. Tanto la ciencia como la religión o la ideología pueden proveernos una sensación de seguridad ante lo inevitable de la incertidumbre, apuntaba Jaspers. Sin embargo, siempre estarán abiertos ante nosotros los interrogantes acerca de quienes somos y cuál es el sentido de nuestra vida, cuyas respuestas no serán provistas por ninguna de aquellas fuentes. Dependerán siempre de nosotros, de nuestra actitud ante las circunstancias que la vida propone.

Nunca nos pondremos de acuerdo, decía, acerca de quiénes somos o quiénes queremos ser, pero sí podemos acordar todo lo que no sabemos y de qué manera actuar a partir de ese desconocimiento. Este es un modo de desactivar la soberbia, el fanatismo y la sordera ante el otro. La doctora en filosofía Carmen Lea Degeis, del Van Leer Institute de Jerusalén, dedicada al estudio de la incertidumbre, señala en un ensayo publicado en la revista digital estadounidense Psyche: “Cuando nos acercamos hoy a Jaspers surge más que nunca el interrogante acerca de cómo nuestras sociedades e instituciones políticas pueden comunicar la idea de que la incertidumbre es esencial en la vida humana”. Quizás, si aún es posible y hay tiempo, esta deba ser la piedra fundamental de la “nueva normalidad”, antes de que nuestra capacidad para olvidar lo fundamental nos lleve de nuevo a caminar por el borde de un abismo como el que dolorosamente vislumbró Freud.

lunes, 5 de octubre de 2020

 

Pensadores en la oscuridad

Por Sergio Sinay




 



Existen pensadores cuyas ideas no solo perduran y se consolidan en el tiempo, sino que además funcionan como faros orientadores cuando atravesamos épocas oscuras. Seguir esas luces puede ayudar a encontrar rumbos perdidos o a abrir nuevas rutas en nuestra navegación existencial. Dos de esos nombres merecen atención en estos tiempos de incertidumbre. Víktor Frankl y Erich Fromm. El primero nació en Viena, Austria, en 1905 y murió en esa ciudad en 1997. El segundo nació en Frankfurt, Alemania, en 1900 y murió en Estados Unidos en 1980. Entre las varias obras señeras de Frankl son imprescindibles “El hombre en busca de sentido”, “Psicoterapia y existencialismo”, “La voluntad de sentido” y “En el principio fue el sentido” y “la presencia ignorada de Dios”. Entre las de Fromm “El miedo a la libertad”, “El arte de amar”, “Del tener al ser” y “Y seréis como dioses” son de lectura poco menos que obligatoria. Afortunadamente, en ambos casos la bibliografía es extensa y no termina ahí.

En días en que miedo, desesperanza, incertidumbre, angustia, resignación, confusión y depresión impulsan sus propias pandemias, Frankl y Fromm siguen aportándonos preciosos recursos existenciales con sus ideas y revelaciones acerca de la libertad, el sentido, el amor, la espiritualidad y la decisiva importancia del otro, del prójimo, el semejante, en nuestras vidas.

 

 LA LIBERTAD ÚLTIMA

Frankl, médico psiquiatra y pensador, estableció una clara diferencia entre lo que llamó libertad primera y libertad última. La libertad primera es la del niño que empieza a caminar y entonces no quiere obstáculos, desea alcanzarlo todo, no entiende de riesgos ni de límites y patalea y hace berrinches ante ellos. Comprensible en un infante, esta idea de libertad permanece inalterable en muchos (demasiados) adultos. No admiten frustraciones, se rebelan ante las normas, reglas y leyes, desconocen o rechazan las consecuencias de sus actos, ponen sus derechos, que muchas veces no son más que deseos, por delante de sus deberes y no entienden que hay cosas que no se pueden y otras que no se deben. Es una idea de libertad divorciada del concepto de responsabilidad. En situaciones como la pandemia y las cuarentenas estas personas actúan como transgresores, ponen en riesgo a otros, se enfurecen ante las circunstancias, son poco o nada creativas ante lo que la realidad les presenta y les exige y a menudo caen en depresiones. Son incapaces de registrar la diferencia entre libertad nominal, o exterior, y libertad interior.

