El periodismo
desobediente
Por Sergio Sinay
Fundador del periodismo moderno, Joseph Pulitzer dejó un mensaje para los gobernantes, los lectores y los periodistas de hoy

El
premio Pulitzer otorga prestigio y reconocimiento a los narradores,
dramaturgos, ensayistas y periodistas que acceden a él. Fue creado en 1917 y lo
gestiona la Universidad de Columbia, en Nueva York. Nació por decisión de
Joseph Pulitzer (1847-1911), que así lo dejó manifestado en su testamento.
Pulitzer era húngaro, emigró a Estados Unidos en 1864, en plena Guerra de
Secesión, y se enroló en el ejército unionista, que ganaría la contienda
representando al Norte antiesclavista. Al cabo de la guerra se convirtió, en San
Luis Missouri, en reportero del The Westliche Post, diario en lengua
alemana, y se afilió al Partido Demócrata. Pero aspiraba a más. Quería su
propio diario. En 1883 se mudó a Nueva York y adquirió el matutino The World
para crear el infotainment, estilo que combinaba información con
entretenimiento. El periódico se hizo popular y fue puntal en la denuncia de la
corrupción y la injusticia.
Desde el
The World Joseph Pulitzer inició una dura competencia contra el The
New York Morning Journal, propiedad de otro magnate de la prensa, William
Randolph Hearst. Y como atracción incluyó el color en su diario. Así pudo
publicarse The Yellow Kid (El chico amarillo), una historieta
surrealista creada por Richard F. Outcault y publicada entre 1895-98, cuyo
protagonista se imprimía en esa tonalidad. Allí nació (debido a esa experiencia
y a la popularidad y estilo del diario) la denominación de periodismo amarillo.
Sin embargo, el ideal periodístico de Pulitzer iba más allá. Veía en la
profesión una misión: defender la democracia y los ideales republicanos, elevar
el nivel cultural de sus lectores, anticiparse al devenir de la historia y no
correr detrás de ella. El texto publicado en mayo de 1904 en la North
América Review en el que fundamentaba los propósitos que lo guiaron a
fundar la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia sigue siendo
ejemplar y merece ser leído no sólo por quienes ejercen el oficio con verdadera
vocación, sino también por gobernantes que usan al periodismo como chivo
emisario o enemigo de ocasión (por temor, por resentimiento, como castigo por
no ser alabados incondicionalmente o por ver desnudado lo que pretenden
ocultar). Incluso es una lectura recomendable para la opinión pública.
Acerca
de esta dice Pulitzer: “La opinión pública es una entidad variable que a menudo
cambia a la velocidad del pensamiento. Por eso es imposible que siempre esté en
lo cierto. ¿Era la voz del pueblo la voz de Dios cuando apoyaba la esclavitud
en una república dedicada a la libertad?”. Oportuna advertencia para quienes,
desde el poder, creen contar con una feligresía eterna e inamovible. La
historia los desmiente a cada paso, aunque la ignoren. Los trolls no
votan, aunque inunden las redes sociales, y se necesiten pocas personas para
crear miles de esos depredadores seriales. Por eso siguen vigentes las palabras
de Pulitzer cuando afirmaba que la función y el poder de la prensa “perdurarán
en la misma medida en que lo hará la fidelidad de los periódicos a sus
principios y a su deber de hacer de la prensa una fuerza ética de la comunidad,
sirviendo a la gente y luchando por ella sin temor, sincera, desinteresada y
libremente”. Quienes ejercen la profesión en consonancia con esas palabras perduran
más allá de tiempos y coyunturas. Más allá, también, de quienes, desde el
poder, pretenden modelar la realidad forzándola a ser el reflejo de un
pensamiento único, refractario al disenso, al debate, a la diversidad de ideas.
“Una opinión pública bien informada será siempre nuestro tribunal de última
apelación”, sostenía Pulitzer. Y agregaba que esa apelación “siempre se puede
hacer con seguridad contra los errores públicos, la corrupción política, la
indiferencia popular o las faltas administrativas”. Cerraba su memorable texto
afirmando que el trabajo del periodismo es “difundir inteligencia como el sol
difunde luz” y que, si eso se cumple, “la opinión pública hará otro tanto a
favor de la justicia en el gobierno, la pureza en la política y valores más
altos en los negocios y en la vida social de la nación”. Aun a pesar quienes
desean una prensa obediente y que la opinión pública se les rinda
incondicionalmente.