La libertad última es, precisamente, la interior, la que de veras merece su nombre. Es la facultad de elegir nuestra actitud ante situaciones que no dependen de nosotros y cuya resolución nos es ajena. Frankl lo decía así: “Lo único que no me puedes quitar es la forma en que elijo responder a lo que me haces. La última de las libertades es elegir la propia actitud en cualquier circunstancia”. Es la libertad de quienes han evolucionado emocional, psíquica y espiritualmente. De quienes comprendieron que no se puede todo, que el imponderable existe, que no somos dioses todopoderosos capaces de manejar a nuestro antojo la vida y sus circunstancias. De quienes entienden que, en cada paso de nuestra existencia, debemos hacer elecciones, tomar decisiones, y saber que ellas tendrán consecuencias. Quien entiende esto y está dispuesto a responder con acciones y conductas ante esas consecuencias, es verdaderamente libre. Somos libres porque no podemos todo. Libres y responsables, dado que en la visión frankliana libertad y responsabilidad son como hermanas siamesas, inseparables.

Esta libertad nos permite registrar la presencia del otro (justamente el primer límite), al tiempo que se convierte en instrumento esencial para la búsqueda y exploración del sentido de nuestra vida. El desencuentro con ese sentido, su extravío, deja un enorme vacío y angustia existencial. Y cuando el sentido (“Vivir para algo, vivir para alguien”, en palabras de Frankl) asoma, siempre lo hace como una consecuencia de nuestra actitud ante el otro.

 

ESCONDERSE EN LA MANADA

También en Fromm libertad y sentido son nociones esenciales. La persona verdaderamente libre, nos repite este imprescindible filósofo y psicólogo, lo es, antes que nada, en el aspecto espiritual. La que desarrolla una vida interior con recursos propios, la que no se vale del otro para sus fines o intereses, sino que lo honra con su conducta y con el ejercicio de la responsabilidad. Esta es una noción liberadora de la libertad, permite instalarse en el mundo entre otros, y no en una actitud narcisista y egoísta como la que deviene de la libertad primera. Sin embargo, dice Fromm, muchos temen a esta libertad que los deja de frente a su responsabilidad. Huyen de ella, se refugian en lo masivo, eligen lo que elige la mayoría sin preguntarse por el valor o la necesidad de ello, se convierten en parte de una manada fácilmente manipulable por oportunistas, gurúes, gobernantes inmorales o dictadores.

Si rastreamos las ideas de Fromm encontraremos que el antídoto contra el miedo a la libertad verdadera es lo que él llama el arte de amar. Un arte que se aprende en la vida, construyendo puentes de encuentro, de comunicación, de cooperación con el prójimo. Solo así podemos salir de la “separatidad”, esa angustiosa sensación que asalta al ser humano cuando, al comenzar en edad temprana el desarrollo de su conciencia, se descubre como individuo único, inédito e intransferible. Esto lo lleva a temer que nadie pueda comprender sus emociones, sensaciones y aflicciones y a vislumbrarse como un fragmento perdido en la inmensidad del universo.

De allí se sale a través del amor, pero no de este pretendido como algo mágico y espontáneo, sino como un aprendizaje y una construcción. Amar es un arte, dice Fromm, que como todas las artes necesita de un artesano con voluntad de aprender y trabajar y con una práctica constante, impensable sin el otro. Llegar al otro en un encuentro profundo y único no es lo mismo que guarecerse entre otros en una manada. El arte de amar es también el aprendizaje de la libertad real. Y las circunstancias difíciles, inciertas, sombrías ofrecen, como contrapartida, materia prima para el ejercicio de ese arte. A menos que elijamos apartarnos del otro, cuidarnos de él, temerle a su presencia y a su cercanía, refugiarnos entre figuras fantasmáticas y, de esa manera, desaprender el amor y resignar nuestra libertad. Advierte Fromm: “El amor inmaduro dice: Te amo porque te necesito. El amor maduro dice: Te necesito porque te amo”. Así, estos tiempos nos permiten también revisar nuestros afectos y nuestros vínculos, entender si son utilitarios o sin son verdaderamente amorosos. Son tiempos para ejercer como artesanos.

Así como un iceberg muestra apenas una octava parte de su volumen sobre la superficie de las aguas, este breve punteo de algunas de las ideas de estos maravillosos pensadores resulta apenas un vislumbre de la poderosa luz que sus ideas pueden arrojar en tiempos oscuros. Tiempos cuyo transcurrir no depende de nosotros, pero en los cuales tenemos la libertad de elegir cómo vivirlos. Y eso sí depende de cada uno.

sábado, 26 de septiembre de 2020

 

¿Irse o quedarse?

Por Sergio Sinay



 




 

¿Para qué quedarse en un país donde la esperanza agoniza cada día, las grietas no dejan terreno firme donde pisar, la latrocracia vence permanentemente a la democracia, en donde una patética mesa de  “lucha contra el hambre” es integrada por quienes menos lo sienten y por algunos que incluso lo provocan, un país en el que la justicia se ejerce como farsa, en donde el mérito y el esfuerzo no se premian, sino que se desprecian, pero donde, paradójicamente, sin mérito se puede llegar incluso a la presidencia? El interrogante, dramático y angustioso, repiquetea en las mentes y conversaciones de un número creciente e importante de argentinos. Solo el consulado uruguayo da cuenta de 100 consultas semanales para iniciar el trámite de residencia en aquel país. Otras naciones aparecen también en la mira, aún en un mundo de horizontes oscurecidos.

Quienes se formulan la pregunta sobre el propio futuro no son turistas, no son ricos, aunque los haya entre ellos. Pero dejemos de lado a los ricos, porque la fortuna material suele provocar un blindaje en el contacto con la realidad, ya sea aquí o donde fuese. El impulso a la emigración prevalece en personas de clase media, la clase que (con sus luces y sus sombras) mejor simbolizó y concentró a lo largo de la historia la potencialidad del país, la que traccionó y posibilitó sueños, la que atravesó y atraviesa pesadillas, la que lubricó la movilidad social, la que parió (como el doctor Frankenstein) a tantos de los que, una vez en el poder, se empeñaron y se empeñan en aniquilarla y sepultarla para glorificar a una pobreza de la que lucran. Es la clase en que germinaron los Favaloro, los Ernesto Laureano Maradona (el médico rural que durante medio siglo entregó sus esfuerzos a la salud de comunidades selváticas formoseñas), los César Milstein, los Quino, los Antonio Berni, los Luis Sandrini, los Salvador Mazza, los Emanuel Ginobili, por nombrar apenas algunas partes de ese todo.

En esa clase, a la que tanto se le extrae y tan poco se le devuelve (salvo improperios y desagradecimiento en abundancia) es donde sobrevuela el interrogante. Para muchos de sus integrantes una respuesta afirmativa es inimaginable por cuestiones económicas, familiares, de arraigo, o por simple temor a la experiencia. Otros están cada vez más dispuestos. Eso significa arriesgar ahorros esforzadamente gestados, vender lo que se pueda, cortar raíces físicas y emocionales y hacerlo porque sienten que les están robando el tiempo de su vida y de sus proyectos existenciales y no admiten más espera.

Irse o quedarse no debiera ser motivo de una nueva grieta. Ni quienes se van son valientes y visionarios ni quienes se quedan son cobardes y pusilánimes. Ni quienes se van son traidores a la patria ni quienes se quedan son heroicos patriotas. La sola enunciación de la pregunta (¿irse o quedarse?) describe una tragedia, un doloroso y profundo desgarramiento en un cuerpo social ya martirizado. Mientras tanto, hay quienes se quedan en o con el poder y, aunque cambien discursos y máscaras, son los responsables de la tragedia. Hacen continuos méritos para serlo.

Quien se va debiera tener en cuenta que en el puerto de destino no habrá un comité de recepción oficial ni una alfombra roja esperándolo. Se habrá trasplantado a un terreno en el que, sin raíces, deberá echarlas. El experimento puede ser exitoso. O no. De nada sirven experiencias ajenas. No importa cómo le fue a Fulana o a Mengano (bien o mal). Cada experiencia es propia y única. Y también debería revisar qué se lleva en la maleta. Si se trata de problemas vinculares, emocionales o existenciales no resueltos aquí, no se saldarán mágicamente allá. Reaparecerán bajo diferentes formas y, para peor, en escenarios extraños. Es mejor partir, en ese aspecto, ligero de equipaje. Sobre todo, para no cargar al país de recibo con culpas propias.

Y quien se queda haría bien en conectar su decisión con un proyecto o un itinerario existencial que vaya más allá de las coyunturas y de sus oscuros personajes gobernantes, administradores de cuarentenas, depredadores económicos, sociales y morales. El proyecto existencial debe ser más poderoso y trascendente que esas miserias y sus miserables, porque en ese proyecto se invierte la propia vida. Y vida hay una sola.

En ambos casos existe una responsabilidad intransferible. Irse o quedarse, como todas las acciones, elecciones y decisiones de la vida, tiene sus consecuencias. Hay que responder tanto a las previsibles como a las imprevisibles. A las que repercuten en uno mismo como a las que redundan en otros, en el entorno. Quien responde a las consecuencias se erige como responsable, no necesita salir a la búsqueda o caza de culpables. Quien no lo hace, se intoxica e intoxica a otros.

Por último, cabe pensar que este tipo de dilemas jamás se presenta en las sociedades y países que ofrecen motivos para la esperanza, para el arraigo, para el desarrollo de las propias potencialidades y talentos. En donde se recompensa el esfuerzo y el trabajo, es decir el mérito, y no la mentira, la perversión y la viveza tóxica.

martes, 15 de septiembre de 2020


Crónicas de la peste (21)

¿Volveremos a encontrarnos?

Por Sergio Sinay

De Acuerdo, Acuerdo, Asia, Negro


¿Y qué ocurre con nuestros vínculos mientras se cuentan infectados y fallecidos? ¿De qué manera el Covid-19 está afectando a nuestras relaciones de pareja, de amistad, familiares, filiales? No hay estadísticas ni filminas sobre esto, pero pasan cosas. Algunas convivencias han reforzado lazos, han permitido conversaciones que eran necesarias, han permitido a las personas redescubrirse en aspectos y actitudes que no se registraban o que pasaban inadvertidos, han despertado gratitud. A través de las redes se han producido reencuentros donde antes había pura lejanía y conexión virtual. Ahora hay tiempo para relaciones que habían quedado en la formalidad. Y cuando se cultiva el vínculo, así sea a la distancia, aparece la añoranza del contacto físico y la promesa del abrazo en cuanto este sea posible.
Pero también esa misma convivencia forzosa ha creado atmósferas insoportables, sacó a la superficie resentimientos y egoísmos, violencia física, emocional y verbal, indiferencia, disfuncionalidades vinculares que antes de la cuarentena se disimulaban y escondían con variadas excusas, subterfugios e hipocresías. Y también la virtualidad vino a mostrar cómo relaciones que parecían sólidas y seguras eran pura apariencia, carecían de sustento interno y ahora aparecen como contactos efímeros, superficiales, vacíos. Solo intercambios de memes, chismes y fake news. Sin sustancia.
¿Y qué pasará después? Porque tarde o temprano habrá un después. Ya está transcurriendo. ¿Qué pasará con el miedo al contacto y a la cercanía que tantas personas han desarrollado en estos meses? ¿Qué ocurrirá con la sospecha sobre el otro, con el temor a que sea “contagioso”?  Los chicos, privados no solo de las clases presenciales, sino, peor que eso, del contacto con amigos y con el mundo, con el juego, con el descubrimiento del universo, tendrán que reaprender desde cero el alfabeto del vínculo con el diferente y de la socialización. Ese reaprendizaje será también necesario y duro para muchos adultos. Y no todos lo lograrán, porque estos meses han carcomido bases esenciales de nuestra condición de seres sociales.
¿Qué pasará, entonces? La respuesta exigirá mucha voluntad de reencuentro real y no formal, mucha capacidad de aceptación, mucha habilidad para la escucha hospitalaria, mucha voluntad de construir confianza, mucha empatía, mucho amor. Iremos regresando de parajes muy lejanos (aunque fueran físicamente cercanos), de mucha extrañeza, como robinsones que, aunque estuvieran hiperconectados estaban hiperaislados. Tendremos que reaprendernos, recuperarnos unos a otros, ser lo que ya antes de la pandemia habíamos dejado de ser. Criaturas que necesitan del otro, del que los mira, los nombra, los escucha, los toca, les habla, para certificar su propia existencia. Criaturas que se complementan. Y que solo pueden hacerlo cuando se encuentran y se aceptan. Algunos podrán. Otros estarán más solos que nunca, aferrados al miedo y a la sospecha, aunque circulen entre multitudes.

domingo, 6 de septiembre de 2020


 


Crónicas de la peste (20)

La larga cuarentena del hombre que amaba a los pájaros

por Sergio Sinay




The real 'Birdman of Alcatraz'. ⋆ Historian Alan RoyleBirdman of Alcatraz (film) - Alchetron, the free social ...


El 21 de noviembre de 1963 moría Robert Franklin Stroud en Missouri, en el Centro Médico Springfield para Presos Federales. Había sido trasladado desde Alcatraz, cárcel de oscura fama conocida como La Roca. Stroud tenía 73 años y vivió en prisión desde los 19. Había nacido en 1890 en Seattle, y escapó de su casa (padre alcohólico, madre depresiva) a los 13 años. Tenía 18 cuando, en la frontera con Alaska, conoció a una prostituta que lo doblaba en edad, se enamoró y se casó con ella. A los pocos meses mató a un hombre que la maltrató y fue sentenciado a 12 años en la cárcel de McNeill Island. Debido a sus continuas peleas con otros presos fue trasladado pronto a Leavenworth, Kansas, prisión en la que apuñalaría a un guardia que le negó la visita de su hermano menor, al que no veía desde hacía ocho años. Eso le valió la primera de las dos condenas a muerte que recibiría a lo largo de su vida. En 1916 y en 1920 se fijaron fechas para su ahorcamiento, postergado debido a apelaciones. Finalmente, el presidente Woodwrow Wilson, a instancias de su esposa, conmutó la pena canjeándola por cadena perpetua en una celda de aislamiento total, sin relación con ningún preso.
Diagnosticado como psicópata, Stroud fue trasladado a Alcatraz el 19 de diciembre de 1942. Para entonces había terminado de escribir dos manuscritos. Su tema: las aves. En su confinamiento absoluto trabó amistad con tres gorriones que hicieron su nido en la ventana de su celda. Los alimentó, los cuidó, luego llegaron algunos canarios. Stroud los observaba, detectaba sus hábitos, pidió libros sobre pájaros, los leyó ávidamente, se dedicó a escribir sus propios tratados, a través de su madre estos llegaron a especialistas en el tema y, tras ser publicados, fue considerado como una autoridad y un inevitable referente en ornitología. Lo sigue siendo. Se lo llamó The birdman of Alcatraz (El hombre de los pájaros de Alcatraz), aunque no se le permitió llevar sus 300 canarios a La Roca. Su vida se convirtió película. La celda olvidada, dirigida en 1963 por John Frankenheimer, con una memorable interpretación del gran Burt Lancaster.
Acaso sin saberlo, Robert Stroud se erigió como un héroe existencialista. Hizo honor a una idea central de esta corriente filosófica. Nadie es responsable de la vida que recibe en la ruleta de la existencia, pero todos lo somos de lo que hacemos con esa vida. O, en palabras del médico y filósofo vienés Víktor Frankl (autor de El hombre en busca de sentido y padre de la logoterapia): “Las fuerzas que escapan a tu control pueden quitarte todo lo que posees excepto una cosa, tu libertad de elegir cómo vas a responder a la situación. Nuestra mayor libertad es la libertad de elegir nuestra actitud”. Durante los cincuenta y cuatro años de su cuarentena carcelaria Stroud hizo uso pleno de esa libertad.
Tras meses de cuarentenas y confinamiento decididos por fuerzas ajenas a nuestro control y decisión (el Covid-19, la carencia de opciones o de inteligencia emocional para buscarlas y administrarlas por parte de los decisores), el recuerdo de la odisea vital del hombre de los pájaros de Alcatraz dispara una suerte de inevitable moraleja. Podemos tener toda la libertad deseable para mover nuestro cuerpo por el mundo exterior y, pese a ello, estar atrapados por creencias, mandatos, temores, fobias y todo tipo de cadenas y barrotes invisibles que nos mantendrán cautivos e infelices a perpetuidad. O, por el contrario, físicamente confinados, podemos avizorar horizontes y propósitos que hagan de nuestra vida una existencia con sentido. Ni una alternativa ni la otra nos serán impuestas u ofrecidas desde afuera. Ambas dependen de nuestras alas y de moverlas para levantar vuelo existencial o dejar que se entumezcan mientras despotricamos contra el encierro. Como decía Confucio, antes que maldecir la oscuridad, es preferible encender una vela.     

viernes, 28 de agosto de 2020


Crónicas de la peste (19)

Encuentros que inmunizan

Por Sergio Sinay


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Aunque se haya dicho y repetido miles de veces, cabe recordarlo. Los humanos somos seres sociales por naturaleza. De tal condición nace la moral, ese conjunto de normas que, a través de nuestra historia y nuestra evolución, acordamos y cumplimos para garantizar nuestra supervivencia como individuos y como especie. Esas normas pasan a formar parte del inconsciente colectivo y nos dicen qué se debería hacer y qué no. El filósofo Bernard Gert (1934-2011), referente en este tema, define a la moral, en la Enciclopedia Standford de Filosofía, como “un código de conducta que, debido a sus condiciones específicas, sería defendido por todas las personas racionales”. Hay, pues, una estrecha relación entre moral y razón.
Porque somos sociales necesitamos congregarnos y vivir juntos en tribus, familias, comunidades, sociedades. Y porque somos racionales comprendemos que esto sería imposible si no acordáramos no matar, no robar, no mentir, respetar, cooperar. La capacidad de razonar es fruto de la evolución de nuestro cerebro, desde el primitivo y reptílico que compartimos con las demás especies, hasta el desarrollo del neocórtex y los lóbulos prefrontales que nos permiten evaluar, comparar, imaginar, cuestionar, investigar, dudar, elaborar ideas complejas. Es decir, pensar. Empleamos este atributo ante la normativa moral.
Ser agente moral, lo que equivale a cumplir y respetar la normativa y sus valores, es una elección. Hay quienes eligen no hacerlo. Allí aparece la ética. Mientras la moral dice lo que se debe (en virtud de la preservación de la comunidad humana), la ética muestra lo que cada individuo elige. Hay quienes eligen actuar moralmente y quienes no. Pero nadie deja de tener una ética. Lo que resta observar es si esta se alinea con la moral o se desvía respecto de ella.

SOCIALES Y FRÁGILES
Estas disquisiciones derivan de la primera afirmación. Somos sociales por naturaleza. La misma naturaleza que nos hace frágiles y vulnerables nos impulsa a agruparnos, a cuidarnos, a cooperar. Mientras hacemos esto, que nos permite sobrevivir y desarrollar las potencialidades propias de cada uno, vamos dejando vestigios de nuestra existencia a través de lo que se llama cultura y civilización, fenómenos que cobran diferentes formas y manifestaciones.
Sobre nuestra sociabilidad la filósofa canadiense Patricia Churchland, reconocida autoridad en cuestiones de ética médica y de neuro ética, señala algunos aspectos muy interesantes en su libro “El cerebro moral”. Según Churchland, en tanto animales sociales y vulnerables el aislamiento es el peor castigo que se nos puede inferir. Necesitamos presencia y cercanía de nuestros semejantes. Nos necesitamos mutuamente para sobrevivir. En los mamíferos altamente sociales, como nuestro caso, quienes se valen de la cooperación y de la interrelación para hacer trampas o para sacar beneficios propios a costa de los demás, suelen terminar siendo rechazados, apartados y confinados. Y en esas condiciones aparece toda su vulnerabilidad.
En un principio, explica Churchland, nos apegamos a los nuestros, el grupo más cercano y conocido en cuanto a pertenencia, y es allí donde cuidamos y somos cuidados. Pero en la medida en que nos desarrollamos y evolucionamos y pasamos a participar en grupos más grandes y complejos, también desarrollamos nuestra capacidad de cuidado extendiéndola a otros. Esto es parte esencial de lo que se conoce como habilidades sociales. El perfeccionamiento de herramientas para la convivencia desde la diversidad, la capacidad para crear y formar parte de redes, la construcción de puentes de confianza.
En nuestra condición de seres sociales la consolidación y práctica de esas habilidades y capacidades no son ni relativas ni optativas. Se trata, en realidad, de una necesidad esencial de orden superior, es decir que trasciende a las necesidades básicas de supervivencia, como son la de comer, beber, dormir o contar con techo y abrigo. Como ocurre con toda necesidad, cuando no es atendida y satisfecha comienza a manifestarse de manera disfuncional. Está presente, se hace oír. Y es imposible acallarla con filminas y mensajes atemorizantes.
Quizás todo esto explique por qué, alcanzada ya una extensión que la convierte en la más larga del mundo (y con frutos cada día más escasos y discutibles), la cuarentena aplicada al AMBA resulta cada vez más difícil de cumplir y controlar. Y por qué la pretensión de legislar por decreto sobre la intimidad de los hogares, prohibiendo las pequeñas reuniones familiares, es un dislate que solo puede estimular transgresiones, más aún cuando se quiere aplicarla en el momento de mayor hartazgo y desgaste emocional. Como si algo no estuviera del todo bien en el área prefrontal del cerebro de quienes propusieron y avalaron el decreto, área en la que, como explica la doctora Churchland, se consolidan las estructuras emocionales y se produce la inteligencia social.  En su libro, ella define a la CPF (Corteza Pre Frontal) como el órgano de la civilización. Por lo demás, afirma esta autora, las jerarquías que pretenden imponerse por la fuerza (física o simbólica, como es el caso de los decretos seriales), inhiben la cooperación y sólo intimidan, haciendo más débiles a los débiles y más desafiantes a los transgresores.

EL CONTACTO NECESARIO
Tanto los aislamientos prolongados, como los confinamientos y los encierros debilitan las capacidades que son esenciales para la supervivencia y la convivencia de los mamíferos sociales, cuya máxima expresión evolutiva somos los humanos. En esos estados no solo aparecen y se extienden manifestaciones anímicas como la ansiedad, la angustia, el miedo o la tristeza, sino que se hacen epidémicas ciertas patologías psíquicas como la depresión o el pánico. Por mucho uso que se haga de la tecnología de conexión (celulares, computadoras) y de sus contenidos (redes sociales, portales de noticias, buscadores) estas actuarán siempre como analgésicos, pero nunca suplirán a la verdadera comunicación, que es la de la presencia, el contacto, el abrazo, la palmada, la voz natural (no mediatizada por micrófonos o audífonos), la mirada. Así como ver videos de personas desaparecidas no las trae de vuelta, el contacto a través de pantallas no corporiza a aquellos con quienes nos conectamos. En ese contexto, impedir el encuentro entre seres queridos, efectuado en ámbitos íntimos y en condiciones de seguridad, revela otra vez, como se viene insistiendo en esta columna, una pronunciada ausencia de inteligencia emocional. Más aún si se le agrega un galimatías como el expresado por la viceministra de Salud de la Nación al decir que lo que ahora se prohíbe nunca estuvo autorizado. Ni Fidel Pintos en su momento ni Cantinflas en el suyo lo hubieran expresado mejor.
Compartir tiempo y espacio con seres queridos (en tanto criaturas racionales sabemos y podemos hacerlo con inteligencia y responsabilidad) en una intimidad que no comprometa a terceros (y que no estimule la delación de estos si es que esta vocación les surgiera), aviva el afecto y fortalece, desde lo emocional, al sistema inmunológico. Se extraña la presencia de expertos que, más allá de estadísticas y protocolos, conozcan las complejas tramas y necesidades del alma humana.

domingo, 2 de agosto de 2020


Crónicas de la peste (18)

Normalidad en motocicleta

Por Sergio Sinay





“Lo que hace tan difícil ver el mundo con claridad no es su extrañeza, sino su normalidad. La familiaridad puede cegarnos”. Esto escribía Robert Maynard Pirsig (1928-2017) en su libro Lila, publicado en 1991. Era su segunda y última obra. Había accedido a la celebridad en 1974 con Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, un libro desafiante, inclasificable, del que algunos lectores huían pronto, en el que otros quedaban atrapados sin remedio y del que unos y otros salían modificados. Pirsig contaba allí su viaje en moto atravesando todo Estados Unidos, acompañado de su hijo adolescente Chris. La travesía, una auténtica odisea existencial, tenía varios propósitos. Indagar en sí mismo, conocer en profundidad a su hijo, explorar y poner a prueba ideas que lo rondaban y evidenciar, desde las experiencias vividas, el estado de los valores en el mundo contemporáneo.
Pirsig había sido una suerte de niño prodigio, con un cociente intelectual de 170 a los 15 años, convertido luego en profesor de filosofía y literatura en la Universidad de Montana, de donde sería expulsado con un diagnóstico de esquizofrenia que le costó años de tratamientos implacables y más insalubres que sanadores. Como suele ocurrir, Pirsig escapaba de las cajas y envases en los que se pretende capturar a la normalidad para mantener sedada a la población. Solía incitar a sus alumnos a que se salieran de los moldes teóricos y académicos, que arriesgaran, que pensaran por cuenta propia, que cuestionaran la normalidad, la familiaridad, la creencia de que todo es explicable y previsible. Su propia obsesión, evidenciada en sus dos libros, era cavar en la superficie de lo normal, de lo habitual, y buscar significados profundos y ocultos. Insistía en que quien acomete esa aventura podrá acceder a lo que llamaba la “calidad”, palabra que repetía y lo identificaba. Pirsig invocaba una calidad existencial, esa que no se verifica con controles ni protocolos ni se reduce a la producción material, pero aun así Zen y el arte de mantenimiento de la motocicleta se convirtió en un explosivo best-seller en su momento y luego en un long-seller que, gracias a continuas reediciones, lo mantienen vivo y actual.
En tiempos en que se habla con soltura de vieja y nueva normalidad, sin ideas claras acerca de lo que define a una y a otra, volver al viaje y a las ideas de Pirsig no está de más. ¿Qué añoran quienes hacen duelo por la vieja normalidad? ¿La pobreza estructural, la corrupción cotidiana y aceptada en todos los órdenes, el consumismo depredador, la indiferencia hedonista y narcisista convertida en cultura, la desigualdad ultrajante, el hambre pandémico, la injusticia obscena repartida desde los mismos tribunales que deberían velar por la justicia, la ignorancia por la existencia, el dolor y las necesidades del prójimo (léase próximo), el clientelismo desvergonzado en la práctica política y social, la intolerancia hipócrita que se esconde bajo diversos seudónimos y no se atreve a llamarse machismo, racismo, xenofobia? Estos son algunos aspectos de lo que era normal. Pero quizás resulte apresurado decir “era”. No existen pruebas de que los corruptos, los intolerantes, los injustos, los indiferentes, los violentos (verbales y físicos), los consumistas tóxicos y depredadores, los autoritarios hayan dedicado la cuarentena más larga del mundo a realizar actos de contrición, a transformar sus cosmovisiones, a entrenarse en nuevos modos de vivir y actuar, más empáticos, más generosos, más validadores de una vida con la que, normalmente, emponzoñan el mundo. No, no hay pruebas de que eso esté ocurriendo. Por el contrario, abundan indicios de que, en muchos casos, presas del síndrome de abstinencia solo esperan que se levante definitivamente la tranquera para salir a recuperar al tiempo perdido. Algunos, poseedores de poder político y/o económico, ni siquiera tienen que esperar. Siguen en lo suyo. ¿Qué hará cada persona para que la nueva normalidad no sea el simple seudónimo de la vieja? ¿Y para que la normalidad de siempre no siga impidiendo ver el mundo con claridad? Confinados, debemos responder desde la quietud, sin viaje en motocicleta.





sábado, 25 de julio de 2020


LAS DOS PREGUNTAS
por Sergio Sinay

El caminante | Consultario

Existen dos preguntas que toda persona debe plantearse en ciertas instancias decisivas de la vida, recomienda el filósofo Sam Keen, autor, entre otras obras, de La vida apasionada, El dios de la danza y Amar y ser amado. Son éstas:

¿Hacia dónde voy?
¿Quién me acompaña?

            Hay un requisito básico: las preguntas deben hacerse en ese orden. Si lo inviertes, te verás en problemas.
          Parece sencillo y, sin embargo, solemos invertir el orden con mucha frecuencia y con demasiada facilidad. Cuando mi compañía es más importante que mi destino estoy preparando las condiciones para la frustración, para el desengaño y para el reproche. Si necesito de alguien que haga realidad mis sueños, entonces están dejando ser mis sueños. Será el otro quien decida qué hacer con ellos. Suele ocurrir que nos encandilamos con la compañía y olvidamos la dirección de la marcha o, lo que es peor, la ignoramos. Es más importante "quién vendrá conmigo" y no "hacia dónde estoy yendo".
            Responder a la primera pregunta no es cosa fácil, pero de ello depende vivir de una manera o de otra. Aspirar a una vida auténtica o resignarse a un simple "como si" se viviera en plenitud, un simulacro más o menos exitoso. Saber hacia dónde estoy yendo significa preguntarme quién soy, que sé y qué ignoro de mí, cuáles son mis capacidades y mis limitaciones, no confundir mis deseos con mis necesidades (deseo un castillo, necesito una casa), reconocer cuáles son mis prioridades íntimas en este momento de mi vida y separarlas de las prioridades que me imponen desde afuera. Discernir mis certezas de las expectativas que otros tienen sobre mí. No confundir lo que puedo, quiero y necesito con lo que "debería".
            Descubrir a dónde estoy yendo significa, al mismo tiempo, aceptar las condiciones del camino y sus circunstancias. Habrá momentos en los que la marcha será más rápida y otros en los que será lenta. Habrá tramos llanos y fáciles y trechos escarpados y riesgosos. Habrá períodos en los que mi marcha será solitaria y épocas en las que muchos estaremos orientados hacia la misma dirección. En algún momento deberé ir adelante de mi compañía y en momentos quedaré atrás. Nadie garantiza que esta marcha atravesará un jardín de rosas. Pero hay algo seguro: la compañía será, en este caso, verdadera.

JUNTOS, NO ENCIMADOS
            Todo encuentro, de cualquier tipo, forzado por la compulsión de contestar primero a la segunda pregunta, no se habrá producido en las mejores condiciones. Cuando estoy confuso acerca de mí, estoy propenso a depositar mi confusión en otro y, todavía más, a pretender que el otro la entienda y la resuelva. Que me acompañe, no importa para ir a dónde. Pero quien camina cargando a otro corre el riesgo de tropezar, de caer o sencillamente de cansarse pronto.
            Distinto es el caso cuando el encuentro se produce en una natural confluencia del camino que cada uno está transitando. En ese caso, con seguridad, nadie tendrá que hacerse cargo de nadie, la marcha será conjunta y paralela, gozosa y nutritiva. Son los encuentros que ayudan a crecer. Los que significan estar con otro: ser con el otro y no ser para el otro ni del otro.
Lo cierto es que no hay por qué esperar a los grandes acontecimientos o crisis o decisiones para hacerse las dos preguntas. Por lo demás, las respuestas requieren tiempo, y responsabilidad. Y llevan integrado en sí el compromiso. Todo camino se hace en el tiempo, conocer es materia de tiempo. Responsabilidad es hacerse cargo de los propios actos y de sus consecuencias, por lo tanto no hay pregunta que pueda responderse sin responsabilidad. Y el compromiso es la consecuencia de un camino transitado en conjunto, no su origen.
La costumbre de acudir periódicamente a estas preguntas puede resultar un modo de mantenerse actualizado acerca de uno mismo y de su compañía. Quienes busquen estas respuestas con sinceridad y con asiduidad tendrán, seguramente, buenas posibilidades de marchar juntos por un largo tiempo, porque sabrán quiénes son ellos, quién es el otro y a dónde van. No correrán el riesgo, en fin, de despertar solos en una playa desierta.